Eden Manor
Por el pueblo corría el rumor de que había sufrido un aneurisma cerebral, pero yo sabía que no era así. Cuando pasamos por delante del instituto, camino del hospital, vi a todos los alumnos apiñados en el aparcamiento, abrazándose unos a otros y sollozando. No pude apartar la mirada.
—Da la vuelta.
—¿Qué?
—He dicho que des la vuelta, Puck. Por favor.
—¿Y adónde vamos?
Me quedé mirando por la ventanilla, incapaz de apartar los ojos de sus caras. Hasta quienes odiaban a Ava estaban llorando. Respiré entrecortadamente y procuré contener las lágrimas.
Era culpa mía. Ava tenía diecisiete años. Tenía toda la vida por delante y había muerto por mi culpa. Si Rachel quería matar a alguien, ¿por qué no me había matado a mí? Era yo quien había cometido la estupidez de desdeñar su advertencia, no ella.
Cerré los ojos con fuerza cuando dejamos atrás el instituto, pero la imagen de la gente agolpada, llorando, había quedado impresa detrás de mis párpados. ¿Sería así siempre? ¿Morirían todos a mi alrededor? ¿Sería Puck el siguiente, o con un poco de suerte sería yo?
La ira brotó dentro de mí y se tragó mis remordimientos; agarré tan fuerte el reposabrazos que mis uñas dejaron marcas indelebles en forma de media luna en el cuero desgastado. Ava no se merecía aquello, y por más que la detestara Rachel por la mala pasada que me había jugado, eso no le daba derecho a hacerle aquello, ni a ella, ni a su familia, ni al pueblo. ¿Y todo por qué? ¿Porque yo no le había creído? ¿Porque no quería malgastar la mitad de mi vida satisfaciendo los deseos de una chiflada? ¿Era así como reaccionaba cuando no se salía con la suya, montando una pataleta y matando a alguien?
Hice oídos sordos de la vocecilla que me recordó que, si Ava había sobrevivido aquella noche en el río, había sido únicamente gracias a Rachel.
No podía hacer nada por ayudar a mi madre, pero podía ayudar a Ava. Y pensaba arreglar aquello.
—Quinn —dijo Puck con voz suave, posando su mano sobre la mía—, no es culpa tuya.
—Y un cuerno —repliqué, y aparté la mano—. Ava no estaría muerta si no fuera por mí.
—Habría muerto hace semanas si no hubiera sido por ti.
—No, no es cierto —contesté—. No habría intentado gastarme esa broma idiota si yo no hubiera accedido a ir con ella. No se habría golpeado la cabeza si yo no hubiera venido a vivir a Eden. Nada de esto habría pasado si no hubiera venido aquí.
—Así que, como te mudaste aquí, es todo culpa tuya —agarró con más fuerza el volante, irritado—. Fue Ava quien se lanzó de cabeza al río. Y tú fuiste quien aceptó renunciar a la mitad de tu vida para que siguiera viva. Le diste más tiempo, Quinn, ¿es que no lo entiendes?
—¿Y de qué sirven unas pocas semanas más? —repliqué mientras me secaba los ojos con furia—. Es absurdo. Esto no debería haber pasado.
—Quinn… —comenzó a decir, pero volví la cara otra vez.
—Sigue conduciendo, Puck, por favor.
—¿Adónde vamos?
—Si le devolvió la vida una vez, puede volver a hacerlo.
Suspiró y dijo en voz tan baja que no supe si le había oído bien:
—No estoy seguro de que funcione así.
Tragué saliva con esfuerzo.
—Si quieres volver a ver a Ava, más vale que sí.
Llegamos a la verja diez minutos después. Yo iba temblando de furia y de desesperación. ¿Cómo se atrevía Rachel a hacer algo así? Tenía que saber que yo no había entendido o no creía lo que me había contado, y aun así lo había hecho.
Tenía que devolverle la vida a Ava. Le obligaría a hacerlo, costara lo que costase.
La verja no estaba cerrada, como cuando había pasado por allí con mi madre, sino entreabierta, lo justo para que me colara por ella. Miré a Puck sin saber qué decirle.
—No deberías hacerlo —me dijo—. No hay ninguna garantía de que pueda resucitar a Ava, y una vez entres ahí quizá no puedas volver a salir.
—Me da igual. Tengo que conseguir que la salve.
—Quinn, tú sabes que eso es imposible.
Rechiné los dientes.
—Tengo que intentarlo. No puedo permitir que muera, Puck. No puedo.
—Ava no es tu madre —dijo él con calma—. Por más que luches por su vida, no cambiará nada. No va a salvarla a ella, ni tampoco salvará a tu madre.
—Lo sé —contesté con voz ahogada, aunque una pequeña parte de mí se preguntaba si, en efecto, lo sabía.
Pero ya había visto a Rachel hacer lo imposible una vez. Podía volver a hacerlo, estaba segura… y tal vez si hacía lo que ella quería esta vez no solo salvaría a Ava.
—Soy yo quien debe decidirlo, y si hay alguna posibilidad de cambiar las cosas, pienso descubrir cómo. Por favor —dije, trémula—, por favor, déjame intentarlo.
Se quedó callado un momento pero por fin asintió con la cabeza sin mirarme.
—Haz lo que tengas que hacer.
Me temblaron las manos cuando intenté desabrocharme el cinturón de seguridad. Al final, lo hizo Puck.
—Pero ¿y si habla en serio? —preguntó—. ¿Y si quiere que te quedes seis meses?
—Entonces lo haré —contesté con la vista fija en la verja gigantesca mientras me invadía un mal presentimiento.
Me quedaría el año entero a cambio de que Rachel salvara a Ava. A cambio de que las salvara a las dos.
—Seis meses no es el fin del mundo. Haré lo que tenga que hacer.
Asintió otra vez con una mirada distante en los ojos.
—Estaré aquí, esperando, cuando llegue ese momento, pero Quinn… —titubeó—. ¿De verdad crees que es lo que dice ser?
Se me aceleró el corazón.
—No creo que haya dicho qué es.
Puck suspiró. Le estaba haciendo daño al comportarme así, pero no tenía elección.
—¿Qué crees tú que es?
Arrugué el ceño y me acordé de las palabras de Ava.
—Una tipa muy solitaria.
Si Rachel hubiera tenido intención de matarme, ya lo habría hecho. Era lo más probable. Yo conocía un modo de escapar si de verdad intentaba convertirme en su rehén, pero si hubiera querido obligarme, habría podido hacerlo el día anterior. En realidad lo había dejado a mi elección. Era yo quien me había equivocado al elegir. Podía aceptar la muerte de Ava o hacer algo al respecto. Y, francamente, estaba harta de que muriera gente a mi alrededor. No iba a permitir que ocurriera de nuevo.
Acordándome de todo lo que le había prometido a mi madre, respiré hondo y deseé poder hablar con ella. Ella sabría qué hacer.
—Cuidarás de mi madre, ¿verdad?
Puck comprendió que no debía decirme que mi madre seguiría allí cuando yo volviera, fuera cuando fuese.
—Te lo prometo. También avisaré en el instituto de que no vas a volver.
—Gracias —dije. Una cosa menos de la que preocuparse.
El trecho entre el coche y la verja se me hizo eterno, pero si recorriéndolo conseguía devolverle la vida a Ava, estaba dispuesta a entregarle mi libertad a Rachel. A fin de cuentas, ella tenía razón: solo tenía a mi madre, no me quedaba nada más. Una vez muerta ella, mi vida estaría vacía. Ahora, sin embargo, tenía la oportunidad de ofrecer lo que quedaba del cascarón vacío en que se había convertido mi vida para ayudar a alguien que sabría sacarle el mayor partido. Ava tenía toda la vida por delante. Lo mejor de la mía, en cambio, ya formaba parte del pasado. Mi madre quería que saliera y que fuera feliz, pero no podía serlo sin ella. Al menos de ese modo no desperdiciaría lo poco que me quedaba.
Crucé la verja y entré en los jardines, y el ambiente cambió de inmediato. Allí hacía más calor y el aire estaba impregnado de una especie de electricidad que no lograba identificar. Al avanzar unos pasos oí que la puerta se cerraba con estruendo detrás de mí y me sobresalté. Me volví y vi a Puck junto al coche, con los ojos fijos en mí. Le dije adiós con la mano y me dedicó una sonrisa angustiada.
El camino ascendía suavemente, bordeado por árboles espaciados a trechos regulares. Tardé unos minutos en llegar a lo alto de la loma y cuando llegué me paré, boquiabierta. No sé qué esperaba, pero en todo caso no era aquello.
Una enorme mansión se extendía por el jardín. Era tan grande que ni siquiera desde la cima de la colina se veía lo que había detrás. El camino estaba pavimentado a partir de allí y se curvaba frente a la puerta principal formando un óvalo perfecto.
Solo había visto edificios como aquel en fotografías de palacios europeos, y estaba segura de que en la Península Superior (en todo el estado, quizá) no había otro semejante. Relucía, blanco y dorado, y todo en él era majestuoso.
Estando allí parada, tardé un momento en darme cuenta de que no estaba sola. Una docena de jardineros y trabajadores me miraban extrañados. De pronto tuve un ataque de timidez. Ya estaba al otro lado de la verja. ¿Y ahora qué?
Vi a lo lejos a una mujer que caminaba a paso vivo hacia mí, colina arriba, levantándose el bajo de la falda. En lugar de retroceder, me quedé allí, presa del asombro, el miedo y la determinación. La casa era muy hermosa, pero yo seguía necesitando ver a Rachel… enseguida.
—¡Bienvenida, Quinn! —exclamó la mujer, y al oír su voz tuve que mirarla dos veces.
—¿Sofía?
En efecto, al acercarse vi que era la enfermera que me había ayudado a cuidar a mi madre esas últimas semanas. Me quedé mirándola, atónita, pero ella se comportó como si todo aquello fuera perfectamente normal. Cuando llegó a mi lado tenía las mejillas sonrosadas y sonreía de oreja a oreja. Me agarró del brazo.
—Nos estábamos preguntando si aparecerías alguna vez, querida. ¿Cómo está tu madre?
Tardé un momento en recuperar el habla.
—Se está muriendo —dije—. ¿Qué haces tú aquí?
—Vivo aquí —empezó a llevarme hacia la casa y me dejé llevar, intentando no mirarla boquiabierta.
—¿Conoces a Rachel?
—Claro que sí —respondió—. Todo el mundo conoce a Rachel.
—¿Tú también puedes resucitar a los muertos? —mascullé, y chasqueó la lengua.
—¿Puedes tú?
Cerré los puños.
—Necesito ver a Rachel.
—Lo sé, querida. A eso vamos.
Le lancé una mirada, sin saber si solo me estaba siguiendo la corriente o era una evasiva o las dos cosas a la vez. Hizo caso omiso de mi mirada y me llevó por el camino ovalado hasta que llegamos a las puertas de la mansión, que se abrieron sin que las empujara. En lugar de seguirla dentro, me paré, pasmada.
La fachada no era nada comparada con el magnífico vestíbulo de la mansión. Era sencillo y elegante y, aunque no tenía nada de chillón o de chabacano, distaba mucho de ser corriente. El suelo era de mármol blanco en su mayor parte, y al otro lado del vestíbulo me pareció ver una mullida alfombra. Las paredes y el techo estaban hechos de espejos que hacían parecer la enorme estancia mucho más grande de lo que ya era.
Pero fue sobre todo el suelo de la parte central lo que llamó mi atención. Había allí un círculo perfecto de cristal que era sin duda la cosa más increíble de aquel vestíbulo. Relucía, los colores parecían flotar y fundirse dentro de él, mezclándose y separándose mientras los miraba. Me quedé con la boca abierta, pero no me importó: todo en aquel lugar era irreal, y me costaba creer que aún estaba en Michigan.
—¿Quinn?
Conseguí reponerme de la impresión y mirar por fin a Sofía. Estaba unos pasos por delante de mí y me miraba con una sonrisa vacilante.
—Perdona —dije.
Caminé hacia ella y bordeé el círculo de cristal como si estuviera hecho de agua. Que yo supiera, así era.
—Es… es…
—Precioso —dijo alegremente, y agarrándome del brazo otra vez me hizo pasar delante de una gran escalera curva que subía a otra parte de la mansión que yo no veía desde allí. No me atreví a intentar echar un vistazo. No quería perder ni un minuto más.
—Sí —fue lo único que se me ocurrió decir. Aparte de eso, estaba sin habla. Nada de aquello era lo que yo esperaba.
Me condujo a través de una serie de habitaciones, todas ellas decoradas de manera única y con gusto exquisito. Una era roja y dorada; otra, azul cielo, con frescos en las paredes. Había cuartos de estar, salones de juego, despacho y hasta dos bibliotecas. Parecía imposible que todo aquello estuviera en la misma casa, y que al parecer perteneciera a una chica no mucho mayor que yo (a no ser que sus padres vivieran también allí).
La casa parecía extenderse infinitamente, pero por fin tomamos otro pasillo y entramos en un salón con las paredes de color verde oscuro y adornos dorados. Allí los muebles parecían más gastados y confortables que en otras habitaciones, y Sofía me condujo hasta un sofá de cuero negro.
—Siéntate aquí. Yo voy a pedir que te traigan algún refrigerio. Rachel estará contigo enseguida.
Me senté. No quería que me dejara sola, pero tenía que seguir adelante. Tenía que hacerlo. Estaba en juego la vida de Ava y no tendría más oportunidades de plantear la cuestión. Si Rachel quería retenerme allí, lo aceptaría. Con tal de que devolviera la vida a Ava, haría cualquier cosa que me pidiera, aunque ello significara tener que pasar el resto de mis días detrás de aquellos setos. Intenté olvidar lo que me había dicho Puck en el coche sobre que Ava no era mi madre. No era por eso por lo que estaba allí.
Pero mientras lo pensaba comprendí que me estaba mintiendo a mí misma. ¿Acaso no estaba allí precisamente porque tenía la esperanza de que Rachel pudiera salvar a mi madre, o al menos salvarme a mí de algún modo del dolor de perderla? Haría todo lo que pudiera por salvar a Ava, pero ella llevaba horas muerta y todo el pueblo lo sabía. Rachel sin duda exigiría un precio más alto por devolverle la vida por segunda vez, y por más que me esforzara en parecer valiente, lo cierto era que me aterrorizaba la idea de quedarme detrás de aquellos setos el resto de mi vida. Decía en serio que haría cualquier cosa por intentar salvar a Ava, pero aunque eso fuera imposible, como decía Puck, mi madre aún no había muerto. Todavía cabía la posibilidad de que Rachel pudiera salvarla de la muerte.
estoy muy feliz ya que a tenido muy buena aceptación esta historia que aunque no es mía quise compartirla.
