Al final había necesitado la ayuda de Santana para desabrocharme el dichoso vestido en el que me había obligado a embutirme esa mañana. A ella había parecido entristecerle que hubiera que tirarlo, pero yo me había puesto loca de contento… hasta que había visto el que me tenía preparado.
Mientras recorría cojeando el pasillo de un ala de la mansión que aún no conocía, acompañada por Rachel y Santana, me apoyé en Rachel y procuré no rascarme. La tela del vestido era áspera y picaba.
Era completamente injusto. Rachel podía ponerse pantalones, hasta Ava podía ponérselos si quería, pero estando Santana al mando de mi guardarropa, yo tenía que aguantarme con aquellos trajes salidos de la Edad Media. A ella podían parecerle preciosos, pero yo habría preferido una toga a aquellos instrumentos de tortura. Por más que me los pusiera no iba a conseguir que me gustaran. Jamás. Y Santana lo sabía. Por eso lo hacía, estaba convencida de ello.
Mientras me preguntaba si me pondrían una mala nota por hurgar un poco en mi armario, Rachel abrió la puerta de una habitación que yo no había visto hasta entonces. Al principio no distinguí gran cosa detrás de ella, pero cuando se apartó me quedé boquiabierta y la nube de angustia que me envolvía desde que había visto mi nota se disipó por completo.
La sala estaba llena a rebosar de ropa colgada de grandes percheros, ordenada por talla y color y sabe Dios qué más. Había ropa de tantas épocas que parecía una tienda de disfraces. Había vestidos, zapatos, chales y…
Se me aflojaron las rodillas.
Sudaderas y vaqueros.
—Santana me ha dicho que no te sentías cómoda con la ropa que había elegido para ti —dijo Rachel—. Como recompensa por haber suspendido un examen con más nota que yo, creo que te mereces un vestuario nuevo.
Me quedé mirándola y luego miré a Santaba, que me lanzó una extraña sonrisa. ¿Hablaban en serio?
—¡Ay, Dios mío!
No fui yo quien lo dijo, sino una vocecilla aguda que salió de detrás de mí. Cuando me giré, vi a Ava allí parada, con la boca abierta. Britt estaba por allí cerca y parecía tan emocionada como yo.
—¿Todo esto es para ti? —balbució Ava, pasando junto a Santana para ponerse a mi lado.
—Creo que sí —dije con una sonrisa—. ¿Quieres unos cuantos?
Me miró como si me hubiera crecido otra cabeza.
—¿Que si quiero unos cuantos?
Me reí y miré a Rachel.
—¿Puede?
—Naturalmente.
Ava no necesitó oír más. Un segundo después desapareció y se puso a buscar entre los vestidos antiguos que yo no tenía intención de ponerme. En lugar de seguirla, me volví hacia Britt y Santana.
—Vosotras también podéis elegir lo que queráis —dije, mirando a Rachel—. Si te parece bien, claro.
Asintió con la cabeza. Al igual que Ava, Britt y Santana entraron apresuradamente en la sala y me dejaron con Rachel en la puerta. Ella señaló mi tobillo.
—¿Podrás cruzar la habitación sin ayuda?
—Sí, estoy perfectamente —contesté sin quitar ojo a los montones de jerséis.
Hasta de lejos parecían llamarme. Me encantaba estar con Rachel, pero seguía avergonzada por mi crisis nerviosa y no quería que pensara que era incapaz de pasar el día sin ella, a pesar de que parecía saber exactamente cómo animarme.
Había llegado cojeando a la mitad de la sala cuando me di cuenta de que iba detrás de mí. Miré hacia atrás y arrugué el ceño.
—En serio, Rachel, me encuentro bien. Ya ni siquiera me duele.
—No pienso ayudarte a caminar —dijo con una voz llena de candor que no consiguió engañarme—. Solo iba a ofrecerme a llevarte las cosas.
—Si tú lo dices… —levanté una ceja, pero aunque no quería reconocerlo, me alegré de que estuviera allí.
Esa noche, mucho después de que se marchara Rachel, estaba a punto de dormirme cuando me espabilé al oír que llamaban suavemente a mi puerta. Gruñendo, me froté los ojos, salí de la cama y me acerqué a la puerta.
Llevaba toda la tarde esperando el momento de decirle a mi madre que había superado una prueba y que aún no había defraudado a Rachel, así que a quien estuviera llamando le convenía tener una buena razón para ir a molestarme.
—¿Qué pasa? —pregunté al entornar la puerta. La luz del pasillo me deslumbró y guiñé los ojos.
Era Ava.
—¿Todavía estás despierta? —susurró, y la miré con enfado.
—No, soy sonámbula.
—Ah —me miró como si estuviera intentando decidir si decía la verdad o no—. Bueno, ya que estás levantada, vamos, quiero enseñarte una cosa.
Alargó el brazo para agarrarme de la mano, pero me resistí.
—Yo solo quiero volver a la cama.
—Pues es una lástima —me agarró de la mano tan fuerte que si hubiera intentado apartarla me habría partido los dedos, y ya tenía bastante con el tobillo dolorido—. Volveremos antes de que amanezca, te lo prometo.
No era una propuesta muy tranquilizadora, pero no iba a dejarme elección.
Por fin la seguí, resoplando para que no tuviera dudas sobre mi mal humor. Iba descalza, así que noté lo áspera que era la moqueta.
—¿Adónde vamos? —pregunté, pero Ava me mandó callar cuando doblamos la esquina.
Había guardias apostados en los pasillos que llevaban a mis habitaciones, y ya nos habían visto por lo menos tres, así que no entendí por qué de pronto le pareció necesario que avanzáramos a hurtadillas.
La molestia que notaba en el tobillo se convirtió en un dolor agudo y me costaba un montón seguirla, pero aun así no aflojó el paso. Por fin, cuando llegamos a un pasillo a oscuras, se paró y señaló una puerta a unos tres metros de allí.
Era distinta a las demás puertas de la mansión: de madera oscura, con adornos labrados que parecían formar una escena que no pude distinguir. Se veía luz al otro lado y Ava se acercó de puntillas y me hizo señas de que la siguiera.
Esa vez no hice preguntas. Avancé torpemente, apoyándome con una mano en la pared para no tropezar y advertir de nuestra presencia a quien estuviera al otro lado de la puerta.
Cuanto más nos acercábamos, más nítida se hacía la escena labrada en la puerta y enseguida me di cuenta de lo que era. En la mitad superior había un prado precioso, con minúsculas florecillas labradas en la madera y árboles a ambos lados. El artista se las había ingeniado de algún modo para que pareciera soleado, y me recordó tan vivamente a Central Park que sentí un nudo en la garganta.
Pero la escena cambiaba más abajo. Una franja de tierra separaba el prado de un río oscuro junto al cual creía un delicado jardín. Pero en vez de crecer del suelo, crecía sobre piedras aserradas. Los árboles no eran árboles; estaban hechos de una materia sólida y, aunque solo era una obra de arte, noté claramente que no estaban destinados a estar vivos. En el centro de la escena se alzaban varias columnas de piedras preciosas que formaban un arco sobre una sola flor, pequeña y débil en medio de aquel entorno.
Los bellos bajorrelieves me fascinaron, pero aun así escuché las voces que se colaban a través de la rendija de la puerta. Al principio no las distinguí con claridad, pero Ava me animó a acercarme y, haciendo acopio de valor, me asomé a la habitación.
Rachel estaba de espaldas a mí, mirando algo que yo no podía ver, con los hombros encorvados. Se volvió lo suficiente para que lo viera de perfil y algo se encogió dentro de mí cuando vi que tenía los ojos colorados.
No era ella quien hablaba, sin embargo. La otra voz era más aguda que la suya, pero aun así masculina y conocida. Hablaba en voz baja, en tono apremiante y cargado de frustración.
—No puedes retenerla aquí.
No veía a quien hablaba, pero estaba segura de que conocía aquella voz.
—Formaba parte del trato. No puedes obligarla a quedarse si no quiere.
Me acerqué un poco más. Debajo de mí chirrió una tabla del suelo y me quedé paralizada. Desde donde estaba vi que Rachel también se quedaba inmóvil y el corazón comenzó a latirme tan fuerte que pensé que podría oírlo desde donde estaba. Pero pasados unos segundos siguió hablando y yo volví a respirar.
—No quería marcharse —dijo cansinamente—. Pensaba que nuestro trato había llegado a su fin porque había suspendido el examen.
—Pero aun así la detuviste —replicó la otra voz.
Yo la conocía, estaba segura, pero hablaba tan bajo que no conseguía situarla.
—Te dijo dos veces que la dejaras en paz y no le hiciste caso.
—Pero ella no lo entendía. —Rachel miró con enfado hacia atrás, hacia el lugar donde estaba su interlocutor, detrás de la puerta.
—No importa —contestó el otro con vehemencia, y miré a Ava, que se había quedado junto al rincón—. Le impediste marchar.
—Podríamos estar discutiendo toda la noche sobre ese pequeño matiz, pero lo cierto es que no ha salido de la mansión —repuso Rachel—. No tienes derecho a pedir a los demás miembros del consejo que pongan fin al acuerdo.
—Lo tengo y lo haré —una sombra pasó por encima de mí y me encogí, retirándome de la puerta—. No voy a permitir que la obligues a quedarse como hiciste con Perséfone. No es tu prisionera, ni tú su guardián. No puedes manipularla y luego hacerte la sorprendida si te odia y quiere marcharse.
Su voz rezumaba veneno y malicia. Rachel se puso tensa al otro lado de la habitación, pero no dijo nada. Sentí el deseo abrumador de defenderla, de decirle a quien fuera que era idiota y que estaba allí porque quería ayudar a Rachel, no porque ella me estuviera obligando, pero las palabras se marchitaron en mis labios. Llevaba meses sin conseguir respuesta a mis preguntas. No podía perder la oportunidad de conseguir alguna.
—Déjala ir —dijo la otra persona en tono más suave—. Perséfone no te quería y no puedes reemplazarla por más que busques. Y aunque pudieras, Quinn no es esa persona.
—Podría serlo —la voz de Rachel sonó ahogada—. Mi hermana cree que lo es.
—Mi tía está tan cegada por su mala conciencia y su obstinación que no ve claramente cuál es la situación. Por favor, Rachel —el suelo chirrió de nuevo cuando avanzó hacia ella.
Vi su brazo. Llevaba una chaqueta negra que parecía muy fina para estar en noviembre.
—Deja que se marche antes de que ella también muera. Los dos sabemos que solamente es cuestión de tiempo. Si te importa aunque sea un poco, la dejarás marchar antes de que se convierta en una nueva víctima —hizo una pausa y yo contuve la respiración—. Ya han muerto once chicas por tu causa. No conviertas a Quinn en la duodécima solo por egoísmo.
Se oyó un estrépito de cristales rotos a unos centímetros de mí. Gemí, me tambaleé hacia atrás y de nuevo me torcí el tobillo.
Solté un grito al caer al suelo. Se abrió la puerta y, al ver quién había al otro lado, palidecí de pronto.
Era Puck.
No podía respirar.
y el de regalo
