Suspenso
No podía respirar.
Me ardían los pulmones y me dolía todo el cuerpo por el esfuerzo de la carrera. Estaba en medio del bosque, aunque no había salido de la finca de Rachel. No veía el seto por ninguna parte, pero no era eso lo que buscaba. Quería encontrar el río.
Siete puntos menos de los que necesitaba para aprobar: las siete preguntas que mediaban entre el éxito y fracaso, entre la posibilidad de quedarme y la de tener que irme, entre la vida y la muerte de mi madre. Entre la vida y la muerte de Rach.
No importaba lo a gusto que me sintiera allí o si me gustaba estar con ella. Si solo hubiera querido tener a alguien que le hiciera compañía podría haber elegido a cualquiera, pero me había elegido a mí, confiaba en mí, y le había fallado. Si estaba allí era únicamente para superar aquellas pruebas, y ni eso había podido hacerlo.
No sé cuánto tiempo pasé corriendo por el bosque. Me sangraban los pies, los tenía amoratados, y más de una vez tropecé y me caí, me hice daño en los tobillos, en los codos y las rodillas, pero aun así seguí adelante.
Había suspendido. Se había acabado, y no tendría otra oportunidad. Necesitaba ver a mi madre antes de que muriera. Tenía que decirle adiós aunque ya no pudiera oírme. Tendría que conformarme con eso: había incumplido mi parte del trato y por tanto Rachel no tenía motivos para cumplir la suya. No había ninguna garantía de que volviera a verla si me dormía, y necesitaba decirle adiós antes de que fuera demasiado tarde.
Por fin encontré el río donde había empezado aquel embrollo. Me había torcido el tobillo y cojeaba, pero lo seguí corriente arriba hasta que apareció la abertura en el seto. Parecía más pequeña de lo que recordaba, y no sabía cómo iba a llegar al otro lado, pero tenía que hacerlo. Más tarde me disculparía con Rachel.
Me limpié las mejillas sucias y llenas de lágrimas con el dorso de la mano, metí el pie descalzo en el agua y sofoqué un gemido. Estaba helada. La corriente era fuerte y sabía que, si resbalaba, no podría llegar a la orilla nadando. Aun así, tenía que intentarlo. Un pie delante del otro, era lo único que hacía falta.
—Quinn…
Estuve a punto de caer hacia delante al oír la voz de Rachel. Estaba a unos pasos de la orilla, en equilibrio sobre las mismas piedras resbaladizas que habían matado a Ava, y a duras penas conseguí mantener el equilibrio.
—Déjame en paz —mi voz no sonó tan tajante como esperaba.
—Me temo que no puedo hacerlo.
—He suspendido —no me atreví a mirarla.
—Sí, Irene me lo ha dicho. Pero eso no explica por qué te estás jugando la vida para pasar por un agujero del seto. Si quieres marcharte, es mucho más cómodo salir por la verja.
Tenía los pies entumecidos, así que me movía aún con más torpeza que antes.
—Necesito ver a mi madre.
Sin previo aviso me enlazó por la cintura y me atrajo hacia sí. Antes de que pudiera protestar, mis pies tocaron el suelo.
—¡Suéltame!
Me sujetó lo justo para que recuperara el equilibrio. Me aparté de ella, temblando, aunque no supe si de frío o de furia.
—Si te vas —dijo con paciencia—, tu madre morirá. Y no creo que quieras que eso ocurra.
Abrí la boca y volví a cerrarla.
—Pero… he suspendido.
Me lanzó una mirada curiosa.
—No castigo los suspensos con la muerte, no soy tan estricto.
—Pero nuestro acuerdo… Dijiste que mantendrías viva a mi madre mientras estuviera aquí. Y ya no puedo quedarme, he suspendido el examen.
Se quedó callada y su expresión pareció suavizarse como si hubiera entendido por fin.
—Quinn… ¿de eso se trata?
—Tú mismo dijiste que no podía suspender ninguna prueba —dije, insegura.
—No puedes suspender ninguna de las siete pruebas que te ponga el consejo. El examen que te ha hecho Irene no era una de ellas —sonrió—. De momento, lo estás haciendo de maravilla.
Se me quedó la boca seca.
—¿De momento?
—Sí —parecia divertida, y no supe si alegrarme o borrar de su cara aquella expresión satisfecha—. De momento te has enfrentado a tres. Solo una ha terminado, pero la has superado impecablemente.
¿Cómo era posible que me estuvieran examinando sin que me enterara? Cuando abrí la boca para preguntar, me cortó limpiamente:
—Debes de estar helada. Ten —me echó la chaqueta sobre los hombros y me aferré a ella, dejando que su calor me envolviera—. Volvamos, ¿de acuerdo?
Asentí con la cabeza. Se me había pasado el ataque de histeria. Me rodeó delicadamente con los brazos, como si le diera miedo que fuera a romperme.
—Cierra los ojos —murmuró, y los cerré.
Esa vez, cuando los abrí, solo me sorprendió ligeramente encontrarme en mi habitación. Rachel estaba a mi lado.
—Veo que te estás acostumbrando a mi forma de viajar.
—Ajá —tragué saliva. Todavía estaba un poco desorientada—. Debería… eh… —señalé mi vestido. Estaba roto y manchado de barro.
—Me parece que ha quedado inservible. Quizá debamos buscarte otro.
—La verdad es que los hay a toneladas —miré mi armario—. Santana seguramente ni se dará cuenta.
—Hazme caso —dijo —. Cámbiate y ponte un poco de hielo en el tobillo. Dentro de un rato vendré a buscarte.
Suspirando para mis adentros, me dije que era inútil: al igual que Santana, parecía empeñado en que me pusiera aquellos vestidos picajosos. Yo estaba deseando que llegara el verano, aunque solo fuera por poder ponerme otra vez unos vaqueros.
Rachel se volvió hacia mí antes de salir de la habitación.
—Quinn…
Miré con el ceño fruncido el laberinto de botones del vestido estropeado. Intentaba desabrocharlos, pero todavía me temblaban los dedos.
—¿Sí?
—Yo solo acerté ciento sesenta y cuatro preguntas.
