—Así que te gusta —no era una pregunta, y miré enfadada a mi madre, que sonreía sentada en un banco, a mi lado, mientras veíamos pasar a los corredores y a la gente que paseaba a sus perros.
—Yo no he dicho eso —respondí, hundiéndome en el banco.
A mi lado, mi madre se sentaba muy erguida, como si estuviéramos cenando con la realeza y no en Central Park, pasando la mañana.
—Es solo que… no quiero que muera, nada más. No quiero que muera nadie más por mi culpa.
—Nadie ha muerto por tu culpa —contestó, y pasó los dedos por mi pelo, apartándomelo de los ojos—. Aunque no apruebes, no será culpa tuya. Mientras lo hagas lo mejor que puedas, todo irá bien.
—Pero ¿cómo voy a hacerlo lo mejor que pueda si ni siquiera sé cuáles son las pruebas? —metí las manos entre las rodillas—. ¿Cómo voy a hacerlo?
Me pasó el brazo por los hombros.
—Todo el mundo confía en ti menos tú, Quinn—dijo con ternura—. Quizá debas tenerlo en cuenta.
Aunque confiaran en mí, eso no presuponía que tuvieran razón o que fuera a pasar las pruebas. Solo significaba que además tenía que preocuparme de no decepcionarles. O, en el caso de Rachel, de no obligarle a una jubilación forzosa de su existencia en general.
—Pero te gusta, ¿a que sí? —preguntó mi madre pasados unos minutos.
Estiré el cuello para mirarla y me sorprendió ver una expresión preocupada en su cara.
—Es simpática —dije precavidamente mientras me preguntaba adónde quería ir a parar—. Creo que podríamos ser amigas.
—¿Te parece mona?
Puse cara de fastidio.
—Es una diosa, mamá. Claro que es mona.
Una sonrisa irónica se extendió por su cara.
—Ya era hora, por fin admites que es una diosa.
Me encogí de hombros y aparté la mirada.
—Sería difícil negarlo a estas alturas. Pero es amable, así que supongo que, mientras no intente convertirme en un montón de ceniza, podré acostumbrarme a ello.
—Bien —me abrazó y me dio un beso en la sien—. Me alegro de que te guste. Puede que sea muy bueno para ti, y no debes estar sola.
Suspiré para mis adentros, pero no me molesté en sacarla de su error. Si era feliz pensando que me gustaba Rachel, mejor así. Se merecía un poco de felicidad antes de llevarse una desilusión.
Esperaba que los días en Eden Manor se me hicieran eternos, pero sucedió al contrario: la rutina hizo que pasaran a toda velocidad. Britt y Santana me ayudaban a arreglarme por la mañana, y Ava se sentaba siempre al borde de mi cama y hablaba animadamente sobre su nueva conquista. Después de salir un par de semanas con Xander, el guardia, había pasado página.
—Se llama Theo —dijo, tan emocionada que apenas podía estarse quieta—. Está buenísimo, es muy alto y muy listo, y dice que tengo los ojos más bonitos que ha visto nunca.
Vi por el espejo que el semblante de Santana se endurecía.
—Apártate de él —le espetó.
Intenté volverme para verlas a las dos, pero Britt, que todavía no había acabado de peinarme, me obligó a permanecer en la misma postura.
—¿Por qué? —preguntó Ava altivamente—. ¿Es que es tu novio?
Santana entornó los párpados.
—Es mi hermano gemelo.
Suspiré.
Si iba a tener que soportar aquello cinco meses más, acabaría por hacer algo drástico.
—¿Y qué? —Ava cruzó los brazos—. Le gusto y él a mí. Yo no veo el problema.
Yo no me explicaba cómo era capaz de mirar a la cara a Santana y no acobardarse, pero Ava sería Ava por más que Santana la fulminara con la mirada.
—Si le haces daño, te daré caza y volveré a matarte, y esta vez me aseguraré de que no puedas volver al paraíso —dijo Santana en tono amenazador.
Abrí la boca para decirle lo que ocurriría si lo intentaba siquiera, pero Ava se me adelantó.
—¿Y si es él quien me hace daño a mí?
—Entonces seguro que habrás hecho algo para merecértelo.
A partir de ese día, apenas soportaron estar juntas en la misma habitación, y no pude reprochárselo.
Yo me fui acostumbrando poco a poco a mi nuevo entorno y comprendí que Rachel tenía razón: cuando acepté por fin que aquello no era una broma de mal gusto, todo se volvió mucho más fácil y dejé de agotarme intentando dar sentido a lo incomprensible.
Siguió sin gustarme la idea de tener escolta o de que Britt tuviera que probar mi comida (a pesar de que Santana intentó con energía que Ava se hiciera cargo de esa tarea). Fingí que estaba atrapada en el siglo XVIII, y eso me ayudó a asimilar todo lo que sucedía a mi alrededor, con la sola excepción de mi extraña relación con Rachel.
Con el paso de las semanas la noche se convirtió rápidamente en mi parte favorita del día, debido en parte a que a esas horas no tenía que oír las pullas que Ava y Santana se lanzaban constantemente. Rachel y yo hablábamos de lo que había hecho ese día. En cambio, nunca hablábamos de lo que había hecho ella, y aunque intentaba distraerme, yo nunca dejaba de notarlo.
Le enseñé a jugar a mis juegos de cartas preferidos y pareció gustarle aprender. Me preguntaba educadamente y nunca interrumpía mis largas y farragosas respuestas. A veces yo también reunía valor para preguntarle algo, pero contestaba con vaguedades, si llegaba a contestar. Seguía negándose a decirme cuáles eran las pruebas, pero parecía deseosa de que me sintiera lo más a gusto posible.
En mi rutina cotidiana todo estaba cronometrado. Media hora para el desayuno, que siempre se componía de mis platos favoritos. Como no engordaba, tenía la excusa perfecta para comer cuanto quería. Después del desayuno, tenía cinco horas de clase durante las cuales estudiaba Mitología, Arte, Teología, Astronomía y todo aquello que Irene consideraba necesario que aprendiera. Tampoco podía quedarme pensando en las musarañas, dado que era su única alumna, y ella jamás se compadecía de mí: le importaba muy poco que me interesara o no lo que estaba aprendiendo. Aun así, el Álgebra no entraba en el programa y eso, al menos, era un consuelo.
Pasamos un montón de tiempo hablando de los Olímpicos, los dioses griegos que regían el universo y podían decidir mi suerte.
—La mayoría de la gente cree que solo eran doce —me dijo Irene—, pero si analizas la historia con atención te darás cuenta de que son catorce.
Enseguida comprendí lo que significaba aquella cifra: catorce dioses olímpicos, catorce tronos. Serían ellos quienes decidirían mi destino, así que presté especial atención a aquellas lecciones, como si el hecho de aprender todo lo que podía sobre ellos pudiera darme alguna ventaja.
Aprendí acerca de Zeus, de Hera y sus hijos, sobre los hijos que tuvo Zeus con otras mujeres, así como sobre Atenea, que brotó ya completamente crecida de su cabeza. Y también acerca de Deméter y su hija, Perséfone, y el papel que desempeñaba Hades.
Mi madre tenía razón: Rachel era Hades, y resultaba muy extraño estudiar la Mitología sabiendo que para aquellas personas era simple historia. Que, al parecer, Rachel había hecho de verdad todas esas cosas. Pero cuanto más aprendía, más fácil me resultaba aceptarla, y en cuanto Irene estuvo segura de que sabía todo lo que podía saber sobre los miembros del consejo, pasamos a otros mitos. Pero los Olímpicos también aparecían constantemente en esas historias, lo cual no contribuyó en absoluto a calmar mi nerviosismo.
Por las tardes se me permitía hacer lo que me apeteciera. A veces me quedaba en la mansión y me ponía a leer, o pasaba un rato con Ava, y a veces salía a explorar. Más allá del lindero del magnífico jardín había un bosque que crecía salvaje y que se extendía hasta los confines de la finca, ocultando el río. Como no quería acercarme al agua, procuraba tener siempre la mansión a la vista. Todavía me duraba el susto que me había dado aquel día, en el río.
A finales de octubre me encontré con Phillip, el jefe de los establos. Era un hombre torvo y de pocas palabras, con una cabellera agreste que le hacía parecer aún más temible, pero parecía sentir pasión por sus caballos.
—Los caballos tienen tanta personalidad como las personas —me dijo hoscamente cuando me enseñó a los quince caballos que había en los establos—. Si no conectas con ninguno, no intentes forzarlo. Es como forzar una amistad: es absurdo y violento, y los dos os sentiréis desgraciados. Mientras lo recuerdes, no pasará nada.
Sus caballos eran potentes y veloces, y con mi mala pata seguro que me habría caído y me habría roto algo, así que aunque me encantaba cuidar de ellos, nunca le pedí que me dejara montar uno.
Al principio no me dejó que me acercara a ellos con el cepillo, pero no me lo tomé demasiado a mal. Phillip no dejaba que nadie se acercara a sus caballos, y a mí al menos me permitía entrar en los establos a verlos, cosa que a Ava le estaba vedada. Al tercer intento, sin embargo, me dio permiso a regañadientes para que ayudara a cuidarlos, con tal de que él estuviera presente. Sospeché que Rachel tenía algo que ver con su cambio de opinión, pero no pregunté. Pasé así las tardes del resto del otoño, y aunque el tiempo fue haciéndose más y más frío, en los establos siempre hacía calor.
Con el transcurso de las semanas fui sintiéndome cada vez más a gusto en mi nuevo hogar. Los sirvientes dejaron de mirarme pasmados cuando pasaba y poco a poco se acostumbraron a mi presencia y yo a la suya. Vivía en un ambiente casi de placidez: pasaba las mañanas con Irene, las tardes con Phillip y Ava y las veladas con Rachel.
Y las noches… Yo vivía para aquellas noches, cuando podía contarle a mi madre todo lo que ocurría y ella estaba allí para escucharme. Más allá del seto se estaba muriendo, pero dentro de mis sueños seguía estando llena de vida, y yo quería que siguiera así todo el tiempo posible. Sabía que no podía escapar a la sombría realidad que me aguardaba cuando todo aquello acabara, pero de momento podía fingir que vivir en Eden Manor equivalía a estar a salvo de la realidad.
