Buenas. Ya he vuelto. Cómo se nota que ahora que estoy de vacaciones tengo más tiempo libre que dedicarle al fic. Después de uno romántico, volvemos a cambiar de género. Gracias por leer, y espero que lo disfrutéis.

Disclaimer: Lo mismo de siempre


Autor: Morrison/Russell. Año: 1965 Álbum: Help! No apareció en la película homónima.


― Eisa, tengo una mala noticia que darte.

Parsimoniosamente, alcé la vista del suelo, deteniéndome una vez cada pocos segundos, hasta quedar frente a frente con la Alakazam sentada frente a mí. Intenté descifrar sus sentimientos, pero su expresión impasible e inescrutable me lo impedía. Apreté los dientes con rabia durante una milésima de segundo, y le hice un gesto con mi pata derecha para que continuara. Maldita sea.

― Tu compañero Leigh ha muerto.

Inmediatamente, todos los músculos de mi cuerpo y de mi rostro se tensaron, expulsando el aire de mis pulmones. Entre dientes, maldije al director del estudio por haber llamado a la policía.

Aunque hubiera sido mucho pedir que no lo hiciera.

― ¿Ha… muerto? ―repetí, aparentando gran sorpresa e incredulidad en mi voz y mi rostro. Probablemente me estuviera leyendo la mente y no me sirviera de nada, pero en este momento cualquier pequeño detalle podía marcar la diferencia.

― Ha sido asesinado ―puntualizó ella, jugueteando con sus cucharas de plata y haciéndolas girar alrededor de sus dedos como si la cosa no fuera con ella.

― Asesinado… ―musité yo, como si no fuera capaz de creerlo. Pero, en realidad, podía decir con total seguridad que, de todos los trabajadores del estudio, era el que más papeletas tenía para que lo mataran. Y, desde hacía tres horas, el que más ganas tenía de ver muerto―. ¿Pero cómo?

― Envenenaron su limonada ―dijo, con una calma tal que parecía que estaba hablando del tiempo que iba a hacer en lugar de un caso de asesinato. Pero podía permitírsela. La placa de agente pokémon del cuerpo de policía era una clara indicación de su completa inocencia―. Probablemente lo distrajeran, o lo hicieran levantarse; no lo sé. Y en ese momento… ―Sus labios se curvaron lentamente hasta formar una pequeña sonrisa, y sacudió la cabeza negtivamente―. Cianuro. Todo un clásico.

Inmediatamente, abrí la boca para responderle, pero una voz familiar dentro de mi cerebro me conminó a detenerme antes de que pudiera pronunciar una sola palabra. Y menos mal que lo había hecho.

Porque lo que había estado a punto de decir era que no había muerto envenenado, sino decapitado.

Todavía tenía su repugnante sangre fucsia pegada en la cola para demostrarlo.

― ¿Te pasa algo, Eisa? ―dijo la voz de la Alakazam, y agitó varias veces su huesuda mano amarilla enfrenta de mi cara para hacerme volver a la realidad―. Llevas un minuto mirando al infinito con la boca abierta.

Inmediatamente, sacudí varias veces la cabeza, y puse la mejor sonrisa falsa que pude; a pesar de que por dentro bullía de rabia contra mí misma. Seguro que ahora sospechaba de mí. Y eso sí que no podía permitírmelo.

― S-sí… ―respondí, intentando disimular como mejor sabía. Tenía que salirme bien. Después de todo, era actriz―. Es que no me lo puedo creer. Ayer lo vi trabajando en una película, y ahora hoy… ―Resoplé nerviosamente, y salté al suelo desde el sillón en que estaba sentada―. Joder, necesito un trago ―dije, medio para mí misma, medio para nadie, al mismo tiempo que ponía rumbo al minibar en el que guardaba las botellas de licor―. ¿Le apetece beber algo?

― Un vaso de agua helada, si no te importa ―dijo, y yo reprimí una maldición. Profesional hasta las trancas, maldita sea. No me iba a poder deshacer de ella por este camino.

Sin pronunciar una sola palabra, pero con miles de pensamientos bullendo dentro de mi cerebro, metí la cabeza dentro del minúsculo frigorífico de mi mueble bar, y saqué con mi boca una botella de agua mineral. Después, eché una ojeada para ver qué podía tomar; y tras unos segundos me decidí por la botella de champán que había comprado el mismo día que me admitieron. La estaba reservando para el día en que me dieran mi primer papel, pero hoy también tenía algo importante que celebrar.

― Me he tomado la libertad de traer los vasos mientras estabas buscando las botellas ―dijo la Alakazam en el preciso instante en que yo usaba mi cola para cerrar la puerta de mi nevera. Sorprendida por que alguien tan fría como ella me mostrara amabilidad, me di la vuelta para comprobar que era cierto.

Y decía la verdad: encima de la mesa había dos vasos de fino vidrio verde.

Seguro que lo había hecho para no perder más tiempo y poder comenzar a interrogarme.

Rodeadas del más absoluto de los silencios, solamente roto por el estampido del champán al descorcharlo y de las bebidas gorgopeando al servirlas. Tan pronto como las tuve, le pasé la suya impulsándola con rabia con mi pata, y coloqué la mía con suavidad delante de mi asiento. Podía sentir una gran bola de ansiedad y culpabilidad en la boca de mi estómago, y respiré hondo un par de veces para intentar eliminarla, pero no lo conseguí. Tenía que hacerlo, maldita sea. Tenía que salir de esta, o todos los sacrificios que había hecho en pos de mi sueño habrían sido en vano.

― Perdona, he dicho helada ―dijo, poniéndome su vaso de agua delante de las narices. Genial. También era minuciosa. Lo tenía todo en mi contra.

― Perdona. Ahora mismo lo enfrío ―me disculpé humildemente y con una sonrisa, más falsa que un billete de tres pokécuartos.

Inmediatamente, cargué un débil rayo hielo en mi boca al mismo tiempo que me inclinaba encima de los vasos, y lo liberé sobre ellos, donde los mantuve unos cinco segundos, el tiempo exacto para dejarlo a exactamente cero grados. Por primera vez en toda la tarde, me permití una sonrisa auténtica. Habían quedado perfectos.

― Gracias ―dijo ella, cogiéndolo con su mano antes de que yo pudiera devolvérselo; y acto seguido tomó un largo sorbo del vaso, tan largo que a punto estuvo de terminárselo de un solo trago. Yo hice lo mismo, sólo que controlando un poco más la cantidad de champán que bebía. Su sabor afrutado acariciaba mi lengua, y la sensación cálida de las burbujas al estallar en mi lengua me daba ganas de reír, a pesar de la situación tan angustiosa en que me encontraba―. Supongo que sabrás para qué he venido, ¿no?

Por un momento estuve tentada de hacerme la tonta y responder que no; pero deseché la idea en cuanto pensé que eso solamente me serviría para conseguir que se extrañara y despertar sus sospechas. Y eso no me lo podía permitir de ninguna de las maneras; de modo que bebí un largo trago de mi copa y di la respuesta que ella esperaba.

― Has venido a buscar al asesino.

Esperaba que aquella frase produjera algún cambio en su rostro, uno solo. Pero, sorprendentemente, no fue así; y en su rostro no apareció modificación alguna. Simplemente permaneció sentada delante de mí, con los ojos cerrados y una expresión de gran concentración, como si estuviera meditando intensamente. Solamente al cabo de unos interminables segundos comenzó a curvar con lentitud sus labios, al mismo tiempo que hacía chocar sus dedos una y otra vez.

― Exactamente. Normalmente los asesinatos de pokémon no entran dentro de nuestra jurisdicción, pero este caso constituye una excepción debido a su estatus de trabajador registrado de la industria el cine.

Todos los músculos de mi cara se tensaron de golpe. ¿Estaba intentando decirme algo? ¿O sólo pretendía ponerme nerviosa?

― Pero bueno, me estoy desviando ―Negó con la cabeza, dio un par de vueltas a sus cucharas y clavó sus ojos en los míos. Su mirada tenía tal intensidad que nadie hubiera podido sostenerla durante más de un segundo―. ¿Conoces a alguien que tuviera alguna razón para asesinarlo?

Inmediatamente, dejé escapar un suspiro sarcástico. Que si conocía a alguien que quisiera matarlo, decía… Por favor. Tenía a todo el estudio, menos los directores, en su contra. De hecho, era muy común oír prometer a alguien que iba a matar a ese hijo de Ninetales; e incluso una vez un actor humano, un joven alto y rubio, llegó a ponerle la punta de un cuchillo en el cuello. Pero todos sabíamos tan bien como él que nuestras amenazas eran completamente vacías. El miedo al despido, y en el caso de los humanos a una temporada a la sombra, se encargaba de mantener nuestras manos bien atadas.

Hasta hoy.

Maldita sea. ¿Por qué tenía que habernos forzado a esto? Estoy segura de que podríamos haber convivido perfectamente; él y nosotros. Solamente… Si hubiera sido menos soberbio… Estoy segura de que…

― Tomaré eso como un sí ―dijo la fría voz de la Alakazam, sin rastro audible de ninguna emoción en ella. Maldita sea. Aquello sólo conseguía ponerme más nerviosa. Esto no era normal. Se suponía que tenía que sentir algo. Estaba investigando un caso de asesinato. Tenía que estar emocionada por estar cada vez más cerca del culpable; no sentada delante de mí sin moverse en absoluto―. ¿Y te importaría decirme quiénes?

― Terminaríamos mucho antes si te dijera quiénes no le odiábamos ―le dije con rabia, tanto porque así me sentía como porque necesitaba ver una reacción en aquella rígida máscara que tenía por cara.

Y, sorprendentemente, lo conseguí; aunque no fue nada más que un rápido arqueo de cejas.

― Bueno, ya sé que Mr. Leuben no es uno de ellos ―dijo, pensativa, y con una expresión de profunda concentración en su rostro. Por supuesto que no. De hecho, Leigh era su ojito derecho, y nunca escatimaba en elogios a su mejor actor y su máquina particular de hacer dinero―. Cuando nos llamó estaba completamente alterado, y no dejaba de afirmar que había sido un sabotaje de la competencia. ―Dobló distraídamente su cuchara derecha, y enseguida la volvió a poner recta.―. Yo creo que no.

Tan pronto como sus palabras llegaron a mis oídos, sentí abrirse un pozo frío en mi estómago al comprender el terrible error que acababa de cometer. Maldita sea, ¿qué había dicho? Me había pillado completamente desprevenida. Se había reído de mí en mi cara. Había caído por completo en su trampa. Ahora sabía que el asesino era uno de nosotros.

Hirviendo de rabia por dentro, levanté violentamente mi copa para terminármela, y subí enérgicamente la cabeza para mirarla.

Y entonces, tuve ganas de llorar. Era demasiado inteligente. Nunca conseguiría vencerla.

Tal vez debería rendirme. Ya la había fastidiado dándole una información muy importante; y a partir de ahí sólo era una cuestión de tiempo que llegara a la verdad. Sería mucho mejor si yo confesaba mi culpa que si me descubría siendo inocente.

― ¿Sabes una cosa? ―saltó de improviso, rompiendo mi cadena de pensamientos. ¿Qué demonios quería ahora? ¿Pasarme por la cara que había ganado?―. Entre tú y yo, espero que haya sido un humano.

¿A qué venía esto ahora? A primera vista era sólo un deseo como otro cualquiera, pero, ¿lo era de verdad? ¿O sólo era una artimaña para sacarme más información? No; tenía que ser eso. Ya le había dicho algo, y ahora sospechaba que tenía mucha más oculta; lo cual era cierto. Y eso tenía que evitarlo. Un desliz semejante podría costarme muy caro si volvía a repetirlo.

― Y… ¿podría saber por qué? ―pregunté cautelosamente. Si decía cualquier cosa que pudiera interpretarse como una prueba en mi contra, por mínima que fuera, estaba acabada.

— Porque pagará su culpa en la cárcel.

Tan pronto como mi temeroso cerebro registró aquella valiosa información, alcé una ceja, sorprendida; y un tenue suspiro de alivio escapó de mis labios. Si había comprendido bien sus palabras, acababa de implicar que yo, al ser una pokémon, no podría ser condenada a prisión; al contrario que un humano. Y aquello me llenaba de alivio.

Tenía miedo de la cárcel. Había visto las suficientes películas de delincuentes como para saber que era un lugar horrible, lleno de asesinos, violadores y drogadictos que no dudaban en golpearte y violarte si veían un asomo de debilidad en ti. Y lo peor de todo era que ni siquiera podría confiar en los guardias. Nunca sabría cuál era un honrado funcionario y cuál un desalmado que se aprovechaba de su poder para abusar impunemente de los prisioneros que supuestamente debería vigilar.

Era precisamente la clase de entorno en que una delicada y sofisticada Glaceon de clase media-alta como yo no duraría ni quince segundos.

―Ya veo… Por curiosidad, ¿qué le ocurriría si fuera un pokémon?

Sin embargo, en lugar de responder directamente como había pensado, se quedó sentada en su silla, pensativa. Instintivamente, sentí una oleada de gélido miedo recorrió todo mi cuerpo. Abatida, me dejé caer sobre la silla al tiempo que exhalaba un leve suspiro de resignación y una lágrima nacía en mi ojo derecho.

Estaba acabada. Me había pillado.

― Si no recuerdo mal, la pena por asesinato para un pokémon es la expulsión perpetua de las ciudades.

Durante un instante, simplemente la miré, sin saber muy bien qué decir o qué sentir. Por una parte, me sentía aliviada, como si alguien hubiera retirado un gran peso de encima de mí; pero, por la otra, todavía me sentía aterrada ante la perspectiva que se me presentaba. Si no podía entrar en la ciudad, perdería mi trabajo. Y eso no podía ser. Había trabajado muy duro para poder llegar hasta aquí. Había hecho muchos sacrificios y había invertido muchas horas para llegar hasta donde estaba. Y no iba a consentir que ese maldito me arruinara de un plumazo la vida que había logrado después de trabajar tan duro.

Maldito fueras, Leigh. ¿Cómo era posible que incluso después de muerto siguieras siendo una amenaza para mi trabajo?

― Pero bueno, me estoy desviando otra vez ―dijo, negando de nuevo con la cabeza y volviendo a interrumpir mis pensamientos―. Estábamos con lo de vuestras filias y fobias. ¿Debo entender entonces que, salvo los directores, todos sin excepción lo odiabais?

― Exactamente. ―No tenía ningún motivo para seguir ocultándolo.

― Ya veo… ―murmuró, bajando la cabeza, y juntó las puntas de sus finos dedos amarillos―. ¿Y por qué?

Parpadeé por un momento, y después dejé escapar un leve resoplido. Parecía una pregunta simple, pero a la vez era una pregunta muy complicada de responder.

En su versión resumida, lo habíamos matado porque era mejor actor que nosotros. Pero, evidentemente, no lo habíamos matado simplemente por eso. Incluso para nuestro mundo, regido por la frivolidad y el todo vale, era un motivo demasiado nimio como para cometer un asesinato.

No, la verdadera razón por la que lo habíamos asesinado era que nos sentíamos amenazados por él.

― Porque era una amenaza para nosotros.

¿Una amenaza? ―repitió, intentando fingir que sólo era un dato más para ella; pero yo me di cuenta enseguida de que no. El brillo en sus ojos la delataba―. ¿Y por qué era una amenaza para vosotros?

Lentamente, mis labios se curvaron en una triste sonrisa. Todavía recordaba el día en que mi compañero Laffem me había dicho que lo era. Entonces, no le había creído. Pero el tempo acabó por darle la razón.

Leigh, si tú… Maldita sea, tuvimos que hacerlo. Yo no quería matarte, Leigh. Pero no nos quedaba otra. Tú nos habías puesto entre la espada y la pared.

Si nos hubieras hecho caso… Ahora, todo estaría bien. Seríamos un equipo… Todos seríamos felices, y tú… No habrías acabado…

― Porque… ―me interrumpí, y negué con la cabeza―. No, no lo entenderías sin saber cómo funciona esto.

― ¿Y por qué no? ―replicó ella, poniendo sus dos cucharas de plata sobre la mesa con el ceño fruncido y mirándome con intensidad. Aquello me hizo pensar que aquello entre los suyos tal vez fuera un gesto de amenaza; pero como yo no era uno de los suyos no me dejé amilanar y le sostuve la mirada, y unos segundos después la retiró―. De acuerdo. ¿Cómo funciona?

A pesar de lo situación en que me encontraba, no pude evitar que una sonrisa asomaba a mis labios. Había conseguido vencerla. Era una victoria mínima, que ni siquiera era merecedora de tal nombre; pero una victoria sobre ella al fin y al cabo.

― Bueno… tú ya sabes que aquí trabajamos humanos y pokémon, ¿no? ―Ella asintió secamente―. Bien, pues cada grupo tiene una manera diferente de cerrar contratos.

― Ya veo. Continúa, por favor ―dijo, haciéndome un gesto con la mano.

― Con los humanos, el director hace una lista de quienes quiere tener, y si uno ya está trabajando en otro proyecto o no quiere el papel simplemente contacta con el siguiente de la lista. Pero con los pokémon es al revés.

― ¿Al revés? ―me interrumpió ella. En su voz se adivinaba la curiosidad que sentía.

― Sí… Para conseguir un papel, nosotros tenemos que actuar delante del director, y después él escoge a quién de nosotros contrata. ¿Comprendes? Es una lucha sin cuartel de todos contra todos por un puñado de papeles.

Por un momento, ella permaneció sentada en su sitio, con los ojos muy abiertos, a los que enseguida asomó una fugaz chispa de satisfacción. Lo había entendido. Podía estar segura de ello.

― ¿Me estás diciendo que lo matasteis porque os quitaba los papeles? ―preguntó, incrédula, y con los ojos reducidos a dos minúsculas rajitas que se clavaban inquisitivamente en los míos.

Tragué saliva, nerviosa; pero de la intensidad de su mirada me había puesto un nudo tan grande en la garganta que no fui capaz de hacerla pasar a través de él. ¿Qué le decía ahora? Cualquier respuesta que le diera desataría un torrente de preguntas que no sabría cómo responder.

― Bueno… sí y no ―respondí, y enseguida me sorprendí de lo que había dicho. Estaba segura de que esa no era la respuesta que quería darle. ¿Pero por qué había dicho eso entonces? No tenía ninguna lógica. Intenté callarme, pero para mi sorpresa mis labios continuaban moviéndose, como si tuvieran una mente propia―. Es cierto que los directores siempre le escogían a él en detrimento nuestro, pero no es la razón por la que le asesinamos.

― Ajá. ¿Y entonces por qué lo hicisteis?

Volví a tragar saliva. Lentamente, el recuerdo de aquella inusualmente cálida tarde del mes de abril en que Laffem implantó por primera vez aquella fatídica idea en mi cerebro se deslizaba dentro de mi mente.

― No podemos seguir así ―nos dijo con voz severa a todos los que nos habíamos reunido en su camerino―. Leigh tiene que desaparecer ya del estudio.

Inmediatamente, su alegato fue recibido con una miríada de murmullos de aprobación, y acto seguido la sala se convirtió en un hervidero de voces mientras todos dábamos nuestras ideas acerca de cómo deshacernos de él. Al principio, la mayoría simplemente estaba a favor de provocarle un accidente lo suficientemente grave como para apartarlo unos pocos meses de los escenarios, con una pequeña facción que quería presionar al director del estudio para que aceptara una de las múltiples ofertas que había recibido por él de los estudios de cine más prestigiosos. Ahí era precisamente donde yo me encontraba.

― ¿Y cómo piensas hacerlo? ―preguntó a voz en grito una pequeña Oshawott, cuyo nombre, si no me fallaba la memoria, era Schumi―. ¡Repites mucho eso de que no puede seguir aquí, pero nunca te he oído dar una sola idea!

Y lo cierto es que decía la verdad, porque yo sólo le recordaba quejas acerca de Leigh y amenazas de muerte contra él. Y todo el mundo debía pensar lo mismo, porque en cuanto Schumi dejó de hablar un murmullo general de mil voces en contra del Flareon comenzó a recorrer la sala de boca en boca, alcanzando en pocos segundos tal volumen que impedía oír cualquier convesación que no se mantuviera a menos de veinte centímetros de distancia.

― A ver, por favor. Orden, por favor. Orden ―pidió a voz en grito, pero enseguida fue evidente que aquello no conseguiría acallar el coro que formaban nuestras voces. Sin embargo, aquello no lo desanimó; y simplemente dio un fuerte golpe sobre la mesa con cola férrea, lo que fue suficiente como para callarnos a todos de golpe, e incluso asustar a aquellos a los que había pillado más por sorpresa―. Schumi, es cierto que nunca he concebido ningún plan ―el murmullo volvió, pero mucho más amortiguado― ni he tomado medidas; pero hasta ahora realmente no las habíamos necesitado. Ahora la situación ha cambiado a peor.

― ¿A peor? ―gritó una voz chillona desde el fondo―. Estamos sin trabajo, sin dinero, y nadie quiere darle un papel a alguien que no sea ese estúpido Ditto. ¿Cómo puede ir a peor?

Enseguida comenzaron a oírse unos cuantos comentarios de aprobación, principalmente cerca de donde había sonado la voz, aunque también contaba con unos pocos focos dispersos aquí y allí. Sin embargo, a Laffem no parecía importqrle mucho, porque se limitó a hacer un gesto para pedir silencio, y en cuanto este se hubo hecho continuó:

― Pues sí, puede ir a peor. ―Hizo una pausa dramática mientras pasaba la mirada sobre todos y cada uno de nosotros―. Anoche pasé por la puerta del jefe, y estaba hablando de despedir a los que nunca hayan logrado un papel.

― Porque Mr. Leuben estaba pensando en reducir la plantilla ―respondí sin vacilar.

Sorprendentemente, ella no se tomó su tiempo para meditar aquella información, como había hecho hasta entonces; sino que contestó antes incluso de que yo terminara de hablar.

― Así que algunos de vosotros ibais a salir del estudio… Por supuesto, Leigh no estaba entre ellos. ¿Me equivoco?

― ¿El mimado del jefe? ―repliqué con rabia mal disimulada en la voz―. ¿Cómo va a echar a su Torchic de los huevos de oro?

― De ninguna manera, evidentemente ―respondió, rascando con los dedos el dorso de sus cucharas de plata―. Entonces, sentíais que podríais perder vuestro trabajo en un futuro próximo. ―Asentí sin demasiada fuerza―. Pero, sin embargo, ¿no hubiera sido mejor conseguir un contrato con otro estudio y trabajar allí en paz que teñir vuestras patas con la sangre de vuestro compañero?

Aquella frase hizo que algo en mi interior se encogiera, y sentí una punzada de dolor en mi corazón. Ella no lo sabía, pero acababa de poner el dedo en la llaga.

― Lo intenté ―murmuré, mordiéndome la cara interna de la mejilla para evitar que se me escapara una lágrima―. Todos lo intentamos. Pero los estudios de cine que trabajan con pokémon son muy pocos, y ninguno tenía plazas vacantes. ―Parpadeé nerviosamente, y la miré con ojos implorantes―. Nadie quería llegar a esto. De verdad. Votamos en contra muchas veces. Pero no nos quedaba más remedio.

― ¿Y entonces fue cuando decidisteis matarlo, verdad? ―inquirió con tal frialdad que me dejó estupefacta. Esperaba que se interesara un poco por nosotros, que pronunciara una expresión de comprensión, o al menos un simple "lo siento".

¿Era eso lo que te ocurría al unirte al cuerpo? ¿Que tu corazón se iba enfriando poco a poco y tus sentimientos desaparecían uno por uno hasta que no quedaba más de ti que una carcasa exterior vacía de toda emoción?

― Sí.

― Tenemos que matarlo. No hay otra solución.

―Pero yo no participé en el plan.

― ¿Qué estás diciendo, Laffem?

― Lo que acabas de oír, Eisa.

― ¿Pero te has vuelto loco? ―repliqué a voz en grito.

― No. Estoy salvando nuestros trabajos ―respondió con calma, y enseguida fue respaldado por un coro de "por supuesto" y "claro que sí".

― Si te cogen, lo perderás de todos modos.

― No lo harán ―respondió con seguridad y una amplia sonrisa en su rostro―. Tengo un plan.

― ¿Un… plan? ―repetí, atónita.

― ¿Un plan? ―repitió ella, atónita―. ¿Teníais un plan para matar a Leigh?

Sorprendida, abrí los ojos mientras sentía una oleada de odio por mí misma. ¿Cómo se me había podido escapar algo así? ¿Cómo podía ser tan estúpida? Me entraban ganas de darme tortas hasta sangrar. Pero ya no había nada que hacer. Lo había admitido delante de ella. No tenía sentido negarlo todo ahora.

― Sí. Lo había. ―Tragué saliva, y la miré directamente a los ojos. Ahora era el momento de convencerla de mi inocencia—. Pero yo soy inocente. Yo no participé.

No contéis conmigo. —dije con el ceño fruncido, y al instante sentí todas las miradas clavadas en mí. Sin embargo, y a pesar de lo incómoda que me hacían sentirme, no iba a dejar que me doblegaran—. No pienso convertirme en una asesina por un estúpido puesto de trabajo.

— ¿Seguro? —inquirió Laffem con una sonrisa que no podía presagiar nada bueno—. ¿En serio estás dispuesta a quedarte en la calle después de lo duro que has trabajado para conseguir que te admitieran?

Por un momento, me quedé sin saber muy bien qué decir. Era indiscutible que ahí tenía razón. Si me despedían, todo habría sido en vano. Pero, ocurriera lo que ocurriera, no estaba dispuesta a matar a un compañero.

― Buscaré trabajo en otro estudio. Seguro que tiene que haber uno dispuesto a admitirme.

― Eisa, sabes tan bien como yo que en este momento ningún estudio del país tiene vacantes. Excepto… Ya sabes cuáles… ―dijo con retintín.

Al oírlo, apreté los dientes con furia. Sabía perfectamente a qué se refería. A la clase de cine en la que me había prometido morir antes de actuar.

― ¿Sabes? Si he oído bien, el director planea vender a los despedidos a uno de ellos. ―Sonrió con suficiencia y continuó―: Seguro que no te gustaría salir en pantalla con un Houndoom delante y un Flareon detrás.

Inmediatamente, el miedo abrió un pozo frío en mi estómago. Maldita sea. Si lo que decía era cierto, entonces yo estaba en primera líne de fuego. Por u instante, mi mente imaginó la situación. Yo tumbada en la cama, con un Flareon, haciendo…

No. Aquello no ocurriría. Todavía tenía una última oportunidad mañana por la mañana. Tenía que aprovecharla como fuera. Necesitaba ese papel más que el aire que respiraba.

― Me da igual lo que digáis ―dije, dándome la vuelta y caminando hacia la puerta―. No pienso colaborar con vosotros.

― Tú sabrás ―me respondió Laffem justo antes de cerrar la puerta.

Sintiéndome furiosa por dentro, eché a andar por el pasillo, buscando mi camerino. Más que friosa, me sentía decepcionada con mis compañeros. Cierto, Leigh no me caía muy bien, y le había quitado los papeles a algunos de mis conocidos. Pero, incluso ahora que su mera presencia suponía por vez primera una amenaza directa contra mí, me negaba a hacerlo. ¿Cómo podían ser tan miserables como para matar a un compañero de profesión?

Supongo que el hecho de que al final fuera yo la que acabara con su vida sólo podía considerarse como una tremenda ironía. Igual que el hecho de que mi coartada fuera exactamente la misma que la que ellos iban a utilizar.

― Supongo que podrás demostrarlo, ¿no?

Por un segundo, la miré, extrañada. ¿Probar mi inocencia? ¿No se suponía que era inocente hasta que se demostrara lo contrario? Sin embargo, no me atreví a contradecirla, y le respondí como había preparado mil veces mientras esperaba a que llegara este momento.

― A las seis y veinticinco estaba hablando con Mr. Dolmanovar sobre el casting que había tenido lugar por la mañana ―recité en tono neutro, como si simplemente estuviera repitiendo mis líneas enfrente de un director―. Él puede corroborarlo; y Fern, el Kadabra que nos hacía de traductor, también.

Durante los siguientes segundos, me limité a observar con atencón los cambios en su expresión, mientras contenía la respiración. Podía sentir cómo mi estómago se retorcía hasta formar un enorme y retorcido nudo, fruto de los nervios que me asaltaban. Me estaba jugando mi futuro a una sola carta. El resto de mi vida dependía de que se creyera o no mi coartada.

― Ya veo ―dijo finalmente al cabo de unos segundos, de manera tan imprevista que me hizo dar un respingo―. Ajá. Interesante.

Maldita sea. ¿Tenía que ser tan vaga e imprecisa cuando hablaba? Desde luego, si lo que quería era que me diera un infarto, iba por buen camino.

— De acuerdo —dijo finalmente, dejándose caer sobre el respaldo de la silla—. Lo consultaré con ellos.

Por un momento, la miré con los ojos abiertos como platos. Se lo había creído. Se había creído mi coartada. No podía creérmelo. Quería chillar de felicidad. Quería dar saltos de alegría. Estaba salvada. Sin embargo, la Alakazam que tenía delante de mí me lo impedía, de modo que tuve que conformarme con apretar la planta de mi pata contra el asiento de cuero del sillón. Pero me daba igual. Tenía toda la noche para celebrarlo.

— Solo una pregunta más —dijo, poniéndose derecha y atusándose los bigotes—. ¿Quién era el jefe del plan?

Me lo pensé durante una milésima de segundo, y enseguida le di el nombre de Laffem. ¿Qué daño podía hacerme? Ya había probado mi inocencia. Sólo faltaba limpiarme la sangre de la cola, y podía olvidarme de todo.

— Ajá. Muchas gracias por tu tiempo. —Sonrió con calidez, lo que me extrañó bastante después de la frialdad con que se había comportado durante el interrogatorio; y me ofreció su mano derecha para un apretón de manos—. Tus respuestas nos han sido muy útiles. Seguro que enseguida atraparemos al asesino.

— De nada —respondí, alargando mi pata delantera derecha y colocándola sobre la palma de su mano. Me sentía tan feliz que incluso me permití lanzarle una mirada de superioridad. Si supiera que acababa de enviarla en dirección contraria…—. Espero que tengas suerte y lo encuentres pronto.

Si supiera que había tenido a la pokémon que buscaba delante de sus narices todo el tiempo…

De repente, un fugaz pero intenso sonido metálico atravrsó el aire. Sorprendida, miré a la Alakazam; pero cuando lo hice una oleada de terror invadió mi cuerpo. Su expresión se había transformado por completo. Ahora tenía el ceño fruncido y los labios apretados en una expresión severa y terrible, exactamente como loa del verdugo que va a torturar a su prisionero.

Y en ese momento supe que me había pillado.

— Eisa —dijo, mirándome directamente a los ojos con tal intensidad que tuve que apartar mis ojos de los suyos; y se levantó de su silla en un solo movimiento. Sentí un tirón en mi pata derecha, y supe que me la había esposado—, quedas detenida por el asesinato de Leigh.

— ¿Qué? —chillé con todas las fuerzas que me permitían mis pulmones al mismo tiempo que intentaba suprimir las lágrimas de culpabilidad que amenazaban con escapar de mis ojos—. ¡No! ¡Tiene que haber un error! ¡Soy inocente!

La Alakazam me miró con una extraña emoción que identifiqué lo mejor que pude como decepción reflejada en sus ojos, y sin decir una sola palabra colocó el otro aro de las esposas alrededor de mi pata izquierda mientras negaba con la cabeza. Pude notar cómo mis ojos se llenaban de lágrimas que amenazaban peligrosamente con escapar. Ella sabía tan bien como yo que no tenía defensa posible.

— Tienes derecho a guardar silencio. Tienes derecho a un abogado —recitó monótonamente, igual que debía haber hecho decenas de veces antes de esta, mientras yo negaba débilmente con la cabeza—. Tienes derecho a no declararte culpable. Todo lo que digas o hagas podrá ser utilizado en tu contra.

—No… No… —musité cada vez más débilmente, intentando en vano defender lo que no podía. El peso de lo que había hecho caía cada vez con más fuerza, oprimiendo mi pecho y dificultándome cada vez más la respiración—. No… Soy inocente…

— Eisa —replicó ella, agachándose hasta que su rostro estuvo a apenas cinco centímetros del mío—, yo nunca dije que muriera a las seis y veinticinco de la tarde.

Por un momento, quise morirme. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida?

— Y aunque no hubieras dicho esa hora, tenías la cola manchada de sangre de Ditto.

Hundiendo la cabeza entre mis patas, pronto estallé en lágrimas y sollozos. Se acabó. Todo se había terminado para mí. Mi carrera se había terminado. Estaba acabada. Y lo peor era que todo era por mi culpa.

— ¡Sí! —chillé con voz rota entre dos fuertes sollozos—. Yo lo maté. ¡Fui yo! —Di un hipido y traté de enjugar las lágrimas que corrían por mi mejilla, pero apenas podía mover mis patas esposadas—. Pero yo no quería… De verdad. Yo no quería…

Entonces la oí dar algunos pasos alejándose de mí, y me llenó una sensación de conformidad que en menos de un segundo se impuso al instinto de conservación que me impulsaba a luchar por escapar. Iba a entregarme al director. Esto era lo que tenía que ocurrir. Tenía lo que me merecía.

Fue un accidente —murmuré, y una lágrima saltó al vacío desde mi mejilla para quedar congelada en el mismo instante en que tocaba mi pata. Ya que había trabajado tan duro para desmontar las mentiras tras las que me había escudado, lo justo era que supiera toda la verdad.

— ¿Cómo? —exclamó, sorprendida, y el ruido de sus pasos se hizo más fuerte, señal de que se acercaba a mí— ¿Cómo que fue un accidente? Explícate.

— S-sí… —susurré yo, intentando cerrar el caudal de lágrimas que salía de mis ojos, pero fallé por completo. Aun así, levanté la cabeza e intenté mirarla a los ojos, pero el peso de mi culpa no me permitió llegar más allá de su barbilla—. Yo no quería matarlo. Fue un accidente.

— ¿Cómo ocurrió exactamente? —preguntó, y se sentó en la silla.

No quería recordarlo. No podía. No después de haberme destrozado la vida. Pero tenía que hacerlo. Ella se merecía conocer la verdad.

— El director para el que había actuado por la mañana me había dicho que había decidido darle el papel a Leigh —dije, intentando contener un hipido—. Yo… solo quería… darle un escarmiento…

Durante los siguientes segundos, el único sonido en mi habitación eran mis sollozos. ¿Cómo me había podido salir tan mal? ¿Cómo había acabado matándolo cuando lo único que quería era darle una paliza para que nos dejara algunos papeles para nosotros?

— Lo siento.

— ¡¿Lo siento?! —grité yo, completamente fuera de mí. Presa de la rabia, le di un manotazo a la botella de agua, que cayó al suelo con un estrépito de cristales rotos—. ¿Lo siento? —Hipé con fuerza y volví a derramar lágrimas—. Acabo de perder mi trabajo y destrozarme la vida. ¿De qué me sirve ahora tu compasión?

Ella no dijo nada, sino que simplemente se limitó a observarme en silencio mientras sollozaba en mi silla. ¿A qué esperaba? ¿No podía largarse de una vez y acabar con esto?

— Bien —dijo finalmente, y echó a andar hacia la puerta—. Tendré que decirle a Mr. Leuben que ya he encontrado al culpable. —Una brillante aura azul apareció alrededor del picaporte, pero antes de que lo hiciera girar, se volvió hacia mí y me preguntó—: ¿Prefieres quedarte aquí o venir conmigo?

— Quedarme aquí —respondí sin vacilar. Después de haberme enfrentado a ella, no tenía fuerzas para enfrentarme también a Mr. Leuben.

— Entiendo. Entonces bloquearé la puerta para asegurarme de que no escaparás ni intentarás nada raro.

Caminando con la cabeza bien alta, abrió la puerta con sus poderes psíquicos y la atravesó. Unos segundos después, el sonido del pestillo al echarse llagó a mis oídos.

Seguro que estaría orgullosa de sí misma. Había conseguido llevar a un criminal ante la justicia.

Pero yo, ¿qué iba a hacer ahora? ¿Qué podía hacer ahora con mi vida? Ahora era una asesina registrada por la policía. No podría volver a la ciudad, ni a ningún lugar en el que hubiera humanos. Tendría que vivir en la naturaleza; y eso implicaba buscarme mi propia comida y defenderme yo sola de los múltiples peligros.

No podía hacerlo. Era una Glaceon criada en cautividad. Había estado toda mi vida rodeada de humanos. No duraría ni un mes.

Pero es que no tenía otra opción.

Derramando algunas lágrimas que no sabía que me quedaban, bajé la mirada al suelo. Ya daba igual lo que ocurriera. Estaba acabada.

Entonces, mis ojos se posaron en el charco que había creado al tirar al suelo la botella de agua. Dejando escapar un suspiro, coloqué mis patas delanteras en el suelo, y después salté a él; y, caminando torpemente por culpa de las esposas, llegué a donde yacían los primeros fragmentos de vidrio. También podría darle una buena impresión a Mr. Leuben antes de que me despidiera.

Con cuidado de no cortarme con el cristal, cogí uno de los pedazos más grandes con mis dientes y lo deposité cuidadosamente sobre la mesa. Allí, lo observé con melancolía, sin poder reprimir el llanto. ¿Cómo había descendido a esto? ¿Cómo había permitido que mi inocencia y mis sueños hubieran acabado tan rotos como este cristal?

¿Cómo podía haber destrozado mi vida?

¿Qué podía hacer ahora, si ya no me quedaba nada?

Lentamente, me di la vuelta y bajé la cabeza para seguir con mi tarea de limpieza. Pero, sin embargo, no llegué a sostener ninguno entre mis dientes; y en su lugar me quedé mirándolos, fascinada por su el agudo filo cortante del que hacían gala.

Entonces, y solo entonces, mordí el más afilado, y lo apreté suavemente contra la fina piel de mi pata delantera.

Acababa de hallar la respuesta a mi pregunta.