Al alba oí que tocaban suavemente a mi puerta y escondí la cara en la almohada. Al salir de la habitación de Perséfone, Ava ya se había ido, y ahora no me apetecía contarle lo ocurrido. Necesitaba un día o dos para ordenar mis ideas antes de que se enterara toda la mansión, si no lo sabían ya.

Aunque no contesté, oí que la puerta se abría y se cerraba y sentí pasos sobre la alfombra. Me quedé tan quieta como pude, con la esperanza de que quien fuera se marchase.

¿Quinn?

No hizo falta que me volviera para reconocer a Rachel. Sentí una especie de tamborileo dentro de mí y una oleada de calor embargó mi cuerpo tenso, pero aun así no la miré.

Se movía con tanto sigilo que no supe si estaba cerca hasta que sentí hundirse el colchón. Pasó un rato sin que dijera nada.

Lo siento —su voz sonó inexpresiva—. No deberías haber presenciado esa escena.

Me alegro de haberlo hecho.

¿Y eso por qué?

Me negué a contestar. ¿Cómo iba a decirle que no quería que se rindiera? Lo estaba arriesgando todo por ella, y lo hacía de buena gana, pero no quería que fuera por nada. No podía obligarla a luchar, pero encontraría una razón para que no se desvaneciera.

Le oí suspirar. Aquel silencio solo estaba empeorando las cosas, así que por fin dije sin levantar la cabeza de la almohada:

¿Por qué no me habías contado lo de Puck?

Porque me imaginaba que reaccionarías así y quería evitarte ese dolor mientras fuera posible.

No me duele saber que es él —contesté. Lo que me duele es que aquí nadie confíe en mí.

Sentí su mano sobre mi brazo, pero solo fue un instante.

Entonces me esforzaré por contarte más cosas. Te pido disculpas.

No supe si era sincero o no.

Si apruebo cambiarán las cosas, ¿verdad? No seguirás manteniéndome al margen de todo, ¿verdad? Porque si no respondes con un sí rotundo, no creo que pueda seguir adelante.

Acarició mi mejilla con el dorso de la mano, pero de nuevo su contacto duró solo un instante.

Sí, rotundamente —dijo—. No es que no confíe en ti. Es solamente que hay cosas que todavía no puedes saber. Puede que sea frustrante, pero te doy mi palabra de que es por tu bien.

Por mi bien. Por lo visto, aquella era su excusa preferida cuando hacían algo que no me gustaba.

Y Perséfone… —añadí, y me alegré de no estar de cara a ella para no ver la melancolía de su mirada—. Yo no soy ella, Rachel. No puedo serlo, y no puedo pasarme toda la eternidad intentando estar a la altura de su recuerdo. Ahora mismo no soy nada para ti, eso lo sé…

Te equivocas —contestó con sorprendente vehemencia—. No pienses eso.

Déjame acabar —abracé más fuerte mi almohada—. Entiendo que no soy ella y que nunca lo seré. Y de todos modos no quiero ser ella, sabiendo el daño que te ha hecho. Pero si esto sale bien, si paso las pruebas, necesito saber que cuando me mires me estarás viendo a mí, y no solo a su sustituta. Que me espera algo más que estar siempre a la sombra de su recuerdo mientras tú dejas que tu vida se consuma. Porque si Puck tiene razón y puedo marcharme cuando quiera, y si estás haciendo esto a sabiendas de que vas a ser infeliz pasando la mitad de tu vida conmigo haga yo lo que haga, prefiero que me lo digas ahora y que nos ahorremos las dos ese mal trago.

Pasaron unos segundos sin que dijera nada. Era injusto que estuviera dispuesta a renunciar a su eternidad cuando había otras personas, entre ellas mi madre, que ansiaban vivir y no podían. Mientras miraba resueltamente por la ventana empecé a sentir ira y me dieron ganas de gritarle antes de que tuviera oportunidad de responder, pero no pude hacerlo.

Te he traído un regalo.

Volví la cabeza hacia ella unos centímetros, sin poder evitarlo.

Eso no es una respuesta.

Sí que lo es —dijo, y noté una sonrisa en su voz—. No te habría traído algo así si no quisiera que te quedaras.

Arrugué el ceño.

¿Qué clase de regalo es?

Lo verás si te das la vuelta.

Antes de que pudiera hacerlo, sentí que algo rozaba mi hombro. Algo frío, húmedo y lleno de vida.

Me giré bruscamente, me incorporé y me quedé mirando la bola de pelo blanca y negra sentada a mi lado en la cama. Me miraba con ojos líquidos, meneando el rabo. Se me derritió el corazón y me olvidé al instante de mi ira y mi frustración.

Si no creyera de veras que puedes cambiar las cosas, no habría puesto en peligro tu vida desde el principio —añadió Rachel—. Lamento que creas que no eres nada para mí, Quinn, porque te equivocas por completo. Y no espero que seas Perséfone —dijo con aquel mismo deje de melancolía—. Tú eres tú y en cuanto pueda te lo contaré todo. Te doy mi palabra.

Miré al perrito. Me daba miedo decir algo y que cambiara de idea. ¿Era como Puck, estaba diciendo únicamente lo que creía que yo quería oír? ¿O hablaba en serio?

Hoy has perdido a un amigo por mi culpa y no quiero que te sientas sola —dijo mientras acariciaba al cachorro, cuya cola golpeaba el colchón—. Tengo entendido que uno no comparte una mascota con otra persona si no confía… —titubeó—. Si no espera pasar mucho tiempo con esa persona.

Confiar, esperar… ¿Qué quería decir en realidad?

Quise decirle dónde podía meterse Puck nuestra presunta amistad, pero tardé un momento en recuperar el habla. De pequeña no había parado de incordiar a mi madre pidiéndole un perrito, pero ella siempre se negaba. Y después, cuando enfermó, renuncié a aquella idea porque no podía ocuparme de ella y de un perro al mismo tiempo.

¿Cómo lo había sabido Rachel? ¿O solo lo había adivinado?

¿Es chico o chica?

Chico —esbozó una sonrisa—. No quiero que Cerbero se altere demasiado.

Vacilé.

¿Es mío?

Todo tuyo. Hasta puedes llevártelo en primavera si quieres.

Tomé al perrito en brazos y lo acuné contra mi pecho. Se encaramó sobre mi brazo y me lamió a duras penas la barbilla.

Gracias —dije suavemente—. Eres muy amable.

Para mí es un placer —dijo, levantándose—. Ahora os dejo para que vayáis conociéndoos. Es bastante cariñoso, te lo aseguro, y tiene mucha energía. Todavía está aprendiendo buenos modales, pero aprende deprisa.

El perrillo dio un saltito hacia arriba y consiguió alcanzar mi mejilla. Sonreí y cuando Rachel puso la mano sobre la puerta dije:

Rach…

¿Sí?

Apreté los labios mientras intentaba encontrar las palabras justas para hacerle desear seguir allí. Para que quisiera intentarlo, no solamente por mí. Pero no se me ocurrió nada y, pasado un momento que se alargó demasiado, añadí con una vocecilla:

Por favor, no te rindas.

Cuando por fin contestó su voz sonó tan baja que apenas pude oírle:

Lo intentaré.

Por favor —repetí con urgencia—. Después de todo lo que ha pasado… no puedes rendirte. Sé que la echas de menos, pero…

Se hizo de nuevo el silencio.

¿Pero qué?

Por favor… dame una oportunidad.

Desvió la mirada y vi en la penumbra que bajaba los hombros como si intentara encogerse todo lo posible.

Claro —dijo al abrir la puerta—. Que duermas bien.

Froté la nariz contra la cabeza de mi perrito. No quería que Rachel se marchara. Quería que jugáramos a las cartas, que habláramos o leyéramos… Cualquier cosa que no le recordara a Perséfone. Después de la noche que había tenido, se merecía al menos eso. Nos lo merecíamos los dos.

Quédate —balbucí—. Por favor.

Pero cuando levanté la mirada ya se había ido.