Ni Haikyuu! ni sus personajes me pertenecen, son obra de Furudate Haruichi.

Resumen: Miradas, sospechas, y pretenciosas promesas.


A Mano Cambiada


¡Bam!

Los remates del chico de cabello naranja podían ir a la velocidad que quisieran pero los cada día más refinados bloqueos asesinos de Tsukishima se estaban convirtiendo en todo un fastidio.

–¡Kageyama! ¡Otra vez!

–Oye... tranquilo, no te emociones tanto.

–¡Otra vez! Tiene que haber una forma...

Ver como el enanito se quemaba la cabeza hacía que la vieja expresión desinteresada de Tsukishima se cubriera con un brillo malévolo. Estaba más animado por esa pequeña rivalidad, y aunque esa oscura sonrisa malvada no hacía más que infundir el terror en los chicos de primero, Hinata no le tenía nada de miedo.

Kuroo, entretanto, conversaba con Ukai sobre algo que a él le costó mucho aprender.

–Puede ser útil, más para Kageyama por ser un armador, pero que tú lo hayas hecho si es una locura.

–¿Pero crees que sería conveniente que él lo haga?

–Tendría que mejorar su fuerza, su dirección al rematar, su juego de pies, practicar como un poseso... la pregunta es si en realidad crees que alguien normal podría conseguirlo.

–La pregunta es si dejarás que se lo enseñe –dijo Kuroo con astucia.

–Pues, depende, quizás pueda funcionar... –respondió con sumo interés el joven entrenador.

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–Nishinoya, Hinata, Yamaguchi y Narita, ocupen el lado derecho, Kageyama, ve con Kuroo al izquierdo.

Todos se preguntaban que rayos era lo que Ukai quería que vieran, mientras Kuroo solo dio un par de instrucciones secretas al armador que lo veía con suspicacia.

–¿Estás seguro?

–Sí, no te preocupes.

Mientras Kageyama lanzaba, Kuroo corrió hacia adelante, saltó y golpeo con fuerza con su mano izquierda. La defensa se lanzó por la derecha y ninguno se esperó que pasara con tanta facilidad, aunque Nishinoya logró desviar el balón al final.

–Eso fue duro –dijo Ukai.

–Bien, Kuroo es zurdo, ¿Eso es lo especial que querías que viéramos? –dijo Tsukishima a modo que todos le escucharan.

–Eh, que todavía falta –contestó Kuroo tranquilo ante el sablazo del rubio.

–Solo cubran el lado izquierdo, no pierdan de vista su brazo –dijo Nishinoya para sus tres compañeros.

–¿Están listos?

Kageyama elevó el balón más abajo que antes, directo a la mano derecha de Kuroo, y el golpe con la diestra fue todavía más fuerte que el anterior. Solo Hinata, por confundir la izquierda con la derecha, pudo pararlo.

–¡Sorprendente! –grito Hinata, ignorando el leve ardor en su mano.

–Imposible... –dijeron incrédulos casi todos los demás.

Y Tsukishima simplemente se quedó callado, pues además de quedar en evidencia era mejor eso antes que aceptar en público su interés por algo que dentro de un partido ni siquiera él habría detectado.

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Tantos meses sin jugar y se sentía tan genial como el primer día cuando todavía era un mocoso escurridizo sin ley.

No fue uno de los cinco mejores de Japón como Bokuto ni había obtenido ninguna beca de deportes, así que tuvo que trabajarse su entrada a la universidad como cualquier otra persona. Esperaba unirse al club de voleibol de su universidad porque seguro sería divertido para pasar el rato pero al final en su casa pasó lo que pasó.

Jugar era una de las cosas que más le gustaba en la vida, pero también era consciente que no eran tiempos de ir a lo suyo haciendo gastos extras y pasando sus tiempos libres en entrenamientos. Nunca le gustó ser carga de nadie, y no le apetecía empezar a serlo en ese momento.

Mientras tanto, Tsukishima tenía otras cuestiones con las que lidiar ademas del que hacer cuando le entraban ganas de "pensar discretamente" en su demonio de la oscuridad.

Ya no se quedaba atrás y podía seguir el ritmo del resto de sus compañeros, y, a base de largos entrenamientos y de un montón de momentos incómodos, su cerrada personalidad había comenzado a abrirse a los demás.

–¿Y de qué me serviría esto? –preguntó a su nuevo mentor.

–Pues... además de rematar, mejorarías tu percepción espacial, tu fuerza y tu coordinación, y podrías responder mejor a los balones sin importar como vengan.

Tsukishima prestaba atención, ya no disimulaba su interés ni un poco.

–Ukai dice que es una locura, pero si tú crees que puedes conseguirlo, creo que te será muy útil, pero no te obligues, tú mejor que nadie sabes los límites de tu propio cuerpo.

Kuroo resultaba más atractivo cuando se desenvolvía amablemente dando consejos a los demás, era paciente, educado, y sabía cómo animar. Le guiaba, movía sus brazos, y Tsukishima se dejaba.

–Comienza por usar solo tu mano izquierda para todo, una vez y otra vez, y otra vez, hasta que el proceso de tu mente llamando a tus músculos sea casi instantáneo.

Tsukishima entendía las instrucciones casi de inmediato, sentar las bases de los nuevos movimientos era lo complicado. Lo exageradamente amanerado e inútil que se sentía usando solo la mano izquierda era lo peor, pero el rubio sabía que debía haber una forma de dominar aquel arte, y con tal de superar a ese demonio, por más problemático que fuera, todo era excitante.

–En unos meses, cuando aprendas a correr usando ambas piernas, solo tendrías que comenzar tus carreras desde la derecha y rematar con la izquierda, o viceversa, juegas a confundir y la defensa nunca sabe por dónde les vas a salir. Como es fácil para ti notar lo que sucede a tu alrededor sabrás sacarle provecho. Quizás no logres la perfección hasta dentro de un año, pero es un arma interesante, ¿no crees?

Tsukishima lo veía embelesado y hacia mil y una preguntas, como niño chico con un juguete nuevo. Si, uno muy terrible y que le quedaba como un guante, pero con el mismo aire de inocencia.

–Cuando lancen un ataque sincronizado te convertirás en un verdadero peligro, aunque por fuerza debes trabajar tu confianza con el rey, y con el enanito para ser más eficaz. Y será todavía peor si dominas el aprender a saltar después que la barrera contraria lo haga.

–Sí, lo entiendo...

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–Esos dos están tan pegados que da miedo –dijo Kageyama.

«Si, demasiado... cerca.»

–Yamaguchi ¿Desde cuándo son tan amigos esos dos? –preguntó Hinata.

–Ni idea, estoy tan sorprendido como tú.

–Si tú no lo sabes definitivamente es muy extraño.

–Aunque Tsukki mantenga siempre un perfil bajo siempre ha buscado mejorar.

–Bueno, quizás tengas razón.

–¡Hey, Yamaguchi, ven a sacar!

El saque con salto flotante de Yamaguchi también se estaba convirtiendo en un arma tan certera que cuando era bien ejecutada nadie estaba ni por cerca de poder recibir.

El chico de las pecas estaba muy orgulloso de ello, ya no se desenvolvía de forma rígida ni nerviosa como antes, y estaba muy feliz de poder jugar siempre junto a todos los demás.

Pero ese día, desde el momento mismo en que los vio entrar juntos, hubo algo que no le dejó de molestar.

«No le des más vueltas, no pasa nada.»

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Estaba anocheciendo y Kuroo se despedía de Ukai y de la pareja de genios-tontos, con quienes ya había hecho buenas migas. Tsukishima en cambio, tenía delante a dos de los seres que más quebraderos de cabeza le daban.

–Sí, ve a dejar a tu "amigo" a la estación –dijo Tanaka pasándole la mano de abajo a arriba por su pelo.

–Nos encargamos nosotros del resto, "Tsukki" –replicó Nishinoya, soportando la risa.

Era tan placentero tener la oportunidad de devolverle aunque sea un poco de todos sus comentarios sarcásticos, sin embargo, ahí estaba Ennoshita para ponerlos en cintura como Sawamura hizo en su tiempo.

Yamaguchi no dijo nada, pues no sabía cómo defenderlo. Era extraño que Tsukishima solo se hubiera quedado quieto sin contestar siendo igual o el doble de ácido que siempre.

En el fondo, no sabía cómo manejar el hecho que Tsukishima estuviera tan distante, y que se hubiera acercado tanto a otra persona sin que él lo supiera.

–Tsukki –llamó al rubio– recuerda que iré a tu casa más tarde.

–¿Más tarde?

–Los ejercicios de química ¿Recuerdas?

–Ah, sí... es verdad –respondió extrañado.

–Entonces, nos vemos en un rato, Tsukki.

–Adiós, Yamaguchi.

El rubio se fue con Kuroo y todos los demás ya estaban a lo suyo otra vez, hablando animadamente, como si nada hubiera pasado. Unos recogían el equipo, otros comenzaban a limpiar, todos menos uno, que siguió ensimismado en sus pensamientos.

«¿Tsukki, qué ha pasado contigo?»

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–¿Por qué no me quisiste presentar a tus padres? –dijo Kuroo en tono de broma mientras iba junto a Tsukishima.

–¿Y todavía lo preguntas? Llama la próxima vez que planees hacer esto, por favor.

–Está bien, está bien.

Llevaban caminando un buen rato por las silenciosas calles de esa zona poco ajetreada de la ciudad.

–¿Cómo se te ocurrió utilizar tu otra mano de esa forma? –preguntó el rubio.

–Pues, cuando comencé a jugar con Kenma quería ser el mejor en algo que los demás no pudieran hacer.

–Entonces, ¿Todo comenzó porque obligaste a Kenma a lanzarte balones?

–¿Eh? No, él lo hizo para que dejara de hostigarlo, que es distinto –dijo satisfecho por su inofensiva maldad– y ya ves... valió la pena.

–¿Y por qué lo hiciste?

Kuroo se lo pensó un momento antes de responder.

–A todos nos gusta tener algo por lo que podamos sentirnos orgullosos, creo...

–Pues, toca matarse a practicar, supongo.

–Seh, en resumen.

–Ya veré si lo hago –dijo despreocupado.

–No me importa si lo haces o no lo haces, siempre que "lo hagas" conmigo –dijo Kuroo susurrando a su oído.

Tsukishima chocó contra el rígido brazo que el pelinegro había extendido repentinamente a la altura de su estómago para bloquearlo. El rubio se sorprendió tanto por la insinuación como por el oscuro velo de intimidad que los cubrió.

–Que idiota eres... –se quejó.

–Quizás lo sea, pero te lo digo en serio.

Kuroo sonreía, pero había algo más en su mirada. Algo que Tsukishima conocía y recordaba muy bien.

–No, tch, no...

Kuroo lo tomó de su brazo para que no escapara, y fijó sus ojos de lince directo en las pupilas de su joven presa.

–¿De todos los lugares tiene que ser aquí...?

«Por qué siempre sabes qué hacer cuando quiero irme...»

–No pretendo nada... –dijo con una voz suave pero dedicada– solo quiero que sepas una cosa. Te quiero, de verdad te quiero, y quiero saber si tú sientes algo parecido...

Una paradójica incomodidad los acosaba, disimulaban sus miedos como mejor podían y ese temor, a la vez, no les permitía apartar la mirada del otro.

«Esto es tan estúpidamente extraño como la última vez...»

–Kuroo... –dijo suavemente el rubio– ¿Por qué yo?

«¿Por qué me has visto a mí, por qué me retas a enfrentarme a mis problemas, por qué tanta insistencia, por qué de entre todos... yo?»

–No sé cómo ponerlo en palabras... –contestó Kuroo mientras entrelazaba lentamente sus dedos con los de Tsukishima.

«¿Por qué eres tan diferente a los demás? Solo quise ayudarte pero revolviste todo dentro de mí. Definitivamente eres alguien especial. Déjame ver más...»

–¿Tú sabrías describir cómo te sientes ahora?

«No quiero seguir luchando contra lo que siento. ¿Para qué seguirlo negando frente a él...?»

Pensamientos como balas trazadoras silbaban dentro de sus cabezas, palabras que no alcanzarían sus bocas pues ambos eran de los que guardan recelosos esa clase de ideas dentro de sus almas, sin embargo, la forma tan profunda en la que ambos se miraban les hacía entender la magnitud de los deseos que albergaban el uno por el otro.

–¿Quieres confiar en mí? Quisiera escucharlo de tu boca... –dijo atrayendo la mano del rubio a su boca para besarla.

–¿De ángel he sido degradado a príncipe, eh?

–Seas mi ángel o mi príncipe, si no me dices lo que en verdad piensas, no lo voy a poder entender.

Aunque no eran pocas las chicas que se habían intentado acercar a él, de forma superficial como siempre dio por hecho, nunca como en ese momento se sintió tan proclive a acceder a los sentimientos de alguien más, aunque fueran los de ese tipo.

–No me importaría ser solo tuyo, si así lo quieres...

Al escuchar esas palabras tan cerca de sus oídos, Tsukishima apretó asustado la mano de su demonio. Kuroo quería acercarse más pero temía echarlo todo a perder.

Se armó un nudo en su garganta y dio un beso en el entrecejo de su ángel rubio.

Acceder a entregarse, tan difícil como parece, ahí donde el silencio suele decir más o ser más letal que cualquier proclama...

–Entiendo, Tsukki...

«Esto no va bien…»

Tsukishima sintió como el otro soltaba de a poco su mano y se separaba. Impulsivamente, sin premeditación alguna, le haló con fuerza hacia él.

Sus piernas temblaban, su rostro estaba completamente rojo y su cabeza hervía de calor, sin embargo, estaba dando el beso más profundo y aparatoso de su corta existencia. Kuroo apenas alcanzaba a mirarlo mientras el rubio lo jalonaba y con dificultad se plantaba contra esa lengua tan voraz. Admirado por tal atrevimiento, solo pasó uno de sus brazos por los hombros del rubio, para dejarse hacer y disfrutar.

Y fue mágico, en verdad. Todas las preocupaciones del corazón del joven de cabellos negros se desvanecieron por un momento en aquella chispa de desinhibición. ¿Como si lo tocara un ángel? Tal vez, lo seguro es que al despegar sus bocas, el rubio no sabía bajo que piedra meterse.

Kuroo, agravando la natural vergüenza, pasó su lengua sobre los labios de Tsukishima exactamente como su ángel lo había hecho la noche anterior.

–Ayer y ahora... tu lengua es fabulosa, Tsukki.

–Pero... ¿Cómo sabes que...?

–Me dejaste un tanto... necesitado. ¿Sabes?

Tsukishima no sabía cómo recogerse por el terrible poder lo constreñía. Y su pareja de fechorías era capaz percibirlo.

–No es nada que deba avergonzarte, Tsukki –dijo topándose a su cara sin dejar de mirarlo– ni eso, ni cualquier otra cosa que pueda enseñarte.

La llama de la provocación devolvió un saludable filo a la tímida mirada de Tsukishima.

–Una cosa... es que quiera tener algo contigo, y otra que tenga algo que aprender de ti –dijo el rubio todavía tratando de esconder su deseo.

–Ohoho... ¿Mi príncipe tiene algo que enseñarme...? –Dijo con altas expectativas– A ver... ¿Qué más tienes para mostrar?

–No me llames así... solo... ven otra vez...

A pesar de todas las circunstancias, sin saber hasta qué punto, y aunque hubiera sido solo por unos minutos, Tsukishima había convertido a Kuroo el ser más feliz de todo el universo. Y a pesar de que tenía miedo a amarrarse a un nuevo orgullo, a algo que parecía más grande que cualquier otra cosa que hubiera conocido antes, contradictoriamente le hacía sentirse muy satisfecho consigo mismo.

El querer pero no querer al que siempre se había obligado para protegerse desde aquel día terrible poco a poco se disolvía en la oscuridad.

Sin embargo, la diosa Fortuna, como la luna, es una rueda de eternos cambios. Una diosa tan poderosa que así como regala un poco de felicidad a un par de almas desdichadas, puede disponer con crueldad de cualquier corazón que haya cometido hasta la más insignificante equivocación.

Y esa noche, uno en especial, cayó una vez más bajo su mal aura, al dirigir sus pasos allá donde nunca debió estar, y por voltear sus ojos allá donde nunca debió mirar.

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¿Acaso eres un ángel para que acercarse a ti sea tan terrible?
«Ibn Zerhani»


Espero les haya gustado este capítulo, por cierto, lo del ambidextrismo de Kuroo es real, aunque en la primera pasada del manga no me di cuenta. xD

Lo siento por no poder actualizar tan rápido, y me temo que así será los próximos meses por la universidad y porque a veces, aunque tenga la idea, simplemente no fluyen las palabras.

Gracias por leer, y hasta otra.