El regreso de Ava

No sé cuánto tiempo estuve allí, abrazando a Ava tan fuerte que seguramente no la dejaba respirar. El tiempo pasó muy despacio, y solo podía pensar en cómo me estrechaba los hombros mientras intentaba no llorar.

Ava —dije con voz ahogada—, creía que… Puck me dijo… Todo el mundo pensaba que estabas muerta.

Y lo estoy —respondió con voz suave pero reconocible—. O, por lo menos, eso dicen.

No pregunté qué había pasado. Rachel lo había hecho una vez, y aunque decía que no podía repetirlo, tal vez lo hubiera intentado después de todo. Quizás hubiera descubierto que no era tan imposible.

Pero si estaba muerta (muerta de verdad), ¿significaba eso que Rachel decía la verdad? ¿Era así como intentaba demostrármelo? Sentí ceder el suelo bajo mis pies. Mi razón decía a gritos que aquello no podía estar pasando, pero estaba abrazando a Ava, sentía su cuerpo cálido y era imposible que alguien se tomara tantas molestias para gastar una inocentada. En el instituto todo el mundo la creía muerta. Puck la creía la muerta y yo confiaba en él, estaba segura de que no me mentiría así.

Quinn —dijo, apartándome—, cálmate. No voy a ir a ninguna parte.

Me aparté. Notaba el escozor de las lágrimas en los ojos y veía borroso.

Más te vale. ¿Puedes quedarte?

Todo el tiempo que tú quieras.

Vi a Rachel por encima del hombro de Ava. Se había apartado y estaba mirando hacia otro lado.

Rachel, ¿puede quedarse?

Asintió.

Puede quedarse en la finca, pero no puede salir.

Miré otra vez a Ava y me sequé los ojos con el dorso de la mano.

Esto no es justo.

¿Qué no es justo? —preguntó.

Que yo pueda marcharme y tú no.

Se rio, y su risa alegre me crispó los nervios.

No seas absurda, Quinn. Tengo unos cuarenta años antes de que lleguen mis padres y me digan lo que puedo o no puedo hacer, y apuesto a que aquí hay montones de chicos guapísimos. Voy a tener un montón de cosas que hacer.

No demasiadas, espero —dijo Rachel—. Ava, ¿te importaría dejarnos solas unos minutos?

Ella sonrió.

Sí. Pero ¿puedo ponerme otra ropa?

Me fijé entonces en que solo llevaba puesta una larga túnica blanca.

Arriba tengo un armario lleno de cosas —dije—. Pregunta por Santana. Te enseñará dónde está todo.

Gracias —me dio un último abrazo y me susurró al oído—: Está buenísima —luego se alejó brincando hacia la casa.

La vi marchar.

Creía que no volvería a verla.

Es lógico —comentó Rachel. Estaba tan cerca de mí que sentí el calor de su cuerpo—. A veces juzgamos mal lo que es posible y lo que no.

La miré y una tensión extraña y desagradable se extendió por mi cuerpo. Por mi cabeza desfilaron un montón de preguntas, pero solo una de ellas iba envuelta en una delicada burbuja de esperanza. Tal vez, si esperaba para formulársela, estallaría la burbuja.

Entonces, ¿el sueño con mi madre era real?

Pareció muy satisfecha de sí misma.

¿Disfrutaste?

Sí —titubeé—. ¿No… no volverá a repetirse?

Sí —me miró atentamente, como si temiera que fuera a desmayarme.

Y estuve a punto.

Mientras estés aquí podrás verla cada noche.

Estudié el dibujo de la fuente de mármol, siguiendo con los ojos las líneas quebradas y las volutas.

Gracias. Muchísimas gracias.

No tienes por qué dármelas —pareció desconcertada—. Te dije que cumpliría nuestro acuerdo y voy a hacerlo.

Lo sé —pero en realidad no había creído que de verdad eso significara que iba a poder pasar más tiempo con mi madre. Y no junto a su lecho de muerte, tomándole la mano con la esperanza de que se despertara, sino hablando con ella como cuando no estaba enferma, como si los cuatro años anteriores se hubieran esfumado. Aquello superaba con creces todas mis esperanzas.

Pero que ella cumpliera su parte del acuerdo significaba que yo también tenía que cumplir la mía, y eso me asustaba. El miedo comenzó a invadir poco a poco mi mente y mi cuerpo cuando me di cuenta de que tendría que intentar lo que nadie antes había logrado. En cierto modo, era como si hubiera firmado mi propia sentencia de muerte.

¿Y ahora qué? ¿Qué se supone que tengo que hacer?

Ser tú misma, nada más —posó la mano sobre mi hombro, como había hecho con Ava. Pero parecía temerosa de tocarme y el contacto duró solo unos segundos—. Es probable que las pruebas sean cuando menos de lo esperes. No soy yo quien se encarga de administrarlas, ni soy quien debe tomar la decisión final.

La verdad es que no se me dan muy bien los exámenes sorpresa —dije.

Se rio y su risa me envolvió y ayudó a disipar parte de mi nerviosismo.

No son exámenes de ese tipo, ningún profesor va a ponerte nota. Evalúan cómo eres, no lo que tienes almacenado en el cerebro. Es posible que te des cuenta de que se trata de una prueba en el momento en que esté pasando, y es posible que no. Pero, en todo caso, sé tú misma. Es lo único que se te puede pedir.

Rozó mi mejilla con los dedos un instante. Esa vez, no me aparté.

Pero ¿para qué las pruebas? —pregunté—. ¿Por qué son necesarias?

Porque el premio no es algo que podamos entregar a la ligera y tenemos que asegurarnos de que puedes asumirlo.

¿Cuál es el premio?

La inmortalidad.

Sentí que un bloque de hielo se formaba en la boca de mi estómago. Así que ahora mi disyuntiva era vivir para siempre o morir en el intento… o bien renunciar a las últimas conversaciones que podía tener con mi madre. No parecía justo.

Lo harás bien —afirmó—. Lo presiento. Y después me ayudarás a hacer algo que nadie más es capaz de hacer. Tendrás un poder inimaginable, y no volverás a temer a la muerte. No envejecerás y siempre serás hermosa. Tendrás la vida eterna para pasarla como desees.

Me recorrió un escalofrío y no supe si era por cómo hablaba, por lo que decía o por cómo me miraba. No quería pensar en vivir eternamente sin mi madre. Pero si Rachel había podido devolverme a Ava…

Quizá —dijo en voz baja—, hasta puedas aprender a nadar.

Aquello rompió el hechizo. Solté un bufido sin poder evitarlo.

Lo dudo mucho.

Sonrió.

O puede que algunas cosas sean imposibles, después de todo.

Después de que Rachel me devolviera a la sala del desayuno, comí tan deprisa que apenas me dio tiempo a saborear la comida a pesar de que tenía un aspecto delicioso. Había una montaña de tostadas untadas con mantequilla, beicon en cantidad, hasta una bandeja de tortitas con sirope de arce, pero Ava estaba en alguna parte de la mansión y quería volver a verla. Necesitaba cerciorarme de que de verdad estaba allí. Solo después de comerme unos huevos cocinados exactamente como los hacía mi madre caí en la cuenta de que esa noche, por primera vez desde hacía semanas, no había tenido pesadillas. Tomé nota de que debía preguntarle a Rachel si se debía a que había soñado con mi madre. Tenía que ser por eso, aunque lo cierto era que yo había esperado que Eden Manor empeorara mis pesadillas, más que ahuyentarlas.

Antes de que pudiera ir en busca de Ava, sin embargo, Britt me informó de que tenía que conocer a mi tutor. Cuando acabé de desayunar solo quedaba ella para servirme de guía; Santana, en cambio, había desaparecido. Confié en que estuviera ocupada ayudando a Ava, aunque teniendo en cuenta lo mucho que parecía detestarme, me pareció lo más lógico que procurara evitar mi presencia.

Cuando íbamos de camino pasamos junto a una fuente llena de fruta y me acordé de una pregunta que no había podido hacerle a Rachel.

¿Por qué catas mi comida?

Britt me abrió una puerta.

Para asegurarnos de que nadie intenta matarte.

¿Y por qué iban a intentar matarme?

Me miró de un modo que me hizo sentir idiota por no saber ya la respuesta.

Porque si Rachel cede el control sobre el Inframundo, otro ocupará su lugar. No todo el mundo está loco por ti, ¿sabes?

Espera. ¿Qué has dicho? —había estado tan preocupada pensando en lo que sería de mí si pasaba las pruebas que no me había parado a pensar en lo que le sucedería a Rachel si fracasaba—. ¿A quién te refieres?

Eso no puedo decírtelo. ¡Cuidado!

Me paré en seco cuando estaba a punto de chocar contra un jarrón colocado en un pedestal. Parecía muy caro. Y antiguo. Y hecho a mano. Contuve la respiración y lo bordeé con cuidado.

Por aquí —dijo señalando otra puerta. La empujó y al entrar me fijé en la única cosa que parecía digna de atención: una mesita de madera con una silla a juego a cada lado. Todo lo demás era de un blanco apagado, y olía a recién pintado.

Luego nos vemos —dijo Britt al cerrar la puerta a mi espalda.

Me giré e intenté seguirla, pero tropecé con la gruesa alfombra.

¡Espera! —grité, pero era demasiado tarde. La puerta ya se había cerrado y vi con espanto que no había picaporte. Era imposible abrirla si no había alguien al otro lado.

Me quedé allí como una idiota casi un minuto, intentando descubrir cómo salir. En la pared del fondo había un ventanal, pero estábamos en el segundo piso de la mansión. Saltar no sería un suicidio posiblemente, pero dolería. Aparte de la puerta no había otras salidas, así que no me quedó más remedio que esperar.

Me quité los zapatos, me senté a la mesa con los pies doloridos y crucé los brazos. La silla era incómoda y hacía calor en la habitación, pero por lo menos ya no tenía que andar con los dichosos tacones.

El fuerte olor a incienso que impregnaba el aire me hizo estornudar. Miré hacia atrás, vi de pronto una cara conocida y los ojos estuvieron a punto de salírseme de las órbitas. Detrás de mí, de pie, estaba Irene, la secretaria del instituto, vestida con una túnica blanca parecida a la de Ava. La túnica era preciosa y se hinchaba, ondulando, tras ella, pero no era nada comparado con su pelo. Si antes lo tenía rojo, ahora lo tenía de color rubí, y brillaba tanto al sol que casi deslumbraba. Era imposible que fuera natural.

Hola, Quinn —dijo con una sonrisa amistosa—. Me alegro de volver a verte.

Titubeé.

Lo mismo digo.

Se sentó delante de mí con una gracilidad que cualquier bailarina habría dado un brazo por tener, y sin poder evitarlo sentí una punzada de amargura. ¿Qué se suponía que iba a enseñarme? ¿A ser hermosa?

¿Hay en la casa alguna otra persona de Eden y aún no me he enterado? —pregunté. Primero Sofía y ahora Irene. ¿Aparecería también Finn misteriosamente?

Esbozó una sonrisa divertida.

Supongo que tendrás que esperar, a ver qué pasa, ¿no crees? Disculpa el subterfugio, querida. Te doy mi palabra de que fue por tu bien.

Sí, ya me lo imagino —mascullé. No me gustaba saber que me habían engañado—. Entonces, ¿tú vas a ser mi tutora? ¿Vas a enseñarme Álgebra y Ciencias y esas cosas?

Se rio, y su risa sonó como un tintineo.

No, cosas más interesantes. Mucho más interesantes. Rachel quiere que estés preparada por si pasas las pruebas, de modo que tienes que aprender acerca de las personas. Cómo actúan, cómo se ven a sí mismas y a los demás, por qué toman ciertas decisiones. Psicología, principalmente. Y también algo de Astronomía y de Astrología. Aparte de eso, lo más importante es que aprendas sobre este mundo. No solamente sobre el Inframundo, sino sobre todo de él.

¿Sobre Mitología? —la palabra me pareció pastosa al pronunciarla.

Aquí no es Mitología —contestó con un guiño—. Mientras lo recuerdes, todo irá bien —sacó un grueso libro como de la nada y lo depósito sobre la mesa, que chirrió.

¿Tengo que leerlo? —pregunté.

No te preocupes —dijo—, tiene ilustraciones.

No me pareció una respuesta muy tranquilizadora.

¿Por qué tengo que aprender todo eso?

No tuvo ocasión de responder. La puerta sin picaporte se abrió de pronto y empezaron a oírse gritos ininteligibles. Me levanté tan deprisa que estuve a punto de volcar la silla. Irene pareció irritada, pero siguió sentada y no abrió la boca.


Holaaaaaa... apareci primeramente mil disculpas.. y por mi falta hoy tratare de subir 5 capitulos... saludos y abrazos psicologicos