Lo imposible

Mis habitaciones eran sorprendentemente cómodas. A diferencia del resto de la mansión, allí no se hacía evidente a cada paso que aquellas estancias formaban parte de una casa riquísima y poderosa. Por el contrario, mi suite era relativamente modesta. Lo más lujoso era la cama, que era enorme, con dosel, una de esas camas con las que yo siempre había soñado. Me preguntaba si Rachel también sabía eso.

Todo el mundo parecía saber que estaba allí, como si fuera famosa. De vez en cuando oía murmullos y risas en voz baja al otro lado de mi puerta, y cada vez que me asomaba al enorme ventanal veía a los trabajadores de la finca levantar la vista hacia mí como si supieran que los estaba observando. No me gustaba ser objeto de murmuraciones, pero no podía hacer nada al respecto, salvo correr las cortinas y esconder la cabeza bajo un montón de almohadas.

El día pasó deprisa y Sofía no tardó en llevarme la cena. Yo seguía enfadada porque no me hubiera avisado de que formaba parte de todo aquello, así que le di las gracias a regañadientes, sin mirarla, y me negué a responder a sus preguntas. De todos modos, saltaba a la vista cómo me encontraba.

Después de que se marchara, picoteé un poco. Estaba tan preocupada por lo que iba a ocurrir al día siguiente que no podía comer. Aunque no estaba encerrada en mi habitación, no había mucho más que pudiera hacer, al menos de momento. A fin de cuentas, sabía que me sería muy fácil perderme.

Pero por bonita que fuera la habitación, por amable que fuera la gente y por buena que estuviera la comida, lo cierto era que seguía siendo una prisionera. Pensé en Puck y me pregunté cuánto tiempo habría esperado en la verja y si después habría ido a ver a mi madre. Aquellos seis meses parecían extenderse delante de mí interminablemente, sin que atisbara su final. ¿Cumpliría Puck su promesa? ¿Estaría allí cuando acabara aquello, o se habría olvidado de aquel asunto? En el fondo, sabía que allí estaría. No me merecía un amigo así.

Pero ¿seguiría allí mi madre cuando yo volviera? ¿Cumpliría Rachel lo que me había prometido? ¿Podía hacerlo? Yo quería creerle, quería creer que aquello era posible, porque si de verdad podía mantenerla con vida quizá no tuviera que despedirme de ella nunca, o al menos no hasta que a mí también me llegara mi hora. O quizá podría mantenerla viva hasta que encontraran una cura para su enfermedad.

No podía salvar a Ava, pero todavía tenía esperanzas de salvar a mi madre, y merecía la pena luchar por ello, costara lo que costase.

No recuerdo haberme quedado dormida, pero cuando abrí los ojos ya no estaba en Eden Manor. Estaba tendida en una manta en medio de Central Park, mirando el cielo despejado del verano, con el calor del sol dándome en la cara. Me senté, desorientada, y miré a mi alrededor. A mi lado había una cesta de merienda, y dispersas por la hierba había otras personas disfrutando del día. Estábamos en Sheep Meadow, mi lugar favorito del parque. Desde allí se veía el lago, pero las aglomeraciones de turistas estaban lo bastante lejos como para que no resultara agobiante. Hacía años que no podía ir allí con mi madre. Empecé a levantarme, decidida a descubrir qué estaba pasando, y de pronto me quedé pasmada de asombro.

Mi madre, tan sana como diez años atrás, mucho antes de que el cáncer hiciera presa en ella, subía por la suave ladera vestida con una falda larga de vuelo y una blusa que no se ponía desde hacía mucho tiempo, desde que estaba tan delgada que aquella ropa le quedaba grande.

¿Mamá?

Sonrió. Una sonrisa de verdad, no una sonrisa enfermiza, ni la sonrisa que ponía cuando intentaba disimular el dolor que sentía.

Hola, cariño —se sentó a mi lado y me besó en la mejilla.

Me quedé quieta un momento, tan perpleja que no podía moverme, pero cuando por fin me di cuenta de que de verdad estaba allí, sana y resplandeciente, la rodeé con los brazos, la estreché con fuerza y aspiré su olor, tan conocido para mí. A manzanas y a freesias. Su cuerpo ya no parecía frágil, y me abrazó con la misma fuerza que yo a ella.

¿Qué está pasando? —pregunté mientras luchaba por no llorar.

Que vamos a hacer un picnicme soltó y comenzó a vaciar la cesta.

Estaba llena de mis comidas favoritas de cuando era niña: sándwiches de mantequilla de cacahuete y gelatina, gajos de mandarina, macarrones con queso en recipientes de plástico, y flan de chocolate suficiente para dar de comer a un batallón. Pero lo mejor de todo fue verla sacar una caja de pastelillos de nueces como ella solía hacerlos. La miré con asombro, preguntándome qué había hecho para merecer un sueño tan delicioso, aunque para mí pareciera tan real. Sentía cada brizna de hierba bajo mis manos, y mi pelo, empujado por la brisa cálida, rozaba mis brazos desnudos. Era como si estuviéramos allí de verdad.

Entonces una idea se abrió paso por mi cabeza como un gusano, y miré a mi madre con recelo:

¿Te ha traído Rachel?

Su sonrisa se hizo más amplia.

¿A que es un encanto?

Respiré hondo y todos los malos pensamientos que había tenido sobre Rachel se esfumaron al instante. Estaba cumpliendo su promesa. Podía hacerlo.

Entonces, ¿esto es un sueño? ¿O es… real?

Me dio un recipiente de macarrones y me lanzó una mirada que solo ella podía poner.

¿Hay alguna norma que diga que no puede ser las dos cosas a la vez? Si la hay, no la conozco.

Me embargó una esperanza irracional.

¿De veras es quien dice ser?

¿Y quién dice ser? —preguntó mientras desenvolvía un sándwich.

Le expliqué atropelladamente todo lo que había pasado desde nuestra llegada a Eden: que había visto a Rahcek después de estar a punto de estrellarnos contra una vaca imaginaria; lo que había pasado en el río aquella noche y cómo había resucitado a Ava; lo del trato que habíamos hecho y cómo había intentado disuadirme Puck; la visita de Rachel y la muerte de Ava al día siguiente; mi decisión de ir a Eden Manor para intentar salvarla y, por último, el acuerdo al que había llegado con Rachel. De pronto quedarme con ella seis meses ya no me parecía tan malo. Sobre todo, si podía ver a mi madre cada noche.

Es curioso —comentó ella, aunque sus ojos brillaban divertidos.

Yo no veía nada de gracioso en aquella situación.

Ojalá me lo hubieras contado antes, Lucy.

Me puse colorada.

Lo siento —contesté, mirándome las manos—. Pensaba que me estaba volviendo loca o algo así.

Qué va —agarró mi barbilla y me hizo levantar la cara para mirarla—. Prométeme que a partir de ahora me contarás todo lo que pase, ¿de acuerdo? No quiero perderme nada.

Dije que sí con la cabeza. Más tiempo con ella: era todo lo que podía pedir.

Mamá… —dije con una vocecilla—. Te quiero.

Sonrió.

Lo sé, cariño.