•¤° El Beso °¤•

-¿Harry? –preguntó Tonks, asomándose por la puerta –Supuse que estarías aquí –dijo, en un tono que a Harry no le agradó para nada –Llegó esto para ti. –le extendió un pergamino, con una carta que Harry reconoció de inmediato; era de Hermione. Había, además, otra, sellada con el escudo de Hogwarts.

-Gracias –dijo, con las mejillas aún sonrosadas. Antes de irse, Tonks le guiñó un ojo. –Oh, no... –susurró, con angustia.

-¿Malas noticias? –preguntó Alex, mirando el pergamino con el sello color esmeralda.

-Tal vez... son los resultados de mis exámenes del año pasado.

Revisó sus notas y vio, con alivio, que no le había ido nada mal. Aparte de sus notas, había otro sobre pequeño con la letra de la Profesora McGonagall, que lo felicitaba y le informaba que era el nuevo capitán del equipo de Gryffindor. Se lo dijo a Alex, quien lo abrazó, emocionada. Luego de un abrazo bastante largo, ambos dirigieron su atención a la carta de Hermione.

-Es una carta bastane larga –dijo Alex, intentando controlar la emoción en su voz.

-Asi son siempre las cartas de Hermione –respondió Harry, rogando por que su expresión fuera la de siempre, aunque lo dudaba, por la forma en que ella lo miraba.

Leyó la carta, en la que Hermione le decía que en unas semanas más se reuniría con él, y que esperaba que para entonces Ron también estuviera allí. Le contaba algunas cosas sobre su viaje, y mandaba saldos a todos, junto con unas cuantas fotos mágicas de ella y sus padres. Harry se las mostró a Alex, quien estaba fascinada.

-¿Y dices que sus padres son muggles?

-Sí, pero no son como mis tíos, de quienes te hablé.

-O sea que no todos los muggles son desagradables...

-No; es igual que con los magos, no todos son agradables.

-¿Como el de la tienda de varitas?

-Bueno –rió Harry –hay mucho peores, ya lo verás –repuso, pensando en Snape y Malfoy.

-¿Y qué es eso que lleva Hermione? ¿un libro? –preguntó, volviendo a referirse a la foto

-Es lo más seguro; a Hermione le encanta leer.

-¡A mi también! Creo que vamos a llevarnos muy bien. ¿Y a ella le gusta volar?

-No mucho –respondió Harry –prefiere hacer los deberes, y esas cosas. Por cierto, ¿cuándo quieres que empecemos a practicar?

-Pues, si no tienes inconveniente, ¿qué tal ahora?

-¿Aquí? –preguntó Harry- Ella parecía confundida.

-Yo pensé que para volar se requería un espacio abierto... –se detuvo, por que Harry comenzó a reír. Ella lo observó, sin comprender.

-¡Yo me refería al exámen! –se explicó, sin dejar de reír. Ella rió también.

Cuando por fin dejaron de reir, Harry preguntó.

-Entonces, ¿con qué empezamos?

-Bueno, muero de ganas de aprender a volar, pero creo que lo más importante por ahora es que estudie para ese exámen.

-De acuerdo. ¿Qué te parece si empezamos con encantamientos?

Comenzaron con los hechizos básicos: cómo atraer objetos, incendiarlos, hacerlos flotar... ella aprendía muy rápido, a pesar de que varias veces, Harry notó que la atención de ella estaba más en él que en lo que decía.

-¿Me estás escuchando? –preguntó de pronto, al notar que ella lo miraba fijamente, pero sus pensamientos parecían estar en otro lado.

-¿Eh? Sí, claro que te estoy poniendo atención. Hablabas de las... eh... ¿transformaciones de personas en animales?

Harry rió, pues hacía como diez minutos que había dejado ese tema, pero al parecer, ella no lo había notado.

-Ya te aburrí, ¿verdad? –preguntó, en tono amable.

-¡Claro que no! –contestó ella, avergonzada –lo que pasa es que me distraje pensando en... volar en mi escoba –repuso rápidamente, pues fue lo primero que se le ocurrió para no admitir que estaba pensando en él. –¿Estás molesto? –le preguntó tímidamente. Para su alivio, Harry sonrió.

-No, claro que no. De hecho, te entiendo. A mi también me resulta difícil concentrarme en los deberes cuando podría estar volando, sobre todo en un día tan lindo como este.

-Sí, asi es –dijo ella, aliviada de que él hubiera creído su tonta excusa.

-¿Prefieres que continuemos otro día? Quizá ya estés cansada...

-No, para nada. ¿Y tu?

-Tampoco; ¿continuamos?

Trabajaron duro varias semanas, al cabo de las cuales, ella era casi tan buena como Harry en la mayoría de los hechizos. A Harry le sorprendía lo rápida que era para aprender, y a ella le sorprendía lo buen maestro que era Harry, sobre todo para los hechizos defensivos.

Alex aprendía con increíble rapidez, debido a los años que había pasado leyendo sobre hechizos y pociones, esperando poder realizarlos algún día. Después de varias clases, sus pociones incluso eran mejores que las de Harry la mayoría de las veces. Un día, mientras tomaban un descanso en su entrenamiento, ella le comentó.

-¿Sabes qué creo?

-¿Qué? –preguntó él, con interés.

-Que tu serías un buen auror.

Harry sintió que se hinchaba de orgullo. Nunca le había comentado a ella su aspiración de convertirse en auror una vez que terminara el colegio, y el hecho de que ella lo considerara apto, era uno de los cumplidos más halagadores que le habían hecho.

-¿Lo crees? –preguntó, tratando de ocultar su sonrisa de satisfacción.

-Sí; eres muy bueno en los hechizos defensivos, rara vez logro desarmarte y tienes muy buenos reflejos. Ojalá yo tuviera tantas cualidades para una profesión.

-Bueno, tu también eres muy buena defendiéndote –replicó Harry –Nunca había visto a nadie aprender a hacer un patronus tan rápido, ni siquiera a Hermione.

-Me encanta ese hechizo. Y supongo que será muy útil, ahora que los dementores se han pasado al lado Tenebroso.

-Sí... me gustaría que el profesor Dumbledore nos dejara ayudar a la Orden. Supongo que enseñar a tanta gente a defenderse no ha de ser fácil.

-Quizá no quiere que corras más riesgos.

-Bueno, ya que de una u otra forma siempre termino corriéndolos, ya podrían ir confiando más en mi, ¿no crees? –preguntó, en un tono un poco molesto.

-Piensa que no lo hace por fastidiarte. Lo hace por que te quiere, y no le gustaría ver que nada malo te pasara.

-Bueno, ¿de qué lado estás? –preguntó Harry, un poco jugando, un poco molesto.

-Del tuyo, por supuesto, pero... a mi tampoco me gustaría que te pasara nada malo, ¿entiendes?

Harry la miró. Estaba completamente ruborizada, y su rostro reflejaba la angustia que sentía al pensar que él se pudiera enojar con ella. Se sintió mal al ver su expresión, pero al mismo tiempo, se veía tan linda sonrojada... la miró unos instantes, y luego sonrió.

-Estaba bromeando... –aseguró.

-¿No estás molesto? –preguntó ella, confundida y aliviada.

-Claro que no. ¿Cómo podría molestarme contigo?

Ella sonrió; luego, acercó su rostro al de él, riñéndolo en tono juegutón.

-Eso-no-se-ha-ce –espetó, con una fingida expresión molesta.

Cuando estuvieron tan cerca que sus narices casi se tocaron, él contempló mas de cerca que nunca sus hermosos ojos. Tenían un color tan bello, que Harry pensó que podría perderse en ellos. Ella sonrió ligeramente, lo que lo llevó a mirar sus labios. Se veían tan tiernos y jugosos... no pudo resistir más, y se dejó llevar por el impulso. Acercó sus labios a los de ella, despacio, observando la reacción de ella.

Ella, al advertir lo que sucedía, se quedó pasmada un momento; había deseado tanto ese momento, que no podía creer que por fin estuviera sucediendo. Cuando sintió el suave contacto de los labios de él con los suyos, se dejó llevar por sus emociones, y correspondió al dulce beso que él le ofrecía.

Unos segundos después, se separaron, y se miraron. Ambos tenían una expresión de ensoñación, como quien despierta del más bello sueño, y se da cuenta que es real.

Ella sonrió, y lo besó una vez más.

Harry tuvo de nuevo la sensación de que flotaba. Ya antes había besado a una chica, pero la sensación no era nada parecida a la que experimentaba en aquél momento.

El beso con Cho había sido lindo, pero lo había dejado con una sensación extraña.

Ahora, en cambio, se sentía maravillosamente. Deseaba que ese beso no terminara nunca y, si es que estaba soñando, no quería despertar.

De pronto, cuando más disfrutaba del beso, sintió una punzada en la cicatriz, tan intensa, que tuvo la sensación de que alguien le había prendido fuego.

Se separó de ella inmediatamente, sujetándose la frente con ambas manos. Ella se asustó.

-Harry, ¿estás bien? –preguntó, preocupada.

Él no podía contestar; sentía que su frente se incendiaba, y el dolor casi le nublaba la vista.

De pronto, comenzó a ceder.

-¿Quieres que vaya por ayuda? –se puso de pie, pero Harry la detuvo.

-No, ya... ya me siento mejor.

-¿Seguro? ¿hay algo que pueda hacer?

-No, de verdad, ya casi se me pasa.

Conforme el dolor cedía, Harry se sentía más y más apenado. Había arruinad un momento maravilloso, o más bien, Voldemort se lo había arruinado. ¿Es que nunca iba a dejarlo ser feliz?

Pensó por un momento si debía comentarlo con alguien, pero decidió que no tenía caso, pues ya antes le habían explicado que esos dolores repentinos de su cicatriz se debían a emociones intensas que compartía con Voldemort. Además, no tenía ningunas ganas de explicarle a nadie la situación en la que se encontraba cuando apareció el dolor.

Asi que trató de ignorar el dolor, que cedía rápidamente, y la miró.

Su expresión preocupada era enternecedora, y Harry se sintió halagado de que ella se preocupara tanto por él. Sonrió.

-Estoy bien, de verdad.

-¿Qué pasó? ¿Fue por...?

-No –interrumpió él, apresuradamente –no fue por eso. Esto me sucede a veces...es por una conexión que existe entre Voldemort y yo, desde el día en que intentó asesinarme –le explicó toda la historia, sobre cómo, al fallar, le había transferido inexplicablemente algunos de sus poderes, y había surgido entre ellos esa extraña conexión, por medio de la cual podía sentir su presencia, sus emociones, e incluso, a veces, ver a través de sus pensamientos.

-Qué extraño... –susurró ella -¿Y te duele mucho?

-La mayoría de las veces, sí –explicó –pero el dolor desaparece rápido, como ahora.

-¿Y no hay una forma de que esa conexión desaparezca?

-No lo creo. Aunque no es del todo mala, a veces ayuda –Harry le contó de la vez que había soñado que una serpiente atacaba al señor Weasley, y que gracias a esto, habían podido salvarle la vida.

Estuvieron platicando un rato, hasta que fueron interrumpidos por Remus Lupin.

-Ah, aquí están –dijo, al verlos. Los estaba buscando para que fueran a comer, y pensaba que quizá después podrían ayudarme a desgnomizar el jardín...

-Claro –contestó Alex –¿vamos? –preguntó a Harry, quien la siguió. Rumbo a la cocina, ella le preguntó -¿cómo es una desgnomización?

-Divertida, pero hay que tener cuidado; los gnomos muerden.

Durante la comida platicaron sobre gnomos, hadas y demás criaturas mágicas. Harry le contó su aventura con el colacuerno húngaro, y ella le contó que una de las cosas que más le gustaría era poder ver un dragón vivo.

-No son muy agradables, según lo que cuenta Charlie –comentó la señora Weasley, que en ese momente le servía un gran plato de sopa a Remus –a mi me hubiera gustado que eligiera una profesión menos peligrosa, pero sin embargo a él parecen agradarle esas criaturas.

-¿Charlie trabaja con dragones? –preguntó Alex, emocionada.

-Asi es, dragones salvajes de Rumania. Dice que se necesitan por lo menos seis personas entrenadas para controlar a un dragón adulto.

-Pero se necesitan por lo menos diez magos entrenados para controlar a Molly cuando se enoja –bromeó Arthur, que en ese momento entraba a la cocina. A su mujer no le hizo gracia la broma, aunque a los demás sí. –Hola, querida –la saludó, y ella correspondió al saludo, aunque no muy de buena gana.

-¿Y los chicos? –preguntó ella, mientras le servía la comida a su marido.

-Pues verás, están...

-¡Vaya! –exclamó George Weasley, entrando a la cocina –esa Saeta de Fuego sí que se conserva, ¿eh, Harry? ¡No tiene ni un rasguño!

-Verás querida, los chicos vinieron conmigo –respondió tímidamente. Su mujer no supo si alegrarse, o molestarse.

-Es por que esa no es mi escoba –dijo Harry, respondiendo a George.

-Alex, ¿tu también tienes una? Wow, vas a tener que prestarmela algún día.

-Claro –respondió ella, alegremente.

-¿Y dónde está Fred? ¿sigue fabricando esas porquerías explosivas?

-Son paletas explosivas, mamá –explicó George, cansinamente –y ya casi están listas.

-¿Paletas explosivas? ¿cómo funcionan? –preguntó Harry.

-Verás, las chupas una vez, y no pasa nada; las chupas otra vez, y cambian de sabor; las chupas una vez más y... ¡BOOM! Te explotan en plena cara.

A Harry y a Alex les pareció divertido, pero a la señora Weasley no tanto. Minutos después, entró Fred en la cocina, con la cara cubierta de hollín, y el cabello más revuelto que de costumbre. Su madre, que ya se había cansado de reñirlos, sólo comentó.

-Un día de estos se van a quedar sin cejas –dijo mientras le servía de comer a su hijo recién llegado –y lávense las manos primero.

-Pero mamá... –replicaron al unísono.

-¡AHORA! –exclamó su madre, y ambos se levantaron de mala gana.

-Esto sabe estupendo, Molly –dijo Remus, comiendo su sopa con ganas –por cierto, ¿tendrás algo más de esa poción para dormir a los gnomos? Harry y Alex van a ayudarme a desgnomizar el patio trasero, y no quiero que empiezen el curso llenos de mordidas.

-Me temo que no, pero puedo preparar más después de la comida –respondió la señora Weasley.

-Eso me recuerda, ¿se sabe ya quién va a ser el nuevo profeson de Defensa contra las Artes Oscuras? –preguntó Harry.

-Quizá el verdadero Ojoloco –dijo Fred.

-O Lockhart; oí que ya salió de San Mungo.

-Yo pienso que deberías regresar –dijo Harry a Remus –después de todo, eres el mejor profesor de Defensa que hemos tenido.

-Es cierto –corroboraron los gemelos al unísono.

-Gracias, chicos –respondió Lupin, un poco ruborizado –Pero no quisiera causar problemas. Además, creo que Dumbledore ya eligió a la persona indicada para el puesto.

-¿De verdad? –preguntó George.

-¿Quién es? –preguntó Fred.

-No lo sé, sólo sé que esa vacante ya está cubierta.

-Mentira, lo sabes y no nos lo quieres decir –dijo Fred.

-Nunca nos dicen nada –dijo George –¿cuándo nos van a dejar participar en las actividades de la Orden?

-No te gustaría –respondió Lupin –no tiene nada de divertido enseñar defensa a la gente que no quiere aprender.

-Además, ustedes no acabaron el colegio –los reprendió la señora Weasley.

-Pero ya somos mayores de edad –dijo George.

-Y empresarios –dijo Fred, y ambos rieron.

-Bueno, si quieren ayudar a la Orden, pordrían empezar por ayudarnos a desgnomizar el jardín –dijo Lupin, con pocas esperanzas.

-No gracias, debemos ir a cuidar que Ron y Ginny no vuelen la tienda.

-¡¿QUÉ?! –exclamó su madre, furiosa –¿los dejaron cuidando la tienda??

-Bueno, "cuidando" no –dijo Fred.

-Les estamos pagando –dijo George, con orgullo.

Al oir esto, Molly explotó. Empezó a reñirlos, y sus gritos retumbaron por toda la casa.

Harry le hizo una seña a Alex para llamar su atención, y cuando la tuvo, le dijo por lo bajo

-Vámonos –susurró.

Salieron sigilosamente de la cocina, y Remus los imitó.

-Bien, supongo que tendermos que iniciar sin la poción adormecedora –dijo Remus, al oir los gritos procedentes de la cocina.

Los tres se dirigieron al patio trasero, donde pasaron la tarde ahuyentando a los gnomos, que se empeñaban en regresar.

Al anochecer, se fueron a la cama llenos de arañazos y una que otra mordida de gnomo, pero satisfechos de haber sacado por lo menos a la mayoría.

-Que tengas dulces sueños –le deseó Alex, sonriendo, al pie de la escalera.

-Tú también –dijo Harry, y se acercó a despedirse. Ella lo besó en la mejilla, y al separarse, sus labios se rozaron brevemente.

De pronto, a ambos se les ocurrió la misma idea. Sin embargo, esta desapareció cuando oyeron pasos subiendo por la escalera.

-Bien, hasta mañana –dijo ella, y subió a su recámara.

Harry se fue a la suya, y se durmió pensando en el beso que se habían dado aquella tarde.

Ella, por su parte, no podía creer lo feliz que era. Su vida había cambiado completamente en las últimas semanas, por primera vez era feliz. Esa noche, durmió mejor que nunca.