Por fin está aquí la tercera historia. Lamento la tardanza. Yo quería actualizar antes, pero entre que la historia es larguita y que he tenido exámenes, no he podido hacer otra cosa. Pero al fin hay nuevo One-shot.
Disclaimer: lo mismo de siempre.
Autor: Arthur Alexander. Álbum: Please Please Me
― ¡Humanos! ―gritó el vigía del grupo desde su formación rocosa-torre de vigilancia.
A pesar de que sabíamos que aún tardaría bastante tiempo en llegar, porque el poblado humano más cercano a la playa estaba a media hora de distancia a pie, todos dejamos inmediatamente de hacer lo que fuera que estuviéramos haciendo y corrimos a buscar refugio en los numerosos agujeros abiertos en la arena húmeda de la playa y que habíamos excavado nosotros con mucho esfuerzo para tener un pasadizo rápido que conectara la playa con el lugar en el que dormíamos. Además, estos le otorgaban a la playa su nombre humano: ‹‹Playa de Blackburn››, a pesar de que estábamos a miles de kilómetros de la ciudad con ese nombre. Sin perder un segundo, el vigilante descendió de su puesto de vigilancia, dos Dratini que estaban intentando pescar algo se dirigieron a toda velocidad a la entrada de nuestras vías de escape con un Magikarp atravesado en la boca de uno de ellos, el bromista de la manada liberó inmediatamente a su hermana pequeña ―lo supuse por el parecido entre ambos― de la ahogadilla que le estaba haciendo, el abusón dejó de humillar al dragón más débil delante de la hembra que le gustaba, y yo interrumpí mi tranquila siesta y baño de sol bajo el sol de mediodía.
A toda prisa, comencé a reptar sobre la ardiente arena de la playa en dirección a la abertura más cercana, intentando ignorar la sensación de quemadura que me enviaba continuamente la suave piel de mi vientre que estaba en contacto con el suelo mientras pronunciaba entre dientes maldiciones lo bastante fuertes como para escandalizar a los Dratini más jóvenes del calor que me quemaba la piel desapareció tan pronto como llegué a la parte húmeda, solamente para ser reemplazado por la sensación de tener papel de lija bastante basto debajo de mi barriga que iba raspándomela sin interrupción; lo que me hizo pronunciar imprecaciones peores aún que las anteriores.
― ¡Corre, Darex! ― me urgió Anna, una Dratini hembra, ganando la seguridad de la boca de uno de nuestros refugios al tiempo que estas palabras salían de la suya.
Anna… Solamente con oír su dulce voz pronunciando mi nombre, demostrando que se preocupaba por que el ser humano que acababa de interrumpir nuestro tranquilo día no pudiera atraparme, la sangre subió a mis mejillas formando dos manchas ovaladas de color rojo justo debajo de mis ojos, a ambos lados de la línea que formaba la convergencia del azul de mi rostro con el blanco de mi morro. Anna era la Dratini más bonita de todas, a pesar de que muchas hembras, envidiosas, dijeran que no era tan guapa como los machos decíamos que era. Pero, al menos para mí, sus opiniones estaban completamente equivocadas y ella era la dragona más bella de todas: su cuerpo, perfectamente cilíndrico hasta llegar al comienzo de su cola, donde se estrechaba progresivamente hasta acabar en una graciosa punta redondeada al final de la misma, se curvaba grácilmente en sinuosas curvas cuando se movía reptando. Su preciosa piel era completamente lisa, tersa y muy suave al tacto gracias al pequeño tamaño y perfecto encaje entre sí de sus escamas, de color celeste, tan parecido al azul del cielo límpido y despejado que más de una vez creí que había pasado la noche a cielo abierto cuando en realidad ella se había enrollado sobre sí misma para dormir junto a mí; ocasiones que yo conservaba en mi corazón como momentos en que la suerte me había sonreído de manera extraordinaria, ya que yo intentaba alejarme de ella, pero no demasiado, por las noches para que no me considerase un moscón que solamente intentaba ligar con ella a toda costa. Las líneas que separaban las escamas azules de las blancas de su barriga eran perfectamente rectas, sin desviarse jamás ni un solo milímetro, y se cerraban con dos semicircunferencias perfectas, una en su cuello y otra en el extremo de su cola. También eran una circunferencia su morro, del mismo color que la nieve, y que sobresalía de su cabeza como ella lo hacía entre las hembras de nuestro grupo: bastante, pero de manera absolutamente imperceptible hasta que uno se acercaba a él; y en cuya parte inferior se encontraba su boca, que casi siempre se encontraba abierta y exhibiendo todos sus dientes ―no le faltaba ninguno― en una sonrisa. La pequeña mancha del color de las nubes que ocasionalmente cruzaban el cielo celeste sobre nuestra playa destacaba en su frente azul celeste, justo entre sus ojos, dos grandes óvalos negros y brillantes que le daban un aire de inocencia y alegría eternas, salvo cuando se entristecía por alguna razón, momento en el que perdían su adorable brillo; y cuyo tamaño contrastaba enormemente con el de las dos alitas blancas que poseía a ambos lados de su cabeza, más pequeñas que en el resto de los Dratini, tanto que no llegaban a sobresalir por encima de su cabeza.
Con respecto a su personalidad, Anna era una dragona increíblemente alegre. En todo momento estaba de buen humor, alegre y sonriente; y en las muy escasas ocasiones en que una sombra de tristeza atravesaba su rostro esta no tardaba ni siquiera un segundo en desaparecer. Siempre se preocupaba por los problemas de los demás e intentaba ayudarlos en todo lo que podía, además de tener bastante paciencia con los fastidiosos y ninguna con los abusones y aquellos que cometían injusticias. Pero con esta preocupación por los demás contrastaba ―y quizá esta sea el único defecto que ella presentaba― su timidez. Cada vez que conocía a alguien, y muy especialmente si ese alguien era un macho, se ruborizaba, comenzaba a tartamudear y al final no conseguía articular palabra. Pero, a cambio, cuando se la conocía bien, y ella conocía bien a todo el grupo, era una buena amiga con la que se podía contar incluso en la peor de las situaciones.
Estoy seguro de que si cualquiera hubiera oído la manera en que describía a mi querida Anna, y solía repetírmela en voz baja para conciliar el sueño en las raras noches en las que no me dormía como un tronco nada más cerrar los ojos, no habría tardado ni siquiera medio segundo en afirmar que yo estaba enamorado de ella. Y no le faltaba ni pizca de razón. Yo quería a Anna ― ¿cómo no querer a una hembra como ella, tan bella como amable y agradable con los demás?―, pero cada vez que intentaba decirle lo que sentía por ella me asaltaba la impresión de que no era el mejor momento para hacerlo, y también sentía un nudo en la garganta que me impedía pronunciar una sola palabra. Es decir, que en el aspecto amoroso yo era un cobarde y siempre me faltaba el valor en el momento decisivo en que iba a declararme a ella; y probablemente la habría perdido ya a favor de otro macho más valiente si no fuera porque sorprendentemente también me faltaba la competencia por ella ―si bien el hecho de que prácticamente ningún Dratini hubiera llegado aún a la adolescencia y a la edad de los primeros amores podía en parte explicar esto―. Excluyéndome a mí, ella solamente tenía un admirador más, un dragón un poco más joven que yo y que siempre jugaba solo, apartado de la manada, sin hablar nunca con nadie; voluntariamente, eso sí. Muchas veces le habíamos ofrecido jugar con nosotros, pero siempre había declinado la oferta diciendo que nos alejásemos de él y le dejásemos solo, sin mirarnos a los ojos y haciendo extraños movimientos con la cola que repetía todo el día sin descanso. Que yo sepa, de todos los miembros del grupo sólo había hablado conmigo, y fue para preguntarme con las mejillas encendidas si a mí me gustaba Anna y confesar que él sentía por ella lo mismo que yo y alejarse rápidamente como si le hubiese amenazado cuando le respondí afirmativamente.
No es muy difícil averiguar lo que hice justo después de que mi querida Anna me dirigiera la palabra: desviar mi trayectoria para entrar en el mismo refugio en el que ella lo había buscado. Me introduje en su boca medio minuto después de que Anna lo hiciera, como uno de los últimos Dratini en alcanzar la seguridad; y tan pronto como crucé la boca del agujero noté el alivio de sentir el agua de mar sobre las ligeras quemaduras y rozaduras de mis escamas. Avancé ―o mejor dicho me dejé caer, porque las paredes de nuestros escondites eran prácticamente verticales― hasta caer con un chapoteo sobre la delgada capa de agua de mar que cubría el suelo de la amplia cámara y que se filtraba desde él debido a la cercanía del océano. Levanté la cabeza, y solamente la vi a ella, a pesar de que la capacidad de nuestros agujeros era de al menos cinco Dratini en cada uno. La sangre asomó a mis mejillas, y una sonrisa a mis labios, mientras me acercaba hasta detenerme a su lado, pegado a la pared de arena. Aún no me podía creer mi suerte. Iba a poder pasar varias horas, hasta que nuestro vigía decidiese que el peligro humano había pasado, a solas con mi amada dentro de un agujero.
― Malditos humanos ―fingí quejarme, así como el enfado que se desprendía de mi voz. En realidad, les estaba enormemente agradecido por darme esta oportunidad de estar junto a mi querida Dratini―. No les basta con querer quitarnos nuestra libertad, sino que además nos fastidian nuestro día de playa.
― Bueno, lo cierto es que vivimos en una playa y nos pasamos todos los días en ella ―puntualizó ella, como si quisiera disculparlos―. Pero míralo por el lado bueno ―sonrió―. Si no hubieran venido, no habríamos tenido ocasión de ver eso tan bonito ―dijo señalando un punto de la pared que quedaba a mi izquierda con sus ojos.
Con la curiosidad vivamente estimulada, giré la cabeza en la dirección en que sus preciosos ojos habían apuntado para poder ver qué era aquello que había llamado su atención; y cuando lo hube hecho me quedé sin respiración. Tenía toda la razón. El espectáculo natural que veían mis ojos era increíblemente hermoso… casi tanto como la propia Anna. Siete colores, los siete del arcoíris, brillaban sobre las paredes de la cavidad que constituía nuestro escondite, ondulando lentamente al mismo tiempo que lo hacía el agua sobre el suelo, y la escasísima luz que se filtraba desde el exterior únicamente contribuía a aumentar la espectacularidad de los colores al proyectarse sobre los muros de arena produciendo la oscuridad casi total en la que estos destacaban muchísimo más que si estuviera completamente iluminado. Mis labios se curvaron en una sonrisa. Era tan afortunado de poder ver un fenómeno tan bello junto a la Dratini a la que yo quería…
Lenta y disimuladamente, comencé a mover la punta de mi cola, por debajo del agua para que los ruidos de chapoteo no la alertaran de lo que estaba haciendo, hacia la suya para que la parte final de mi cuerpo descansara sobre la de ella; un gesto que entre los Dratini suelen hacer solamente las parejas de enamorados para demostrarse su amor, pero que yo había visto hacer también a algunos machos cuando las hembras a las que ellas querían estaban distraídas. Normalmente, solían responder a esto golpeando la cara del macho con su cola, pero no creía que Anna fuera a hacer lo mismo que las demás. Casi nunca recurría a la violencia, y en esos casos era siempre su último recurso para defender a alguien al que estaban haciendo daño.
Con minuciosidad, fui palpando todos y cada uno de los centímetros cuadrados del fondo que había entre nosotros, desplazándome hacia la derecha ―yo me había colocado junto a la pared izquierda― solamente después de tener la seguridad de que el final de su cuerpo no estaba allí sino un poco más lejos. Cuando finalmente mi cola tocó el extremo de otra, mi pulso se aceleró enormemente y me ruboricé, si bien nada de ello era visible en la casi oscuridad de nuestro refugio. Continué subiendo por su cuerpo, frotando sus escamas contra las mías. Su piel era un poco más áspera al tacto de lo que parecía desde el exterior, incluso era mínimamente rasposa; pero no me importó en absoluto. Para mis ojos de enamorado, pasara lo que pasara, nada podría nunca disminuir ni siquiera en el menor de los grados posibles la absoluta perfección del cuerpo de Anna ni la casi absoluta de su carácter. Cuando llegué a lo que juzgué el lugar en que nacía la franja blanca que discurría por su suave barriga, me giré para mirarla y le lancé una sonrisa boba de enamorado.
― ¿Se puede saber qué estás haciendo?― preguntó, o mejor dicho exigió saber casi a gritos, una voz masculina detrás de mí, con un muy ligero tono de histeria.
Inmediatamente, di un respingo, sobresaltado, al oír la voz de un macho en lugar de la voz femenina y llena de dulzura que esperaba que recibieran mis oídos. Confundido, pues no comprendía de dónde podía haber salido aquel grito si Anna y yo estábamos compartiendo a solas el escondite, giré la cabeza para buscar en la casi completa penumbra la garganta de la que había salido.
Casi inmediatamente, mis ojos se encontraron frente a frente con el rostro de un macho, que tenía el morro ovalado, alas de tamaño normal a los lados de su cabeza y una cicatriz que cruzaba su frente de lado a lado, atravesando el círculo blanco de la misma, el cual había deformado ligeramente hasta convertir en un óvalo; y que me miraba con el ceño fruncido y cara de pocos amigos. Lo reconocí al instante: era Uthrar, el matón de la manada, por llamarlo de alguna manera. Ejercía como tal, metiéndose con los débiles, haciéndose el chulo y buscando pelea con los demás, es cierto; pero a pesar de que solía provocar a otros machos y alguna que otra hembra afirmando que nadie era tan fuerte como él, no se recordaba una sola ocasión en que hubiera peleado con alguien o hubiera usado la violencia contra otro miembro del grupo; y algunos, entre los que yo me incluía, pensábamos que se debía a que en realidad lo único que le gustaba era alardear y presumir de su fuerza, no meterse en peleas.
Debido al modo en que me miraba, como si quisiera que cayera un rayo del cielo y me fulminara, comencé a ponerme ligeramente nervioso, si bien aún no comprendía qué había hecho yo para que él se sintiera molesto ni qué era lo que quería de mí. Por un instante permanecí quieto, mirándole fijamente a los ojos e intentando descifrar la expresión de su rostro. Entonces, repentinamente, se me ocurrió una posible razón, y un pozo frío se abrió en mi estómago. ¿Podría ser… que Uthrar también estuviera enamorado en secreto de Anna?
Inmediatamente, con el corazón encogido ante aquella posibilidad que me causaba ansiedad sólo de pensarla, me giré en busca de Anna para poder ver lo que pensaba ella de que nuestras colas estuvieran en contacto. ¿Y si ella también lo quería a él? ¿Qué ocurriría entonces? ¿Me golpearía y me diría que no quería volver a verme? Todas esas preguntas fluían desordenadamente por mi mente ―cuya tendencia a imaginarse solamente los peores desenlaces posibles acababa de descubrir― mientras buscaba desesperadamente bajo la escasa luz del exterior el punto en el que los finales de nuestros cuerpos se tocaban, desde el que esperaba poder pasar a su preciosa cara siguiendo su bellísimo cuerpo.
No tardé mucho en encontrar aquel lugar señalizado por dos gruesas franjas azules, una más oscura y que parecía casi negra, y otra de color más cercano al celeste que al azul marino. Ambas se entrecruzaban en ángulo casi recto; y enseguida seguí con la mirada la más clara de las dos. Mientras lo hacía, empecé a fijarme en una serie de imperfecciones del cuerpo de mi amada que nunca antes había visto, quizá porque nunca había estado mucho tiempo cerca de ella, y menos dentro del agua, que actuaba a modo de lupa. Una pequeña cicatriz allí, una escama demasiado grande y que no encajaba con otra allá, un pequeño achatamiento en la semicircunferencia que cerraba la parte blanca de su cuerpo… En su conjunto, parecía el cuerpo de alguien que hubiese llevado una vida más accidentada que la que yo le suponía a mi querida Dratini.
A medida que me acercaba cada vez más y más a su rostro, me ponía cada vez más y más nervioso. En el instante en que superé el lugar en que se encontraba su estómago, todo mi cuerpo comenzó a temblar con pequeñas pero constantes sacudidas, y cuando llegué a su cuello, al semicírculo levemente aplanado, todas mis fuerzas me abandonaron repentinamente, impidiéndome seguir. El miedo me había paralizado. El miedo de perder a Anna había vuelto a evitar que yo conociera los verdaderos sentimientos de Anna hacia mí y los demás… tal y como había sucedido ya diez, tal vez veinte veces.
‹‹No›› ―me dije con rabia, rebelándome por primera vez contra los temores que me atenazaban siempre que estaba cerca de ella―. ‹‹¿Es eso lo que quieres, Darex? ¿Huir otra vez como un Horsea y arriesgarte a perderla?›› ―Negué ligeramente con la cabeza―. ‹‹¿Qué eres, un cobardica?›› ―me insulté a fin de intentar darme ánimos―. ‹‹¿No, verdad?›› ―Sacudí la cabeza negativamente, esta vez con más fuerza―. ‹‹Muy bien. Entonces mírala a la cara y pregúntale si le molesta que le cojas la cola››.
Repleto de confianza, levanté la cabeza con un rápido gesto, buscando su preciosa cara y sus grandes ojos negros. Pero cuando los rasgos de la mancha azul que estaba pasando frente a mis ojos cuando movía mi cabeza se hicieron distinguibles, abrí una enormidad los ojos, enrojecí violentamente y, conteniendo una arcada, retrocedí espantado hasta la pared del fondo, sin separar la mirada del matón del grupo, a una velocidad sorprendente para ir reptando y además bajo el agua, mucho más digna de un Ninjask que de un Dratini. La cara del dragón cuya cola había cogido durante tanto tiempo no era la de Anna, sino que era la de Uthrar.
― Jod… La madre que me… ―solté varias maldiciones entre dientes antes de disculparme con rapidez, casi disparando las palabras, que se unían unas con otras en un solo bloque ininteligible, incluso a pesar de que me detuve en numerosas ocasiones, en lugar de decirlas―. O-oye, Uthrar… respecto a eso… me… me he equivocado, ¿vale? Yo… yo creía que tu cola era la cola de Anna y por eso…
― Cállate ―me interrumpió, en evidente tono de enfado y acercándose en dirección a mí con la misma emoción reflejada en su rostro―. ¿Crees que me voy a creer tus patéticas excusas? ¿Qué pasa, que tengo cara de que me gustan los machos para que me cojas de la cola?
Tragué saliva, audiblemente para mí pero no para él; y sentí el frío producido por el miedo en mi barriga. Parecía enfadado de verdad, y lo peor de todo es que creía que yo estaba enamorado en secreto de él y que me había aprovechado de la oscuridad para hacer cosas que no me atrevería a hacer a la luz del día. Además, para empeorar aún más las cosas, si no conseguía solucionar pronto el equívoco, les daría pie a él y a sus amigos para que se metieran conmigo y me hicieran la vida imposible.
― U-Uthrar ―balbucí para intentar convencerle de que era un tremendo malentendido―, p-por favor, cálmate y déjame explicártelo todo. Y-yo creía que la cola que estaba tocando era la de Anna ―de todas formas, debería haberme dado cuenta de ello cuando vi que su cuerpo no era tan perfecto como el de ella―, y por eso te la cogí.
― ¿Y por qué querías cogerle la cola a Anna? ―preguntó él, con aire inquisitivo.
Volví a tragar saliva. La situación se volvía cada vez más peliaguda por momentos, y a cada segundo que pasaba parecía más probable que acabara en paliza, muy probablemente la primera que le daría a alguien en su vida, amparado por la oscuridad del escondite bajo la arena, tanto si le decía la verdad, pues temía que él también estuviera enamorado de Anna y me intentara disuadir a golpes de intentar convertirme en el novio de su hembra, como si negaba cobardemente mi amor por ella, ya que entonces creería que a quien yo quería era a él y consideraría que tenía el legítimo derecho a meterse conmigo e incluso a pegarme. Escogiera lo que escogiera, iba a terminar con dolor y moratones en todo mi cuerpo; y precisamente por eso me decidí a confesar la verdad. Prefería más de mil veces sufrir los golpes que me propinaría por el amor que sentía por Anna que porque creyera que yo estaba enamorado de él.
― Porque… ―hice acopio de todo mi valor mientras mis mejillas se teñían de rojo, e intenté hacer salir las palabras. Como siempre que lo intentaba, enseguida apareció la barrera mental del miedo al rechazo, cuya forma física era un nudo en la garganta. Pero esta vez no iba a dejar que me una simple emoción me venciera, no con todo lo que me estaba jugando; de modo que arremetí contra ella con todas mis fuerzas y, por primera vez en mi vida, logré vencer mis miedos―. Porque a mí me gusta Anna, Uthrar. ―Tomé aire, decidido a continuar con mi declaración ya que la había comenzado―. Anna, yo… ―comencé, aún algo cohibido, dando por sentado que ella me estaba escuchando. El corazón me latía con fuerza, como si hubiera corrido una gran distancia. Por lo menos no me había interrumpido, ni había emitido ninguna expresión de rechazo, y lo interpreté como una buena señal para continuar.― estoy enamorado de ti. Te amo desde que pasamos aquel día jugando juntos en el agua. Yo… ―me detuve un segundo para elegir las palabras― creo que eres la Dratini más bonita del grupo. Pero no solamente te quiero por lo guapa que eres, sino también porque me pareces adorable. Eres tan simpática y alegre, y siempre te preocupas tanto por los demás… Por todo eso, te amo, y ―la parte que venía ahora era especialmente difícil. A pesar de que me había preparado miles de veces lo que iba a decir y de que ya casi había acabado mi declaración de amor, del final de la misma, de las palabras que aún no habían salido de mi boca, dependía por completo que yo fuera feliz o que me considerara el macho más desgraciado del mundo. Pero no podía detenerme, no ahora. Si lo hacía, me consideraría un cobarde; y no hay una clase de pareja a la que más odiemos los Dratini que a los cobardes, pues no serán capaces de defender a su familia y huirán como Torchic cuando el peligro les aceche.― si aceptaras como novio a un pobre macho que no es tan fuerte como Uthrar ni tan romántico como Elader, pero que te promete todo su amor mientras vivas e incluso después de que te hayas dormido para siempre, sería el macho más feliz de todo el mundo.
Una vez hube acabado, permanecí expectante, con las mejillas todavía encendidas y al rojo vivo y cosquillas en el estómago mientras esperaba a que ella pronunciase su opinión sobre mi repentina e inesperada, pero completamente sincera declaración. Por mi parte, yo aún no podía creerme que por fin había sido capaz de superar el miedo que sentía y de confesar cómo me sentía delante de ella. Solamente por ello, ya me sentía enormemente feliz; y si además ella me respondía diciendo que me correspondía y que aceptaba ser mi novia, lo sería mucho más. Pero, de momento, mis palabras parecían haberla cogido completamente por sorpresa, pues estaba tardando una enormidad en responder.
― Una declaración preciosa, Darex ―dijo Uthrar, sin ninguna clase de sarcasmo ni burla. Por lo que podía ver, su expresión se mantenía completamente neutra, aunque lucía una sonrisa en su rostro―. Lo digo en serio, Darex. Me ha encantado lo tierna que ha sido. La verdad es que me encantaría que una hembra se me declarase de esa manera ―se sonrojó levemente mientras lo decía―. ¡Pero de esto ni una sola palabra a los demás, ¿me entiendes?! ―añadió, con el ceño fruncido y en tono de amenaza, al tiempo que agitaba su cola en el aire en un gesto que no necesitaba ninguna explicación adicional.
Sonreí. No era muy difícil averiguar por qué no quería que nadie supiese lo que me acababa de decir: él tenía una reputación de macho duro y al que le gustaba pelear que mantener, y esta podía verse tremendamente comprometida si alguien llegaba a saber que había hecho semejante concesión al romanticismo y al sentimentalismo.
― No te preocupes ―respondí, mientras pensaba cuál podía ser el mejor uso que podía darle al secreto que me acababa de pedir que no revelara. Tal vez pudiera conseguir que no me humillara delante de Anna… o mucho mejor, podía obligarle a hacer todo lo que yo quisiera, chantajeándolo con contarles a todos lo que había dicho en el escondite―. No se lo diré a nadie.
― Una pena que Anna no haya estado aquí para escucharla ―añadió él.
Aquella información me golpeó enseguida con toda su fuerza, borrándome la sonrisa del rostro y sustituyéndola por una expresión de incredulidad, con los ojos y la boca abiertos como tres conchas de Cloyster cazando. Al instante, la preocupación y el desasosiego se instalaron en mi pecho. ¿Qué estaba diciendo? ¿Cómo podía no estar aquí, si yo la había visto entrar y además había hablado con ella dentro del agujero? No, Uthrar tenía que estar equivocado y Anna que estar todavía reflexionando sobre qué respuesta iba a dar a mi declaración. No había otra explicación posible.
― No estoy bromeando, Darex. Anna no está aquí ―repitió él, con una tranquilidad que me dejó pasmado. ¿Cómo podía mantener la calma en un momento como ese, cuando ignorábamos dónde estaba una hembra de nuestro grupo y además había un humano en el exterior, listo para capturar a cualquier Dratini que pillara al aire libre?
― ¿Y entonces dónde está? ―pregunté, angustiado.
― No lo sé. En otro escondite, digo yo. En este, desde luego que no.
Aquello era todo lo que necesitaba saber. Uthrar no mentía, y estaba claro que Anna no se encontraba ya en el agujero. Eso solamente podía querer decir una cosa: había escapado del escondite para ir a otro sitio. Apreté los dientes. Pero, ¿por qué era tan inconsciente? ¿Cómo se le podía haber ocurrido salir al exterior con un humano cerca? Con decisión, comencé a reptar lo más rápido que podía hacia la boca del túnel que comunicaba con el exterior. No estaba dispuesto a dejarla sola ahí fuera para que la capturaran y la obligaran a combatir contra su voluntad.
― ¿Adónde vas? ―quiso saber Uthrar cuando oyó el ruido de chapoteos en el agua.
― A buscarla.
― ¿Te has vuelto loco? Hay un humano ahí fuera.
No respondí. Lo que estaba haciendo era una completa locura, sí, lo admito. Pero la que estaba en peligro era Anna, y yo haría lo que sea por salvarla. Incluso estaría dispuesto a enfrentarme a un grupo de Sharpedo, arriesgando mi vida, si estuvieran acosándola y a punto de devorarla.
― Anna… ―susurré para mí mismo― No te preocupes, cariño. Enseguida estoy ahí.
Cuando llegué al túnel de entrada, la parte más difícil de recorrer ―solíamos decir entre nosotros que eran una trampa―, superé sus paredes en vertical sin dificultad alguna por primera vez en mi vida, simplemente colocando mi largo cuerpo en paralelo a los muros de arena y doblando el cuello hasta que estuvo en la parte horizontal que conducía a la salida. Después, simplemente tuve que tirar un poco del resto de mi cuerpo. Mientras reptaba hacia la salida, me propuse recordármelo para la próxima vez que tuviera que entrar en uno.
Por fin, salí al exterior. Inmediatamente, incluso antes de haber salido del escondite, comencé a doblar la cabeza en todas las posiciones posibles para buscar el perfecto cuerpo celeste de mi querida Anna. Pero, por desgracia para mí la potente luz del sol de verano que brillaba sobre mi cabeza cayó directamente sobre mis ojos, cegándome, tan pronto como salí a cielo abierto. Sin embargo, la incapacidad de ver no me importó en absoluto en ese momento, y seguí reptando incluso a ciegas, con los ojos cerrados, sin saber en absoluto hacia dónde estaba yendo. No tenía ninguna esperanza de encontrarla así, pero sí creía que, con un poco de suerte, sí que podría estar muy cerca de ella cuando pudiera ver de nuevo.
Al cabo de lo que creo que fue un minuto, por fin cesó, tras ir debilitándose poco a poco, el dolor que sentía en los ojos, y entonces decidí que por fin podía ver sin ningún riesgo de quedar cegado por la luz. Lo hice poco a poco, para poder bajar los párpados rápidamente si captaba la imagen del sol o que me estaba acercando a él. Pero por suerte para mí el gran círculo amarillo quedaba a mi espalda, y en cuanto la imagen del mundo volvió a aparecer delante de mí, sentí cómo el corazón me daba un vuelco.
Anna estaba allí, sobre la arena de la playa, a muchos cuerpos de distancia de mí. Pero, ¿qué hacía? Estaba reptando, pero en dirección contraria a los escondites, alejándose continuamente de ellos, como si quisiera salir de la playa… hacia el lugar por el que vendría el humano si llegaba a entrar.
Tan pronto como me percaté de lo que esto quería decir, el miedo comenzó a cosquillear mi suave vientre. Anna estaba en grave peligro: ella sería lo primero que el humano vería en cuanto entrase en la playa, y no dudaría ni un solo segundo en capturarla. Apreté los dientes. No lo permitiría. No estaba dispuesto a perderla ni a que ella perdiera su libertad y su grupo.
Enseguida, eché a correr tras ella; pero pronto me di cuenta de que así la alcanzaría demasiado tarde. Entonces, recurrí a una técnica distinta, pensada para compensar la baja velocidad de reptación de nuestra especie: apoyando exclusivamente mi pecho sobre la caliente arena (e intentando ignorar el hecho de que me había quemado toda la parte inferior de mi cuerpo), y cerrando los ojos para evitar marearme, aunque estaba seguro de que terminaría así, hice un giro de ciento ochenta grados, hasta que miraba hacia el mar, que tenía justo detrás de mí antes del giro. En ese instante, apoyé la punta de la cola sobre el suelo y volví a repetir la operación. Así, mediante una buena cantidad de giros sobre mi pecho y cola, logré llegar hasta donde estaba ella en poco tiempo. Cuando juzgué que me encontraba cerca de ella, abrí los ojos, y vi, aparte de la arena y las rocas girando, una borrosa forma rectangular de color celeste muy cerca de donde yo estaba. Sabía que era ella, y cogí impulso haciendo fuerza con el extremo posterior de mi cuerpo a fin de saltar sin ninguna elegancia, con bastante torpeza y algunos giros en el aire y caer justo encima de ella.
― ¿Qué está pasando? ―preguntó ella, con voz ligeramente nerviosa, cuando sintió mi cuerpo sobre el suyo, moviéndose de un lado a otro por el enorme mareo que arrastraba. Yo lo tomé, junto con el contacto entre nuestras escamas y el dolor en mi panza, como una buena señal; pero ella no debió verlo así, sino que debió de imaginar otra cosa completamente distinta, porque comenzó a intentar sacudírseme de encima moviendo su largo cuerpo de un lado a otro y a gritar llena de pánico―: ¡Socorro! ¡Auxilio!
― Anna, soy yo ―intenté calmarla mientras la parte de atrás de su cabeza pasaba una y otra vez por delante de mis ojos. Nunca la había visto así, tan asustada, y me preocupaba porque no sabía por qué. ¿Qué habría creído que estaba ocurriendo?―, Darex.
― ¿Darex? ―dijo ella en tono levemente incrédulo, como si no se esperara que fuera yo (claro que ella aún no sabía que yo la quería, por lo que no podía esperárselo); y después, tras girarse y quedar frente a frente, clavó sus ojos en los míos y en tono mucho más duro, casi cortante, preguntó―: ¿Qué estás haciendo tú aquí?
― Eso mismo podría preguntarte yo ―respondí.
― ¿Qué estás haciendo aquí cuando hay un humano viniendo hacia aquí? ―repitió ella, impaciente, con el entrecejo fruncido.
En ese momento me di cuenta de que algo iba mal. Anna no me miraba como lo había hecho hasta entonces, de una manera completamente neutral que demostraba que lo único que ella sentía por mí era amistad, sino que su mirada y su expresión rebosaban dureza. Era como si no quisiera verme, como si deseara que la tierra se abriera y me tragara, que cayera un rayo del cielo y me fulminara. Quise preguntarle qué le pasaba, por qué se comportaba así de repente, pero en lugar de hacerlo di una respuesta completamente distinta, fruto del mareo que todavía sentía:
― Espera… a que el mundo deje de dar vueltas.
― No hay tiempo para eso ―replicó ella, aproximando su rostro aún más, hasta que podíamos notar en la cara el aire que salía de las fosas nasales del otro―. Dímelo. ¿Por qué has venido a buscarme?
Abrí un poco los ojos y la boca y eché la cabeza levemente hacia atrás cuando oí lo que había dicho, pero no dije nada en absoluto. Aquellas palabras implicaban que había salido a propósito del escondite, y también que sabía que irían a buscarla si se percataban de que faltaba, lo que daba a entender que lo que ella había emprendido era una fuga en toda regla. Pero, ¿por qué quería irse del grupo? Todos los Dratini la apreciábamos, todos éramos sus amigos y, al menos que yo supiera, nadie la molestaba ni le hacía la vida imposible. No tenía ningún motivo para marcharse así de la manada, sin decirle nada a nadie ni dar ninguna explicación, y, por muchas vueltas que le daba a la cabeza no encontraba ninguna explicación satisfactoria para aquello.
― He venido a buscarte porque de repente me di cuenta de que habías desaparecido ―dije. Un asomo de sorpresa asomó a su rostro. Ella no contaba con que alguien se diera cuenta de que ya no seguía allí―. Me di la vuelta un momento para ver los colores en la pared y cuando me volví ya no estabas allí.
Una diminuta arruga se formó en su ceño para desaparecer inmediatamente después, y apretó un poco los dientes con rabia. Su plan de fuga había sido descubierto.
― ¿Por qué has salido del escondite? ―pregunté sin darle tiempo a que me hiciera una nueva pregunta.
― Por la misma razón que tú ―contestó sin pestañear.
― ¿A buscar a quién? ―dije con sorna mientras saboreaba mi victoria. Sabía perfectamente que no era así.
Anna bajó la cabeza y emitió una mezcla de gruñido y suspiro, y no dijo nada mientras yo sonreía sin decir palabra. Ahora se hallaba acorralada como un Magikarp en los charcos que se formaban cuando bajaba la marea, y ya no tenía más remedio que confesarme la verdad.
― De acuerdo. Tú ganas, Darex. ―murmuró quedamente―.Me has atrapado por completo. ―Levantó la cabeza, suspiró y confesó―: Me estoy escapando, Darex
― ¡¿Qué?! ―exclamé, incrédulo, espantado y angustiado por ella al mismo tiempo. Pero, ¿por qué quería irse, maldita sea? No tenía ningún motivo para dejar nuestro grupo, ninguno en absoluto. Aquello era… era una locura. ¿A dónde iba a ir? ¿Qué iba a comer? ¿Y si alguien la veía y la capturaba?― ¡¿Por qué?!
― Porque…
Entonces, por primera vez, me fijé en sus preciosos ojos, que brillaban más de lo habitual reflejando la luz del sol que caía sobre ellos; y me di cuenta de que era porque había una delgada capa de líquido transparente cubriéndolos, como si hubiera estado llorando. Aquello me conmovió en lo más interno de mi ser, y sentí cómo mi corazón se movía dentro de mi pecho. No podía verla llorar. Tensé los músculos de la cola con rabia y golpeé la arena con ella antes de pasarla suavemente por la brillante piel azul de la segunda mitad de su cuerpo para consolarla.
― ¿Es que… te está haciendo alguien la vida imposible? ―dije con preocupación, y después, poseído por una repentina oleada de furia, pregunté con un enfado bastante grande―. ¿Quiénes son esos imbéciles? ―Di un nuevo golpe al suelo de la playa―. Dímelo, y te prometo que ninguno de ellos volverá a hacerte nada.
Entonces ocurrió lo más extraño, lo más inesperado que podría ocurrir, después de que me besase: su rostro se iluminó repentinamente, y comenzó a reírse. No reía a grandes carcajadas, sino que su risa era suave y rápida, con cortas carcajadas que sonaban como los pequeños del grupo cuando jugaban en el agua. Me ruboricé al oírla, y mis labios dibujaron una sonrisa.
― Oh, Darex ―dijo sonriendo, y después suspiró animadamente―. Estás hablando exactamente igual que Uthrar. Ah, y no te preocupes por eso. ―Su mirada se ensombreció menos de un segundo, y después volvió a la normalidad―. Nadie me ha dicho nunca nada ni nadie me ha hecho llorar.
― ¿Y entonces por qué tenías los ojos húmedos?
Anna suspiró otra vez, pero esta vez con desánimo y una triste sonrisa en la boca.
― Porque este es un paso muy difícil, ¿sabes? He nacido y crecido en este grupo, y aquí viven todos mis amigos y todos a los que conozco, y ahora… ahora me voy… y puede que pase mucho tiempo hasta que los vuelva a ver.
Noté cómo un pozo abría su amenazadora boca bajo mi estómago. ¿Cómo…? ¿No la vería en mucho tiempo? No podía ser. ¿Cómo podría resistir tanto tiempo alejado de ella, sin verla, sin saber cómo se encontraba, sin tener nunca noticias de ella?
― Anna, por favor, recapacita ―le imploré, apoyando mi largo cuerpo sobre el suelo y levantando solamente la cabeza para mirarla a ella a la cara―. No te vayas. Hazlo por todos. Todos estaremos muy tristes si te vas. ―La miré a los ojos― Anna, quédate con nosotros, por favor.
Ella negó nerviosamente con la cabeza, pero su rostro delataba una lucha interior en ella, si bien esta ya estaba prácticamente resuelta. Ya tenía decidido que iba a marcharse, y no le costaría mucho esfuerzo deshacerse de las partes de su mente que la empujaban a quedarse con nosotros. Pero yo no estaba dispuesto a perderla. No iba a dejar que se marchara lejos de mí; y para ello tenía que conseguir que no se fuera justo ahora y que dejara pasar un tiempo hasta su siguiente intento para poder ir convenciéndola mientras tanto de que sería más feliz aquí en nuestro grupo que en otro sitio fuera de él.
― Anna… ―decidí fingir que aceptaba, pero con ciertas reticencias, su decisión.― Está bien. Márchate si eso es lo que quieres. No te lo voy a impedir. Pero, al menos, si vas a dejar el grupo, hazlo otro día. ―Le lancé una mirada seria―. Hay un humano ahí fuera, y no quiero que te capture.
Un débil suspiro escapó de la garganta de Anna, pasando por entre sus dientes mientras miraba al suelo con la tristeza dibujada en todos los rasgos de su rostro.
― Todavía no te has dado cuenta, ¿verdad, Darex? ―musitó―. Lo que quiero es que ese humano me capture.
Repté unos centímetros hacia atrás al tiempo que la miraba con ojos muy abiertos. El pecho, sobre todo a la altura del corazón, me dolía enormemente con un dolor punzante, como si un Kingler me lo hubiera atravesado con una de sus pinzas. Estaba a punto de echarme a llorar, y tuve que hacer un gran esfuerzo para contener las lágrimas. Me sentía tan herido, y tan traicionado… ¿Cómo podía preferir vivir con un humano y estar presa en las bolas que llevaban a vivir en libertad conmigo y el resto?
― ¡¿Anna, te has vuelto loca?! ―le chillé a bocajarro.
Ella retrocedió, amedrentada, pero enseguida volvió a donde estaba.
― ¡¿Y por qué estoy loca, si puede saberse?! ―me gritó, bastante enfadada―. ¿Porque quiero cumplir mis sueños?
― ¿Pero es que no te das cuenta? ―pregunté, mientras buscaba a toda prisa una respuesta para cuando ella respondiera a mi pregunta.
― ¿De qué?
Desesperadamente, seguí buscando a toda prisa una razón para impedir que se marchara que sonara convincente, y casi al instante encontré una que no me pareció demasiado buena, pero que podía funcionar. No estaba muy seguro, pero no perdía nada por probarla.
― Vas a revelar la existencia de nuestro grupo ―dije―. Cuando te capture y te saque, todos le preguntarán dónde te encontró, y entonces los humanos sabrán que en esta playa viven los Dratini ―añadí ante la expresión de desconcierto que apareció en su rostro.
― No te preocupes por eso, Darex ―replicó ella, mucho más relajada que hasta hacía veinte segundos―. Ya he pensado en eso. Me encontraré con él como por casualidad cuando vuelva a su poblado, y nunca sospechará de donde he venido.
Apreté los dientes. La primera de mis razones para retenerla había sido salvada de un modo tan fácil que ahora me daba rabia haber gastado mi tiempo pensándola.
― Hay muchos humanos que tratan a sus pokémon como máquinas de luchar, y he oído decir que les pegan o los abandonan si no cumplen sus expectativas ― dije con seriedad― Ese podría ser uno de ellos.
― No lo es. Lo he preguntado. ¿Recuerdas aquella Wooper que vino un día a la playa y que estuvo jugando con nosotros en el mar? ― Ah, sí… Ya sabía quién era, porque yo también había estado presente aquel día, de modo que asentí con la cabeza―. Me ha contado que es un buen entrenador y que, aunque sus pokémon pierdan un combate detrás de otro, sigue entrenándolos y animándolos a mejorar.
― Pero nosotros evolucionamos a Dragonite ―repuse―, y Dragonite es un pokémon muy poderoso y codiciado por los entrenadores. ¿Y si se impacienta porque no evolucionas y…? ―Paré durante un momento, no para causar más efecto, sino porque se me había ocurrido otra idea―. Y además, ¿qué haces estando con un entrenador si tú odias la violencia y sólo has pegado a alguien una vez en toda tu vida?
Ella sonrió astutamente, de un modo casi vulpixno.
― Hay muchas formas de ganar un combate ―dijo en tono misterioso, como si fuera a confesar un secreto―, y no todas implican golpear al oponente. ―Hizo circular un fino arco de elecricidad amarillo, que chisporroteaba como si en cualquier momento fuera a impactar furiosamente contra la tierra en un rayo, entre las alas dispuestas a ambos lados de su cabeza, y por encima de esta―. Por ejemplo, si consigues que el rival no pueda seguir combatiendo, paralizándolo o durmiéndolo, ganas a pesar de que no lo hayas debilitado.
Arqueé las cejas, sorprendido, y después sonreí. Era tan inteligente…; una virtud que se unía a la larga lista de las que ya poseía. Pero no todo eran buenas noticias como esas: yo acababa de agotar mi coto de pesca en este asunto de impedir que abandonara el grupo, y lo peor de todo era que no lograba encontrar nuevas ideas para seguir razonando con ella. Mi cerebro se había atascado, y si no lograba sacarlo del atasco y lograr que comenzara a funcionar otra vez Anna se marcharía, tal vez para siempre.
― ¿Estás segura de que lo que quieres es irte y viajar y combatir con ese humano? ―le pregunté. Si no podía convencerla con argumentos, la retendría apelando a sus sentimientos―. Quiero decir, ¿no te sentirías sola y nos echarías de menos? ¿Y no querrás volver a nuestra playa, sin poder hacerlo, cuando te des cuenta de que aquí es donde estás mejor, mejor que en cualquier otro lugar del mundo?
― Pues… ―contestó dubitativamente, mordiéndose el labio inferior― la verdad es que nunca había pensado en eso. ―Lentamente, una sonrisa se fue dibujando en su rostro―. Pero los Dragonair pueden volar, así que cuando quiera podré volver a la playa. Y además, el humano volverá a su poblado alguna vez. No va a estar fuera para siempre. Así que no te preocupes. ―Sonrió con dulzura―. Volveremos a vernos.
Permanecí en silencio durante un instante mientras la sangre que subía lentamente a mis mejillas las teñía de rojo. La manera en que había pronunciado aquellas últimas palabras… era como si estuviera prometiéndome que aquellos no serían los últimos instantes que compartiríamos juntos, que en algún momento del futuro volveríamos a estar, como ahora, juntos. Sin embargo, no pude evitar intentar retenerla una última vez. No perdía nada por probarlo, a fin de cuentas.
― Anna… ¿por qué quieres irte con un humano precisamente?
Anna se tomó un segundo, quizás para pensar lo que iba a decir, antes de empezar hablar.
― Verás, mi madre… ― Se detuvo por un momento, seguramente recordándola. Sus padres, como los de todos, vivían en la única isla del mundo en la que se podían encontrar Dragonite, y apenas los veíamos durante tres meses al año, en invierno, cuando no migrábamos; mientras que la mayor parte del año la pasábamos en la playa de Blackburn―. Ella pasó gran parte de su vida como la pokémon de un entrenador, y me dijo que había sido la mejor experiencia de su vida, viajando por el mundo y combatiendo contra otros entrenadores. Cuando le pregunté por qué se había retirado, solamente murmuró algo sobre las leyes sobre pokémon exóticos. ―Clavó sus grandes y bellos ojos negros en los míos―. ¿Entiendes ya por qué quiero seguir sus pasos?
Por supuesto que sí. Si su madre había sido una pokémon de combate y además había tenido una buena experiencia, comprendía perfectamente que su hija también deseara serlo. Era solamente que…
― Anna ―dije con suavidad―. Que tu madre tuviera una buena experiencia como pokémon de combate no quiere decir que tú vayas a tenerla también.
De repente, sin saber de dónde venía, me encontré con el rostro de Anna a menos del grosor de una escama de distancia de la piel de mi cara; y parecía que la había enfadado por la irritación que en él se percibía. Tragué saliva.
― Darex ― dijo con enorme seriedad y muy ligero enfado―, ¿por qué estás tan interesado en que yo me quede contigo y con los demás?
Su pregunta me pilló completamente por sorpresa, si bien lo cierto es que después del despliegue de argumentos al que había recurrido para convencerla de que no se fuera con el humano estaba bastante claro que en algún momento tendría que preguntarme el porqué de este. La respuesta estaba perfectamente clara: porque yo la quería, y no quería perderla.
― Porque… ―empecé, pero enseguida me detuve para ganar tiempo.
¿Qué podía decirle? Para comenzar, estaba la verdad, pero esta, además de hacerme quedar como un celoso que solamente la quería para mí mismo, tenía el inconveniente de que, como siempre, el miedo me atenazaría y no me permitiría pronunciar una sola palabra. Por otra parte, podía mentirle; aunque en este segundo caso, además de que no se me ocurría nada para justificar mi interés en que permaneciera en el grupo, cualquier cosa que le contara sonaría demasiado superficial y falsa, demasiado artificial, y se daría cuenta enseguida de que no le estaba diciendo la verdad, lo que me convertiría en un mentiroso a sus ojos.
― ¿Por qué, Darex? ―volvió a preguntar, moviendo su cabeza hasta que estuvo aproximadamente a la altura de la mía, y después fue aproximándola hasta que ambas entraron en contacto, la forma de abrazarse entre los Dratini. Intenté suprimir una corta inspiración de asombro, pero no lo logré, de modo que simplemente me abandoné al momento romántico durante unos instantes, sonriendo.
― Verás, Anna, es que… ―comencé. Mi voz, atacada como siempre por los nervios y el miedo, iba bajando progresivamente de volumen, de manera que en la quinta palabra ya era apenas un murmullo inaudible― yo…
Entonces lo recordé todo. Recordé su perfecto cuerpo, sus preciosos ojos, su cálida sonrisa. Recordé los momentos que habíamos compartido juntos, las veces que habíamos jugado juntos en el agua. Recordé las ocasiones en que habíamos dormido juntos, compartiendo refugio. Recordé todos aquellos momentos en que había estado a punto de declararle mi amor y en que finalmente, derrotado por la timidez y el miedo al rechazo, había renunciado a hacerlo. Recordé que aquella era la última vez que nos veríamos en mucho tiempo.
― Anna, yo… ―dije, ruborizándome y manteniendo contacto ocular directo con ella, y al mismo tiempo luchando contra la bola que se había formado en mi garganta y que sólo hacía su aparición cuando decidía que podía ser un buen momento para confesarla a Anna mis sentimientos por ella ― yo te quiero ―dije de sopetón―. Yo… yo creo que tú eres la hembra más guapa y perfecta de la manada y… me gustaría mucho que tú… fueras mi novia. Si… si tú aceptaras… ―tomé aire― sería el macho más feliz del mundo.
Cuando por fin terminé mi declaración, apenas podía mirarla para ver su reacción ante la confesión de mis sentimientos por ella. Todo mi cuerpo temblaba como un Magikarp a punto de ser devorado por el depredador que lo ha cazado por los nervios que sentía. Muy lentamente, conseguí forzarme a levantar lentamente los ojos hasta llegar a su rostro, que me sorprendió por la expresión serena y dulce que irradiaba, así como por la sincera sonrisa que lo cruzaba de un lado a otro.
― Por fin confiesas tus sentimientos, Darex ―dijo simplemente, con total naturalidad.
― ¿Lo sabías? ―respondí, sorprendido y sin poder creerlo. Yo creía que ignoraba por completo mis sentimientos hacia ella.
― Por supuesto. No soy tonta ―dijo, fingiendo indignación, y a continuación rio brevemente―. Y el Cubone ―aquel era el apodo que habíamos puesto al macho solitario― también. Los dos os sonrojáis cuando os hablo, os ponéis nerviosos cuando estoy cerca… Está muy claro, ¿no crees? Ah, por cierto, Darex, he oído cómo me describes por las noches ―sonrió y aún más sangre acudió a mis mejillas―. Lo haces muy bien, ¿sabes? Eres un auténtico poeta.
Tragué saliva, eliminando los últimos restos del nudo de mi garganta. Así que ella lo sabía, y eso era lo que pensaba de mí… Mis labios se curvaron, enseñando todos mis dientes. Era mucho mejor que lo que decía en mis mejores sueños.
― Y… ¿no crees que sea un cobarde? ―pregunté. Era lo único que aún no me cuadraba.
― No. Comprendo que tenías miedo de que te rechazara y por ello no quisieras decírmelo. La verdad es que... creo que eres muy valiente por venir a buscarme aunque haya un humano cerca y te estás arriesgando a que te capturen.
― Anna, por favor ―le imploré, en el tono más lastimero que pude lograr―, no te vayas. Ya sabes lo que siento por ti y… no quiero perderte.
Ella suspiró, con la piel de sus mejillas del color del caparazón de los Krabby que habitaban la playa junto a nosotros. Seguro que era la primera vez que alguien le decía algo tan romántico.
― Darex… ―musitó.
Entonces, lanzó su rostro hacia el mío y posó sus labios encima de los míos. Mi corazón comenzó a latir con fuerza, impulsando más y más sangre hacia mis mejillas, cada vez de un color más vivo. Anna, mi amada, me estaba besando. Mi primer beso, el más especial de todos, estaba siendo con ella, con la hembra a la que yo amaba. Cerré los ojos, intentando disfrutarlo al máximo, mientras ponía todo mi amor y cariño por ella en nuestro beso.
Tras un minuto, que transcurrió tan rápidamente como si hubiera sido un solo segundo, ella separó su boca de la mía, cortando el contacto entre ellas. Estaba completamente ruborizada, y me miraba algo avergonzada por el beso que nos habíamos dado. Por mi parte, yo apenas cabía en mí de felicidad, y todavía no podía creer que, apenas diez segundos antes, Anna y yo estuviéramos besándonos. Tuve que morderme ligeramente el labio inferior para asegurarme de que verdaderamente había ocurrido.
― B-bueno… ―musitó, nerviosa― ¿te… te ha…?
Asentí lentamente y sonriente. Por supuesto que sí. Aquel había sido el instante más feliz de mi corta vida. Anna… habría dado lo que fuera por repetir aquel instante, aunque sólo fuera por una milésima de segundo.
― Anna ―dije―, ¿estás segura de que serás más feliz siendo la pokémon de ese humano que con nosotros?
Por un momento pareció desconcertada. Ya le había hecho esta pregunta antes, y ella me había respondido que no debía preocuparme por ella, dándome a entender que estaría bien. Pero yo necesitaba saber aquella respuesta.
― Sí―respondió con completa seguridad―. Estoy segura.
Por un momento, una ola instantánea de tristeza recorrió todo mi cuerpo. Lo que acababa de decir equivalía casi a un rechazo al afirmar que su felicidad estaba en viajar por el mundo en lugar de viviendo junto a mí en esta playa. Pero aquello era lo que ella quería hacer y lo que la haría feliz. Abrí mi boca, dispuesto a pronunciar unas palabras que nunca jamás creí que saldrían de ella. Sin embargo, desde que ella me había besado, había descubierto una nueva serie de sentimientos que nunca antes había experimentado, y uno de ellos era la felicidad completa, que se subordinaba a la suya. Si ella era feliz así, entonces yo también lo sería.
― Anna, ―tragué saliva y, después de unos segundos de silencio, dije―: vete con él.
― ¿Qué? ―murmuró, asombrada, como era lógico. Después de todo lo que había hecho para convencerla de que se quedara, ahora la estaba animando a que se marchara. Pero para mí tenía todo el sentido del mundo. Mi felicidad era la felicidad de Anna: que ella se encontrara con el humano y se convirtiera en una integrante más de su equipo.
― Serás más feliz con él que conmigo ―dije. Aunque pudiera parecer algo muy fácil de decir, no lo era: lo más duro que había hecho nunca era aceptar que Anna debía estar alejada de mí para alcanzar la felicidad. Pero si era por ella, lo haría con mucho gusto, aunque me partiera el corazón―, y yo quiero que tú seas feliz.
― Darex… ―repitió ella, enormemente sorprendida por mi repentino cambio de opinión. Sonrió y colocó su cola a poca distancia de la mía, ofreciéndomela―. Volveremos a vernos.
Repetí su gesto y coloqué la parte final de mi cuerpo encima de la suya, con el rostro encendido.
―Por supuesto ―respondí.
Ninguno de los dos rompió el silencio en los siguientes segundos, en los que simplemente nos miramos el uno al otro, hasta que finalmente Anna dijo, sin romper el contacto físico:
― Tengo que irme, Darex. Él pronto estará aquí, y tengo que llegar hasta el camino que conecta la playa con el poblado antes de que entre para que no sepa que todos vivimos aquí.
― Cuídate ―dije. Mis sentimientos estaban completamente entrelazados entre sí, como una maraña confusa: por una parte, estaba triste porque se marchaba y prefería estar con un humano que con su grupo, pero por otra parte sabía que ella sería feliz con él, no con nosotros, y saber que ella había alcanzado la felicidad la ponía también a mi alcance. Finalmente, decidí esconder la tristeza y mostrarme alegre para no preocuparla, igual que ella había decidido escaparse para que nadie se diera cuenta de que faltaba y no causar ninguna preocupación al grupo―. Ten mucha suerte en tu nueva vida.
Por sorpresa, volvió a besarme, aunque esta vez de un modo mucho más fugaz, solamente durante un segundo. Mi respuesta fue ruborizarme, con el corazón acelerado por mis emociones, y devolverle una sonrisa; al tiempo que lentamente ella iba retirando su cola de debajo de la mía, que terminó cayendo al suelo con un suave y apenas audible golpe cuando la hubo sacado por completo. Entonces, comenzó a darse la vuelta con lentitud, pero sin volver la cabeza, que mantenía siempre mirando hacia mí, y empezó a reptar en dirección al camino de tierra por el que llegaría el humano. El corazón se me encogió. Ella se iba. Mi querida Dratini se iba. Ahora viviría con el humano del cual había decidido ser pokémon. Pero entonces recordé su promesa de volvernos a ver y los dos besos que nos habíamos dado, y una sonrisa asomó a mi rostro.
― ¡Adiós, Darex! ―me gritó desde la distancia, ya cerca del límite de la playa, como última despedida―. ¡Y no te preocupes, estaré bien!
― ¡Adiós, Anna! ―le contesté, alzando mi largo cuerpo para que me pudiera oír mejor― ¡Vuelve pronto!
― ¡Lo haré! ―aseguró.
Hasta que su bella y perfecta silueta se perdió finalmente de vista entre la vegetación que crecía en una curva del camino, me quedé quieto, con una sonrisa en los labios, mirando cómo se marchaba del grupo en busca de la vida que había decidido llevar. Entonces, y solamente entonces, emprendí el camino de vuelta hacia el escondite del que había salido, durante el cual pensé en Anna, en la manera de vivir que había escogido, en nuestra despedida y en los momentos en que nos habíamos besado; y llegué a la conclusión de que, si bien no había logrado retenerla, sí había logrado declararme e incluso que ella me besara, por lo que no había sido un completo fracaso como me temía. Incluso podía sentirme bastante contento por cómo habían terminado las cosas.
Ahora sólo me quedaba conseguir que el resto del grupo se tomara su marcha tan bien como había terminado por hacerlo yo.
Qué diferente es esta Anna de la de la canción. En fin...
La próxima historia es más corta, así que si nada se interpone espero tenerla lista en siete o diez días.
Hasta el próximo capítulo.
