—No —contestó, y me inundó una oleada de alivio—. Está en el hospital.
Sin decir palabra di media vuelta y corrí por el pasillo sin pensar en mis clases. Solo quería llegar al hospital antes de que fuera demasiado tarde.
—¿Quinn?
Era por la tarde, a última hora, y estaba sentada en la sala de espera del hospital, agotada. Llevaba tres horas sola, hojeando un montón de revistas sin leer una sola palabra mientras esperaba a que los médicos fueran a decirme cómo estaba mi madre.
—¡Puck! —me levanté con las piernas flojas y lo abracé como si me fuera en ello la vida. El abrazo duró más de lo estrictamente necesario, pero necesitaba sentir sus brazos cálidos envolviéndome. Hacía tanto tiempo que no abrazaba a alguien que no fuera frágil…
—Mi madre está mal y no me dicen…
—Lo sé —dijo él—. Me lo ha dicho Irene.
—¿Y si ha llegado la hora? —pregunté, escondiendo la cara en su pecho—. Ni siquiera he podido decirle adiós. No he podido decirle que la quiero.
—Ella lo sabe —murmuró, y pasó los dedos por mi pelo—. Puedes estar segura de que lo sabe.
Pasó las horas siguientes conmigo. Solo se ausentó un par de veces para traer algo de comer, y estaba a mi lado cuando por fin apareció el médico para decirme lo que tanto temía: que mi madre había entrado en coma y que ya no faltaba mucho. Se quedó a mi lado cuando entré a verla. Parecía tan pequeña y tan frágil tumbada en medio de la cama, conectada a aquel montón de máquinas y monitores… Repasé de memoria todo lo que había pasado el día anterior, y cada vez que pensaba que había permitido que se quedara fuera, en el jardín, me odiaba más a mí misma. Tal vez si no se hubiera agotado así, todavía seguiría aguantando.
Ahora no quedaba ni rastro de ella en aquel cuerpo moribundo. No era así como quería recordarla, como un cascarón inerte, pero tampoco podía separarme de ella.
Poco antes de las diez entró una enfermera a decirme que la hora de visita había acabado. Unos minutos después, como no encontraba valor para marcharme, se acercó Puck.
—Quinn —sentí su mano en mi espalda y me tensé—. Cuanto antes te vayas a dormir, antes podrás volver a verla por la mañana. Vamos, te llevo a casa.
—Esa ya no es mi casa —dije con voz hueca, pero dejé que me llevara fuera de allí.
Mientras íbamos en mi coche hacia Eden, estuve mirando por la ventanilla y le agradecí que no intentara trabar conversación. Aunque lo hubiera intentado, quizá no hubiera podido contestarle. No dijo nada hasta que llegamos frente a mi casa. El motor estaba aún encendido y de fondo, en la radio, sonaba una canción tan suavemente que tuve que aguzar el oído para entenderla. Estaba intentando ganar tiempo. No quería volver a entrar en aquella casa. Llevaba años preparándome para lo que iba a ocurrir, y ahora que había llegado el momento no soportaba la idea de estar sola.
—¿Seguro que estás bien?
—Sí —mentí.
Sonrió con tristeza.
—Mañana vendré a recogerte a primera hora.
—No voy a ir a clase.
—Lo sé —no apartó sus ojos de mí—. Te llevaré al hospital.
—Puck… no tienes por qué hacerlo.
—¿No es eso lo que hacen los amigos? —dolía oír su tono de incertidumbre—. Tú eres mi amiga, Quinn, y lo estás pasando mal. ¿Qué puede haber más importante que cuidar de ti?
Me tembló la barbilla y solo era cuestión de tiempo que empezara a llorar. Como no sabía qué hacer, me incliné y lo abracé. Nunca había tenido un amigo como él, un amigo capaz de dejarlo todo para acompañarme junto al lecho de muerte de mi madre. Había llegado a Eden pensando que estaría sola cuando todo aquello acabara, y había encontrado a Puck. Si había alguna razón para quedarme allí, era él.
—Por lo menos llévate el coche —dije—. Es de noche, no puedes volver andando a casa.
Hizo intento de protestar, pero me retiré, le lancé una mirada y asintió con un gesto.
—Gracias.
Cuando conseguí apartarme de él y salir del coche estaba llorando, moqueaba y estaba hecha un desastre, pero no me importó. Vi junto a la acera el trozo de tierra que habíamos limpiado y los hierbajos todavía amontonados sobre el césped.
—Mañana nos vemos —dijo Puck detrás de mí.
Asentí, incapaz de decir nada, le dije adiós con la mano y con las pocas fuerzas que me quedaban compuse una sonrisa.
Cuando entré me temblaban las manos aunque sabía que no había nada que temer en aquella casa vacía, por más fuerte que fuera el olor de mi madre que aún lo impregnaba todo. Iba a vivir sola mucho tiempo.
Paseé sin rumbo por la casa, apáticamente, pasando las manos por cada cosa, con la mirada perdida en la oscuridad. Esa noche señalaba el fin del único capítulo de mi vida que había conocido, y no sabía cómo enfrentarme al vacío que me aguardaba.
Cuando llegó la medianoche y sonó el timbre estaba acurrucada en la cama de mi madre, con la ropa todavía puesta. Llamaron dos veces antes de que me decidiera a abrir, y aun así me costó trabajo levantarme y bajar las escaleras. Abrí con el cojín de mi madre pegado al pecho, esperando que fuera Puck.
Pero era Rachel.
Se me cayó el estómago a la altura de las rodillas y la niebla que envolvía mi cabeza se disipó de pronto.
—Hola, Quinn —su voz era como miel.
De pronto caí en que estaba hecha una calamidad.
—¿Te acuerdas de mí? —preguntó.
¿Cómo iba a olvidarme de ella?
—Sí —contesté con voz ronca—. Eres Rachel.
—En efecto —su sonrisa tenía un asomo de tristeza, un sentimiento con el que no me costó nada identificarme—. Este es Walter, mi asistente.
Miré al hombre, con la mano todavía en el pomo de la puerta. Era mayor que ella, tenía el pelo canoso, la piel arrugada y la cara pálida y demacrada.
—Hola —dije, indecisa.
—Hola, señorita Fabray —sonrió afectuosamente—. ¿Podemos pasar?
Era absurdo preocuparse por si habían ido a secuestrarme. Ava tenía razón: si ese hubiera sido el plan de Rachel, ya me habría metido en una furgoneta con las manos atadas con cinta aislante. Además, ¿qué me importaba ya?
Dije que sí con la cabeza y abrí la puerta lo justo para que pudieran entrar. Los conduje al cuarto de estar, nerviosa. Después de encender la luz me senté en el sillón y no les quedó más remedio que sentarse en el sofá. Rachel tomó asiento como si hubiera estado allí mil veces antes, y a la luz pude ver claramente su cara. Parecía tan joven y guapa como la primera vez.
—¿Sabes qué día es?
Ya ni siquiera estaba segura de en qué mes estábamos, pero si se había presentado en mi casa solo podía ser por una cosa:
—Es el… el equinoccio de otoño, ¿no?
—Muy bien —dijo, satisfecho—. ¿Leíste acerca de Perséfone?
Se me quedó la boca seca y asentí.
—¿Y estás dispuesta a cumplir tu parte del pacto?
Miré a uno y a otro, indecisa. Quizá hubieran ido a raptarme, después de todo.
—La verdad es que no sé muy bien cuál es nuestro pacto.
Fue Walter quien respondió:
—A cambio de la vida de su amiga, aceptó pasar el otoño y el invierno en Eden Manor. Todos los otoños y todos los inviernos si las cosas salen conforme a lo previsto.
Me quedé mirándolo.
—¿Cómo ha dicho?
—Será nuestra invitada de honor, desde luego —añadió—. Se la tratará con el mayor respeto y atención, y tendrá todo lo que pueda desear.
—Espere —me levanté rápidamente y la sangre se me agolpó en la cabeza. Intenté no marearme; no quería tambalearme delante de ellos—. ¿Significa que el resto de mi vida tendré que pasar seis meses en tu casa? ¿Ese era nuestro acuerdo?
—Sí —contestó Rachel. Levantó una mano para hacer callar a Walter y ella también se levantó—. Soy consciente de que no será fácil y de que tendrás que afrontar ciertos… obstáculos. Pero te aseguro que haré todo lo que esté en mi mano para asegurarme de que estés a salvo y contenta. Durante los otros seis meses del año puedes hacer lo que te plazca. Puedes tener otra vida si así lo deseas. Gozarás de completa libertad. Y mientras estés conmigo serás tratada como una reina. Haré todo lo que esté en mi poder para hacerte feliz.
Me di cuenta de que hablaba muy en serio. Entonces me acordé del mito y se me heló la sangre en las venas.
—Reina —dije con amargura—. ¿Quieres decir que esperas que sea tu mujer?
Arrugó el ceño.
—No te estoy proponiendo matrimonio, Quinn. Con la muerte de tu madre, pronto no tendrás nada que te ate aquí, y te estoy ofreciendo la posibilidad de vivir una vida que ni siquiera te imaginas.
Me puse en guardia. ¿Cómo sabía lo de mi madre?
—¿Y tú qué obtienes a cambio? Porque no pienso acostarme contigo, si eso es lo que pretendes. No soy de esas personas.
Walter y ella se miraron, divertidos.
—Te aseguro que lo único que deseo es el placer de tu compañía. En un sentido platónico.
Tuve la impresión de que no decía la verdad, pero no tenía sentido fingir que cabía esa posibilidad. No pensaba pasar seis meses de cada año de mi vida con una desconocida, fuera lo que fuese lo que me ofreciese.
—No —dije—. Gracias por tu ofrecimiento, pero es una locura, así que la respuesta es no. Ahora, si no te importa, necesito dormir.
No protestaron. Walter se levantó, los acompañé a la puerta y la abrí para que no tuvieran excusa para demorar su visita. Al salir, Rachel se paró a menos de treinta centímetros de mí. Era realmente guapa, y teniéndola tan cerca costaba recordar por qué exactamente era tan mala idea pasar seis meses a su lado.
—¿Entiendes lo que ocurrirá si no cumples tu parte de nuestro acuerdo?
Ah, sí. Porque, por guapa que fuera, seguía estando como una regadera.
—No lo sé, ni me importa —dije con firmeza—. Ahora, por favor, marchaos.
—Te doy hasta medianoche —contestó al reunirse con Walter en el camino de entrada—. Me temo que no puedo esperar más. No te apresures a rechazar mi oferta, Quinn. No volveré a hacerla.
En lugar de responder cerré de golpe y procuré ignorar el violento temblor de mis manos.
