Volvió al CBI, aunque le costó Dios y ayuda concentrarse en el trabajo o en cualquier otra cosa que no fuera Jane y su actual estado. Quería volver cuanto antes al hospital y saber si Jane estaba bien, si mejoraba, si podía ayudarle. Hacer algo para ayudarle. Aunque fuera una locura y una estupidez porque desgraciadamente no podía
El caso se estaba alargando pero se hacía tarde y ella tenía que volver al hospital, así que mandó a los chicos a casa. De todas formas no había nada que pudieran hacer hasta por la mañana. Recogió sus cosas y pasó por casa a cambiarse de ropa. Necesitaba unos pantalones más cómodos y sus botas planas para quedarse en el incómodo sillón de la habitación de un hospital. Suspirando cerró la puerta y se encaminó al coche.
Debería haber tomado café. Estaba realmente más cansada de lo que creía. Por suerte llegó a su destino sin ningún percance. Era tarde y la oscuridad de la noche había caído sobre el hospital únicamente iluminado por los fluorescentes del techo en los pasillos dándole un aspecto lúgubre y fantasmagórico. Las habitaciones estaban a oscuras casi todas. Cuando llegó al puesto de enfermeras de la planta de Jane una agradable señora de pelo corto y cara redonda le sonrió. Como el doctor le había aconsejado mostró su placa a la enfermera de guardia esperando que le confiriera cierta autoridad. Por experiencia sabía lo mandonas que podían ser, tanto con los enfermos como con los familiares. A veces eran peor que los propios médicos. Tenían un aura maternal que se extendía más allá de la simple imagen que proyectaban; tenían la autoridad de una madre.
- Soy Teresa Lisbon. El doctor Morrison me ha autorizado para quedarme.
- Oh, por supuesto. La chica de la policía – salió de detrás del escritorio – Venga conmigo.
Caminaron juntas a través del pasillo.
- El sillón es reclinable. No es una cama pero estará cómoda. Le hemos dejado una manta y una almohada encima. Si necesita algo no tiene más que apretar el botón. Estaré ahí mismo. Y si necesita una taza de café decente dígamelo y la llevaré a la sala de enfermeras.
- Es muy amable – le sonrió y vio cómo se alejaba de nuevo a su puesto.
Jane ya estaba dormido. Las persianas no estaban echadas y la luz de fuera jugaba con su rostro creando sombras y aportándole una tonalidad blanquecina. Parecía muy relajado. Cuando se acercó al sillón situado entre la ventana y la cama tratando de hacer el menor ruido posible vio que efectivamente una manta no muy gruesa y una mullida almohada la esperaban reposando sobre uno de los brazos. Desenganchó la funda de la pistola de la cintura del pantalón y la colocó cuidadosamente sobre el ancho alféizar de la ventana, aquel que la gente utilizaba para colocar tarjetas de "mejórate pronto" o centros de flores de colores y peluches para los pacientes y de los cuales, por supuesto, Jane no había recibido ninguno. Con un suspiro dejó también el móvil y las llaves del coche mientras se hacía una nota mental. Era una soberana estupidez pero por la mañana llevaría flores para Jane. Aunque supiera que eran suyas, le animarían. Tal vez comprara un ridículo peluche del que él se espantaría pero que secretamente le reconfortaría durante su estancia allí. Colocó su bolso colgando del sillón para luego sentarse en él y arrellanarse intentando encontrar una posición cómoda. Tras unos minutos lo logró y pretendía también dormir. No tenía sentido permanecer despierta estando él en el quinto sueño, pero estaría a un palmo de distancia de él por si le hacía falta algo. Estuvo unos minutos contemplándole y pensando en qué pasaría con él, sin poder conciliar el sueño y creyendo ya que pasaría la noche en vela.
Ni siquiera se había dado cuenta de en qué momento había caído dormida cuando un sobresalto la hizo despertar de golpe quedando sentada otra vez en su asiento. Instintivamente giró la cabeza hacia su colega.
Jane estaba tenso, revolviéndose en la cama mientras murmuraba y gemía en sueños. Parecía desesperado. Sus manos asían con tanta fuerza las sábanas que tenía los nudillos blancos. Tenía el pelo revuelto de la lucha consigo mismo y la frente totalmente perlada de sudor.
"Sangre" fue lo único que entendió Lisbon de todas las palabras sueltas y sin sentido que salían de su boca. Por su reloj eran las tres y diez de la mañana. Llevaba como unas cuatro horas durmiendo. ¿Cuánto tiempo llevaría Jane así?
Cerraba los ojos con fuerza. Le tocó el brazo y lo zarandeó suavemente para despertarlo. Debía de estar teniendo una pesadilla muy angustiosa.
- Jane, despierta…- Lisbon tenía su mano presionando el hombro de Jane pero les estaba costando conseguir que despertara. Lo sacudió un poco más fuerte y habló un poco más alto. - ¿Jane? Tranquilo, estás…
De pronto, sobresaltado, Jane abrió los ojos con tal desesperación que el aliento de Lisbon se congeló. Le agarró la muñeca con tanta fuerza que le cortaba la circulación.
- Jane – estaba confundido y parecía fuera de sí. Sus ojos parecían no mirar a ningún sitio aunque se movían frenéticamente en todas direcciones. Necesitó su otra mano para posarla en su mejilla y hacer que se centrara en ella- Patrick…
Resultaba raro y muy difícil ser tierna con él. Estaba acostumbrada a tratarle a empujones todo el rato debido a sus continuas travesuras pero estaba tan distinto ahora. Tan vulnerable, tan fuera de sí mismo… Como si no fuera él. Era un animalito al que habían sacado de su hábitat y metido en un lugar desconocido, oscuro y frío.
- Patrick, eh, tranquilo ¿vale? – escudriñó sus ojos y él pareció relajarse porque le soltó la mano sin dejar de mirarla, aunque seguía respirando con dificultad. - ¿has tenido una pesadilla?
- No lo sé. Había sangre – esta vez fueron los ojos de Lisbon los que se abrieron de la impresión – Muchísima sangre, y cuerpos. Había una habitación entera cubierta de sangre…estaba oscuro pero la sangre relucía mucho. No paraba de brotar, era oscura y pegajosa y estaba por mis manos también…y….
Se miró las manos. Su respiración comenzó a agitarse de nuevo mientras hablaba a gran velocidad y fruncía el ceño como si tratara de comprender algo.
- La sangre…estaba por todas partes, no podía moverme, ni respirar. Era tan real. Toda esa sangre…
- Hey, Jane, tranquilo – dijo sosteniéndolo aún por el hombro y en la mejilla. Hablaba bajo para que no se estresara demasiado. Pero los recuerdos de su sueño estaban volviendo con renovada fuerza.
- No. Sí que pasa. Ha sido horrible. Quiero irme. ¡Que me dejen salir de aquí!
Jane comenzó a forcejear con ella. ¿Pero qué demonios pasaba con él? Estaba fuera de control.
- Shh. Está bien. No pasa nada – él no lo tenía tan claro - Jane, tienes que tranquilizarte. Te vas a hacer daño.
- No quiero estar aquí más tiempo. Necesito tomar aire. Quiero salir. – como si de un niño pequeño se tratara se despojó de la vía.
- Maldito seas, Patrick Jane. Siempre comportándote igual – masculló mientras trataba de mantenerlo quieto.
Llamó a la enfermera apretando el botón junto a la cama. Ésta llegó en menos de un minuto.
- ¿Pero qué ha pasado?
- Ha tenido una pesadilla. Está muy alterado y dice que quiere irse.
- Señor Jane, deje de comportarse como un crío. No puede salir de aquí. – Sonaba como toda una autoridad pero aun con su mirada de madre enfadada. Él siguió gimiendo e intentando zafarse de su agarre – Sostenlo fuerte, querida. Será mejor que le ponga un calmante.
- No…no quiero un calmante. Lo que necesito es un poco de aire, por favor…Quiero salir de aquí.
La miraba suplicante, desesperado y ella lamentaba no poder ayudarlo.
Sacó una jeringuilla de su uniforme y se la inyectó en el brazo. Iba bien preparada. Al instante Jane se relajó en sus brazos y comenzó a desistir. La enfermera volvió a colocarle la vía.
- Es un calmante muy flojo. Sólo para que esté relajado e intente dormir. Tranquila.
Ella asintió. Temía que todo aquel ataque de pánico fuera por un mal recuerdo que le perseguía en sueños y aun sin memoria estuviera haciéndole pagar. La sombra del pasado nunca abandona. Y Jane, sin saber si quiera que era Jane, lo estaba pagando.
Le miró con lástima mientras su cuerpo se iba relajando aún con los ojos clavados en ella. Lisbon movió una de sus manos hasta su mejilla derecha de modo que pudiera agarrarla, muy suavemente, hasta que su cuerpo dejara de agitarse. Su otra mano estaba todavía en su hombro presionándolo ligeramente contra la cama. No le extrañaba que una pesadilla pudiera causar tal reacción en él. Sin memoria, y sin rumbo alguno, era horrible tener una de esas pesadillas tan vívidas, que más que sueños son recuerdos que hacen de las suyas mientras la gente duerme. Ella misma no dejaba de sufrir esas horribles pesadillas cuando era pequeña, tras la muerte de su madre. Y temía que la mente de Jane estuviera recreando la noche en que encontró a su familia, hasta hacerlo enloquecer.
- Shh, quédate tranquilo. Todo está bien. – sus dedos apretaban su torneado hombro masculino con la fuerza suficiente para que sintiera su contacto; su mano se posaba en su cara obligándole a mirarla mientras le susurraba palabras que esperaba le reconfortaran – Sólo era un mal sueño. Estás bien, Patrick. Duerme.
- Vale, pero quédate conmigo. – Al instante notó como la mano de Jane se aferraba a su antebrazo. No demasiado fuerte. Lo suficiente para que no se apartara mientras sus ojos, hasta el momento aterrados, se suavizaban poco a poco, vulnerables aún, pero dejando ver lo que sentía. Su miedo. – No me dejes.
Ella sonrió. En realidad con amargura, pero intentó que él no lo notara. Era extraño que Jane tuviera que estar así para que confiara en ella, para que cayera su barrera y poder ver en él. Su mirada suplicante la apenaba sin igual. No creía que aquel hombre mereciera eso. ¿No había tenido ya suficiente en la vida? Suficiente sufrimiento, suficiente dolor… ¿No había pagado ya por sus errores del pasado? Era como una de aquellas leyendas griegas donde los dioses, por razones que a veces no se puede llegar a comprender, juegan con las personas encomendándoles misiones imposibles, pruebas dolorosas y crueles, poniendo la misma piedra una y otra vez en su camino. Maldiciéndoles a una vida de sufrimiento para toda la eternidad. Y la eternidad era demasiado tiempo.
- Claro que no. No me voy a ningún lado – dijo con voz suave, trazando círculos con su pulgar en la áspera piel de su mejilla donde una capa de vello empezaba a salir a la superficie – Estoy aquí.
Patrick Jane no entendía cómo la sola presencia de aquella mujer podía calmarlo tanto. Estaba tremendamente avergonzado por su comportamiento. Casi hasta le había hecho daño al agarrar sus muñecas. Había perdido el control. Pero es que el sueño había sido horrible. La sangre en sus manos, una habitación con gente muriendo desangrada…Y ni siquiera sabía por qué le pasaba eso. ¿Cómo podía soñar con sangre y muerte cuando ni siquiera recordaba su nombre a no ser que alguien se lo dijera? Aquella sensación era espeluznante. No saber nada. Estar perdido en la más absoluta…nada. Pero ella le reconfortaba, le tranquilizaba. Su pequeña mano, su diminuta y suave mano se apoyaba en su cara dándole una cálida sensación de calma. Sus grandes ojos verdes estaban llenos de preocupación. Podía notarlo aunque no la conociera.
Y aun cuando no tenía ni idea de quién era esa mujer de intensos ojos verdes sabía que podía contar con ella incondicionalmente. Le reconfortaba de tal manera que casi pasaba por alto la abrumadora sensación de estar en medio de la oscuridad camino a ninguna parte.
Parecía tan vulnerable e impresionado. Lisbon no podía apartar la mirada de esos ojos de cachorro aterrado que al contrario que otras veces era la más pura sinceridad. No había juegos, ni trucos. Estaba realmente asustado y perdido. Ella continuó acariciándole un poco más, mirando su cara mientras sus facciones se relajaban y volvían a la normalidad.
Cuando la enfermera se fue y ella volvió al sillón, pasó gran parte de la noche mirando a Jane. Asegurándose de que estaba bien. Él ya se había dormido cuando ella lo hizo, mucho rato después.
