Buenas. Ya esta aquí el siguiente capítulo, justo antes de volver a la rutina. Esta vez, She's Leaving Home, una de las canciones más bonitas del Sgt. Pepper's. De hecho, a veces se la considera la canción más infravalorada del grupo.
Disclaimer: No tengo los derechos, solo la historia y los personajes. Y punto.
Álbum: Sergeant Pepper's Lonely Hearts Club Band. Autor: Lennon/McCartney. Año: 1967.
Antes de empezar, os dejo un par de curiosidades sobre la canción que podrían interesaros:
- La canción está basada en una historia real. Paul McCartney leyó en un periódico la historia de una chica de Londres que se había fugado de casa, y después compuso la canción sobre ello. Eso sí, las circunstancias no son las mismas.
- Ningún Beatle toca en esta canción. Contrataron una pequeña orquesta para que tocara la parte instrumental, y añadieron las voces de Lennon y McCartney.
Gracias, y espero que os guste la historia.
— Buenas noches, Yia —me deseó mi madre, metiéndome en mi cama mientras me abrazaba con sus nueve colas. Algo contrariada, dejé escapar un poco de aire por la boca. Ya no era una pokémon pequeña. Tenía tres años y medio. No hacía falta que siguiera arropándome por las noches.
— Buenas noches, mamá —le respondí yo, abrazándola entre mis patas delanteras y enterrando la cabeza en el cálido pelaje de su cuello—. Oye, mamá…
— ¿Sí, querida? —respondió ella, estirando su cuerpo para besarme en la frente.
Por un momento, simplemente miré a mi madre a la cara mientras ponderaba la idea en mi cerebro. Sabía que yo tenía la razón, pero de repente no me parecía tan buena idea decírselo a la cara. A ella le gustaba arroparme, y me sentía algo culpable por ir a pedirle que dejara de hacerlo.
— ¿Sí, hija? —repitió, mientras me tapaba usando tres colas.
Tragué saliva. Bueno, siempre podría intentar decírselo de una forma sutil para no herir sus sentimientos.
— Mamá… —comencé, en voz baja, y mirando a otra parte. Al techo, al armario, incluso fuera de casa, por la ventana; a cualquier sitio menos a sus ojos.
— ¿Sí?
— Um… Verás… No hace falta que sigas arropándome por las noches. Ya soy mayor para esto.
Vi una chispa de dolor danzando en las pupilas de mi madre, y por un momento el corazón se me encogió. Pero, sin embargo, enseguida desapareció para ser sustituida por una sonrisa triste.
— Tienes razón, hija mía —dijo, negando con la cabeza y estrechándome entre su patas delanteras, a lo que yo respondí estrechándole entre las mías—. Pero es que para mí siempre serás mi pequeña Yiita.
Durante unos segundos, me quedé mirando a los ojos de mi madre, sin saber muy bien qué hacer. La había entristecido, y eso me hacía sentirme culpable. Entonces, decidí hacer como cuando me había portado mal de pequeña, y comencé a frotar mi mejilla contra la suya para decirle que lo sentía.
— No te preocupes, mamá —murmuré yo, apartando la mirada de la suya—. Puedes arroparme siempre que quieras.
— No, hija, tienes razón —replicó ella, bajando al suelo y sentándose al lado de mi cama. Con cuidado para no deshacerla, me di la vuelta para poder mirarla a los ojos. —. Ya eres mayor para mimos. Fíjate. —Sus labios dibujaron en su rostro una sonrisa llena de tristeza—. Ayer eras una pequeña Vulpix recién salida del cascarón, y hoy eres una preciosa hembra adulta por la que suspiran todos los machos.
— ¡Mamá! —protesté yo, sonrojándome—. Sólo le gusto a Nehey, y además porque no ha visto otra hembra en su vida. —Resoplé, haciéndome la enfadada, y continué—: Y además todavía no soy adulta.
— Seis meses no son nada, hija —aseguró, y apagó de un soplido la llama del quinqué que ardía en mi mesita de noche. Después, puso su rostro sobre el mío y me susurró tiernamente—: ¿Te importa que te dé hoy un beso de buenas noches, y ya no lo hago más?
Sonriendo, negué con la cabeza, y coloqué mi mejilla justo debajo de la boca de mi madre. Ella rio levemente, y acto seguido apretó sus labios contra mi pelaje, mientras abrazaba mi cuerpo con sus nueve colas.
— Dulces sueños, hija —me deseó cariñosamente, y se dio la vuelta para salir de mi habitación.
— ¿Mamá? —dije justo cuando ella tiraba del picaporte con su boca.
— ¿Sí?
— Gracias.
Sin decir nada, pero con una gran sonrisa de oreja a oreja atravesando su rostro, mi madre se dio la vuelta y, al legar a mi cama, me besó en la nariz.
—Anda, duerme —me dijo, pasándome la pata derecha por la frente—. Mañana es tu gran día, y tienes que estar descansada.
Aquellas palabras me dejaron bastante intrigada. ¿Mi gran día? ¿A qué podía referirse? Mi cuarto cumpleaños, aquel en que me convertiría legalmente en adulta, no podía ser, ya que todavía faltaban cinco meses para que llegara. Y no se me ocurría nada más que pudiera encajar con aquella descripción.
— ¿Mi gran día? ¿A qué te refieres? —le pregunté, intrigada.
— A tu emparejamiento, por supuesto —me respondió ella con total naturalidad, como si me estuviera diciendo que el cielo estaba despejado, y un leve tono de felicidad, casi como si quisiera que ocurriera.
Yo, por mi parte, no podía creerme lo que acababa de oír. Espantada, miré a mi madre de arriba abajo esperando que fuera una broma; pero por desgracia no tenía ninguna pinta de serlo, porque simplemente seguía de pie a mi lado mientras sonreía.
— ¿Te acuerdas de Mahne?
Inmediatamente, mis ojos se abrieron de par en par al mismo tiempo que un gélido escalofrío recorría todo mi cuerpo. Por supuesto que me acordaba de él. Era el macho más machista, asqueroso y despreciable que había conocido en toda mi vida. Internamente, rogué para que mis padres no hubieran decidido emparejarme con él, aunque con cada segundo esa posibilidad decrecía sin parar.
— Tu padre y yo lo estuvimos hablando después de que él y su madre se fueran —continuó mi madre, sin darse cuenta de que con cada palabra que pronunciaba mi espanto aumentaba más y más—, y concluimos que era la pareja ideal para ti. Así que os comprometimos para este verano, y hace tres días tu padre y yo recibimos una carta suya en la que nos decía que venía para emparejarse contigo y que llegaba mañana.
Cuando mi madre terminó de hablar, yo estaba inmóvil en mi cama, con una mezcla a partes iguales de horror e incredulidad estampada en mi rostro. Quise gritar para despertarme de aquella pesadilla, pero ningún sonido llegó a salir de mi garganta.
Aquello era real. Iba a emparejarme con Mahne al día siguiente.
— ¿Estás emocionada, hija? —me preguntó, sonriendo inocentemente.
Sí, mamá; por supuesto que estaba emocionada. Papá y tú habíais decidido emparejarme con un macho sin mi conocimiento ni mi consentimiento, antes siquiera de que cumpliera los cuatro años; y encima era con alguien para el que solamente era un objeto que limpiaba, cocinaba y con el que podía acostarse cuando quisiera.
Muchas gracias. Erais los mejores padres del mundo. ¿Qué haría yo sin vosotros?
— Estás nerviosa, ¿eh? —me dijo, feliz en su inocencia, al ver que yo no pronunciaba una sola palabra—. Yo también estaba nerviosa cuando me emparejé con tu padre, pero no te preocupes, es algo normal. —Me dedicó una sonrisa cómplice y me guiñó un ojo—. Anda, duérmete y no te preocupes más. Ya verás cómo es maravilloso.
Sin decir nada más, agachó la cabeza para besarme en la punta de la nariz y se dio la vuelta para salir de mi habitación, mientras yo la observaba en silencio, intentando contener las lágrimas; pero, tan pronto como cerró la puerta y se alejó a una distancia que consideré suficiente como para que no me oyera, enterré la cabeza en mi almohada y comencé a llorar.
¿Por qué tenía que ocurrirme esto a mí?
¿Por qué querían destrozarme la vida obligándome a pasarla junto a ese desgraciado?
Hipé dos veces, y después sentí una pequeña punzada de remordimiento por ese pensamiento. Eran mis padres. Ellos no eran monstruos sin corazón que tenían como objetivo hacerme vivir un infierno. Querían que fuera feliz, y sé que darían su vida por ello.
Pero, aunque ellos no lo sabían, estaban a punto de conseguir lo primero.
Hirviendo de rabia y frustración, golpeé mi almohada con mi pata derecha, y después me di la vuelta para hacer lo mismo con la pared. Algo más aliviada, di un fuerte respingo y me di la vuelta para quedar mirando al techo de madera de mi habitación, con los ojos cubiertos por mis patas delanteras. En mi mente, daba vueltas una y otra vez al mismo pensamiento.
¿Cómo podía librarme de mi emparejamiento?
Bueno, siempre podía suicidarme; pero eso lo dejaba como último recurso. Y matarlo, por desgracia, tampoco era una opción. No con toda su familia y la mía en casa.
¿Y entonces?
Tal vez pudiera fingirme enferma. No; eso no funcionaría. Como mucho, sólo conseguiría ganar unas cuantas horas, y aun así dudaba mucho que eso consiguiera disuadirle.
Emitiendo un suspiro frustrado, mordí la almohada de paja al tiempo que estrellaba una cola contra el colchón. Maldita sea. Si pudiera hacer lo mismo que Volbeo e Illumieta y parecer muerta, ya tendría el problema resuelto.
Pero no podía, de modo que tenía que buscar una forma de quitármelo de encima.
De momento, ya sabía que no era posible por muerte ni enfermedad, ni tampoco simplemente negándome a ser su pareja. Mis padres, machistas como él, no me permitirían moverme de la habitación hasta que no hubiera aceptado emparejarme con Mahne. Y seguro que él me daría una buena paliza por desobedecerle tan pronto como hubiéramos llegado a su casa.
Me daban escalofríos sólo de pensarlo.
Frustrada, me di la vuelta otra vez, y esta vez quedé mirando a la pared. Sin pensarlo, le di un golpe con mi pata, que en el silencio de la noche sonó como un cañonazo.
Instintivamente, reprimí una maldición, y me apreté la pata derecha con la izquierda para amortiguar el dolor que sentía. Maldita sea, cómo dolía.
Pero más me iban a doler las palizas que me iba a dar Mahne si no conseguía librarme de él.
Si se me ocurriera una forma de escapar de él… Tenía que existir por fuerza. Seguro que existían muchas, pero yo solo necesitaba una. Una sola nada más.
Dejando escapar un largo suspiro de desesperación, giré la cabeza hasta que mis ojos quedaron justo enfrente de la ventana. Entonces, sin saber muy bien por qué, me levanté y apreté mi cara contra el cristal hasta que pude mirar el exterior a través de mi reflejo.
Fuera de mi casa, hacía tiempo que había caído la noche, y las estrellas titilaban débilmente en el cielo nocturno, intentando en vano vencer a la oscuridad con su luz. Flotando majestuosa sobre el horizonte, brillaba la luna creciente, apenas un fino hilo blanco entre la oscuridad de la noche. Una bandada de Woobat pasó volando a apenas un metro de mi ventana, y no pude evitar sentir envidia de ellos. Ellos eran libres para volar por donde quisieran, sin nadie que les dictara lo que hacer ni cómo hacerlo. Ellos vivían a su antojo, como yo siempre había querido.
Y seguro que nadie les forzaba a emparejarse con alguien a quien no amaban.
Si pudiera estar ahí fuera y ser libre como ellos…
De repente, un pensamiento atravesó mi cerebro, haciendo revivir las pocas esperanzas que tenía. Claro que podía estar ahí fuera.
Es más, iba a estarlo en cinco minutos.
Sonriendo por primera vez desde que mi madre me dio la noticia, salté al duro suelo de madera de mi habitación desde mi cama con la sábana entre los dientes, y una vez abajo comencé a darle tirones hasta que salió de debajo del colchón. Hice lo mismo con la otra sábana que cubría la cama, y después abrí mi ventana lentamente para no hacer ruido, conteniendo la respiración mientras lo hacía.
Una vez hube terminado de girar la hoja de la ventana, bajé de nuevo al suelo, y, cogiendo la sábana entre mis dientes, volví a saltar encima del colchón. Entonces, caminé con cuidado hasta la esquina superior derecha, donde se levantaba el cabecero de madera; y, poniéndome a dos patas y apoyando en él las otras dos, anudé cuidadosamente la sábana alrededor de la bola de madera que adornaba su extremo usando mis patas y mi boca. Cuando terminé, tiré de ella con mis dientes para asegurarme de que el nudo estaba bien hecho, y sonreí con satisfacción. Me había quedado perfecto.
Ahora sólo faltaba repetirlo en el otro extremo de la sábana, lo cual hice en poco menos de un minuto, formando así una cuerda con mis sábanas que colgaba desde mi ventana a aproximadamente medio metro del suelo. Contemplé mi obra con satisfacción, y enseguida salté al alféizar de la ventana para comenzar mi camino a la libertad.
Sin embargo, tan pronto como mis patas tocaron el fino tablón de madera comencé a dudar de si era seguro bajar deslizándome por la cuerda hasta llegar al suelo. Durante un segundo, observé la sábana, y después retrocedí un paso, asustada. Seguro que un pokémon bípedo no tendría ningún problema en llegar al suelo; pero yo, que era una Vulpix y andaba a cuatro patas, lo tenía mucho más difícil para bajar por ella sin caerme. Y conseguirlo era esencial: si me caía y me rompía una pata en la caída, nunca podría alejarme lo suficiente de mi casa como para escapar de Mahne antes de que llegara.
Durante unos segundos, miré el suelo extendido bajo mis patas, dudando de si debería saltar o no; y apreté los dientes, asustada. La verdad es que tenía miedo. Miedo de caerme. Miedo de hacerme daño. Miedo de alejarme de mi casa. Miedo de lo que había más allá de nuestra propiedad. Pero entonces recordé que si no lo hacía me vería obligada a emparejarme con Mahne, y el miedo que él me daba fue más que suficiente como para vencer a los otros y hacer que me decidiera a bajar.
Bajando la cabeza hasta el nivel del alféizar, cogí la cuerda firmemente entre mis dientes, y, temblando como un flan, conseguí reunir el suficiente coraje como para saltar.
Durante el primer segundo, mientras todavía subía, me sentí ingrávida, como si estuviera flotando en el espacio; hasta que la gravedad empezó a actuar sobre mí y me hizo caer a plomo. Aterrada, cerré los ojos para no verlo, y justo entonces sentí un fuerte tirón en la boca al mismo tiempo que la sábana se tensaba, impidiendo que prosiguiera mi caída hacia el suelo. Contuve un suspiro de alivio mientras una gota de sudor frío corría por mi frente. La jugada me había salido bien.
Con sumo cuidado por si acaso perdía el equilibrio o la cuerda decidía ceder en aquel preciso instante (de lo cual estaba casi segura de que no ocurriría, porque sólo pesaba nueve kilos y medio), hice oscilar mi cuerpo adelante y atrás en la dirección en que se encontraba la sábana, buscándola nerviosamente con las patas para conseguir un punto de apoyo; porque mi boca, cansada y dolorida, no era capaz de mantenerme suspendida por sí sola. Cada vez más nerviosa y asustada a medida que pasaban los segundos y seguía sin encontrarla, comencé a patalear frenéticamente, intentando colocarla entre mis patas mientras sentía cómo el tejido de lino se deslizaba bajo mis dientes, hasta que finalmente la sábana se escapó de entre ellos y caí al vacío. Mis labios emitieron un chillido cargado de puro terror, y me preparé para el inevitable impacto contra el suelo mientras apretaba mis patas contra mi cuerpo en un último intento de aferrarme a la cuerda.
Durante unos segundos, estuve suspendida en el aire, con los ojos cerrados con fuerza y esperando un golpe que nunca llegó. Extrañada, abrí los ojos para ver qué había pasado, y entonces tuve que morderme la lengua para contener un grito de alegría que con toda seguridad habría alertado a mis padres de mi huida. Lo había conseguido. Había conseguido cogerme a la cuerda antes de caer al suelo.
Respirando hondo para calmarme al mismo tiempo que sentía la adrenalina escalando rápidamente por mi espina dorsal, bajé lentamente la cabeza para ver a qué distancia estaba del suelo, y volví a subirla como un rayo mientras me mordía la parte interna de las mejillas para impedirme abrir las patas en un gesto de victoria. El extremo inferior de mis colas apenas distaba unos quince centímetros de la tierra; tan cerca que incluso un Diglett podría tocarlas. Con una sonrisa, me solté de la sábana,y tan pronto como la planta de mis patas tocó el suelo rodé sobre mí misma para ponerme de pie.
Desde luego, la suerte estaba de mi parte en mi huida.
Con la respiración todavía agitada por el miedo, eché a andar en dirección contraria a donde estaba mi casa, caminando en línea recta a través del campo y los sembrados de mi familia sin saber muy bien adónde iba. Y tampoco es que me importara mucho. Lo único que quería era alejarme lo máximo posible de mi casa y de Mahne antes de que se hiciera de día. Pero a cada paso que daba sentía un regusto amargo en la boca y un peso cada vez más grande en mi corazón.
Era lo normal. Me estaba escapando de mi casa y de mis padres, del lugar en el que había vivido toda mi vida, que me había visto crecer; años y años de recuerdos que ahora volvían a mi mente y me hacían aflorar las lágrimas. Una parte de mí quería volver; pero me forcé a ignorarla y seguir adelante entre la oscuridad con las lágrimas deslizándose por mis mejillas. Sin embargo, finalmente los recuerdos fueron más fuertes que yo; y cuando estuve a una distancia que consideré prudencial me permití detenerme y sentarme en el frío suelo, mirando hacia donde estaba mi casa con lágrimas en los ojos.
A pesar de la distancia y el velo líquido que me cubría la vista, todavía podía ver su silueta cortando el aire en la lejanía. Su forma pequeña y compacta, limitada por las paredes y un techo completamente rectos, solamente interrumpidos por una chimenea cuadrada. Incluso podía ver una luz en la habitación de mis padres, que enseguida se apagó. Inmediatamente, sentí una punzada de pena y remordimiento en mi corazón. Pobrecitos. Tan ilusionados que estaban con emparejarme, y yo estaba aquí, a cientos de metros de mi casa. Podía imaginarme su disgusto y su preocupación cuando despertaran y descubrieran que yo ya no estaba allí. Su única esperanza, asegurarme un futuro, destruida por mi pata en un instante.
Con las lágrimas corriendo por mis mejillas, me levanté y me alejé corriendo de allí.
Papá, mamá, aunque no pudierais oírme, quería deciros que no era culpa vuestra. No estaba huyendo de vosotros ni porque fuerais malos padres; al contrario, habíais sido unos padres excelentes. Siempre habíais estado a mi lado dándome ánimos cuando más lo necesitaba y nunca habíais dudado a la hora de sacrificaros por mí. No os culpéis, por favor. Erais los mejores padres del mundo.
No, la culpa era de ese maldito Mahne y de sus malditos padres. Si no os hubiera convencido de que debía emparejarme con él, nada de esto hubiera pasado.
Lo siento mucho, de verdad. Sé que vosotros sólo queríais que fuera feliz; pero teníais que entender que no podía serlo al lado de Mahne. No podía ser feliz al lado de alguien para quien sólo eras un objeto.
Por eso me iba de casa. No era por vosotros. Era por mí. Tenía que hacerlo. Debía marcharme para que no tuvierais que arrepentiros de vuestra decisión.
No os preocupéis por mí. Estaré bien. Creo que sabré cuidarme por mí misma.
Abrumada por los recuerdos, me detuve por última vez para observar mi casa, ahora apenas un diminuto puntito oscuro en el horizonte, con lágrimas en los ojos y una sonrisa forzada en los labios.
Adiós, mamá. Adiós, papá. Gracias por todo lo que habéis hecho por mí. No estéis tristes. No estaré fuera mucho tiempo. Sólo hasta que comprendáis por qué tomé la decisión de irme de casa y aceptéis mi voluntad de emparejarme con aquel a quien yo ame. Y sé que no tardaréis en hacerlo, porque erais los mejores padres del mundo.
Algún día volveré. Algún día, cuando aceptéis mi decisión y pueda demostraros que no necesitaba estar emparejada con Mahne para ser feliz. Volveremos a vernos.
Os lo prometo.
