Tardaron casi veinte minutos en abrocharme el vestido, y eso que no me puse el corsé. A eso me negué en redondo, y Santana era lo bastante lista como para no intentar obligarme. El vestido me quedaba como un guante y no me apretaba en absoluto. Con eso era suficiente. No necesitaba que además me subiera el pecho hasta la barbilla.
En cuanto acabaron de vestirme, Brittany me hizo sentar y estuvo un rato trasteando con mi pelo. Canturreaba mientras me peinaba y hacía como que no oía mis preguntas, o las interrumpía elevando el tono de su canción. Justo cuando empezaba a preguntarme si no iba a acabar nunca, anunció que ya estaba lista y que me esperaba el desayuno.
El desayuno. Tenía tanta hambre que ni siquiera protesté cuando me obligaron a ponerme unos zapatos de tacón. De eso hablaríamos más tarde, sobre todo si esperaban que bajara las escaleras calzada así. De momento, sin embargo, me aguantaría.
Todavía un poco perdida, las seguí fuera de la habitación. Lamentaba no tener una idea más precisa de lo que estaba pasando. ¿Iban a ser todas las mañanas así, o en algún momento permitirían que me vistiera sola? ¿Eran de veras mis amigas, como parecía desear Britt (como me dijo que le llamara), o solo estaban allí para vigilarme por si intentaba escapar? No eran los interrogantes que más me preocupaban, pero sospechaba que a esos solo podía responder Rachel. Entre tanto, Britt y Santana me debían al menos una respuesta.
—Britt—dije mientras me guiaban por el laberinto de pasillos y habitaciones. Al parecer había una sala de desayuno en la enorme mansión, pero yo ya no sabía si creerlas. Tenía la sensación de llevar horas caminando sin rumbo—, ¿a qué te referías antes, cuando has dicho que era mejor que la última?
Me miró extrañada.
—¿Que la última?
—Antes, cuando pensabais que estaba dormida, has dicho que era mejor que la última. ¿Qué última?
Se quedó pensando un momento. Luego pareció comprender por fin a qué me refería.
—¡Ah, la última! La última chica, quería decir. La última que tuvo Rach.
¿Había habido otra chica?
—¿Cuánto tiempo hace de eso?
Cambió una mirada con Santana, que guardó silencio.
—¿Veinte años, quizá?
Así que tenía que haber sido casi un bebé. A no ser que estuviera diciendo la verdad y reinara sobre los muertos. Eso, sin embargo, todavía me costaba aceptarlo.
—¿Para qué me ha hecho venir, entonces? ¿Por qué ya no está esa chica?
—Porque mu…
Ella le tapó la boca con la mano tan fuerte que el ruido que hizo resonó en las paredes.
—Porque no —contestó enérgicamente—. Eso no es cosa nuestra, Lucy. Si quieres saber por qué estás aquí, pregúntaselo a Rachel. Y tú… —miró a Britt con enfado.
—Ah —dije en voz baja cuando se me ocurrió otra idea—.Rachel me… me dijo que aquí todo el mundo estaba muerto. ¿Es eso verdad? ¿Vosotras estáis…?
Mi pregunta no pareció sorprenderlas. Santana retiró la mano y dejó que contestara Britt:
—Sí, aquí todo el mundo está muerto —dijo mientras se frotaba la mejilla, lanzando a Ella una mirada fulminante—. O es como Rachel, que nunca ha estado viva.
—¿Vosotras cuándo… eh… cuándo nacisteis?
—Una señora nunca revela su edad —dijo Britt con un soplido.
Santana bufó y Britt la miró con enfado.
—Santana es tan vieja que ya ni siquiera sabe en qué año nació —dijo como si fuera algo de lo que avergonzarse.
Sacudí la cabeza, atónita, sin saber si de verdad esperaban que me lo creyera o no. Santana no dijo nada. Se limitó a abrir otra puerta, detrás de la cual apareció por fin otra sala con una mesa tan larga que fácilmente cabían en ella treinta comensales. Yo estaba todavía aturdida por lo que me había contado Britt y tardé un momento en darme cuenta de que la sala estaba ya llena de gente.
—Tu corte —dijo Santana con sorna—. Sirvientes, tutores, todos aquellos con los que vas a tener contacto. Querían conocerte.
Me paré en seco en el umbral y sentí que me ponía pálida. Había un montón de ojos mirándome, y de pronto sentí una timidez espantosa.
—¿Van a quedarse aquí mientras desayuno? —susurré. No se me ocurría un modo mejor de quitarme el apetito.
—Puedo decirles que se vayan si lo prefieres —contestó Britt, y asentí con la cabeza.
Se adelantó, dio dos palmadas y la mayoría de los sirvientes comenzaron a desfilar por la puerta. Solo se quedaron los que se encargaban de la comida y dos guardias apostados a los lados y provistos de armas formidables. El alto estaba tan inmóvil que parecía una estatua, y el moreno se removía inquieto, como si no estuviera acostumbrado a estar quieto y en silencio. No podía tener más de veinte años.
—Estarás escoltada en todo momento —dijo Santana, y la miré con sobresalto. Debía de haberme pillado mirando a los guardias. Se adelantó con la agilidad y la elegancia de un gamo y señaló un sitio en la cabecera de la mesa—. Tu asiento.
La seguí, haciendo esfuerzos por no pisarme el bajo del vestido, y me senté. Ya solo quedaba un puñado de personas en la sala, pero todas me observaban con atención.
Un hombre se acercó y depositó delante de mí un plato tapado.
—Vuestro desayuno, Alteza —dijo.
Santana levantó la tapa sin darme tiempo a levantarla yo. Seguía pareciendo tan aburrida como en mi habitación.
—Eh, gracias —dije, perpleja. ¿Alteza? Agarré un tenedor, preparada para pinchar un trozo de fruta y comérmelo, pero una mano blanca me agarró de la muñeca antes de que pudiera hacerlo.
Levanté los ojos, sorprendida, y vi a Britt a mi lado, con los ojos azules abiertos de par en par.
—Tengo que probarlo primero —dijo con insistencia—. Es mi deber.
—¿Tienes que probar mi comida? —balbucí, pasmada.
—Sí, cuando decidas comer —dijo tímidamente—. También probé tu cena anoche. Pero no tienes por qué comer mientras estés aquí, ¿sabes? Al final se te olvidará cómo es. Pero si aun así quieres, tengo que…
—No —dije, empujando la silla hacia atrás tan bruscamente que chirrió al rozar el suelo de mármol.
El estrés del día anterior y las cosas desconcertantes que habían sucedido esa mañana se apoderaron de mí de golpe, y perdí por completo el control.
—No, de eso nada. Es ridículo. ¿Catadores? ¿Guardias armados? ¿Alteza? ¿Por qué? ¿Qué se supone que tengo que hacer aquí?
Parecieron asombrados por mi estallido, y tardaron unos segundos en reaccionar. Fue Santana quien respondió:
—Has accedido a pasar aquí seis meses al año, ¿no es así?
—Sí —contesté, llena de frustración. Ellos no lo entendían—. Pero no he accedido a tener catadores ni a… ni a nada de esto.
—Sí que lo has hecho —contestó con calma—. Es parte del acuerdo.
—¿Por qué?
Nadie respondió. Me agarré la falda tan fuerte que pensé que iba a rasgarla.
—Necesito ver a Rachel —dije—. Quiero hablar con ella.
El silencio era ensordecedor, y sentí que dentro de mí se quebraba algo.
—¡Dejadme hablar con ella!
—Estoy aquí.
Su voz grave y tersa me sobresaltó. Me giré bruscamente y logré mantener el equilibrio agarrándome a la silla. Estaba delante de mí, mucho más cerca de lo que esperaba. Su rostro perfecto y juvenil carecía de expresión, y el corazón me dio un vuelco. Cuando conseguí recuperar el habla mi voz sonó chillona, pero no me importó. Necesitaba respuestas.
—¿Por qué? —dije—. ¿Por qué estoy aquí? No soy tu princesa y no he accedido a nada de esto, así que ¿por qué está pasando?
Me ofreció su mano y dudé, pero finalmente la acepté. Su piel me pareció extrañamente cálida. No sé qué esperaba: que fuera fría como el hielo, quizá. No caliente. Que no tuviera ni rastro de vida.
—Cierra los ojos —murmuró, y los cerré.
Un instante después, sentí el roce de una brisa fresca en mi mejilla y abrí los ojos. Estábamos al aire libre, en medio de un hermoso jardín con fuentes silenciosas dispersas entre los setos y las flores. Un sendero de piedra llevaba desde allí hasta la parte de atrás de la gran mansión, que se cernía a lo lejos, a casi un kilómetro de distancia. Cerbero, el enorme perro que yo había visto en el bosque, se acercó a saludar a Rachel y ella le acarició detrás de las orejas.
Se me cayó el estómago a la altura de las rodillas y me puse aún más pálida, si eso era posible.
—¿Cómo has…?
—A su debido tiempo —me interrumpió.
Me senté, aturdida, en el borde de una fuente.
—Ayer dijiste que no querías quedarte, y no te lo reprocho. Pero una vez hecho el trato, no puede deshacerse. Demostraste tener valor la noche en que salvaste a tu amiga, y te pido que vuelvas a hacer acopio de él.
Respiré hondo e intenté buscar el valor que, según ella, había dentro de mí. Pero solo encontré miedo.
—En Eden dijiste… dijiste que leyera el mito de Perséfone, que así entendería lo que querías —dije con voz temblorosa—. Mi amigo Puck me dijo que era la reina del Inframundo, y yo también lo leí en un libro cuando era… —sacudí la cabeza. Aquello carecía de importancia—. ¿Es cierto?
Asintió con un gesto.
—Era mi esposa.
—¿Qué? ¿Es que existió?
—Sí —contestó con voz más suave—. Murió hace muchos años.
—¿Cómo?
Su rostro no desveló ninguna emoción.
—Se enamoró de un mortal y, cuando él murió, decidió reunirse con él. Yo no se lo impedí.
Había tantas partes de aquella afirmación que no entendía que no supe por dónde empezar.
—Pero Perséfone es un mito. No es posible que existiera de verdad.
—Puede ser —contestó con una mirada distante—. Pero si esto está pasando, ¿quién puede decir qué es posible y qué no?
—La lógica —respondí—. Las leyes de la naturaleza. La razón. Algunas cosas son sencillamente imposibles.
—Entonces dime una cosa, Quinn. ¿Cómo hemos salido al jardín?
Miré a mi alrededor otra vez, esperando a medias que se desvaneciera como una especie de ilusión óptica.
—¿Me has dejado inconsciente de un golpe y me has traído aquí? —pregunté débilmente.
—O puede que haya una trampilla que no has visto —me ofreció de nuevo la mano y me alarmé.
Suspirando, rozó sus dedos con los míos y apartó la mano.
—Siempre hay una explicación racional, pero a veces las cosas pueden parecer irracionales o imposibles si no se conocen todas las normas.
—¿Y entonces qué? —pregunté—. ¿Me estás diciendo que a un dios griego se le antojó construir una mansión en el bosque, en un país al otro lado del mundo?
—Cuando uno vive siglos y siglos, el mundo se vuelve un lugar mucho más pequeño —contestó—. Tengo casas en muchos países, incluida Grecia, pero me gusta esta soledad. Es un lugar muy apacible, y disfruto del paso de las estaciones y del largo invierno.
Me quedé muy quieta, sin saber qué decir.
—¿Podrías hacer un esfuerzo por creerme? —preguntó Rachel—. Solo por ahora. Aunque para ello tengas que dejar a un lado todo lo que has aprendido, ¿me harías el favor de intentar aceptar lo que te digo, por improbable que te parezca?
Apreté los labios y me miré las manos.
—¿Eso es lo que haces tú? ¿Hacer como que te lo crees?
—No.
Sentí una sonrisa en su voz.
—Pero tú puedes hacerlo si quieres. Puede que así te sea más fácil.
Aquello no iba a desaparecer. Aunque fuera todo un inmenso truco, aunque estuviera todo planeado desde el principio para hacerme parecer idiota o cualquier otra cosa, lo único que yo podía hacer era esperar el desenlace.
Pero el recuerdo de Ava tendida en medio de un charco de sangre, con el cráneo aplastado, desfiló por mi mente y me acordé de la fresca brisa que había sentido en la mejilla unos minutos antes, cuando estábamos en la mansión. Me acordé de mi madre, vivita y coleando en Central Park. No sabía lo que estaba pasando, pero tarde o temprano tendría que asumir que nunca había experimentado nada parecido.
—Está bien —dije—. Vamos a hacer como que esto es de verdad el Paraíso y que están todos muertos, y que Santana y Brittany tienen un millón de años y que tú eres quien dices ser…
Esbozó una sonrisa.
—No pretendo ser nadie, más que quien soy.
Hice una mueca.
—De acuerdo, entonces finjamos que todo esto es real, que existen la magia y el Ratoncito Pérez. Y que ni yo me he dado un golpe en la cabeza ni tú estás como una regadera. ¿Qué tiene que ver conmigo la muerte de tu mujer?
Se quedó callado un rato.
—Como te decía, Perséfone prefirió morir a quedarse conmigo. Yo era su marido, pero sencillamente lo quería más a él.
A juzgar por su expresión melancólica, la cosa no tenía nada de sencillo, pero no quise insistir.
—Sabes que pareces demasiado joven para haber estado casada, ¿verdad? —pregunté, intentando quitar hierro al asunto—. ¿Cuántos años tienes?
En sus labios se dibujó de nuevo una sonrisa.
—Más de los que parece —pasado un momento añadió—: Puede que me quisiera, pero no fue decisión suya. Fue mi último regalo, dejarla marchar.
Había en su voz una nota de tristeza que entendí muy bien.
—Lo siento —dije—. De veras. Pero… sigo sin entender qué hago aquí.
—Llevo casi mil años gobernando solo, pero hace un siglo me comprometí a reinar solo cien años más. Después, mis hermanos y hermanas me quitarían mi reino. No puedo seguir reinando solo, ya no. Sencillamente, son demasiados para mí solo. Desde entonces he estado buscando una compañera, y tú eres la última candidata, Quinn. Esta primavera se tomará la decisión final. Si te aceptan, reinarás conmigo como mi reina seis meses al año. Si no, regresarás a tu antigua vida sin guardar ningún recuerdo de todo esto.
Yo tenía los labios secos y tuve que hacer un esfuerzo por preguntar:
—¿Eso fue lo que les pasó a las otras?
—Las otras… —fijó la mirada a lo lejos—. No quiero asustarte, Quinn, pero tampoco voy a mentirte. Necesito que confíes en mí y necesito que entiendas que tú eres especial. Antes de que aparecieras, me había dado por vencida.
Junté las manos para que dejaran de temblarme.
—¿Qué les pasó a las otras?
—Algunas enloquecieron. Otras sufrieron sabotajes. Ninguna llegó al final, ni mucho menos pasó las pruebas.
La miré extrañada.
—¿Las pruebas? ¿Y qué sabotajes?
—Si supiera algo más te lo diría, pero por ese motivo hemos tomado precauciones extremas para protegerte —titubeó—. En cuanto a las pruebas, habrá siete y servirán de base para decidir si mereces reinar.
—Yo no he accedido a hacer ninguna prueba —me quedé callada un momento—. ¿Qué pasará si apruebo?
Se miró las manos.
—Que te convertirás en una de nosotros.
—¿De vosotros? ¿Quieres decir que moriré?
—No, no es eso lo que quiero decir. Piensa. Conoces el mito, ¿verdad? ¿Quién era Perséfone? ¿Qué era?
Sentí que una punzada de temor me atravesaba de dentro afuera. Si lo que decía era cierto, entonces había raptado a Perséfone y la había obligado a casarse con él, y dijera lo que dijese yo no podía evitar preguntarme si intentaría hacer lo mismo conmigo. Mi razón, sin embargo, no podía pasar por alto lo evidente.
—¿De veras crees que eres una diosa? Parece una locura, lo sabes, ¿no?
—Soy consciente de cómo suena para alguien como tú, sí —contestó Rachel—. A fin de cuentas, no es la primera vez que hago esto. Pero sí, soy una diosa. Una inmortal, si prefieres llamarlo así. Una representación física de un aspecto de este mundo, y mientras el mundo exista, existiré yo también. Si pasas las pruebas, eso es en lo que te convertirás tú también.
Atónita, me levanté todo lo rápido que pude con aquellos malditos tacones.
—Mira, Rachel, todo eso suena genial, pero lo que me estás contando procede de un mito inventado hace miles de años. Perséfone nunca existió y, aunque existiera, no era una diosa porque los dioses no existen…
Ella también se levantó.
—¿Cómo quieres que te lo demuestre?
—No sé —dije, titubeando—. Haz algo propio de una diosa.
—Creía que ya lo había hecho —el fuego de sus ojos no se disipó—. Puede que haya cosas que no te diga, que no puedo decirte, pero no soy una mentirosa y jamás intentaré engañarte.
Me asustó la intensidad de su voz. Creía de veras lo que estaba diciendo.
—Es imposible —dije en voz baja—. ¿No?
—Pero está sucediendo, así que tal vez sea hora de que revises tu idea de lo que es posible y lo que no.
Me dieron ganas de quitarme los tacones, tomar el camino que llevaba a la verja y marcharme de allí, pero me detuvo el recuerdo de mi sueño. La parte de mi ser que quería quedarse por ella se impuso al escepticismo y la temperatura bajó veinte grados de golpe. Me estremecí.
—¿Quinn?
Me quedé paralizada, con los pies pegados al suelo. Yo conocía esa voz, y después de lo sucedido el día anterior no esperaba volver a oírla.
—Cualquier cosa es posible si le damos la oportunidad de suceder —dijo Rachel con la mirada fija en algo que había detrás de mí.
Me giré.
A menos de tres metros de nosotros estaba Ava.
