Buenas otra vez.
Ya ha pasado un año desde que que comencé este proyecto. El 9 de octubre de 2012 colgué aquí el primer One-Shot de la colección. Desde aquí, me gustaría dar las gracias a todos los lectores que han pasado por aquí, y especialmente a los que han contribuido con sus reviews y favoritos. Espero poder seguir contando con vosotros en este segundo año. Todavía quedan muchas canciones para las que escribir un One-Shot.
También me gustaría aprovechar para dedicarle este One-Shot a John Lennon, quien hoy cumpliría setenta y tres años de no haber sido asesinado hace treinta y tres. John, tus fans no te olvidamos.
Disclaimer: Poseo pokémon. Nah, es mentira, no lo poseo.
Autor: Lennon/McCartney. Álbum: The Beatles (White Album), disco 2. Año: 1968
Dejando escapar un prolongado suspiro de satisfacción, apoyé mi cabeza lentamente sobre la dura piel del hombro de mi compañero Skied. Él lo notó, y giró la cabeza hacia mí con una cálida sonrisa en su rostro iluminado por la luz anaranjada del atardecer; que yo le devolví, sonrojándome. Me sentía tan feliz… Después de un duro día de trabajo, estaba sentada en la cima del Acantilado de los Enamorados junto al macho que me gustaba, contemplando en silencio cómo el sol se iba ocultando lentamente tras la línea en la que el agua y el cielo, anaranjados por un instante, se fundían en uno solo. ¿Qué más podía pedir?
Tal vez… que aquel instante durara para siempre.
Pero, por supuesto, aquello no podía ser. El tiempo no podía dilatarse; y no tuve más remedio que conformarme con los apenas treinta segundos que me concedía el astro rey al recorrer la parte final de su recorrido diario por el cielo. Y mientras iba descendiendo en busca de las oscuras regiones del planeta que añoraban su luz tras las largas horas de oscuridad nocturna, yo contemplaba la belleza de la puesta de sol con una sonrisa de idiota enamorada. Porque es lo que era. Y él estaba a mi lado.
Muy lentamente, el gran disco de fuego continuó su parsimonioso descenso por el cielo, y pronto su extremo inferior tocó el horizonte. Los dos clavamos nuestra mirada en él, sonriendo, y la mantuvimos fijamente hasta que su parte superior hubo desaparecido detrás del lugar en el que el cielo y el mar se encontraban, dando comienzo a una nueva noche, sin parpadear ni desviar la mirada ni un solo instante. La intensa luz, aunque menos que al mediodía, me hacía daño en los ojos, pero lo ignoré. No estaba dispuesta a malgastar ni un solo segundo de mi preciosa puesta de sol junto a Skied; y por ello solamente bajé los párpados una vez que el maravilloso espectáculo diario de la naturaleza hubo terminado.
Sentí el contacto de una mano pequeña y suave sobre mi hombro izquierdo, y entonces me di cuenta de que había perdido por completo la noción del tiempo. Abrí los ojos y sacudí la cabeza para volver a la realidad mientras sentía la sangre correr por mi cuerpo, buscando mis mejillas. Pero a él no parecía importarle, a juzgar por su amplia sonrisa y el semblante alegre con que me miraba.
De repente, Skied levantó su mano de mi pelaje, y se puso en pie frente a mí sobre sus patas traseras. Fruncí levemente el ceño; yo quería que siguiéramos así un ratito más… Pero enseguida se borró cuando alargó sus manos y me cogió por los costados y comenzó a levantarme. Me puse completamente colorada, y mientras me subía hasta la altura de sus ojos no pude hacer otra cosa que mirarle, atónita. Todavía no me podía creer que estuviera haciendo aquello, pues Skied siempre había sido muy parco en gestos, de los que decía que eran una manera rápida de comenzar una larga y amarga disputa. E incluso más raros en él eran los gestos de cariño, que consideraba estrictamente reservados para la familia más inmediata y el pokémon amado. Por eso él y yo nunca nos habíamos ni tan siquiera abrazado, y muchísimo menos besado, aunque fuera en la mejilla.
― Feliz cumpleaños, Loretta ―dijo sonriente y mirándome a los ojos; y me abrazó.
Mis ojos y mi boca se abrieron como platos cuando le oí pronunciar aquellas palabras, y cuando sentí volar mi ligero cuerpecito hacia el suyo, impulsado por la fuerza de sus brazos; y cuando sentí el contacto de mi cuerpo con la lisa y suave piel crema de su abdomen, creí que me iba a estallar el pecho de alegría. Sus brazos se estrecharon en torno a mi cuerpo, apretándome con suavidad y ternura, al mismo tiempo que yo ponía mis patas delanteras sobre sus hombros amarillos y las doblaba siguiendo la forma de su áspera espalda. Estaba ocurriendo de verdad. Lo había soñado tantas veces, al principio y al final, como fin o punto de partida de mis sueños románticos… Pero ahora era real. El contacto, el calor que intercambiaban nuestros cuerpos, el tacto de su piel contra mi pelaje, el amor y el cariño que yo sentía por él y trataba de comunicarle durante nuestro abrazo. Con una sonrisa de felicidad en el rostro, cerré los ojos y me dejé llevar, intentando disfrutar al máximo de un instante que no creía que se volviera a repetir en mucho tiempo.
Sin embargo, apenas habían transcurrido unos segundos cuando mi compañero colocó sus manos contra mis hombros y se separó de mí, terminando el primer gesto cariñoso que me había dedicado en mi vida y el contacto que manteníamos. Sus brazos se abrieron, alejándose de mi piel, y bajó los hombros de modo que mis patas se deslizaron sobre ellos, dejándolas sin ningún punto de apoyo sobre su cuerpo; y caí a tierra sobre mis patas delanteras con un sonido amortiguado. No pude evitar un suspiro de decepción. Había esperado tanto tiempo a que Skied por fin me mostrara cariño, y había durado tan poco tiempo…
― Creo que deberíamos volver al gremio ―dijo, poniéndose en camino mientras hablaba―. Es tarde, y todos han de estar ya preocupados por nuestra tardanza.
Bastante decepcionada con cómo había terminado nuestro abrazo, eché a andar junto a él. Esperaba que fuera algo más largo, o algo más apasionado o íntimo, no sé. No había sido como yo siempre me había imaginado que sería. Claro que la culpa era solamente mía, por hacerme ilusiones cuando sabía perfectamente que solamente era su amiga.
A un ritmo bastante lento, como si algo le preocupara ―incluso como si presintiera que algo iba a ocurrir―, pasó por encima de la reja bajo la que Lettdi comprobaba la huella de todos los que pretendían entrar en el gremio, y, conmigo detrás, entró por la abertura abierta en la gran carpa rosa con forma de Wigglytuff que señalizaba la entrada al pokégremio. Sin girarse ni pronunciar una palabra, se agarró con fuerza al palo con salientes que hacía las veces de escalera, y comenzó a bajar por él sin hacer caso a las vibraciones que amenazaban con hacerla caer al suelo. Apenas había tardado un mes en acostumbrarse a ellas; mientras que yo, nueve meses después, seguía sin conseguirlo y con un miedo tremendo cada vez que tenía que bajarlas. Pero tenía mis razones: era sumamente difícil bajar una escalera andando a cuatro patas, y además cada vez que alguien ponía un pie sobre ella el palo comenzaba a ladearse e inclinarse peligrosamente de un lado a otro, amenazando con tirar al suelo a quien se encontrara sobre ella en aquel instante. Todos nos habíamos quejado de ella en muchas ocasiones ante el gran Bluff ―sobre todo Aby y yo―; pero él nunca nos hacía caso, y aducía el reducido presupuesto del gremio como excusa. Pero si no teníamos un Poké, era culpa suya y de sus manzanas perfectas.
Pero, afortunadamente para mí, hacía semanas que había logrado encontrar una manera segura de bajar: en lugar de ir poniendo cada pata en un escalón diferente, como era lo normal, ponía las dos juntas en el mismo antes de avanzar al siguiente. Era mucho más lento, sí, y casi siempre estaba todavía en la parte final de la primera cuando Skied ya había llegado a la segunda planta; pero también era muchísimo más seguro, y desde que comencé a usarlo no había vuelto a caerme.
Algo más de un minuto después, cuando mis cuatro patas estuvieron por fin en el suelo de la primera planta (y yo mucho más tranquila), levanté la mirada del suelo, y vi a Skied enfrente de mí. Aquello me chocó bastante, porque era la primera vez que me esperaba. Siempre había seguido su camino sin preocuparse de mí (porque sabía que llegaría sana y salva, estoy segura); pero hoy evidentemente algo había cambiado. Daba la impresión de que algo le preocupaba. Inmediatamente, mi cerebro se desplazó a su lentitud a la hora de entrar en el gremio, e intenté buscar una conexión entre los dos instantes. Quizás estuviera pensando en sus cosas. Igual tenía algún problema pendiente al que no lograba encontrar solución. O también podía ser que le hubiera vuelto a dar la nostalgia y echara de menos a su familia y a su hogar.
― Baja tú primero, Loretta ―me ofreció, dando un paso hacia atrás y apartándose de la escalera.
Vale, ahora estaba claro: estaba tramando algo. Era la única explicación convincente de su comportamiento. Y si creía que no iba a averiguar el qué, estaba muy equivocado. Le iba a seguir el juego, haciéndole creer que lo ignoraba por completo, hasta que descubriera qué e traía entre manos. Yo no tenía secretos con él (excepto mi historial amoroso, pero él no tenía por qué saber con qué machos había estado saliendo). ¿Por qué los tenía él conmigo?
Fingiendo que no sospechaba nada en absoluto, comencé a bajar con lentitud por el maldito palo, con mucho cuidado, apoyando bien los pies en los escalones y manteniendo la mirada fija en el suelo de tierra. Skied decidió no esperar a que yo hubiera terminado de bajar, y comenzó su descenso poco después de que yo hubiera pasado del palo transversal central, lo que hizo que el largo palo comenzara a vibrar y a zarandearse peligrosamente. El pánico al vacío me dominó, y me aferré con toda la fuerza que pude a la áspera corteza para no caer al suelo.
― ¡Skied! ―chillé, clavando las garras de mis pies en la madera y apretando los párpados con fuerza para no ceder al vértigo―. ¡Párate, que me tiras!
― Lo siento, Loretta ―se disculpó él, frenándose en seco.
Las oscilaciones se detuvieron en el acto, pero a pesar de ello no seguí bajando; al menos no inmediatamente. En su lugar, decidí esperar unos segundos para calmarme un poco, aunque no conseguí tranquilizarme por completo hasta que hube bajado el último escalón y mis cuatro patas se posaron en tierra.
El sonido de un carraspeo llamó mi atención, y levanté la vista del suelo, esperando encontrarme con el típico bullicio de la segunda planta a última hora del día, con los equipos de rescate ajetreados yendo a cenar y preparando las expediciones del día siguiente. Sin embargo, lo que vi hizo que mis ojos se abrieran de par en par y mis labios formaran una amplia sonrisa mientras intentaba no perder la compostura.
― ¡Sorpresa! ―gritó Draxea, extendiendo los brazos y dando un paso al frente.
Al instante, Scethga salió de entre la multitud de pokémon reunidos y le dio un golpe por detrás a la dragona con la parte plana de sus cuchillas, con tal fuerza que la tiró al suelo de boca.
― Draxea, habíamos quedado en que ya Loretta ya es mayor para que le hagamos eso ―la regañó su compañera.
No me lo podía creer. No sólo se habían acordado de que era mi cumpleaños, sino que además me habían organizado una fiesta de cumpleaños. Quise correr hacia ellos y fundirme con ellos en un abrazo mientras lloraba de emoción; pero contuve mis instintos y, con voz temblorosa, les agradecí que se hubieran acordado de mí y se hubieran tomado tantas molestias en prepararme una fiesta.
― Felicidades ―dijo Skied, aterrizando en el suelo justo detrás de mí y poniendo una mano en mi espalda.
Por un instante, mis patas temblaron como si estuvieran hechas de mantequilla, y creí que me iba a derretir con su contacto y sus dulces palabras. Acto seguido, el jefe del gremio, el gran Bluff, carraspeó audiblemente; y Skied separó su mano de mi espalda para ir a ponerse con los demás.
― Feliz cumpleaños, Loretta ―dijo el gran Bluff, dando un paso hacia adelante con una bolsa de tela entre las manos, y me la entregó completamente ilusionado. No pude evitar reír un poco, tratando de disimularlo. Parecía un niño pequeño nervioso por haber encontrado el regalo adecuado; y la solo la gracia que me hacía verlo compensaba con creces haber hecho que Skied se separara de mí―. Son manzanas perfectas.
Abrí los ojos, sorprendida. Apenas me lo podía creer. Las manzanas perfectas eran al gran Bluff lo que el Remoraid a un Mantine, y casi nunca se podía ver al uno sin las otras. Es más, incluso había llegado a gastar casi todo el presupuesto para volver a llenar sus reservas en lugar de gastarlo en cosas más necesarias. Para él, tenía que haber sido un enorme sacrificio regalármelas en lugar de comérselas.
― Y de mi parte, Loretta ―dijo Chatot, alzando el vuelo para revelar una pequeña caja envuelta en papel de regalo de brillante color azul eléctrico que estaba justo detrás de su cuerpo. ¿Qué podría ser? Seguro que era algo que nos sirviera en las misiones, porque el pokémon volador siempre se preocupaba por nuestras necesidades antes que por las suyas―… ¡Cruaaac! Un botiquín nuevecito.
Una sonrisa asomó a mi rostro mientras avanzaba hacia mi regalo y lo cogía entre mis dientes para colocarlo junto a las frutas. Era casi como si me hubiera leído la mente. Era justo lo que necesitábamos en ese momento, porque el que nos habían regalado al entrar en el gremio estaba casi agotado y nunca habíamos tenido tiempo de reponerlo.
― Muchísimas gracias, Chatot ―dije, dedicándole una amplia sonrisa―. Era justo lo que necesitábamos.
El pokémon volador me devolvió el gesto sin vacilar, contento por haber encontrado el regalo apropiado, y dio un paso a la derecha en el mismo instante en que Aby daba un paso adelante, sonriente y con un paquete ancho y delgado bajo su pata delantera. Incluso antes de abrirlo, ya sabía lo que era.
― He conseguido encontrar el libro, Loretta ―anunció, visiblemente emocionada, y confirmando mi predicción.
― ¿Eh? ¿Qué libro? ―respondí yo, haciéndome la tonta.
Por supuesto que sabía a qué libro se refería. Si había sido yo la que se lo había pedido. Era una novela romántica sobre una Kirlia tímida e insegura que, cuando tras muchos esfuerzos consigue una cita con su amor, viene una Sneasel y se lo quita. Entonces, la Kirlia promete vengarse de ella, y lo que hace es pagarle con la misma moneda, ligándose a todos los machos que le gustan a ella. Hasta ahí, todo normal. Pero es que el escritor, un Watchog cuyo nombre no lograba recordar, no había escatimado en absoluto en detalles, y la historia se había hecho famosa rápidamente por su cantidad de escenas subidas de tono; aunque sin llegar a ser completamente explícito. Pero yo no lo quería por eso, de verdad. Solamente quería leerlo porque muchas hembras afirmaban que los trucos que utilizaba la protagonista en sus conquistas también les habían servido a ellas, y quería comprobar por mi cuenta si eso era cierto.
― Bueno, ya lo abriré en mi habitación y veré cuál es. ―Me encogí de hombros, empujando el paquete al montón de regalos con la pata al mismo tiempo que le guiñaba un ojo cómplice a la pokémon siniestra―. Muchas gracias.
Divertida, la Absol asintió con la cabeza y volvió con sus compañeros de equipo, riéndose para sus adentros. Vale, había disimulado muy mal, pero no podía permitir que Draxea supiera qué me había regalado. Me estremecía sólo de pensar en lo que podría decir.
Pensativa, giré la cabeza para observar a su equipo de rescate. Junto a ella estaban Natrimu, el Natu, pequeño hasta para su especie; y Ruk, el Gothorita. Y a su lado, hablando con él con cara de preocupación, Skied. El pokémon psíquico y él se habían hecho muy amigos desde la fiesta que dio el primero en su habitación. Por un instante, deseé ser capaz de entender lo que decían, aunque sólo se estuvieran contando las misiones que cada uno había llevado a cabo.
Tan concentrada estaba en los dos machos hablando que ni siquiera me di cuenta de que mis pies habían dejado de tocar la tierra. Durante un segundo, estuve flotando en el aire, avanzando lentamente hacia delante, sin que yo me percatara de ello hasta que vi que mis compañeros moviéndose lentamente hacia mi derecha. Alarmada, miré al frente, solamente para ver cómo todo mi cuerpo flotaba por el aire, aproximadamente a un metro del suelo. Aterrada, lancé un potente chillido de pánico y comencé a patalear en el aire en un intento desesperado por conseguir volver al suelo;pero tuvieron que transcurrir algunos segundos hasta que quien me estuviera llevando accediera por fin a devolverme a tierra. Y mientras tanto, mis compañeros se limitaban a mirar mi cara de susto y mi pataleo desesperado, sin hacer nada en absoluto por evitarlo. Qué vergüenza.
Por fin, pude sentir tierra firme bajo mis patas; pero sólo las traseras, porque las delanteras permanecían en el aire sujetas por alguna especie de poder psíquico. Asustada, giré la cabeza para ver quién me había dado aquel paseo aéreo, y me topé de bruces con el cuerpo gris azulado y la enorme cabeza surcada por amplias líneas negras de Elgyem, tan cerca de mi rostro que nuestros labios casi podían tocarse. Sus labios se curvaron en una amplia sonrisa; y, ni corto ni perezoso, me tomó por los costados y se inclinó sobre mí, tocando su cabeza con la mía una vez a cada lado.
― Luhagic seqnaquebic, Loretta ―dijo, visiblemente emocionado.
Por un momento, lo miré atónita, sin comprender nada en absoluto de lo que estaba diciendo. Pero él seguía allí, esperando alegre y animado, con las manos detrás de la espalda, como si estuviera escondiendo algo. Me depositó suavemente en la tierra, retirando la fuerza psíquica que mantenía mis patas delanteras en el aire; y entonces caí en la cuenta de que me había dedicado una felicitación en su lengua nativa. Sorprendida, sonreí para mis adentros. Nunca había imaginado que recibiría una felicitación en extraterrestre.
― Muchas gracias, Elgyem ― le respondí con una sonrisa sincera.
El pokémon alienígena asintió tímidamente, y continuó hablando alegremente en su idioma:
― Aq umastoq abcarii, equ Elgy-em, seqnaquebic-farui… ―se detuvo al ver que yo no entendía ni una sola palabra de lo que me estaba diciendo y vaciló un momento; pero enseguida extendió los brazos y depositó sobre el suelo lo que llevaba en ellos, justo delante de mí.― Para ti, Loretta ―pronunció con dificultad, a pesar de todos los meses que llevaba con nosotros.
Intrigada, bajé la mirada para ver mi regalo. Era un objeto pequeño, de color ocre, y que parecía hecho de arena. Pero no sabía lo que era. Acerqué la mirada para averiguarlo, y descubrí que se trataba de la figura de un Eevee que contemplaba con curiosidad una extraña esfera de su mismo tamaño.
―Ser Skíed ―explicó Elgyem, apuntando a la pelota con sus dedos redondos― y tú. ―Colocó su mano sobre el Eevee―. Estáis playa-en… ―buscó la palabra que tradujera lo que quería decir en su lengua― nicsbefor… um… comienzo.
Por un momento, quise golpearme la cabeza. ¿Cómo podía no haberme dado cuenta de que esos éramos en realidad nosotros? ¡Si la pelota hasta tenía la piel en bloque típica de los Sandshrew! Lo que me había regalado era ni más ni menos que una reproducción del momento en que Skied y yo nos conocimos, con tanta fidelidad y lujo de detalles que incluso aparecía la pequeña herida que me había hecho el día anterior en la oreja. Aquello suscitaba enseguida la pregunta de cómo sabía que me había hacho aquella herida, ya que él había entrado al gremio dos semanas después de que Skied y yo lo hiciéramos; pero decidí que no me importaba, y tomé su regalo entre mis dientes y lo coloqué encima del libro, teniendo cuidado para que no se rompiera. A partir de ese momento, la humilde figurita iba a convertirse en uno de mis más preciados tesoros.
― Muchísimas gracias, Elgyem ―dije, emocionada―. Pero, ¿cómo lo has hecho? Tiene que haberte costado muchísimo trabajo tallarlo.
El alienígena asintió, tímidamente, diría, y contestó con naturalidad:
― Nada es, Loretta. Indiszusa… em… compañeros somos y yo tú, y tu … er… seqna… aem… cumpleaños ―encontró por fin la palabra que buscaba. En serio, para llevar tantos meses con nosotros, todavía tenía muchas lagunas de vocabulario; y eso por no hablar de la gramática― es hoy.
Lo observé fijamente, de arriba abajo, y sonreí.
― Muchísimas gracias ―repetí.
― Saqu decaie… No hay de qué ―murmuró él, y se dio la vuelta para ir con su compañero de equipo, Durant. Ay… ¿por qué pasaba tanto tiempo Skied con Ruk, si tendría que estar conmigo, la cumpleañera?
― ¡Feliz cumpleaños, Loretta! ―gritó a mi lado una voz aguda que conocía especialmente bien: la de Draxea. Giré la mirada hacia ellas, pero me topé de bruces con la portada de una revista―. ¿Te gusta tu regalo? ―preguntó pícaramente.
― ¿En serio, Draxea? ―dije, incrédula e intentando mirarla al menos molesta, pero hiciera lo que hiciera era incapaz de apartar los ojos de aquel Sandslash en esa postura tan… sugerente―. ¿Una revista de… de esas?
― No, es de Scethga ―contestó la Fraxure, cerrando los ojos y haciendo chascar la lengua―. Vale, es mía ―admitió después de que la Scyther la golpeara con la hoja plana de sus cuchillas―. ¿Pero a que te ha gustado?
Al instante, me puse tan colorada como una baya Tamate. Pero no era culpa mía. Era tan atractivo y masculino… ¿Se convertiría Skied en un Sandslash así cuando evolucionara?
― Y a ti te gustan todos y tienes novio ―murmuró la Scyther.
― ¡Oye!
― Los Kecleon se han retrasado con nuestro pedido ―dijo Scethga, ignorando por completo a su compañera.
Ah, sí, los Kecleon y sus proveedores. Solía pasarles a menudo, lo que traía a todos los equipos de los pelos, pero ¿a qué venía eso ahora? Ah, claro; por eso me habían preguntado si sabía si había ocurrido algo extraño en mi bosque natal. Seguro que tenían que pasar por ahí.
― El nuestro y el de todos ―añadió la Fraxure―. Eso nos pasa por pedirlo todo junto.
― ¿Pero de qué habláis?
― De tu regalo ―dijo Draxea como si se tratase de algo muy evidente.
― ¿Entonces qué pasa con él?
― Que no te lo podremos dar hasta que lo tengan los Kecleon ―respondió Scethga, en un tono casi de disculpa―. Verás, Loretta, todos les encargamos algo a los Kecleon, y ahora resulta que no llega hasta pasado mañana como mínimo.
Golpeé mi pata contra el suelo, enfadada, y mascullé un par de maldiciones contra los Kecleon. Tenderos de pacotilla… Mira que no ser capaces de cumplir con una entrega a tiempo… Ahora ya habían fastidiado a todo el gremio, y a mí. Acababan de destrozar el encanto de los regalos, de abrirlos mientras esperas haber acertado, y en gran parte del cumpleaños. ¿Qué era un cumpleaños sin regalos?
― Lo sentimos ―murmuró Draxea, bajando la cabeza.
― No te preocupes ―la disculpé yo, aún algo molesta―. Tú no tienes la culpa de que esos dos sean unos incompetentes.
Entonces se me ocurrió por qué Skied parecía tan preocupado. Claro; tenía que ser eso. Le habría encargado algo a esos dos, y el día de mi cumpleaños se encontraba sin regalo que darme, y quedando como un pasota que ni siquiera se acuerda del cumpleaños de su compañera de equipo. Pobrecito… No pasa nada, Skied. Yo te perdono.
La dragona y la mantis intercambiaron unas miradas aliviadas, aparentemente satisfechas por cómo había salido todo, y se apresuraron a irse sin decir nada más. Personalmente, yo prefería que me hicieran regalos, por la ilusión de desenvolverlos y la alegría de saber que mis compañeros se habían acordado de mí. Pero las circunstancias eran otras, y tenía que aceptarlo. Por lo menos, el fallo no había sido suyo, sino de los hermanos Kecleon. Por lo menos e habían acordado de mí, y se lo agradecía.
Y Skied… Bueno, él sí que no necesitaba regalarme nada para que me diera por satisfecha. Me conformaba con que estuviera a mi lado, para siempre si podía ser. Y él, preocupado sin merecérselo por culpa de los hermanos Kecleon… Troté hacia él para tranquilizarlo, pero apenas había llegado a dar dos pasos cuando el sonido de una campana cortó mi carrera en seco. Todos volvimos la cabeza hacia la puerta del comedor. Allí, a un metro sobre el suelo, Shai, la Chimecho cocinera, flotaba en el aire con una amplia sonrisa en el rostro.
― ¡Ya está lista la cena! ―anunció mientras doblaba su cuerpo una y otra vez para hacer sonar la campana―. Esta noche tenemos un menú especial de cumpleaños.
Sin perder un segundo, todos corrimos hacia la amplia puerta del comedor tan rápido como nuestras patas nos lo permitían. El adjetivo especial se había encargado por sí solo de estimular nuestras mentes (y estómagos), haciendo que nuestra hambre, dormida hasta entonces, despertara de repente. Y es que la comida de Shai siempre se había caracterizado por ser extremadamente repetitiva. Cocinaba bien, pero siempre con los mismos ingredientes; y por mucho que ella se esforzara en variar siempre acababa haciendo lo mismo día sí y día también. Hago lo que puedo con el dinero que me dan, aseguraba; y todos sin excepción, víctimas financieras del gran Bluff, la creíamos.
Como todas las noches, me dirigí a mi sitio, que estaba casi en la esquina, el segundo más cercano a la puerta de entrada. Me puse a dos patas para subir a la silla, pero antes de que pudiera hacerlo el gran Bluff puso las manos sobre mis hombros, deteniéndome.
― Siéntate esta noche en mi sitio, Loretta ―dijo.
Vaya, eso sí que no me lo esperaba. Me estaba ofreciendo cenar en el sitio de honor, en el centro de la mesa, reservado expresamente para el líder del gremio. Nunca antes había admitido sentarse en otro lugar, ni siquiera cuando se rompieron las patas de la silla, de modo que durante un momento me pregunté si había oído bien. Pero él estaba enfrente de mí, con una sonrisa cordial (y casi boba) en la cara, esperando mi respuesta. Tenía que ir en serio por fuerza.
― Muchas gracias ―dije, echándome al suelo.
― No hay de qué. Somos amigos, y hoy es tu cumpleaños.
La verdad, no se podía decir que la silla del gran Bluff fuera especialmente cómoda. Tampoco era más alta o más ancha que las normales, ni tenía ninguna característica especial que la distinguiera del resto ni que justificara el apego que el jefe del gremio le tenía. Tenía que ser porque estaba en el centro, adonde se dirigían todas las miradas, lo que cuadraba con la importancia de su puesto. Giré la cabeza para ver la puerta de la cocina, en la que estaba ahora mismo la cocinera, y me encontré con la cara de Skied a unos diez centímetros de la mía, donde debería estar sentado Chatot.
― ¿Skied? ―pregunté, sorprendida de que estuviera allí. ¿Cuándo se había sentado?―. ¿A ti también te han puesto aquí?
― ¿Non te has dado cuenta? Desde el principio llevo aquí. Chatot me dijo antes de entrar que este sería hoy mi puesto. Un puesto de honor.
Curiosa, volví la mirada hacia el lugar en que tendríamos que estar Skied y yo. Efectivamente, allí estaban el gran Bluff y Chatot. El segundo parecía desorientado, y giraba la cabeza constantemente de lado a lado; mientras que el primero miraba fijamente en mi dirección, e incluso me saludó con la mano. Después, por la mañana, tenía que darles las gracias por habernos dejado sentarnos juntos en sus sitios.
Un objeto que cruzaba mi campo visual llamó mi atención, y giré la vista justo a tiempo para ver cómo Shai usaba sus poderes psíquicos para depositar una enorme tarta de nata y chocolate justo delante de mí. Nada más verla, se me hizo la boca agua. Tres pisos de bizcocho, separados entre sí por gruesas capas de nata montada, que también lo cubría por encima. Por encima, había usado chocolate para dibujar mi cara, y también para cubrir los lados del pastel. Um… No podía esperar a hincarle el diente.
Pocos segundos después, hicieron su aparición los platos y los cuchillos, sostenidos en el aire por la fuerza psíquica de la cocinera. Sin hacer ruido, se posaron sobre la mesa, delante de cada uno, en el magnífico espectáculo mental que nos regalaba cada la pokémon psíquica. Pero justo antes de cortarla, hizo descender sobre el pastel tres pequeñas velas encendidas., y las clavó en fila en el centro de la tarta.
― Feliz cumpleaños, Loretta ―dijo, aunque con su voz musical más parecía que cantaba las palabras―. Ya son tres años ¿eh?
Le dediqué una sonrisa antes de apoyarme sobre la mesa para poder soplar las tres velas. La próxima vez que lo hiciera, ya sería legalmente una adulta; y podría emparejarme con Skied. Si él quería, claro.
Bajo la mirada expectante de mis compañeros de profesión, reuní en mis pulmones todo el aire que pude, y lo expulsé con fuerza en un solo soplido sobre las llamas, que se apagaron inmediatamente, dejando solamente tres finas columnas de humo negro y un débil olor a quemado como testigos de que una vez estuvieron encendidas. Acto seguido, los miembros del gremio comenzaron a aplaudirme mientras me cantaban el cumpleaños feliz, que escuché con las mejillas encendidas. No sabía decir por qué, pero verlos cantándome y felicitándome me hacía sentir un poco rara.
Por fin, Shai retiró las velas e hizo descender el cuchillo sobre la tarta, partiéndola en dieciocho trozos, que iba dando telequinéticamente a cada pokémon a medida que los iba cortando. Skied y yo fuimos los primeros, y ella, un minuto y medio después fue la última. Solamente cuando ella se hubo servido y sentado, comenzamos a comer.
Inclinándome sobre mi plato, abrí la boca y le di un mordisco experimental, asegurándome de incluir los tres ingredientes en él. De inmediato, su deliciosa combinación de sabores me estalló en la boca. Primero fue el ligero amargor del chocolate, con el que se fundió la dulzura del azúcar mezclado con la nata montada se encargó creando una perfecta fusión de sabores que se introducía por los ojos del esponjoso bizcocho, lo que hacía que su dulzura se fuera liberando lentamente mientras lo masticaba. Era el mejor dulce que había probado en toda mi vida.
― Delicioso ―oí decir a Elgyem a mi izquierda―. Está… muy bueno.
La Chimecho no respondió, al menos de inmediato. Levanté la mirada, y la vi en su sitio, con cara de incredulidad y dos difusas manchas rojas en sus mejillas.
― ¿E… en serio? ― tartamudeó nerviosamente, y el alienígena asintió con la cabeza al mismo tiempo que él y yo comíamos otro bocado.
De nuevo, la fusión de sabores que había logrado la magnífica cocinera que teníamos volvió a excitar todos mis sentidos. En serio, se había superado. Tenía que ser la mejor comida que había preparado nunca. Pero su actitud no me cuadraba. ¿Por qué se avergonzaba de los elogios recibidos, si siempre los había recibido con una sonrisa y agradecimientos? Miré a Draxea, que a su vez le dirigía una mirada maliciosa a la Chimecho; y entonces lo comprendí todo. Pobrecita… No podía ni imaginar la que se le venía encima.
― Eftá buenífimo ―dijo Skied a mi derecha. Volví la mirada, y lo vi doblado sobre su plato, que mantenía inclinado y del que comía con fruición, lamiéndolo de vez en cuando. Pasados unos segundos, se levantó, dejando el plato como los chorros del oro sobre la mesa y me miró, con el morro cubierto de chocolate y nata. Inmediatamente, me sonrojé. Estaba tan mono así…―. ¿No ef verdad, Loretta? ―preguntó con la boca llena.
― Sí ―asentí, tomando otro bocado―. Es la mejor que he probado nunca.
Mi compañero asintió con la cabeza, y se puso derecho sobre su silla con el plato en la mano para enviárselo a Shai con un movimiento preciso de muñeca. Este se deslizó sobre la pulida superficie de madera en línea recta en línea recta, deteniéndose justo delante de donde estaba la Chimecho.
― El mejor dulce que he tenido ocasión de probar ―dijo sin dirigirse a nadie en particular, y añadió―. Mis felicitaciones, Shai.
La pokémon psíquica curvó los labios en una sonrisa, y le dio las gracias animadamente al mismo tiempo que todos le devolvían el plato, limpio como una patena, y yo me comía el último bocado de mi porción. No quería terminármela; pero no podía tener a todo el gremio esperando por una tontería como esa.
― ¿Te ha gustado mi regalo, Loretta? ―preguntó la cocinera; retóricamente, supongo. Cualquiera que nos hubiera visto comer ya sabría lo que pensábamos de sus pasteles.
― Me ha encantado, Shai ―respondí entregándole mi plato y bajándome de la silla―. Cocinas de maravilla.
― Pues mi cumpleaños es dentro de cuarenta y nueve días ―saltó Natrimu desde el suelo. Tenía el pico blanco de la nata.
― Lo tendré en cuenta ―contestó Shai en tono neutro antes de darse la vuelta y devolver la vajilla a la cocina para limpiarla. Justo después, me di la vuelta y salí de la cocina, seguida por el pequeño Natu. Comenzaba a sentir un poco de sueño; y seguramente me habría ido a dormir si no fuera porque tan pronto como crucé la puerta me encontré rodeada por la mayor parte de las hembras del gremio. No me iban a perdonar que les negara diversión, porque esta noche era la única oportunidad que tenían (y yo también) de disfrutar de mi cumpleaños. Por la mañana partiríamos a nuestras respectivas misiones, y no nos volveríamos a ver hasta la noche como muy pronto, cuando la puesta de sol hubiera finalizado el día.
― ¿Y bien? ―preguntó Abby, tomando la palabra―. ¿Cómo se siente tener tres años por fin, Loretta?
Por un momento, la miré desconcertada. ¿Qué clase de pregunta era aquella? Aunque bueno, la verdad es que, después de estar esperando todo el mes anterior con ilusión a que llegara el gran día, no sentía nada especial. Probablemente hubiera sido un día como los demás si no fuera porque hoy tenía un año más que ayer. Y eso, la verdad, era bastante deprimente. Darme cuenta de que, al final, no era tan especial como había imaginado todo este tiempo…
― ¿Más enamorada de Skied que nunca? ―preguntó, cómo no, Draxea.
― Sí, claro ―respondí con seguridad mientras lo buscaba con la mirada. Allí estaba, en el otro extremo de la estancia, hablando con Natrimu. Aún parecía preocupado. ¿Tanto le inquietaba lo que pudiera pensar sobre que no me regalara nada? ¿O es que acaso tenía otra cosa en mente?
― ¿Y lista para declararte? ―preguntó Aby, sonriendo con picardía.
Inmediatamente, la sangre subió en tropel a mis mejillas mientras sentía la vergüenza agolparse en mi pecho. Skied… Nunca había tenido el valor de confesarle mis sentimientos. No sabía por qué, pero una parte de mí estaba satisfecha con mantener una relación puramente platónica, y carecía por completo de la fuerza suficiente como para forzarla a llevar nuestra relación a un nuevo nivel. Si fuera capaz de lograrlo, tal vez…
― ¡Loretta! ―exclamó la pokémon siniestra―. ¡Llevas un año enamorada de él!
― Once meses ―corregí en un murmullo―. Pero es que… no sé… Sigo teniendo miedo―confesé.
― No creo que te vaya a negar nada ―dijo Monde―. No hoy. Si lo hace, es que es un patán sin sentimientos.
― Pero…
― Pero nada, Loretta ―me interrumpió Scethga, agachándose y mirándome a los ojos―. ¿Recuerdas lo que te dije sobre el miedo al rechazo?
― Mírame a mí ―dijo Aby antes de que pudiera contestarle a la pokémon mantis―. Yo también creía que iba a rechazarme, pero al final conseguí convencerme de que no podía pasarme toda la vida así, y me declaré. ―Sonrió, y supuse que bajo su blanco pelaje estaría ruborizada―. Resultó que me correspondía, y hoy es mi novia.
Asombradas por lo que acabábamos de oír, todas nos giramos para mirarla con la boca abierta de la impresión; menos Draxea, que estaba bebiéndose un zumo de baya Meloc y se atragantó con él, y empezó a toser violentamente. Por un momento pareció que iba a asfixiarse, y todas nos lanzamos sobre ella para ayudarla; pero Scethga y Aby, con un par de golpes en la espalda, consiguieron que todo el líquido que había ido a parar a sus pulmones saliera de ellos.
― ¿Estás bien? ―preguntó la Absol en tono de preocupación al mismo tiempo que la Fraxure tosía angustiosamente y algunas gotas de zumo caían de su boca al suelo.
Ella afirmó débilmente con la cabeza, levantándola y jadeando en busca de aire. Tosió por última vez, carraspeó, y miró a los ojos a la culpable de que casi se ahogara.
― ¿Tu… tu novia? ―inquirió incrédulamente.
― No; he dicho mi novio ―replicó con naturalidad, como si no hubiera ocurrido nada, y sonrió―. Vas a tener que ir a que Ertrob te mire los oídos, ¿eh?
La verdad es que yo no estaba tan segura. Mis oídos estaban perfectamente, y estaba segura de que ella había dicho novia. Pero si ella quería fingir que no lo había dicho, sus razones tendría para ello; por lo que decidí guardar silencio y tragarme mi sobreestimulada curiosidad. Asombrosamente, Draxea se decantó por la misma opción, pero no sin antes entrecerrar los ojos hasta que apenas fueron dos minúsculas rajitas.
― Sí, será eso ―dijo finalmente, dejando escapar un suspiro y relajando su expresión; algo que disparó todas las alarmas en el rostro de la Absol―. Lo habré oído mal.
― Pero no estamos hablando de eso ―dijo Aby, impaciente por cambiar de tema y dejar atrás el tema de sus preferencias―. Lo que estaba diciendo es que…
― Perdona, Aby ―la interrumpió Skied, apareciendo por detrás, y poniéndose de puntillas para alcanzar con su brazo el hombro de la Absol―. Siento interrumpirte, pero he de hablar contigo un momento.
― ¿Es importante? ―preguntó ella, frunciendo el ceño.
― Para mí sí. ―Giró la cabeza para mirarme, y asintió levemente con la cabeza, poniéndome colorada―. Es de vital importancia.
― Bueno, si me lo pones así, supongo que no tengo más remedio ―murmuró resignadamente, y volvió la mirada hacia mí―. Lo siento, Loretta, pero tengo que hablar con tu compañero. Pero bueno, ya sabías lo que iba a decir, ¿no?
Riendo con suavidad, asentí sacudiendo la cabeza con energía. Aby sonrió, y se fue junto con Skied a la otra esquina de la habitación, donde comenzaron a hablar bajo mi mirada interesada. Como ya venía ocurriendo toda la noche, él parecía inquieto mientras hablaba, mientras que la pokémon lo escuchaba con atención.
— No te preocupes —dijo Draxea, poniéndome la mano en el hombro. Subí los ojos para mirarla, y vi que me guiñaba un ojo—. No te lo va a quitar.
— Ya lo sé —murmuré yo, mordiéndome el labio inferior hasta hacerme daño.
— Es evidente —dijo la voz de Scethga detrás de mí, y un segundo después su cuerpo verde e insectoide estaba a mi derecha. Sonaba como si algo le hiciera gracia—. ¿No estarás tramando una de las tuyas, no?
— ¿Yo? —protestó Draxea, visiblemente ofendida—. ¿Yo tramar algo? Parece mentira que… Por cierto, ¿a qué te refieres?
La Scyther dejó escapar un largo suspiro.
— Sabes muy bien a lo que me refiero —respondió con seriedad—. Se le acaba de escapar su secreto más íntimo y personal, y ahora necesita saber que sus… —se detuvo para buscar la palabra— preferencias no nos importan en absoluto y que sigue siendo nuestra amiga. Así que —señaló a la Fraxure con la punta de su cuchilla— nada de dejarla en evidencia. ¿Me entiendes?
― ¡Pero es que tengo tantas preguntas! ―protestó la dragona―. Por ejemplo, ¿cómo se lo…? ―Yo reí, pero la Scyther le lanzó una mirada asesina a la dragona―. Vale, vale, me callo. Pero si se enamora de mí le rompo el corazón sin pensármelo, ¿eh?
― No digo que no ―asintió Scethga―. Pero hasta entonces, que vea que todas la apoyamos y que no se sienta ignorada, ¿vale?
― A mí me pasó algo así una vez ―dijo la voz metálica de Durant, el compañero de Elgyem en el equipo 51, y se sentó en el suelo (más bien se tumbó) a la izquierda de Draxea―. Una de mis primeras misiones fue atrapar a un ladronzuelo de poca monta. ―Hizo un gesto con la cabeza hacia el grupo en el que Ruk y Natrimu hablaban entre sí y Elgyem les escuchaba sin ninguna emoción, como si fuera una estatua―. Resultó que robaba porque se sentía ignorado y lo único que quería era que alguien le prestara atención por una vez en su vida.
― ¿En serio? ―exclamé yo. Skied y yo habíamos detenido a algunos delincuentes, ninguno con crímenes demasiado graves que merecieran años de cárcel o la pena de muerte, pero la inmensa mayoría eran pokémon jóvenes que se veían forzados a hacerlo para poder comer, aunque había algunos que lo hacían por rebeldía contra el mundo, con uno que llegó a afirmar que lo hacía porque se aburría y quería que su vida fuera más interesante―. ¿Y qué pasó con él?
― La última vez que oí de él había entrado como explorador en un gremio.
― En realidad, la policía solamente nos utiliza para quitarse trabajo de encima ―dijo Lefi desde atrás, y todos nos colocamos en un círculo para poder mirarnos cuando hablábamos―. ¿No creéis?
― Tienes toda la razón ―la secundó Sterni, y Monde asintió moviendo su blanco cuerpo en vertical. Su voz, a pesar de que había evolucionado algunos meses antes durante una cita con Ruk (con el que, por alguna razón que nunca nos contó, había roto al poco tiempo), seguía sonando casi tan aguda como cuando todavía era una Cleffa―. El otro día fui con Monde y Sonen a la comisaría, y, cuando dijimos que queríamos detener a un Excadrill que entraba excavando en las casas y ataba a quien encontraba dentro para robar, nos dijo que era muy complicado y que ya lo harían ellos. ¿Os lo podéis creer? No somos unos novatos, tenemos el rango bronce.
― ¿Y nosotros? ―salté yo―. A nosotros directamente se nos metieron en nuestras funciones.
― ¿Sí? ¿Qué hicieron? ―preguntó Draxea, interesada.
― Aceptamos la misión de rescatar a un pokémon atrapado en una cueva, y ahora, cuando vamos a sacarlo de ahí, vienen el jefe Magnezone y sus Magneton y bajan a detenerlo porque resulta que era un secuestrador buscado por la ley. Podían haberse esperado a que lo rescatáramos, ¿no?
― A nosotras nos ocurrió exactamente lo contrario ―dijo Lefi, y su compañera de equipo, una Staryu a la que no conocía, hizo parpadear su núcleo central―. Cuando fuimos a detener a un Nuzleaf que había robado la caja fuerte de los Kecleon…
Las historias de exploraciones y las anécdotas que nos habían ocurrido durante nuestras misiones fluyeron durante las dos horas y media largas que estuvimos hablando. Al poco tiempo se sentaron con nosotros Skied, que lo hizo a mi lado, y Aby, que estuvo todo el tiempo lanzándole sonrisas disimuladas a Skied. Eso me incomodaba bastante. Es decir, se supone que Skied era el macho que a mí me gustaba; y ella, a la que le gustaban las hembras, estaba ahí, sonriéndole. Pero no le dije nada. Pensé en lo que había dicho Scethga, en lo de que supiera que estábamos con ella, y no me atreví a hacerlo. Pero sí la miré alguna vez con intensidad, solamente para que me devolviera la misma sonrisa.
― Bueno, ya es hora de dormir ―dijo Chatot, sobreponiéndose a sus risas justo cuando Lefi acababa de contar una anécdota sobre un borracho detenido que les pidió ayuda porque "la policía lo estaba secuestrando"―. Ha sido muy divertido y tal, pero ya es la hora de dormir.
Por supuesto, todos, que habíamos acabado formando un solo grupo, protestamos airadamente. No queríamos que nuestra diversión se acabara. Pero él fue insensible, y en menos de cinco minutos estábamos separados por equipos y dentro de nuestras habitaciones, listos para dormir.
― Buena suerte ―oí decir a la voz de Aby. Me giré, y la vi enfrente de mi compañero, sonriente y con una pata sobre su hombro. Skied asintió y le dio las gracias, y entonces se giró para subir la escalera junto a sus compañeros Ruk y Natrimu. No pude evitar sentirme celosa. Skied le había dejado que la tocara, algo que a mí siempre me había negado con cara de incomodidad.
Sin cruzar una sola palabra (si bien Skied me miró interrogativamente, como preguntándome si ya íbamos a dormir), caminamos a lo largo de toda la longitud del pasillo hasta nuestro dormitorio, y todavía en silencio entramos en la amplia estancia redonda. El Sandshrew se dirigió inmediatamente a su cama de hojas, pero yo le contuve haciendo un gesto con la cola al mismo tiempo que cerraba la puerta con mis patas delanteras.
― Skied, sobre lo del regalo… ―comencé, dándome la vuelta para mirarle. Quería que supiera que no me importaba en absoluto. Había podido estar con él, y con eso ya me daba por satisfecha―. Draxea y Scethga me lo han contado, y…
― ¿Qué? ¿Ellas? ―replicó con incredulidad―. Imposible. Yo no les he dicho nada. ¿Cómo lo saben?
― ¿De qué hablas? ―pregunté sin comprender. Era normal que supieran lo que había ocurrido, si todo el gremio había recurrido a los Kecleon.
― De tu regalo ―respondió él, con la tensión marcada en la voz―. Lo había mantenido en secreto hasta el final de la fiesta porque quería darte una sorpresa. Pero ahora… ―bajó la cabeza, decepcionado― Me lo han estropeado todo.
A mi cerebro, normalmente rápido, le costó un poco entender la información. Al principio me pareció como si hablara en un idioma extranjero, en el de Elgyem; pero cuando llegó a la última frase la luz se hizo en mi mente, y la alegría invadió mi cuerpo. Skied tenía un regalo para mí. Y, por su celo en esconderlo, tenía por fuerza que ser algo que me gustara; quizá el mejor regalo que me hubieran hecho en mi vida.
― ¿Entonces no estabas preocupado porque los Kecleon se habían retrasado con el pedido? ―pregunté, buscando una confirmación definitiva.
― ¿Qué? No, claro que no. ―Bajó un poco la voz y continuó―: Non les he encargado nada a ellos. Lo que en verdad sucede es que… no sabía si te gustaría.
― ¿Y por eso has estado hablando con los miembros del Equipo Premonitorio? ―pregunté yo, que comenzaba a hilar en mi cerebro las causas del distanciamiento de Skied en la fiesta, y cada vez le encontraba más sentido―. ¿Para saber si todo iría bien?
― Sí ―musitó él, bajando la mirada al suelo.
Oh, Skied… Qué bonito. Cómo se preocupaba por mí… Se había esforzado tanto en encontrar un regalo que me gustara… Sintiendo cómo me ruborizaba, tragué saliva y me puse a dos patas, estrechándolo entre mis patas delanteras y fundiéndome en un abrazo con él. Al principio, lo noté tenso bajo mi contacto, como si lo hubiera pillado completamente por sorpresa; pero enseguida se relajó, e incluso llegó a colocar sus brazos alrededor de mi cuerpo, acariciándome la espalda, lo que solamente hizo que acudiera más sangre a mis mejillas. Ladeé mi cabeza, frotando mi pelo marrón con su dura piel amarilla. Me sentía tan afortunada por tener un compañero que se preocupaba tanto por mí…
Unos segundos después, que se me hicieron tan cortos como un suspiro, Skied colocó con suavidad sus manos sobra mis mejillas, y me separó de su cuerpo para dejarme justo enfrente de su cara. Una amplia sonrisa asomó a su rostro, pero sus ojos delataban su nerviosismo… igual que mi cara y mi mirada mostraban que, a pesar de mi felicidad exterior, sentía Butterfrees revoloteando en mi estómago.
― ¿Quieres que te dé tu regalo, Loretta? ―susurró. Para lo nervioso que parecía estar, su susurro sonó asombrosamente seguro.
― Sí ―respondí, también en un susurro.
Tan pronto como dije aquellas palabras, todo el nervosismo que hasta entonces había conseguido mantener a raya de su rostro volvió a él. Sus mejillas se tiñeron de rojo, y su contacto, antes firme y seguro como el acantilado sobre el que estaba construido el gremio, se volvió tembloroso. Muy lentamente, deslizó con suavidad una garra de izquierda a derecha sobre la franja de pelaje blanco de mi cuello, y dijo, muy nervioso:
― B-bueno, Loretta, verás… y-yo quería ―dudó un momento, y cambió lo que iba a decir, impacientándome ligeramente―… Bueno… c-como hoy es…
― Sí, ya sé que es mi cumpleaños ―le interrumpí yo, intentando (bastante mal) sonar calmada y no parecer demasiado ansiosa―. ¿Adónde quieres llegar?
― B-bueno, pues… ―le oí tragar saliva. En realidad, era casi gracioso verle así, nervioso y tartamudeando. Contrastaba tantísimo con la decisión con que siempre se comportaba y hacía suyas mis órdenes…―. Quiero decirte… que aqueste… ―aquella palabra me llamó muchísimo la atención. Llevaba meses sin utilizarla. Lo difícil que se le hacía explicarlo debía habérsela arrancado del subconsciente― regalo mío… ―tomó aire, y dijo de una sentada, mirando al suelo― non lleva nada en modo alguno tras él.
― ¿Eh? ¿Qué quieres decir? ―pregunté yo, extrañada, mientras todos los engranajes de mi mente se aplicaban en la búsqueda de algún objeto con esas características.
Él no me respondió, al menos inmediatamente; sino que levantó la mirada y la pasó lentamente sobre la puerta cerrada y las paredes de tierra marrón de la habitación, como si buscara algo en ella.
― Eso. ―Dudó un momento y tragó saliva―. Non hay propósitos ocultos ni segundas intenciones ocultas. Es solamente un presente que yo te doy. ―Cerró los ojos y sonrió, poniéndose rojo. ¿En qué estaría pensando?―. Otras hubo antes ―me acarició suavemente la mejilla, tratando de eliminar el ligero amargor (no eran celos, no señor) que sentía en mi corazón por saber que otras habían llegado más lejos que yo― y otras habrá después. Pero ahora…
Muy lentamente, tanto que un Shuckle hubiera sido mil veces más rápido que su gesto, hizo avanzar su rostro hacia delante al mismo tiempo que movía el mío hacia delante, deteniéndose cuando estuvimos a apenas el grosor de un pelo de distancia. Lo miré con los ojos muy abiertos, mientras el mayor de los asombros se abría paso gradualmente por mi pecho, instalándose en él junto a la incredulidad y a la impaciencia. Ya había averiguado qué iba a regalarme; pero todavía no era capaz de creer que fuera a ocurrir en la realidad.
― Feliz cumpleaños, Loretta ―dijo, solemne.
Y me besó.
Fuerte, pero delicadamente al mismo tiempo, como si tuviera entre sus manos la más delicada de las flores, sus labios se posaron sobre los míos. Al sentir su cálido y dulce contacto, me quedé de piedra. No podía creer lo que ocurría. Mi sueño, mi ilusión, mi mayor deseo, estaba haciéndose realidad, sumiéndome en una alegría y felicidad tales que me quedé inmovilizada, con los ojos abiertos e incapaz de reaccionar. Algo húmedo brotó de mis ojos y se deslizó por mis mejillas, y enseguida supe que eran lágrimas. Lágrimas de pura felicidad.
Sin percatarse de lo que ocurría en mi mente, Skied continuó moviendo sus labios sobre los míos, e incluso colocó su mano izquierda detrás de mi cabeza para guiarme. Por sus gestos, podía notar que estaba muy tenso. Evidentemente, no se esperaba mi reacción inicial de sorpresa, y era evidente que tenía miedo de que no me estuviera gustando… o bien era muy inexperto en esto y tenía miedo de estar haciéndolo mal. Y eso podía aprovecharlo para jugar un poco…
Haciendo fuerza con mis patas delanteras, empujé con ellas hacia abajo sobre sus hombros al mismo tiempo que inspiraba profundamente, como si me desagradara profundamente que me estuviera besando; todo lo contrario, por supuesto, a lo que yo sentía. Inmediatamente, conseguí mi propósito: su beso se volvió mucho más dubitativo y débil, y a través de él pude sentir una honda decepción. Se debía de sentir tan estúpido, y tan ridículo… Sus manos se separaron de mi cuerpo deslizándose por mi pelaje, y ladeó la cabeza para cortar el íntimo contacto. Pero yo no le di la oportunidad de hacerlo, y antes de que pudiera separarse de mí lo estreché con fuerza contra mi cuerpo, y presioné sus labios con toda la fuerza que pude contra los míos.
Tan pronto como sintió que yo le estaba devolviendo el beso, todos los músculos del cuerpo de Skied se tensaron, síntoma del asombro que sentía. De querer cortar el contacto entre nosotros, habíamos pasado a una nueva fase en la que ahora era yo la que tomaba la iniciativa. Pero enseguida comprendió lo que estaba sucediendo, y, riendo suavemente al mismo tiempo que su cuerpo se relajaba, se sumergió por completo en el beso, aceptando mi liderazgo y dejándose llevar.
Sin embargo, no pasó mucho tiempo hasta quese decidió a competir conmigo por llevar el compás; y comenzó a pasar sus manos sobre mi cuello al mismo tiempo que sus garras acariciaban lenta y delicadamente la piel oculta bajo mi pelaje blanco, excitando mis sentidos con tal intensidad que comencé a tambalearme, incapaz de mantener el equilibrio, derritiéndome por completo bajo su tierno contacto. Me sentía ingrávida, como si flotara en el espacio junto a las estrellas del firmamento; y apreté aún más mis patas delanteras y mi pecho contra el de Skied, momento en el que él me puso una mano en la espalda y una detrás de la cabeza, guiándome a donde él quería llevarme. Pero yo no le dejé, y después de mover un lado la cabeza juguetonamente en dirección contraria, por fin me dejé llevar por él.
Entonces, sin previo aviso, sus manos abandonaron el lugar en el que estaban, y comenzaron a moverse por todo mi cuerpo, acariciándome con pasión y ternura por todos sus rincones, incluso los más recónditos, de una manera que yo encontré como sumamente experta, aunque sólo fuera porque mientras lo hacía yo me sentía liviana y más feliz de lo que había sido en toda mi vida. Sin embargo, a pesar de toda mi felicidad, no pude evitar que una duda rondara mi mente. ¿Habría hecho esto antes con alguna otra, o simplemente me parecía a mí que lo hacía a la perfección porque era la primera vez que un macho que no fuera mi padre se tomaba la molestia de acariciarme?
― ¡Skied! ―exclamé cuando sentí sus manos tocar mi cola, que siempre mantenía pegada a mi cuerpo, para que las apartara de ahí; o al menos esa era mi intención. Como no separé mi boca de la suya, mi queja sonó más bien como una mezcla entre un chillido de desagrado y un gemido de placer.
Sin embargo, a pesar de lo difícil que debió haber resultado entender lo que había dicho, Skied lo comprendió perfectamente, y movió al instante sus manos, una a mi espalda, y otra a mi barriga, donde comenzó a hacerme cosquillas. Y funcionó: nada más empezar, una risa irresistible comenzó a subir por mi pecho y por mi garganta, y a los pocos segundos estaba riendo junto a él, mientras intentaba no separarme de él apretando mis labios y mi cuerpo todo lo que pude contra el suyo. Entonces, Skied debió percatarse de que no quería que cortáramos el contacto por accidente, y detuvo sus manos, que colocó sobre mis costados. Por un momento me sentí algo decepcionada. Yo quería que siguiera acariciándome, como antes. Era algo tan íntimo, tan… bonito. Pero entonces como una especie de compensación por haberse quedado quieto, hizo algo mil veces mejor.
Muy lentamente, como si quisiera abortarlo en cualquier instante, sus labios se fueron abriendo, como la cáscara de un huevo que eclosiona; pero sin perder nunca su contacto con los míos. Pocos segundos después, cuando nuestras bocas apenas estaban unidas por sus extremos, me estrechó con fuerza entre sus brazos y apretó su rostro contra el mío. Aquel gesto me pilló completamente por sorpresa, y durante unos segundos me pregunté que planeaba; si bien es cierto que una parte de mí ya sospechaba lo que quería.
En ese momento, Skied sacó su lengua de su boca y me lamió con suavidad los labios. Inmediatamente, todo mi cuerpo se estremeció mientras una oleada de placer lo recorría de arriba abajo, desde la punta de mis orejas hasta el extremo de mi cola, excitando partes de mí que nunca antes lo habían sido. No tardé ni un segundo en comprender lo que quería decirme con su gesto.
En apenas una fracción de segundo, giré mi cabeza hasta que estuvo en ángulo recto con la de Skied, y abrí mi boca de par en par. Él puso sus manos sobre mis mejillas, guiándome, mientras mi lengua salía disparada desde mi boca al encuentro de la suya, que también había abandonado su cálido y húmedo refugio en busca de su compañera.
Pocos segundos después, las dos se encontraron en el espacio entre nuestras bocas, al mismo tiempo que nuestros labios lo cerraban, sellándolo y encerrándolas. Pero a ellas no les importó, y durante unos segundos simplemente las movimos de un lado a otro, jugueteando con ellas mientras sentíamos el contacto del otro. Al principio solamente las presionábamos juntas, pero enseguida nos cansamos; y en su lugar empezamos a besarnos apasionadamente, comenzando una batalla por dominar al otro inmovilizando su lengua, y que rápidamente se resolvió con la mía dentro de la boca de Skied, enrollada alrededor de la suya, mientras él disfrutaba profundamente de la pasión que ponía en el beso. Aquello me hizo muy feliz. Saber que era capaz de que disfrutara nuestro primer beso…
Entonces, de improviso, su mano izquierda se movió a mi espalda, mientras que su derecha se dirigió a la parte posterior de mi cabeza; y con mucha suavidad comenzó a girarme, tumbándome sobre su brazo. Al instante, comprendí lo que quería: quería seguir besándome en el suelo. Inmediatamente, apreté mis patas delanteras sobre él con más fuerza y jugueteé un poco con su lengua, como señal de que aceptaba. Noté cómo se relajaba, y, haciendo gala de una extremada suavidad, me tumbó en el suelo antes de colocarse sobre mí y continuar donde lo dejamos. A mí, por mi parte, me parecía tan romántico… Se parecía a las escenas románticas de algunos libros que había leído. Pero si intentaba aprovecharse de nuestra posición, cosa que nunca iba a hacer, ahí se iba a quedar. Aun así, por si acaso apreté mi cola con fuerza contra la parte posterior de mi cuerpo.
Al igual que antes, Skied pasó sus manos sobre mi cuerpo hasta colocarlas sobre mis mejillas, y comenzó a mover su lengua dentro de su boca, colocándola junto a la mía y llevando nuestro beso al interior de mi boca. Reí un poco por lo ansioso que parecía, y eso me hizo cosquillas en el interior de mi boca, y también en la suya, contagiándole la risa al mismo tiempo que comenzaba a rascarme detrás de las orejas, a lo que yo respondí con un gemido de placer que resonó en nuestras bocas. Aquel era mi punto débil: me encantaba que me rascaran ahí, y cuando lo hacían me quedaba en un estado de felicidad, en el que era incapaz de responder. Y Skied acababa de encontrarlo.
Entonces, durante un segundo, Skied se detuvo. No sabía por qué, porque tenía los ojos cerrados, pero protesté emitiendo un quejido y apretándolo contra mi cuerpo. Entonces captó el mensaje, y volvió a las caricias mientras yo pasaba mis brazos por su áspera espalda. Me hacía sentir tan afortunada, tan querida… tan feliz. El macho al que yo amaba estaba tumbado encima de mí, besándome con su lengua mientras me acariciaba la parte de mi cuerpo que más me gustaba. Lentamente, intenté desconectar mi cerebro para sumergirme en aquel torrente de placer y sensaciones.
Tan lentamente como si fuera una hora, transcurrió un minuto entero. En ese instante, Skied comenzó a ralentizar sus movimientos, haciéndolos cada vez más lentos y suaves hasta que poco después cesaron por completo. Bastante fastidiada, traté de hacer que volviera a pasar sus manos por mi cuerpo incitándole a ello con mis patas, pero no conseguí nada. Skied se quedó tan quieto como antes, e incluso su lengua se detuvo en el interior de mi boca. Intenté llamarlo lamiéndola y jugueteando con ella, pero no conseguí nada en absoluto. Parecía como si se hubiera quedado inconsciente de repente, y por un momento temí que así fuera.
Pero, sin embargo, no lo estaba. Justo después de que mi lengua pasara por la cara interna de sus dientes, incluidos sus colmillos huecos a través de los que usaba picotazo venenoso, sus labios comenzaron a moverse, cerrando lentamente el espacio creado entre nuestras bocas. Inmediatamente, una sensación de alarma recorrió todo mi cuerpo. Skied quería cortar el beso. No. Nunca. Había esperado demasiado tiempo para conseguir que él me besara, y ahora que por fin lo había conseguido no iba a dejar que durara tan poco tiempo. Resuelta, apreté mis patas delanteras alrededor de su cuerpo para impedir que se levantara al mismo tiempo que le besaba con toda la fuerza y pasión que podía mostrar, explorando su boca hasta llegar a lugares a los que ni siquiera su propia lengua había llegado jamás. Y por un momento logré mi propósito: su cuerpo se relajó, y volvió a besarme como lo hacía momentos antes. Satisfecha, me dejé arrastrar como había hecho antes, perdiéndome en el torbellino de sensaciones.
Entonces, con un rápido movimiento que me cogió completamente por sorpresa, Skied cerró sus labios junto con los míos, colocándonos en la misma posición que al principio del todo, salvo por que ahora estaba él encima de mí. Lo apreté fuertemente contra mi cuerpo, moviendo mis labios sobre los suyos, intentando que no se separara de mí. Y por un momento conseguí lo que quería, e incluso que volviera a lamerme los labios. Pero justo en ese momento, en el que una oleada de felicidad me asaltaba y en el que yo estaba más distraída, él aprovechó para cerrar de nuevo su boca y, después de apretar nuestros labios por última vez, separó sus labios de los míos.
Durante los primeros segundos, no pude creer que nuestro beso, mi primer beso con Skied, había terminado. Mi cerebro se negaba a ello. Incluso podía sentir el contacto de los labios de Skied sobre los míos. Pero cuando abrí los ojos, no tuve más remedio que asumir la verdad. Skied ya no estaba tumbado sobre mí. Estaba de pie a mi lado, mirándome con las manos cruzadas. Inmediatamente, me levanté del suelo para tumbarlo y continuar, pero había algo en sus ojos que me hizo reconsiderarlo. Era como una especie de tristeza, como una mezcla a medias de melancolía y culpabilidad. Al instante, comprendí lo que pasaba por su mente. Él tampoco quería cortarlo. Lo estaba disfrutando de verdad, y sabía que yo también. Y ahora echaba de menos el tiempo en que nuestros labios estaban en contacto. Pero yo no podía negar que tenía toda la razón al hacer lo que hizo. Por mucho que él, y sobre todo yo, quisiéramos, no podíamos estar besándonos eternamente. Eso no hubiera tenido ningún sentido.
Tomándome mi tiempo, pero con una sonrisa en la boca, caminé hacia donde él se encontraba, y cuando estuve a su altura me incorporé sobre mis patas traseras, tan fuerte que más bien di un salto, y lo abracé. Por un momento se sorprendió, pero enseguida se repuso y comenzó a acariciarme la espalda con sus garras.
― ¿Te ha gustado, Loretta? ―susurró con dulzura en mi oído.
¿Cómo podría no haberme gustado? ¿Cómo podría no haber disfrutado del primer beso que compartía con el macho al que yo quería?
— No me ha gustado —repliqué, también en un susurro—. Me ha encantado.
Un sonido entrecortado comenzó a brotar de su garganta al mismo tiempo que nos estrechábamos entre nosotros y sus manos acariciaban con ternura el pelaje marrón de mi espalda. No lo supe decir al principio, pero pronto me di cuenta de que estaba riendo.
— Me alegro —dijo, y se dejó caer de espaldas sobre su cama, conmigo todavía entre sus brazos. Entonces, cuando toda su espalda estuvo en contacto con las hojas, se separó de mí y me miró a los ojos, sonriendo.
― Te quiero, Skied ―susurré en su oído, ruborizándome. Antes nunca había creído que fuera capaz, pero acababa de decirlo. Me había declarado.
Durante los siguientes segundos permanecí quieta, como un Nosepass, escrutando sus reacciones con nerviosismo. ¿Qué pensaría de mí? Porque eso era lo que siempre me había impedido pronunciar aquellas simples palabras. Estaba tan ansiosa… Lo único que conseguía que no temblara como si estuviese en la cima del Edeit en el día más frío del invierno eran sus manos, que me sostenían justo enfrente de su rostro… de su dulce y precioso rostro.
En cuanto mis palabras se perdieron en el aire y dejaron de sonar, dos manchas de color rosado aparecieron sobre sus mejillas, haciéndose cada vez más rojas a medida que pasaba el tiempo. Le lancé una mirada nerviosa, a lo que él respondió con una sonrisa cálida; y entonces, cerrando los ojos, me atrajo hacia su cuerpo hasta que nuestras pieles contactaron. Por un momento me quedé sin saber qué hacer ni decir, mientras sentía cómo me ardía la cara de vergüenza.
― Loretta ―dijo, y me rascó detrás de las orejas, haciendo que cerrara los ojos y le abrazara con fuerza―, eres la mejor amiga y compañera de equipo que podría tener.
Sí, tendría que haberme sentido triste por lo que acababa de decir. Acababa de afirmar que no correspondía a mis sentimientos por él, que sólo me veía como su amiga, como su mejor amiga. Pero algo, no supe el qué, bloqueó esos sentimientos negativos. Tenía que ser el amor que flotaba en el ambiente. Skied me había besado; y eso convertía automáticamente esta noche en la mejor de mi vida, una noche en la que los sentimientos tristes y negativos no tenían ninguna cabida. Así que, en lugar de sentirme triste y rechazada, bajé mi boca sobre la suya y le besé.
Aquel segundo beso no fue ni de lejos tan largo como el primero, pero fue casi tan bonito como él, a pesar de que simplemente mantuvimos nuestros labios juntos mientras nos manteníamos abrazados. Muy pronto nos separamos, pero no rompimos el abrazo, sino que nos quedamos donde estábamos, con los ojos cerrados, dejando que el sueño nos venciera mientras disfrutábamos del contacto que manteníamos.
― ¿Quieres dormir dentro de mí, Loretta? ―me propuso Skied, dándose la vuelta, y a mí con él.
Cuando lo oí decir aquello, sonreí. Dormir dentro de él se refería a que yo me tumbaba en el suelo, y él, tumbado a mi lado, se enrollaba alrededor de mí hasta que se cerraba y yo quedaba dentro de él. Ya lo habíamos hecho una vez antes, una noche de invierno en la que el frío me impedía conciliar el sueño; y de ahí ya sabía que cabía dentro de él gracias a que yo era una Eevee pequeña y él un poco más grande que la media de los Sandshrew, si bien entraba muy justa. Además, dormir así, doblada, toda la noche era malísimo para mi espalda, y la única vez que lo hicimos me desperté con un dolor tremando. Sin embargo, dormir con mi amor rodeándome, en contacto con él y estrechada entre sus brazos me pareció tan romántico e íntimo que no rechazaría aquella oportunidad por nada del mundo. Bueno, por que él y yo nos hiciéramos novios o nos emparejáramos sí. Pero por nada más.
― Por supuesto que sí, Skied ―susurré, poniendo toda la pasión que pude en mis palabras. Al mismo tiempo, me giré, y a él conmigo, de modo que quedamos de costado contra el suelo, en una posición perfecta para que se enrollara a mi alrededor.
Apenas un segundo después, sentí sus brazos estrecharse alrededor de mi pecho. Me sonrojé, al mismo tiempo que la suave piel blanca de su vientre contactaba con el pelaje marrón de mi espalda, y enseguida comenzó a cerrarse a mi alrededor, sin soltarme en ningún momento. Podía notar sus progresos porque mi espalda cada vez estaba más doblada, y además cada vez llegaba menos luz a mis ojos. No me lo podía creer. Iba a poder dormir abrazada a Skied. Dejé escapar un poco de aire de mis pulmones, que formó un sonido satisfecho que sonó parecido a un ronroneo.
― ¿Te duele algo, Loretta? ―preguntó Skied cuando ya estaba a punto de cerrarse por completo. Estaba bien, pero me alegraba de que lo preguntara; porque la última vez que estuve dentro se cerró tan rápido que me provocó una contractura en los músculos de la cola. No fue nada serio, pero no pude moverla en tres días.
― No, Skied ―respondí, frotando mi cola contra su barriga, lo que le hizo reír. Así que tenía cosquillas…
― Vale ―dijo, y entonces se cerró por completo.
A mi alrededor se hizo la oscuridad completa. Estaba completamente negro. Skied había terminado de enrollarse sobre sí mismo, y ahora yo estaba dentro de él. Ningún rayo de luz conseguía cruzar la dura y gruesa piel de mi compañero, y mis ojos eran incapaces de ver nada en absoluto en la impenetrable oscuridad que me rodeaba. Pero no tenía miedo. Skied estaba a mi alrededor, me tenía estrechada entre sus brazos; y mientras yo estuviera con él, tenía la seguridad de que nada malo podría ocurrirme.
― Buenas noches, Loretta ―le oí desearme, y por el sonido de su voz supe que su cara estaba justo delante de mí.
Un sonrojo asomó a mis mejillas, y una sonrisa a mis labios. Sintiéndome algo avergonzada, eché la cabeza hacia delante, a donde supuse que estaría la suya, y lo besé. Su cuerpo se tensó, sorprendido, y sus brazos me apretaron con más fuerza. Solo entonces me di cuenta de que lo estaba besando en los labios.
― Buenas noches, Loretta ―susurró cuando nos separamos, poco después; y me acarició las mejillas con las manos.
― Buenas noches ―le deseé yo mientras me acurrucaba en el hueco que había entre su barriga y su vientre―. Te quiero, Skied.
Skied rio brevemente, y cuando terminó me besó con suavidad en la frente.
― Buenas noches. ―repitió, y su respiración se hizo mucho más calmada, lo que me indicó que estaba intentando dormir. Decidí no molestarle, e intentar conciliar el sueño. A fin de cuentas, esto era algo que llevaba deseando mucho tiempo: dormir dentro de Skied―. Y feliz cumpleaños ―dijo de repente, sonando algo somnoliento.
― Gracias ―respondí en un murmullo, mientras los acontecimientos del día se reproducían en mi mente. Skied me había abrazado, mis compañeros del gremio me habían organizado una fiesta de cumpleaños, Shai me había cocinado una tarta, había pasado un buen rato con mis compañeros, y, sobre todo. Skied me había besado. Todavía sentía algo de incredulidad al sentirlo. Incluso me daba algo de miedo despertarme en mi cama y descubrir que todo esto había sido un sueño.
Y sin embargo, había algo que me decía que no lo era: el hecho de que me había declarado a Skied. Sabía que eso había ocurrido de verdad, porque siempre que soñaba con ese momento mi sueño terminaba justo cuando decía "te quiero" o cuando iba a responderme conmigo entre sus brazos.
Esbozando una sonrisa, alargué una pata hacia Skied, y toqué su mejilla. Él no respondió ni hizo nada. Pobrecito… Seguro que estaba rendido por la fiesta y el beso tan apasionado que nos habíamos dado.
Cansada, cerré los ojos, permitiendo que el cansancio me fuera durmiendo lentamente. Y, mientras lo hacía, recordé por última vez mi beso con Skied y mi declaración. Aquellos minutos de habían sido los de mayor felicidad de mi vida. Y su última felicitación de cumpleaños… Cómo se preocupaba por mí. Quería que fuera feliz en un día tan especial para mí.
No; no había sido solamente feliz.
Aquel había sido el mejor cumpleaños de mi vida.
Muchas gracias por leerlo, y espero que os haya gustado. Espero seguir viéndoos por aquí en este segundo año, y que los nuevos One-Shot vayan mejorando con el tiempo.
¡Nos vemos en el próximo capítulo!
