Ese fin de semana sonó el teléfono casi cada hora, a las horas en punto, hasta que por fin lo desenchufé. Mi madre necesitaba descansar y después de lo que había pasado yo solo tenía ganas de apartarme del mundo y hacerle compañía. No sabía quién era, ni me importaba.

El agua helada del río no me había hecho ningún bien, y me pasé casi todo el fin de semana dormitando en la mecedora, junto a la cama de mi madre. Fue un sueño inquieto, salpicado por las mismas pesadillas que había tenido casi todas las noches desde mi llegada a Eden, a las que se sumó una nueva. En ella sucedía exactamente lo mismo que había sucedido esa noche: Ava se lanzaba al río y se golpeaba la cabeza, y yo saltaba al agua para salvarla. Pero cuando sacaba su cuerpo del río no era su cara pálida y muerta la que veía. Era la mía.

Tuve que ponerme una mascarilla cada vez que me acercaba a mi madre. Me sentía febril y me dolía todo el cuerpo, y no podía sacudirme una tos ronca que tenía agarrada al pecho, pero alguien tenía que cuidar de ella. Tragué una buena cantidad de jarabe para ver si me encontraba mejor, y cuando llegó el lunes me sentía lo bastante bien como para aventurarme a volver al instituto.

En cuanto entré en la cafetería a la hora de la comida, Puck se adosó a mí con su bandeja llena de patatas fritas. Estuvo hablando por los codos sobre un disco nuevo que había comprado ese fin de semana y me invitó a escucharlo, pero rehusé con un gesto. No me apetecía escuchar música.

Quinn —dijo. Nos habíamos sentado y él ya había embadurnado sus patatas con ketchup—, hoy estás muy callada. ¿Tu madre está bien?

Levanté la vista de mi sándwich todavía intacto.

Sigue aguantando.

¿Qué pasa, entonces? —su mirada dejaba claro que no pensaba dejar correr el asunto.

Nada. Es que he estado enferma todo el fin de semana, nada más.

Ah, sí —se metió una patata en la boca—. El viernes no viniste. Te anoté los deberes.

Gracias —por lo menos no parecía dispuesto a insistir.

¿Fuiste a esa fiesta con Ava?

Me quedé paralizada. ¿Tan obvio era? ¿Lo había notado por mi expresión? No, solo lo preguntaba por hablar de algo.

¿Quinn?

Estupendo. Ahora ya sabía que pasaba algo raro.

Perdona —mascullé, y me encorvé en mi asiento.

¿Pasó algo en la fiesta?

No hubo ninguna fiesta —no tenía sentido mentirle. Si se molestaba en hablar con alguien, podía preguntar por ahí y enterarse—. Fue solo una broma pesada de Ava.

¿Qué clase de broma pesada?

Debería haberme alarmado al ver cómo se endurecían sus ojos y bajaba la voz, pero estaba demasiado ocupada intentando dar con una respuesta creíble. ¿Cómo iba a describir aquella cosa absurda que había pasado junto al río? Puck no me creería, era imposible. Ni siquiera yo lo creía. Y en cuanto a Ava…

Me di mentalmente un guantazo. Había sido todo una broma. ¿Verdad? No solo el hecho de dejarme allí sola, sino el golpe que supuestamente se había dado en la cabeza, la aparición de Rachel y… y lo que había hecho, fuera lo que fuese. Seguramente era la hermana mayor de alguien. Puede que hasta de Ava.

Pero ¿y su cráneo? ¿Y el hecho de que hubiera dejado de sangrar repentinamente? ¿Y su cuello torcido? ¿Eso podía fingirse?

Hablando del rey de Roma —masculló Puck, levantando las cejas mientras miraba hacia atrás.

No tuve que volverme para saber quién era.

¡Quinn! —chilló Ava, y se sentó a mi lado sin esperar invitación.

Me puse tensa y agarré tan fuerte mi manzana que sentí cómo se magullaba bajo la presión de mis dedos.

Eh, hola —¿qué se suponía que tenía que decirle?—. ¿Qué… qué tal el fin de semana?

Columpió las piernas bajo la mesa y dejó su bandeja de comida, cargada con un sándwich de pollo y un montón de patatas fritas. Era imposible que comiera eso todos los días y consiguiera mantenerse tan flaca.

No ha estado mal. Ya sabes, he descansado, he nadado y esas cosas —dio un mordisco a su sándwich y no se molestó en tragar antes de añadir—: Te he llamado, pero no contestabas al teléfono. Puede que mi padre se equivocara al darme el número.

Estuve a punto de atragantarme. ¿Había sido Ava?

N-no, era mi casa —miré a Puck suplicándole en silencio que dijera algo, pero estaba súper concentrado en no mirarnos—. He estado mala, por eso no contestaba.

Pero ya estás mejor, ¿no?

Dudé.

Sí, estoy mejor.

¡Perfecto, entonces! Se me había ocurrido que vinieras a mi casa algún día de esta semana. Tenemos una piscina y he pesando que podía enseñarte a nadar.

Me quedé mirándola, patidifusa. Después de lo que había pasado, ¿quería que fuera a nadar con ella?

Yo no… no nado.

Y después de lo que había pasado el viernes, no quería volver a acercarme a ninguna masa de agua. Me parecía absurdamente cruel alargar así una broma pesada, y deseé que lo dejara de una vez.

Frunció los labios. Algo en mi tono de voz o mi expresión debía de haberla puesto sobre aviso.

No me guardas rencor por lo que pasó, ¿verdad?

Quizá fueran imaginaciones mías, pero parecía casi nerviosa.

Porque… verás, de eso quería hablarte…

Ava —la interrumpí—, ¿por qué te has sentado aquí?

Puso mala cara y dejó su sándwich.

He roto con Finn.

¿Qué? ¿Por qué? —miré otra vez a Puck, que estaba absorto construyendo un fuerte de patatas fritas—. Creía que habías dicho que lo querías.

¡Y es verdad! O lo era.

Entonces ¿por qué has roto con él?

Porque… —miró hacia la mesa de los futbolistas.

Había al menos seis pares de ojos observándonos. Ava bajó la voz y preguntó con un susurro:

Me salvaste, ¿verdad? Me lancé al río y me di un golpe en la cabeza, y lo siguiente que recuerdo es que estaba tendida en el suelo con una jaqueca espantosa.

Me encogí de hombros forzadamente.

Sí, te diste un golpe en la cabeza y te saqué del agua antes de que te ahogaras. No es para tanto.

Sí que lo es —bajó la voz—. Había sangre por todas partes. Mi madre me vio cuando llegué a casa y le dio un ataque. Tuve que decirle que la sangre era tuya.

Pero no era mía.

Nos miramos a los ojos. Ella los tenía rojos y brillantes, llenos de lágrimas.

Lo sé —susurró—. ¿Qué me pasó, Quinn?

Al otro lado de la mesa Puck se quedó muy quieto, y noté que ya no llevaba los cascos puestos. Además de decirle a Ava lo que había pasado, ahora tendría que explicárselo a él también cuando ella se marchara. No me creería, claro: nadie en su sano juicio me habría creído. Ni siquiera estaba segura de creerlo yo, y seguía sin estar convencida de que no fuera todo una jugarreta muy complicada.

Ava me observó atentamente, esperando a que dijera algo, y comprendí que no podría salir del paso contándole una mentira. Aunque creyeran que estaba loca, la necesidad de contárselo a alguien, de comprender lo que había pasado, era arrolladora. Respiré hondo, me despedí de mi cordura y se lo conté todo.

Cuando acabé, Ava seguía mirándome fijamente con ojos brillantes.

Dios mío, Quinn… ¿de verdad te lanzaste al río para salvarme?

Me encogí de hombros y antes de que me diera tiempo a reaccionar me rodeó con sus brazos y escondió su cara en mi cuello. El abrazo duró casi medio minuto, y yo fui sintiéndome más y más avergonzada con cada segundo que pasaba. Por fin me soltó, pero siguió apoyando las manos sobre mis hombros.

Es lo más bonito que nadie ha hecho por mí. Cuando intenté decírselo a Finn… —se mordió el labio—. Se rio de mí y me dijo que dejara de inventarme cosas.

Finn estaba sentado con sus amigos en la mesa de los futbolistas, riéndose a carcajadas. A mi lado, Ava parecía hecha polvo.

Entonces, ¿es verdad que has roto con él? —pregunté.

No importa —contestó, y tomó otra vez su sándwich—. Dentro de una semana estará rogándome que volvamos. Pero ¿y Rachel? ¿De verdad le prometiste cualquier cosa? ¿Qué quería?

Vi por el rabillo del ojo que Puck levantaba la mirada.

No estoy segura, la verdad —dije—. Me preguntó si conocía el mito de Perséfone y me dijo que el equinoccio de otoño era dentro de dos semanas. Que cuando leyera sobre Perséfone sabría lo que quería que hiciera. Conozco esa historia, pero no entiendo qué tiene que ver con…

Al otro lado de la mesa, Puck se puso a hurgar en su mochila y empezó a sacar libracos y carpetas. Aterrizaban sobre la mesa con un golpe seco, y la mitad de la cafetería empezó a mirarnos. Agaché la cabeza, asombrada de que le cupieran tantas cosas en la mochila, pero por fin sacó un libro muy grueso: nuestro manual de lengua. Lo abrió aparentemente al azar, pero cuando estiré el cuello para ver la página, me di cuenta de que no había sido casualidad.

Esta es la historia de Perséfone —dijo, señalando a una chica que salía de una cueva. Sobre la hierba había una mujer de pie, con los brazos abiertos de par en par como para recibir a la chica—, reina del Inframundo.

¿El Inframundo? —Ava se inclinó para ver mejor el libro—. ¿Cuál?

Puck le lanzó una mirada capaz de marchitar una planta.

Al que van los muertos. El Tártaro, los Campos Elíseos.

Mitología griega —dije pasando la página—. ¿Ves a esta tia? —Señale a una Mujer morena, media envuelta en sombras—. Es Hades, el dios del Inframundo. El señor de los muertos.

Pense que era un hombre-dijo Ava confundida

Como Satanás —agregó Puck.

No, como Satanás, no —dijo Ava con un deje de enfado, pero Puck no pareció notarlo, o no le importó—. Satanás es cristiano y el Inframundo no es el infierno. Hades no es un demonio. Solo es… un tipo al que encargaron ocuparse de las almas de los muertos. Clasificarlas y esas cosas.

La miré extrañada.

Pensaba que no sabías nada de este tema.

Se encogió de hombros y miró el libro.

Habré oído algo alguna vez.

La raptó —dijo Puck en voz tan baja que sentí un escalofrío—. Estaba jugando en un campo y se la llevó con ella al Inframundo para que fuera su esposa. Ella se negó a comer y mientras su madre, Deméter, imploraba a Zeus, el rey de los dioses, el mundo se cubrió de frío. Por fin Zeus obligó a Hades a devolver a Perséfone, pero entre tanto ella había comido unas cuantas semillas, y Hades se empeñó en que eso significaba que tenía que pasar parte del año con él. Así que cuando está con ella en calidad de esposa, llega el invierno. Es el mito con que los griegos explicaban las estaciones.

De pronto, la temperatura pareció descender veinte grados. Se me ocurrió una idea espantosa y miré a Puck intentando descubrir si lo que sospechaba respecto a mi trato con Rachel tenía algún viso de ser cierto.

Ava soltó un bufido.

Se sentía sola, pero no por eso era mala. No sabemos si ella quería irse con ella. Puede que sí, ¿sabes?

No le hice caso y miré a Puck.

¿Crees que Rachel va a intentar lo mismo conmigo?

Qué tontería —dijo Ava, poniendo los ojos en blanco—. Si quisiera secuestrarte ya lo habría hecho, ¿no? Pudo hacerlo cuando estábamos en el bosque.

No sé —dijo Puck—, es posible. Puede que esté esperando al equinoccio de otoño. Solo quedan un par de semanas, es a fines de septiembre —me miró fijamente, con los ojos café tan abiertos que me pareció que iban a salírsele de las órbitas—. ¿Y si quiere que te quedes con ella todo el invierno?

No puede esperar que lo deje todo y me mude a su casa una temporada —dije, insegura—. O para siempre.

Quizá no te lo pregunte —añadió Puck—. ¿Qué pasará entonces?

Se hizo el silencio entre nosotros. Solo se oían los ruidos de la cafetería a nuestro alrededor. Por fin erguí los hombros y dije con toda la convicción de que fui capaz:

Pues le daré una patada en el culo y la policía la detendrá. Fin de la historia.

Pero no era el fin de nada, porque ninguno había hablado de lo que había sucedido en la orilla del río. Rachel se las había arreglado de algún modo para resucitar a Ava, y yo no alcanzaba a explicármelo.

Me sobresalté cuando Puck cerró el libro de golpe.

Puede que sí —dijo—, pero eso no cambia nada. La verdad es que has aceptado casarte con una perfecta desconocida.