N. de la A.: Sé que he estado desaparecida en combate, y lo siento muchísimo. Mi tiempo libre se ha reducido ahora que el curso escolar ha empezado, y por asuntos personales he pasado bastante tiempo ocupándome de responsabilidades familiares y de la casa. Así que otra vez, lo siento mucho, y espero que disfrutéis el capítulo.
Disclaimer: Los personajes pertenecen a Andrew Marlowe y el párrafo de Los Miserables pertenece a Victor Hugo.
Habían pasado tres noches desde que habían llegado al pueblo. Geena ya había llevado a las niñas al colegio y ahora limpiaba la sala de estar, llena de polvo acumulado durante semanas, mientras Kate se tomaba un café y Martha intentaba cocinar, sin éxito. La rutina diaria había sido constante durante los dos días anteriores. Kate era la primera en levantarse, y entrenaba mientras los demás se levantaban y desayunaban. Una vez su padre y Rick se habían ido y las niñas ya estaban en el colegio, Kate desayunaba y se ponían a limpiar los dos pisos de la casa a fondo, eliminando toda la suciedad y tirando cualquier posesión de los anteriores dueños. Carol y Alex, una pareja de universitarios que vivían en la vivienda contigua, habían pasado a saludarlas y a traerles sábanas y mantas limpias antes de ir a la biblioteca.
"Tened cuidado con lo que dejáis a la vista cuando salgáis de casa. Los soldados suelen hacer registros cada semana, y lo dejan todo revuelto."
"Y si tenéis tabaco, guardadlo bien, ya que si lo ven se lo quedarán."
"¿Richard Castle?" preguntó uno de los soldados con voz firme.
"Yo."
"Tercera planta. Las reglas son claras: Su hora de salida es a las dos de la tarde, y dispone de un descanso de treinta minutos a las once de la mañana. Nada de objetos personales ni llamadas, y sin excusas. Nada de risas ni de bromas, y lleve siempre su identificación. Nada de comer y de beber en las mesas, ni de dejar su puesto durante las horas de trabajo.
Esta es la oficina de cultura, y su trabajo será traspasar la información de ciertos libros a documentos en el ordenador. Fiche al entrar y al salir de la planta, y vuelva a hacerlo en la entrada del edificio. Eso es todo, puede subir."
El escritor subió las escaleras y fichó en un pequeño lector, situado en la puerta de la oficina. Una señora de unos sesenta años lo esperaba en la entrada. Se llamaba Roz Harmon, y era la jefa del proyecto Light, como lo habían llamado. Le entregó un par de libros y le señaló su mesa. Rick se sentó y encendió el viejo ordenador. Minutos después abría el primer libro y una versión antiquísima de Word. Los Miserables, rezaba el título.
"LOS MISERABLES, PRIMERA PARTE: FANTINA. LIBRO PRIMERO.
I - Monseñor Myriel
En 1815, era obispo de D. el ilustrísimo Carlos Francisco Bienvenido Myriel, un anciano de unos setenta y cinco años, que ocupaba esa sede desde 1806. Quizás no será inútil indicar aquí los rumores y las habladurías que habían circulado acerca de su persona cuando llegó por primera vez a su diócesis.
Lo que de los hombres se dice, verdadero o falso, ocupa tanto lugar en su destino, y sobre todo en su vida, como lo que hacen. El señor Myriel era hijo de un consejero del Parlamento de Aix, nobleza de toga. Se decía que su padre, pensando que heredara su puesto, lo había casado muy joven. Se decía que Carlos Myriel, no obstante este matrimonio, había dado mucho que hablar. Era de buena presencia, aunque de estatura pequeña, elegante, inteligente; y se decía que toda la primera parte de su vida la habían ocupado el mundo y la galantería. Sobrevino la Revolución; se precipitaron los sucesos; las familias ligadas al antiguo régimen, perseguidas, acosadas, se dispersaron, y Carlos Myrielemigró a Italia. Su mujermurió allí de tisis.
No habían tenido hijos. ¿Qué pasó después en los destinos del señor Myriel? El hundimiento de la antigua sociedad francesa, la caída de su propia familia, los trágicos espectáculos del 93, ¿hicieron germinar tal vez en su alma ideas de retiro y de soledad? Nadie hubiera podido decirlo; sólo se sabía que a su vuelta de Italia era sacerdote. En 1804 el señor Myriel se desempeñaba como cura de Brignolles. Era ya anciano y vivía en un profundo retiro.
Hacia la época de la coronación deNapoleón, un asunto de su parroquia lo llevó a París; y entre otras personas poderosas cuyo amparo fue a solicitar en favor de sus feligreses, visitó al cardenal Fesch. Un día en que el Emperador fue también a visitarlo, el digno cura que esperaba en la antesala se halló al paso de Su Majestad Imperial. Napoleón, notando la curiosidad con que aquel anciano lo miraba, se volvió, y dijo bruscamente: ¿Quién es ese buen hombre que me mira?
Majestad -dijo el señor Myriel-, vosmiráis a un buen hombre y yo miro a un gran hombre. Cada uno de nosotros puede beneficiarse de lo que mira.
Esa misma noche el Emperador pidió al cardenal el nombre de aquel cura y algún tiempo después el señor Myriel quedó sorprendido al saber que había sido nombrado obispo de D. Llegó a D. acompañado de su hermana, la señorita Baptistina, diez añosmenor que él. Por toda servidumbre tenían a la señora Maglóire, una criada de la misma edad de la hermana del obispo. La señorita Baptistina era alta, pálida, delgada, de modales muy suaves. Nunca había sido bonita, pero al envejecer adquirió lo que se podría llamar la belleza de la bondad. Irradiaba una transparencia a través de la cual se veía, no a la mujer, sino al ángel.
La señora Magloire era una viejecilla blanca, gorda, siempre afanada y siempre sofocada, tanto a causa de su actividad como de su asma. A su llegada instalaron al señorMyriel en su palacio episcopal, con todos los honores dispuestos por los decretos imperiales, que clasificaban al obispo inmediatamente después del mariscal de campo. Terminada la instalación, la población aguardó a ver cómo se conducía su obispo."
El escritor cerró el libro. Ya se lo sabía de memoria, y le cansaba tener que transcribirlo a ordenador. Abrió el otro libro, de tapa oscura de cuero, y empezó a escribir otra vez.
"DIARIO DE LA EXPEDICIÓN #47. DÍA II.
Maldije por lo bajo. El puñetero intercomunicador del helicóptero se había estropeado una vez más. Era la tercera vez que sucedía desde que habíamos despegado de California. De repente, tuve que agarrarme con fuerza al soporte lateral mientras el pesado helicóptero daba un nuevo tumbo al cruzar una bolsa de aire caliente. Ben, indiferente a las sacudidas, continuaba pilotando alegremente a toda velocidad, mientras tarareaba una espantosa versión de Elvis que me martilleaba inmisericorde los oídos. Rocky, mi perro, me observaba con atención, indiferente al terrible estruendo que producían los motores de nuestro pájaro. Putos perros policías. Tras cinco días consecutivos de vuelo, aquel sonido, incluso filtrado a través de los cascos protectores, me estaba volviendo loco, mientras que él estaba tan tranquilo. Me pregunté cómo demonios hacía para soportarlo. Capacidad de adaptación, supongo.
Me giré hacia el interior de la cabina de pasajeros. La soldado Karst estaba fuertemente amarrada a uno de los sillones, rezando monótonamente por lo bajo mientras desgranaba de forma mecánica las cuentas del rosario con la mano derecha. La pobre chica había sido monja toda su vida, y desde hacía un mes llevaba unos enormes cascos de color negro sobre la cabeza, uniforme militar y un K-47 en cada mano. Una estampa chocante, teniendo en cuenta que se había convertido en la mejor tiradora que teníamos en la expedición. La única pega era el ligero color verdoso de su cara y la expresión de angustia que se le dibujaba cada vez que veíamos a uno de esos bichos. Estaba claro que lo de matar no estaba hecho para ella, aunque había que reconocer que había aguantado las tres expediciones en Rusia y Ucrania. Ni una sola queja había salido de sus labios en aquellos cinco días. Bueno, ni una palabra. Justo en la bancada de enfrente, estaba Tate. Vestía un uniforme que le iba grande y en aquel momento estaba profundamente dormido. Se movió en sueños, mientras murmuraba algo incomprensible con una expresión de pánico en la cara. Al cabo de unos segundos se despertaba con un grito.
"¿Otra pesadilla?"
"Joder, sí.""
Los soldados picaron a la puerta y entraron en el apartamento con tranquilidad, seguidos de Martha. Según decían, hoy les tocaba un registro rutinario en la casa. Estaban "registrando" el salón cuando Kate subió del sótano.
"¿Están solas?" preguntó el más bajo, de unos cuarenta y pico años.
"Sí. Kate Beckett."
"Soldados J. Dillin y V. Gee. El que está registrando el piso de arriba es-"respondía él, cuando un grito rompió el silencio. Los soldados desenfundaron sus armas y las apuntaron. "Quietas ahí. Ni se os ocurra moveros o os volamos la puta cabeza. Poned las manos en alto y ni se os ocurra gritar. Tu y Gee llevaos a la vieja y la morena a la cocina y átalas bien. Yo me llevo a la niñita al sótano. Voy a divertirme un rato."
"¡No!" gritó la adolescente, luchando por librarse de las garras del soldado, sus gritos confundiéndose con los de Martha. "¡Abuela, Kate! ¡Kate, por favor! ¡Kate!"
Kate le dedicó una última mirada antes de empezar a subir las escaleras. Mientras el soldado les hablaba, uno de los otros les había maniatado los brazos a la espalda. Kate palpó la cuerda. Estaba bien atada, con fuerza y con eficacia. No podía soltarse. Martha la miraba desde atrás, en silencio, las lágrimas cayendo por su cara.
"Pasando por el estrecho pasillo que comunicaba la zona de carga y pasaje con la cabina me dejé caer en el asiento del copiloto, al lado de Pritchenko. El ucraniano se giró y me dirigió una luminosa sonrisa, al tiempo que me tendía un termo de café que guardaba en una pequeña funda que colgaba a su espalda. Acepté el termo con desmayo y le pegué un largo trago. Unos enormes lagrimones afluyeron a mis ojos, mientras tosía incontrolablemente, tratando de respirar. Aquel café debía llevar casi un cincuenta por ciento de vodka en estado puro.
- Café con gotas - me dijo el piloto mientras me arrebataba el termo de las manos y le daba un prolongado trago sin pestañear. Tras hacer bajar medio termo de golpe, se dio un puñetazo en el pecho y eructó estruendosamente-. Mucho mejor para pilotar. –A continuación me pasó de nuevo el termo, que cogí de forma mecánica-. Sí señor. Mucho mejor. -Chasqueó la lengua satisfecho y me dedicó otra de sus espléndidas sonrisas-. En Chechenia, de donde era mi padre, toda la escuadrilla de mi padre tomaba vodka solo… pero allí hacía más frío -remató con una carcajada.
Meneé la cabeza, dejando a Kristoff por imposible. Dentro de la cabina hacía calor, mucho calor. El ucraniano vestía unos gastados pantalones militares e iba con la camiseta cubierta de sudor. Lo cierto era que pilotaba admirablemente bien. Las imágenes del viaje no cesaban de pasar una y otra vez ante mis ojos, incansables.
Definitivamente, a lo largo de esos últimos días fue cuando habíamos podido darnos cuenta del auténtico alcance del caos que provocaba el Apocalipsis. Por si nos quedaba alguna duda, ya estábamos totalmente seguros de que la civilización humana se había ido al cuerno para siempre, aunque solo hubiera unos cuantos países contaminados. Las primeras horas habían sido las peores, el caos y la desolación eran generalizados.
De no ser por el permanente olor a carne descompuesta, basura, ruinas y restos orgánicos que flotaba por todas partes uno casi podría pensar que estaba en un territorio sin descubrir. Una breve mirada a los fiambres que se paseaban por todas partes bastaba para volver a la realidad. Las carreteras, por su parte estaban totalmente intransitables. Las líneas negras de asfalto se veían punteadas por restos de vehículos o monstruosas colisiones múltiples que obstruían la vía por completo. En un par de ocasiones incluso vimos algunos viaductos que se habían venido abajo o carreteras cubiertas por completo por desprendimientos de tierra.
La naturaleza, poco a poco, iba reclamando su terreno. Las orgullosas construcciones humanas, sus asombrosos y a veces casi increíbles logros de ingeniería civil, estaban siendo lentamente devoradas por la maleza, el agua, la tierra y lo que fuera que Dios quisiera poner en su camino."
Rick se echó hacia atrás, acomodándose en el respaldo de la silla. Estaba leyendo uno de los primeros relatos sobre el apocalipsis que se había desatado hacía tan poco.
