A la mañana siguiente, cuando me desperté, al principio no supe dónde estaba. Notaba todavía en la piel el calor del sol de mi sueño y abrí los ojos medio esperando ver a mi madre a mi lado, pero solo vi el dosel de mi cama.
Solté un gruñido, me incorporé y parpadeé para despejarme. Algo no iba bien, aunque no sabía qué era. Luego, pasado un momento, me invadió el recuerdo del día anterior, recordé el trato que había hecho con Rachel y el corazón se me paró por un instante. Así pues, había sido todo un sueño, después de todo.
—¿Crees que ya está despierta? Debería estarlo, ¿no?
—Si no lo estaba, seguro que ahora lo está.
Me quedé paralizada. Los murmullos procedían del otro lado de las cortinas que rodeaban mi cama, y eran voces desconocidas para mí. La primera era alegre y chispeante. La segunda daba la impresión de estar allí a su pesar, lo cual no me extrañó.
—¿Cómo crees que será? Mejor que la última, ¿verdad que sí?
—Cualquiera será mejor que la última. Ahora cierra la boca o la despertarás de verdad.
Me quedé allí parada un rato, intentando asimilar lo que acababa de oír. La noche anterior había cerrado la puerta con llave, estaba segura, así que ¿cómo habían entrado? ¿Y quién era «la última»?
Antes de que pudiera decir nada me sonaron las tripas. Estrepitosamente. Como cuando te suenan en clase y todo el mundo se vuelve para mirarte y se ríe mientras tú agachas la cabeza e intentas no ponerte como un pimiento.
Por culpa de mi estómago traicionero, no podría seguir escuchando a escondidas.
—¡Está despierta!
Las cortinas se abrieron de repente y me tapé los ojos, huyendo de la luz de la mañana.
—¡Vaya! ¡Qué guapa es!
—Y rubia. Hacía décadas que no venía una rubia.
—Gracias, supongo —mascullé, aunque con el resplandor del sol no veía con quién estaba hablando—. ¿Quiénes sois?
—¡Brittany! —contestó la que hablaba con signos de exclamación, la que me había llamado guapa.
Abrí bien los ojos y la miré con atención. Era más baja que yo, tenía el pelo rubio, por debajo de la cintura, y una cara redonda que se sonrojaba de felicidad. Parecía tan entusiasmada que pensé que iba a ponerse a dar brincos de alegría.
—Yo soy Santana —dijo la otra chica con aire apagado.
Todavía con los párpados entornados, conseguí verla bien y sentí una punzada de envidia. Tenía el pelo oscuro, era alta, bellísima, y parecía aburrirse como una ostra.
—Y tú eres Lucy —dijo Brittany—. Sofía nos lo ha contado todo sobre ti, que viniste para ayudar a tu amiga y que vas a quedarte con nosotros seis meses y…
—Para, Brittany, la estás asustando.
Quizás ese no fuera el término más exacto, pero de momento servía. Mientras Brittany daba saltitos, acercándose más a mí con cada movimiento, empecé a retroceder. Su vehemencia daba miedo.
—Ay, perdona —dijo dando un paso atrás, y se sonrojó de nuevo—. ¿Tienes hambre?
«Respira hondo», me dije. Dentro, fuera, dentro, fuera… Quizás así todo aquello empezara a tener sentido.
—Primero tiene que vestirse —dijo Santana, dirigiéndose al armario—. Lucy, ¿cuál es tu color favorito?
—Quinn, llamadme Quinn —dije entre dientes.
Era demasiado temprano para aquello.
—Y no tengo ninguno.
—¿No tienes un color preferido? —preguntó Brittany con incredulidad al ir a ayudar a Santana.
Me levanté y me estiré un poco, pero no pude ver qué estaban haciendo exactamente. Estaban las dos delante del armario, que parecía lleno de ropa hasta rebosar.
—Hoy no —contesté, molesta—. Pero puedo vestirme sola, ¿sabéis?
Sacaron algo largo, suave y azulado del montón de ropa. Se volvieron hacia mí con un…
Ay, no.
—A menos que tengas un don sobrenatural para ponerte un corsé, vestirte sola está descartado —dijo Santana con un destello en los ojos. No supe si era de ironía o de malevolencia. Quizá de ambas cosas.
Levantaron un vestido azul tan escotado que ni siquiera Ava se habría atrevido a ponerse. Las mangas, largas y estrechas, se ensanchaban hacia el final, y había encaje por todas partes. Encaje.
Puse unos ojos como platos.
—No lo dire en serio.
—¿No te gusta? — Brittany arrugó el ceño y pasó una mano por la tela suave—. ¿Qué te parece algo amarillo? Estarías muy guapa de amarillo.
—Yo no llevo vestidos —dije apretando los dientes—. Nunca.
Santana soltó un bufido.
—Me da igual. Ahora, sí. La encargada del guardarropa soy yo, y a no ser que quieras llevar esa ropa hasta que huelas tan mal que nadie quiera acercarse a ti, vas a ponerte esto.
Me quedé mirando aquel esperpento azul.
—Yo no soy tu muñequita. No puedes obligarme a ponerme eso.
—Sí que puedo —repuso Santana—. Y lo haré. Tengo miles de estilos entre los que elegir, y puedo convertir tu vida en un infierno si intentas resistirte. ¿Alguna vez has intentado sentarte llevando un miriñaque? —me lanzó una mirada cargada de intención—. Pórtate bien y quizá te dé un día de respiro de vez en cuando. Pero en esto soy yo quien elige, no tú. Renunciaste a ese derecho desde el momento en que accediste a quedarte aquí.
—Además, aquí todas llevamos vestido —añadió Brittany jovialmente—. No puedes decir que no te gusta hasta que no lo pruebes.
Ella me tendió el vestido.
—Tú eliges. Vestidos cómodos y carísimos con los que dentro de un día o dos estarás tan cómoda que ni los notarás, o unos vaqueros que dentro de una semana se sostendrán solos de pie.
Gruñí, le arranqué el vestido de las manos y entré en el cuarto de baño hecha una furia. Podía obligarme a ponérmelo, pero eso no significaba que tuviera que gustarme.
