Britt, Santana y Ava entraron como si las tres estuvieran empeñadas en ser las primeras en irrumpir en la habitación. Ava llevaba un vestido rosa que yo habría preferido quemar antes que ponérmelo, y Santana la seguía hecha una furia.

¡No puedes apropiarte de lo que no te pertenece! —gritó con la cara colorada por la rabia.

Díselo, Quinn —me suplicó Ava.

Lo siento —dijo Britt, abriéndose paso a empujones—. He intentado detenerlas, pero no han querido escucharme…

Es ella la que no escucha —dijo Santana señalando a Ava.

¿Perdona? Eres tú quien no quiere hacerme caso.

Se miraron como si fueran a lanzarse a degüello la una contra la otra. Por fin salí de mi estupor y me acerqué.

Parad las dos de una vez. ¿Todo esto es por el vestido?

Se quedaron calladas y sentí las oleadas de resentimiento que despedían ambas. Fue Britt quien contestó:

Tu amiga ha entrado en tu habitación buscando algo que ponerse y Santi le ha dicho que no podía. Dice que tú le has dado permiso y que no tiene nada más que ponerse, pero Santi le ha dicho que hay otras cosas y que si esperaba un poquito podía…

¡Estaba desnuda y esta bruja quería que me marchara! —exclamó Ava, y se puso a mi lado.

Vi de reojo que lanzaba una mirada fulminante a Santana, cuyo rostro parecía perfectamente inexpresivo ahora que se había calmado.

Estaba en tu habitación —dijo con frialdad—. Y nadie puede entrar en ella sin mi permiso expreso.

Es mi habitación —contesté—. Parece lógico que si yo le digo que puede entrar, pueda entrar, ¿no crees?

Se quedó callada. Suspiré.

Está bien, escuchad. Ava puede entrar en mi cuarto siempre que quiera, ¿de acuerdo? Pero necesita tener una habitación para ella si es que hay alguna libre.

Ava resopló.

En este sitio hay montones de habitaciones.

No le hice caso.

Y también necesita ropa. Portaos bien las dos, ¿de acuerdo? Por favor.

La cara que puso Santana me heló la sangre en las venas.

Como deseéis, Alteza —dijo con voz crispada antes de girar sobre sus talones y marcharse.

Si antes no estaba segura de si me odiaba, ahora ya lo sabía. Tendría que pasarme los seis meses siguientes embutida en corsés y miriñaques.

Bueno —dijo Britt con una vocecilla—, me llevo a Ava para buscarle una habitación.

Ava dio un respingo.

No soy una niña. No hace falta que me lleves de la mano.

Está bien, Britt —dije—. Ya lo haré yo cuando acabemos aquí. De todos modos, tengo que explorar la casa. Puedes acompañarnos si quieres.

Ya hemos terminado —dijo Irene, exasperada—. Lee las páginas que he marcado para mañana. Haré que lleven el libro a tu habitación.

Asentí sin saber qué decir. Al mirar a Ava sentí una punzada de mala conciencia. Era culpa mía que estuviera allí y que tuviera que aguantar todo aquello. Ella no parecía llevarse bien con nadie, pero era mi deber asegurarme de que Ava no lo pasaba mal. El hecho de que yo estuviera allí atrapada no significaba que ella también tuviera que pagar los platos rotos.

El resto de la mañana no fue mucho mejor, y la tarde fue cien veces peor. Después de comer, Santana se reunió con nosotras y nos siguió en silencio, como una sombra, mientras recorríamos la mansión. Me puso tan nerviosa que me dieron ganas de tirarme del pelo. Por suerte, después de algunas pullas bien dirigidas, procuró evitar a Ava y Ava hizo un esfuerzo por ignorarla.

Para mí era tranquilizador que Ava estuviera allí. Era un trozo de la realidad que conocía y del que me servía para anclarme, la prueba que necesitaba de que todo no era una extraña y compleja alucinación. Con ella allí me resultaba más fácil creer que no me estaba volviendo loca. Tal vez eso era lo que pretendía Rachel.

Mientras recorríamos los pasillos y explorábamos las innumerables habitaciones, no me despegué de Ava. A ella no pareció importarle, y hasta me agarró del brazo, me llevó de un lado a otro y fue describiéndome las habitaciones como si intentara venderme una casa. Britt también intervenía, pero Santana siguió manteniendo las distancias. A pesar de la tensión, fue divertido. Pero las cosas se volvieron insoportables cuando volvimos a mi suite, y todo por culpa de la noticia que Sofía nos llevó a media tarde.

¿Un baile? —dije, desanimada—. ¿De los de bailar?

A las demás no pareció importarles. Britt soltó un chillido de contento y hasta Santana pareció animada.

¿Un baile? —preguntó Ava mientras daba palmas de emoción—. Y yo sin nada que ponerme. ¿Qué voy a hacer?

¿Saquear otro armario? —dijo Santana, pero no le hicimos caso.

Un baile formal, mañana por la noche —explicó Sofía—, celebrado por el consejo en tu honor. Casi siempre se celebra en el solsticio de invierno, pero dado que eres la última y todo el mundo está ansioso por conocerte, lo han adelantado.

¿Quieres decir que no tiene nada que ver con el hecho de que la mitad de las chicas murieran en sus bailes de bienvenida y con que Rachel quiera asegurarse de que va a sobrevivir antes de invertir más tiempo en ella? —preguntó Santana con aire inocente.

Sofía le lanzó una mirada y se volvió hacia mí.

Considéralo tu presentación en sociedad.

Respiré hondo y procuré hacer caso omiso de lo que había dicho Santana. Rachel no permitiría que me ocurriera nada. Sobre todo teniendo en cuenta que yo era su última oportunidad.

No necesito presentarme en sociedad. La sociedad y yo no nos tratamos desde hace años, y nos va perfectamente a las dos, muchísimas gracias.

¿Esta vez viene todo el consejo? —preguntó Britt con nerviosismo.

Es por Rachel —afirmó Santana con una mueca de fastidio—. ¿De veras tienes alguna duda de que quieren conocerla todos?

¿Qué es el consejo? —pregunté—. ¿Y por qué os da tanto miedo?

No nos da miedo —respondió Santana al sentarse en un sillón, algo apartada—. Es la familia de Rachel. Sus hermanos, hermanas y sus sobrinos y sobrinas, aunque en realidad no son parientes consanguíneos. Es más bien que se han adoptado los unos a los a los otros, puesto que comparten al mismo creador y son los seis dioses originales. En todo caso, así se llaman entre sí, y es una forma de hacerlo tan buena como otra cualquiera.

¿Zeus y tal? —preguntó Ava, sentada sobre mi cama—. ¿El de los rayos?

Casi vi cómo empezaba a salir humo por las orejas de Santana.

¿Estás loca o sencillamente es que eres idiota?

Ava soltó un bufido.

Ninguna de las dos cosas, si no te importa. Britt, ¿es el de los rayos?

Sí, ese es —dijo Britt desde el sillón en el que se había dejado caer al saber la noticia—. Es el hermano de Rachel.

Me mordí el labio sin saber qué decir. Ya me costaba creer todo aquello. Si además aparecía el rey de los dioses, sería casi imposible que me lo tomara en serio. Además, no me cabía ninguna duda de que si empezaba a creerme lo que estaban diciendo, me desmayaría en el acto, y no me apetecía nada. De momento, el consejo era solo la familia de Rachel. Una familia muy grande e imponente, pero su familia. Lo de los rayos y los truenos podía olvidarlo mientras tanto.

Una nueva norma —dije tragándome el nudo que tenía en la garganta—. Nadie puede hablar de ellos a menos que yo pregunte. Me estáis asustando y no lo conseguiré si estoy asustada, así que… dejémoslo. Por lo menos hasta que pase el baile, ¿de acuerdo?

No pareció disgustarles la idea y asintieron, incluso Ava.

De todos modos, no se nos permite contarte gran cosa —reconoció Britt.

Fruncí el ceño, pero no insistí. Si Rachel no quería contármelo, tendría que descubrirlo por mis propios medios.

Una cosa más —dijo Santana—. Es lo último que digo, pero es necesario que lo sepas. El consejo será quien decida si superas las pruebas o no. Y si no apruebas, serán ellos quienes decidan qué hacer contigo después.

Empezó a darme vueltas la cabeza y dije con una vocecilla:

¿Qué hacer conmigo después? Creía que Rachel había dicho que no me acordaría de nada.

Britt lanzó una mirada asesina a Santana.

¡No te preocupes! —dijo—. No recordarás nada. Y no te harán daño ni nada parecido. Al menos, eso creo —titubeó—. Hasta ahora nadie ha llegado a ese punto.

Por cómo me miró Santana y tuve la sensación de que no me estaban diciendo toda la verdad. Me dio un vuelco el estómago y por un momento pensé que iba a vomitar. Si no les gustaba lo tenía crudo, y a nadie le importaría lo que hicieran conmigo.