Vale, dije diez días y han sido doce. Pero con dos exámenes largos en camino, la mayor parte de mi tiempo queda reservada para ellos. En fin, vamos a verlo por el lado bueno: hay nuevo capítulo. Seguimos en el disco, pero cambiamos completamente de tercio. Esta ya no es una historia romántica como las dos anteriores. Es muy diferente.
Disclaimer: Ver capítulo 1.
Autores: Goffin/King. Álbum: Please please me. Rating: T alto, pero sin llegar a M, por un par de descripciones cerca del final que algunas personas pueden encontrar un poco fuertes.
Las pesadas rejas de hierro de la puerta de la celda de la cárcel de Tonucs gimieron bajo el peso de los muchos años que llevaban desempeñando fielmente su función tan pronto como el comisario Magnezone las tocó para abrirlas, haciendo patente al mismo tiempo que necesitaban ser engrasadas con urgencia. Qué sonido tan delicioso. Sonaba como los gemidos de dolor de un pokémon cuando mis garras se abrían paso por primera vez en su inmaculada carne.
― Camina hasta la pared del fondo, Yalim ―me conminó el jefe Magnezone, el líder del cuerpo de policía de Tonucs. Su voz sonaba hueca y distante, quizá como resultado de no poseer otros órganos en el cuerpo que su ojo y su cerebro―. Si te retrasas o haces algo que me parezca sospechoso, no dudaré en electrocutarte.
He de admitirlo: me hubiera encantado poder matarlo. Darme la vuelta en seco. Clavarle mis largas zarpas en su ojo central. Disfrutar de su expresión de sorpresa, detenida para siempre entre un segundo y el siguiente. Arrojar su cuerpo sin vida a un lado. Escapar de la cárcel con todos los agentes pisándome los talones. Oh, sí. Hubiera sido tan placentero poder darle muerte, aunque no pudiera ser lenta y dolorosamente… Pero sus fuertes esposas de acero rodeaban mis muñecas, inmovilizándolas por completo, de modo que no tuve más remedio que obedecer su orden al tiempo que repetía una y otra vez en mi cerebro la escena en que lo asesinaba para poder obtener algo de placer mientras estuviera preso en este lugar.
― Y ahora, gírate hasta que estés dándonos la cara.
Cumplí su orden sin rechistar, tras lo cual comenzó a acercarse hacia mí; algo que ningún pokémon haría jamás, salvo que, como él, supiera que mi potencial ofensivo era completamente nulo. Lo siguiente que ocurriría ya lo conocía de sobra: me liberaría del cerco de las esposas sólo para colocarme en el mayor de los grandes grilletes fijos a la pared. A decir verdad, no era la primera vez que había estado en la cárcel. Le lancé una mirada al pequeño Riolu que la acompañaba, preguntándome si, como el joven pokémon al que vi en la cárcel de Verouc, sería el aprendiz del jefe ―jefa, en su caso― el encargado de desempeñar esta tarea; y él se echó a temblar, temeroso de mí e impresionado por mi enorme historial delictivo. Inspiré profundamente mientras paladeaba como un catador profesional el delicioso terror que inspiraba en el joven pokémon de tipo lucha, bebiendo su miedo como si de un vaso de agua se tratara, y su dulce e inconfundible sabor comenzó a excitar mis papilas gustativas. Sí, soy capaz de saborear los sentimientos que provoco en los demás, y también este acto me produce placer. Es incluso la fuente más importante de placer de que dispongo; porque pocas veces gozo de la oportunidad de infligir dolor a otro pokémon y casi nunca consigo engañarlos de tal manera que pueda darles muerte después de haberles hecho sufrir durante tanto tiempo que al final me imploran entre sollozos que tenga piedad y acabe de una vez con sus vidas.
― ¿Quieres ponerle tú los grilletes, Rio? ―le ofreció amablemente el jefe Magnezone, y un sabor extremadamente amargo en mi lengua me hizo dar una arcada. Puaj, amabilidad… es el peor de los sabores que conozco, después del amor y la felicidad. Maldito Magnezone… mira que interrumpir mi dulce momento.
En cuanto lo oyó, los temblores que asaltaban al ayudante del jefe se intensificaron sobremanera, tanto que más parecía un péndulo que un pokémon, se puso las manos enfrente de la boca y le dirigió al policía una mirada suplicante que quería decir ‹‹ Por favor, jefe, no me haga hacerlo››.
― No sabía que le gustara tener a un cobardica de ayudante, jefe ―dije burlonamente, y el Riolu, en vez de intentar protestar o devolverme el insulto, simplemente se quedó en el sitio, bajó los brazos desanimado y clavó su mirada en el suelo, aceptando el insulto que le había lanzado, avergonzado y con una expresión de tristeza―. Si yo fuera usted, lo habría despedido hace mucho tiempo.
― Cierra la boca ―me ordenó de mal humor, acercándose con una chispa entre los polos de su imán derecho, un ataque que enseguida reconocí como Onda Trueno―. Si ha conseguido el puesto de ayudante, es porque se lo merece. ― El pequeño pokémon sonrió, satisfecho por el modo en que su jefe lo había defendido―. Porque se lo ha merecido y porque fue el único que se presentó para cubrir la plaza de aprendiz de agente.
Rio parpadeó nerviosamente para no echarse a llorar allí mismo al tiempo que mis risotadas resonaban por toda la celda y el pasillo al que todas estaban conectadas. Ya sabía que el tal Rio era bastante patético nada más verlo, pero nunca imaginé que lo sería hasta este punto, un fracasado al que nadie quiere y que solamente puede conseguir un trabajo que nadie más quiera. Y lo mejor de todo es que ni siquiera daba la impresión de tener tres años. Pero algo en él me decía que podía serme muy útil en el futuro.
― Bueno, entonces tendré que hacerlo yo ―murmuró, y tocó mi pierna con su imán. Al instante, un doloroso chispazo recorrió todo mi cuerpo, haciéndome gritar de dolor. Automáticamente, intenté clavarle las garras en su ojo para que cesara el dolor que sentía, pero mis brazos no me respondieron. Estaban completamente paralizados.
Un clac metálico sonó por la estancia, y sentí un aliviante hormigueo en mis manos, antes entumecidas por la falta de riego sanguíneo. Había abierto las esposas para ponerme los grilletes. Suspiré. Qué lástima. Si hubiera llegado a ser libre, habría tenido una ocasión irrepetible para fugarme y llevar a dos pokémon más a la tumba antes de tiempo.
Contra mi voluntad, mi brazo izquierdo comenzó a elevarse, movido por el imán que el jefe Magnezone había colocado debajo de él para llevarlo hacia el aro metálico que me mantendría sujeto a la pared e impediría mi fuga; y tan pronto como llegó a la altura a la que este colgaba del muro, lo soltó, seguro de que no caería por efecto de la parálisis. A continuación, hizo lo mismo con el otro, y cuando ambas extremidades estuvieron en su sitio hizo venir una pequeña llave hasta su imán, que se pegó a él con un sonido metálico. A continuación, la introdujo por el agujero del grillete de la izquierda y lo abrió girándola. Por más que intenté ver el tamaño del agujero, no pude volver la cabeza; y si hubiese tenido la posibilidad de moverme me habría mordido el labio inferior hasta hacérmelo sangrar. Siempre necesitas conocer un dato como ese para poder llevar a cabo una fuga con algunas posibilidades de éxito.
Sin pronunciar una sola palabra, metió el aro metálico hasta casi el fondo de mi brazo, casi en mi axila, y allí lo cerró para repetir la operación con mi otro miembro, que también aprisionó en el mismo lugar. En conjunto, la postura que tenía se parecía a la del suicida que va a saltar de un acantilado, con los brazos en horizontal; y por primera vez agradecí que al estar inmovilizado fuera también incapaz de hablar, porque había cometido la estupidez de dejarme libertad de movimiento en los codos. Si lograba recuperar la movilidad antes de que los agentes se fueran a dormir, serían un elemento muy importante en mi huida.
― ¿Ves? ―dijo el jefe de la policía, dirigiéndose al Riolu patético, que aún seguía en el mismo sitio manteniendo exactamente el mismo gesto. No se había movido en absoluto. Por un momento temí que se hubiera muerto de la vergüenza, lo que arruinaría por completo cualquier plan de fuga que pudiera ocurrírseme―. Así es como se le ponen los grilletes a un prisionero.
― P-pero usted tiene Onda Trueno… y puede paralizarlo ―balbució este, todavía nervioso por mi presencia―… Yo no puedo inmovilizarlo… y se me escaparía.
Interesante… Estaba claro que su autoestima estaba por los suelos, si no directamente debajo de él, acompañado esto de una gran fijación por evitar el fracaso y agradar a los demás. O era un perfeccionista que no aceptaba nada por debajo del más alto grado de perfección, o le había pasado algo relacionado con los fracasos en su infancia. Sí, aquello era lo más probable, puesto que encajaba mucho mejor con la necesidad que mostraba de no decepcionar a nadie. Alguien lo había rechazado, desde su más tierna infancia con toda seguridad, y aquel rechazo primitivo lo había traumatizado por completo. Pero, ¿quién le había hecho sufrir tanto de niño como para haberlo dejado en este estado? ¿Sus amigos? Aunque entonces no eran sus amigos, sino versiones en miniatura de mí. Las hembras quedaban completamente descartadas, pues dada su corta edad y el origen claramente infantil de su patetismo hubiera resultado ser extremadamente precoz si una de ellas le hubiera provocado su actual estado de trauma. ¿Acaso podían haber sido sus propios padres? Pero eso hubiera supuesto unos progenitores completamente desnaturalizados que pasaban la mayor parte del tiempo insultándolo y diciéndole que no valía nada y que nadie lo querría nunca, unos padres extremadamente sádicos que solamente estaban interesados en verlo sufrir y con los que me hubiera encantado tratar. ¿Y dónde encajaba entonces su miedo a los fracasos? Bah, da igual, lo que le hubiera ocurrido a ese Riolu patético en su infancia no me incumbía en absoluto. Lo único que me importaba de él era que podía acabar suponiendo mi billete de ida a la libertad.
― Puedes usar Palmeo, Rio ―respondió el jefe Magnezone en el mismo tono que usan los padres para animar a sus hijos pequeños a que hagan algo, como meterse en el agua para aprender a nadar.
― P-pero Onda Trueno siempre paraliza, jefe ―intentó responder débilmente― mientras que Palmeo solamente puede paralizar. Y con la mala suerte que siempre he tenido… ― dijo bajando paulatinamente el volumen de su voz, de modo que apenas si pude escuchar sus últimas palabras. Estaba claro por qué temía fracasar.
― ¿Qué pasa, tienes miedo a fracasar otra vez? ―comencé a lanzarle pullas verbales, en el tono más insultante que pude poner. Conociéndole a él, estaba seguro de que no respondería mis palabras, sino que ellas solo le causarían dolor psicológico, delicioso dolor psicológico con el que podría deleitarme saboreándolo y disfrutándolo como un pokémon pequeño con su tarta de cumpleaños―. ¿No has visto las esposas que llevaba? No podría hacerte daño aunque pusieras el cuello en mis garras. Vamos, intenta conseguir que no pueda moverme. Da igual que no lo consigas. Ya has fracasado tantas veces que una más no importa en absoluto. A nadie le importan tus fracasos, ni tú. ―Me detuve unos segundos para ver su reacción y saber cuánto faltaba para que empezara a llorar―. Fracasado ―le espeté a bocajarro.
― Cállate ―me ordenó su superior, malhumorado, colocándose al lado de Rio. Sin embargo, el ligero enfado que arrastraba encima no se debía precisamente a mis insultos contra su ayudante ni a que este se mantuviera mirando hacia el techo con los ojos cubiertos por una fina película de un líquido brillante para evitar empezar a llorar delante de mí y que también le considerase un bebé llorón; sino a otra causa que supuse su incapacidad legal para ejecutarme en aquel mismo instante y acabar de una vez por todas con el problema que suponía tener un criminal condenado a muerte en la comisaría―. Tú no te encuentras en posición de decir nada. ¿Tú qué dices, Rio? ¿Está en posición de decir algo?
― Um… pues… ―tartamudeó él, buscando una respuesta en su mente, lo que provocó que el jefe Magnezone echara su ojo hacia atrás. Si no suspiró ni se golpeó la frente, fue porque su anatomía no se lo permitía― ¡No! ¡Claro que no! ―chilló de repente con decisión la respuesta que tanto esperaba su jefe. Me pareció tan cómico ver a alguien tan inseguro como él contestar a una pregunta con tanta energía y resolución con el solo propósito de adular a su jefe y asegurarse el puesto que comencé a reírme con carcajadas que resonaron por toda la celda, que actuaba a modo de caja de resonancia―. ¡Cállate! ¡No vuelvas a reírte de mí ni a insultarme!
Incumpliendo tajantemente sus espléndidamente expresadas órdenes que denotaban la gran autoridad de que estaba investido, continué riéndome, parando de vez en cuando para poder tomar aire. Al instante, la decisión que reflejaba su rostro volvió a tornarse en la tristeza y decepción al parecer eternas que lo acompañaban en todo momento.
― Al contrario, jefe ―contesté, hablando en el tono más burlón que pude para que se enterara de lo mucho que despreciaba a la autoridad, a sus servidores y a todos aquellos que, como el líder de la policía de Tonucs, nos impedían obtener el placer que tanto ansiábamos obtener y a cuya obtención dedicábamos tantos esfuerzos―. Me van a ejecutar mañana al alba, y como estoy paralizado y sin poder moverme no podré huir. ―En realidad, aquello era mentira. Los efectos de la parálisis habían desaparecido de mi cuerpo hacía rato. Era perfectamente capaz de moverme, y lo había descubierto tan pronto como pronuncié la primera palabra. Pero ellos no se habían dado cuenta, por lo que mi movilidad iba a ser otra baza más a mi favor a la hora de ejecutar el plan de fuga que aún debía pensar―. ¿No le parece que ahora que sólo me quedan unas pocas horas de vida ya puedo decir lo que quiera sin que ello tenga consecuencias para mí?
Él no respondió, sino que cerró sus tres ojos durante menos de un segundo, emitió un sonido metálico que identifiqué con un suspiro y dijo:
― Estás condenado a muerte, sí, pero tú has sido el que te lo has ganado con tus actos. No puedes acusarme de una condena ni una ejecución arbitraria. ―Cerró los ojos por un instante, como si estuviera pensando algo, y continuó―: Lo único de lo que me arrepiento es de no haber sido capaz de atraparte antes y poder salvar las vidas de pokémon inocentes. Ochenta son muchos asesinatos, Yalim.
El ayudante patético del jefe abrió los ojos como platos en cuanto oyó la cifra de mis víctimas, y me miró con una expresión de espanto, terror y horror, a la que yo contesté con una torva sonrisa en la que le mostré mis puntiagudos dientes. Lo que le faltaba a su jefe: que no conociera a los criminales a los que se enfrentaba. ¿A qué esperaba para despedirlo de una vez?
― No los suficientes. Nunca se han cometido los suficientes asesinatos.
― ¿Los suficientes? ―preguntó el jefe Magnezone en tono dubitativo, como si estuviera pensando que yo era solo la punta del iceberg de algo mucho mayor que se escondía detrás―. ¿Los suficientes asesinatos para qué?
No respondí. El atisbo de duda que acababa de aparecer en su rostro denotaba que sería suficiente con seguir aparentando para salvar la vida. Incluso, si lo que decían aquellos pokémon de los bajos fondos que ya habían pasado por donde yo me encontraba era cierto, podría pactar la conmutación de mi condena a cambio de guiarle hacia algo ficticio cuya fingida existencia comenzaba a intuir.
― No importa ―dijo con seriedad frunciendo el ceño (o el equivalente en su anatomía, bajar sus párpados metálicos hasta que cubrieron la cuarta parte, más o menos, de sus ojos) ―. Me basta con llamar a Solrock. Así podremos saber si estás diciendo la verdad o, por el contrario, te lo estás inventando todo.
Bueno, había sido un buen intento. Pero ya había fracasado, y sabía que no se trataba de un farol porque lo había visto nada más entrar y también por las historias que sobre él se contaban en los bajos fondos. El Mudo, le decíamos por las pocas veces que hablaba.
― Un poquito más y se lo traga, ¿eh, jefe? ―le dije en tono cordial, como si fuéramos amigos de toda la vida en lugar de policía y criminal―. Casi le arranco un trato de los suyos.
― No me hables así ―ordenó de la misma manera que en todas las ocasiones anteriores. ¿Siempre estaba de mal humor? ¿No sabía que era malo para la tensión? Claro que no tenía vasos sanguíneos de ninguna clase, así que no importaba―. Soy el jefe de la policía de Tonucs y no existe nadie que me trate irrespetuosamente.
― Si me van a ejecutar mañana, ¿qué te importará cómo te hablo si mañana vas a dejar de oírme? ―dije, pasando al tuteo para provocarle. No era placentero como los asesinatos, pero sí era divertido.
― Puedo hacer tu ejecución más terrible y dolorosa de lo que ya es ―me amenazó, pero estaba muy equivocado si creía que eso iba a hacer que dejara de pincharle a él o insultar al fracasado de su ayudante―. Ahora estás condenado por ochenta asesinatos y desacato a la autoridad.
― Añádele una violación y ya tienes mi carrera al completo ―puntualicé con chulería.― ¿Y habéis contado el del Seviper que apareció destripado y decapitado justo enfrente de la comisaría de Onaf?
Por cuarta o quinta vez en todo el tiempo que llevaba en aquel edificio, los párpados metálicos del comisario se abatieron sobre sus ojos, si bien esta vez el sentimiento que había detrás de ellos era la ira. Podía decir que mi respuesta lo había irritado bastante, y estaba intentando calmarse para no hacer algo de lo que pudiera arrepentirse posteriormente. El miedica patético, por su parte, me contemplaba más horrorizado si cabe, con los ojos a punto de salírsele de las órbitas. No obstante, detrás del terror que yo le inspiraba y que había estado degustando todo el rato había un regusto salado de tristeza, y estaba seguro de que no era porque le diera pena mi próxima muerte. ¿Quizá por la traumática infancia que debía de haber tenido?
― No voy a dejar que un criminal de tan baja estofa como tú me saque de mis casillas ―dijo finalmente, y se fue levitando hacia la puerta para demostrarlo. Adiós. Total, sólo me había servido para procurarme algo de diversión en la que él quería que fuera mi última noche en el mundo―. Estarás aquí hasta mañana al amanecer, y entonces serás problema de Neura, no mío. Y por cierto ―añadió deteniéndose― no te preocupes por tu historial. Está al completo. Fue buena idea disfrazarlo de pelea entre Zangoose y Seviper ―solo que no lo intenté camuflar. Había sido exactamente lo que había dicho: me había encontrado con él y peleamos hasta que lo inmovilicé y pude atormentarlo todo lo que quise hasta matarlo. Aquella muerte fue algo especial, completamente distinto a todas las demás: oleadas de placer por haber vencido a mi eterno enemigo y por el dominio que ahora tenía sobre su vida recorrían mi cuerpo cada vez que mis garras se hundían en su carne y salían pintadas del intenso color escarlata de la sangre serpentina, que caía al suelo y sobre su piel en delgados hilos rojos, tiñéndolos del mismo color, del color de la vida derramada. Pero lo mejor de todo eran los gritos que me dirigía durante el suplicio suplicando que lo matara y me ahorrara aquella humillación para él. Por favor. Los Zangoose y los Seviper somos enemigos desde tiempos inmemoriales, y a la hora de rematarnos vamos a hacerlo de la manera más dolorosa y denigrante para el contrario y su especie―, pero gracias a Xatu pudimos averiguar que había sido cosa tuya.
He de admitir que me sentía impresionado por la cantidad de medios de que dispone la comisaría de Tonucs para resolver los casos criminales. Mientras permanecía asombrado, el comisario reanudó su camino, y al llegar a la altura del fracasado, que seguía con la mirada clavada en mí, como si yo fuera una curiosidad o un fenómeno de feria, se detuvo y le dijo:
―Nos vamos, Rio. ―Sin embargo, en lugar de cumplir y ser un buen ejemplo para el Riolu, se giró para encararse conmigo.― ¿Por qué, Yalim?
― ¿Por qué qué? ―No pensaría ponerse ahora en plan de madre con hijo adolescente gamberro.
― ¿Por qué te convertiste en un asesino? Seguro que fuiste un niño normal, con amigos, sin enemigos ni ninguna razón para matar a nadie.
Me lo imaginaba. Ahora quería que me arrepintiera de todo lo que había hecho; y a pesar de que no había dicho ninguna mentira, me apresuré a interrumpirle por el simple hecho de que me ponía malo su falso interés por mi transformación en criminal.
― Ahí le ha dado, jefe ―volvía a tratarle de usted―. Mi infancia fue normal y feliz. No fui un marginado sin amigos como Rio… o como usted.
El salto que dio el Riolu al oír lo que había dicho acerca del comisario fue impresionante. Nunca creí que un pokémon pudiera saltar tan alto sin carrerilla previa. A su lado, el Magnezone me miraba pasmado, y el modo en que sus imanes temblaban delataba su nerviosismo. Recuerdos traumáticos de su infancia y la manera en que lo trataban los niños de Onaf habían comenzado a reaparecer después de permanecer olvidados, o más bien silenciados, durante tantos años.
― ¡Eso es mentira! ―me acusó, señalándome con su extremidad magnética, y yo puse cara de ironía. Como si yo no lo supiera bien―. ¿Qué ganas tú intentando hacerme quedar como un imbécil delante de mis agentes? ―Recobró la compostura y dijo―: Ahora respóndeme. ¿Por qué mataste a ochenta pokémon inocentes?
Venga ya. ¿En serio no lo sabía? Entendería esto de cualquier pokémon de a pie, pero decididamente no de un comisario que se había dedicado durante toda su vida a luchar contra el crimen, especialmente los malos tratos y los asesinatos; y muchísimo menos de él, con los sucesos de su infancia. ¿O solamente se estaba haciendo el inocente para volver a conseguir el respeto que su fracasado particular acababa de perderle? Fuera lo que fuera, me daba igual. Lo iba a dejar a la altura del betún conociera de antemano la respuesta o no. Lentamente, entrecerré los ojos y curvé lo labios hasta componer una sonrisa y un gesto sombríos y horripilantes, en la expresión propia del macho que acaba de acorralar al amante de su pareja contra una esquina antes de responder.
― Me sorprende que no lo sepa ―dije, y después me detuve para ponerlo nervioso mientras esperaba la respuesta, sin cambiar lo más mínimo mi semblante. Rio contenía la respiración, expectante por saber lo que me convirtió en lo que soy. ¿Para qué quería saberlo, si seguro que le provocaría pesadillas que le harían llorar como un bebé y gritar llamando a su mamaíta?―. Por el placer, jefe. Por el placer.
― ¿De qué placer estás hablando? ―replicó él inmediatamente, en tono serio―. ¿Dónde está el placer de matar a alguien? ¿En romper las leyes?
Definitivamente, se estaba haciendo el tonto.
― Del placer de sentirse dueño de la vida del otro. ¿No lo entiendes? Hay un placer en dar muerte a otros que no se parece en nada a los demás. Es mil veces más intenso que todos ellos, más que un banquete de chocolate, más que compartir tu vida con tus seres queridos, más que los efectos de la droga más poderosa. Cuando lo tienes ahí atado, inmóvil e indefenso, te sientes borracho de poder, como si fuera tu esclavo y pudieras hacer con él lo que quieras. Cuando por fin empiezas, lentamente para alargarlo todo lo posible, la sangre comienza a mancharte las garras y los dedos, tiñendo tu pelaje de color escarlata, igual que el suelo cuando las gotas caen sobre él. Entonces empieza a gritar y a suplicarte que pares, que hará lo que quiera si tienes piedad. Pero las oleadas de placer que empiezan a recorrer tu cuerpo ofuscan tu mente, nublan tu cerebro, solo quieres tener más, y no te importa de dónde salga.
― Tú… ―tartamudeó el jefe Magnezone, impresionado por mi vívido relato sobre los gozos y disfrutes de los asesinatos― tú no eres un asesino cualquiera. Tú… tú eres un psicópata.
Por supuesto que lo era. Me lo habían dicho muchas veces, tanto mis víctimas como un médico que me hizo un análisis psicológico y que al poco tiempo pasó a formar parte de los ochenta. Pero decidí ignorarlo y continuar con mi relato. A fin de cuentas, había sido él quien me había pedido que lo contara.
― Para entonces, ya no eres tú quien está hiriendo y causándole todo el dolor y el sufrimiento posibles a tus víctimas, sino que tu parte racional se ha apagado, te ha convertido en un esclavo de tus instintos, que te piden más sangre, más gritos de dolor, más súplicas de piedad, y te recompensan con la posibilidad de gozar de cascadas de placer cada vez que tu vista u oídos captan alguna de las cosas que las desencadenan. El tiempo parece detenerse, y el mundo a tu alrededor desaparece, como si solamente existierais tú y el pokémon al que atormentas. Y, cuando, horas o minutos después, por fin llega el momento en que no puede soportar más tormentos ni perder más sangre y por fin muere, te sientes aliviado como si te hubieran quitado un gran peso de encima, pues el muerto ya no puede escapar ni delatarte; pero al mismo tiempo te sientes vacío, como si te faltara algo, algo sin lo que vivir ya no es lo mismo. Te falta el placer, el placer de hacer daño a los otros. Harías lo que fuera por conseguir más. Y para ello tienes que seguir matando.
Solo entonces, después de terminar mi explicación, levanté la cabeza y miré a mi audiencia de dos. Me eché a reír cuando vi la postura que mantenía Rio, tirado en el suelo con los ojos cerrados y las manos sobre las orejas, además de algunas lágrimas en los ojos. Era como si le hubieran dicho que su familia había perecido en una catástrofe natural y él quisiera dejar de oírlo, como si así pudiera solucionar algo. Estaba claro que le había aterrorizado, e iba a tener pesadillas por varias semanas. Con sus lloriqueos contrastaba el jefe Magnezone, que se mantenía sereno y tranquilo, con los polos de sus imanes apuntándose entre sí, lo que supuse que equivaldría a estar de brazos cruzados. El hecho de que solamente tuviera tres ojos y no el resto de la cara hacía difícil averiguar lo que estaba pensando. Ahora parecía estar reflexionando muy intensamente sobre algo.
― El asesinato es un crimen, y uno de los más horrendos porque después de cometerlo no hay vuelta atrás posible ―dijo con sus ojos sobre los míos―. No es una fuente de placer. Sólo vosotros los psicópatas lo consideráis así, y estoy dispuesto a trabajar en la erradicación de los pokécidios hasta que no quede ni un solo criminal más en el mundo. ―Parpadeó y añadió―: Muchas gracias. Gracias a ti hemos podido averiguar más datos sobre el modo de pensar de los asesinos que nos ayudarán a ser más eficientes con las investigaciones y detenciones.
― Mi querido jefe ―repliqué arqueando el pelaje que estaba encima de mis ojos―, acaba usted de decir una enorme mentira… o bien también es un psicópata.
― ¿Cómo dices? ―contestó él, indignado por lo que acababa de oír, mientras Rio, que ya se había levantado del suelo, le miraba con la boca muy abierta y ojos llorosos.
― No me negará que usted disfruta cada vez que un criminal es ejecutado, porque eso le acerca cada vez más a su objetivo de erradicar el crimen en el mundo… a cumplir su promesa. Como disfruta viendo cómo mueren los condenados, y aquellos que gozan con la muerte son psicópatas, usted, al igual que yo, es uno de ellos.
Sonreí mientras veía cómo simplemente levitaba con sus imanes girando a tal velocidad que me pareció que iban a desenroscarse y caerse al suelo, mientras reflexionaba en busca de una respuesta a mi provocación que tardaba bastante en llegar.
― ¿Cómo sabes tú eso? ―exigió saber, apuntándome con los polos de su imán derecho, dándose por vencido en la discusión anterior. Muy fácil. Del único modo posible―. Y además, como tú has dicho, con cada ejecución estoy cumpliendo lo que prometí. Por eso disfruto con ellas, no por una psicopatía ficticia. Si fuera un pokémon de a pie, no me acercaría nunca a menos de diez metros del patíbulo.
― ¿Y cree que a ella le hubiera gustado ver que usted mantiene su palabra de acabar con aquellos que acaban con las vidas de otros matándolos a ellos?
Al instante, el comisario se quedó mudo, sin poder articular una sola palabra, con los ojos tan abiertos como las puertas del pokégremio. Sonreí. Acababa de propinarle un golpe muy, muy bajo.
― ¿Quién eres tú? ―preguntó inquisitivamente. Su voz temblaba―. ¿Cómo sabes todo eso?
Podría haberle respondido, pero preferí propinarle un nuevo golpe anímico más doloroso aún si cabe.
― ¿Quiere saber cómo descubrí el placer de matar a otros? ―Él negó con la cabeza, pero eso a mí me daba completamente igual. Iba a contarlo de todas formas―. Fue hace doce años, en Onaf.
El comisario parpadeó, impresionado, y después bajó el párpado central para indicar que me escuchaba con atención. Los dos teníamos la mente puesta en el mismo acontecimiento.
― ¿Recuerda cuando asesinaron a una Vulpix y a su madre en Onaf? ― ¿Cómo no iba a recordarlo, si aquello supuso el comienzo de su carrera en la policía?―. Yo estuve allí, con toda la aldea, viendo cómo llevaban los cadáveres a enterrar. Lo vi a usted, el único que logró salvar la vida, cuando salía de su casa escoltado por la policía. Como el padre había matado a su pareja y a su hija, supuse que debía haber algo en la muerte tan poderoso que fuera capaz de romper incluso los lazos familiares. ¿Y sabe qué? ―sonreí siniestramente―. Que no me equivocaba.
El policía se quedó clavado en el suelo, con los ojos muy abiertos, como si fueran a salírsele de las órbitas en cualquier momento. Si respirara, jadearía. Acababa de recibir un golpe muy duro. Saber que aquella Vulpix, su única amiga, la hembra de la que se enamoró, había sido usada para comenzar la carrera de un asesino en serie psicópata… Podía entender cómo se sentía: furioso y destrozado por dentro. Pero que se fastidiara.
― Hijo… hijo de… ―musitó, preso de la ira, mirando al suelo con los imanes girando a toda velocidad. Ahora sí que lo había sacado de sus casillas―. ¡Hijo de la gran…! ―rugió, abalanzándose sobre mí con un ataque eléctrico cargado y listo para ser utilizado―. ¡Yo te mato, so hijo de …! Cómo… ¡¿cómo te atreves a usar a mi amiga para justificar tus asesinatos?! ¡Yo te mato antes de que lo haga Neura, grandísimo …!
― Y pasaría a ser su segunda víctima, ¿no es cierto? ―dije sin sentirme en absoluto amedrentado por la ira de que hacía gala el comisario, haciendo que Rio lo mirara asombrado. Seguro que no se pensaba que su jefe, al que necesitaba agradar, también fuera uno de los nuestros.
― J-jefe… ―balbució, con miedo y nervios, interrumpiéndole y evitando que me electrocutara. Gracias, enano patético. Seguro que tenía miedo de que lo matara a él también―. ¿D-de verdad hizo usted… e-eso que él dice?
― Pues sí ―le respondí yo, anticipándome a él―. Tu querido jefe mató al padre de su novia.
― ¡Fue en defensa propia! ¡Él quería matarme! ―saltó el comisario, con voz quebrada y en la que se adivinaba el dolor de recordar aquellos momentos tan traumáticos. Dolor, delicioso dolor…―. ¡La propia policía confirmó que lo maté para salvar mi vida! ¡Me leyeron la mente! ―Giró los imanes y cerró los ojos varias veces erráticamente―. ¡Yo no quería hacerlo, pero él… él me obligó!
Justo entonces, se derrumbó, tanto mentalmente como sobre el suelo, cayendo sobre él con un sonido metálico, pero amortiguado, como si una olla hubiera caído sobre un colchón colocado sobre el suelo. Cubrió sus ojos con sus párpados grises, y comenzó a emitir sonidos parecidos a sollozos. Un escalofrío recorrió mi espalda de abajo a arriba. Me había superado. Había conseguido hacer sufrir al implacable comisario de la comisaría de Tonucs bajo el peso de sus recuerdos sin ni siquiera haberlo tocado. Era el rey del sufrimiento.
― Y por eso es que tu querido jefe también tiene la marca del asesino ―dije mientras el aludido seguía sollozando a mis pies como un pokémon recién salido del huevo.
― ¿Qué es eso? ―preguntó el jefe Magnezone, levantándose con extrema rapidez del suelo, como si no hubiera ocurrido absolutamente nada en el minuto anterior. ¿Habría estado fingiendo? Se había recuperado increíblemente rápido. Así no hay quien disfrute el sufrimiento ajeno en condiciones―. ¿Acaso es otra invención tuya? ―preguntó inquisitivamente.
― Es la manera de reconocernos que tenemos los asesinos, y existe de verdad. Consiste en una señal que puedes ver en el entrecejo, o en su caso sobre su ojo, de aquellos que alguna vez han matado a un pokémon; y a veces aun de los que van a hacerlo en un futuro próximo. Aumenta de tamaño con las muertes que cada uno ha causado. Por eso la suya es apenas un círculo en su cuerpo central, mientras que la mía me ocupa toda la frente.
―Puede que… ―murmuró, pensativo―. Quizá por eso supe que eras Yalim aunque solo te había visto de espaldas.
― ¿Lo ve? ―Sonreí―. Pero aquí alguien más tiene una. ―Lo miré fijamente y declaré―: Rio.
― ¡¿Qué?! ―chilló. Por desgracia para él, no mentía. Estaba allí, apenas un puntito justo en el centro de la línea que unía los puntos más elevados de sus cuencas oculares―. ¡Yo nunca he matado a nadie!
― No lo dudo. Pero a veces también aparece en algunos pokémon que van a matar a otros en el futuro. Yo que usted lo tendría muy vigilado, jefe.
―No hace falta ―respondió―. Nunca me ha dado ninguna clase de problemas ―el Riolu sonrió, complacido, y su jefe le dirigió una mirada rebosante de seriedad―, y espero que nunca tenga motivos para estar descontento con él.
― Usted sabrá, jefe ―contesté.
Después de que hablara por última vez, se hizo el silencio en la celda. El policía comenzó a mirar de un lado a otro, y su ayudante aprovechó para alejarse de mí con tímidos pasitos. Después de medio minuto callados, el Magnezone por fin rompió el silencio:
― Nos vamos, Rio. Mañana por la mañana vendrás conmigo a sacarlo para su ejecución. ¿De acuerdo?
― ¿Y la cena, jefe? ―dije yo, mordiéndome el labio inferior. Rio era mi billete a la libertad, y no quería por nada del mundo que se separara de mí. Si lo conocía bien, no había duda de que ordenaría a Rio que me la trajera―. No como desde que me detuvieron por la mañana. Cuéntelo como última voluntad si quiere.
― De acuerdo ―respondió él, y de nuevo tuve que darme un mordisco, esta vez para no sonreír―. Rio te la traerá dentro de una hora, ¿De acuerdo?
― ¿Q-qué? ―intentó protestar él, pero su jefe lo fulminó con la mirada―. D-de acuerdo ―musitó en un susurro apenas audible.
Sin pronunciar más palabras, ambos abandonaron la estancia, cerrando al salir la puerta, que durante todo este tiempo había permanecido abierta de par en par como las fauces de un depredador, y después el Magnezone cerró la reja con llave, haciéndola chirriar. Enseguida empezaron a caminar, y pronto se perdieron de vista por un recodo del pasillo.
― Je-jefe, ¿quién es ella? ―preguntó Rio con curiosidad. La que le iba a caer.
― ¡Cállate de una vez, Riolu inútil! ―rugió el comisario, enormemente susceptible con respecto a ese tema.
― S-sí, jefe ―murmuró él, a punto de llorar.
No pude evitar una sonrisa cuando imaginé la cara de susto que había puesto al oír cómo le había chillado su jefe, y después eche una mirada circular en derredor para comenzar a pensar el plan de fuga, con la que constaté que no había nada en la celda nada en absoluto que pidiera servirme de ayuda en mi propósito, por lo que pasé a comprobar los grilletes girando el cuello hasta que pude distinguir el agujero de la llave. Este era pequeño y alargado. Una sonrisa asomó a mis labios. Eran los mismos que había en Verouc, donde aprendí que podían abrirse perfectamente usando el fémur de un Pikachu. Aunque ahora no lo tenía a él, sí tenía a Rio a mano, y estaba seguro de que había un hueso en su cuerpo que abriría los grilletes sin hacer ruido alguno, así como de que no metería la llave de la celda dentro de la misma. Después de constatar esto, pasé a comprobar la movilidad de los brazos: sin ningún problema. El estúpido del comisario me había puesto los grilletes en los brazos en lugar de en los antebrazos, como debe hacerse, y por eso podía mover los brazos en horizontal, vertical o diagonal. Lo único que no podía hacer era separarlos más de un cuarto de metro de la pared. Si conseguía acercar a Rio a esa distancia, entonces podría… Una oleada de placer recorrió todo mi cuerpo, anticipándose a lo que iba a ocurrir.
Durante la hora siguiente, repasé una y mil veces mi plan e huida para asegurarme de que en él no había ningún fallo, y al no encontrarlo supe que tenía un plan perfecto. Sólo faltaba llevarlo a la práctica, y para ello tenía que venir Rio con la comida.
― ¡No quiero ir, jefe! ¡No quiero ir! ―oí gritar al Riolu patético, aterrorizado ante la sola idea de estar a solas conmigo, incluso atado. Pensando en el rey…
― ¡Ni una excusa más! ―le ordenó autoritariamente su jefe―. ¡Vas a ir ahí, le vas a dar de cenar y te vas a volver sin hacer caso a lo que te diga, ¿entendido?!
― S-sí ―afirmó él completamente desanimado.
El corazón me dio un vuelco. Ya venía hacia aquí. Podía poner en marcha el plan de fuga. Sólo necesitaba controlar los nervios.
Apenas diez segundos después, su silueta se recortó sobre la puerta. Caminaba arrastrando los pies, y en las manos llevaba una bandeja con varias hogazas de pan, algunas lonchas de embutido y un cuenco con agua. Una última cena sorprendentemente austera. Y yo que creía que el jefe Magnezone nadaba en dinero después de tantos años al frente del cuerpo…
Sin pronunciar una sola palabra, ni dirigirme una mirada, hizo girar la llave en la cerradura, abrió la puerta chirriante, que de nuevo hizo honor a su nombre, y allí la dejó puesta, tal y como yo había previsto que lo haría. Entonces comenzó a caminar hacia mí al tiempo que yo observaba fijamente su cuerpo para averiguar qué hueso sería el que me sirviera como llave de los grilletes, y se detuvo a dos metros de distancia. Fruncí el ceño. Así no podría seguir adelante.
― Acércate ―le dije, aunque no sabía si lograría convencerle debido a la orden del jefe. Sí… su clavícula sería perfecta.―. Estoy atado a la pared y tan lejos de ti no puedo comer.
― ¡J-jefe ―gritó él sin moverse de donde estaba―, dice que me acerque porque no puede comer! ¿Qué hago?
― Acércate a él ―respondió el comisario, cuya voz hueca sonaba amortiguada por la distancia―. No hay peligro. No se puede mover.
Muy lentamente, comenzó a aproximarse a mí, mirando asustado varias veces a su alrededor a fin de asegurarse de que no tramaba nada cada vez que daba un paso. Pobrecito… no podía ni imaginar los planes que tenía para él.
Finalmente, el Riolu patético se detuvo a apenas medio metro de mí. Estaba temblando, con tal intensidad que temí que tirara mi comida al suelo.
― U-un momento ―dijo, y yo apreté los dientes con rabia. ¿Y si había descubierto mi plan de fuga? No podía ser…―. Si estás paralizado, no puedes masticar, ¿no?
Un suspiro de alivio abandonó mis pulmones al tiempo que abría los ojos, si bien él no se percató. Acababa de firmar su sentencia advirtiéndome del error que estaba a punto de cometer. Gracias, inútil.
―Por supuesto que no ―contesté diciéndole con los ojos "ya sabes lo que tienes que hacer". Por un momento pareció afectado, incluso desesperado por tener que hacerlo, pero no pronunció ninguna palabra de protesta.
Mientras una fina capa de líquido transparente comenzaba a deslizarse por sus ojos hasta cubrirlos por completo, cortó un trozo de pan con las manos y, poniéndose de puntillas, me lo metió en la boca, y después colocó sus manos sobre mis mejillas y empezó a moverlas para conseguir que masticara el pan. En aquellos segundos que me permitía, desplacé muy lentamente mi brazo izquierdo, evitando hacer ruido, hasta que las dos garras que salían de mi mano quedaron apuntando directamente a la parte posterior de su cuello. Mis labios se curvaron en una sonrisa siniestra que desvelaba por completo mis planes. Adiós, Riolu patético.
― Em… ¿P-por qué me miras así?
De momento, esta historia quizá sea la que más difiere de la canción de origen respecto al tema. La verdad es que me apatecía escribir algo sobre un psicópata; y dicho sea de paso, su visión sobre el asesinato es radicalmente opuesta a la mía.
Como dato curioso, el nombre del protagonista, Yalim, viene del protagonista de Deathnote, Light Yagami. ¿Qué mejor nombre para un asesino en serie psicópata que uno derivado de ese?
Por cierto, el próximo One-Shot, Boys, se va a retrasar unos días por culpa de... sí, exámenes. Intentaré traerlo cuando pueda y tenga tiempo, pero no prometo nada.
Hasta el próximo capítulo.
