A mediados de noviembre, Irene anunció que la primera prueba sería el lunes siguiente. Cuando salí del aula, estaba casi enferma de preocupación, y debía de notárseme.

¿Quinn? —dijo Britt, preocupada, cuando cerré la puerta a mi espalda.

Hay una prueba —dije, temblorosa—, el lunes.

No pareció muy preocupada.

¿Es que nunca has hecho un examen?

Sacudí la cabeza. Ella no lo entendía.

Una prueba —repetí—. De las que van a decidir mi destino. Si suspendo…

Abrió los ojos de par en par.

Ah, esa clase de prueba.

Sí —eché a andar hacia mi dormitorio. No me apetecía comer. Había perdido el apetito.

Eh, Quinn… El comedor está por aquí. Han hecho pollo frito para ti.

La oí trotar para alcanzarme, pero no aflojé el paso.

Tengo que estudiar.

Si suspendía, todo lo que había hecho hasta ese momento no serviría de nada. Mi madre moriría, Rachel perdería su puesto como gobernante y Ava habría muerto para nada. No pensaba permitirlo.

Pasé los dos días siguientes tan inmersa en la Mitología griega (o en la Historia griega, como la llamaban allí, e Irene siempre me dejaba claro qué historias eran solo leyendas) que hasta Rachel me dejó en paz por las noches. En lugar de ir al comedor, me llevaban la comida a la habitación, pero comía tan deprisa que no saboreaba nada. Dormía exactamente ocho horas, ni un minuto más, pero hasta cuando dormía mi madre me preguntaba la lección.

Me aprendí de memoria los diez trabajos de Hércules, los nombres de las nueve Musas y las plagas que se desataron cuando Pandora abrió su caja, pero todavía quedaban cientos de historias más. El rey Midas, que convertía en oro todo lo que tocaba, hasta a su hija; Prometeo, que les robó el fuego a los dioses para entregárselo a los humanos y fue castigado por ello; Ícaro, que escapó volando de su prisión y se elevó tan alto que el sol derritió la cera de sus alas. Los celos de Hera, la belleza de Afrodita, la furia de Ares… Aquello no tenía fin, y yo estaba tan absorta en aquel mundo que empecé a mezclarlo todo. Pero tenía que aprobar.

Te estás haciendo daño.

Me sobresalté al oír la voz de Rachel a mi espalda. Era domingo por la noche, quedaban menos de doce horas para que hiciera el examen y aún tenía que repasar unos cuantos capítulos complicados. Si no aprovechaba hasta el último minuto (y me saltaba el desayuno al día siguiente), no lo conseguiría.

Estoy bien —mascullé mirándola solo un momento antes de volver a clavar los ojos en el enorme libro que me había dado Irene.

Estaba intentando leer sobre el Minotauro, pero las palabras se me emborronaban delante de los ojos y tuve que entornar los párpados para fijar la vista. Me dolía la cabeza y tenía el estómago revuelto, pero debía seguir.

Si no te conociera, podría tomarte por una muerta —me dijo Rach al oído.

Cerré los ojos y no me atreví a moverme, estando ella tan cerca. Sentí el calor que se desprendía de su cuerpo, mucho más cálido que el aire fresco de mi habitación, y el deseo de acercarme me embargó por completo. Me estremecí. Normalmente, cuando no estaba tan cansada, era capaz de ignorar aquella sensación. Estaba allí por mi madre, no por Rachel.

Pero en lugar de sentir el contacto de Rach, oí un ruido de páginas. Cuando miré, el libro estaba cerrado y puesto a un lado de la mesa y Rachel se había sentado enfrente de mí.

Lo que no sepas ya, no te dará tiempo a aprenderlo antes de la prueba —dijo con voz suave—. Necesitas dormir.

No puedo —contesté, abrumada—. Tengo que aprobar.

Aprobarás, te lo aseguro.

Me hundí en mi asiento.

¿Qué pasa, es que ahora también eres adivina? Eso no puedes asegurármelo. Puedo fracasar tan estrepitosamente que quizá vayan a buscarme en pleno examen para sacarme de aquí. Quizá no vuelvas a verme.

Se rio, y yo resoplé indignada.

Nunca había visto a nadie estudiar tanto para un examen como has estudiado tú este fin de semana. Si tú no apruebas, los demás no tenemos nada que hacer.

Justo antes de que le dijera que solía tener muy mala suerte, se abrió la puerta de mi habitación y entró Ava seguida de cerca por Britt y por un hombre al que no reconocí.

¡Quinn! —exclamó Ava precipitándose hacia mí.

Lancé una mirada de disculpa a Rachel, pero no parecía molesta. Estaba mirando al hombre, que llevaba uniforme negro y miraba fijamente el suelo como si hubiera preferido estar en cualquier parte menos allí.

Ava, se supone que estoy estudiando —contesté, pero no me hizo caso.

Venga, llevas todo el fin de semana estudiando. En algún momento tendrás que salir a jugar —hizo un mohín sacando el labio inferior—. Están todos en el jardín, divirtiéndose. Hay música y se puede nadar y hacer toda clase de cosas. Todavía tengo que enseñarte a nadar, ya sabes.

La idea de verme obligada a nadar bastó para desanimarme del todo. Además, no sabía si sería capaz de bajar, y menos aún de divertirme. Era una fiesta, así que era casi seguro que no.

Estoy muy cansada, de verdad —dije, mirándola a ella y a Britt, que se había quedado en la puerta y estaba mirando a Rachel.

¿Y qué? Luego puedes dormir —repuso Ava—. Eres muy lista, seguro que apruebas. Además, tienes que conocer a Theo…

¿Todavía no os conocéis? —Rachel pareció sorprendida.

Se levantó e hizo una seña para que se acercara el hombre que se había quedado atrás. Theo se movía airosamente y tenía pinta de tomarse muy en serio a sí mismo.

Quinn, este es Theo, el jefe de mi guardia. Su labor consiste en vigilar cuanto sucede en la mansión. Theo, esta es Quinn Fabray.

Un placer —dijo inclinando la cabeza.

Le dediqué una sonrisa cansada y le tendí la mano. Me la estrechó con cuidado, como si temiera rompérmela. Su palma era más tersa que la mía.

Yo también me alegro de conocerte —dije—. Ava habla mucho de ti.

No es cierto —protestó ella. Miró a Theo y arrugó el ceño—. No es cierto.

Claro que sí —dije, y Theo sonrió.

No vi ningún parecido entre Santana y él.

Venga, vamos —dijo Ava, malhumorada, tirándole del brazo.

Como noté que había herido su orgullo, cuando me miró al salir me encogí de hombros con aire de disculpa.

Iré a la próxima, te lo prometo.

Como quieras —contestó, y se llevó a Theo a rastras.

Él consiguió hacer una rápida reverencia mirando a Rachel antes de salir, y me quedé a solas con ella y Britt, que seguía en la puerta.

Bueno, entonces hasta mañana, supongo —dijo con las mejillas muy coloradas.

Hasta mañana —dije con una sonrisa forzada que no convenció a nadie. Hasta yo notaba lo nerviosa que sonaba mi voz.

Cuando Britt salió y cerró la puerta, Rachel se levantó y se acercó al gran ventanal del otro lado de la habitación. Miró la noche negra y me hizo señas para que me acercara.

No puedo, Rachel—dije con un suspiro—. Tengo que estudiar.

Le diré a Irene que no te pregunte las cien últimas páginas —dijo Rachel—. Ahora ven a sentarte conmigo, por favor.

No creo que Irene esté de acuerdo —mascullé, pero hice lo que me pedía.

Arrastré los pies por la alfombra. Me pesaba mucho la cabeza, pero de algún modo conseguí cruzar la habitación sin desmayarme. Una vez allí, me rodeó con el brazo y sentí que me recorría otro delicioso escalofrío. Era el contacto más íntimo que había tenido con ella desde mi llegada, y me resultó muy fácil apoyarme contra ella y dejar que sostuviera mi peso.

Mira arriba —dijo, estrechándome los hombros cuando me recliné contra su cuerpo.

Levanté la cabeza hacia el techo, pero la habitación solo estaba iluminada por la luz de las velas, y no vi nada en la penumbra. Rach se rio.

No. El cielo. Mira las estrellas.

Me sonrojé, avergonzada, y fijé la vista en el cielo negro del otro lado de la ventana. Solo distinguí minúsculos alfileres de luz.

Son preciosas.

—dijo—. ¿Sabías que se mueven?

¿Las estrellas? Claro —¿aquello también formaba parte de la lección?—. Se ven distintas estrellas según la época del año.

Hizo que nos sentáramos las dos en el banco, tan cerca que casi me senté encima de ella. Pero tenerla tan cerca era mucho más agradable de lo que yo estaba dispuesta a admitir. Todavía no estaba dispuesta a darme por vencida.

No me refiero a las estaciones —dijo—, sino a los milenios. ¿Ves esa estrella de ahí?

Señaló hacia arriba y vi a duras penas hacia donde señalaba.

Sí —contesté, aunque no sabía de qué estrella estaba hablando.

Si se dio cuenta de que mentía, decidió pasarlo por alto.

Cuando conocí a Perséfone, esa estrella no pertenecía a esa constelación.

¿En serio? —a mi cabeza atiborrada de datos le costó asimilar aquella información, y mucho más lo que entrañaba—. No sabía que eso podía pasar.

Todo cambia con el tiempo —añadió, y sentí su aliento cálido en mi oreja—. Solo hay que tener paciencia.

Sí, pensé, todo cambiaba con el tiempo. Ese era el problema, ¿no?

Pero si lo que intentaba Rach era que me olvidara de la prueba, lo consiguió. Esa noche, en lugar de hablar de ninfas y héroes, mi madre y yo paseamos sin rumbo por Central Park, visitamos el zoo y dimos vueltas y más vueltas en el carrusel hasta que nos mareamos las dos de tanto reírnos. Dormí a pierna suelta y me desperté con una sonrisa.

A la mañana siguiente estaba demasiado nerviosa para probar bocado, pero Britt me hizo tragarme un trozo de tostada untada con mermelada de fresa, y hasta eso estuve a punto de vomitarlo cuando iba camino de la clase. Solo por pura fuerza de voluntad logré mantenerlo en el estómago.

Podía conseguirlo. Rachel confiaba en mí y no permitiría que me hicieran suspender injustamente. Había estudiado y a fin de cuentas aquello no era Física cuántica. Era Mitología. No era para tanto, ¿no?

¿Lista? —preguntó Irene cuanto estuve sentada.

No —contesté lisa y llanamente.

Nunca estaría lista. Pero en vez de mostrar un ápice de compasión, se rio y me puso delante el examen. Sentí un nudo de angustia en la garganta cuando lo hojeé hasta llegar a la última pregunta. Veinte páginas.

Doscientas preguntas —dijo como si me leyera el pensamiento—. Solo puedes fallar veinte.

¿Cuánto tiempo tengo? —pregunté con voz ahogada.

Todo el que necesites.

Su amable sonrisa no me tranquilizó lo más mínimo. Haciendo acopio de valor, agarré el lápiz y empecé.

Tres horas después estaba sentada en el rincón, hecha un manojo de nervios, mientras Irene leía mi examen. Yo había repasado las preguntas una y otra vez, dudando siempre de mis respuestas. ¿Y si había confundido a Atenea con Artemisa? ¿O a Hera con Hestia? ¿Y si había estudiado demasiado y mezclaba lugares, historias y cronologías?

¿Y si suspendía?

Irene dejó sobre la mesa su pluma y con expresión impasible cruzó la habitación y me entregó el examen sin decir nada. Me temblaban tanto las manos que temí que se me cayera. Nada en su expresión delataba cuál podía ser mi nota. Me obligué a mirar, pero durante un rato mis ojos no consiguieron enfocar el número garabateado en la parte de arriba.

Lo siento —dijo, pero no la oí.

Me precipité hacia la puerta y salí corriendo de la habitación. Tenía la visión tan borrosa que no veía adónde iba. Pasé junto a Britt y Santana sin apenas verlas, crucé la primera puerta que vi y salí al jardín. Sin hacer caso de las voces que me llamaban, me quité los zapatos y corrí hacia el bosque mientras el fuerte viento entumecía mi piel.

Había suspendido.