La chica se acercaba cada vez más a la casa. Jim no había visto a ninguna criatura más (tanto Kate como él evitaban la palabra zombie) y había bajado a darle las noticias a su hija. Al oír la noticia, Kate había cogido el bate que había encima de la mesa (según ella no había que gastar balas si no era necesario) y había salido al patio. Su plan era pillar a la chica desprevenida, por detrás. Sin embargo, la chica giró su cara, mirándola intensamente. Sus ojos eran blancos, aunque aún conservaban un sutil color azulado. Kate estaba segurísima de la chica no la podía ver. Pero aún así, parecía olerla, sentirla. Mientras Kate pensaba su próximo movimiento, la chica inclinó la cabeza antes de empezar a caminar. Al contrario de lo que creía Kate, el torpe ritmo de la chica iba acelerando hasta llegar incluso a correr, causando el pánico de Kate, que permanecía paralizada a tres metros. La criatura tropezó con una piedra, pero se mantuvo corriendo. Dos metros. Un metro.

Richard y Emmeline se quedaron paralizados durante unos segundos. Un leve rumor había invadido el paisaje mientras cargaban las bolsas. Era insignificante y a la vez rotundo. Intentando adivinar de dónde procedía el ruido, Emmeline avanzó hasta la parte anterior de la camioneta. La multitud de zombies se desplazaba lentamente hacia ellos, encabezada por un chico de unos quince años. Le faltaba un brazo y media mandíbula. Era rubio, con los ojos blancos con un sutil color azulado. Los miraba fijamente. La velocidad de la multitud aumentaba poco a poco, acercándose con ganas de saciar su hambre. Castle la cogió de la muñeca y la empujó dentro de la camioneta. La multitud ya estaba a menos de veinte metros del automóvil. Cerró la puerta y corrió a la parte posterior, cogiendo la Glock y apuntando hacia la multitud. Diez metros. Las manos de Emmeline temblaban, haciendo que las llaves que sujetaba sonasen con un tintineo. Buscó la llave de arranque de la camioneta. Una llave que no apareció. Buscó en sus bolsillos, sin perder de vista la multitud que se acercaba. Cinco metros. Castle disparó el arma una vez, acertando en el hombro de una señora mayor que caminaba encorvada hacia él. Un segundo disparo cruzó el ambiente, esta vez acertando en la frente de la mujer, que quedó suspendida momentáneamente antes de caer al suelo.

Cuatro metros.

"¡Arranca la camioneta!" gritó el escritor a través de la ventanilla.

Tres metros.

"¡No encuentro la llave!" respondió Emmeline. Sus manos palparon el interior de la guantera, mientras escuchaba al escritor preguntar cómo demonios había abierto la camioneta. "¡No la encuentro!"

Dos metros.

"Mierda, no hay tiempo. ¡Sal de ahí, Em! ¡Sal de ahí!"

Un metro.