Buenas noches! Quinto capítulo de Memoria perdida. Espero que lo disfruten mucho. Gracias por sus comentarios que, como siempre, me animan a seguir escribiendo. Más reviews, please!

Saludos!


Habían pasado algunas semanas desde que había salido del hospital y su memoria no había mostrado el mínimo atisbo de mejora pero se estaba tomando las cosas con más calma. Parecía haberse relajado desde que no trataba de recuperar sus recuerdos a la fuerza e incluso las pesadillas habían remitido.

Contrariamente a lo que pensara semanas atrás, no era tan malo no tener memoria. Podía acostumbrarse. No tenía familia. Nadie que lo necesitase o esperase. ¿Por qué no empezar de nuevo? Sin duda podría hacerlo. Había aprendido muchas cosas durante las últimas semanas. Incluso había servido de ayuda en algunos de los casos. Era como si las facultades que todos decían que poseía siguieran allí en algún lugar en su interior, en su mente, pese al golpe. En ocasiones, veía una foto de un escenario de crimen u observaba un interrogatorio y de pronto le venía una idea que se había estado formando en su mente, al observar la situación, sin ser realmente consciente de que estaba dando con algo realmente importante para la investigación. A veces era un gesto en la persona, un tic nervioso, gestos forzados o apresurados, un ligero, casi imperceptible, temblor en la voz; otras, algo que echaba en falta o que estaba de más en una imagen. Así que ahora al menos le dejaban observar y hacer comentarios sobre las cosas que veía. La vida era buena. Fuera lo que fuera lo que hacía antes, ahora tenía una nueva oportunidad.

No es que ya no importara su falta de memoria. Sabía que había espacios en blanco es su historia, lagunas que quería, necesitaba, desesperadamente llenar pero con las que nadie parecía poder ayudar. Sabía que su vida estaba incompleta y esto a veces era una píldora amarga de tragar. Era consciente de que las personas que en algún momento lo habían conocido lo miraban inseguras. Algunas preguntándose si realmente estaba falto de recuerdos; otras parecían mirarlo temerosas de hablar demasiado, quizás de meter la pata, como si supieran algo que él no recordaba…Al menos los chicos del equipo lo habían integrado de tal forma que su falta de memoria no parecía interferir en su amistad. De vez en cuando salía con Rigsby y Cho a tomar unas copas entre caso y caso.

El tiempo iba pasando y la relación con la mujer que ahora era su punto de enlace con el mundo se iba fortaleciendo día tras día. Su rutina era perfecta. Él trabajaba sólo unas pocas horas y el resto del día lo dedicaba a pasear (siempre cerca de los lugares que ya le eran familiares) y a estar en casa. De esta forma cuando Teresa, que trabajaba más horas de las que debería, llegaba a su apartamento él tenía todo organizado e incluso la cena hecha. Sabía que la agente agradecía estos gestos igual que él agradecía no tener que pasar los días solo o tener que vivir por su cuenta. Tenía la sensación, tal vez porque no tenía familia, de que su vida había sido muy solitaria. La compañía que se ofrecían el uno al otro les venía muy bien a ambos. Él solía sentarse en el viejo sillón del rincón a leer libros a la luz de una lámpara mientras Teresa veía la televisión antes de irse a dormir o repasaba informes. A veces se sentaban a ver películas en el mismo sofá , como los dos viejos amigos que eran, hasta caer dormidos. Entonces alguno de los dos despertaba, le daba un ligero codazo al otro y se iban a la cama.

Era pronto aún pero a medida que pasaba el tiempo pensaba en el día en que tuviera que dejar a su compañera, porque estaba claro que en algún momento tenía que dejar aquel apartamento para seguir con su vida de forma independiente y dejar también que ella siguiera con la suya. No podía estar pegado a ella para siempre, ni quitarle parte de su vida privada y de su tiempo.

Últimamente, Patrick había notado a Teresa taciturna, callada, con la mente en otros menesteres. No había querido preguntarle nada, pues era consciente de que su manera de actuar era la de una persona que no quería informar a los demás de lo que pasaba por su cabeza. Necesitaba tiempo para sí misma, una intimidad que le faltaba desde que él había acampado en su casa. Así que decidió que si ella quería hablar, lo haría. No iba a presionarla. Estaba aprendiendo lo tremendamente independiente que era Teresa Lisbon. La mujer menuda, de figura casi infantil, a veces inspiradora de ternura, otras, poseedora de la delicadeza de una apisonadora, era fuerte como un roble, tenía determinación, mano dura, había aprendido por las malas a ser dinámica y valiente en una profesión regida por la mano masculina. No soportaba que nadie se percatara de su vulnerabilidad y ponía una sonrisa en su cara en cada paso del camino. Una semana atrás había tenido una pelea en un bar cuando criminal intentaba huir. El muy canalla la había golpeado en la cara tomándola por sorpresa antes de que le diera tiempo de sacar su pistola. Le había roto el labio. Al parecer, tras esto, ella no perdió el tiempo. Le asestó una patada que le hizo perder el equilibrio, lo tomó de la chaqueta, le devolvió el puñetazo, le estampó contra la pared mientras le leía sus derechos y le puso las esposas. Cuando la agente apareció en la unidad de delitos, dejando al tipo bajo la custodia de Ron, lucía una herida en la comisura de la boca y un arañazo en la mejilla. Al verla, instintivamente corrió hacia ella preguntando qué diablos había pasado, su corazón había empezado a latir a mil por hora como si intentara salir de su caja torácica. La tomó por la barbilla, a lo que la agente respondió con un gemido, intentando contabilizar los daños; pero ella no tardó en desprenderse de su mano con una sonrisa restándole importancia, diciendo que no era la primera vez y que había sufrido heridas peores en el ejercicio del deber. Él no estaba acostumbrado a ver a una mujer en esas condiciones. Para ella era algo que iba atado a su trabajo, un añadido del que no podía librarse, como las lesiones en los deportistas. Estaba demasiado acostumbrada.

OoOoO

Lisbon salió a la terraza. Una hermosa noche estrellada se cernía ante ella y la brisa acompañaba sus pensamientos con su dulce vaivén. Jane estaba en la planta de arriba. A ella le gustaba pensar, en silencio y soledad, cosa que no podía hacer con él pululando por ahí. Estaba acostumbrada a dejar todo pensamiento personal para cuando terminaba la jornada laboral cuando se encontraba por fin a solas en su casa. Se sentaba en silencio a meditar en sus horas muertas.

Con Jane alrededor, no tenía tiempo de nada. No había tenido tiempo de pararse a pensar en nada. La mayor parte del día estaba tan ocupada con él, cuidándolo, vigilándolo asegurándose de que estaba bien que ya no tenía tiempo ni ganas de cuestionarse nada. Cuando llegaba la hora de dormir estaba tan cansada que caía rendida enseguida. Últimamente pasaba todo su tiempo con él. Salían, comían, jugaban... Tenía que decir que era algo agradable, tener a Jane como "compañero de piso". Siempre había alguien cuando llegaba a su apartamento, alguien con quien comer y charlar y que no dejaba de preguntarle cómo le había ido el día ni una sola vez. Y ella estaba ansiosa por llegar a casa porque sabía que él estaba allí esperando. Era agradable. Alguien que, en cierto modo, cuidaba de ella. El nuevo Jane, al igual que el anterior, era muy detallista en el día a día. Tazas de café junto a un bollo en su mesa de la Brigada para asegurarse de que se alimentara de otra cosa que no fuera sólo café, la cena hecha por las noches, películas…La diferencia con Jane era que el de ahora no ponía distancia cada vez que veía que la relación se estrechaba o que estaban pasando más tiempo juntos fuera de horas de trabajo.

Ahora, sola, apoyada en el quicio de la puerta, mientras él se daba una ducha, ella se veía asediada por la nostalgia, los recuerdos, el pasado. Compañeros de viaje que en fechas como esa aparecían más renovados que nunca. Suspiró ruidosamente. Por eso no oyó llegar a Jane. Estaba detrás de ella, llamándola, pero seguía tan absorta que tuvo que poner una mano en su brazo para llamar su atención. Ella sacudió la cabeza para despejar sus ideas antes de girarse hacia él, con una sonrisa fingida.

- ¿Estás bien?

- Sí.

- ¿Qué te pasa?

- Nada.

- ¡Oh, vamos! No tengo memoria pero aún puedo ver perfectamente.

- No es nada. Vamos. Que no quiero que se eche a perder esa comida. Tiene buena pinta.

Aun cuando intentaba fingir y se dirigía hacia la cocina con paso resuelto, Jane no se lo tragaba.

Tras varios minutos de ver cómo Lisbon pinchaba la comida con el tenedor sin probar bocado decidió hablar.

- ¿Teresa? ¿Hay algo que quieras decirme?

- Sí, claro. Está muy rico, Jane - dijo mirándole por un instante - Eres un gran cocinero.

- Ni quiera lo has probado.

- Pues claro que lo he...- al mirar en su plato se dio cuenta de que estaba casi sin tocar, excepto por los pinchazos del tenedor. Ni siquiera se había dado cuenta de que no comía. Entonces le miró - Perdona, estoy algo despistada.

- He visto gente despistada. Tu compañero Rigsby cuando mira a Grace, pero tú... estás en otro lugar. ¿Seguro que estás bien?

- Sí, sí. No es nada... - evitaba su mirada por miedo a que la mirara a los ojos y descubriera la verdad de lo que tanto la afectaba - ¿Te importaría disculparme un momento?

Sin siquiera mirarlo de nuevo y dejándolo totalmente pasmado, y preocupado, Lisbon salió de la cocina, voló escaleras arriba y se metió en su cuarto de baño. Una vez allí, en soledad, con la seguridad de que Jane no entraría y la esperanza de que no se atreviera a ir tras ella, se apoyó contra la puerta y se deslizó hasta quedar sentada en el suelo.

Cada año ocurría lo mismo. Los mismos sentimientos, los mismos pensamientos, los mismos recuerdos…Cada año recordaba a su madre; la tristeza, la conmoción, la frustración, la ira la golpeaban como si el suceso de su muerte hubiera ocurrido apenas unos días antes, con la misma fuerza, todo a la vez. Como le había explicado a Jane una vez, el tiempo mitigaba la rabia y el dolor hasta que lograba quedarse sólo con lo bueno, con los momentos felices, con los pequeños instantes que le hacían tener esperanza y ver que no todo era malo. Sin embargo, en días como ése, se preguntaba por qué… Veía los recuerdos felices como una sucesión de momentos que ya no se volverían a repetir, añoraba su infancia antes de aquel suceso, sus padres pletóricos, su familia feliz…

Calculó que debía haber pasado al menos 20 minutos en el baño. Se limpió la cara y se refrescó antes de volver abajo.

Encontró a Jane sentado en el balcón. En su sillón. Se adentró poco a poco, aspirando el suave aire nocturno y se sentó a su lado. Sí, tenía un sillón en la terraza en el que cabían dos personas. Le gustaba poder acomodarse en él a sus anchas. Al sentarse los dos, estaban tan juntos que casi tenía que apoyarse sobre Jane, pero a él no le importó. Le hizo un sitio y la acurrucó a su lado. Ambos miraron al horizonte.

- No me extraña que te guste este sitio. Se ve la ciudad, hasta se ven estrellas.

- Sí, es genial tener esto. En las noches de verano me gusta salir con una copa y pasarme ratos aquí.

Era verdad. Le gustaba. Por eso había puesto ese sillón tan cómodo y había colocado una pequeña mesa a su lado. Un libro y una copa descansaban allí de vez en cuando. Era una suerte que la terraza fuera lo suficientemente íntima, alejándola así de miradas curiosas. Podía tumbarse sin temor a que nadie la viera.

- Oye, Patrick...Lo de antes...

- ¿Estás bien?

- Sí.

- ¿Vas a contarme lo que pasa?

- Jane. Está bien. No es nada.

- Estás triste.

- Un poco, pero no me gusta que la gente me vea débil y desde luego no necesito a nadie metiéndose en mi cabeza. Son sólo cosas que quiero olvidar, recuerdos...dolorosos.

- Intentas tan fervientemente que la gente no vea lo que hay dentro de ti, Teresa...

- Tú haces lo mismo todo el tiempo.

- No sé lo que Patrick Jane suele hacer, pero hoy, ahora mismo, si yo tuviera recuerdos no los soltaría. No tengo nada.

Ella lo miró, sintiéndose al instante culpable. Ella tenía recuerdos, recuerdos que la atormentaban porque le recordaban lo que había perdido; pero al fin y al cabo pertenecían a momentos felices, momentos que añoraba, que atesoraba en el fondo de su mente y que permanecerían allí para siempre sujetándola en los peores tiempos… Él, por otro lado, no tenía recuerdos, no tenía nada… Incluso si su memoria volviera repentina y milagrosamente no serían buenos recuerdos. A diferencia de ella, él no había podido dar conclusión a la triste historia de su vida. Ella al menos sabía lo que había pasado: un conductor borracho, que con el tiempo había recibido su merecido. Patrick Jane no sabía quien había matado a su familia, no había conseguido justicia. Lo único que tenía era el apodo de un criminal al que intentaba seguir los pasos, sin éxito alguno, alguien que determinaba su vida entera, que no le dejaba continuar ni ser feliz.

- Patrick...

- Tranquila, lo sé. No quería que te sintieras mal- Jane la atrajo más hacia sí, apretándola ligeramente contra su pecho.

- Hoy hace 23 años que murieron mis padres – confesó al final, no sabía si guiada por el reconfortante roce de sus manos.

Él la miró con el ceño fruncido como si no entendiera que no lo hubiera dicho antes.

- No digas nada. Ya pasó y no quiero pensar en ello. Ha pasado mucho tiempo pero aún así, cada año por estas fechas todo vuelve y cosas que creí que había olvidado resurgen y... bueno, ya ves. Últimamente no paro de acordarme de algo - sonrió con nostalgia; Jane no dijo nada. Sabía que ella hablaría cuando estuviera lista, y era lo que estaba haciendo. No quería obligarla. Se limitó a rodearla con su brazo. - mis hermanos eran medio salvajes, así que mis padres no tenían ni un minuto para ellos; de modo que, cuando sus días libres coincidían metían a mis hermanos en su habitación con una cinta de video y ellos tenían un rato para estar solos. Recuerdo que decían "Bien, tenemos una hora" - Sonrió- Se ponían una copa, se descalzaban, ponían música de fondo y bailaban abrazados. A veces yo me sentaba en las escaleras, en lo alto, y los miraba. Era bonito. De hecho, es lo más bonito que he visto nunca. Se querían tanto.

Lisbon se sentía arropada por Jane. Quizás por eso estaba desplegando ante él sus recuerdos. Por eso necesitaba que se largara cuanto antes. Si seguían así terminaría abriéndose a él y contándole sus miedos y sus sueños. Se estaba haciendo débil. No podía permitirlo. Y aun así se sentía tan cómoda con él que sólo podía continuar hablando.

Él le dio un beso en lo alto de la cabeza como si comprendiera su dolor e intentara mitigarlo de alguna forma. Luego, le pasó una manta por encima.

- ¿Alguna vez hablas de esto con alguien, conmigo?

- No. Tú lo sabes, claro. Todos lo saben, en realidad. Cualquiera puede abrir mi informe y mirarlo. Pero nunca hablo de ello con nadie. No tiene sentido. A nadie le interesa y a mí no me interesa que nadie lo sepa.

- A veces hablar ayuda.

- Tiene gracia que seas tú quien lo diga. Tú nunca hablas.

- ¿Ni siquiera contigo?

- Con nadie.

Se sentaron allí en silencio, meditando sobre sus vidas, mirando las estrellas en el cielo añil, dándose calor el uno al otro. Una idea pasó por la mente de Jane pero fue algo tan rápido que no tuvo tiempo de desarrollarla. Más tarde intentaría volver a ello.

- Tengo hambre - dijo Lisbon al cabo de un rato- ¿Crees que podríamos meter esa lasaña en el microondas unos minutos y cenar?

- Me parece una buena idea.

Al entrar de nuevo en la cocina se dio cuenta de que estaba recogida. El nuevo Jane era fantástico con la casa. No había visto el apartamento tan limpio y ordenado desde hacía bastante tiempo.

Patrick Jane la estaba ayudando demasiado y en más aspectos de los que habría creído posible. Le iba a costar tener que separarse de él.