La primera prueba
Me quedé sin habla. Tendida de lado en la enorme cama estaba Rachel, vestida con una bata de seda y unos pantalones de pijama. Sostenía en la mano una gruesa novela y, en lugar de saludarme o de disculparse, me miró como si le hubiera interrumpido en medio de un pasaje apasionante.
—¿Qué…? ¡Esta es mi cama! —como todavía llevaba puesto el corsé, me costó recuperar el aliento—. ¿Qué haces tú aquí?
—Estoy leyendo —contestó, sentándose—. ¿Quieres que te ayude con eso?
Me di cuenta entonces de que estaba casi arañando mi vestido, intentando liberar a mis pulmones de su prisión. Rachel no me dio ocasión de responder: se acercó a mí en un segundo y desató los lazos con rapidez.
—Ya está —dijo cuando acabó y yo por fin puede respirar hondo—. Todo arreglado.
—Necesito… Tengo que cambiarme —dije tontamente mientras me agarraba el vestido por delante.
—No voy a mirar.
Se tumbó en mi cama y volvió a abrir el libro como si no pensara marcharse de allí en un buen rato. Crucé la habitación dando traspiés, hasta el rincón donde estaba el biombo. Escogí el pijama más oscuro que encontré y me cambié rápidamente, sin hacer caso del rasgón que oí cuando tiré del vestido para sacármelo por encima de las caderas.
Salí menos de un minuto después envuelta en una gruesa bata. Aquello era una locura. ¿De veras creía Rachel que iba a dormir allí? Eso no formaba parte del trato. Si quería quedarse en aquella cama, yo me buscaría otra. Dormiría en el suelo si hacía falta. En todo caso, no pensaba quedarme allí con ella.
—¿Qué haces aquí? En serio, quiero decir —le pregunté mientras me acercaba a la cama con cautela—. Y no me digas que estás leyendo, eso ya lo sé. Lo veo, y… —me detuve—. ¿A qué has venido?
Dejó marcada la página del libro y me miró. Su mirada seguía siendo tan turbadora como el día anterior en el jardín, solo que esa vez yo estaba tan cansada y molesta que no me importó.
—He venido porque el consejo ha decidido que debo pasar tiempo contigo cada noche. Tanto tiempo como tú permitas. Si deseas que me vaya, lo haré. De lo contrario, si no me lo pides, me quedaré.
Me quedé mirándola con un nudo en el estómago.
—¿A pasar la noche? ¿Toda la noche?
Levantó una ceja.
—Estoy segura de que esta noche me pedirás que me vaya mucho antes de que eso sea posible.
—¿Y las demás noches? —pregunté con voz chillona—. ¿Vas a…? ¿Se supone que tengo que… que tenemos que hacer… eso?
Yo no lo había hecho con nadie. No había tenido tiempo de salir con chicas o en tal caso chicos mientras mi madre había estado enferma, y mucho menos de llegar a aquello, y no pensaba empezar ahora. Si creía que porque me había hecho comer un puñado de semillas podía controlarme, estaba muy equivocada.
Se rio y yo me sonrojé. Lo menos que podía hacer era no tratarme como si fuera idiota.
—No, eso no es necesario, ni lo será nunca.
Tuve que hacer un esfuerzo para no suspirar de alivio. Era superatractiva, pero por guapa que fuese no me haría transigir con eso.
—Entonces, ¿para qué estás aquí?
—Porque deseo conocerte mejor —me miró fijamente—. Me intrigas y, si consigues superar las pruebas que te ponga el consejo, algún día serás mi esposa.
Abrí la boca y volví a cerrarla, intentando decir algo.
—Pero… has dicho que no tendría que casarme contigo.
—No —contestó con paciencia—. Lo que dije fue que no te estaba proponiendo matrimonio. Y no te lo estoy proponiendo todavía. No hace falta que lo haga a menos que pases las pruebas. Si lo haces, entonces sí, serás mi esposa seis meses al año.
Me removí, nerviosa.
—¿Y si no quiero ser tu esposa?
Se quedó quieta y su sonrisa desapareció.
—Entonces te será bastante fácil fracasar en las pruebas a propósito.
Su frío tono de voz hizo que me sintiera culpable de inmediato.
—Lo siento, no quería…
—No te disculpes —su voz siguió sonando desprovista de emoción, y yo me sentí aún peor—. Es decisión tuya. Si en algún momento te pido demasiado, puedes marcharte.
Y entonces mi madre moriría.
Cerré los puños con tanta fuerza que me clavé las uñas en las palmas y tardé un momento en dar con algo que decir. Podía ofrecerle una tregua, aunque solo fuera eso. Tal vez si fingía que cabía la posibilidad de que me casara con alla, no parecería tan desanimada.
—¿Y luego qué? —pregunté—. Si nos… si nos casamos… ¿tendré que…? Ya sabes.
—No —pareció ablandarse un poco cuando volvió a mirarme.
Yo estaba convencida de que me veía claramente las intenciones.
—Serás mi esposa solo nominalmente, y ni siquiera te pediría eso si no fuera necesario para que el Inframundo te reconozca como su gobernante del mismo modo que reconoció a Perséfone. No espero que me ames, Quinn.No me atrevo a abrigar la esperanza de que me veas como otra cosa que como una amiga, y sé que hasta eso debo ganármelo. Entiendo que este no es tu ideal de vida, y no quiero ponerte las cosas más difíciles de lo que ya son. Mi único deseo es ayudarte a superar las pruebas.
Y también impedir que alguien me matara. Me senté con cautela al borde de la cama. Seguíamos estando lo bastante separadas como para que me sintiera segura, pero aun así el aire parecía chisporrotear entre nosotras.
—¿Qué hay del amor? ¿No…? Ya sabes, ¿no quieres tener pareja? ¿Familia y esas cosas?
—Ya tengo familia —repuso, pero antes de que yo pudiera explicarme añadió—: Si te refieres a hijos, la respuesta es no. Nunca he creído que eso formara parte de mi futuro.
—Pero ¿es lo que deseas?
Esbozó una sonrisa.
—Llevo mucho tiempo sola. Sería una tontería esperar otra cosa del porvenir.
A pesar de que parecía solo unos años mayor que yo, me resultaba inimaginable lo vieja que tenía que ser… y en realidad no sabía si quería saberlo.
Pero ¿cómo podía alguien vivir tanto tiempo y estar sola? Yo a duras penas había podido soportar las pocas noches que había pasado en casa sin mi madre. Si eso se multiplicaba por una eternidad… No alcanzaba a entenderlo.
—Rachel…
—¿Sí?
—¿Qué pasará contigo si no apruebo?
Se quedó callada un rato mientras deslizaba ociosamente los dedos por la seda de su bata.
—Que me desvaneceré —contestó con calma—. Otro se hará cargo de mi reino, de modo que no habrá razón para que siga existiendo.
—Entonces, morirás —comprendí de pronto la gravedad de la situación y desvié los ojos, incapaz de mirarlo. No era solo la vida de mi madre la que dependía de que pasara aquellas pruebas.
—Me desvaneceré —puntualizó—. Los vivos mueren y sus almas permanecen en el Inframundo para toda la eternidad. Mis congéneres, en cambio, no tienen alma. Dejamos de existir por completo, sin que quede un solo jirón de nuestra existencia previa. No se puede morir si nunca se ha estado vivo.
Cerré la mano sobre la colcha. Entonces, era aún peor que morir.
—¿Quién?
Me miró con desconcierto.
—¿Quién qué?
—¿Quién te sucederá si renuncias?
—Ah —sonrió con tristeza—. Mi sobrino.
—¿Quién es? ¿Cómo se llama? ¿Forma parte del consejo?
—Sí, así es —contestó—, pero me temo que no puedo decirte su nombre.
—¿Por qué? —allí no parecía haber nadie dispuesto a confiar en mí, y aunque podía entender que Britt no me lo contara todo, Rachel estaba al corriente de lo que sucedía. Debía decírmelo.
Carraspeó y al menos tuvo la decencia de mirarme a los ojos.
—Porque temo que te disgustes y ya eres suficientemente desgraciada. No quiero empeorar las cosas.
Me quedé callada intentando deducir quién podía ser para que pudiera llevarme un disgusto si me enteraba. No se me ocurrió nadie.
—No entiendo.
—Ya lo entenderás.
Me sentí incapaz de decir nada y pareció notarlo, porque en lugar de mirarme con expectación volvió a fijar la mirada en su libro.
Estuve observándola en busca de algún indicio de que no era humana. Sus facciones eran demasiado simétricas para ser normales, en su piel tersa no se adivinaba ni un asomo de arrugas, el cabello, abundante y castaño le llegaba hasta más abajo los hombros, y el inquietante color de sus ojos… Eran sus ojos los que lo delataban, aquellas balsas café que parecían en constante movimiento.
Casi relucían en la penumbra.
Solo cuando se aclaró la garganta me di cuenta de que estaba mirándola fijamente. Seguía enfadada porque no quisiera decirme la verdad, pero de todos modos quería romper la tensión, así que dije lo primero que se me pasó por la cabeza:
—¿Qué haces durante el día? Cuando no estás aquí, quiero decir. ¿O estás siempre aquí?
—No, no siempre —deslizó de nuevo un marcapáginas dentro del libro y lo dejó a un lado—. Mis hermanos y hermanas y yo tenemos responsabilidades que atender. Yo gobierno sobre los muertos, así que paso la mayor parte del tiempo en el Inframundo, supervisando decisiones y asegurándome de que todo marcha como debe. Es mucho más complicado que eso, claro, pero si pasas las pruebas ya aprenderás con todo detalle este oficio.
—Ah —me mordí el labio—. ¿Y cómo es el Inframundo?
—Todo a su debido tiempo —contestó, y puso un instante su mano sobre la mía. Su palma era cálida, y tuve que hacer un esfuerzo para no estremecerme al sentir su contacto—. ¿Y tú? ¿A qué te gusta dedicar tu tiempo?
Me encogí de hombros.
—Me gusta leer. Y dibujar, aunque no se me da muy bien. A mi madre y a mí nos gustaba trabajar en el jardín, y ella me enseñó a jugar a las cartas —lo miré—. ¿Tú sabes jugar?
—Conozco un par de juegos, pero no sé si siguen estando de moda.
—Quizá podríamos jugar alguna vez —propuse—. Si vas a venir todas las noches, quiero decir.
Asintió.
—Estaría bien.
Nos quedamos calladas otra vez. Ella parecía a gusto tumbada en la cama, como si hubiera vivido aquella situación cien veces antes.
Y así era, que yo supiera, aunque no quería pensar en eso. Yo no era la primera, pero sería la última. Rechazarle no nos favorecería a ninguna de los das (se me aceleró el corazón al pensarlo) y ya que tenía que pasar allí seis meses, no me apetecía ver su lado malo. Pero de todos modos, estaba agotada.
Me debatí unos segundos, oscilando entre lo que me parecía lo correcto y lo que deseaba. Debería haber hablado con ella, haberle hecho más preguntas para conocerla mejor, pero lo único que me apetecía era dormir y no podría hacerlo si se quedaba, aunque no hiciera ningún ruido. Dijera lo que dijese sobre sus expectativas, mi inquietud no se disiparía de la noche a la mañana.
—Rachel —dije en voz baja.
Estaba otra vez leyendo, pero enseguida me miró.
—Por favor, no te lo tomes a mal, pero estoy cansadísima.
Se levantó con el libro en las manos. Pero no pareció enfadada, ni dolida. Su expresión era tan neutra como de costumbre.
—Ha sido un día muy largo para las dos.
—Gracias —le lancé una sonrisa agradecida con la esperanza de que no me guardara rencor.
—No hay de qué —se acercó a la puerta—. Buenas noches, Lucy.
La nota de cariño que advertí en su voz hizo que me pusiera colorada.
—Buenas noches —contesté, confiando en que no viera mi rubor desde el otro lado de la habitación.
