Ya estoy de vuelta. Ha pasado un mes, pero aquí traigo otro capítulo. Por si a alguien le interesa saber por qué he tardado tanto en actualizar, han vuelto a ser los exámenes. La vida del estudiante es muy dura...
Como curiosidad, después de tres versiones volvemos a una canción propia del grupo. También cambiamos por fin de disco.
Disclaimer: No poseo pokémon ni las canciones de The Beatles.
Autor: Lennon/McCartney. Álbum: Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band. Año:1967.
Las oigo.
Oigo lo que dicen de mí.
Cuando hablan sobre mí, sus voces llegan cortando el aire hasta la solitaria esquina del café de Spinda en la que me siento, aunque desearía no oírlas.
― Oye, ¿has visto cómo te mira el Riolu ese de ahí atrás?
― Buf… En serio, chica, estoy más harta de los machos... Siempre están pensando en lo mismo.
― No, este no. Este te mira como un Mareep degollado.
― Y de fracasados también.
― Tía, ese de ahí ¿lo ves? lleva toda la comida mirándonos.
― Ay, o sea, es que los machos son tan pesados… ¿Y cómo es?
― Un Riolu, un poco bajito, ¿me entiendes? Y de cara pues normal.
― Ay, o sea, tía, pues no. Yo no me junto con cualquiera, ya sabes.
― Tía, ¿pero de qué vas? Si saliste con el Quilava ese medio feo del dojo.
― No, tía, pero sólo era para ligarme a mi novio. Cuando lo tuve atado, o sea, ¿me entiendes?, lo mandé a paseo.
― Yoko, mira un momentito a la izquierda sin que se note.
― ¿Eh? ¿Qué pasa, Mawja?
― ¿Has visto al Riolu de la esquina?
― ¿Ese de ahí? Claro. ¿Qué le pasa?
― No sé si te has dado cuenta, pero cada vez que entramos se pone a mirarnos con cara de pena.
― Ah, claro. Lo que le pasa es que quiere ligar con nosotras. Si fuera un Snorunt me lo pensaría, pero como es un Riolu…
― Pues como me vuelva a echar una sola miradita lo denuncio por acoso.
― Tú, vuelve a mirar a mi novia y te parto la boca. ¿Lo has entendido?
Es cierto que las miro. Y también sé que no les gusta saber que alguien como yo pueda estar pensando en pedirles salir. A mí tampoco me gusta escuchar los insultos que me dedican. Pero tengo que hacerlo. Si voy a pedirles salir, tengo que saber cómo son, y también cuál es su especie. Pero antes de que tenga siquiera una oportunidad de considerar si me gustan, ellas acaban con mis esperanzas, voceando sus opiniones a los cuatro vientos, sin que less importe cómo pueda sentirme al oírlo.
Claro que mis sentimientos sólo les han importado a mis padres...
Tal vez a estas alturas ya sea hora de que tome la iniciativa y les pida salir en vez de quedarme mirándolas como un Xatu el sol. Quizá sea hora de lanzarme… otra vez.
No. No puedo. No puedo hacerlo. Si cuando las observo ya hablan de denunciarme, ¿qué harán si les pido una cita directamente? Seguro que se reúnen fuera para burlarse de mí y dejarme en ridículo; o me partirán el corazón con una frase cruel y, no satisfechas con ello, se ríen de mí mientras sus risas me hacen daño en los oídos e intento en vano no echarme a llorar delante de ellas.
En realidad, ya no me duele que me den calabazas. Es triste, pero ya me ha ocurrido tantas veces que al final he terminado por acostumbrarme. Tantos meses e intentos fallidos a mis espaldas han acabado convirtiendo el enorme e intenso dolor dentro de mi pecho y la profunda tristeza que había sentido en las primeras ocasiones en tan solo un ligero sentimiento de tristeza y frustración que en apenas cinco minutos se ha esfumado por completo, como si nunca hubiera estado ahí.
Ya no lloro por ellas.
No; lo que más me dolía de las veces en que una hembra me partía el corazón no era el hecho de que me no me considerara lo suficientemente bueno como para ser su novio, sino la frase ingeniosa y cruel con que me lo dejaba claro; una frase que se clavaba en mi pobre corazón, retorciéndose en él y reduciéndolo a polvo, y se grababa a fuego en mi mente; una frase que arrancaba de mis ojos las lágrimas que su negativa no había conseguido hacer aflorar y que me hacía sentir como el mayor fracasado del mundo, que no valía nada en absoluto y que acabaría envejeciendo y muriendo en soledad. Unas frases que, junto con ellas, eran las culpables de que hubiera acabado comiendo solo en la esquina más sombría del bar de Spinda, mirándolas sin atreverme nunca a pedirles una cita.
― ¿Entonces dices que quieres salir conmigo?
― Sí ―le respondí yo tímidamente, intentando no parecer demasiado ansioso.
― Pues cuando termines de comer, me avisas y salimos juntos del café.
― Ni aunque fueras el último macho del mundo.
― Em… c-creo que te quiero.
― ¿Sí? Yo también te quiero.
― ¿De-de verdad?
― Claro. Te quiero lejos de mí.
― Ho-hola, guapa. ¿Te… te gustaría pasar un rato con un macho guapo, fuerte e inteligente?
― Por supuesto que sí. ¿Cuándo me presentas a tu amigo?
― D-dime, chica. ¿P-preferirías salir conmigo diez minutos o… o pasar una semana en la cárcel?
Ni siquiera había terminado de preguntárselo cuando ella se levantó, pagó su bebida a Spinda, y salió del café.
― O-oye, ¿a… adónde vas?
― A la cárcel ―me respondió sin detenerse ni darse la vuelta.
― Em… Ho-hola. Me estaba preguntando si… um… en fin… si… querrías salir conmigo.
― Prefiero bañarme en un río infestado de Carvanha con el pelaje lleno de sangre fresca.
Lo he intentado en cientos de ocasiones, manteniendo la esperanza a pesar de los resultados descorazonadores que siempre he cosechado, sin rendirme nunca. Pero a lo largo de los años, me han rechazado en muchas más ocasiones de las que puedo recordar. Y lo peor de todo es que nunca he sabido por qué se niegan en redondo a darme tan sólo una oportunidad. Deben pensar que soy patético y que no merece la pena salir conmigo. Pero no sé por qué creen eso. Tal vez… tal vez si alguna de ellas pudiera aceptar, no ya concederme una cita, sino simplemente hablar conmigo durante unos segundos... a lo mejor descubriría que no soy como cree. Quizá incluso podría aceptarme como un amigo.
N-no, seguro que eso no ocurre. Seguro que acabo fastidiándolo todo, como siempre que he tenido una oportunidad para arreglar algo. Como aquella vez que se me cayeron todos los platos que llevaba, todos los que había en mi casa, cuando me agaché para intentar salvar un jarrón que había tirado accidentalmente con la cola. Me sentí tan estúpido cuando vi toda la vajilla que había tardado una hora en lavar hecha añicos en el suelo…
L-la verdad es que últimamente estoy empezando a pensar que…que tal vez tengan razón. Tal vez sea de verdad un fracasado… y… y por eso ninguna de ellas quiere tenerme cerca. Quizá… quizá sea yo el problema, en vez de ellas, y todavía no lo sepa. E-espero estar equivocado, pero… ¿y si… y si no lo estoy?
Porque la verdad es que, aunque ni siquiera haya cumplido los tres años, soy un fracasado. Es triste, pero es la verdad. Cumplo perfectamente la definición. Los machos se ríen de, las hembras me desprecian, solo tengo un amigo y estoy atrapado en un trabajo tedioso sin futuro ni posibilidades de ascenso. Además, todos los planes que he hecho en mi vida han terminado fracasando estrepitosamente. Como mi negocio de envío de paquetes, que tuve que cerrar a los cuatro días después de perder el poco dinero que tenía en pagar los dos paquetes que me robaron.
La verdad es que, visto así… Sí, es cierto. Soy un fracasado. Esa es la verdad. Creo que… que ya entiendo por qué no me quieren. Porque no soy guapo, ni fuerte, ni tengo dinero, ni un futuro. Yo… yo no tengo nada que les guste y… y… claro… entonces…
Sí… Tal vez ellas tengan razón… Tal vez… Quizá… Quizá sea un estúpido, y todavía no lo sepa. Tal vez… tal vez esté destinado a envejecer y morir solo, sin nadie que me quiera o que se preocupe por mí. Total… A nadie le importa un fracasado sin futuro al que todos rechazan.
Pero, a pesar de todo, todavía mantengo la esperanza. A pesar de todos los rechazos, todos mis fracasos y todos los desdenes crueles que he recibido, todavía confío en que en algún momento, como si fuera una tabla de madera y yo un náufrago, llegará una hembra que me acepte y me quiera. Y sé que ese día llegará, porque, a pesar de todos los rechazos, las respuestas que recibo son cada vez menos crueles e hirientes.
Nunca se me olvidará la primera vez que le pedí salir a una hembra. Apenas tenía nueve meses, y todavía vivía con mis padres en el bosque. Mi vecina Buizel me parecía tan guapa entonces… Un buen día, cuando estábamos jugando al escondite en el bosque, le pregunté si quería ser mi novia.
Su respuesta fue darme una bofetada.
