Disclaimer: igual que en el capítulo 1.


Autor: Lennon/McCartney. Álbum: Please please me.


Con el gesto rápido y experto de quien se dedica a esta tarea todas las noches, cogí el último plato del montón de los sucios y, con un solo movimiento, lo sumergí en agua por completo. Tras sacarlo de ella, lo enjaboné por completo y a conciencia para después enjuagarlo en otro cubo diferente. Por último, me acerqué la bayeta que siempre llevaba colgando de una esquina en mi segunda boca cuando lavaba los platos y la froté por toda su superficie, secando hasta las últimas gotas de agua. En cuanto pude ver mi rostro en la superficie pulida me detuve, satisfecho, y lo deposité con cuidado en la parte superior de la pila en que apilaba la vajilla limpia.

Ahora que había acabado, por fin llegaba el momento que había estado esperando desde que terminé de cenar. Con ligera impaciencia, salí de la cocina y entré en el pasillo central al que daban todas las habitaciones de esta planta de la casa y que había sido el eje central del árbol hasta que la familia que lo ocupó antes de que lo hiciera yo vació la parte interior del mismo, dejando sólo la más exterior para que se mantuviera vivo y tuviese unas paredes resistentes. Después, entré por la puerta que estaba enfrente de mí: la puerta de la sala de estar.

Allí me esperaban mi pareja, sentada en el sofá, y mi hija, jugando con los cubos que le habíamos comprado tres días antes. Saludé a mi pequeña, y ella me devolvió el saludo mirando en mi dirección. Sonreí, y después me dirigí al sofá donde ella me esperaba.

Lentamente, me senté en él, y al mismo tiempo iba girando la cabeza para quedar mirando en dirección a ella en el instante en que mi cuerpo y el cojín del sillón entrasen en contacto. Mi pareja, evidentemente, también había estado esperando a que llegara este momento, porque también había girado sus ojos hacia donde yo estaba. Nuestras miradas se cruzaron, y un leve sonrojo apareció en sus mejillas de color amarillo levemente verdoso. También habría hecho su aparición en las mías ―incluso podía sentir cómo la sangre iba agolpándose en ellas― si no fuera por la delgada capa de acero que cubría toda la piel de mi cuerpo.

Muy lentamente, fuimos acercando nuestros rostros, y cuando estuvimos a poca distancia el uno del otro, posamos nuestras manos en nuestras mejillas. Por espacio de unos segundos, simplemente permanecimos en aquella postura, mirándonos fijamente y confesándonos nuestros mutuos sentimientos sólo con la mirada. Ella cerró los ojos por un instante y sonrió, y yo también sonreí. La quería tanto, y ella estaba tan enamorada de mí… Intenté atraerla más hacia mí para poder besar sus labios, pero cuando estábamos a punto de entrar en contacto ella se escurrió de mis brazos y se levantó del sofá.

― Cuando estemos acostados ―dijo sin perder la sonrisa de pura felicidad que asomaba a sus labios.

― ¿Por qué, cariño? ―pregunté. Besarnos era nuestra actividad de pareja favorita, y cuando empezábamos nos costaba mucho dejar de hacerlo. Sucedía a menudo que por las noches no nos dormíamos hasta que caíamos rendidos por el cansancio de los besos apasionados que nos dábamos.

― Porque me da vergüenza que Loretta nos vea besándonos ―respondió. Después me sonrió por última vez y se volvió hacia nuestra hija, que seguía sentada en el suelo intentando formar palabras con los cubos, algo que yo consideraba imposible debido a que aún era demasiado joven como para aprender a leer. No obstante, sí que los había repartido en dos filas, en las que desde mi perspectiva se podía leer "AML" y "TOU"― Vamos, Loretta, es hora de acostarse ―dijo con dulzura.

Mi pequeña Eevee, al oír la voz de su madre, dejó enseguida el cubo que llevaba entre sus patitas delanteras y giró su pequeña cabecita hasta encontrar el pecho de mi pareja.

― Cinco minutitos más, mamá ―intentó protestar, y casi inmediatamente después bostezó. Los dos esbozamos una sonrisa.

― ¿Ves cómo tienes sueño? Venga, vamos a la cama ―insistió mi querida Fíora, acariciándola con la especie de delgada rama de árbol que salía de su cabeza. Al notar el contacto, Loretta ronroneó―. Mañana podrás seguir jugando, y además ―hizo una pausa con aire misterioso― tu padre y yo te cantaremos una nana.

Con algo de torpeza por el cansancio, mi pequeña se puso en pie y caminó hasta llegar a donde estaba mi pareja, donde volvió a sentarse y frotó su mejilla un par de veces contra el pecho de su madre. Ella me miró, y, como antes, volvimos a ruborizarnos y a sonreír.

― De acuerdo ―aceptó ella con su adorable vocecita de pokémon pequeño―. Pero me tenéis que cantar una nana. ―Fue a incorporarse, pero antes de hacerlo, pidió―: ¿Me subes a la cuna, mamá? Yo todavía no llego.

― Por supuesto, hijita.

Mi querida Fíora se inclinó sobre el cuerpo de Loretta y, con extremada suavidad para no hacerle ningún daño, cerró sus dientes en torno a la piel de la parte de atrás de su cuello. Después se levantó y, tras llegar a las escaleras, comenzó a subirlas con nuestra hija colgando de su boca. A pesar de haberlo visto ya miles de veces, de que nunca había ocurrido ningún accidente y de que sabía muy bien que aquel era el modo en que las madres de las especies que andan a cuatro patas llevan a sus hijos de un lado a otro, no pude evitar que al ver aquella escena tan familiar el corazón, como siempre, me diera un vuelco; pues siempre me había parecido que, aunque no existía otro, aquel modo de llevar a nuestra pequeña era extremadamente inseguro y que en cualquier momento ella podría escurrírsele de la boca y caer al suelo o bien ella podría apretar demasiado sus dientes para que esto no le ocurriera y herirla sin querer. Por eso muchas veces le pedía ser yo quien la llevara en brazos, pero ella no solía acceder a mis peticiones y, si bien Loretta había cumplido los cinco meses hacía algunos días, no habían sido muchos los momentos en que la había tenido entre mis brazos.

Ya en su habitación, la primera puerta a la derecha cuando se llega al pasillo central del primer piso, tuvimos que acercarnos a la cuna de Loretta sorteando los muñecos de peluche de distintas especies que estaban tirados por el suelo ―excepto su favorito, un Eevee de peluche que mi pareja le había hecho a mano y que seguía en su cuna, porque con él dormía todas las noches― y que le ayudaríamos a ordenar a la mañana siguiente. En silencio, llegamos hasta el borde de su cuna. Mi pareja se puso a dos patas para meterla dentro de ella, pero yo hice un ademán para que no se molestase en ello.

― Déjame a mí acostarla por una vez.

Por primera vez en sus apenas cinco meses de vida, mi pareja accedió y depositó cuidadosamente a nuestra hija en mis manos, abiertas para recibirla. Cuando por fin estuvo en ellas, la estreché entre mis brazos sin pérdida de tiempo, y Loretta también lo hizo, si bien sus cortas patitas todavía no eran capaces de llegar ni siquiera a miss costados. Por un instante, como todos los padres, deseé que nunca creciera y siempre fuera una pequeña Eevee que viviera con su madre y su padre. Pero, por desgracia, mi sencillo deseo era imposible de cumplir. En algún momento, ella se haría mayor y se iría de casa a buscar su propia vida.

Cuando nos separamos, desplacé mis manos a ambos laterales de su cuerpo y comencé a moverla hacia su cama. A pesar de que le había dicho a mi pareja que no se molestara en levantarse, ya lo había hecho, supongo que para poder arroparla.

― ¿Pasa algo, hija? ―pregunté al percatarme de que ella me miraba a la cara con ojos muy abiertos, como si tuviese algo raro en ella o como si le pareciese algo asombroso.

Ella no respondió, sino que siguió con sus ojos fijos en lo que fuera que estaba mirando de mi rostro.

― ¡Vee! ―chilló alegremente, golpeando con suavidad mis mejillas con las plantas de sus pies delanteros, y después empezó a reírse casi en silencio de la broma que me había gastado. A los pocos segundos, ambos estábamos acompañándola.

Una vez nos hubimos calmado, comencé a bajarla hasta el colchón de su cuna, disfrutando del precioso momento, de la primera vez que acostaba a mi hija. La posé de costado, mirando hacia nosotros, sobre el colchón con ternura, acariciando el suave pelaje marrón de su frente y sus mejillas, y su madre la tapó con la colcha que había descorrido pocos segundos antes.

― Buenas noches, Loretta ―le deseamos ambos al unísono.

― Buenas noches, papá. Buenas noches, mamá ―respondió ella para quedarse mirándonos con expectación, esperando su nana.

Por un instante, los dos permanecimos en silencio, recorriendo mentalmente todas las nanas que conocíamos y que aún no le habíamos cantado. Pero eran pocas, y para encontrar una prácticamente teníamos que hacer un gran esfuerzo mental y remontarnos a nuestra primera infancia, a aquellas que habíamos oído cantar a nuestros progenitores; y por esa razón precisamente eran las más fragmentadas y las que menos posibilidades teníamos de reconstruir.

― Papá ―dijo mi pequeña de improviso, interrumpiendo mi concentración en el preciso instante en el que intentaba recordar el comienzo de una canción de cuna que solía cantarme mi madre de pequeño, llamada "Llora, pequeño, llora" y que recordaba prácticamente entera.

― ¿Sí, cariño?

― ¿Cómo os conocisteis mamá y tú?

Noté de nuevo la sangre subiéndome a las mejillas, y las de mi pareja se pusieron de un color rojo baya Tamate. Nos miramos, y con la rapidez del rayo nos dimos un fugaz beso en los labios. No hacía falta mirar la expresión de ligera vergüenza y pura felicidad en su rostro para saber en qué estaba pensando. Como yo, su mente estaba recordando el día en que nos conocimos.

Era un día soleado de primavera, en el que el cielo era de color azul celeste no interrumpido por ninguna nube y en el que los jóvenes pokémon pájaro piaban en las copas de los árboles, buscando una pareja. Yo estaba detrás del mostrador de mi tienda de artículos para exploradores, que había heredado de mis padres y que estaba situada a cielo abierto, justo enfrente del árbol en el que yo vivía. Era un día aburrido en el que apenas había clientes; por esa razón precisamente fue por la que decidí no esperar a la hora del almuerzo para sacar mercancías del almacén y ponerlas en el mostrador. Entré en casa, en la habitación que había habilitado como almacén, y, cuando salí con dos botiquines de primeros auxilios en ambas manos y algunos rollos de cuerda al hombro, allí, a dos patas sobre el mostrador, manteniendo la cabeza baja y con la mirada fija en la tabla de madera sobre la que colocaba las mercancías que vendía, estaba ella.

A primera vista, ella era una Leafeon completamente normal: pelaje amarillento con un muy leve tono verdoso, cuatro patas terminadas en pies de color entre marrón y gris, una cola en forma de hoja y algunas ramas verdes que nacían de diversos puntos de su cuerpo, la frente en el caso de la más desarrollada. Nada en absoluto llamaba la atención en ella, no veía en ella nada fuera de lo común, y con toda probabilidad me habría limitado a atenderla y venderle aquello que necesitaba.

― Bienvenida ―la saludé de buen humor― ¿Qué deseas?

Entonces, la Leafeon levantó lentamente la cabeza, y en cuanto la vi di un respingo. Sus ojos, un poco entornados, estaban completamente enrojecidos, y de ellos nacían sendos rastros de humedad perlados de minúsculas gotitas transparentes que seguían la forma de su hocico y rodeaban su boca, pasando sobre sus mejillas, y a los que se unía una corriente de líquido transparente que nacía de su nariz. Era evidente que había estado llorando, lo que quedaba confirmado a través de su respiración, que avanzaba a espasmos y que se componía casi exclusivamente de hipidos y sollozos. No pude evitar preguntarme qué le había ocurrido para encontrarse así.

― Necesito… ―sollozó― una cuerda.

Casi inmediatamente, saqué una del montón que llevaba al hombro y la coloqué enfrente de su frente, que mantenía apoyada sobre la madera del mostrador. Repentinamente, la Leafeon, hipando, rompió a llorar. La parte de su espalda que correspondía a su pecho comenzó a oscilar espasmódicamente, como el de un moribundo dando sus últimos estertores antes de quedar eternamente inmóvil, y dos pequeños charcos salados comenzaron a filtrarse al exterior desde donde caían las lágrimas de sus ojos, que me habían parecido bastante bellos. Instintivamente, apoyé mi mano en su mejilla en un intento de calmarla. No funcionó, pero ella no la apartó de un manotazo ni hizo nada por rehuir mi contacto.

― ¿Te pasa algo? ―pregunté con suavidad. No quería que me tomara por un entrometido, pero me parecía que tenía que haberle ocurrido algo horrible para que llorara de aquella manera.

Sin responderme, levantó su cabeza, rompiendo el contacto y dejando ver de nuevo su rostro surcado por las lágrimas que, suponía, tenían su origen en un dolor que se originaba en lo más profundo de su corazón. Me dolía mucho verla tan desconsolada, y quería decirle algo para consolarla, pero no sabía el qué. En aquel momento, todas las frases típicas para consolar a alguien que llora y no sabes por qué me parecían estúpidas, como si fuesen a hacerle más daño aún.

Todavía estaba devanándome los sesos cuando, en dos gestos rápidos como dos Ninjask, recogió la soga del mostrador, pasando la cabeza, el cuello y las patas delanteras por el centro del rollo y colocándoselo alrededor de su barriga, a la misma distancia de sus extremidades delanteras que de sus traseras, y me pagó, colocando enfrente de mí una pequeña bolsita de cuero que tintineó con un ruido de monedas mientras estaba en el aire y que hizo un ruido seco y nada parecido al que hacen dos objetos metálicos al chocar entre sí cuando golpeó la madera sobre la que ponía a la venta mis productos. Tiré de uno de los extremos del lazo que mantenía el paquetito cerrado y dejé caer las monedas sobre mi mano, tres de veinte pokés, y después me incliné sobre el lugar en que guardaba el dinero para sacar los diez pokés que debía devolverle.

― Quédate con la vuelta ―musitó ella entre sollozos, deteniéndome en el preciso segundo en el que iba a abrir la caja registradora― y también con la bolsita.

Aquel gesto suyo, a decir verdad, me sorprendió agradablemente ―si bien de todos modos terminé abriendo el lugar en que guardaba el dinero para meter en él el saquito de cuero―, porque era una de las primeras propinas que recibía, ya fuera porque los pokémon de este bosque no solían disponer de mucho dinero o porque no solían dejarlas.

Cuando levanté la vista del punto de la tienda en el que escondía la caja, ella ya se había marchado, y caminaba lentamente, con el rollo de cuerda enrollado alrededor de su espalda y sin dejar de sollozar, a unos metros del mostrador y alejándose de él. Las lágrimas que seguía derramando iban cayendo sobre la tierra cada pocos segundos, dejando un doble rastro de pequeñas marcas de humedad en donde el suelo absorbía el líquido salado. La observé con interés, siguiendo con atención cada uno de sus movimientos. Por mucho que pensaba, no conseguía encontrar nada que pudiera resultar tan terrible como para dejarla en ese estado ni nada que pudiese servir para calmarla y reconfortarla. Sí se me ocurrió, como en las historias románticas, estrecharla contra mi pecho para que sintiera que alguien se preocupaba por ella; pero lo cierto es que era, y sigo siendo, tímido, y me daba bastante vergüenza hacer un gesto tan íntimo, sin contar cómo se lo tomara ella.

Repentinamente, como si se hubiese dado cuenta de que la estaba mirando, se detuvo y se dio la vuelta. Durante unos segundos, me examinó con la mirada de arriba abajo, como si quisiera cerciorarse de algo, y después dijo:

― La necesito para poder llegar al lugar en el que está mi familia.

No sabría describir lo que me ocurrió en ese preciso instante. Fue una especie de intuición, como si un sexto sentido que hubiera permanecido oculto hasta aquel día me estuviese diciendo que algo malo iba a ocurrirle a aquella pobre Leafeon si no hacía nada por evitarlo. Tampoco podría decir por qué le presté atención en lugar de considerarla como una simple imaginación mía. Tal vez fuera porque ella había roto a llorar desconsoladamente en mi tienda y yo me preocupaba por ella porque la había visto así. Pero en cualquier caso lo que sí es cierto es que me apresuré en correr la persiana de madera de la tienda y a colgar el cartel de cerrado para empezar a seguirla a una distancia suficiente como para no perderla de vista sin que ella se diera cuenta de que estaba siendo seguida.

En casi completo silencio, solamente roto por los piidos de algunos pokémon pájaro y algún hipido ocasional surgido de su garganta, comenzamos a caminar por el bosque. Yo iba de puntillas para que no pudiera oír el ruido de mis pasos sobre la tierra, lo que me hacía ir más lento de lo que ya iba por culpa del poco equilibrio que había tenido desde que era un niño. La vi rodear a poca velocidad y entre sollozos el tronco del árbol que me servía de casa, y unos segundos después desapareció detrás de su pared posterior. Dándome un poco de prisa, recorrí el mismo camino que ella, pero en cuanto estuve detrás del tronco de mi casa tuve que echar una mirada circular en derredor, asombrado. ¡La Leafeon había desaparecido!

Apreté los dientes con rabia. La había perdido. Había perdido de vista a una Leafeon que se había presentado en mi tienda llorando a lágrima viva y a la que algo le había hecho sentirse de esa manera. ¿Pero cómo había conseguido darme esquinazo? En la parte del bosque en la que yo vivía había bastante pocos árboles, que además estaban especialmente separados alrededor del mío; así que no había podido echar a correr y perderse entre ellos porque entonces la habría visto. ¿Y entonces? Lo único que tenía sentido era que se hubiera dado cuenta de que yo estaba detrás de ella y, para librarse de mí, había apretado a correr en el preciso instante en que yo empezaba a dar la vuelta al exterior de mi casa, saliendo por el otro lado y burlándome. Apreté otra vez los dientes, y ahora también el puño; y después me senté en el suelo. Si así había sido, comparando la velocidad de mi especie y la suya, ya estaría muy lejos y no podría alcanzarla.

De repente, un gemido sonó exactamente encima de mi cabeza, sobresaltándome y haciendo que me levantara al instante para volver a buscarla sobre la hierba del bosque, esperanzado por aquel sollozo, pero de nuevo sin obtener resultado alguno. Como es natural, me sentí frustrado y decepcionado, e incluso algo culpable. ¿Me lo había imaginado todo? ¿Había sido aquello una invención de mi cerebro para hacerme creer que la pobre pokémon seguía allí y evitar tener que enfrentarme a la realidad? Desgraciadamente, todo parecía indicar que así era, por lo que, con una amarga sensación en el corazón por no haber podido ayudar a alguien tan necesitado como ella, emprendí el camino de vuelta a mi tienda.

Apenas había puesto el pie en el suelo después de dar el primer paso cuando aquel sonido de tristeza volvió a resonar dentro de mi oído, y esta vez estaba mucho más cerca de mí. En esta ocasión, sabía que ella estaba cerca de mí, porque, aunque mi cerebro podía haberme engañado una primera vez, no podía haberlo hecho dos.

Ahora que ya sabía que se encontraba a poca distancia, el problema era averiguar dónde se escondía, en qué recóndito lugar se había metido para lograr pasar completamente desapercibida ante mis ojos. En quince, o tal vez veinte, metros a la redonda, sólo había hierba, mi tienda y mi árbol.

Pues claro. El árbol. La solución era tan evidente que cuando llegué a ella me quedé inmóvil por un instante, y después me golpeé con la mano en la frente, preguntándome y medio recriminándome cómo no se me había ocurrido esto antes. Con gran ansiedad por si mi deducción resultaba ser errónea, di un par de pasos alejándome de la gran columna que sustentaba la copa del árbol y después me giré para poder ver si estaba en lo cierto.

Casi simultáneamente, exhalé un suspiro de alivio y me dio un vuelco el corazón. Había acertado, la Leafeon estaba en el árbol, pero ¿qué estaba haciendo? Su cuerpo, delgado para los estándares de su especie, estaba pegado a la áspera corteza del tronco, a unos dos metros y medio de altura, sostenido solamente por las garras de sus patas delanteras y recorrido cada escasos segundos por un temblor proveniente de un gemido. Entorné ligeramente los párpados para poder verla mejor. Ahora llevaba el rollo de cuerda que me había comprado enrollado en la boca. ¿Para qué lo quería, si estaba escalando solamente apoyándose en sus zarpas? Estaba completamente confundido.

De repente, ella giró la cabeza, seguramente porque se estaba sintiendo observada, y nuestros ojos se encontraron por un instante. Sus ojos, enrojecidos por las muchas lágrimas que había derramado, se abrieron como platos; y al instante retomó su escalada, con movimientos mucho más rápidos que cualquiera de los que había hecho hasta ahora, apartándose además del eje vertical del tronco para desviarse hacia la izquierda buscando la rama más baja, que nacía a unos cinco metros del suelo. Me quedé paralizado, con la boca desencajada como un imbécil. Ahora ya lo veía todo claro como el cristal. La Leafeon iba a suicidarse. Pero ahora que ya sabía exactamente cuáles eran sus intenciones desde el principio, no iba a permitir de ningún modo que las llevase a cabo.

Como un Rhyhorn que acaba de avistar un potencial depredador, eché a correr lo más rápido que podía para poder llegar a tiempo de evitar que el propósito que ella tenía en su mente terminara por hacerse realidad. Como una exhalación, salté por encima del mostrador apoyando una mano encima de él para no perder tiempo tratando de rodearlo y entré en mi casa. Una vez dentro, corrí hacia la escalera y subí los escalones de dos en dos, saltando los tres últimos al mismo tiempo. Aunque ella era más rápida que yo, ella estaba escalando y yo corriendo, y además el lugar al que intentaba llegar era la terraza de mi casa, un grueso tablón de madera situado entre las dos ramas a menor altura del árbol, de modo que podía atajar por el interior de mi casa para intentar llegar antes que ella a la parte más alta del tronco. Pero, sin embargo, debía darme prisa en llegar, porque la Leafeon había comenzado su camino tres metros más arriba que yo. Si llegaba aunque sólo fuera un segundo más tarde… Tragué saliva. No quería ni imaginar que esa posibilidad pudiera llegar a darse.

Recorrí los últimos metros del pasillo hacia la puerta de la terraza a trompicones después de haber tropezado en el último escalón, y entré en la azotea con algo de suerte porque me apoyé en el picaporte para no caer al suelo y perder tiempo y acabé tanto recobrándolo como entrando en la azotea. Mientras levantaba la mirada del suelo y la buscaba en la rama, deseé con todas mis fuerzas que hubiera llegado a tiempo y que ella aún no hubiera terminado de subir hasta el punto en que el tronco se bifurcaba.

Desgraciadamente, había llegado tarde: ella ya estaba sobre la rama, de espaldas a mí con la cuerda desenrollada y fuertemente atada en un nudo corredizo alrededor de su delgado cuello. El corazón se me hundió dentro del pecho. No había llegado a tiempo para impedirlo.

Justo entonces, me fijé en el cabo de la soga que colgaba de la rama y se balanceaba en el aire, y un muy leve rayo de esperanza se abrió paso rápidamente en mi corazón. Todavía le faltaba hacer un nudo para poder cumplir su propósito, y para poder atarlo a la rama necesitaría tiempo, precisamente el que a mí me hacía falta para llegar hasta ella e impedir que acabara con su vida.

Con suma cautela, fui dando un paso tras otro con una lentitud tal que incluso un Shuckle se movería más rápido que yo para evitar que la madera bajo mis pies crujiera o hiciera cualquier sonido que pudiera delatarme. La Leafeon aún ignoraba que yo estaba a pocos metros de ella, y esta era precisamente la mejor baza que podía jugar si pretendía llegar hasta ella sin que llegara a percatarse de mi presencia. Pero si llegaba a descubrirlo antes de ese preciso instante y no había terminado el nudo, no dudaría en saltar para poner fin a todo. Para una especie de su tamaño, los cinco metros de caída vertical de la rama al suelo serían con toda seguridad mortales.

Ya estaba a mitad de camino cuando la Leafeon se dio la vuelta y sus patas comenzaron a mover la cuerda de posición, haciéndola pasar por debajo de la rama en lo que era el primer paso para atar el nudo que le aseguraría quedar colgando cuando saltara. El corazón se me encogió cuando la vi hacerlo. ¿Por qué quería morir? ¿Tan mal la había tratado la vida como para que hubiera renunciado a toda esperanza de mejoría? Leafeon… yo nunca te dejaría hacer eso. Te acogería, te cuidaría, te abrazaría e incluso te besaría si hacía falta para que te sintieras mejor. Haría cualquier cosa para evitar que hicieras lo que tenías pensado hacer.

Repentinamente, nada más apoyar el pie en el extremo de la tabla de madera, justo al principio de la rama, esta gimió bajo mi peso, emitiendo un crujido tan fuerte que se oyó en muchos metros a la redonda. Me quedé paralizado, y sentí el frío miedo en la boca del estómago. ¿Qué había hecho? Acababa de perder por completo el factor sorpresa para salvarla. Ella ya sabía que yo estaba allí. Incapaz de mirar, cerré los ojos para no tener que ver como la atormentada Leafeon saltaba en busca de su muerte.

Sin embargo, el chillido de horror ante el vacío y el sonido de su frágil cuerpo impactando contra el suelo en una caída mortal nunca llegaron, a pesar de que esperé con el oído aguzado durante treinta segundos. Al segundo número treinta y uno, todo el tiempo que se estaba tomando comenzó a aparecerme demasiado, lo que me dio algunas esperanzas de que hubiera recapacitado. Muy lentamente, aún con mucho miedo en el cuerpo, me forcé a abrir los ojos.

Mi primera reacción fue de alivio completo. Todo el terror que todavía quedaba dentro de mí se esfumó de un plumazo al comprobar que la Leafeon seguía allí. Pero, por desgracia, ella había aprovechado al máximo aquel medio minuto que estúpidamente le había regalado con mi error, e, incluso a pesar de que la forma de sus patas, todas ellas adaptadas a la marcha, le dificultaba enormemente el hacer nudos e incluso la simple manipulación de objetos, había sido capaz de finalizar casi por completo el último nudo. Apenas le faltaban algunos retoques, pero la forma básica ya estaba terminada y lo más seguro era que resistiese su peso si decidía tirarse en aquel preciso instante.

Consciente de que el tiempo no jugaba a mi favor, sino todo lo contrario, di el primer paso sobre la madera de la rama, y enseguida me di cuenta de que este era un terreno completamente distinto a la tabla de madera de la azotea. Si en ella había reducido su velocidad para evitar que la Leafeon pudiera saber que yo estaba allí dispuesto a evitar que se ahorcase, ahora debía hacerlo por obligación: la rama tenía mucha menos superficie y esta era mucho más rugosa e irregular que la de la terraza de mi casa, por lo que en ella mantener el equilibrio era una tarea mucho más difícil.

Si bien apenas había dos metros de rama hasta la pobre Leafeon, la longitud que había hasta que su grosor disminuía repentinamente y pasaba a ser poco más que un palito en el que ni siquiera se atrevían a posarse los polluelos que estaban aprendiendo a volar por miedo a que cediera bajo su peso; y en ellos tenía que ir pasito a pasito, con los brazos extendidos en cruz para mantener mejor el equilibrio, asegurándome por completo de que el pie estaba bien asentado y de que no resbalaría antes de mover el cuerpo un solo centímetro; todo ello mientras, con el corazón en un puño, veía impotente cómo el nudo se acercaba cada vez más y más al punto en que estaría acabado.

Intenté acelerar el paso para poder llegar hasta la atormentada Leafeon antes de ese fatídico momento, pero después de dos pasos perdí el equilibrio y estuve a punto de precipitarme, aunque conseguí salvarme arrodillándome sobre la áspera corteza para después tumbarme sobre ella abrazándola con fuerza para no caer. Jadeaba, aterrorizado por el pánico a caer, y tuve que cerrar los ojos para poder resistirme al poder atractivo que el abismo bajo mi cuerpo ejercía sobre mí. Todavía hoy, cuando, como en este momento, pienso en ello, sigo sintiendo el vacío en la boca del estómago. Y entonces, además del miedo a morir despeñado, sentía remordimientos, porque sabía que ella seguía enfrascada, impasible, en la tarea que acabaría en su muerte. Intenté hincar la rodilla en la madera para poder levantarme, pero el pánico a volver a caer hizo que tuviera que colocar los brazos alrededor de la rama. Una lágrima de rabia e impotencia comenzó a deslizarse por mi mejilla mientras la verdad de la situación impactaba sobre mí con todas sus fuerzas. El miedo a perder la vida me había inmovilizado justo un metro antes de llegar a ella, y por culpa de mi frivolidad al intentar acelerar el paso cuando tenía muchas posibilidades de llegar a tiempo asegurando el equilibrio una pokémon inocente iba a perder la suya.

El crujido de una cuerda al tirar de ella, seguido del ruido de unos pasos sobre madera, me llenaron de ansiedad y terror cuando llegaron a mi oído. No podía ser. Ella ya había terminado de hacer el último de los nudos. El lazo mortal que le quitaría poco a poco la vida impidiéndole la respiración ya estaba anudado alrededor de su cuello y de la rama de árbol que le servía de horca. Solamente le faltaba ya dar el último paso para que se hiciera realidad su deseo de dejar de existir.

En ese preciso instante, estallé en lágrimas. Nunca podría conseguirlo. No iba a ser capaz de salvarle la vida a una pokémon que, destrozada en lo más profundo de su mente y su corazón por las numerosas desgracias que, simplemente por su intento de matarse, estaba seguro de que le habían ocurrido, había perdido toda esperanza de que las cosas mejorasen y se había entregado a la más absoluta desesperación. Y todo era culpa mía, porque yo era el que le había permitido concluir su trabajo por pura frivolidad al arriesgarme en el momento en que más necesitaba la seguridad. Nunca podría perdonármelo. Nunca. La busqué por un instante a través de las lágrimas de culpa que cubrían mis ojos con la mirada, antes de que saltara en busca de su fin, para que pudiera comprender que la culpa de su muerte era mía, no suya; y que en lo más profundo de mi corazón deseaba no haber cometido nunca una estupidez tan grande. Pero ahora ya no podía remediarlo de ninguna manera. Ahora, por mi culpa, iba a morir una pokémon.

― Adiós, mundo cruel ―la oí sollozar.

Repentinamente, una oleada de desprecio absoluto por mi seguridad e incluso mi vida me invadió. Mi cerebro se desconectó de mi cuerpo, y este, actuando completamente por su cuenta, al margen de las continuas órdenes de volver atrás que le enviaba el instinto de supervivencia y que yo, para vergüenza mía y desgracia de ella, no era capaz de ignorar, se levantó del lugar en el que yo lloraba de vergüenza e impotencia abrazado a la rama; y de repente me encontré corriendo hacia ella, sintiendo el viento azotándome en la cara, con los brazos extendidos para estrecharla entre ellos e impedir que cometiera aquella locura. No me importaban en absoluto las enormes posibilidades de caer al vacío que tuviera en ese momento. El único pensamiento que ocupaba mi mente en ese momento era llegar hasta la Leafeon para salvarla.

― ¡No lo hagas! ―grité cuando la vi empujando con las patas contra la rama para impulsar su salto, en el mismo instante en que ya estaba a únicamente un paso de ella.

Durante un segundo, pude ver sus pies volando unos centímetros por encima de la corteza del árbol, y el corazón se me detuvo apenas una milésima de segundo entre dos latidos. Instintivamente, cerré mis brazos alrededor de su cuerpo, apretándola entre ellos con todas mis fuerzas, y cerré los ojos para no ver su caída en el caso de que no consiguiera llegar a tiempo.

Según me contó algún tiempo después mi pareja, fue mi grito lo que impidió que se quitara la vida. Se lo esperaba tan poco que se asustó al oírlo, retrasando su salto el tiempo suficiente para que pudiera sujetarla en el aire y evitar que siguiera cayendo hacia su muerte.

Sentí el contacto de un cuerpo en la parte interior de los brazos y un pequeño tirón hacia delante que casi me hizo perder el equilibrio y resbalar, aunque conseguí a duras penas recobrarlo.

A mi cerebro, aturdido todavía por los acontecimientos que acababa de vivir, aún le costaba registrar correctamente las informaciones que le llegaban. Sin embargo, no tardó ni siquiera un segundo en captar lo que había ocurrido hacía apenas ese escaso tiempo. La había cogido. La había salvado. Había evitado que la pobre Leafeon que había llamado mi atención desde el primer instante pusiera fin a su vida ahorcándose. Pero, a pesar de saber eso, no tenía fuerzas para abrir los ojos. Todavía temía que, a pesar de tenerla allí mismo, entre mis brazos, y de no sentir que estaba cayendo ni el viento en la cara y el cuerpo, en realidad sí estuviéramos precipitándonos hacia nuestro fin.

Durante un larguísimo segundo, únicamente se escuchó el sonido de sus sollozos rompiendo el silencio absoluto del bosque.

Al cabo del mismo, mucho más aliviado por constatar que seguía vivo ―lo que implicaba que aún seguíamos sobre la rama y que no nos habíamos precipitado al abismo abierto bajo nuestros pies―, logré al fin reunir el coraje necesario para abrir los ojos. Lo hice de una sola vez, no lentamente, para que de este modo el escaso valor que había conseguido reunir no me abandonara a medio camino.

Justo entonces, una gran mancha de color amarillo verdoso apareció enfrente de mis pupilas, a apenas medio metro de distancia. Era la espalda de la Leafeon. Una oleada de sensaciones mezcladas, entre las que predominaban el alivio y la alegría por haber conseguido que la atormentada pokémon no hubiera podido llevar a buen puerto su idea, recorrió todo mi cuerpo. Me sentía muchísimo más ligero, como si hubieran retirado un peso enorme de mis hombros; y, en cierto sentido, así era. Lo siguiente que hice fue comprobar que mis brazos, amarillos como su piel, estaban alrededor de su cuerpo; y entonces fue cuando, con suma delicadeza y ternura, comencé a atraerla hacia mí, reduciendo progresivamente la distancia entre su piel y la fina capa de acero que cubría la mía.

Durante toda esta operación, ella fue girándose progresivamente para ver por qué no estaba ya a poca altura del suelo, colgando sin vida de la cuerda con el cuello seguramente roto por el tirón de la soga al llegar al extremo de su longitud; de manera que, cuando estuvimos tan cerca el uno del otro que podíamos tocarnos sólo con extender un dedo que tuviéramos doblado, también estábamos frente a frente. Durante un instante, la miré fijamente a sus ojos, del mismo color verde que la hoja de su cola, los cuales estaban completamente enrojecidos por el llanto y de los que aún manaban esporádicamente algunas lágrimas aisladas. La miré a los ojos con preocupación, intentando demostrarle que me importaban sus terribles problemas personales que habían terminado por llevarla a la más honda desesperación y finalmente al intento de suicidio; y ella también me miró a mí. Una capa líquida y brillante cubrió repentinamente sus globos oculares, acompañada de algunos movimientos arrítmicos de su tórax. Con rapidez, me senté sobre la rama con ella, desaté con algunos esfuerzos el nudo que había hecho antes en la cuerda, pasé su cabeza por el lazo sin que ella presentase la más mínima oposición y volví a anudarla, esta vez alrededor de mi cintura y con intención de usarla como un salvavidas en el caso de que perdiéramos el equilibrio y cayéramos al suelo desde donde estábamos; y entonces enterré delicadamente su cabeza en mi pecho, donde estalló, si bien esta vez ya prácticamente sin lágrima alguna, en un llanto compuesto casi exclusivamente de sollozos e hipidos, así como un ligero moqueo, mientras yo acariciaba muy suavemente su espalda para consolarla.

No sé cuánto tiempo pasamos sin movernos ni hablarnos, simplemente acariciando su espalda al tiempo que, muy lenta pero ininterrumpidamente, la Leafeon iba calmándose. Mientras pasaba mis manos una y otra vez por su espalda, descubrí un nuevo sentimiento dentro de mí, una extraña calidez y ternura en lo más hondo de mi corazón que no había sentido nunca antes. En aquel instante no sabía qué era exactamente ni qué nombre ponerle a ese sentimiento; pero ahora ya sé que era lo que sentía: era amor. Amor por aquella pobre Leafeon a la que acababa de salvarle la vida.

― ¿Por qué una Leafeon tan bonita como tú ha intentado hacer una cosa así? ― le pregunté con extremada suavidad, intentando no hacerle más daño aún, cuando consideré que era seguro asumir que ya había cesado su llanto, es decir, cuando hubo transcurrido más de un minuto desde que hubo dado el último hipido.

Ella levantó la cabeza, mostrándome sus ojos brillantes y llorosos y su expresión de profunda desesperación, y se echó de nuevo a llorar sobre mi pecho, cubierto ya por una fina capa de líquido transparente. Me maldije internamente por ello, con expresiones tan fuertes que me sorprendió que estuviera diciéndolas, y retomé mi tarea de intentar que cerrara el torrente de sus lágrimas.

― He intentado hacerlo… ―sollozó y tragó saliva― porque soy una Leafeon horrible.

― No digas tonterías ―repliqué suavemente, intentando no adoptar un tono duro ni de reproche, intentando no adoptar un tono duro ni de reproche, sino de afecto y preocupación por ella, al mismo tiempo que una ola de inquietud me invadía. ¿Y si estaba hablando con una delincuente que no podía soportar el peso de los crímenes que había cometido? ¿Debería avisar a la policía en ese caso?―. Seguro que no puedes haber hecho nada tan malo como para que seas horrible.

Ella simplemente permaneció un minuto entero callada, hipando ocasionalmente, hasta que volvió a hablar:

― Mi novio me ha dejado ―confesó.

Casi no podía creer lo que oía. ¿Simplemente era una ruptura amorosa lo que la había llevado a intentar dar un paso tan extremo? La abracé con un poco más de fuerza, no sé por qué razón. Seguro que había cientos de machos que estarían encantados de poder ser su pareja.

― Me ha dejado el día en que íbamos a convertirnos en pareja ―añadió.

Aquello cambiaba muchísimo las cosas. Apreté los dientes y parpadeé nerviosamente. Debía haber sido una experiencia desoladora para ella que el día que iba a ser el más feliz de su vida, en el que por fin iba a comenzar una vida en común con el macho al que ella amaba, se convirtiera en el día en que él la rechazara, rompiendo su frágil corazón en mil pedazos. Casi podía, por empatía, sentir el dolor de su corazón roto en mi pecho.

― ¿Y por qué rompió contigo? ―pregunté a continuación. No quería hurgar en la herida, sino que quería conocer sus problemas para poder ayudarla a solucionarlos y que nunca más volviera a sentirse tentada de acabar con su vida si estos la superaban. Pero para lograrlo tenía que llegar hasta la misma raíz, y no tenía más remedio que hacerle un poco de daño recordándoselos para eliminarlos con más facilidad.

― Porque… me acosté… ―dio un enorme hipido y musitó, a duras penas, entre sollozos―: con otro macho.

Una vez dicho esto, su cabeza se derrumbó sobre mi pecho, buscando su protección y acogimiento para hipar y sollozar sobre mi protección de acero. Yo, asombrado por la revelación que acababa de hacer, no sabía qué pensar. Por una parte era lógico que decidiese romper con ella si le había sido infiel; pero, por otra, en mi opinión lo que debía haber hecho no era, como suponía que había hecho, decirle sin más ‹‹hemos terminado››, sino ayudarla a encajar aquella noticia y asegurarse de que aceptaba el hecho de que ya no había nada entre ellos dos. Por un momento me pregunté qué haría yo puesto en aquella situación, solamente para descubrir que no conocía la respuesta.

― Pero ―lloró desde su refugio en la pequeña cavidad que mi tórax y mis brazos conformaban― eso fue… al menos dos años antes de conocerle a él.

Sentí cómo la rabia inundaba repentinamente mi cuerpo, con una intensidad tal que tuve que apretar los dientes y el puño para no dar muestras exteriores de ella. Ahora ya sabía qué clase de macho era el que ella había conocido, que había querido emparejarse con ella y que había terminado por abandonarla tan pronto supo que había llegado mucho más allá de los simples besos y abrazos con otro macho: era un machista. El macho al que ella había conocido era de esos que defendían la bárbara idea de que la hembra es un simple objeto que solamente sirve para quedarse en casa limpiando y cocinando mientras él trabaja y gana dinero, así como para satisfacer al macho cada vez que este tenga ganas de irse a la cama con ella. Seguro que ni siquiera le importaba lo que había ocurrido con su ex novia después de la ruptura. La ira y el enfado acumulados formaron una gran bola en la boca del estómago. Si alguna vez llegaba a encontrarme con él, iba a desear no haber conocido nunca a esta pobre Leafeon.

― Escúchame ―le dije, aún indignado por la manera de tratarla de aquel maldito macho, y estrechando aún más mis brazos alrededor de su delgado cuerpecito―. Ese macho es un imbécil, un idiota que solamente quiere a las hembras para que le hagan las tareas domésticas y que le den placer en la cama. Tú no eres simplemente un objeto que limpia y cocina. Eres mucho más que eso. Tú eres una pokémon libre, que puede hacer lo que quiera y cuando quiera, sin tener que estar sometida a alquien que te diga lo que puedes hacer y lo que no. ―Me detuve para tomar aire y después continué―: Él no te merece. Ese imbécil no se merece una pokémon tan bella como tú, tanto por fuera ―me ruboricé un poco al decir estas palabras― como seguro que lo eres por dentro. Tú no te mereces tener de pareja a alguien como él. Tú te mereces a un macho que te quiera de verdad, que te ame, que se preocupe por ti y que te aprecie tal y como eres y por lo que de verdad eres, no por todo lo que puedes hacer en la casa.

Cuando terminé aquel discurso que me había salido de repente, me sentí mucho mejor, mucho más calmado. Ya había dicho todo lo que pensaba de aquel machista asqueroso. La Leafeon, que durante toda mi intervención había estado escuchándome atentamente, ahora me miraba fijamente a los ojos a través de la capa de líquido brillante que los cubría. Eso me hizo sonreír. Al menos todo lo que había dicho no había caído en saco roto, y si además había conseguido convencerla de ello no podría estar más satisfecho.

― ¿D-de verdad? ―preguntó débilmente.

Puse mis manos sobre sus mejillas y las acaricié hasta que se juntaron delante de su morro.

― Por supuesto que sí ―susurré en su oído―.

― Él me dijo ―dijo con un parpadeo nervioso, como si fuera a echarse a llorar por enésima vez aquel día― que nadie me iba a querer nunca. Me dijo que yo era una Ninetales, y que ningún macho iba a querer nunca tener a una Ninetales como yo de pareja. Me dijo tantas veces lo asquerosa que era por permitir que un macho se fuera a la cama conmigo… ―hipó, y una lágrima apareció en la cuenca de su ojo izquierdo―. Y entonces… ―sollozó― fue cuando rompió conmigo. Y me dijo… Me dijo que no quería verme nunca más.

Noté la indignación bullendo en mi interior mientras la arrastraba lentamente hasta su refugio en la pequeña oquedad de mi cuerpo para abrazarla y calmarla. Ese estúpido… ¿No le bastaba con dejarla, rompiéndole el corazón, sino que además tenía que reducírselo a polvo y destruir también sus esperanzas de encontrar a otro? Con el dedo tembloroso por la rabia, lo acerqué hasta el lugar en que se unían su hocico y su ojo y sequé la gota salada que fluía por él.

― No le hagas caso ―le dije con suavidad―. Todo lo que te ha dicho es mentira. Tú no eres una asquerosa, y muchísimo menos una Ninetales. Y tampoco es cierto que un macho vaya a decidir que no quiere emparejarse contigo solamente por lo que hiciste hace dos años. No le hagas ningún caso ―repetí, abrazándola con ternura―. Lo que piense ese imbécil de ti no tiene que importarte en absoluto. ¿Sabes lo que le pasa? ―pregunté de repente―. Pues simplemente que se cree que es un rompecorazones y no es capaz de soportar la idea de que otro haya podido conquistar tu corazón antes que él.

― T-tú dices eso para que de-deje de llorar ―balbució ella con dificultad, y con los ojos repentinamente llenos de lágrimas que no sabría decir de dónde habían salido. Creía que, después de toda la tristeza que había vertido mediante ellas, ya no le quedaba más líquido que pudiera salir al exterior en forma de gotas saladas―. Pe-pero, ¿qué piensas tú de mí? ―Bajó la cabeza y musitó con voz teñida por la tristeza y la amargura―: Tú también piensas que soy una Ninetales, ¿verdad?

Inmediatamente, sentí como si algo muy delicado se hubiera roto dentro de mi pecho. Aquella acusación que acababa de hacer me había hacho mucho daño en mi interior. ¿Cómo podía llegar a pensar siquiera que, después de manifestar mi preocupación por ella hasta el punto de jugarme la vida sobre esta maldita rama para impedir que terminara con su vida ahorcándose, mi opinión sobre ella no era en absoluto diferente a la del imbécil de su novio? La miré con ojos y expresión llenas de incredulidad. Por un momento deseé haberme confundido y que ella no hubiera dicho lo que había dicho.

Entonces la abracé. Mis manos se desplazaron con rapidez sobre su suave espalda hasta que se encontraron a la altura de su columna vertebral, bajé mi hombro derecho para que su cabeza pudiera descansar sobre él cuando entráramos en contacto, y finalmente la acerqué a mi cuerpo lentamente usando solamente mis brazos hasta que nuestros cuerpos entraron en contacto el uno con el otro, buscando transmitirle mediante los gestos y la cercanía existente entre nosotros aquello que no podían comunicar las simples palabras.

Como ya había ocurrido antes, ella no opuso ninguna resistencia ni protestó contra aquel arrebato de afecto y cariño del que ahora hacía gala, sino que se limitó a aceptarlo sin decir nada ni hacer ningún gesto para que la dejara en paz. Incluso, por la fuerza con la que sus patas delanteras se aferraban a mis costados, podía decir que aquella pobre hembra estaba muy necesitada de cariño; y me pregunté cómo la trataría de costumbre su ex novio. ¿Habría llegado alguna vez al extremo de maltratarla?

Al cabo de un minuto, aflojé la presión que ejercía sobre su espalda, poniendo fin a aquel abrazo que tanto significado parecía haber tenido para ella, y separando mis brazos de la parte posterior de su torso. No obstante, ella no aflojó ni un ápice sus extremidades, componiendo un curioso cuadro con apariencia de una hembra suplicando al macho que no se vaya porque no podrá vivir sin él. Con mucha suavidad, retiré sus patas delanteras de mi piel y acaricié sus costados.

― ¿No crees que, si yo pensara que eres una Ninetales, una inmoral y una asquerosa que no hace más que ser infiel a tu pareja, cuya vida no vale nada en absoluto, entonces ni siquiera me habría molestado en seguirte y buscarte cuando te perdí de vista, y además te habría dejado tirarte sin hacer el más mínimo esfuerzo por impedirlo? ―Bajé el tono de mi voz, aunque siguió siendo dulce, y continué―: Si he hecho tantos esfuerzos por salvarte la vida, es porque te aprecio y creo firmemente que eres una hembra que puede hacer felices a muchos machos y encontrar la felicidad junto a ellos. Yo te aprecio mucho más de lo que tú crees. No me importa en absoluto lo que hayas hacho antes de conocerme; y nada me haría más feliz que verte completamente recuperada de tu ruptura.

Ella se quedó mirándome, pensativa y fijamente, durante unos instantes. En sus grandes ojos de verdes iris se podía leer el arrepentimiento por haber sospechado que yo también la consideraba una fresca. Entonces, se irguió sin previo aviso sobre sus patas traseras, lanzó el cuerpo hacia adelante y rodeó mi cuello con sus patas delanteras. Ella me estaba abrazando.

― ¿Tienes algún lugar en el que pasar esta noche? ―le pregunté, mientras nos estrechábamos en los brazos del otro, cada vez con más fuerza y más íntimamente, y al tiempo que mis manos buscaban la parte de su espalda de donde nacían sus patas delanteras. En aquel momento en que, además del contacto que compartíamos, ella no solamente estaba viva sino que además también parecía estar recuperada por completo de los momentos tan angustiosos que acababa de vivir, una ola de pura felicidad recorrió todo mi cuerpo. Creí que nunca más volvería a sentirme tan feliz como lo había sido en ese preciso y fugaz instante.

― No ―confesó ella, sin separarse ni un solo milímetro de mi cuerpo― S-se suponía que iba a dormir en casa de mi novio, pe-pero… ―tartamudeó, con la tristeza todavía en la voz y amenazando con cortar lo que estaba diciendo con un chorro de lágrimas.

― No te preocupes ―dije yo, esbozando una sonrisa y atrayéndola un poco más hacia mí―. Puedes quedarte a dormir en mi casa.

Miré a mi pareja, que estaba al igual que yo, completamente sonrojada. Era evidente que también estaba recordando el día en que nos conocimos, y tampoco necesitaba leerle la mente para saber lo que pensaba acerca de contarle aquella historia a nuestra hija.

― Lo siento mucho, Loretta ―le dije, acariciándola en las mejillas de la misma forma en que lo había hecho con mi pareja sobre aquella rama hacía ya tres años―. Esa historia sólo la pueden oír los Eevee mayores.