El equinoccio
Durante las dos semanas siguientes no tuve más remedio que olvidarme del pacto que había hecho, tacharlo de ridículo y seguir adelante con mi vida. Aunque hubiera tenido otra alternativa, la salud de mi madre exigió toda mi atención.
Puck y Ava, sin embargo, no permitieron que me olvidara de aquel asunto. Todos los días cuchicheaban en voz baja sentados el uno frente al otro en la mesa de la cafetería. A veces hasta parecía olvidárseles que estaba allí. Puck parecía empeñado en convencerme de que no cumpliera mi parte. Decía que apenas conocía a Rachel y que tenía que estar como una cabra si se le había pasado por la cabeza invitarme a vivir con ella la mitad del resto de mis días. Pero para cada pega que sacaba a relucir Puck y Ava tenía una respuesta. Defendía a Rachel incansablemente a pesar de que ninguno de los tres sabía nada de ella. Pero era fácil descubrir por qué: sin su intervención, ella habría seguido muerta, así que era lógico que le tuviera cierta lealtad.
Diseccionaron el mito y ambos extrajeron de él argumentos en los que apoyar sus respectivas tesis y me pidieron una y otra vez que les dijera exactamente qué había dicho Rachel. Pero no había mucho más que pudiera decirles. Yo estaba preocupada en parte, y contaba los días con ellos, pero pensaba sobre todo en mi madre. Además, seguía teniendo pesadillas y solo conseguía dormir bien unas horas cada noche. Nadie, sin embargo, hizo comentarios sobre mis ojeras. Eden era un pueblo pequeño: todo el mundo sabía lo de mi madre.
Un par de días antes de que empezara el otoño, llegué a casa y me encontré a mi madre sentada en el suelo, en medio del jardín lleno de malas hierbas. Un nudo de angustia se formó en mi garganta. Salí del coche, corrí a su lado y me arrodillé junto a ella para ver bien su cara.
—Mamá —dije con la voz ahogada por la preocupación—, deberías estar dentro, descansando.
¿De dónde había sacado fuerzas para salir? Miré con enfado a Sofía, que estaba sentada en el porche, tejiendo.
Se encogió de hombros.
—Ha insistido ella.
—Estoy bien, me he pasado todo el día durmiendo —dijo mi madre, apartándome. Pero yo ya había conseguido verla bien. Estaba muy pálida y tenía la piel fina como papel, pero sus ojos poseían un brillo que hacía semanas que no veía.
—Vamos —dije, agarrándola del hombro, e intenté levantarla.
Siguió tercamente sentada y me dio miedo hacerle daño si tiraba demasiado.
—Unos minutos más —dijo con una mirada implorante—. Hacía siglos que no salía. El sol sienta de maravilla.
Me dejé caer de rodillas. No tenía sentido discutir con ella.
—¿Necesitas ayuda? —hice una mueca, mirando los hierbajos enmarañados.
¿Cuánto tiempo hacía que nadie se ocupaba de aquel jardín?
Su cara se iluminó.
—No, pero me gustaría que me echaras una mano. Empieza a arrancar.
Era un trabajo sucio, pero seguimos escardando juntas el pequeño claro que ya había despejado. Yo no quería pensar en cuánto tiempo llevaba allí fuera. No tenía energías para malgastarlas en cosas así, pero cuando algo se le metía en la cabeza no había forma de convencerla de lo contrario.
—Enseguida vuelvo —dijo Sofía desde el porche. Entró, cerró la puerta y nos dejó solas.
Estuve mirando a mi madre de reojo mientras arrancaba una mata que me llegaba casi a la cintura. Al primer síntoma de agotamiento, la haría entrar.
Pero hacía días que no la veía tan lúcida y tan llena de energía. No le había contado lo que había pasado en la fiesta porque no quería preocuparla, pero a medida que se acercaba el equinoccio y Puck y Ava seguían discutiendo, había ido dándome cuenta de que me apetecía contárselo, si no toda la historia, al menos sí una parte. Nunca antes le había ocultado nada importante, y no tendría muchas más oportunidades de hablar con ella sobre aquel asunto.
—Mamá —dije, indecisa—, ¿conoces Eden Manor?
—Claro —la arruga que había en medio de su frente se hizo más honda mientras tiraba de un hierbajo especialmente terco—. ¿Por qué?
Agarré la base del tallo por debajo de su puño y la ayudé. Tiramos a la vez y salió entre una lluvia de tierra.
—¿Vive allí una tal Rachel?
Se incorporó y ni siquiera intentó disimular su sorpresa.
—¿Por qué lo preguntas?
—Porque… —me removí, inquieta, sobre la hierba. Ya empezaban a dolerme las rodillas. Sabía que debería habérselo contado y que ella querría saberlo, pero ¿y si intentaba hacer algo al respecto? ¿Y si se asustaba y empeoraba su estado?
Así pues, le mentí:
—Porque unos chicos del instituto estaban hablando —dije, incapaz de mirarla. Nunca le mentía, a no ser que fuera absolutamente necesario—, y quería preguntarte si sabías algo de él.
Dejó caer los hombros y alargó el brazo para ponerme un mechón de pelo detrás de la oreja.
—Ya que te empeñas en hablar de temas difíciles, ¿qué te parece si al menos hablamos de lo que va a pasar cuando yo muera?
Me levanté de un salto y enseguida dejé de pensar en Rachel.
—Es hora de entrar.
Entornó los ojos.
—Entraré cuando accedas a hablar conmigo.
—Estoy hablando contigo —dije—. Por favor, mamá. Vas a ponerte peor.
Sonrió sin ganas.
—No veo cómo. ¿Hablamos o no?
Cerré los ojos y procuré hacer caso omiso del escozor de las lágrimas. No era justo. Todavía nos quedaba algún tiempo. ¿Verdad? Había llegado hasta allí, seguro que podía aguantar unos meses más. Hasta Navidad, pensé. Solo una Navidad más juntas, y luego podría aceptar despedirme de ella. Llevaba cuatro años haciendo el mismo pacto conmigo misma, y de momento había funcionado.
—No quiero que me eches de menos —dijo—. Debes vivir tu vida, cariño. No quiero seguir siendo una carga para ti, y mucho menos cuando haya muerto.
Sentí áspera la garganta, pero no dije nada. No sabía cómo vivir mi vida. Hasta en Nueva York mi madre había sido siempre mi mejor amiga, mi única amiga desde hacía cuatro años. ¿Qué esperaba que hiciera, hacer borrón y cuenta nueva?
—Y quiero que te enamores y que tengas familia, y que esa familia te dure mucho más de lo que he durado yo —agarró mi mano y la apretó suavemente—. Encuentra a alguien que sea perfecto para ti y no lo dejes marchar, ¿entendido?
Sentí que me ahogaba.
—Mamá —dije—, yo no sé cómo hacer esas cosas.
Me sonrió con tristeza.
—Nadie sabe, lucy, por lo menos al principio. Pero estás lista, te lo aseguro. He hecho todo lo que he podido —se quedó callada un momento y miró nuestras manos unidas—. Estás lista y vas a ser maravillosa, cariño. Vas a hacer cosas increíbles, lo noto, y aunque creas que no estoy contigo, siempre estaré a tu lado. No voy a dejarte nunca. Recuérdalo, ¿quieres? Puede que a veces te parezca que me he ido, pero siempre estaré ahí cuando más me necesites.
Me sequé los ojos con la mano libre y apreté la suya con la otra. Dentro de mí algo se estaba derrumbando a toda velocidad, y ya no sabía qué hacer. No podía imaginar mi vida sin ella, ni quería hacerlo, pero pronto tendría que afrontar la realidad, y no me sentía preparada. La quería a ella, a mi madre, no un recuerdo.
—Prométeme que serás tú misma y que harás todo lo necesario para ser feliz, pase lo que pase —dijo, tomando mi mano entre las suyas—. Estás destinada a grandes cosas, cielo, pero cuanto más te resistas a ser quien eres, más difícil será. Sean cuales sean los obstáculos a los que te enfrentes, recuerda que puedes superar cualquier cosa si lo deseas con suficiente intensidad. Y lo harás —sonrió, y lo poco que quedaba en pie dentro de mí se derrumbó—. Eres mucho más fuerte de lo que crees. ¿Me prometes que intentarás ser feliz?
Quise decirle que no sabía cómo ser feliz sin ella, que no sabía quién era cuando ella no estaba, y que no tenía fuerzas para superar aquello, pero no pude soportar su mirada de súplica. Así que mentí por segunda vez:
—Está bien —mascullé—. Te lo prometo.
Su sonrisa solamente consiguió que me sintiera mucho peor.
—Gracias —dijo—. Será más fácil irme sabiendo que vas a estar bien.
La ayudé a levantarse, pero no me atreví a decir nada. Dejé los hierbajos arrancados en medio del prado, le sacudí el polvo de las rodillas y la llevé casi en brazos a casa, deseando con todas mis fuerzas que no tuviera que morir.
Al día siguiente, mientras la profesora nos explicaba monótonamente la conjugación de los verbos irregulares en francés, se abrió la puerta del aula y entró Irene, la del despacho de secretaría. Nos volvimos todos para mirarla, pero ella solo me miró a mí.
Sintiendo que me licuaba por dentro, me levanté y noté las miradas de Puck y de Ava clavadas en mi nuca. Crucé la clase a trompicones, sin hacer caso de los murmullos que dejé atrás.
—Quinn—dijo Irene con voz suave cuando estuvimos en el pasillo y la puerta se hubo cerrado con firmeza a mi espalda—, ha llamado la enfermera de tu madre.
Las paredes empezaron a darme vueltas, y por un momento me olvidé de respirar.
—¿Ha muerto?
