Ni Haikyuu! ni sus personajes me pertenecen, son obra de Furudate Haruichi.
Resumen: Rondas, magia y fantasías de la noche.
『Rondas de Mozos』
Pasaron unas pocas semanas para que Kuroo pudiera conseguir lo necesario para un viaje corto a Sendai. Trabajar por mil yenes la hora era poco pero hacia maravillas para su presupuesto personal. El poder costearse la mayoría de sus gastos lo tenía más animado últimamente, sin embargo, esa noche en el Kumaiya había otra cosa que añadía ansiedad a la formula.
–Ustedes creen que yo nací ayer.
–No es mentira, solo va a visitar a su mamá –dijo Shiho intentando cubrir a Kuroo.
El chico no aceptó ni desmintió nada, solo sonreía nerviosamente mientras Kumai-san acomodaba un poco su pelo para que no pareciera tan desordenado.
–¿Tan contento, arreglado y perfumado? Claro... Si por lo menos te esforzaras más en disimular lo nervioso que vas –dijo riéndose la vieja señora.
–No voy a eso, Kumai-san, pero sigue siendo un secreto.
La ya de por si animada señora había rejuvenecido un poco más al tener por empleado a aquel chico. No tardó mucho en adoptar al gato abandonado tratándolo como si fuera de la familia. Podría decirse que simplemente se tomaba muchas confianzas con la gente, no obstante, a Kuroo le agradaba su forma de ser.
–Si no te logras calmar esto ayudará –dijo sacando de la barra una pequeña botella como si de contrabando se tratara– Anda, guárdalo.
–Mamá, todavía no puede...
–No seas aguafiestas Shiho, hoy es un día especial –dijo mientras seguía acicalándolo.
Kuroo no se iba a echar para atrás ante tal ofrecimiento, y de todas formas no esperaba que fuera la gran cosa. Aceptó agradecido el regalo y cuando todo estuvo preparado ambas mujeres le desearon suerte en su pequeña batalla.
–Bien, regreso pasado mañana.
–¡Cuídate!
Vestido con una camiseta negra, un pantalón igual de oscuro y una vieja sudadera roja. Tomó su mochila y dio comienzo a su viaje. Las dos mujeres que dejó atrás lo siguieron con la mirada.
–Mala suerte por ti, Shiho. Si tuviera treinta años menos un chico tan atractivo no se me escapaba así como así.
–Déjalo así, no es un mal chico pero simplemente no podría competir, ¿No lo ves?
–No te preocupes, que se le va a hacer... es lo más normal que tenga a alguien –dijo Kumai-san con resignación– peor sería que se metiera a monje en un templo o que se liara con un chico...
–Eh... Bueno... dejémoslo así... –respondió su hija, evitando verla directamente.
Un breve momento de silencio las envolvió a ambas.
–¿...Eh?
Shiho fue salvada por el ruido de la campanilla de la puerta del restaurante, un nuevo cliente acababa de entrar.
–¡Bienvenido!
–¿Es en serio?
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Había pocas personas en el tren, una joven azafata ofreció té y sabanas al chico pelinegro para que sobrellevara las seis horas que restaban del viaje. Las vistas nocturnas de las afueras de la ciudad se sucediendo a toda velocidad por la ventana. Kuroo tenía sueño, pero su cabeza no lo dejaba descansar. Recostado sobre el frio vidrio, meditaba en silencio sobre lo que estaba por hacer.
Ya había preparado una excusa para justificar su visita pero ese no era el problema. Quería ser serio esta vez, afrontar a Tsukishima honestamente y dejarle claras sus intenciones. El sentimentalismo meloso no era lo suyo y aunque ya sabia la facilidad con la que podía echar por tierra acciones demasiado planificadas era inevitable pensarlo más de una vez.
Contaba con su confianza, no iba a ser necesario forzar nada y después de tantas noches hablando o enviándose mensajes creía que era el momento de preguntar, sin embargo "confesarse" por mucho que lo quisiera, no dejaba de ser algo complicado.
El solo hecho de mencionar la palabra ahuyentaría a Tsukishima, e incluso él lo consideraba algo demasiado ceremonioso e innecesario. ¿Por qué la gente no podría simplemente darse cuenta de los sentimientos de los demás y actuar en consecuencia?
Para bien o para mal, se había enamorado del príncipe de la torre de marfil. Si el príncipe guardaba silencio, hablar era deber del demonio.
«De todos modos... ¿Qué más podría pasar?» Pensó, mientras sonreía adormecido.
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El tren llegó a Sendai cerca de las tres de la mañana. Aunque faltara poco más de un mes para el verano las frías noches del norte encrespaban la piel de cualquiera. La estación estaba desierta y a pesar de haber logrado sacarle la dirección de la casa del rubio a su ex-capitán faltaban muchas horas para que fuera adecuado aparecer por allá.
No le quedaba suficiente dinero para rentar una habitación y como no conocía a nadie más en ese lugar, tendría que pasar la noche ahí.
Al ver que en la máquina expendedora de la estación no había café ni nada caliente recordó el "regalo" que Kumai-san le dio. La pequeña botella no tenía ninguna marca, sin embargo, resultaba bastante obvio lo que contenía.
«Bueno, en varios sitios lo usan todo el tiempo para entrar en calor...»
Saber muchas cosas sobre países lejanos era información completamente inútil hasta que simplemente se daba la oportunidad, sin embargo, siempre le había dado alguna que otra idea extraña. Abrió la botella y bebió un poco.
Era fuerte, más que cualquier otra cosa que hubiera probado, y después de tragar solo pudo expulsar por su nariz el calor del fuego líquido que acababa de ingresar a su sistema.
Un rato más tarde, en su solitario aburrimiento que ni la música de su móvil podía abreviar, pasó de repasar las costumbres de bebida eslavas a pensar en alguna manera de sorprender a Tsukishima cuando llegara a su casa. La gélida brisa nocturna le hizo beber un poco más.
No quería quedarse dormido en la banca que lo apoyaba, pero la madrugada y la soledad hicieron que el pesar que trataba de encerrar dentro de sí mismo comenzara a abrirse paso en sus pensamientos.
Ni era la primera vez que lo invadian sus malos recuerdos ni seria la ultima. Debía ser fuerte y soportar. Estando solo, ¿qué otra opcion tenia?.
Al asimilar el tercer y último trago que daba de si aquel casco, era un poco notorio en sus mejillas que ser alto y corpulento no te da el metabolismo de un ruso. De lamentarse, comenzó a caer en cuenta de algunos detalles muy relevantes. ¿Por qué debía quedarse si o si en la estación? Tsukki era su amigo, era alguien a quien quería mucho y habían hecho tantas cosas juntos...
Ya no sentía frio, ni pesar, solo quedaba grabada en su cara malicia en forma de sonrisa.
«Los ángeles tendrían que acompañar las noches de los necesitados ¿verdad?»
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Tsukishima estaba particularmente intranquilo esa noche. Kuroo llevaba varios días sin llamar y ciertos deseos solían apoderarse de su cabeza cada vez que lo extrañaba. Estaba aprendiendo que la soledad no era tan buena compañera como tontamente había dado por hecho siempre.
«¿Por qué?» Se preguntaba, por qué tenía que ser él quien se asomara intempestivamente en sus pensamientos. Era molesto, era fastidioso que fuera él precisamente quien despertara ese lado suyo.
Recordar su mirada seria mientras se lo comía a besos, el vapor que manaba de sus cuerpos, las manos de Kuroo extendiéndose hasta los más ocultos rincones de su cuerpo... y después recrear en su imaginación que hubiera pasado después si aquel día se dejaba llevar...
«Esto es patético» pensó con cierta vergüenza.
Quizás no lo eran, quizás si, y por ello eran la clase de deseos que más enterrados estaban dentro de su cabeza. Sin embargo, esa noche esos sentimientos querían salir a la superficie. Que los adolescentes del género masculino independientemente de su frialdad fueran igual de calientes en ese aspecto no jugaba a su favor.
«¿Crees en la magia?» rezaba el mensaje que había recibido del pelinegro hacía un rato.
Sabía que lo que pasaba en su cuerpo no era más que la reacción de un cóctel de químicos en su cerebro que no tenían nada de mágico, pero eso no hacía que su fuego interno quemara menos. Otros, diríamos que los sentimientos se expresan de formas un tanto aleatorias. De todas maneras el amor romántico siempre nace del deseo, ¿o no?
Bajó sus pantaloncillos lo suficiente para deslizar su ligeramente sudorosa mano dentro de aquel lugar. Cerró sus ojos, y respiró suavemente mientras reproducía las fantasías que habían nacido desde aquella tarde con Kuroo, despacio, como le gustaba, iba consolidando su ritmo alrededor de su miembro.
«Tú... hah...» entreabrió sus ojos para intentar ver las incoherencias que Kuroo seguía escribiendo, ya era tarde poder para calmarse con tan poco. Todo su cuerpo estaba tenso, dominado por la excitación y su respiración se entrecortaba por momentos. La realidad a su alrededor comenzaba a dar mil y una vueltas...
Pero un golpe seco de algo que entró por su ventana lo alertó y ello desvaneció del todo la nube en que se hallaba montado. Muy agitado, se levantó para ver que rayos había pasado.
Aún tenía el móvil en su mano izquierda, y observando una mochila extraña tirada en el piso, volteó a ver el mensaje que hacia un momento le acababa de llegar.
«Quisiera convertirme en hiedra y poder trepar por las paredes. Y entrar en tu habitación para ver como duermes.»
«¿Qué rayos es esto...?»
–¡Tsukki!
Ese grito era inconfundible y no se estaba cortando ni un poco. Un demonio, la inminente calamidad rondaba fuera de su casa.
–¡Ven, Tsukki! –volvió a gritar.
El rubio se asomó a la ventana y Kuroo estaba parado ahí abajo saludándolo con ambas manos y una amplia sonrisa. La tensión en la mirada de incredulidad de Tsukishima no tenía límite alguno.
Aquella bebida no era lo suficientemente inflamable como para inhibirlo del todo y hacerlo ponerse a cantar a grito pelado, pero es que Tsukishima simplemente no salía y había que llamarlo.
–¡¿Que demonios haces aquí?! –gritó, aunque reprimía la mayor parte del ruido.
–¡Quería verte!
–¡¿Verme?! ¡¿A estas horas!
–¡Y estás tan encantador como siempre!
–¡Shhh! ¡Vas a despertar a todo el mundo!
–¡Eh, que se callen dice! ¡Shhh! –Kuroo, sin perder su sonrisa, puso su dedo indice en su boca para acallar una multitud inexistente que al parecer estaba contrariando la voluntad de su ángel.
«No me jodas, Kuroo...»
–¡Hey, Tsukki!, ¡¿Adónde vas?!
Ya no hubo respuesta, Tsukishima estaba bajando las escaleras de su casa a toda velocidad... para cerrar su maldita boca antes que fuera demasiado tarde.
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Cuando abrió la puerta no había nadie ahí, y tampoco se veía a nadie alejándose por las calles. Cerró y volvió a su habitación para ponerse algo más adecuado para la noche y salir a buscarlo.
Cuando entró a su cuarto de nuevo, el demonio negro se abalanzó sobre su espalda.
–La magia no existe, no estabas dormido... –Susurró a su oído.
Tsukishima no gritó con todas sus fuerzas solo porque el susto de sentir los brazos de semejante bestia cayendo sobre sus hombros fue de dimensiones astronómicas.
–¡¿Cómo rayos entraste?! –gritó suprimiendo la voz.
–No deberías dejar abierta esa ventana.
Kuroo lo abrazó, y mientras más fuerza hacía su corazón se sentía más aliviado. El rubio no resistió el peso y ambos cayeron arrodillados al piso. El pelinegro restregaba su nariz contra su cuello, como si de abrazar a un peluche se tratara.
–¿Estás loco? Bájate... –dijo usando sus manos para alejar su cara.
Kuroo no estaba muy consciente, pero del contacto de la palma de sus manos empujando con fuerza su nariz, alcanzó a sentir un peculiar aroma que conocía muy bien.
–Estabas jugando contigo mismo ¿verdad?
–¡N-no! ¡Que te hagas a un lado...!
Tsukishima fue dejando de quejarse poco a poco hasta quedar rojo como un tomate. En su estado, las caricias y las exhalaciones alrededor de su cuello eran una delicia, sin embargo, llegó el momento en que Kuroo también dejó de moverse. Se quedó dormido enroscado a su fuente de calor.
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Después de hacer un esfuerzo sobrehumano para levantarlo y echarlo sobre su cama, Kuroo parecía seguir profundamente dormido. Su boca estaba entreabierta y una tenue línea de saliva se deslizaba desde la comisura de sus labios. Tsukishima todavía no había resuelto su "situación" y su cuerpo en ningún momento dejó de recordárselo. Se comía con los ojos al indefenso muchacho y en su desajustada cabeza rondaba una tentadora decisión.
«No se dará cuenta...»
...
«...No, nadie lo sabrá...»
Se quitó sus anteojos y se sentó sobre la cama. Aproximándose sigilosamente a los labios de Kuroo comenzó a explorar su rostro con sus dedos. Se acercó y paso suavemente su lengua sobre ellos antes de comenzar a besar de verdad. Lo hacía despacio, tratando de disfrutar cada segundo, intentando al mismo tiempo evitar cortar la respiración de Kuroo para que no despertara.
Aquello era como un dulce adictivo, justo el mismo sabor que recordaba, mezclado con un aroma que lo embriagaba un poco más.
Repentinamente, Kuroo atrapó a Tsukishima entre sus brazos y lo hizo caer a su lado. El pelinegro, aun dormido, se había reclinado sobre él.
Era pesado y Kuroo se asía con fuerza a su cuello y a su espalda. Tsukishima, por un lado, estaba escandalizado en aquella extraña posición pero también estar entre sus brazos era más excitante que cualquiera de sus difusas fantasías. Sintió de cerca la respiración del otro, y los latidos de su corazón. Era muy sofocante y no podía liberarse de su agarre, sin embargo ¿Era realmente necesario hacerlo?
La puerta a un mundo que estaba reacio a traspasar estaba frente a él, y aunque al principio tuvo miedo de dar el paso pudo más su cuerpo que su razón. Siguió deleitándose poco a poco con aquella delicia surgida de la noche.
Daba lo mismo que Kuroo se despertara por alguno de sus acalorados besos o por los convulsos movimientos de su mano, daba igual si alguno de sus padres giraba la perilla de la puerta de su cuarto para descubrirlo en esa penosa situación. Mientas se ahogaba en inaudibles gemidos se podía concluir, que incluso para un chico como él tentar un poco a la suerte y dejarse llevar por la magia es una opción posible si la marea del deseo era lo suficientemente profunda.
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Unas cuantas horas después, Tsukishima despertó. Al estar menos "agitado" la manera en que veía las cosas era radicalmente diferente. Kuroo seguía a su lado cuando comenzó a caer en la cuenta que había quedado dormido en sus brazos después de descargar sus "ánimos". Fue peor la vergüenza cuando notó el olor a saliva que impregnaba los rostros de ambos.
Rápidamente se soltó y se puso sus anteojos. Estando de pie, atemorizado de sí mismo, vio fijamente al gato que ronroneaba plácidamente sobre su cama y los rastros de la noche anterior que yacían resecos sobre la palma de su mano. Sus deseos lo habían inhibido hasta ese nivel y el joven rubio se sintió muy incómodo con ello. Tampoco quería salir de su cuarto, pues no tenía la más mínima idea de cómo manejar las cosas si sus padres habían descubierto esa escena mientras dormía.
Su garganta tragaba en seco mientras en su mente revoloteaban todas las posibles consecuencias de su no tan inocua pasión, sin embargo, tomó el valor suficiente para salir de aquel lugar. Se encontró con un pasillo desierto, sin ningún ruido de fondo. Al parecer nadie más que él había despertado. Caminó rápidamente hacia el baño para limpiar de su cuerpo cualquier evidencia que pudiera delatarlo. La pequeña gota de suerte que tuvo esa mañana apenas fue un pequeño alivio para su revuelto corazón mientras nuevas interrogantes atenazaban su cabeza.
«¿Cómo puedo ser tan idiota?»
«¿Qué demonios hace Kuroo aquí?»
«¿Por qué...?»
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Una música te llena el pensamiento, cuando el deseo, se hace violento.
«Raffaella Carrà - Lola»
Deberia vaguear menos y escribir más... aunque después acabe estresandome porque sale más texto del planeado y no encuentre por donde cortar. Pero bueno, si les gusta, no me quejaré xD
¡Gracias por sus reviews!
Hasta otra.
