N. de la A: Otra vez he estado desaparecida en combate, lo sé. ¡Oh, si supierais! He estado en el hospital durante varias semanas a causa de un accidente, y me rompí casi todos los huesos de las manos (y alguno de los brazos). Por supuesto, no podía escribir, así que he tenido que grabarme en voz y ahora que ya puedo teclear estoy transcribiendo ambos capítulos. No prometo nada, pero el viernes intentaré subir otro capítulo.


"¿Qué le vais a hacer a mi nieta? ¡¿Qué le vais a hacer?!" gritó Martha.

"Pronto lo sabrás, vieja." Contestó uno de los soldados.

"Vuelve a hablarle así y te corto las pelotas." le replicó Kate.

"Calla, puta." Dijo, abofeteándola. La marca de su anillo, con una letra gravada en él, rasgó la cara de la policía. La habitación quedó en un súbito silencio, mientras Kate notaba como algunas gotas de sangre caían por su cara. "O la siguiente serás tú." El soldado se sentó en otra silla, un cuchillo en una mano y un vaso de vodka en la otra. "Esta botella" dijo señalando el recipiente situado en el suelo "es la última botella de nuestras reservas. Pero estad tranquilas, me la beberé a la salud de la pelirroja. Tú," añadió dirigiéndose al otro soldado. "Vigila que no venga nadie a la casa."

"Hijo de puta…" murmuró la detective.

"¿Qué me has llamado, bonita?" dijo el hombre. Era rubio de ojos marrones y pelo corto. Lucía un uniforme desgastado de soldado sin chaqueta, dejando a la vista un par de tirantes de mecánico que le sujetaban los pantalones. Se levantó y con tranquilidad acercó su silla a Kate, mientras que con la otra mano sacaba una navaja. Se volvió a sentar en la silla y le acercó la navaja a la cara. "Repítelo."

"Hijo. De. Puta." dijo, y acto seguido le arreó un cabezazo, dejándolo inconsciente.

Kate corrió hacia la puerta, esquivando el cuerpo noqueado del soldado. Con agilidad, saltó de dos en dos escaleras abajo, cruzó la cocina y abrió la puerta del sótano con un golpe seco. El cuerpo del soldado yacía inconsciente en el suelo, tumbado boca arriba con un disparo en la cara. En el otro lado del sótano, "acurrucada" en un rincón, yacía Alexis, con las manos medio desatadas y un trozo de cinta en la boca. K corrió hacia ella y le arrancó la cinta de un tirón, provocando un grito de dolor de la chica.

"¿Qué te ha hecho, Lex?" dijo con voz desesperada.

La chica no contestó.

"¿Qué te ha hecho?" inquirió la detective, sacudiendo levemente a la chica.

Alexis seguía sin abrir la boca. Kate respiró hondo y se sentó junto a la chica, cogiendo sus manos y ayudándola a retirar la cuerda que colgaba de las muñecas de la chica. Una vez libre, la cogió y la abrazó.

"Alexis, necesito que me digas que ha pasado." dijo con preocupación. "Contéstame sí o no, ¿vale?"

"¿Te ha insultado?"

"Sí."

"¿Te ha pegado?"

"Sí."

"¿Te ha... do?"

"Sí."


"DIARIO DE LA EXPEDICIÓN #47. DÍA IX.

Estamos en un pequeño hotel junto a una gran carretera cercana a San Petesburgo. Aquí pasé un verano cuando tenía doce años. Era un bonito hotel, con piscina y terraza. ¿Cómo ha podido quedar tan abandonado? La respuesta es sencilla: todo el mundo está muerto. El hotel Lyubochka está abandonado y triste. Habíamos pasado por delante ayer, sin prestarle atención, hasta que hoy hemos visto unas pintadas que no estaban antes y una puerta abierta. Aunque la primera vez pasamos de largo, retrocedimos para observar con más atención. No había lugar a dudas, la puerta estaba abierta.

Cámara y ametralladora en mano entramos a echarle un vistazo. Lo que más me devastó fue ver que las zonas comunes, en un edificio distinto a donde estaban las habitaciones, estaban totalmente desmanteladas. Probablemente los saqueadores se llevaron todo el mobiliario y equipamiento, de modo que apenas quedaba algo más que un par de habitaciones amuebladas. Sorprendentemente no se veían destrozos ni pintadas en el interior, las pandillas de la ciudad no habían hecho de las suyas. Donde sí se veían signos de vandalismo era en los cristales. Muchos de ellos estaban rotos, probablemente porque el lugar ya estaba cerrado durante mucho tiempo antes del apocalipsis y losdestrozos se habían limitado a ventanas exteriores, protegidas por rejas.

"Sólo por las moquetas antiguas y el papel pintado ya vale la pena andar haciendo fotos" comentó Karst.

Había un montón de cuadros apilados al fondo de un pasillo. Resultaba curioso verlos allí, un poco en medio de todo, cuando en mis recuerdos de mi estancia en el hotel éstos estaban perfectamente colgados en el pasillo. Probablemente la foto que tengo en mis manos es la más nostálgica. No es la mejor ni mucho menos. Una carta de vinos y bebidas alcohólicas. En ese momento recordé. Todo eso había pasado hacía una o dos semanas, no más. Lo más probable es que cuando volviera a pasar por este hotel el tiempo haya hecho su trabajo y las tejas se las haya llevado una tormenta y los tejados se vengan abajo. O tal vez se venda o se rehabilite como hotel "histórico" del apocalipsis, puestos a soñar."


"DIARIO DE LA EXPEDICIÓN #47. DÍA XIX

Me he despertado en el suelo, la vista de los árboles encima de mi cabeza. Es de noche, estoy aturdido y oigo los gritos de la soldado Karst en la lejanía. No puedo mover las piernas, creo que las tengo aplastadas bajo algo, un árbol posiblemente. Intuyo a Kristoff Pritchenko en la oscuridad. Aún está sentado en la cabina, no parece estar despierto. Cierro los ojos. Los abro otra vez. Ya es de día. Los gritos de Karst han cesado. Veo un gran hierro afilado al alcance de mi mano izquierda. Lo cojo y lo apoyo en mi pierna haciendo palanca con el árbol. Localizo a Karst, está vendándose la mano con un trozo de tela. Me mira. Desvía la vista hacia mis piernas y se acerca. Vuelve al helicóptero. Coge un trapo y una sierra metálica y se acerca otra vez. Intenta cortar el árbol. No lo consigue, no tiene fuerza. Lo intenta otra vez. Sigue sin conseguirlo. Me mete el trapo en la boca y me apoya la sierra en la pierna izquierda. Llega Kristoff. Me mira. Le arrebata la sierra y empieza a cortar. Grito. Aprieto la mano buena de Karst. Sigue cortando y llega hasta el hueso. Me desmayo.

Me he vuelto a despertar, esta vez en la parte trasera del helicóptero, que milagrosamente sigue casi intacta. Me intento mover, veo el lugar donde debería estar mi pierna. El muñón está vendado, por suerte. Giro la cabeza. Veo a mis compañeros a mi lado, él sentado en una butaca y ella estirada en el suelo conmigo. Me doy cuenta de que la cabina está casi vacía y que estoy tumbado encima de un colchón improvisado con las butacas y ropa. Doy gracias a dios. Está amaneciendo, la soldado se despierta.

"Buenos días" me susurra.

"Buenos días..."

"Voy a ver qué nos queda de comida. No te muevas."

"Karst..." intento decir, casi sin fuerzas.

"Lena. Llámame Lena." dice antes de levantarse e irse."

Cuando Rick salió de la oficina notó un escalofrío. El cielo se había nublado durante las horas que había pasado en la oficina. Se avecina una tormenta, pensó mientras observaba como el sol desaparecía. Efectivamente, al cabo de un minuto empezaban a caer pequeñas gotas. Refugiándose en un portal de una casa vacía, miró el mapa. Por suerte para él, el apartamento estaba tan solo dos calles. Lo que R no había advertido era al soldado que lo vigilaba desde uno de los callejones adyacentes.


Kate subió a la adolescente al segundo piso y la ayudó a acostarse. Procurando evitar que la adolescente viera los cuerpos ensangrentados de los otros soldados. Oyó a M proferir un gemido de dolor desde la otra habitación. La mujer había conseguido zafarse de la atadura de la silla, y parecía haberse arrastrado por el suelo hasta conseguir coger uno de los cristales que había repartidos por el suelo.

"¿Cómo está mi nieta?"

"Está bien, en la otra habitación." le aseguró la detective mientras cogía un cristal y empezaba a rasgar la cuerda. "Me alegra que estés bien."

"El tipejo este no se ha despertado aún. ¿Estás segura que está vivo?"

"Ahora no importa. ¿Puedes caminar? ¿Te duele algo?"

"Me duele un poco el tobillo, pero estoy bien."

"Bien. Te llevo con A. Dice no quiere hablar con nadie, pero quiero que te quedes con ella en la habitación hasta que os diga que salgáis." dijo Beckett. "En esa mesita de noche hay una pistola. No hagáis ruido, y bloquea la puerta." La detective echó un vistazo rápido por la habitación antes de salir de la habitación. Sacó su pistola y avanzó con cautela por el pasillo.


El día nublado acompañaba el sentimiento gris que predominaba en el pueblo. La gente se reunía en la plaza del ayuntamiento, donde los tres soldados yacían arrodillados delante de las escaleras, maniatados y con la cabeza gacha.

"En este pueblo" gritó Espósito "no toleramos la violencia entre nuestros habitantes, ya sean hombres o mujeres de cualquier raza, religión, orientación sexual o edad. Estos tres hombres no solo han atentado contra la seguridad del pueblo dejando sus respectivos puestos, sino que también han atentado contra la dignidad de tres de nuestras habitantes. Por eso hoy serán castigados en público, y servirán como ejemplo para todos aquellos que quieran seguirles.

Los imputados son los soldados, Jeremiah Liennsen, imputado por la violación de A. Castle; Mark Collen imputado por las agresiones a K. Beckett y M. Rodgers; y Christian Jacobs por ser cómplice de los demás acusados y vigilar la casa mientras todo ocurría.

En este pueblo no toleraremos actos de violencia como robos, asesinatos o violaciones, delitos castigados con prisión cuando nos regíamos por las leyes de nuestro país. Es por eso que hoy os damos a escoger cómo queréis que castiguemos a estos soldados. El portavoz de cada familia o residencia, que se acerque a las escaleras y meta su voto en cada una de las urnas, una para cada soldado. Los votos verdes serán para que se los deje en libertad, los amarillos para que sean castigados físicamente y los rojos para que se ejecute a los imputados. El recuento se hará públicamente por la doctora Sergievsky y el General Karev. Que empiece la votación."

Diez u once personas caminaron hacia las escaleras y se situaron en fila. En ese momento Kate reparó en que los brazaletes azules que llevaban algunos habitantes en sus muñecas, y que al principio creyó que no tenían ningún significado, eran en realidad el símbolo que representaba al portavoz de cada familia.

"¿Esto ya lo habían hecho antes?" preguntó Kate a una señora de sesenta años que estaba sentada en la repisa de la fuente.

"Sí, un hombre disparó a su mujer un par de días antes de que llegaseis, y el jefe decidió instaurar unas leyes que fueran democráticas. A todo el mundo le pareció bien, es una buena manera de votar. Eres de los nuevos, ¿verdad?"

"Sí."

"Soy Dorothy Miller. Mi hijo y yo vivimos en la casa 43. ¿Cómo está la chica?"

"Bien. ¿Cómo sabe que...?"

"Las noticias vuelan. Vaya, menos de una semana aquí y ya os ha pasado esto. ¿Quién es el representante de la familia?"

"Aún no tenemos ninguno. Igualmente hoy no podemos votar."

"¿Kate?" preguntó alguien en voz baja. Ambas mujeres se giraron y vieron a Alexis, vestida con un chándal azul y zapatillas de deporte. Las tres tallas de más del chándal la hacían pareciera una niña pequeña, con las manos dentro de las mangas y el cuello de la chaqueta subido hasta las mejillas.

"¡Alexis! ¿Qué haces fuera de la cama?" dijo la detective con preocupación.

"He visto que todo el mundo venía aquí y quería saber qué pasaba."

"No deberías estar aquí."

"Quiero verlo."

Kate abrazó con afecto a la adolescente mientras veían como los representantes metían sus votos (unas fichas de colores) en la primera urna, la de Liennsen. A continuación la doctora Sergievski sacó una llave y retiró el candado que la mantenía cerrada. Una a una fue retirando las fichas, todas ellas de color rojo. Los resultados de la segunda urna fueron idénticos a la de la primera, a excepción de una solitaria ficha amarilla. El soldado paliducho acusado de ser cómplice sollozó, esperando la misma condena que sus compañeros, pero el recuento de su urna reveló nueve fichas amarillas. El soldado se relajó inmediatamente, aunque siguió con la cabeza gacha.

"El consejo de representantes se reunirá esta noche para decidir el castigo del soldado Jacobs. Damos por finalizado el juicio." dijo Javi antes de meterse dentro del ayuntamiento, seguido por los oficiales que llevaban a los soldados al interior. La gente se dispersó y se fue a sus casas, charlando sobre los acontecimientos recién ocurridos y metiéndose en sus casas. Los Castle estaban en el portal de su apartamento cuando un disparo rompió el silencio de la calle, seguido por otro unos segundos más tarde. Al día siguiente los cuerpos de los soldados colgaban de uno de los árboles del bosque exterior, con un corte en la barriga y una legión de no muertos devorándolos lentamente.