Ni Haikyuu! ni sus personajes me pertenecen, son obra de Furudate Haruichi.
Resumen: Decepciones, amistades y nuevos caminos.
『Vagando』
Más o menos cada cinco semanas Kenma y Kuroo realizaban juntos un ritual muy singular. Aunque el segundo ya estuviese en la universidad y no siguiera siendo el chico de al lado del primero, no significaba que había que perder las buenas costumbres.
–En el distrito Shinjuku, vecindario Takadanobaba, bajarse en la estación Shimoochiai y caminar hacia el sur bordeando el rio Kanda, frente al parque Ochiai...
Kenma repasaba las señas en su mente mientras caminaba en las estrechas calles buscando el dichoso edificio. Hacia demasiado calor para ser primavera esa mañana de sábado y el chico estaba viviendo una aventura de esas que no le gustaban para nada pero de verdad era necesario ir, y lo más raro, estaba dispuesto a hacerlo.
Al borde del hartazgo después del sol y de subir cinco pisos, tocó la puerta del único apartamento que había en aquel lugar. Sin saludar ni dejándolo entrar, aquella figura alta que le abrió la puerta comenzó a bromear.
–Ohoho, no estabas mintiendo.
–Ya lo tienes casi negro otra vez cabeza de pudin-kun –dijo revolviendo bruscamente el pelo de Kenma.
–Hola Kuro.
Esa era su forma de decirle que se alegraba de verlo pero Kenma estaba irritado igual.
–Un pudin muy oloroso, por cierto –dijo olisqueándose la mano con la que lo había tocado.
–No hagas eso.
Kenma notó que Kuroo se veía un poco más descuidado desde la última vez que lo había visto y que el piso era bastante pequeño, al menos parecía que su retorcido sentido del humor seguía estando intacto.
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–¿Lo trajiste?
–Sep.
Kenma le arrojó la caja con el tinte rubio que cargaba en su mochila mientras Kuroo le lanzó una botella con agua fría desde la cocina. Era peligroso pero no es que estuviera muy lejos, y tanto practicar juntos hacia que casi nunca fallaran lances así.
Desde que Tora le había dicho que se parecía a la chica del aro por su cabello negro, Kenma había comenzado a teñírselo. La primera vez que lo hizo el solo fue una completa molestia y Kuroo lo tomó como ejemplo para tratar de hacer algo con su pelo rebelde. Todos sus esfuerzos fueron inútiles pero al menos descubrió que ayudarle a Kenma en lo suyo era relativamente sencillo.
–Ten, sécate el sudor con esto –dijo tirándole una toalla.
Mientras Kenma bebía sentado en el centro de la pequeña sala de estar, en la cocina Kuroo sacó las cosas de la caja. Se puso un par de guantes y comenzó a preparar el tinte como siempre lo había hecho.
–¿Tu mamá todavía no ha regresado de Shounan? –preguntó Kenma.
–No, sigue allá.
–Parece estar animada... de alguna forma.
La última vez que fueron a Miyagi, durante aquel entrenamiento-fiesta de fin de semana, pasaron ciertas cosas en Tokio y cuando Kuroo regresó a casa ésta se había transformado en un pesado campo de batalla.
Durante esos días Kenma se vio en una situación casi surreal. Kuroo estaba con él, ahí, en su misma habitación, pero era como si no estuviera. Solo estaba sentado en el piso. Sin decir nada veía con melancolía hacia la ventana aunque le diera en la cara el sol del atardecer, pensando en quien sabe qué. Solo podía especular los detalles, Kuroo nunca los quiso contar.
Él siempre dio por hecho que Kuroo estaría a su alrededor, incluso después de que se graduara. Sea para jugar juntos, para fastidiarse un rato, para evitar que lo atropellaran por ir distraído en la calle... verlo de esa forma le cambió las reglas del juego.
No tenía ni idea de que hacer para animarlo. Aunque podía jugar en paz, Kenma se sentía muy incómodo. Quería que Kuroo volviera a ser el de antes, y por primera vez, sintió que no saber cómo tratar a las personas le estaba pasando factura.
Eso le hizo darse cuenta de lo importante que había sido Kuroo en su vida, y que eso no tenía que olvidarlo jamás.
Kuroo salió de la cocina con un tazón mediano en sus manos, al verlo, Kenma puso la toalla que tenía alrededor de su cuello.
–Pues, tú dirás…
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–Has tu cabeza un poco hacia adelante.
Kuroo fue dividiendo el pelo de Kenma en varias secciones utilizando una especie de peine-cepillo que iba en la caja. Tranquilo y con mano firme fue aplicando poco a poco la mezcla en las raíces, tratando de emparejarlas con el resto.
El proceso, cuando había sido en su casa, siempre era lento y silencioso. Kenma, aunque no quería ser molesto, quería que esta vez fuera diferente.
–No le has contado nada, ¿Verdad?
–He estado hablando con él pero no quiero contarle nada innecesario.
–Estar enamorado es fantástico, deberías probarlo alguna vez.
Kuroo no era del tipo de persona que se amedrentara ante las dificultades, pero su padre había reventado contra el suelo su cristalina imagen de la felicidad al liarse con aquella pelandusca. Astillarse con los restos de aquella imagen mientras sus padres se tiraban los trastos a la cabeza día sí y día también grabó en su mirada muchas cosas que hubiera preferido no conocer, sobre todo, una profunda decepción.
No había forma de que pudiera adaptarse a algo como eso.
Con esa mirada se graduó, no pudo despedirse de sus compañeros de equipo ni de su entrenador como le hubiera gustado, no fue capaz de llorar con el diploma en sus manos como todos lo hacían, ni tampoco lo celebró con sus compañeros de curso.
Solo quería regresar a casa de Kenma lo más rápido posible.
Antes de volver a descender a los infiernos prefería aferrarse en silencio a él, lo más que pudiera.
Los padres de Kenma no se opusieron a ello, y así estuvo hasta que su madre pudo alquilar el piso cerca de la universidad en el que ambos estaban ahora.
–Has tu cabeza un poco hacia atrás.
Cuando Kenma lo hizo pudo ver directamente los abstraídos ojos de aquel joven, que cuidadosamente repasaba las raíces de la parte delantera de su pelo.
–Esta cosa es demasiado sofocante, todavía no me acabo de acostumbrar.
Era la misma mirada, y la misma lengua. Tan diferente a los viejos días.
–¿Y tu padre? ¿Sabes algo de él?
El rostro del ahora único pelinegro se descompuso por un momento, aun así siguió a lo suyo.
–Ni sé, ni me importa.
...
–Bien, esto ya está...
–Enciende la consola y juega algo en lo que esperas –dijo señalando el televisor mientras se iba a la cocina a deshacerse de los guantes y demás sobras.
Necesitaba despejar sus ojos.
Por el fuerte olor del tinte, o quizás por otras cosas...
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Kenma, aun con el torso desnudo, salió de la regadera y secó su ahora flamante cabello rubio con una toalla limpia.
–Lánzala, la colgare por aquí.
Kuroo le tenía preparado un espejo para que se viera.
–¿Y? ¿Está bien así, señor cliente? –dijo en son de burla.
–Te hubieras metido a un curso de cosmetología en lugar de estudiar derecho.
–Nunca en esta vida.
A ambos les hizo gracia y sonrieron.
–Gracias, Kuro.
–Nada, en la estación donde bajaste hay una tienda de ramen –dijo sacándose del bolsillo un poco de dinero– ya estás tardando en traerme algo de comer…
Kenma ya estaba jugando otra vez, fingiendo no haber escuchado eso último.
Podía hacer muchas cosas por él, ir solo a comprar no era una de ellas.
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Varias horas de juegos y comida después, el móvil de Kuroo sonó al ritmo de una lenta tonada de rock en un idioma que Kenma desconocía. El pelinegro rápidamente se abalanzó sobre él, y se disculpó mientras salía a hablar al balcón.
Vio una traza del viejo Kuroo en esa acción, y eso llenó al gato de curiosidad. Pasado un rato se asomó al balcón sigilosamente para espiar. No alcanzaba a escuchar porque Kuroo se había encerrado tras una puerta corrediza pero logró ver a su amigo hablar animadamente, incluso sonreír.
–Estar enamorado es fantástico, ¿eh?
Kenma se puso a pensar en cómo hubiera reaccionado él si su mundo se hubiera cortado como le pasó a Kuroo, y entendió de que aunque fueran amigos desde sus infancias, había muchas cosas sobre Kuroo que él todavía no había tenido la oportunidad de conocer. Por detenerse en ello, el otro lo descubrió y trató de ocultarse para que no lo siguiera vigilando.
Cuando volvió a entrar en aquel pequeño salón, Kenma lo recibió agitando su pelo sensualmente como en los anuncios de shampoo.
–¿Qué tiene "él" que no tenga yo? –dijo en un gracioso tono de voz, apenas capaz de contener la risa.
–Anda, calla, cotilla –le contestó riéndose, y tirándole la toalla que estaba secándose en el balcón.
Definitivamente, el Kuroo de esos días ya no era tan fácil de leer como aquel que siempre conoció.
Quizás él también se había complicado un poco.
Cruzar media ciudad bajo el sol, hacer un par de bromas tontas aunque no estuviera seguro de cómo, quedarse a dormir en un lugar desconocido...
Si era por Kuroo...
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Viendo a mi alrededor un mundo ruidoso y animado, solo me queda esconder la tristeza en mi corazón.
«Nena Ivošević - Kao da me Nema»
Me he inspirado en dos canciones llamadas Bezdelnik, de la banda de rock soviética Kinó.
Vendrán días más felices, como todo en la vida. Cualquier piedra que me quieran tirar, en los reviews, por favor.
Gracias por leer, y hasta otra.
