•¤°Aprendiendo a querer°¤•

Harry y Alex pasaron juntos el resto de la tarde, hasta que la llegada de varios miembros de la Orden, entre ellos la señora Weasley, los interrumpió.
-¡Ah, veo que ya se conocieron! –dijo, al encontrarlos juntos- Qué gusto me da. ¿Ya te sientes mejor, linda?
-Sí, gracias.
-Me alegra saber que Harry ha sido un buen anfitrión. Bueno, la cena estará lista en un rato. ¿Tienen hambre?
-Pues... no... –dijo Harry, y se volvió a verla.
-No mucha –dijo ella, más decidida.
-Bueno, de cualquier modo sería bueno que cenaran algo. Los dos están muy delgados –dijo la señora Weasley, en un cariñoso tono reprobatorio.
En seguida, salió de la habitación, dejándolos solos de nuevo, pero no por mucho tiempo.
Un rato después, llamó a la puerta Remus Lupin, quien le anunció a Alex que Dumbledore quería hablar con ella en la planta baja, y a Harry, que la señora Weasley lo esperaba abajo para cenar.
En el comedor se encontraba ya el señor Weasley, a quien su mujer estaba regañando por haber dejado a los chicos solos en la casa, Mundungus Fletcher, que nunca se perdía una comida, y, para sorpresa de Harry, también estaba ahí Tonks, a quien no veía desde hace casi un año.
-Pero Molly, cariño¡los chicos van a estar bien¿Qué tanto pueden hacer Fred y George...?
Molly le dirigió una mirada que lo decía todo, y él se calló de inmediato
-Está bien, en cuanto acabe de cenar me regreso para allá inmediatamente. Pero, mientras tanto¿me podrías servir más pastel de carne con patatas, por favor?
-Y dime, Harry¿cómo ha estado tu verano¿no te han fastidiado demasiado esos tíos tuyos? –preguntó Tonks, mientras su rostro adoptaba una forma muy parecida a la del de tío Vernon; incluso, le salió bigote.
A Harry le hizo tanta gracia que casi derramó su leche por la nariz. Le estaba contando que su verano había sido igual de aburrido que de costumbre, cuando Alex entró en la cocina, y Harry se olvidó por completo de lo que estaba por decir.
De alguna manera, cada vez que la veía le parecía más linda. Ella le sonrió, un tanto apenada al ver que la miraba, y, para disgusto de Harry, Tonks se dio cuenta.
-Ah, con que sí¿eh?
-¿Eh? –dijo Harry, con descuido
-Vaya pícaro, veo que no pierdes el tiempo...–le guiñó un ojo.
Harry hubiera querido que se lo tragara la tierra, pues en ese momento se puso rojo como un tomate. Lo que no supo fue que Alex estaba igual.
-Si no van a cenar¿por qué no se levantan, y dejan que los que sí tenemos hambre nos llenemos las tripas?–dijo, malhumorado, Ojoloco Moody
-¡Qué modales, Ojoloco! –respondió Tonks
-Yo no tengo hambre –aseguró Harry mientras se levantaba de la mesa.
Poco después de haber salido del comedor, oyó una voz que lo llamaba, y se detuvo antes de llegar a las escaleras; era ella.
-Harry –él se volvió para mirarla –Eh... ¿puedo hablar contigo?
-Sí, claro –respondió él de inmediato -¿Qué pasa? –preguntó, esperando que no fueran malas noticias.
Fueron a la sala, donde ella le contó lo que Dumbledore le había dicho. Eran demasiadas cosas -a pesar de que ella estaba segura de que no le había dicho todo lo que sabía –como para asimilarlas de un solo golpe.
Le contó a Harry, con expresión abatida y confundida, que su madre no estaba muerta, como ella lo había creído todos esos años, –Harry se moría de curiosidad por saber quién era ella, pero no se atrevía a preguntar- que ella era la heredera de la fortuna de los Black, por ser el único miembro cuyo paradero se conocía, y también, le había dado una carta, la misma que Harry había recibido 5 años atrás, en la que decía que había un lugar para ella en Hogwarts.
A Harry esto le pareció maravilloso, pues asi, al terminar el verano, no iban a tener que separarse, además, si quedaban en la misma casa, podría verla frecuentemente. No pudo disimular su alegría al oir esta noticia, y sin pensarlo, la abrazó, mientras la felicitaba.
Ella permaneció inmóvil unos instantes –que a Harry le parecieron eternos –y luego correspondió al abrazo.
Cuando se separaron, ella tenía una expresión extraña en el rostro. Al notar la forma en que él la veía, ella intentó explicarse
-Es que yo... nunca antes me habían abrazado.
Harry se sorprendió muchísimo. Su vida tampoco había estado colmada de afecto, pero nunca imaginó que hubiera alguien que en 16 años ho hubiera recibido ni un solo abrazo.
Se hizo un momento un poco incómodo, en el que ninguno de los dos sabía que decir, pero por fortuna duró poco, pues fue interrumpido por la llegada de Remus.
-Chicos, Molly me pidió que les dijera que mañana van a ir todos al callejón Diagon a comprar las cosas del colegio, asi que es mejor que se vayan a la cama temprano
-¿Los Weasley van a ir también? –preguntó Harry, emocionado.
-Sí, creo que sí. ¿Cómo te has sentido, Alex?
-Mucho mejor, gracias. –respondió alegremente.
-¿Ya te ha dicho Dumbledore en qué curso iniciarás?
-No, aún no; primero me va a aplicar un exámen, para ver en qué grado me quedo.
-¿O sea que no vas a ir con nosotros al callejón Diagon mañana? –preguntó, sin poder ocultar su decepción.
-Creo que no... –respondió ella, en el mismo tono
-Pero por supuesto que va a ir, si no, de dónde iba a sacar una varita? –corrigó Dumbledore, que como siempre, parecía haber salido de la nada.
-¿En serio?? –preguntó ella con mucha emoción.
-Asi es. Y confío en que el señor Potter te sirva de guía –dijo, mirando a Harry de reojo.
-Sí, claro –respondió Harry, un poco más apresurado de lo que él hubiera querido .
-Bien, entonces, como ya es un poco tarde, les sugiero que se vayan a la cama antes de que venga Molly y nos regañe a todos.
Asi lo hicieron, aunque ninguno de los dos pudo conciliar muy bien el sueño aquella noche. Eran demasiadas las cosas que habían pasado en un solo día, y faltaban aún muchas más por pasar.
A la mañana siguiente, Harry fue despertado muy temprano por la señora Weasley, quien le pidió que se diera prisa, pues tenían que llegar primero a Gringotts a sacar dinero para comprar los útiles.
Minutos después, cuando Harry bajó, la familia Weasley ya se encontraba reunida abajo, y también Alex, quien conversaba animadamente con Ginny, mientras que Ron y los gemelos la miraban embelesados, sin que ella lo notara siquiera.
-¡Ron! –gritó, en un tono menos afectuoso y más fuerte de lo que hubiera querido.
-Eh... hola, Harry –respondió Ron un tanto apenado, como si lo hubieran agarrado con las manos en la masa.
-Vaya, Harry, qué mal aspecto tienes¿pasaste mala noche? –preguntó Fred, en su habitual tono sarcástico, al ver la cara de pocos amigos de Harry.
Harry no contestó. Se apresuró a bajar las escaleras, apenado por el tono en el que le había hablado a su amigo, y cuando se reunió con ellos escaleras abajo, su actitud y su expresión eran las mismas de siempre.
-Qué tal, Ginny¿cómo has pasado el verano?
-Muy bien, Harry, gracias –respondió con voz apenas audible.
Alex se asombró del tono casi guinda que había adoptado el rostro de Ginny. Unos segundos antes estaba perfectamente, pero cuando Harry se había acercado... de pronto, le vino a la mente una idea. ¿Y si Harry y Ginny eran novios?
La sensación que experimentó en ese momento no le gustó nada. Sin embargo, intentó disimular lo mejor que pudo, y, para su suerte, Harry se alejó hacia Ron sin advertir la forma extraña en que ella lo miraba.
Salieron rumbo al callejón, viajando como muggles en un viejo auto del señor Weasley, y aunque a la mayoría le resultaba molesto y lento, a Alex le agradaba, pues le daba oportunidad de admirar las calles, gente y lugares que nunca antes había visto.
-Vamos, papá¿no podrías hechizarlo para que volara como el viejo Ford Ang...?
-¡NO! –interrumpió la señora Weasley a su hijo George- Iremos como muggles, y se acabó.
-Pero mamá, sería mucho más rápido, y yo nunca he volado en un...
-Ginny, tu nueva mascota está peligrando...
Ginny se calló de inmediato. Le habían estado prometiendo todo el verano comprarle una mascota –ella quería una escoba, pero eran muy caras- pero sólo si se portaba bien. Al parecer, la señora Weasley temía que siguiera el camino de los gemelos, y no el de sus hermanos mayores, Bill y Charlie.
Harry pasó todo el camino comentando con Ron los partidos de los Chudley Cannons, su equipo de quidditch favorito, y planeando nuevas jugadas para cuando comenzara el torneo del colegio.
Mientras tanto, los gemelos fastidiaban a su madre inventando nuevos artículos para su tiende de bromas, y Ginny le contaba a Alex lo difícil que era ser la única hija en una familia llena de hombres. Alex escuchaba atentamente a Ginny, pero le hubiera gustado más ir en el lugar de Ron, al lado de Harry. De hecho, le hubiera gustado que por lo menos la hubiera saludado en la mañana.
En todo el camino no cruzaron palabra, hasta que, al llegar a Londres, chocaron accidentalmente al tratar de bajar del coche, cuyas puertas, a diferencia de los asientos, no habían sido hechizadas, por lo tanto, eran muy angostas, y al bajar, ella había pisado accidentalmente a Harry, desbalanceándose y casi cayéndole encima.
-¡Lo siento! –se disculpó, apresuradamente
-No hay cuidado –había respondido él. La verdad, él también lo sentía... le hubiera gustado que ella no hubiera recuperado el equilibrio a tiempo, para asi tenerla cerca, aunque fuera por accidente.
Al bajar todos del coche, ella seguía preocupada por el pisotón que le había dado a Harry. O, por lo menos, eso utilizó como excusa para acercarse a él nuevamente.
-¿Te lastimé? –preguntó, verdaderamente preocupada.
-No, para nada –mintió Harry, aunque su dedo gordo, que aún punzaba, decía lo contrario.
-Bien, chicos, llegamos –anunció el señor Weasley, frente a las enormes puertas de Gringotts.
-Fred, George, creo que es mejor que nos esperen aquí con Ginny –dijo la señora Weasley
-Pero yo quiero ir...
-Ginny... –replicó la señora Weasley, en tono de advertencia.
-Está bien... pero no entiendo por qué Ron puede ir y yo no –dijo, enfadada.
-Bueno Ron¿por qué no mejor te quedas a cuidar a tu hermana?
-¿Y qué hay de Fred y George? –replicó, exasperado.
-Fred y George no pueden ni cuidar de ellos mismos –¡Hey!, protestaron los gemelos al unísono- además, no vamos a tardar nada.
De mala gana, Ron se quedó con Ginny y los gemelos, mientras sus padres, Harry y Alex, entraban en Gringotts.
-Bienvenidos –los recibió un gnomo detrás de un mostrador –¿me permiten sus llaves?
Harry y Alex entregaron sus llaves, al igual que la señora Weasley, y el gnomo las analizó.
-Black¿eh? –dijo, refiriéndose a Alex –creí que ya no quedaba ningúno... bueno, síganme, por favor.
Caminaron hacia el estrecho pasillo de piedra, iluminado por antorchas, y subieron a un carro, junto con el Gnomo.
A Harry, la expresión de asombro de Alex le recordaba la primera vez que él había estado ahí, con Hagrid.
Después de muchas vueltas, llegaron a la cámara 402, la de los Weasley. Harry pudo notar que su situación económica no había mejorado mucho desde la última vez que él había estado ahí, y sin poder evitarlo, sintió pena cuando llegaron a su propia cámara, en la cual, comparada con la de los Weasley, había una fortuna.
Retiró lo suficiente para pasar el semestre desahogadamente, y luego fueron a la cámara 711, la de Alex.
Si Harry había sentido pena antes por los Weasley, ahora la sintió aún más, sólo que de forma diferente.
Al abrir la cámara, una densa nube de humo les había nublado la vista, pero, al disiparse, había contemplado una fortuna tan enorme, como sólo había visto en las películas.
La mayor parte de el enorme montón de monedas que había ahi eran galeones, miles y miles de ellos; por la expresión en el rostro de los señores Weasley, Hary supo que ellos tampoco habían visto tanto dinero junto, nunca en su vida. Sin embargo, Alex no parecía soprendida, sino, más bien, confundida.
-Adelante, chica, coge lo que necesites –dijo el gnomo, rompiendo por fin el silencio.
-Quiere decir... ¿que todo esto es mío?
-Según tu llave, sí.
Ella caminó, con pasos vacilantes. Tomo un pequeño montón de galeones, y lo depositó en la bolsita de terciopelo que llevaba. A continuación, y sin que nadie dijera una palabra en todo el camino, regresaron a la superficie.
Al salir de Gringotts, Harry notó que ella seguía con la misma cara de confusión, y le preguntó
-¿Te sientes bien?
-S-si, sólo que... nunca imaginé nada como esto...
Harry comprendía cómo debía sentirse. Después de 11 años de escasez y limitaciones, el descubrir que en algún lugar tenía una pequeña fortuna sólo para él, había sido difícil de asimilar. Se lo dijo a Alex, pero ella parecía seguir confundida.
-Harry –dijo al fin, con voz insegura –podrías... por favor, no vayas a reírte
-No, te lo prometo –le aseguró, al notar lo difícil que era para ella pedirle aquel favor
-¿Me explicarías... cuánto es esto? –dijo, con voz casi inaudible, y un tono rojo intenso en las mejillas.
Harry sonrió, sin poder evitarlo. Sabía perfectamente cómo debía sentirse ella, sin saber nada sobre el mundo mágico, ni siquiera contar el dinero
-Claro que sí. Es muy fácil, mira: éstos, son galeones –explicó, mientras le mostraba una moenda de oro- diecisiete sickles de plata hacen un galeón, y veintinueve knuts de bronce, equivalen a un sickle.
-O sea que... ¿493 knuts son un galeón?
Harry abrió los ojos desmesuradamente. La rapidez con la que ella había hecho la operación, era digna de Hermione.
-S-sí, creo que sí...
-Gracias, ahora lo entiendo todo –dijo ella, sonriendo
-¿Qué tal ha ido todo? –preguntó Ron, apenas los vio salir- ¿cómo es tu cámara? –le dijo a Alex, lo cual hizo que tanto ella como Harry se sintieran un poco incómodos.
-Pues... igual que las demás, supongo –respondió ella, modestamente.
-Vaya... –dijo Ron, que esperaba una respuesta más detallada. ¿Sabías que Harry es rico? –Harry se sintió aún más incómodo, y lo interrumpió
-Basta, Ron... ¿por qué no vamos por un helado? –preguntó dirigiéndose a Alex, pero al parecer Ron no se dio cuenta, y respondió.
-Qué buena idea, muero de calor.
Sin otra alternativa que no fuera a sonar descortés, Harry dijo
-Vamos, pues. Ginny¿vienes? –añadió, al ver que ella los miraba anhelante.
-¡Claro! –dijo Ginny, y corrió hacia ellos, colocándose entre Harry y Alex.
En todo el trayecto hacia la heladería, nadie habló más que Ron, ues Ginny estaba ocupada mirando a Harry de reojo, y Alex intentando contener sus celos. Harry, mientras tanto, estaba tan incómodo, que no se le ocurría qué decir.
Al llegar, Ron y Ginny se apresuraron a pedir sus helados favoritos, mientras que Harry aprovechó la oportunidad de acercarse a Alex sin que pareciera sospechoso, pues ella estaba distraida mirando el menú.
-¿Ya sabes qué vas a ordenar? –preguntó, intentando sonar casual
-Eh... sí, creo. ¿Has probado la frambuesa con guanábana? –al ver el gesto de Harry, entendió que no era una muy buena opción, y sonrió- ¿qué me recomiendas?
-Bien, pues... a mi me gusta la frambuesa con chocolate...
-Suena bien. Y¿a qué se refieren con "complemento"?
-Es algo que puedes poner a tu helado para que sepa mejor, por ejemplo, jarabe de chocolate, trozos de nuez, chispas de sabores...
-Ah, ya... ¿y qué son las chispas de sabores?
-Grajeas de todos los colores, con diferente sabor. Hay unas que saben muy bien, pero hay otras que no
-Mmm... entonces, creo que quiero sólo frambuesa con chocolate.
Pidieron los helados, que Harry invitó, y cuando se disponían a buscar un asiento libre, Ron dijo, con fastidio
-Oh, no... ¿ya vieron quién viene ahí?
-Malfoy –corroboró Harry, en tono de repugnancia
-Mejor vámonos –dijo Ginny, al ver el tono rojizo que estaban adoptando las orejas de su hermano
-Sí, tienes razón –dijo Harry –además, todavía nos faltan varias cosas por comprar
Salieron de la tienda, y se dirigieron a Flourish & Blotts, a comprar los libros. Cuando llegaron, el lugar estaba atestado de gente, como cada año.
Mientras Harry, Ron y Ginny buscaban los libros que necesitaban, Alex se dedicó a mirar, y compró varios libros que le parecieron interesantes. Al final, resultó que había comprado varios de los mismos libros que Harry y Ron iban a llevar aquel curso.
Cuando salieron de la tienda, Alex hojeaba un libro titulado "Los 100 hechizos mas prácticos del siglo XX", cuando de pronto se dio cuenta de una cosa.
-Harry...
-¿Sí?
-Eh... ¿me podrías decir dónde puedo conseguir una varita mágica?
-¡Ah, claro!, vamos.
Ron sospechó, por el tono en que dijo esto último, que él y Ginny no estaban incluidos, y se apresuró a decir
-Ginny, será mejor que esperemos aquí a nuestros padres.
-Pero...
-¡Ah, mira, ahí están! Los veo al rato –gritó a Harry y Alex mientras se alejaba, con Ginny a rastras. A Harry le pareció muy extraña la reacción de su amigo, pero la agradeció.
Se dirigieron hacia la tienda del señor Ollivander, quien, al ver entrar a Harry, lo saludó, como solía saludar a todos sus clientes.
-¡Harry Potter! Acebo, 28 cm, pluma de fénix¿correcto?
-S-sí... –respondió Harry, impresionado.
-Bien, bien¿qué tenemos aquí...?
Alex se sintió un poco incómoda mientras el señor Ollivander la examinaba y la medía; sentía como si estuviera evaluándola. De pronto, les dio la espalda, y sacó una varita, de las miles de cajas que tenía tras de sí.
-Prueba con ésta –dijo, mientras le entregaba una varita. Ella, que no estaba muy segura de cómo se probaba una varita, la agitó un poco; no sucedió nada.
-Mmmm... bien, quizá una más... sí, ésta servirá.
Le entregó una un poco más pequeña que la anterior, pero más flexible. Nada.
-Nada¿eh¿qué tal ésta?
Después de probar unas 20 varitas sin éxito, Alex estaba empezando a desesperarse. No sabía qué era lo que buscaban, y estaba empezando a sospechar que quizá no hubiera una varita perfecta para ella, o que tal vez tuviera que probarlas todas antes de encontrarla. Miró a Harry, quien no parecía preocupado, sino más bien intrigado, y luego al señor Ollivander, cuyos ojos tenían un curioso brillo, que aumentaba con cada varita que ella probaba.
Por fin, después de muchos intentos fallidos, sucedió.
En cuanto Ollivander puso en sus manos la varita, ella sintió un escalofrío que subió por las yemas de sus dedos, y le recorrió todo el cuerpo.
-Te agrada¿eh? –dijo el hombre, con voz temblorosa de emoción –Es una de mis mejores varitas. Ébano, 27 cm, muy flexible, con núcleo de pelos de unicornio, perfecta para encantamientos. Puébala, chica, anda...
Ella hizo un movimiento, sintiendo que era la varita quien guiaba su mano, y no al revés. Al deslizarla por el aire, un montón de chispas azules y plateadas salieron disparadas por toda la habitación.
-La has encontrado... muy bonita, y poderosa –aseguró, aunque Harry no supo bien si se refería a la varita, o a la chica, por la forma en que veía a esta última.
-¿Cuánto cuesta? –preguntó ella, sin dejar de observar las hermosas chispas que despedía su varita.
-Diecinueve galeones, linda. Te diré que es una ganga, considerando que se trata de una varita tan especial...
Ella comenzaba a sentirse incómoda por la forma en que él la miraba, asi que pagó y salieron de la tienda apresuradamente.
-¿Siempre es asi? –preguntó a Harry, una vez afuera
-¿Qué, Ollivander? Sí, más o menos.
-Qué hombre tan extraño –comentó ella, con desagrado –¡Oh, mira! –exclamó de pronto, señalando la tienda de mascotas.
Entraron, y Harry supo entonces qué era lo que tanto había llamado la atención de ella. Se trataba de una hermosa lechuza color plata, cuyas plumas destellaban cuando se movía. Estaban preguntando por ella, cuando oyeron un escándalo afuera de la tienda.
-¡Mamá, por favor...! –reconocieron en seguida la voz de Ginny Weasley –ni siquiera es muy caro...
-Ginny, lo siento, los libros fueron muy caros, y... –la voz de la señora Weasley sonaba realmente apenada
-Siempre es lo mismo –interrumpió Ginny bruscamente –¡estoy harta de ser pobre! –gritó, antes de salir corriendo.
-¡Ginny! –gritó a su vez la señora Weasley, y se echó a llorar.
Harry sintió deseos de ir a consolarla, pero, para su sorpresa, Alex lo detuvo. Él la miró, asombrado, y ella, por toda respuesta, preguntó
-¿Sabes qué era lo que Ginny quería?
-Me parece que un gato –respondió Harry, todavía sin comprender.
Luego, cuando los Weasley se alejaron de la tienda, ella se acercó al lugar donde habían estado discutiendo, y encontró el motivo.
El gato que Ginny quería no tenía nada de peculiar, excepto por una mancha blanca en su tupido pelaje color castaño rojizo, que a ella le recordó el color del cabello de Ginny. Además, tenía una mirada encontadora y un espíritu juguetón, que lo hacían lucir realmente lindo.
-¿Me podría mostrar ese gato, por favor? –preguntó Alex a la dependienta. –¿Qué te parece? –preguntó a Harry, mientras lo acunaba en su regazo.
-Es... lindo –respondió él, quien en realidad la veía a ella.
-Me los llevo. –dijo ella, con decisión. –¿Me podría poner el gato en una jaula, por favor?
Salieron de la tienda, cada uno con una jaula, y continuaron paseando por el callejón Diagon.
Después de camunar un rato, se encontraron frente a una tienda de escobas, que exhibía en el aparador una Saeta de Fuego.
-Waw... –exclaó Alex, quien se quedó mirando la escoba, emocionada –cómo me gustaría saber volar en una de ésas.
-Si quieres, yo podría enseñarte –dijo Harry, tratando de no sonar muy presumido.
-¿En serio, sabes volar en una Saeta de Fuego?? –preguntó, con incredulidad y asombro
-Pues... sí –respondió, un poco incómodo. No bien hubo acabado de decir esto, cuando ya estaban adentro comprando la escoba.
Después de comprar unas cosas más, entre ellas túnicas nuevas para el colegio, fueron a reunirse con los Weasley en el Caldero Chorreante. Ellos aún no estaban ahí, pero, para grata sorpresa de Harry, quien sí se encontraba ahí era Hagrid.
-¡Harry! –lo llamó, apenas lo vio entrar.
-Hola, Hagrid –saludó Harry alegremente.
-¿Y quién es tu linda amiga? –preguntó, al ver a la chica que lo acompañaba
-Ella es Alex; Alex, él es Hagrid; da clases en Hogwarts
-¿De verdad? Mucho gusto –dijo ella sonriente, mientras estrechaba la enorme mano de Hagrid.
-¿Cómo es que no te he visto por Hogwarts antes? Siendo tan linda, estoy seguro que te recordaría.
El cumplido hizo que ella se sonrojara, y, apenada, contestó
-Gracias. Lo que sucede es que apenas voy a entrar.
-Oh¿de verdad? –preguntó Hagrid, sin comprender del todo –Bueno, será un gusto tenerte por ahí.
Se despidió de ellos, y salió del lugar cargando un enorme costal que se retorcía; Harry no se atrevió a preguntar qué era aquello.
-¿Quieres tomar algo? –preguntó Harry, mientras se sentaban en una mesa a esperar a la familia Weasley
-¿Qué sirven aquí? –preguntó ella, observando el lugar
-De todo, pero te recomiendo la cerveza de mantequilla; ¿la has probado?
Pidieron las bebidas, y conversaron sobre Hagrid, y Hogwarts. Un rato después, aparecieron los Weasley; para variar, la señora Weasley iba riñendo a Fred y a George por un asunto relacionado con la tienda de artículos de broma que ellos administraban. Al ver a Harry y Alex, se dirigieron hacia donde ellos estaban. Al llegar, la señora Weasley se dejó caer en la silla, exhausta.
-Ahhh... –suspiró –Chicos, qué día tan pesado. ¿Cómo les fue?
-Muy bien –contestaron ellos, al unísono.
-Harry¿compraste otra mascota? –preguntó Ron, al ver la jaula que se movía al lado de Harry.
-No, no es mía.
-No mencionen las mascotas ahora, por favor. Apenas conseguí que Ginny dejara de llorar.
-Sobre eso... –dijo Alex, inclinándose para coger el paquete que estaba bajo su silla –Ginny, creo que dejaste esto olvidado en la tienda de mascotas –afirmó, poniendo el paquete en las manos de Ginny, quien de inmediato supo lo que era. La expresión de asombro y alegría de la chica bien valía los cinco galeones que había costado el gato.
-Mamá¿puedo? –preguntó, con voz temblorosa.
-Pues, bueno, no sé... –se sentía apenada por el costoso regalo, pero no tenía corazón para negarle esa felicidad a su hija –Cielo, no debiste molestarte...
-No fue ninguna molestia, al contrario –afirmó ella.
-Bien, en ese caso...
-¡Gracias, mamá! –interrumpió Ginny. A continuación, se avalanzó sobre Alex, abrazándola tan fuerte, que por un instante ella se quedó sin aire. Cuando se recuperó, la abrazó también.
-Nunca te agradeceré lo suficiente... –dijo Ginny, al borde de las lágrimas
-No tienes por qué. Ese gato y tu estaban predestinados –respondió, sonriendo.
Estaba oscreciendo ya cuando regresaron a la casa que servía de Cuartel.
Ron insistía en quedarse, pero la señora Weasley no se lo permitió, argumentando que tenía muchas cosas qué hacer en la casa, como desgnomizar su habitación, por ejemplo.
De mala gana, los chicos Weasley se retiraron con sus padres, y en cuanto la casa volvió a quedarse en silencio, Harry y Alex subieron a la habitación de ella, en donde él le indicó los cuidados que debía tener con su nueva mascota, a quien ella puso por nombre Ares.
-¿Te ha dicho Dumbledore cuándo te aplicará el exámen?
-No, aún no. Respecto a eso... –dijo ella, insegura –me preguntaba si quizás...si no estás muy ocupado, y si no es demasiada molestia...
-Me encontaría ayudarte –terminó Harry, con una sonrisa.
-Gracias –dijo ella, verdaderamente aliviada, y lo abrazó.
Esta vez, fue él quien se quedó pasmado. Nunca antes una chica –y sobre todo no una tan linda –lo había abrazado con tal emoción. Sintió que flotaba. La abrazó también, y tuvo la sensación de que alguien había aplicado en ellos un hechizo levitatorio, y que en ese momento flotaban por la habitación.
Ella no estaba segura de cuánto duraban los abrazos normalmente, pero aquél le pareció eterno. Cerró los ojos, y recargó su cabeza en el hombro de Harry. Nunca antes había sentido algo parecido. Sentía una emoción incontenible que le recorría el cuerpo, que aumentaba a cada segundo, y que ella no quería detener.
Al sentir el contacto de su hombro con la mejilla de ella, Harry sintió como si cientos de bengalas estallaran en su interior. Instintivamente, colocó su mano en la cabeza de ella, y le acarició el cabello, que era tan negro como el de él, pero más suave, y no tan rebelde.
Dejó que su mano se deslizara por la larga cabellera de ella, y la detuvo en su espalda. Podía sentir la respiración suave y acompasada de ella en su cuello, que se erizaba con cada exhalación. Podían haberse quedado asi por siempre, sin embargo, el ruido de pasos hizo que ella se incorporara, ruborizada.
De pronto, la puerta se abrió.