Ya estoy aquí otra vez. Esta vez, con una historia que al menos había pensado para San Valentín... con dieciséis días de retraso. En fin...

Este One-shot es AU (mundo real con pokémon). Como dicen los angloparlantes, don't like, don't read!


Disclaimer: No poseo pokémon, etc.


Autor: Lennon/McCartney. Álbum: With the Beatles. Año: 1963


— ¡Arcanine, Lanzallamas!

Emitiendo un gruñido de afirmación desde lo más profundo de su garganta, el pokémon de tipo fuego abrió sus fauces de par en par y lanzó desde ellas un grueso chorro de fuego que se desplazó cortando el aire con rapidez, buscando el extremo del campo en el que se hallaba su rival. Sin embargo, la bella entrenadora rubia contra la que estaba combatiendo no hizo nada ni dio ninguna orden; sino que simplemente se limitó a sonreír con seguridad. Podía sentir la victoria al alcance de su mano.

— ¡Floatzel, esquívalo con acua jet y después atácalo! —ordenó cuando las primeras llamas se hallaban a menos de medio metro del pelaje naranja y crema de su pokémon, que todavía mantenía su lustre a pesar de las numerosas manchas de tierra, barro y sangre, propia y ajena, que lo cubrían.

Una pequeña chispa de color azul pálido centelleó durante un instante en los ojos del pequeño pokémon de tipo agua, y menos de una décima de segundo después todo su cuerpo se hallaba cubierto de un grueso manto de agua. Entonces estiró sus patas traseras, que mantenía flexionadas debajo de su cuerpo, para dar un largo salto a su derecha que le apartó de la trayectoria de las llamas lanzadas por el pokémon de tipo fuego. Pronunció su nombre con seguridad y algo de altanería, y tras una mirada de aprobación de su entrenadora y un gesto consistente en señalar a su enemigo cargó a toda velocidad contra él, dejando a su paso un rastro de tierra mojada donde el manto líquido tocaba el suelo. Un solo pensamiento ocupaba su cerebro mientras recorría a toda velocidad la longitud del campo: derrotar a su rival y ganar el combate.

Pero, por desgracia para él, eso no ocurriría jamás. Aunque él no lo supiera, estaba haciendo exactamente lo que él quería. Por eso había dado la orden de usar lanzallamas, para atraerlo hacia su trampa y hacerlo caer en ella. El entrenador curvó sus labios y enseñó todos sus dientes en una amplia sonrisa de triunfo antes de ordenar el ataque final, aquel que le daría la victoria y le otorgaría la ocasión de enmendar el terrible error que cometió en su juventud.

— ¡Arcanine, voltio cruel!

— ¿Voltio cruel? Nyla, ¿los Arcanine podéis aprender voltio cruel? —preguntó su entrenadora, apartando la mirada de la pantalla del televisor en el preciso instante en el que el Floatzel salía despedido hacia atrás por la fuerza del impacto.

La pokémon de tipo fuego interrumpió por un momento su búsqueda de un lugar cómodo para dormir para responder a la pregunta de su entrenadora encogiéndose de hombros, pero se lo pensó mejor y asintió vigorosamente con la cabeza. Ni siquiera sabía a qué ataque se estaba refiriendo, pero si aquel Arcanine pequeñito que vivía dentro de aquella caja negra podía usarlo, seguro que ella también podía.

— ¿Y tú, Nyla? ¿Sabes usarlo? —quiso saber su entrenadora, que apagó la tele y se tumbó en la cama, estirando todos sus miembros al hacerlo, antes de posar suavemente su cabeza sobre la almohada y girarla para mirar a su pokémon, que respondió negativamente dando una fuerte sacudida a su cabeza.

Durante un segundo, la chica no dijo ni hizo nada. Simplemente permaneció tumbada en la cama con los ojos cerrados, intentando descansar del día tan cargado de emociones que había tenido. Entonces, se giró y, sin abrir los ojos, colocó una mano sobre el costado de su pokémon, que también se había tumbado a descansar sobre la cama.

— Ofú. Pues tendremos que entrenar a partir de mañana, ¿no? —murmuró, sonriendo y con voz de dormida.

— Canine —respondió la voz de la pokémon, amortiguada por las sábanas que tenía debajo de su boca. Seguro que le vendría muy bien en los combates de la Liga Pokémon que les esperaban.

— ¿Vas a dormir ahí? —preguntó la chica, sabedora de que a su pokémon prefería dormir fuera de su pokéball, junto a ella.

Nyla sacudió la cabeza afirmativamente, aunque su entrenadora no pudo verlo desde su posición; y después volvió la cabeza hacia el despertador que la joven mantenía sobre la mesita de noche. Sin embargo, tan pronto como sus ojos vieron la posición en que estaban sus agujas, saltó de la cama con la rapidez de un rayo y corrió hacia la puerta de la habitación, donde empezó a pasar sus patas por la superficie barnizada de la madera mientras intentaba que su entrenadora se percatara de que quería salir de la habitación.

— ¿Nyla, qué haces? —preguntó su entrenadora, levantándose de la cama para ir hacia sui pokémon—. ¿Quieres salir fuera?

Por toda respuesta, la pokémon canina se puso a dos patas, intentando alcanzar el picaporte. Logró apoyar sus patas delanteras en la estrecha barra de metal amarillo, y usó todo el peso de su largo cuerpo para obligarlo a girar; si bien no consiguió que la puerta se abriera si quiera un milímetro.

— Nyla, son las doce de la noche —la reprendió su entrenadora, con voz cansada y deseando irse a la cama—. ¿A dónde demonios quieres…? —Se detuvo mientras una sonrisita acudía a su rostro—. Ah, claro. Es ese Ninetales, ¿verdad?

La Arcanine se detuvo por un instante, mirando a la chica con cara de sorpresa mientras la sangre subía a sus mejillas, ruborizándola, aunque su pelaje rojo no le permitía verlo. Tragando saliva, asintió tímidamente con la cabeza.

Al ver su contestación, la joven castaña empezó a reír, divertida. Había visto, al igual que su rival y los ciento cincuenta, o así, espectadores que habían acudido a ver su combate de la tarde anterior (el primero que disputaba en la Liga Pokémon), que al verse los dos pokémon se habían quedado inexplicablemente parados durante algunos segundos; y también que al final del combate, que había terminado con una victoria suya, que ambos habían estado conversando entre sí durante unos minutos mientras ella hacía lo mismo con su rival. Sin embargo, ni en sus sueños más extravagantes habría imaginado que aquello terminaría en amor y una furtiva cita a medianoche.

—No te enfades, Nyla —dijo la chica, intentando sobreponerse a sus risas mientras su pokémon la miraba ligeramente mosqueada—. Es que no me esperaba que tuvieras novio.

Emitiendo un gruñido de impaciencia, la Arcanine se dio la vuelta e intentó de nuevo abrir la puerta sin conseguirlo. La hora de su cita se acercaba cada vez más, y a cada segundo que pasaba crecía su temor por no llegar a tiempo. Entonces, dando un suspiro que sonó entre conforme y resignado, la entrenadora alargó su brazo derecho hasta el picaporte y lo trajo hacia sí, haciendo girar la puerta silenciosamente sobre sus goznes.

— Anda, ve — dijo, agachándose y poniendo una mano sobre el rostro de la Arcanine, cuyo rostro se iluminó al instante y comenzó a lamerle cariñosamente la cara como agradecimiento. La chica rio, y después de unos segundos que pasó rascándole la barriga, se levantó y añadió—: Pero no vuelvas tarde, ¿eh?

Nyla sonrió con la cabeza, y acto seguido se dio la vuelta y echó a correr pasillo abajo. Su corazón latía con fuerza, impulsado por la impaciencia de volver a su amor; y sus mejillas ardían con fuerza al mismo tiempo que decenas de minúsculos Butterfree revoloteaban por su estómago. Se sentía tan feliz que incluso dio un pequeño salto en el aire cuando pasó por delante del ascensor, y mientras bajaba por las escaleras del hotel una amplia sonrisa de pura felicidad adornaba su rostro.

Por su parte, la joven volvió a entrar en la habitación una vez hubo perdido de vista a su pokémon mientras negaba con la cabeza. Era muy tarde como para dejarle que saliera sola de la habitación, pero cada vez que pensaba que al día siguiente la propietaria del Ninetales dejaría la capital y volvería a su pueblo… No podía expresarlo con palabras, pero sentía que debía dejarla ir. Volvió a suspirar y a sacudir la cabeza, y se metió en la cama para dormir hasta el día siguiente. Mientras lo hacía, pensó en Nyla y su cita, y no pudo evitar sonreír. A veces, su equipo parecía una caótica familia de adolescentes en la que ella era la madre.

Caminando sobre las puntas de sus patas, Petit se acercó sigilosamente a la cama en la que estaba tumbada su entrenadora. Por el sonido de su respiración, rítmica y relajada, podría asegurar que estaba profundamente dormida; pero prefería asegurarse. Ella no sabía que él y la Arcanine se habían citado aquella noche en la recepción del hotel; y aunque lo supiera no le permitiría salir de la habitación, argumentando que ya era muy tarde y que le dejaría verla mañana, antes de salir. Pero el Ninetales sabía muy bien que aquella era su única oportunidad para verla antes de partir. Cuando ella despertara, él estaría ya a cientos de kilómetros de ella, metido en su pokéball en un autobús rumbo al noreste.

Cautelosamente, el pokémon zorro colocó su pata delantera derecha sobre la rosada mejilla de la chica, y comenzó a moverla suavemente de izquierda a derecha, sin obtener más respuesta que un gruñido de incomodidad y que pusiera la cabeza mirando hacia el techo.

Una sonrisa asomó a los labios del Ninetales cuando sus ojos se posaron en su rostro. Su entrenadora le parecía tan bonita cuando dormía… Allí, en los brazos de Morfeo, tumbada de costado, arrebujada entre las sábanas y con su cabecita rematada por rizados pelos negros mirando al techo, con todos los rasgos de su rostro en perfecta calma… Seguro que estaba soñando con el día que empezaron su viaje, o cuando ganaron la última medalla sólo tres días antes de que diera comienzo la competición. Con toda la ternura de que fue capaz, pasó lentamente la palma de su pata por sus labios, al mismo tiempo que sus nueve colas acariciaban con suavidad la blanca piel de su cuello. Volvió a sonreír, y solo entonces, completamente seguro de estaba dormida, bajó de la cama, dirigiéndose a la puerta mientras esquivaba las maletas de su entrenadora y el voluminoso cuerpo de Gruny, su compañero Grumpig que, al igual que él, prefería dormir en el suelo a hacerlo dentro de su pokéball.

Apenas diez segundos después, el pokémon blanco ya había logrado llegar hasta su objetivo sin encontrar ningún problema ni hacer ningún ruido. Enseñando todos sus dientes con orgullo, se irguió sobre sus patas traseras mientras las delanteras se dedicaban a la búsqueda del tirador, que encontró pronto. Dedicó un fugaz pensamiento a su Arcanine, y se dispuso a proceder con la última parte de su plan. Cargó el peso de su cuerpo sobre la fría superficie del metal, tiró de ella con esfuerzo hacia el interior al tiempo que se lamentaba de no tener las manos versátiles de los humanos… y se quedó de piedra cuando escuchó un fuerte golpe seco justo detrás de él.

El tiempo en el interior de la habitación se detuvo por un instante. Petit podía sentir su corazón latiendo con fuerza dentro de su pecho mientras el miedo se acumulaba en su estómago, convirtiéndolo en un pozo helado. Seguro que acababa de despertarla. Vería la puerta abierta, y a él saliendo de la habitación. Sólo le quedaba una opción: salir corriendo sin mirar atrás.

— Lo… lo siento, mamá —dijo su entrenadora, todavía inmersa en el mundo de los sueños—. ¡No, mira, no se ha roto!

Los labios del Ninetales dejaron escapar un prolongado suspiro de alivio cuando las palabras llegaron a sus oídos. Sin embargo, prefirió asegurarse, y giró la cabeza hacia la cama donde dormía la chica, que seguía en el mismo lugar donde la había dejado. Ni siquiera había girado la cabeza, aunque había puesto su mano sobre la mesita de noche. Debajo de ella, pudo ver el objeto que había provocado el ruido: su teléfono móvil. Debía de haberlo tirado involuntariamente con las colas.

Mucho más relajado ahora que había comprobado que no había ocurrido nada, el kitsune retomó su tarea de abrir la puerta sin que chirriara. Manteniendo las colas bien pegadas al suelo para no volver a tirar nada por accidente, volvió a alzar su cuerpo hasta el picaporte, aunque esta vez prefirió usar sus dientes en lugar de sus patas; y fue tirando de él con cuidado hasta que la puerta estuvo completamente abierta. Sonrió y, caminando de puntillas para minimizar el ruido de sus pasos, salió de la habitación al pasillo sin mirar atrás. Sólo cuando sintió la moqueta del pasillo bajo sus pies se sintió lo suficientemente seguro como para darse la vuelta y, apoyándose en el pomo, mirar al interior de la habitación por última vez antes de cerrar la puerta en completo silencio y echar a andar por el pasillo mientras pensaba en Nyla. Al empezar a bajar las escaleras del quinto piso, deseó fervientemente que ella no se hubiera cansado de esperarle y hubiera vuelto a su habitación sintiéndose triste y rechazada.

Por decimoséptima vez en apenas cinco minutos, Nyla pasó por delante del mostrador de recepción del hotel. Había llegado al punto de encuentro justo cuando las dos agujas del reloj estaban en su punto más alto; la hora convenida. Pero Petit aún no había llegado. Estaba tan nerviosa que podía sentir una gran bola en su garganta, que le dificultaba un poco la respiración mientras caminaba preguntándose qué le podría haber ocurrido. No se habría olvidado de su cita… Un escalofrío recorrió todo su cuerpo. No; eso era imposible. Había sido él mismo quien la propuso. No, seguro que ha tenido algún problemilla sin importancia y ahora mismo viene, pensó mientras caminaba por delante de la recepcionista una vez más. La mujer, por su parte, ni siquiera levantó la cabeza de su móvil cuando la pokémon canina estuvo delante de ella. Parecía nerviosa y que esperaba a alguien, pero la barrera del idioma le impediría ayudarla, de modo que se limitaba a ver una película en su teléfono, ignorando a la pokémon.

— ¿Nyla? —preguntó una voz masculina. Se oía muy débil, como si estuviera a muchos metros de distancia.

La Arcanine se sobresaltó cuando sus oídos escucharon aquella voz. La había reconocido al instante. Era la del Ninetales al que había conocido aquella tarde en el campo de batalla. Inmediatamente, sus orejas se dispararon hacia arriba y la bola que taponaba su garganta se desintegró. Una amplia sonrisa apareció en su rostro, y comenzó a mirar a todos lados con cara de inmensa felicidad para ver si lo veía.

— ¡Has venido! —exclamó, exultante, mientras pasaba sus ojos sobre los sillones de cuero situados alrededor de una mesa baja, cerca de las puertas de los ascensores.

— Por supuesto que sí —respondió él, corriendo hacia ella desde las escaleras, de manera que ella, de espaldas a él, no pudiera verlo. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, saltó con agilidad sobre ella de tal manera que cayó sobre la espalda de Nyla, en dirección perpendicular a esta.

Por su parte, la Arcanine no sintió nada en absoluto, salvo la voz del kitsune, hasta que este cayó con todo su peso sobre su cuerpo. Sin embargo, el macho era tan ligero en comparación con ella que sus patas absorbieron el impacto sin doblarse un solo centímetro. Giró lentamente la cabeza, y cuando vio el rostro sonriente del macho, sonrió, alegre y divertida.

— Buenas noches, Nyla —dijo tímidamente al tiempo que apoyaba sus patas traseras en el suelo de mármol.

— Buenas noches —respondió ella románticamente, escabulléndose de debajo del kitsune y colocándose enfrente de él, a unos veinte centímetros de la punta de su hocico—. Um… Perdona, pero creo que no me has dicho tu nombre.

— ¿No? —preguntó, extrañado; y la pokémon canina negó con la cabeza. Podría jurar que sí lo había hecho—. Soy Petit.

— Petit… —repitió Nyla, grabándolo a fuego en su cerebro—. Me gusta —dijo, echando la cabeza a un lado—. Suena bien.

El pokémon zorro bajó ligeramente la cabeza e hizo pasar una pequeña llama por entre sus dientes antes de responder:

— Significa pequeño en catalán. Es evidente por qué me llamo así, ¿verdad?

La Arcanine. Lo primero que le había llamado la atención del kitsune era, precisamente, su pequeña estatura. Ni siquiera llegaba al medio metro de altura si mantenía las colas paralelas a su cuerpo, y apenas sobrepasaba el metro de largo desde la nariz hasta el extremo de su cola central. Comparado con ella, que superaba ampliamente el metro veinte solamente hasta su boca y medía dos metros de largo, el Ninetales era poco más que un enano.

— No —contestó Nyla, y se rio—. No tengo la menor idea.

El Ninetales rio de buena gana cuando oyó a su enamorada decir aquello, mientras dejaba escapar secretamente un suspiro de alivio. En su juventud, cuando todavía era un Vulpix, una Houndour había rechazado salir con él por "ser un enano".

— No tienes que tener cuidado con lo que dices. Me da igual que me llamen bajito. Es la verdad. —Sonrió—. Lo que no sé es si llegaré cuando vayamos a…

El rostro de Nyla se transmutó por completo, de la expresión alegre que lucía a una enfadada, cuando las palabras llegaron a sus oídos.

— ¿Llevamos cinco minutos de cita y ya estás pensando en eso? —preguntó con el ceño fruncido y enseñando los colmillos amenazadoramente.

— Iba a decir besarnos —se defendió él, extendiendo sus colas para aparentar mayor tamaño. Era cierto, pero no lo era menos que no sería contrario a aprovechar la oportunidad si se le ofrecía.

La Arcanine lo miró con desconfianza durante unos segundos mientras intentaba discernir cuánto había de cierto o falso en sus palabras. Era un macho, pero parecía ir completamente en serio. Consideró ambas opciones durante un instante, pero al final el beneficio de la duda terminó de inclinar la balanza a favor de creerle.

— Bueno, por esta vez me voy a fiar de ti —dijo finalmente, bajando la cabeza; y unos segundos después una expresión seductora se formó en su rostro—. ¿Sabes una cosa? Me has pegado la curiosidad.

El pokémon blanco arqueó el pelaje de sus cejas, sorprendido. No esperaba que eso ocurriera al menos hasta que se despidieran al alba.

— ¿Quieres hacer la prueba? —preguntó, dando un paso hacia ella y estirando el cuello hacia delante.

— Sí —dijo con seguridad, arqueando su espalda y doblando las patas delanteras para colocar sus labios a su nivel.

Petit reprimió una maldición cuando vio que, a pesar de estar tan cerca como podían el uno del otro, la boca de la hembra todavía estaba unos diez centímetros por encima de él. Aquella Houndour tenía razón. Era un maldito enano. Pero no estaba dispuesto a dejar que un mal recuerdo le aguara aquel momento, de modo que lo empujó al fondo de su mente y, levantándose sobre sus patas traseras, colocó las delanteras en sus hombros como apoyo y la besó.

Fue un beso corto, apenas cinco segundos, pero para ellos estuvo cargado de sensaciones. Tan pronto como sus labios contactaron, una reconfortante calidez pasó por sus bocas y sus pechos, calentando sus corazones. Cuando se separaron, con una sonrisa boba estampada en sus caras, estaban más enamorados que antes.

― ¿Ves como sí llegabas? ―dijo Nyla, rompiendo el silencio que se había creado entre ambos después de cortar el contacto.

― No dije que no llegara ―la corrigió Petit―. Dije que no sabía si podría. ―Rio un momento y preguntó―: ¿Te ha gustado?

― Sí ―contestó ella, y bajó la cabeza para mirarlo a los ojos―. Es uno de los mejores besos que me han dado.

― Bueno, he tenido muchas oportunidades de practicar ―dijo él con suficiencia, guiñándole un ojo.

― Presumido ―le riñó ella, dándole un suave golpe con su pata en la mejilla izquierda.

― ¿Tú crees? ―dijo él, encogiéndose de hombros. Echó una mirada a los sillones, y preguntó―: ¿Quieres sentarte ahí? Estaremos más cómodos que aquí de pie.

― Si tú quieres… ― contestó Nyla, aparentando que le daba igual. En realidad, lo estaba deseando. Cada vez que los pokémon del televisor se citaban acababan sentándose en algún sitio a comer algo o a charlar, de modo que estaba convencida de que cuando fuera su turno también tendría que hacerlo para que las cosas terminaran bien.

― Entonces de acuerdo ―dijo Petit, y echó a correr sin previo aviso―. Te echo una carrera.

Diez segundos después, el Ninetales negaba con la cabeza, derrotado, y escondía la cabeza entre las piernas. En el sillón de enfrente, Nyla reía.

― Venga, no te deprimas ―dijo Nyla, empujando su hombro con su pata delantera izquierda para animarlo. Sin embargo, no logró ninguna reacción por parte del Ninetales. Entonces, suspiró y confesó―: La verdad es que he usado velocidad extrema.

Al oírla, Petit levantó la cabeza y miró a la pokémon canina con los ojos abiertos. Ahora conseguía explicarse que hubiera perdido a pesar de partir con medio trayecto de ventaja.

― Y yo ataque rápido ―dijo, sacudiendo la cabeza―. No, tienes razón. No merece la pena ponerse triste por eso.

― Te gusta correr, ¿verdad?

― Me encanta ―respondió Petit―. Lo que más me gusta es correr al amanecer por las afueras del pueblo. Me hace sentir tan libre y tan vivo… ¿Y a ti? ¿Te gusta correr?

― Si es contigo, sí ―dijo ella, cerrando los ojos por un instante―. Por cierto, ¿de qué pueblo eres?

― De Llagostera. Está al noreste ―explicó ante la cara de no comprender nada de la pokémon―. Cerca de la frontera. Aunque en realidad nací en medio del campo. ¿Y tú? ¿Dónde vive tu entrenadora?

― En Isla Canela. Es al sur, en la playa, a la vera la frontera. Son dos fronteras diferentes, ¿verdad?

― Sí ―respondió el kitsune, mientras una oleada de desánimo recorría su cuerpo. Estarían terriblemente lejos el uno del otro. Sólo llegar al primer gimnasio ya les había llevado veinte días de camino, y todavía estaban en el centro del país―. Al menos, eso creo. Bueno, cuéntame. ¿Qué te gusta hacer?

― Pues… me gusta dar paseos por el barrio. Caminar por ahí, y hablar con los pokémon que me encuentro. ―Sonrió―. La verdad es que hay algunos bastante interesantes. También me gusta ver la tele. Pero nunca he conseguido entender cómo pueden vivir tantos humanos y pokémon dentro de una caja, aunque sean unos enanos.

― Mi amigo Gruny dice que en realidad no existen ―comentó el pokémon blanco, encogiéndose de hombros―. Una vez me contó que dentro sólo hay un montón de cables y de bombillas, pero que él no vio a nadie por allí.

— ¿En serio? —exclamó Nyla, con los ojos muy abiertos—. No, eso no puede ser. Si sólo hay cables y luces, ¿cómo sale gente cuando se enciende?

— No lo sé —admitió Petit, encogiéndose de hombros.

Cuando las palabras cesaron de salir de su boca, se instaló un incómodo silencio entre ambos en el que ninguno sabía qué decir. Se observaron mutuamente durante unos segundos en silencio, él sus brillantes ojos marrones y su redondo hocico, y ella su reluciente y majestuoso pelaje blanco. Sus corazones latían con fuerza en sus pechos, y sus labios fueron abriéndose poco a poco para formar dos sonrisas de felicidad en sus rostros.

— Es increíble —comentó Nyla, adelantándose por un segundo al piropo que iba a dedicarle el kitsune—. Seis años creyendo que dentro de la tele vivían unos enanitos, y al final resulta que es mentira.

Aquella frase borró de un plumazo la sonrisa de la cara del Ninetales, sustituyéndola por otra de susto e incredulidad.

— ¿Tienes seis años? —preguntó en un murmullo apenas audible.

— Sí, pero cumplo los siete al final del verano. Gracias —respondió con coquetería y un guiño a lo que consideró un halago por parte de Petit.

— Yo tengo setenta y tres —musitó él con las orejas gachas y las colas completamente bajadas, ignorando por completo lo que había dicho la Arcanine.

― ¡¿Setenta y tres?! ―exclamó Nyla, atónita. Por su aspecto había deducido que era mayor que ella, pero esperaba que tuviera ocho o nueve años, once como mucho. Desde luego, no daba la impresión de tener setenta.

― Sí. Setenta y tres recién cumplidos ―afirmó. Después, levantó la cabeza con un rápido movimiento y clavó sus ojos con toda la intensidad que pudo en los de Nyla, y preguntó―: Crees que soy un viejo, ¿no?

Una pequeña sonrisa asomó a los labios de la pokémon canina. Ahora ya entendía por qué se había sorprendido tanto al saber su edad. Extendió su cuerpo para llegar hasta él, y, frotando su pata contra el pelaje blanco de su espalda, lo besó tiernamente en los labios para reconfortarlo.

― No te preocupes ―dijo sin dejar de pasar su pata por su espalda, y lo miró a los ojos con una cálida sonrisa en su rostro—. No me importa que tengas sesenta años más que yo.

Aquella respuesta tan sincera y llena de amor hizo que la esperanza volviera al corazón del kitsune. Tras compartir sus setenta y tres años de vida con humanos, se había empapado tanto de sus costumbres, especialmente las amorosas, que había olvidado por completo las de los pokémon, según las cuales en las relaciones entre ellos la edad no era un factor importante siempre que uno de los dos no fuera todavía un niño. Mientras los dos quisieran estar juntos y fueran capaces de sacar adelante una familia, el resto no tenía ninguna importancia.

— ¿En serio?

— Por supuesto —respondió Nyla, colocando cando su pata sobre la de él; lo que hizo que él diera un respingo de sorpresa. El Ninetales levantó los ojos lentamente, y se encontró de bruces con el rostro sonriente y lleno de amor de la Arcanine—. Te querría igual aunque tuvieras tres mil años.

Los labios del kitsune se fueron abriendo lentamente para mostrar su blanca dentadura, y cuando todos sus dientes estuvieron expuestos alargó su cuello para besar a la pokémon canina. Definitivamente la quería con locura; y lo mejor de todo era que ella correspondía a sus sentimientos.

— Nyla — dijo cuando se separaron. Ocultas bajo su níveo pelaje, sus mejillas estaban iluminadas por un furioso sonrojo, y sentía su estómago como si estuviera atado en un gran nudo que ocupaba toda su barriga. Estaba tremendamente nervioso. Sólo había hecho aquella pregunta dos veces en toda su vida, y las dos, si bien la segunda vez había resultado algo mejor que la primera, había recibido un no por respuesta—, ¿quieres ser mi novia?

Durante un milisegundo, Nyla se quedó completamente parada, como si fuera un robot y alguien la hubiera apagado con un mando a distancia, mientras sus mejillas adquirían el mismo color que su pelaje. Por un momento se preguntó si había sido una invención de su cerebro, impulsada por sus propios deseos; pues no podía creer que él hubiera dado aquel paso al haberse conocido sólo cinco horas antes. Pero enseguida comprendió que no lo era. Petit le había pedido que fuera su novia.

— ¡Por supuesto que sí! —chilló, abalanzándose sobre el Ninetales mientras su corazón latía más fuerte de lo que nunca lo había hecho y oleada tras oleada de la mayor alegría y felicidad que había sentido en toda su vida recorrían su cuerpo, rellenando su pecho de la misma calidez que había sentido cuando lo había visto por primera vez en el campo de batalla. Cayó de pie sobre el cuerpo del kitsune, que quedó tumbado sobre el asiento del sillón por la fuerza del impacto, y en cuanto lo tuvo a tiro lo besó con fuerza en la boca.

La boca abierta de la Arcanine colisionó fuertemente con la del Ninetales, entrelazándose con ella y manteniéndola en su lugar, mientras su lengua se adentraba valientemente a explorar los lugares más recónditos de su boca, pasando por entre sus dientes y sobre sus encías y su apéndice carnoso, saboreando el regusto a carne fresca de su boca al mismo tiempo que su saliva y la de él se mezclaban lentamente.

Petit, por su parte, apenas pudo hacer nada más que rendirse a la tremenda fuerza y pasión de la pokémon canina. Su posición y la rapidez de sus movimientos se lo imposibilitaban a él, de modo que hizo lo único que pudo: quedarse quieto y sumergirse de lleno en el beso y las nuevas sensaciones que le asaltaban. Sentía una extraña timidez, fruto tal vez de que fuera ella, y no él, quien estuviera dominando el beso como siempre hacía; y también un ardor en las mejillas y una extraña calidez dentro de su pecho, además de la felicidad que sólo se siente al estar con el ser amado. Entonces, se encogió de hombros y comenzó a responder a los movimientos de la Arcanine, no con la misma intensidad, aunque sí con la misma pasión. Para su sorpresa, acababa de descubrir que en realidad le gustaba que fuera ella la que llevara la batuta cuando le besaban.

Sus bocas permanecieron unidas medio minuto más, mientras se demostraban su amor mediante la danza de sus lenguas. Ambos se hallaban completamente extasiados, sumergidos en su propio mundo y aislados por completo del mundo exterior. Estaban juntos, y para ellos, eso era todo lo que importaba. Hubieran dado cualquier cosa por que aquel momento pudiera durar siempre, pero al poco rato la necesidad de aire fue más fuerte que ellos y les obligó, muy a su pesar y no sin algunos roces finales entre labios y lenguas, a separarse.

Ninguno de los dos dijo una palabra durante los instantes que siguieron a su separación. El amor que sentían el uno por el otro llenaba sus corazones, envolviéndolos en su magia, que ninguno de los dos quería romper con las palabras, haciendo que simplemente se miraran el uno al otro con una sonrisa de enamorado en el rostro.

— Ay, Petit… —suspiró la Arcanine, estirando el cuello para frotarse contra la blanda mata de pelo que cubría el pecho del kitsune, el cual cerró los ojos y, dejando escapar un ronroneo de felicidad, bajó la cabeza para que descansara sobre la de su amada—, ¿cómo vamos a hacerlo?

— ¿A qué te refieres? —susurró él mientras besaba delicadamente el brillante pelaje rojo fuego su cuello, lo que hizo que ella emitiera un gemido ahogado de placer.

Rápida como un rayo, la pokémon canina sacó su cabeza de su refugio entre la barbilla y el tórax del pokémon blanco y la colocó enfrente de la suya, separadas apenas por el grosor de un pelo. Su semblante, rebosante de felicidad apenas cinco segundos antes, reflejaba ahora la mayor seriedad. El Ninetales la miró con algo de preocupación. Nunca antes la había visto así.

— Escúchame bien, Petit —djo Nyla, dando a sus palabras tal gravedad y autoridad que estas captaron toda la atención del pokémon zorro, que orientó sus grandes orejas blancas hacia ella para indicar que la escuchaba con interés—. Cuando termine el torneo, yo volveré a mi pueblo y tú al tuyo, y si no estoy equivocada están lejísimos el uno del otro. Lo que quiero decir es —se detuvo durante un instante para buscar una frase que contuviera el mensaje que quería decir pero que no pudiera malinterpretarse— que es un poco triste ser novios si ni siquiera podemos vernos.

Al instante, el joven Ninetales sintió una fuerte punzada en su corazón, como si un cuchillo se hubiera clavado en él. La tristeza y la decepción se extendían por todo su cuerpo, y tuvo que hacer un gran esfuerzo para contener las lágrimas que manaban de su corazón roto. ¿Eso era todo? ¿Cinco minutos, y ya lo abandonaba?

— ¿Estás… rompiendo conmigo? —preguntó con voz triste y entrecortada. Sus antes brillantes ojos rojos miraban al suelo con la decepción reflejada en ellos.

— ¿Qué? —exclamó la Arcanine, sorprendida. Si ella acababa de dejar bien claro que le quería, y él a ella; y además se habían besado para sellar su relación. ¿De dónde demonios podía haber sacado esa idea?—. Petit, yo nunca he dicho eso.

— ¿Cómo que no? Acabas de decir que no merece la pena que seamos novios si no podemos vernos —replicó él, mirándola a los ojos con una intensidad que casi consiguió asustarla.

La primera reacción de Nyla cuando entendió lo que quería decir fue tener ganas de arrearle una bofetada por estúpido, y la segunda, darse una ella misma. Pero, en cambio, lo que hizo no fue ninguna de las dos cosas, sino sonreír con dulzura y frotar su cola contra su mejilla y su costado para calmarlo, besándolo en los labios de vez en cuando. Al principio, él respondió fríamente, pero al poco tiempo la ternura y las muestras de amor de la pokémon canina fueron venciendo sus reticencias, y al final terminó por sumergirse de lleno en aquella sucesión de rápidos pero apasionados besos.

— Ay, Petit… —suspiró ella en el corto espacio de tiempo entre dos coincidencias de sus labios, y cuando aquella terminó, separó, no sin cierta pena por cortar su sesión de amor, su hocico del suyo para terminar de desenredar aquella confusión que a punto había estado de romper su relación—. Verás, con lo de antes —volvió a detenerse, estudiando bien las palabras y repasándolas una por una para asegurarse de que no volvía a meter la pata. Pronto encontró una frase que le pareció buena, pero antes de pronunciarla decidió lamer con su lengua los labios del kitsune— quería decir que nuestra relación va a ser un poquito… especial.

— ¿Especial? ¿Qué quieres decir con eso? —preguntó él, intrigado. ¿A qué podría estar refiriéndose?

— Pues verás… Es que vamos a estar tan lejos el uno del otro tanto tiempo, sin saber nada de cómo nos va, sin poder hablarnos. Va a ser una relación muy difícil de mantener, y… tenemos que pensar cómo vamos a mantenerla.

— ¡Ah, eso! —exclamó el pokémon zorro en cuanto ella dejó de hablar, para sorpresa de la pokémon. Ella había supuesto que se pondría a pensar posibles modos de mantener la comunicación entre ellos, pero por su reacción o bien no le daba ninguna importancia o bien ya había tenido alguna idea—. No te preocupes por eso. Cuando salimos del campo mi entrenadora estaba hablando con la tuya, y les oí decir que se habían cambiado el no sé qué del ordenador para seguir hablando entre ellas. —Sonrió de oreja a oreja y declaró—: Problema resuelto.

Contagiada por la alegría y el optimismo de que hacía gala el pokémon blanco, Nyla curvó los labios mientras el entusiasmo se extendía por todo su cuerpo. Ahora la situación pasaba de verse una vez al año si eran extremadamente afortunados a poder hacerlo cuando quisieran a través de la pantalla plana de un ordenador. Todavía distaba mucho del contacto real en persona, pero desde luego era infinitamente mejor que no tener noticias del otro sino cada varios meses.

— Así que vamos a ser novios a distancia —comentó la Arcanine, subiendo al sillón que ocupaba el pequeño macho para estar más cerca de él. Gracias a su tamaño, había espacio de sobra para los dos—. ¿Crees que funcionará?

— Por supuesto —respondió con seguridad el pokémon blanco—. La madre de Nuria se enamoró de un chico de Teruel cuando tenía su edad, y como entonces no había ordenadores lo que hacían era hablarse por teléfono. Estaban hablando horas y horas —Sonrió al recordar las peleas que ella solía tener con su padre por el tiempo y dinero que gastaba en las llamadas y las estratagemas cada vez más complicadas que ideaba para poder comunicarse con él—. A ellos les fue bien. ¿Por qué no podemos hacerlo nosotros también?

— Sí, tienes razón. Si ellos pueden, nosotros también. No pienso dejar que unos humanos me ganen —dijo ella, tan dispuesta que el Ninetales comenzó a reírse—: Oye, ¿al final se emparejaron? —preguntó, curiosa por saber cómo había acabado la historia de aquella pareja. Había dado por sentado que Nuria era la entrenadora de Petit.

— No, al final rompieron. Verás —explicó cuando vio que la pokémon fruncía el ceño—, cuando llegó el verano, el se subió al pueblo y puso un taller de coches. Ella y él siguieron saliendo un mes más, hasta que ella lo pilló tumbado en la hierba besándose con una chica extranjera, francesa creo, o inglesa, no me acuerdo, que había venido de vacaciones. —Se encogió de hombros y añadió—: Como ves, no lo dejaron por la distancia precisamente.

— No, claro —coincidió la Arcanine, moviendo su cola sobre el tapizado de cuero del asiento hasta que encontró la primera de las nueve colas del kitsune. Él notó el contacto enseguida, y como respuesta comenzó a entrelazarlas suyas alrededor de la de ella al mismo tiempo que frotaban sus mejillas—. Pero tú nunca vas a hacer eso, ¿verdad que no?

— Por supuesto que no —susurró amorosamente en su oído antes de besarla brevemente—. Estaremos lejos, pero sigues siendo mi novia.

Aquella última frase de Petit bajó de repente a Nyla de su nube amorosa, devolviéndola por un momento a la fría realidad. A la mañana siguiente se separarían, y no volverían a verse en persona hasta después de mucho tiempo. Pero enseguida desechó aquel pensamiento e intentó estar alegre. Sólo les quedaban unas pocas horas juntos, y pensaba aprovecharlas al máximo.

— Oye, Petit —dijo de repente, separándose aproximadamente un palmo del rostro del macho. Le parecía una tremenda tontería, pero tenía que decirla de todos modos—. Siento haber eliminado a tu entrenadora.

— Bah, no te preocupes por eso —respondió él, sacudiendo la cabeza—. A uno de los dos lo iban a eliminar de todas formas, y la verdad es que prefiero ser yo.

— Ay, qué bonito… —murmuró Nyla, medio para sí misma, medio para nadie en particular—. ¿Pero por qué, Petit?

— Porque yo puedo volver —contestó, frotando la mitad de sus colas contra la pata de la pokémon, mientras la otra mitad permanecía enredada con la de ella—. Dentro de cinco o diez años volveré a viajar por el país con algún primo o sobrino de Nuria, o a lo mejor otra vez con ella, y entonces es posible que vuelva a combatir en la Liga Pokémon. Pero tú…

La Arcanine bajó la cabeza mientras las palabras de Petit permanecían colgadas en el aire. Entendía perfectamente lo que quería decir. Mientras que él tenía unos mil años de vida, ella podría llegar a los veintidós, y eso si tenía suerte. Y como además su entrenadora, como la gran mayoría de participantes en el torneo, no era entrenadora profesional, seguramente no volvería. Todo ello implicaba que, a menos que un familiar de Chari decidiera llevarla consigo en su viaje pokémon, esta sería su primera y única participación en la Liga Pokémon.

— ¿Entonces es cierto que los Ninetales viven mil años? —preguntó Nyla, más por desviar la conversación de aquel tema que porque realmente sintiera curiosidad.

Petit dudó un momento antes de responder:

— Bueno… Sí y no. Es como cuando dices que los seres humanos pueden vivir cien años. Algunos llegan, pero son muy pocos. A nosotros nos pasa lo mismo. La mayoría morimos a los setecientos, ochocientos. Pero hay algunos Ninetales que han llegado a cumplir más de mil doscientos años.

— ¡Mil doscientos años! —repitió Nyla, estupefacta.

— Sí, y entre los nuestros se cuentan leyendas de un Ninetales que llegó a superar los dos mil quinientos. Pero es sólo una leyenda, o al menos eso pienso yo.

Durante unos segundos, Nyla permaneció sentada en su sitio sin decir nada. Le angustiaba pensar que cuando fuera su turno de irse tendría tan sólo veinte años, una nimiedad al lado de la enorme longevidad del Ninetales. Eso quería decir que, de emparejarse y permanecer juntos hasta que la muerte los separase, como decían los humanos al hacerlo, con toda seguridad sería ella la que lo dejara a él. Ligeramente angustiada, trató de imaginar cómo sería la vida de él después de que ella partiera, pero no lo consiguió.

— Sí, eso es lo malo de vivir tanto —dijo el kitsune a su espalda, adivinando sus pensamientos—. Ves morir a todos tus seres queridos mientras sabes que tu hora no llegará hasta dentro de varios siglos. Un conocido mío ha visto pasar a cuarenta y tres generaciones de la misma familia.

Los ojos de la Arcanine se abrieron como platos de la sorpresa al mismo tiempo que sentía una punzada de tristeza por aquel pokémon. Tenía que ser terriblemente duro y desolador ver cómo iban partiendo, uno tras otro, todos aquellos a quienes habías amado y con los que habías compartido buenos momentos. Pero en ese momento le pareció que ya estaba bien de hablar de cosas tristes. Era la noche de su cita, al fin y al cabo; así que, de nuevo, intentó cambiar el tema sobre el que hablaban por otro más alegre.

— Entonces, en setenta y tres años que tienes tú, habrás venido a la Liga Pokémon alguna vez antes, ¿no?

— Esta es mi cuarta vez —dijo con evidente orgullo en la voz—. Abuela, madre, tío e hija. Y las cuatro nos han eliminado a la primera —confesó, ligeramente avergonzado por aquella racha tan negativa.

Nyla rio brevemente al oírlo decir aquello, especialmente la manera en que lo había contado, como si no le importara en absoluto no haber ganado nunca ni un solo combate en el torneo. Bueno, seguro que era por eso por lo que no parecía triste cuando hubo acabado el combate aquella tarde. Ya tenía que estar acostumbrado a perder.

― No te preocupes ―dijo ella, pasando su larga pata por la blanca espalda del kitsune―. Seguro que alguna vez pasas de ronda.

― Bueno, es lo suyo, ¿no? ―respondió él, mostrando sus dientes, y añadió―: Claro que antes tendré que llegar.

― Ah, ¿ha habido veces que no has conseguido…?

― Sí, cuatro. Cuatro que sí y cuatro que no. —Se detuvo un momento para colocarse bien el blando pelaje de su pecho y continuó—: Un viaje cada diez años.

Nyla no pudo evitar sentir un poco de envidia por las experiencias del Ninetales. Tenía que haber sido tan bonito haber tenido la oportunidad de haber viajado por todo el país no una, sino nada menos que ocho veces…Seguro que había estado en un montón de sitios que ella ni siquiera había imaginado.

— Anda, cuéntame algo —le pidió Nyla, golpeando suavemente su pata con la de ella.

— ¿Qué quieres que te cuente? —preguntó Petit.

— Algo sobre tus viajes. No sé. Cualquier cosa. Por ejemplo, ¿cómo era esta ciudad cuando llegaste la primera vez?

Los ojos del Ninetales resplandecieron durante una milésima de segundo. Le encantaba hablar de los viajes que había realizado a lo largo de su vida y contar sus combates y anécdotas favoritos, pero como la familia humana con la que vivía no entendía ni una palabra de lo que decía y todos los pokémon del pueblo ya estaban hartos de oírlos, nunca tenía una oportunidad de contárselos a nadie.

— Bueno, eso fue en el cincuenta y dos. Entonces yo estaba viajando con Montse, la abuela de mi entrenadora. Llegamos a Madrid siete días antes de…

Así, charlando sobre sus viajes y las experiencias y anécdotas que les habían ocurrido en ellos, fueron pasando las horas de la madrugada sin que ellos se dieran cuenta, cesando en la conversación solamente para besarse durante breves pero abundantes espacios de tiempo y una vez para beber agua de la fuente del vestíbulo e ir al servicio en los postes negros de metal que había en la acera enfrente del hotel. Pero cuando volvieron a entrar, ya agotada la conversación anterior y sin ningún tema nuevo, decidieron volver al contacto físico, besándose apasionadamente en los labios y acariciándose durante el resto de la noche. Sus mentes solamente los abarcaban a ellos, permitiéndoles centrarse únicamente en el tierno y dulce contacto de sus labios y en el amor y la calidez que sentían cada vez que sus bocas se tocaban, aunque solo fuera de refilón. El resto del mundo no existía. Para ellos, solamente existían ellos dos.

— Petit? —dijo una voz femenina que sonaba con acento catalán detrás de él cuando el pokémon zorro y la pokémon canina se separaron durante unos segundos, sólo para volver a juntar sus labios acto seguido. Entonces, esperó pacientemente a que terminara el contacto, y cuando lo hizo puso sus dedos entre los dos y los chascó con todas sus fuerzas—. Petit!

El chasquido no sonó demasiado fuerte, pero fue tan imprevisto que fue más que suficiente como para sacar al kitsune de su ensoñación, y sacudió varias veces la cabeza con rapidez para volver a la realidad. Entonces se percató de los dos dedos que había enfrente de él, en el centro de su campo visual, y se alarmó. Se suponía que estaban solos en la recepción, sin contar a la recepcionista, que no contaba de todas formas. Pero entonces, sólo podía ser que…

— Així que estaves aquí, eh? —dijo la misma voz con algo de ternura, y su propietaria bajó su mano para acariciar la parte superior de la cabeza del pokémon—. T'he estat buscant per tot arreu.

El Ninetales sintió cómo se abría un pozo justo debajo de su estómago. No podía ser ella. Apenas habían pasado unos minutos desde que empezaron a besarse. No podía ser tan tarde. De todos modos, decidió levantar la mirada para asegurarse, y cuando lo hubo hecho su mandíbula se descolgó de la sorpresa.

Allí, delante de él, de pie y con cara de estar muerta de sueño, estaba una chica morena, de pelo rizado y estatura media. Su cuerpo era un poco más ancho que el de las chicas de su edad, veintiún años, aunque aparentaba uno o dos más. Llevaba puesta una camiseta roja de mangas cortas, recuerdo de su paso por una de las ciudades que había visitado en su viaje, y una falda de tela vaquera que solamente cubría la mitad superior de sus muslos, dejando el resto de sus piernas, hasta sus tobillos, donde empezaban sus calcetines, a la vista. El pokémon levantó entonces la vista a su cara. Sus esperanzas de estar confundido eran ya casi nulas, pero en cuanto vio sus ojos castaños debajo de su pequeña frente, su nariz chata y sus mejillas rosadas, esta se esfumó por completo. No cabía duda. Era su entrenadora.

— Nuria… —musitó, bajando la cabeza, como si pudiera esconderse de ella simplemente dejando de verla

— Vingui, Petit —dijo, poniéndose en cuclillas y colocando su mano derecha sobre el costado de su pokémon—. Ja és l'hora de marxar.

— ¡No! —chilló él, con tanta fuerza que tanto su entrenadora como la Arcanine dieron un salto atrás, asustadas; y después se abrazó al cuello de su amada. No quería volver a su pueblo. Quería quedarse en el hotel con Nyla. No quería separarse de ella.

— Què et passa, Petit? —preguntó su entrenadora, atónita ante su reacción. Era la primera vez que el Ninetales respondía una orden suya. Pero entonces vio que las patas delanteras del pokémon estaban alrededor del cuello de la Arcanine, y entonces cayó en la cuenta de lo que le ocurría—: ¿Ella es tu novia? —dijo en castellano.

Inmediatamente, la sangre subió a las mejillas de la Arcanine, ruborizándolas. Aquella frase si la había comprendido, pero no porque la hubiera dicho en español, sino porque la había pronunciado a una velocidad normal, al contrario que las anteriores, que había dicho a la misma velocidad con que salen las balas de una ametralladora, fundiendo unas palabras con otras hasta convertirlas en un solo bloque incomprensible. La pokémon miró a la chica nerviosamente, y asintió débilmente.

La muchacha dejó escapar un corto suspiro de desesperación. Vaya mañanita llevaba. Primero no había sonado la alarma de su móvil y se había despertado apenas un cuarto de hora antes de la salida de su autobús, después su pokémon se perdía, y ahora que lo encontraba se negaba a ir con ella. Volvió la cabeza para mirar el reloj, y vio que todavía le quedaban nueve minutos. Por suerte para ella su hotel estaba al lado de la estación de autobuses, pero aun así tendría que solucionar aquel asunto por la vía rápida.

— Mira, entenc que no vulguis separar d'ella —dijo la entrenadora en tono comprensivo, agachándose otra vez para estar cara a cara con su pokémon. Su mano derecha se desplazó por el aire hasta alcanzar la mejilla del kitsune, mientras la izquierda tocaba su pokéball, que llevaba colgada del cinturón. Si todo lo demás fallaba, se lo llevaría por la fuerza—. Però podràs seguir veient-la. Podreu parlar per l'ordinador. Serà gairebé com veure-us en persona.

Por un momento Petit pareció dudar, e incluso llegó a colocar por un segundo sus patas delanteras sobre el asiento; pero enseguida volvió a abrazarse a la pokémon. Eso ya lo sabía. Había sido él quien las había oído comentándolo, y el que se lo había dicho a Nyla.

Por su parte, Nuria estuvo a punto de agarrar al pokémon por la nuca y devolverlo a su pokéball. Sólo tenía ocho minutos para llegar hasta el autobús y montarse en él. Pero justo cuando iba a alargar la mano para hacerlo recordó que una de sus amigas siempre había querido visitar Portugal, y si no recordaba mal su rival había dicho que ella vivía al lado de la frontera. Lentamente, sonrió. Dos pájaros de un tiro.

— Oye, Petit —comenzó a decir, volviendo al castellano para que Nyla también pudiera entenderla, aunque no le hubiera hecho falta. Como todos los humanos, entendía perfectamente a los humanos al margen de la lengua que hablasen—, ¿qué tal si en cuanto llegue intento convencer a mis amigas para bajarnos al sur en agosto?

Tan pronto como su cerebro registró lo que había dicho su entrenadora, las grandes orejas puntiagudas de Petit se erizaron hasta ponerse de punta. ¿De verdad acababa de prometerle que…? Bueno, prometerle no era la palabra exacta, pero al menos se parecía mucho a una promesa. Pero lo importante era que podría verla. Si todo iba bien, podría verla dentro de poco. Esperanzado con ello, fue a quitar sus brazos del cuerpo de Nyla, pero antes de hacerlo la miró interrogativamente.

— Hazlo, Petit —dijo ella con seguridad y una sonrisa dulce. Al igual que a él, Nuria también le había dado esperanzas a ella de que volvieran a verse en un futuro próximo.

Sin tardanza, pero también lentamente, como si no quisiera dejarla marchar nunca (algo que estrictamente era cierto) Petit retiró sus patas del cuello de Nyla, reafirmado en su decisión por la seguridad que ella le había mostrado, y bajó al suelo. Sentía una punzada de tristeza en el corazón por tener que separarse de su querida Arcanine, pero por un momento decidió ignorarla y agradecerle a su entrenadora lo que iba a hacer por ellos poniéndose a dos patas y lamiéndole la barriga. Al principio la chica se rio, e incluso comenzó a rascarle cariñosamente en el mismo lugar; pero enseguida volvieron a entrarle las prisas por llegar a aquel autobús que estaba a punto de perder.

— Ja està bé, Petit —dijo ella con algo de angustia en la voz, empujándole en los hombros para que volviera al suelo, gesto que el pokémon zorro captó inmediatamente. Entonces, la muchacha miró a la Arcanine, y, tras pensarlo un momento, decidió invitarla—: ¿Nos acompañas a… —iba a decir la estación, pero recordó que las normas del hotel le prohibían salir a la calle con un pokémon que no fuera suyo— la puerta?

Sin dudarlo un solo instante, la pokémon canina sacudió vigorosamente su cabeza en vertical, y se colocó al lado de su Ninetales. Caminaban uno junto al otro sobre el níveo suelo de mármol del vestíbulo, con sus colas entrelazadas y mirándose a los ojos con el amor que sentían y la pena por tener que separarse reflejada en ellos. Sus corazones les pesaban dentro de sus pechos, llenos de la tristeza que les producía tener que permanecer alejados el uno del otro, aumentada por el hecho de que apenas habían comenzado su relación. Internamente, los dos deseaban que aquel último momento que se les concedía durara para siempre. Pero, para su desgracia, aquel sencillo y puro deseo era imposible de cumplir. Cuando traspasaron al mismo tiempo la puerta automática del hotel y vieron por el rabillo del ojo que Nuria se había parado enfrente de ellos, supieron que el final había llegado.

— Bé… —murmuró la entrenadora. Quería hacer aquello lo más rápido y menos doloroso posible para ellos, pero cuando veía las caras de pena que tenían, no podía evitar compadecerse de ellos. Sin embargo, por mucho que le hubiera gustado dejar que tuvieran una despedida en condiciones, no tenía el tiempo necesario—. Despedíos, ¿vale?

Durante un segundo, los dos pokémon se miraron fijamente en el más absoluto de los silencios. No sabían qué decirse, y aunque lo hubieran sabido no habrían podido decirlo. La congoja y la angustia ante todos aquellos días alejados que se presentaban ante ellos habían formado un apretado nudo en lo más profundo de sus gargantas, tan grande que les impedía hablar y casi les cortaba la respiración. Detrás de ellos, la chica los observaba también en silencio, planteándose si debía dejarlos un poco más o meter a su pokémon en la pokéball y salir corriendo a toda velocidad para llegar a tiempo.

— Adiós, Nyla —dijo Petit, rompiendo el silencio creado, y extendió una pata a la Arcanine—. Buena suerte en la Liga Pokémon.

— Gracias —respondió ella, forzando una sonrisa. Por muy difícil que fuera, quería que los dos se sintieran lo menos tristes posible cuando se separaran—. Cuídate.

— Lo haré —aseguró, y alargó el cuello para frotar su mejilla peluda contra la de la Arcanine, un gesto al que ella no dudó en responder. La miró por un momento, y un suspiro de tristeza escapó de sus labios—. No quiero dejarte, Nyla.

— Yo tampoco. —Su sonrisa fingida se transformó en una expresión de tristeza por un instante, pero enseguida volvió a sonreír—. Pero no te preocupes. Volveremos a vernos.

— Sí… —murmuró Petit, entristecido—. Muy pronto…

Entonces, al mismo tiempo, los dos pokémon proyectaron sus cabezas hacia delante, con los ojos cerrados y las bocas abiertas, hasta que las sintieron cerrando el hueco creado entre ellas. Encajaban a la perfección con la del otro, como si sus morros estuvieran hechos a semejanza entre sí. Pronto, sus lenguas se encontraron, y comenzaron a danzar unidas dentro de sus bocas en una errática e improvisada coreografía dictada por el amor y la pena de tener que verse separados nada más enamorarse e impregnada de los sentimientos que albergaban por el otro. Sus corazones latían con fuerza con la consciencia de que aquellos eran sus últimos momentos juntos en mucho tiempo, que ellos intentaban ignorar, aunque les resultaba imposible.

Si pudieran quedarse así por toda la eternidad…

La pata delantera derecha de Petit se deslizó por la parte interna de la pata delantera izquierda de Nyla, frotando suavemente su piel cubierta de corto pelo rojo, al mismo tiempo que su lengua rozaba el paladar de la Arcanine, lo que le produjo una repentina sensación placentera que ella resolvió gimiendo en su boca, no con demasiada fuerza, pero sí con la suficiente como para que no pudiera oír el débil sonido mecánico que hizo la pokéball del kitsune al volver a su tamaño normal. Pero él sí lo oyó, y, muy a su pesar, decidió poner fin al beso antes de que lo hiciera su entrenadora. Aquel sería el peor final posible para su noche.

Sintiendo un gran peso en su corazón, Petit desenredó su lengua de la de la Arcanine, y la devolvió rápidamente a su boca mientras dejaba escapar un pesado suspiro cargado de resignación. Nyla se dio cuenta al instante de lo que pasaba, y, aunque no dijo nada, también comenzó a retirarse. Lentamente, sus labios se fueron cerrando mientras sus lenguas se permitían un último jugueteo entre ellas, intentando aprovechar al máximo el poco tiempo que les quedaba, que rápidamente fue cortado y sustituido por un contacto labial al que el sonido metálico del dedo de la chica al tocar el botón blanco en el centro de la pokéball se encargó de poner fin, muy a su pesar; aunque lo hicieron con mucha reticencia y sólo después de un largo segundo.

Durante el segundo siguiente, los dos pokémon solamente se miraron a los ojos, contemplando en ellos la su añoranza por el otro que sentían sólo con pensar que iban a estar alejados, aunque todavía siguieran allí. Los ojos de los dos brillaban, cubiertos por una fina capa de líquido que reflejaba la luz amarilla de las farolas, proveniente de las muchas lágrimas que intentaban contener, si bien no lo lograban por completo: una minúscula gotita transparente se deslizaba por el morro del kitsune, buscando el suelo mientras empapaba su níveo pelaje en su ruta.

— Cierra los ojos y bésame—le rogó con voz entrecortada y llena de pena.

— ¿Cómo…? — dijo ella, sorprendida por sus palabras. No les quedaba tiempo. Su entrenadora no se lo permitiría.

Sin darle tiempo a reaccionar, el kitsune alargó el cuello y besó con fuerza a la Arcanine. Esta se quedó desorientada durante algunos segundos, pero enseguida reaccionó besando con fuerza a Petit, buscando su lengua entre los dientes y entrelazándola con la suya; hasta que el Ninetales cortó el contacto, no sin cierta amargura por su parte.

— Te voy a echar mucho de menos, Nyla —susurró Petit en su oído.

— Petit… —murmuró Nyla, emocionada. Aquellas palabras tan dulces y románticas hacían latir su corazón con la excitación de saberse amada por el Ninetales, aunque no fueran suyas, sino de un humano. Embargada por el amor, proyectó su cuello hacia delante y besó al Ninetales en los labios por última vez.

Tras sentir el dulce contacto, el Ninetales desconectó su cerebro, intentando aprovecar al máximo el breve instante que le daban para recrearse en los cientos de sensaciones que lo asaltaban. Amor, felicidad, plenitud… estaban allí, pero también la tristeza, la pena, la frustración, la congoja… Intentando centrarse sólo en las positivas, apoyó todo el peso de su cuerpo sobre sus patas traseras, permitiendo a la pokémon canina llevar el control del beso, como ambos preferían.

Entonces, de repente, una luz rojiza y una familiar calidez rodearon el cuerpo del kitsune, aunque al tener los ojos cerrados solamente pudo percatarse de la calidez. Con resignación, estiró las patas traseras y retrajo su cuerpo para separarse de ella. No quería que lo último que sintiera fuera su boca disolviéndose lentamente en el aire mientras su cuerpo se convertía en un brillante haz rojo de energía que entraba dentro de su pokéball.

Cuando sintió los labios del pokémon blanco despegándose de los suyos, Nyla dejó escapar un largo suspiro, a medias enamorado y a medias desesperado; y abrió los ojos, aunque no quería mirar. Había notado un ligero aumento de temperatura en el morro de Petit, y como pokémon doméstica que era sabía perfectamente lo que ello significaba: al fin había llegado el momento que ninguno quería que llegase jamás, el de su despedida. Alzó los ojos, intentando evitar que se le escapasen las lágrimas, y delante de ellos apareció la menuda silueta del Ninetales, cubierta de luz roja, tan intensa que apenas le permitía distinguir sus rasgos. Sin embargo, sí podía ver que estaba sentado en el suelo, con sus nueve colas ondeando a pesar de que no soplaba ni la más mínima racha de viento en la calle. Su rostro aparecía rematado por una expresión incomprensiblemente tranquila para el momento que estaba viviendo, con los labios finamente separados en una serena sonrisa y una mirada, firmemente clavada en los ojos de la Arcanine, que irradiaba tranquilidad. Pero aquella serenidad aparente que mostraba no podía estar más lejos de lo que estaba sintiendo en ese momento. En realidad, lloraba por dentro, y deseaba con firmeza poder liberarse del lazo carmesí que le ataba a la pequeña esfera roja y blanca, pero sabía muy bien desde hacía años que aquello era completamente imposible. Por eso había decidido aparentar estar tranquilo y tener esperanza, para intentar hacerle más llevadero aquel mal trago a su querida pokémon.

— ¡Petit! —gritó ella, echándose sobre sus patas traseras y abalanzándose sobre él en el momento en que su cuerpo comenzó a desaparecer, fundiéndose con la luz escarlata que brillaba a su alrededor; como si así, asiéndolo entre sus patas, pudiera protegerlo de su entrenadora y de tener que irse. Pero, como era evidente, no lo logró: su largo cuerpo pasó limpiamente a través del rayo de luz, y cayó sobre su vientre en los adoquines de piedra de la acera, justo al lado de la pierna derecha de la chica.

— Recuerda… —comenzó él, tratando de dedicarla aquella última frase antes de separarse de ella. Su voz se oía entrecortada y cada vez más débil, aunque no era porque le costara pronunciarlas, sino porque a cada segundo que pasaba se convertía más en energía. A su alrededor, la luz roja finalmente lo engulló por completo, y el pokémon sintió un fuerte estirón en sus cuartos traseros cuando comenzó a volver dentro de su pokéball. En ese momento su fachada se rompió; y estiró sus patas delanteras hacia adelante al mismo tiempo que sus rasgos se transformaban en una expresión de dolor y angustia que la Arcanine nunca llegó a ver, tapada como estaba por el brillo escarlata— que siempre te querré.

El tiempo pareció detenerse por un instante cuando el flujo de energía que nacía del interior de la pequeña esfera volvió por completo a su interior, arrastrando con él al pequeño Ninetales. Durante el segundo siguiente, ni la Arcanine, que miraba que miraba con un nudo de pena en la garganta el lugar en el que había desaparecido su novio, ni la chica, se movieron ni un solo milímetro. Una solitaria lágrima comenzó a descender por el rostro de la Arcanine, multiplicándose hasta el infinito en forma de minúsculas gotitas a medida que pasaba por los pelos que cubrían su cara. Se había ido. Petit se había ido.

Inesperadamente, la pokémon advirtió que alguien la estaba tocando, pues sentía un contacto cálido en su mejilla izquierda. Levemente intrigada, levantó la mirada para mirar a través del velo de líquido que cubría, y se sorprendió cuando vio el rostro de la entrenadora, que estaba acuclillada, borroso por las lágrimas que había retenido en sus ojos, apenas veinte centímetros por delante del suyo. ¿Qué quería? ¿No tenía un autobús que coger? Sin embargo, todavía se sorprendió más cuando oyó que le hablaba, en un tono que sin duda pretendía reconfortarla:

— No te preocupes. —Sus labios se curvaron con rapidez en una cálida sonrisa, y su mano comenzó a rascar la mejilla de la pokémon de arriba abajo, mientras se maravillaba de la suavidad de su pelaje—. Volveréis a veros. —Colocó un dedo encima de su dura nariz negra y añadió—: Te lo prometo.

Nyla lo pensó durante un momento, y después sonrió. Ya sabía que iba a ocurrir, porque había estado allí cuando se lo había prometido a Petit, pero ahora lo oía de sus labios, y su voz sonaba completamente sincera. Contagiada, la chica también sonrió, y, después de darle una palmadita de despedida en el hombro derecho, se levantó como si tuviera un muelle en los zapatos y echó a correr a la máxima velocidad que le permitían sus piernas hacia la estación de autobuses. Por fortuna para ella, estaba en la esquina de la misma calle, a apenas cincuenta metros en línea recta. Si se daba prisa, no tendría problemas en llegar antes de que saliera; pero sería por un minuto y medio, dos como mucho. Mientras tanto, la Arcanine observaba con una mezcla de curiosidad y diversión la alocada carrera de la entrenadora, y por un momento deseó que no fuera demasiado tarde, aunque solo fuera porque así Petit estaría antes en su casa y podrían hablar por el ordenador.

Tan pronto como la silueta de la chica desapareció al cruzar la puerta del enorme edificio gris, unos quince segundos después, la pokémon se echó al suelo, completamente desganada. Cerró los ojos un instante, y cuando fue a abrirlos otra vez descubrió que no podía. El sueño, al que había conseguido mantener a raya hasta aquel instante, volvía ahora con fuerzas renovadas para atacarla, y por poco cumple su objetivo. Sin embargo, no podía quedarse dormida en medio de la calle. Si lo hacía, su entrenadora sabría que no había vuelto como le dio que lo haría, y si la conocía bien era seguro que la castigaría sin hablar con Petit durante una semana por lo menos. Ese pensamiento le dio la fuerza que necesitaba para sobreponerse a las enormes ganas de dormir que sentía, y abrió los ojos con determinación. Al hacerlo, su mirada quedó justo enfrente de la luna, y su blanca silueta redonda, a punto de ocultarse tras los edificios de la otra acera de la calle, le recordó al Ninetales, y esbozó una sonrisa. Los dos eran del mismo color blanco, y los dos estaban a punto de desaparecer, aunque sabía muy bien que ambos acabarían volviendo.

Cansada y tambaleante, la pokémon volvió a entrar en el hotel, caminando con pasos cortos y lentos. Ahora sólo tenía que volver antes de que su entrenadora se despertara. Por pura curiosidad, miró las agujas del reloj de la recepción al pasar por delante de ella: la aguja corta estaba abajo del todo, y la larga apuntaba a la derecha, pero también un poquito hacia arriba. Aquello significaba que estaba segura. Chari nunca se despertaba antes de que la aguja pequeña apuntara a la izquierda del todo, al menos en verano.

Lenta y tambaleante, Nyla comenzó a subir las escaleras. El cansancio que sentía la retrasaba, haciéndola detenerse cada pocos escalones; y tras la tercera pausa comenzó a colocar dos patas en lugar de una en cada escalón, intentando ganar estabilidad para no caer y ralentizando aún más su ritmo. Tenía que haber cogido el ascensor, se dijo en más de una ocasión. Pero de todos modos no hubiera sabido cómo utilizarlo, así que aunque se hubiera subido se habría visto obligada a usar las escaleras.

Seis minutos y cuatro pausas después, las patas de la cansada Arcanine tocaron por fin la blanda alfombra burdeos que cubría el suelo del rellano del sexto piso. Una sonrisa de satisfacción distorsionada por el cansancio asomó a su rostro, y, jadeando y resoplando, se derrumbó sobre la moqueta con los ojos cerrados, demasiado cansada y soñolienta como para soportar su propio peso. Por un momento se planteó dormir allí aquella noche. Estaba en el mismo piso que su entrenadora, ella la vería en cuanto saliera de la habitación, y además el suelo era blandito y calentito. Pero, sin embargo, y sin saber muy bien por qué, decidió rechazar aquella idea e intentar llegar hasta la puerta de la habitación.

Recurriendo a toda la fuerza que pudo reunir, y después de muchos segundos y varios intentos, las gruesas patas de la Arcanine lograron por fin levantar su largo cuerpo del suelo y mantenerlo sobre ellas, aunque de un modo muy inestable, ya que temblaban y amenazaban con ceder en cualquier instante. Moviendo una pata cada vez y asegurándose de que estaba bien apoyada antes de levantar la siguiente, se puso en camino, poniendo mucho cuidado en no volver a caer. Si lo hacía, ni siquiera se molestaría en intentar levantarse.

Por fin, tras un minuto de camino por el pasillo, Nyla se encontró frente a las dos puertas enfrentadas que se abrían en su extremo, marcadas con el número seiscientos seis y seiscientos doce, respectivamente. Durante un momento, la pokémon las miró, desconcertada. ¿Y ahora cuál era la suya? No lograba recordarlo, y no podía deducirlo porque las dos puertas eran idénticas y no sabía qué número correspondía a su cuarto. Pasó la mirada alternativamente de la una a la otra varias veces, y finalmente tomó la decisión salomónica de acostarse en el centro del pasillo, sobre la alfombra y a la misma distancia de las dos puertas. No acertaría, pero tampoco podía fallar.

Emitiendo un gruñido de cansancio, la Arcanine se tumbó, o mejor dicho se dejó caer sobre la moqueta, y en cuanto la sintió bajo su costado cerró los ojos y se durmió al instante, agotada por el duro combate que había tenido por la tarde y su larguísima cita con el Ninetales. En sueños, esbozó una sonrisa.

Mañana le esperaba un duro día de entrenamiento, pero hasta que llegara sería feliz, corriendo y charlando con Petit en el mundo de sus sueños.


Yo no hablo catalán, así que lo que sale en ese idioma es del traductor de Google. Me imagino que habrá una cantidad de horrores lingüísticos impresionante, así que si hablas catalán y encuentras algún error no dudes en corregirme. Lo cambiaré enseguida.

¡Hasta el próximo capítulo!