No sé cuánto tiempo estuve allí sentada en silencio, mirando vacuamente una librería llena de volúmenes encuadernados en piel. Repasé de cabeza mi discurso y me aseguré de que contuviera todo lo que quería decir. Rachel tenía que escucharme. ¿No? Aunque no quisiera hacerlo, al menos tendría que escucharme. Tenía que intentarlo.
La vi por el rabillo del ojo de pie en la puerta, cargada con una bandeja llena de comida. Hundí los dedos en el sofá y el discurso que había estado ensayando se esfumó de mi cabeza como por arte de magia.
—Quinn —dijo con voz suave y agradable.
Entró, dejó la bandeja sobre la mesa baja que había delante de mí y se sentó en el sofá de enfrente.
—Ra-Rachel—dije, tartamudeando—. Tenemos que hablar.
Inclinó la cabeza como si me diera permiso para continuar. Abrí la boca y la cerré sin saber qué decir. Mientras esperaba, sirvió sendas tazas de té. Yo nunca había tomado té en una taza de porcelana fina.
—Perdona —dije con la garganta seca—. Por no escucharte ayer, quiero decir. No sé en qué estaba pensando, pero no pensé que hablaras en serio. Mi madre está muy enferma y yo… Por favor. Estoy aquí y voy a quedarme. Haré lo que quieras, pero haz que Ava vuelva a vivir.
Bebió un sorbo de té y me indicó que bebiera yo también. Obedecí con manos temblorosas.
—Tiene diecisiete años —dije, cada vez más desesperada—. No puede perder así la vida solo porque yo cometí un error estúpido.
—El error no fue tuyo —dejó su taza y fijó su mirada en mí.
Sus ojos seguían siendo de aquel insólito tono chocolate, y la intensidad de su mirada me puso aún más nerviosa.
—Tu amiga decidió su destino al saltar al río y abandonarte. No te hago responsable de su muerte. Ni tú debes sentir que lo eres.
—Tú no lo entiendes. No sabía que hablabas en serio. No lo entendí. No sabía que Ava iba a morir de verdad, pensé que estabas bromeando o que… No sé. No que era una broma, sino otra cosa. No sabía que podías hacer eso y ahora que lo sé… Por favor. Ella no se merece morir por haber cometido alguna equivocación.
—Y tú no mereces tener que renunciar a la mitad de tu vida por ella.
Suspiré, tan enojada que estaba al borde de las lágrimas. ¿Qué quería de mí?
—Tienes razón, no quiero quedarme aquí. Este lugar me da pánico. Tú me das pánico. No sé qué eres ni qué es este sitio, y lo último que quiero es pasar el resto de mi vida aquí. Puede que Ava no se portara muy bien conmigo al principio, pero ahora somos amigas. No merecía morir y su muerte… su muerte es culpa mía. No puedo mirarme al espejo cada mañana sabiendo que es culpa mía que su familia tenga que pasar por el dolor de perderla así… —me detuve. Igual que yo iba a pasar por el dolor de perder a mi madre—. No puedo. Así que, si devuelves la vida a Ava, estoy dispuesta a quedarme aquí el tiempo que quieras. Te doy mi palabra. Por favor.
No era exactamente el discurso que había ensayado, pero se le parecía bastante. Cuando acabé tenía lágrimas en los ojos y agarraba tan fuerte la taza que fue un milagro que no se rompiera.
Delante de mí, Rachel siguió callada, con los ojos fijos en su taza de té. Yo no tenía ni la menor idea de qué estaba pensando, y tampoco sabía si quería saberlo. Lo único que me importaba era que dijera que sí.
—¿Estás dispuesta a entregar seis meses al año el resto de tu vida para salvar a tu amiga, a pesar de lo que te hizo? —había una nota de incredulidad en su voz.
—Lo que hizo Ava no la hace merecedora de una pena de muerte —contesté—. Ahí fuera hay mucha gente que la quiere, y no tienen por qué sufrir así por mi culpa.
Y tal vez saber que yo la había salvado me ayudaría a sufrir un poco menos.
Tamborileó con los dedos sobre el brazo del sofá, mirándome de nuevo fijamente.
—Quinn, yo no invito a cualquiera a mi casa. ¿Entiendes por qué te lo ofrecí?
¿Porque estaba como una cabra? Negué con la cabeza.
—Porque aunque Ava te abandonó en el río, en lugar de dejarte vencer por el rencor o permitir que muriera, hiciste todo lo que estaba en tu poder, incluido afrontar uno de tus mayores miedo, para salvarla.
No supe qué decir a eso.
—¿No es lo que habría hecho cualquiera?
Esbozó una sonrisa cansina.
—No. Muy pocas personas habrían considerado siquiera esa posibilidad. Eres extraña, y me intrigas. Ayer, cuando rehusaste mi oferta, pensé que tal vez me había equivocado, pero al venir aquí hoy has demostrado que eres aún más valiosa y capaz de lo que imaginaba.
Parpadeé, alarmada.
—¿Valiosa y capaz de qué?
Ignoró la pregunta.
—Solo haré mi ofrecimiento una vez más. A cambio, no puedo devolverte a tu amiga. Ha muerto y me temo que si la devolviera a su cuerpo ahora, sería algo contra natura y jamás podría encontrar la felicidad. Pero te doy mi palabra de que está contenta, tal y como está ahora.
Sentí un vacío en el pecho.
—Entonces, ¿ha sido todo para nada?
—No —ladeó la cabeza y entornó los párpados ligeramente—. No puedo deshacer lo que ya está hecho, pero puedo evitar que ocurra algo.
—¿Evitar que ocurra qué?
Se quedó mirándome y una oleada de esperanza se apoderó de mí. Pensaba que era yo quien tendría que sacar a relucir el asunto, pero había sido ella.
Podía impedir que mi madre muriera.
—¿De veras… de veras puedes hacer eso?
Dudó un momento.
—Sí, puedo. No puedo curar a tu madre, pero puedo mantenerla con vida hasta que estés lista para decirle adiós. Puedo darte la oportunidad de pasar más tiempo con ella, y cuando estés lista me aseguraré de que su muerte sea apacible.
Un extraño calor me envolvió al oír sus palabras.
—¿Cómo? —susurré.
Sacudió la cabeza.
—No te preocupes por eso. Si aceptas, tienes mi palabra de que cumpliré mi parte del trato.
Siempre había creído que podría despedirme de mi madre. Nunca había contemplado la posibilidad de que fuera a caer en coma y a apagarse sin que me diera tiempo a decirle que la quería una última vez, y ahora…
—Está bien —dije en voz baja—. Tú… tú mantenla con vida. Tiene un tipo de cáncer muy agresivo, así que puede… puede que sea difícil.
De pronto se me llenaron los ojos de lágrimas.
—Pero no sufrirá, ¿verdad? Yo solo… solo quiero poder decirle adiós.
—No sufrirá en absoluto, me aseguraré de ello —sonrió con tristeza—. ¿Hay alguna otra cosa que desees? Vas a renunciar a muchas más cosas que yo, y quiero que estés segura.
Tragué saliva.
—¿No puedes mantenerla viva? ¿No puedes… no puedes curarla?
—Lo siento —dijo—. Pero el adiós no es para siempre. El amor que sientes por tu madre no es de los que puede quebrantar la muerte.
Agaché la cabeza y miré fijamente mi té. No quería que me viera deshacerme en lágrimas.
—Sin ella no sé quién soy.
—Entonces tendrás ocasión de averiguarlo antes de que se vaya. —Rachel dejó su taza—. Y cuando te hayas despedido de ella, tendrá la tranquilidad de espíritu de saber que estarás bien.
Asentí con la cabeza. Tenía la garganta tan cerrada que no podía hablar. Así pues, también iba a hacerlo por ella. Mi madre quería que estuviera bien, y yo aún no podía prometérselo. Pero merecía la pena aceptar la oferta de Rachel por tener la oportunidad de hablar con ella una última vez, de decirle que la quería y de mirarla a los ojos y prometerle que estaría bien para que pudiera dejar este mundo sin angustia ni mala conciencia.
—Entonces, trato hecho —dijo Rachel suavemente—. Serás mi invitada durante el invierno. Sofía te acompañará a tu habitación y hasta mañana no se te pedirá nada.
Asentí de nuevo. Ya estaba hecho: estaba atrapada. Aquel sería mi hogar durante los seis meses siguientes. De pronto la habitación me pareció mucho más pequeña que antes.
—Rachel… —dije con voz chillona.
—¿Sí?
—¿Sofía sabía que iba a pasar esto?
Se quedó mirándome unos segundos como si intentara decidir si iba a creerle o no.
—Sí, te hemos estado vigilando.
No me atrevía a preguntar a quién se refería exactamente.
—¿Qué es este sitio?
Pareció divertida.
—¿Aún no te has dado cuenta?
Sentí que me ponía colorada, pero por lo menos me quedaba algo de sangre en la cabeza, así que podía levantarme sin correr el riesgo de desmayarme.
—He estado un poco ocupada pensando en otras cosas.
Se levantó y me ofreció su mano. No la acepté, pero no pareció importarle.
—Recibe diversos nombres. Elíseo, Annwn, Paraíso… Algunos incluso lo llaman el Jardín del Edén.
Sonrió como si hubiera contado un chiste. No lo entendí, y debió de notar mi perplejidad, porque añadió:
—Es la puerta entre la vida y la muerte. Tú todavía vives. Los demás habitantes del jardín murieron hace mucho tiempo.
Sentí un escalofrío.
—¿Y tú?
—¿Yo? —Esbozó una sonrisa—. Yo reino sobre los muertos. No soy uno de ellos.
buenas madrugadas les dejare varios capítulos ya que no podre subir los dos diarios asi que les dejare algunos para que no me odien.
