—No fue decisión mía, ¿sabes? —Dijo él en voz baja—. Sustituir a Rachel si no apruebas. Soy el único miembro del consejo que conoce el Inframundo tan bien como ella.
—Pero aun así querías —dije.
Apartó los ojos y se quedó mirando los jardines a través de un ventanal. La luna estaba casi llena y vi las copas desnudas de los árboles agitándose al viento de noviembre.
—Duramos tanto tiempo como dura lo que representamos. Constantemente se desvanecen dioses menores, olvidados, pero los miembros del consejo no somos dioses menores. Mientras exista la humanidad siempre habrá amor y guerra. Habrá música y arte, literatura y paz, matrimonio, hijos y viajeros. Pero la humanidad no durará eternamente, y cuando desaparezca también desapareceremos nosotros. Solo quedará la muerte.
—¿Y si controlas el Inframundo conseguirás sobrevivir incluso después de que todo lo demás haya desaparecido? —pregunté, pero ya sabía la respuesta, y un nudo se formó en mi garganta—. ¿De eso se trata?
—No. Se trata de asegurarnos de que sobrevives. No quiero que mueras, Quinn. Por favor. Ninguno de nosotros quiere, y Rachel se dio por vencida hace mucho tiempo. Puede que lo esté intentando por ti, pero no porque quiera continuar. Es simplemente que no quiere que te maten, nada más.
Me quedé callada un momento.
—¿Es probable que eso ocurra?
Me miró y vi miedo en sus ojos.
—Ninguna ha sobrevivido más allá de Navidad. Por favor. Rachel no quiere que esto continúe. Siempre estará enamorada de Perséfone, no de ti. Mira a tu alrededor. Fíjate en dónde estás. Esta era su habitación.
La habitación no tenía nada de particular, excepto la fotografía que Rachel le había lanzado a Puck, pero cuanto más me fijaba en ella, más claramente la veía. Era como el cuarto de una niña que un padre no quiere tocar después de una tragedia. Sobre el tocador del rincón había horquillas anticuadas, y las cortinas estaban descorridas para dejar entrar la luz del sol. Hasta había un vestido extendido en un rincón, esperando a que alguien se lo pusiera. Parecía congelada en el tiempo, intacta desde hacía siglos, hasta que regresara Perséfone.
—Ese reflejo… —señaló la imagen de Perséfone y Rachel juntas, aparentemente tan felices—, no es real. Es un deseo, un sueño, una esperanza, no un recuerdo. Rachel la quería tanto que habría hecho pedazos el mundo si ella se lo hubiera pedido, pero ella apenas soportaba mirarla. Desde que murió Perséfone, Rachel no ha cesado de suplicar al consejo que le deje libre, que permita que se desvanezca. ¿De veras crees que puedes competir con eso?
—Esto no es una competición —contesté con aspereza, repitiendo lo que él mismo había dicho minutos antes.
Pero mientras lo decía me di cuenta de que sí lo era. Si no conseguía que Rachel me quisiera, ella no tendría motivos para continuar y nunca dejaría de compararme con Perséfone. Pero esa no era razón para dejar de luchar por ella. Se merecía la oportunidad de ser feliz, igual que yo, y no estaba dispuesta a decir adiós a otra persona que formaba parte de mi vida.
El semblante de Puck se suavizó.
—Nunca te querrá, Quinn, al menos no como mereces que te quieran. Se dio por vencida hace mucho tiempo, y lo único que estás haciendo es prolongar su dolor. Lo más generoso sería dejarlo en paz.
Me acerqué a él, dividida entre la ira y una necesidad urgente de tocarlo, de cerciorarme de que mi Puck seguía allí, bajo la apariencia de aquel dios astuto en el que se había convertido de pronto. Un dios dispuesto a decir todo lo que creyera necesario para convencerme de que me marchara. Para robarle la eternidad a Rachel y ocupar su lugar.
—¿Y crees que yo también debo hacerlo? —pregunté cuando estuve a menos de medio metro de él—. ¿Crees que debería darme por vencida y abandonar a Rachel como la abandonó Perséfone?
—Perséfone tenía sus motivos —contestó—. Rachel la arrancó de todo lo que amaba y la obligó a permanecer con ella contra su voluntad. Tú habrías hecho lo mismo.
Me quedé callada. La diferencia entre Perséfone y yo era que a ella aún le quedaba algo que perder. Puck alargó el brazo tímidamente y dejé que me abrazara, escondiendo la cara en mi pelo. Lo oí respirar hondo y me pregunté si olía la lavanda de mi champú, o si sentía mi miedo, mi mala conciencia y mi determinación. Después de un momento de tensión, yo también lo abracé.
—Por favor, no te hagas esto a ti misma, Quinn —murmuró a mi oído.
Cerré los ojos y fingí por un momento que era de nuevo solo Puck, no el rival de Rachel, no el dios empeñado en beneficiarse de mi fracaso, sino mi Puck.
—¿Puedes hacerme un favor? —dije apoyada en su pecho.
—Claro que sí —contestó—. Lo que quieras.
Me aparté de él.
—Mantente alejado de mí y no vuelvas hasta la primavera.
Abrió mucho los ojos.
—Quinn…
—Lo digo en serio —me tembló la voz, pero me mantuve firme—. Fuera de aquí.
Retrocedió, perplejo, y se metió las manos en los bolsillos. Por un instante pareció que iba a decir algo; luego, sin embargo, dio media vuelta y salió, dejándome sola en la habitación de Perséfone.
Había pasado cuatro años negándome a permitir que mi madre se diera por vencida, y no estaba dispuesta a que Rachel tirara la toalla. Si no quería seguir por sí misma, encontraría el modo de que siguiera por mí.
Horas más tarde, mucho después de que la luna ascendiera tanto en el cielo que ya no la veía desde mi ventana, miraba fijamente el techo tumbada en la cama. Quería dormir y contarle a mi madre todo lo que había descubierto, preguntarle qué podía hacer para convencer a Rachel de que lo intentara, pero sabía que no podía decirme nada que no supiera ya. No era ella quien debía solucionar aquello. Era yo quien había hecho aquel trato, y no pensaba rendirme tan fácilmente.
