¡Buenas!

Hoy, 22 de marzo, es un día grande para los fans de los Beatles. Tal día como hoy, hace 50 años, salió a la venta su primer LP, Please Please Me. Y esta es precisamente la historia que os traigo hoy. ¡A disfrutar!

Disclaimer: No poseo, etc.


Álbum: Please Please Me Autor: Lennon-McCartney. Año:1963


El viejo reloj de pared marcó las siete, y, tras dos largos segundos, como si le costara un gran esfuerzo hacerlo, dio siete sonoras campanadas, una detrás de otra, tan próximas que casi se pisaban entre sí. El mago levantó por un momento los ojos del papel que leía, lleno de los trucos que iba a representar aquel día, y se levantó vigorosamente de su silla.

Había llegado la hora de su actuación.

Colocándose bien la alta chistera negra que cubría su corto cabello castaño, caminó con rapidez hasta el espejo situado al otro lado de su camerino y se miró en él, buscando arrugas en el elegante traje negro de lino que vestía. En los siete años largos que llevaba actuando en los teatros había aprendido que resultado de una actuación dependía en buena medida de la impresión que creara en los espectadores, así que tenía que estar impecable. Usando los dedos índice y pulgar de su mano derecha, se alisó un pequeño pliegue en el bolsillo de su chaqueta, se recolocó el clavel rojo que llevaba en el ojal y, ayudándose de una pequeña regla, giró su pajarita rosa hasta que estuvo en línea recta con el cuello de su camisa. Asintió con la cabeza, y dio un paso atrás, satisfecho. Sólo entonces recogió su pañuelo y su baraja de encima de la mesita, y, dándose la vuelta, comenzó a caminar hacia la puerta.

— Vamos, chico —dijo cuando su mano se posó sobre el picaporte, sin girar la cabeza ni mirar atrás—. Ya es la hora.

Desde la silla en la que dormitaba, en la esquina menos iluminada del camerino, su pokémon, un joven Abra al que había puesto el nombre de Salabim, sacudió la cabeza antes de volver a bajarla. Ya lo sabía. Precisamente habían sido las siete campanadas del reloj las que se habían encargado de poner fin a su plácida siesta de seis horas. Pero, como todal las tardes, el pokémon psíquico no se movió ni un milímetro de la posición sentada que mantenía, sino que se limitó a conectar su mente con la de su entrenador. Ya se teletransportaría a su lado cuando estuviera en el escenario.

Por su perte, el mago, que ya conocía la rutina de su pokémon, salió de su camerino y, tras cerrar la puerta con doble vuelta de llave, por si las moscas, comenzó a andar por el pasillo. Mientras lo hacía, pensaba en el espectáculo que iba a dar, y más concretamente en el público. ¿Qué clase de espectadores tendría aquella noche? A grandes rasgos, se podía dividir en tres clases diferentes según su edad: parejas mayores que venían a cenar mientras se divertían con las representaciones que ofrecía el teatro, niños pequeños a los que sus padres habían traído para pasar una noche en familia, y los verdaderos aficionados a la magia. Así llamaba él al heterogéneo grupo de adultos de ambos sexos que nunca faltaban en cada actuación y conocían cada uno de los trucos que empleaba, hasta el punto de que más de uno había logrado desentrañar alguno de ellos. Ellos eran, obviamente, el público más exigente y más difícil de satisfacer; y también aquellos a los que él dedicaba más tiempo y esfuerzo. Por mucho que le gustara la sonrisa que generaban sus trucos en los rostros de los niños, el pequeño círculo de fans era el sostén de su actuación, y debía mantenerlo pasa que el director lo mantuviera en nómina. Pero aún había otra razón por la que se esforzaba más con ellos: su sonrisa y sus aplausos valían mil veces más que los de los demás.

Mientras pensaba en ello, llegó a la pequeña puerta de madera que comunicaba el pasillo con el escenario. Al verla, salió insantáneamente de sus pensamientos, y, tras comprobar por última vez que tenía todo su equipamiento, abrió la puerta y entró.

Una vez sobre las tablas, lo primero que captó su atención fue el pésimo estado que presentaban los largos tablones, con grandes manchas rojizas por toda su superficie, e incluso algunas de menor tamaño habían llegado hasta la blanca pared del fondo. El mago suspiró, impresionado. Había oído desde su camino los fuertes abucheos y silbidos que el público le había dedicado al humorista que actuaba antes de él, pero nunca habría imaginado que habrían llegado al punto de tirarle tomates. Por un instante, sintió una punzada de solidaridad con él. Sabía muy bien lo duro que era fracasar tan estrepitosamente en su primera actuación.

— Vamos a comernos el escenario, chico —dijo mientras caminaba hacia el centro del tablado.

Aquellas palabras de ánimo iban dirigidas tanto a sí mismo como a su Abra, que se había teletransportado allí cuando había sentido que su entrenador abría la puerta de entrada, y que asintió con seguridad al oírlas. Sin embargo, en su voz se adivinaba un ligero deje de nerviosismo. El monólogo sin gracia de antes debía de haber encendido al público, lo que haría que fueran más impacientes e intolerantes con los pequeños fallos que indudablemente cometería. Rezó brevemente para que no quedara nadie del espectáculo anterior en las sillas, y le hizo una señal al tramoyista que esperaba sobre un pequeño pasillo de tablas creado ex profeso para que levantara el telón.

— ¿Cómo lo ves? —preguntó, girándose hacia el pequeño pokémon felino para hacerle la misma pregunta de siempre—. ¿Difícil?

Por toda respuesta, Salabim se limitó a asentir con un pequeño gesto al mismo tiempo que hacía aparecer delante de él la mesilla que usaba su entrenador para guardar todos aquellos aparatos que no podía meter en su camerino por falta de espacio, pero que necesitaba para sus rutinas. El mago suspiró, y le dio las gracias levantando el brazo derecho a la altura del hombro con el dedo pulgar visiblemente estirado. Iba a necesitar hacer uso de toda su artillería pesada si pretendía impresionarlos.

— Damas y caballeros, muchas gracias por su paciencia —sonó la conocida voz del tramoyista, llena de la emoción que pretendía transmitir al público para crearles así un interés en lo que iba a ocurrir, aunque también algo distorsionada y con un tono más agudo de lo normal debido a los altavoces que usaba. Al oírla, el mago levantó la mirada a la gruesa cortina escarlata que le separaba de sus espectadores y que ya comenzaba a levantarse, y respiró hondo varias veces para calmarse—. ¡Nuestro teatro se enorgullece de presentarles en exclusiva al ilusionista, al gran prestidigitador, al hombre que les mostrará prodigios que les asombrarán y pondrán patras arriba todo lo que conocían! —Hizo una pausa dramática, en la cual la abartura del telón ya permitía verle las piernas, y exclamó con toda su fuerza—: ¡Señoras y señores, demos un fuerte aplauso para recibir a Dedir el mago!

Inmediatamente, el público prorrumpió en aplausos de bienvenida que resonaron en sus oídos al mismo tiempo que la cortina roja se levantaba hasta arriba del todo, dejándole frente a frente con los espectadores, a los que escrutó con rapidez y ojo profesional, y un escalofrío le recorrió la espalda. No había ni un solo niño (lógico, teniendo en cuenta que era verano y seguramente estarían en la playa de vacaciones), pero sí muchísimos aficionados. Aquella podía ser la actuación más difícil de su vida… pero, por suerte, tenía algunos trucos que se encargarían de sacarle del apuro.

— Muy buenas tardes, damas y caballeros —comenzó a recitar en tono cordial y cercano la presentación que siempre usaba al principio de sus actuaciones desde la primera, hacía tres años. Le gustaba, pero últimamente había comenzado a pensar que tal vez debería cambiarla. A fin de cuentas, seguro que más de un espectador ya podría repetirla de memoria—. Muchas gracias por escogerme para llevarles algo de entretenimiento en esta cálida tarde de verano. ¿Saben?, —comenzó a gesticular animadamente con las manos y a caminar de un lado a otro del escenario, intentando ganarse al público y meterlo de lleno en su función—. La magia es sin duda una de las profesiones más antiguas del mundo, tal vez incluso la más antigua. Lo siento, chicas. —Aquella frase fue seguida con algunas risas socarronas—. Todas las tribus tenían su mago particular que debía asegurarles la caza y protegerlos contra las enfermedades. Pero con la llegada de la civilización pasaron a ser nada más que gente que era capaz de hacer cosas extraordarias, que asombraban a la gente por su apariencia de imposibles. Y eso —se detuvo en el centro del escenario, enfrente de la mesilla— es lo que voy a hacer yo, si me dan la oportunidad. Ahora, sin más dilación, el primer truco que haré ante ustedes es…

Entonces, de improviso, su Abra, que hasta entonces había estado levitando al fondo del escenario como si aquello no tuviera nada que ver con él, comenzó a flotar lentamente hacia él, y se detuvo cuando estuvo delante de él, mirando a los espectadores con brazo derecho extendido a un lado a la misma altura que sus hombros en un claro gesto para que se detuviera. Inmediatamente, el mago comprendió lo que ocurría: su pokémon quería hacer un truco. Parpadeó un momento, sorprendido; y enseguida le transmitió su aprobación por medio del pensamiento. Gracias a sus poderes psíquicos, los trucos del pequeño pokémon felino resultaban mucho más impresionantes que cualquiera de los que él pudiera hacer con sus barajas y pañuelos de colores.

— Vaya, señoras y señores, parece que mi pokémon tiene algo preparado. Estoy creando escuela, ¿eh? —dijo a modo de chiste, y algunas personas rieron la gracia—. Permanezcan atentos, porque puedo asegurarles que lo que verán será algo muy especial.

Una vez terminada la presentación, se agachó detrás de la mesilla, de la que sacó un lingote de un pesado metal plateado, un plato con agua y un calentador, qure colocó debajo del bloque metálico y encendió, mientras el murmullo del público, espoleado por la curiosidad, llegaba a sus oídos. Comprobó una vez más que todo estaba a punto para el próximo número, especialmente que el agua quedara oculta a la vista, y se levantó del suelo justo a tiempo de ver cómo su Abra, rodeado de un pálido halo de color azul eléctrico que le daba un aire sobrenatural, pero sin mover un solo músculo, hacía levitar los contenidos de tres copas, una de ron, otra de agua y otra de refresco de naranja, haciendo caso omiso a las protrestas de sus dueños. Pero no tenían nada de lo que preocuparse. Se las devolvería enseguida tal y como las había cogido.

Manteniendo su posición sin desplazarse usolo milímetro, transformó los tres líquidos en sendas esferas de colores, que hizo volar por el techo de la sala siguiendo un patrón aparentemente aleatorio, aunque en realidad formaba una intrincada y bellísima curva de una gran complejidad matemática, mientras los espectadores las seguían con la mirada, asombrados por sus habilidades y lo fácil que lo hacía parecer. Pero, por supuesto, no lo era, y bajo el semblante sin cambios externos del Abra había en realidad una gran concentración y estrés mental necesarios para que ninguna de las tres esferas cayera al suelo o dejara de moverse como debiera. Era un esfuerzo agotador, pero no dejaba que eso se proyectara al exterior. Produciría un mayor efecto si todos pensaban que no le suponía ningún esfuerzo.

Pasados unos veinte segundos, Salabim dejó de mover las bolas por el aire, y decidió colocarlas en fila delante de él, tomándose unos segundos para descansar y tomar aire. Después, hizo dos movimientos circulares con los brazos, como si estuviera nadando a estilo mariposa; y al instante las frágiles esferas comenzaron a alargarse, estirándose altededor del pequeño (aunque grande para los Abra) cuerpo del pokémon hasta que lo tuvieron rodeado por completo. Dio una orden mental, y los tres anillos recién creados comenzaron a girar sobre sí mismos, colisionando muchas veces los unos con los otros, pero sin perder la forma cada vez que lo hacían, traspasando a los otros dos como si no estuvieran allí y fueran sólo ilusiones creadas por la mente del Abra. Siguió haciendo aquello otros veinte segundos, y cuando hubieron transcurrido los detuvo ante la asombrada mirada del público. Alguien del fondo inició un aplauso, pero él lo silenció enseguida al fundir lentamente las tres bebidas en una sola esfera de un color indefinido, aunque parecía una extraña mezcla entre naranja y marrón, que flotaba a su alrededor sin caer, impulsada solamente por sus poderes psíquicos. En ese momento, todos los espectadores, su entrenador incluido, lo miraban extasiados, y los tres que le habían aportad el material hacía tiempo que habían olvidado sus bebidas, completamente absorbidos por el espectáculo del pokémon psíquico.

Sin previo aviso, una segunda esfera transparente de menor tamaño que la primera comenzó a aparecer en la pared frontal, creciendo conforme disminuía el tamaño de la esfera madre y su color se oscurecía paulatinamente. Cuando estuvo completamente formada, a su lado comenzó a crecer otra idéntica, aunque ahora de un marrón transparente que reflejaba la luz del mismo color sobre el cuerpo del pokémon. Se teletransportó fuera de la gran pelota líquida, que ya era demasiado pequeña como para contenerle, e hizo crecer la que estaba formando hasta que ambas tuvieron el mismo tamaño. Una sonrisa se formó lentamente en su rostro. Ya era hora de devolverle el protagonismo a su entrenador.

Con un último movimiento de su brazo, esta vez del izquierdo, las tres volvieron a danzar por el aire, esta vez girando en torno a un eje a medida que avanzaban, como si fueran minúsculos planetas en su órbita alrededor de una estrella imaginaria. Hizo que cada una volviera al vaso del que había salido, y, cuando estuvieron completamente dentro de las paredes de vidrio, puso fin al truco, desvaneciendo el halo azul que lo rodeaba para indicarlo. Toda la sala permaneció en silencio durante un instante, y enseguida prorrumpió en un estruendoso torrente de aplausos, a los que Salabim respondió saludando teatralmente, como si fuera un actor de teatro. Aplausos. El sonido más maravilloso del mundo. Pero no eran para él, de modo que se colocó unos gruesos guantes de goma y, con sumo cuidado, procedió a colocar el lingote de metal, ahora fundido y con un débil resplandor rojo a su alrededor, sobre la mesa.

— Damas y caballeros —dijo una vez se hubieron calmado los aplausos al mismo tiempo que se mojaba a conciencia los dedos de la mano izquierda en el plato de agua que mantenía oculto a la vista—. Me alegro mucho de que les haya gustado el pequeño espectáculo que mi pokémon ha decidido improvisar. —Aquella frase levantó algunos murmullos, principalmente de aquellos que pensaban que lo tenía preparado—. Pero ahora me toca a mí hacer mis trucos, que para eso me pagan. —Alguien rio, y él señaló el metal fundido con un gesto teatral—. ¿Qué pensarían si yo les dijera que puedo meter la mano en plomo fundido sin quemarme?

Sin darle tiempo al público a reaccionar, sacó un vaso de agua de debajo de la mesa y la echó rápidamente sobre el metal, que al tocarlo se convirtió al instante en una nube blanca de vapor y una miríada de minúsculas gotitas que saltaron sobre las tablas de madera, de manera similar a como ocurre al freír algún alimento en aceite hirviendo.

— No hay truco —afirmó, moviendo la cabeza; algo que todo el mundo acababa de ver—. Pues bien…

Remojándose por última vez los dedos, los sacó del agua e introdujo la punta con rapidez en el contenedor del plomo, sonriendo mientras los mantenía dentro durante un segundo y daba gracias a la televisión por mostrarle que aquello era posible. Transcurrido aquel tiempo, los sacó con un gesto rápido y los mostró a la audiencia con una sonrisa. Para su asombro, estaban igual que cuando habían entrado, como si nunca hubieran estado dentro de aquel infierno de metal líquido.

Inmediatamente, el mago saludó al público, dándoles las gracias mientras una salva de aplausos caía sobre él. Tan pronto como los oyó, el gozo se desbocó en su corazón. Le estaban aplaudiendo. Les estaba gustando lo que hacía. Quería saltar y celebrarlo, pero se forzó a contener aquellos sentimientos, más propios de un mago primerizo que de uno que ya llevaba tres años actuando, y a seguir con su actuación diciéndose que no habría más de sus queridas ovaciones si no lo hacía.

— Pero esto no es lo único que puedo hacer. ¿A cuántos de ustedes les gustaría ser capaces de ver el futuro, como los Xatu?

Inmediatamente, todos los espectadores levantaron la mano, salvo dos o tres mujeres mayores. Normal. ¿Quién no querría saber los eventos futuros antes de que ocurrieran? Sobre todo la combinación de la lotería o de las quinielas. Todos pagarían millones por conocerlas.

— Pues bien; yo, después de entrenarme en secreto con un compañero mío al que conocí en las Ruinas Alfa, comencé a tener visiones extrañas, que pronto descubrí que eran del futuro. — Hizo un pase misterioso con las manos y sacó de su bolsillo un papel y un bolígrafo—. Díganme nombres de personajes famosos, si son tan amables. Los escribiré en papelitos, y adivinaré cuál saldrá antes de leerlo.

— ¡Joseph Gardiol! —gritó alguien desde el fondo, y él lo apuntó en un papel. El nuevo entrenador del Rácing Esmalte se había convertido en una celebridad en apenas unos pocos meses, desde que cogió al equipo en posiciones de descenso a siete puntos de la salvación y en cinco meses había logrado llevarlo a posiciones de competición internacional.

— ¡La profesora Encina! —exclamó otro.

— La profesora Encina —repitió él, pero volvió a apuntar el nombre de Joseph Gardiol.

— ¡Oryza! —gritó una voz de mujer desde un lateral.

Inmediatamente la sala se quedó muda. Evidentemente, no había leído en la prensa que la científica había sido arrestada el día anterior en una operación contra la pornografía pokémon que también había salpicado a su amiga Trufa, aunque de momento no había cargos contra ella. Por supuesto que ella había negado todos los cargos, pero todo lo que pudiera decir al respecto había perdido todo su valor cuando se difundió que estaba viendo un vídeo de contenido pokéfilo cuando la detuvieron.

— Oryza —repitió el mago, no sin reticencias; y escribió por tercera vez el nombre del entrenador de fútbol en el papel—. ¿Alguien más? ¡Venga, que necesito unos cuantos!

En pocos minutos, y con la ayuda de sus espectadores, el mago consiguió reunir doce papeles diferentes, aunque en realidad todos contenían el mismo nombre. Los arrugó todos hasta convertirlos en papelitos, y entonces hizo subir a una mujer al escenario para que eligiera uno al azar. Una vez lo hizo, guardó los otros once en su bolsillo y, con los ojos fuertemente cerrados y una mano en la frente para que pareciera que realmente estaba concentrado en averiguar la respuesta, dijo en voz alta y clara para que todos lo oyeran:

— Mis poderes me dicen que esta pelotita contendrá el nombre de Joseph Gardiol.

Encogiéndose de hombros, la mujer jugueteó un poco con el papelito antes de abrirlo. No creía que fuera a acertar, más que nada porque era una probabilidad contra once. Pero cuando estuvo completamente abierto y sus ojos vieron el nombre escrito en el papel, el asombro se adueñó de su rostro.

— Es Joseph Gardiol —dijo, y bajó del escenario mientras el público le dedicaba una nueva ovación que le llenó de felicidad e hizo remontar su autoestima, al igual que la anterior. A su lado, su pokémon negaba con la cabeza mientras reía, divertido. Anda que el día que descubrieran cómo lograba adivinar el personaje…

— Muy bien —dijo una vez que el alboroto se hubo calmado. Para mi siguiente truco necesitaré un voluntario.

— Yo misma —se ofreció una chica joven, subiendo al escenario.

— Muchas gracias —dijo él, y sacó una baraja de cartas de su bolsillo. La extendió ante la chica y dijo—: Escoge una; la que más te guste.

Ella hizo exactamente lo que le pidió, y escogió una del centro.

— Muy bien —dijo él, y volvió a recomponer la baraja—. Ahora lo que tienes que hacer es…

Así, durante la siguiente hora y cuarto, el mago fue ejecutando trucos cada vez más asombrosos y complejos ante su audiencia, incluido uno nuevo que nunca había probado antes y que consistía nada más y nada menos que en usar un soplete para cortar en dos una moneda y hacerla reaparecer entera en su bolsillo; y cada vez que lograba ejecutar uno con éxito recibía a cambio una ronda de aplausos que le hacían sentirse en la cima del mundo, como si fuera el rey absoluto del planeta y no hubiera nadie que pudiera apartarle de su trono.

Ellos no lo sabían pero eso era precisamente lo que él quería obtener de sus actuaciones. No quería el dinero, ni la fama, ni los artículos elogiando sus números que de vez en cuando aparecían en las revistas especializadas en el género. Solamente quería que le aplaudieran, que le dijeran con el sonido de sus palmadas que había conseguido llevar a buen puerto el truco que se había propuesto, y nada más que eso.

Y es que, por increíble que pareciera, en su infancia había sido un niño extremadamente patoso, que nunca lograba terminar algo sin añadirle una buena cantidad de distracciones y errores que le impedían lograr el resultado que él deseaba. Evidentemente, aquello hacía que sus estudios fueran de mal en peor, suspendiendo a menudo sus exámenes y forzándole a repetir curso en dos ocasiones. Para entonces, tanto sus padres como sus profesores ya lo daban como un caso perdido, incapaz de hacer nada bien y que probablemente pasaría toda su vida como oficinista en una empresa de poca monta. Pero entonces él se rebeló. Estaba harto de que todos asumieran que no podía hacer nada bien, y para refutarles se decidió a dominar la habilidad más difícil que pudiera y, tras una breve reflexión entre el modelismo y la magia, se decidió por esta última. A fin de cuentas, si lo conseguía, tal vez le sirviera para desarrollar una carrera profesional en el futuro.

Tras muchas y largas tardes de entrenamiento con una vieja caja de magia que le habían regalado en su noveno cumpleaños, logró un trabajo en el teatro de su pueblo. Pero entonces llegó el golpe más duro: sus padres se oponían a ello. Ellos querían que fuese ingeniero, o médico; y nunca habían aceptado que se dedicara a dar espectáculos de magia en un teatro, aunque fuera en el más famoso de Ciudad Mayólica. Nunca le habían perdonado por ello, y por ello nunca habían acudido a ver sus actuaciones. Y eso era algo que él no entendía. Ellos querían que al menos fuera capaz de hacer algo bien, y tras mucho esfuerzo y sacrificios lo había conseguido. ¿Por qué ahora le daban la espalda y actuaban como si no existiera?

Aquella actitud de sus padres le había dolido profundamente, y su rechazo a su profesión se había llevado consigo toda su autoestima. Aparentaba estar alegre en el escenario, pero fuera de él aparecía su verdadero ser, lleno de tristeza y dolor.

Por eso necesitaba los aplausos del público. Por patético que pudiera parecer, sacaba toda su escasa autoestima de ellos.

Mucho antes de lo que esperaba, llegó la hora del final de su actuación. El telón comenzó a bajar, forzándole a decir aquellas palabras de despedida que tanto odiaba, pero que fueron recibidas con una estruendosa ovación que le llevó por última vez a su cima, al pico de placer que tanto añoraba cuando no estaba sobre el escenario. Cuando la gran cortina bajó por completo, comenzó a recoger sus cosas, pero mirando por la apertura del telón a las personas que abandonaban la sala. Nunca se lo había confesado a nadie, pero siempre que salían al escenario lo hacía con la esperanza de ver allí a sus padres. Pero, como todos los días, su espera fue en vano, y cuando salió el último espectador se hizo evidente que tampoco habían venido hoy.

— Hoy tampoco han venido —musitó en tono de tristeza, intentando aguantar una lágrima.

A su lado, su pokémon se levantó del suelo, y comenzó a pasarle la mano por la espalda para consolarle. Al igual que él, sabía que era muy improbable, por no decir casi imposible, que eso ocurriera. Pero, sin embargo, no podía ver a su entrenador en aquel estado, y por eso le mandó el mismo mensaje telepático esperanzador de siempre.

— Sí, tienes razón —dijo el mago, secándose una lágrima que le corría por la mejilla—. Tal vez el próximo día vengan.


Sobre lo de Oryza... Bueno, la verdad es que estoy cansado de que me salga cuando entro en el Dream world, así que decidí tomarme una pequeña venganza ;). Lo siento si alguien se ha molestado.

Respecto a la siguiente historia, ya llevo aproximadamente la mitad, así que debería salir pronto. Ya sería la número nueve. Number nine, number nine...