Bienvenidos de nuevo. Hoy se cumplen cincuenta años del lanzamiento del segundo LP de los Beatles, With The Beatles, por eso, el One-Shot de hoy es el que corresponde al primer tema del disco, It Won't Be Long. Se puede considerar secuela del capítulo 13, She's Leaving Home, por lo que recomiendo que os paséis primero por ese para comprender mejor este. No os preocupéis, es cortito y no lleva mucho tiempo.

Disclaimer: ¿De verdad sigue haciendo falta? En fin... No poseo pokémon, salvo los de las cajas en el PC del juego, ni las canciones de los Beatles.


Autor: Lennon/McCartney. Año: 1963. Álbum: With The Beatles.


— ¡¿Cómo que ha huido?!

— Exactamente eso. Yia se ha escapado. Cuando fuimos a despertarla esta mañana, nos encontramos la ventana de su habitación abierta y una cuerda hecha con sábanas colgando de ella.

— ¡¿Y eso es todo?! ¿Ha huido, y ya está? Seguro que ni siquiera os habéis molestado en buscarla.

Los dos contendientes detuvieron su discusión por un instante, pero en sus rostros contraídos y sus respiraciones agitadas se podía adivinar la enorme tensión a la que estaban sometidos. Sus ojos se clavaban en los del otro con una furia y una intensidad tales que podrían haber hecho desviar la mirada incluso a un Solrock, y mantenían sus hocicos tan cerca que podían sentir el aire caliente que el otro exhalaba en sus propias fosas nasales

— ¿Cómo puedes decir eso? Por supuesto que lo hemos hecho. La hemos buscado por todas las propiedades vecinas, pero no estaba en ninguna de ellas. —Negó con la cabeza, y, como si temiera hacerlo, añadió débilmente—: No vamos a encontrarla. No con la ventaja que nos lleva.

— ¡Tú te callas! —rugió el que había hablado primero; y su interlocutora se encogió, visiblemente intimidada—. ¿Acaso te he pedido tu opinión, zorra?

— ¡Nadie le habla así a mi pareja!— gritó el segundo, interponiéndose entre la temblorosa Ninetales y el furioso Manectric.

El pokémon eléctrico miró al desafiante Absol con ojos llenos de furia, y cargó una potente descarga eléctrica en su puntiaguda melena amarilla que llenó la habitación de chispas y crepitaciones con la intención de lanzársela; pero en el último momento decidió disiparla. Algo no encajaba en todo aquello. Si era cierto que su hija había huido, ¿por qué seguían en su casa, tan tranquilos, como si nada hubiera pasado? Y, siendo muy benévolo y suponiendo que verdaderamente hubieran salido a buscarla, ¿por qué habían decidido rendirse tan pronto y sin obtener resultados positivos? Podía entender que uno de ellos hubiera decidido quedarse en casa; él, seguramente, para darle la mala noticia, pero no que los dos lo hicieran.

El Manectric bajó la cabeza y respiró hondo mientras sentía una nueva oleada de furia ascender por su abdomen y su pecho. Su rostro se contrajo en una expresión de pura rabia e ira, y señaló acusadoramente con una pata al Absol que le miraba con el ceño fruncido. No quería creerlo, pero era la única conclusión lógica a la que le conducían los acontecimientos.

— La estáis escondiendo

Inmediatamente, la expresión del rostro de la Ninetales pasó de reflejar miedo al pokémon que le había gritado a presentar la decepción más absoluta. ¿Qué se pensaba ese desgraciado de ella?

— ¿Qué estás diciendo? —dijo, dando un paso adelante. Sabía que se arriesgaba a recibir otro rugido de su interlocutor, y quizás una poderosa descarga eléctrica; pero no podía dejar sin respuesta aquel insulto a su integridad y su abnegada labor de madre—. ¿Estás insinuando que después de cuidar de mi hija durante tres años y medio, de criarla, alimentarla, preocuparme por ella, cuidarla cuando estaba enferma y encontrarle un buen macho con el que emparejarla y hacerla feliz, ahora voy a echarme atrás en el último momento y echar a perder mi honra y mi reputación?

— Cariño, por favor, yo me encargo de esto —le susurró su pareja en su oído, pero ella negó firmemente con la cabeza y clavó sus ojos en los del Manectric, que la miraba inquisidoramente, como si quisiera penetrar en lo más profundo de su mente y arrancar de ella el lugar en el que tenía escondida a su hija.

— Dime, ¿de verdad crees que lo haría? —preguntó sin desviar la mirada ni un ápice.

— ¡Pues, por lo visto, sí! —rugió él, pero sus gritos furiosos ya no hacían él mismo efecto en los dos pokémon. Sin embargo, él no se percató de ello y continuó gritando—: ¿Dónde está? ¿Dónde la habéis escondido?

— No la hemos escondido —replicó el Absol, con una serenidad que contrastaba con la ira que destilaba el Manectric.

— ¿Y entonces dónde está? —exigió saber él, cargando una nueva descarga eléctrica en su melena.

— No lo sabemos —respondió el Absol, sorprendentemente tranquilo ante su amenaza de propinarle una dura descarga eléctrica. Después, frunció el ceño y le espetó—: Y si tanto quieres que sea tu pareja, ¿por qué no sales a buscarla en vez de gritarnos y concederle aún más ventaja de la mucha que ya tiene?

Durante un tenso y larguísimo segundo, no hubo un solo movimiento en la habitación, en la que el único ruido que se escuchaba era el crepitar de las chispas que recorrían la larga melena amarilla del pokémon eléctrico. Los dos contendientes se miraban fijamente, sin apartar la mirada del otro, como si estuvieran unidos mediante una misteriosa fuerza. Pero, finalmente, el Manectric apartó la mirada al mismo tiempo que sus labios se curvaban lentamente en una sonrisa. El padre de Yia tenía narices, eso tenía que admitirlo. Y eso le gustaba.

— Vamos —dijo de improviso, disipando por segunda vez en apenas cinco minutos la electricidad acumulada en su pelaje, y echó a andar hacia la puerta con pasos cortos y rápidos—. A encontrar a esa maldita zorra y a traerla aquí aunque sea a rastras.

Los dos pokémon intercambiaron una mirada llena de alivio por cómo había acabado la discusión, y se apresuraron a seguir al Manectric al exterior de su casa. Este, por su parte, hacía tiempo que había salido, y ahora observaba con aire crítico los campos de cultivo que rodeaban la propiedad de la pareja en busca de cualquier indicio que pudiera darle una pista sobre el paradero de la Vulpix. Unos segundos después, soltó un bufido exasperado y golpeó el suelo con una pata. Sembrados de trigo y verduras hasta donde alcanzaba la vista, y nada en ellos fuera de lo normal. Si había huido, estaba claro que sabía cómo hacerlo sin dejar pistas.

— Date la vuelta, Mahne —le indicó la voz del Absol a su espalda, y él obedeció.

Sus ojos se encontraron de frente con la pared de madera de la casa de la pareja, y de nuevo su impaciencia comenzó a crecer. ¿Qué diantres tenía que ver aquello con su pareja fugada? Por cómo actuaban, parecía que estaban de su parte y que sólo buscaban hacerle perder tiempo. Abrió la boca para vociferar su impaciencia y frustración, pero antes de que la primera palabra abandonara su boca el pokémon siniestro le cortó diciendo:

— No, ahí no. Mira a la ventana.

Decidiendo darle un último hilo de confianza, y a pesar del enorme malhumor que mostraba por los jueguecitos a los que su entender lo estaban sometiendo, el Manectric giró la vista hacia donde le indicaban mientras mascullaba entre dientes un largo reguero de amenazas y juramentos.

— La madre que la parió —murmuró para sí mismo con una mezcla de furia y asombro mientras sus ojos se abrían hasta el límite de su capacidad.

Lo que tan poderosamente había llamado su atención no era más que unas pocas sábanas, sábanas de cama completamente normales y sin nada que las hiciera destacar más que el hecho de que habían sido anudadas unas con otras en sus extremos para formar una larga cuerda blanca que nacía dentro de la estancia a la que daba la ventana que le había indicado el Absol y que se descolgaba por la fachada de madera hasta morir a apenas medio metro del suelo. Sobre la tierra, alrededor del punto en que el tejido tocaría el suelo si su longitud se lo permitiera, se podían distinguir con perfecta claridad unas huellas pequeñas y bien definidas, con tres dedos en cada pata y una almohadilla a menor altura que el resto en el centro de las mismas, formando una pequeña depresión en forma de cuenco. Apenas las vio durante un segundo, pero no tuvo ni la menor duda de a quién pertenecían.

— Por aquí es por donde huyó anoche —dijo el Absol, sentándose al lado del pokémon eléctrico mientras le miraba con una expresión de mezclaba superioridad y te lo dije.

Negando con la cabeza y mascullando algo entre dientes, el Manectric levantó sus cuartos traseros del suelo y caminó con el ceño fruncido hasta las huellas. Una vez allí, acercó la nariz a los flecos blancos de la tela, y comenzó a olerlos con fruición hasta que encontró lo que buscaba: un olor débil, pero intenso; como a fuego y humo; que penetraba hasta el fondo de sus fosas nasales y se clavaba en ellas, mandando mensajes de alerta por fuego a su cerebro. Pero él se forzó a ignorarlo, y continuó oliendo las sábanas con fruición hasta que su olor estuvo grabado a fuego en su cerebro.

No tenía ninguna duda de que era el olor de Yia. Lo recordaba perfectamente de la única ocasión en que se habían visto con anterioridad, una comida a la que le habían invitado sus padres para discutir y finalmente concretar su próximo emparejamiento. Y lo recordaba tan bien porque la primera vez que había llegado a su nariz había pensado que algo se estaba quemando en la cocina. Pero entonces vio por primera vez a la entonces pequeña (apenas un año y medio, dos años menos de los que contaba en la actualidad) Vulpix, y comprobó que aquel era su olor personal. Y en aquel mismo instante decidió que la convertiría en su pareja, costara lo que costara.

Con decisión, el Manectric apartó su hocico de las telas y lo acercó a la tierra, buscando en ella el rastro de Yia, al mismo tiempo que los padres de la pokémon lo observaban con curiosidad. Aquella había sido la primera idea que había acudido a sus mentes, pero la habían descartado en favor de separarse y preguntar por las granjas vecinas si alguien la había visto. Pero por desgracia para ellos su idea chocaba por completo con el hecho de que su hija había huido al amparo de la noche, de modo que nadie la hubiera visto escapar, ni siquiera aunque todos hubieran estado despiertos a una hora tan intempestiva como la que había escogido para pasar por delante de sus casas.

Ambos pokémon dejaron escapar un prolongado suspiro e intercambiaron una rápida mirada en la que se dejaba translucir la esperanza. Tal vez ahora la encontraran. Tal vez ahora los malos acontecimientos con que había comenzado el día se disiparan para dejar paso a la alegría y a las celebraciones por el emparejamiento de su hija, como debería haber sido desde el principio.

— ¡Vamos! ¿Se puede saber a qué estáis esperando? —les gritó el Manectric desde la lejanía, metido de lleno en un campo cubierto de espigas de trigo, doradas y a punto para ser cosechadas. Había encontrado el rastro de la pokémon medio minuto antes, y ahora lo seguía caminando con rapidez y deteniéndose de vez en cuando para asegurarse de que todavía seguía allí.

El Absol y la Ninetales se encogieron de hombros, y enseguida echaron a correr detrás del pokémon eléctrico hasta que se pusieron a su altura. Este, por su parte, mantenía todos sus sentidos concentrados en la persecución de Yia, y apenas les prestaba atención. La salvaje excitación del cazador recorría su cuerpo, y apenas podía esperar al momento en que por fin la atraparía. Algo en su interior le decía que no estaba demasiado lejos, y sus instintos, en especial el de caza, no tenían por costumbre fallarle.

Internamente, se deleitaba imaginando los castigos que le infligiría cuando pudiera ponerle la pata encima. Podría comenzar con una batería de descargas eléctricas, y después, cuando estuviera tan débil que no pudiera reaccionar, la llevaría a rastras a la casa de su familia para hacer lo que tenían planeado y convertirla en su pareja para el resto de su vida. Pero antes, le propinaría una paliza que recordaría durante toda su vida como castigo por su osadía y al mismo tiempo como disuasorio y advertencia de lo que le esperaba si se atrevía a repetir su intento de fuga. Y otra a sus padres, delante de ella, como castigo por su incapacidad para controlarla y detectar su huida y para que ella viera cómo sus padres sufrían por su culpa. Podía imaginarse la situación, con la pequeña Vulpix, llena de moratones y heridas que goteaban lentamente sangre sobre su pelaje, llorando y suplicándole que se detuviera; y cuando lo hacía no podía evitar sentirse entusiasmado.

Sus labios se curvaron en una sonrisa malévola, dejando al descubierto sus dientes puntiagudos. Definitivamente, no podía esperar a ponerle la pata encima a esa pequeña zorra.

Sin embargo, sus instintos resultaron estar equivocados, y pocos minutos después se topó con un pequeño riachuelo que servía de límite natural entre el terreno de los padres de la Vulpix y los de la familia vecina. Tan pronto como sus ojos se posaron en él, el Manectric frunció el el ceño y golpeó el suelo con fuerza al mismo tiempo que pronunciaba una maldición de tal calibre que el Absol decidió tapar los oídos de su pareja para que no pudiera oírla.

Realmente, el riachuelo no suponía un problema en sí mismo. Era lo suficientemente estrecho como para pasarlo en un solo salto, algo que el pokémon eléctrico no tendría ningún problema para hacer. No, la causa de su frustración era, precisamente, lo que el arroyo era: una corriente de agua. Y, como todos los pokémon sabían, una inmersión en ella era la mejor manera de librarse del molesto rastro de olor que podía delatarlos ante un predador o un perseguidor.

Emitiendo un rugido frustrado, el Manectric se impulsó sobre sus poderosas patas traseras para pasar al otro lado y comenzó a buscar febrilmente el rastro que le había llevado hasta allí, pero unos minutos más tarde no tuvo más remedio que darse por vencido. Entonces, furioso, lanzó un nuevo rugido que estremeció la tierra y el aire a su alrededor y desató una lluvia de rayos que impactaron estruendosamente contra el suelo. Se le había escapado. Yia se le había escapado.

Iracundo, inspiró profundamente y expulsó todo el aire en un nuevo rugido. No. No lo permitiría. Aquello era un insulto terrible contra él, una afrenta a su honra y su dignidad que no podía dejar impune. Con el rostro contraído en una mueca de furia, se volvió lentamente hacia los padres de la Vulpix, dispuesto a desatar su ira contra ellos, cuando un peculiar olor llamó su atención. El olor a tierra mojada.

Y eso solo podía significar una cosa: Yia había pasado por allí. Se había bañado en el riachuelo para despistarle e impedir que pudiera seguirlo, pero al hacerlo el agua había empapado su pelaje y después goteando lentamente al suelo desde él, generando inconscientemente una nueva pista que él podía seguir. Con fuerzas renovadas, echó a correr por el camino, metiéndose de lleno en un campo de nabos que por suerte habían segado hacía poco mientras seguía el camino que su nariz le indicaba. Podía haberle metido en un pedregal y obligarle a cruzar un desierto, y lo hubiera hecho, gobernado como estaba por sus ansias de venganza y sus deseos de convertir a la pequeña Vulpix en su pareja.

Durante lo que debió ser aproximadamente media hora, Mahne corrió sin detenerse ni una sola vez, seguido a unos cien metros por el Absol, y algo detrás de él su pareja. Esta respiraba con dificultad, y de vez en cuando se detenía para tomar aire. No estaba acostumbrada al ejercicio. Su rutina de quedarse en casa limpiando y cocinando con la ayuda de su hija, y ayudar a su pareja quemando la paja que quedaba tras segar el trigo para que sus cenizas fertilizaran los campos no le permitía demasiada actividad física.

Por su parte, el Manectric todavía seguía el rastro de humedad que Yia había ido dejando a medida que caminaba . Este se había ido haciendo más y más débil a medida que se alejaban del riachuelo, pero al Manectric aquello no le preocupaba en absoluto. Es más, una amplia sonrisa adornaba su rostro. Sabía muy bien a dónde se dirigían. Si seguían en aquella dirección, acabarían llegando al camino que unía las aldeas de Tonucs y Verouc, distantes quinientos kilómetros entre sí; el lugar en el que muy probablemente había acabado la Vulpix cuando recorrió el mismo camino que ellos la noche antes. Una vez hubieran llegado a él, no tenían más que separarse (eso sí, él junto con la Ninetales para evitar cualquier traición que sus padres pudieran tener planeada y poder utilizarla como rehén si se negaban a entregársela) y preguntar en alguna de las múltiples posadas que jalonaban el borde del camino. Tal vez fuera cosa de horas, tal vez de días; pero no había ninguna duda de que acabarían atrapándola.

— ¡Nehey! —llamó de repente el Absol, rompiendo la concentración del Manectric y deteniendo su carrera.

A unis veinte metros a su derecha, un Poochyena levantó la cabeza de las hortalizas que estaba regando, y al ver quién había llamado su atención echó a correr hacia ellos, cubriendo en apenas tres segundos la distancia que los separaba.

—Buenos días —los saludó, inclinando la cabeza, mientras Mahne se acercaba, curioso y algo enfadado por la interrupción—. Qué raro veros por aquí. ¿Ha ocurrido algo?

— Sí —respondió la Ninetales, y a continuación dijo—: ¿Has visto a Yia? Se escapó anoche y no podemos encontrarla.

Nehey miró a la hembra de arriba abajo, y después abrió la boca para responder a su pregunta. Sin embargo, Mahne no le dejó hacerlo, porque le interrumpió para preguntar de muy mal humor:

— Bueno, ¿y este quién es?

— Me llamo Nehey, y soy el mejor amigo de Yia —dijo él, remarcando con evidente orgullo la última parte. Después se giró hacia la Ninetales, pero antes de que pudiera darse cuenta de lo que ocurría estaba el el suelo sobre su espalda y con una pata del Manectric apoyada en su garganta, amenazándole con las garras extendidas que de vez en cuando arañaban su piel, mandando un mensaje de alarma y una oleada de adrenalina por su cuerpo.

— ¡¿Dónde la has escondido, so hijo de Ninetales?! ¡Dime ahora mismo dónde la tienes o te mato, imbécil!

El Poochyena miró al Manectric con una mezcla de terror y estupefacción mientras una gota de sudor frío caía por su frente, y por un instante trató de comprender lo que ocurría sin conseguirlo. Por lo visto, debía pensar que él tenía escondida a Yia en alguna parte para salvarla de su emparejamiento forzoso, pero se equivocaba. Entonces, sus instintos se adueñaron de su voluntad y se revolvió con fuerza tratando de huir; pero el Manectric era mucho más fuerte que él, y de una sola bofetada cortó en seco su intento de fuga.

— Vuelvo a repetírtelo. ¿Dónde la has escondido?

— ¿Qué… qué dices? Yo no he escondido nada —contestó aterrado, con la esperanza de que eso mejorara la situación; pero sólo consiguió que el Manectric aumentara la fuerza con que pisaba su cuello, hasta el punto de que empezaba a costarle respirar.

— No mientas —dijo él, apretando su garganta con más fuerza y cortándole la respiración por un instante. Después, acercó lentamente su rostro al del pokémon siniestro hasta que las puntas de sus hocicos se tocaron, y, clavando su mirada en la del pokémon con una intensidad que hacía imposible sostenérsela, siseó amenazadoramente con una lluvia de chispas cayendo desde su melena—: Por última vez. ¿Dónde está Yia?

— No… no lo sé —contestó él, ganándose una mirada furiosa del pokémon eléctrico y una garra sobre su cuello. Una ola de frío pánico lo recorrió, abriendo un pozo helado bajo su estómago, y añadió a gran velocidad—: No sé dónde está. Pasó por aquí, pero eso es todo lo que sé. ¡Lo prometo!

Los tres pokémon se quedaron un en silencio tras la respiración, y, tras intercambiar una mirada, Mahne volvió a colocarse en la misma posición que antes, aunque algo más separado del Poochyena.

— Cuéntame más —le ordenó autoritariamente, pasando la lengua por entre sus dientes. Ya podía saborear su victoria sobre la Vulpix, y no podía esperar a confirmarla—. ¿Cómo y cuándo la viste?

— Anoche —respondió Nehey, respirando agitadamente y observando atentamente las reacciones de Mahne—. Iba a acostarme, y entonces la vi pasar por el campo de nabos. Abrí la ventana y la llamé, pero no respondió. —Inspiró profundamente y añadió—: Creo que no me oyó.

— ¿Y en qué dirección iba? —preguntó inquisidoramente, cerrando sus ojos hasta que se convirtieron en dos finas líneas rojas.

— Hacia el sur —dijo sin vacilar—. Hacia el camino de Verouc.

Durante un larguísimo segundo, el Manectric mantuvo los ojos cerrados mientras reflexionaba sobre las respuestas que le había dado el Poochyena; y mientras lo hacía el pokémon siniestro esperaba la suya aguantando la respiración, con un nudo en la boca del estómago. Ni siquiera se atrevía a mirarlo a los ojos, temeroso de recibir una nueva bofetada.

— De acuerdo —dijo finalmente, levantando sus patas del pecho del Poochyena, que dejó escapar un fuerte suspiro de alivio que ni siquiera se molestó en disimular. Tambaleándose, se puso en pie, solo para recibir una nueva bofetada, más fuerte si cabe que la primera, y volver a dar con sus huesos en el duro suelo.

— Eso por hacerme perder el tiempo —dijo, dándose la vuelta y echando a correr en la dirección que le había indicado el Poochyena—. ¡Vamos! Tengo una novia a la fuga a la que quiero atrapar antes de que sea de noche.

El Absol y la Ninetales dedicaron una rápida de disculpa a Nehey, quien seguía tumbado en el suelo, desorientado por el golpe recibido; y se apresuraron a seguir al Manectric, quien les llevaba la delantera por más de veinte metros.

Por su parte, el Poochyena se limitó a verlos marcharse; y, cuando se perdieron de vista entre los altos tallos de las plantas de Mais se puso en pie, negando con la cabeza. Estaba seguro de que aquel era Mahne. Yia se lo había descrito como el Manectric más violento, machista e inaguantable que había conocido nunca, y el que acababa de darle las dos mayores bofetadas que había recibido en su vida cumplía bastante bien aquella descripción.

Por un momento, deseó que no la encontrara nunca; y después volvió al campo de nabos para retomar su tarea de regarlos. Tenía que admitir que, de acuerdo a la descripción de Yia, la situación había tenido uno de los mejores resultados posibles. No quería ni imaginarse lo que le hubiera hecho si hubiera llegado a enterarse de la noche de pasión que había pasado con Yia en el granero de su familia.

Un cuarto de hora después, los tres pokémon llegaron finalmente a su destino. Fue Mahne, por supuesto, el primero en hacerlo después de esquivar un campo de verduras por poco y saltar sobre un par de acequias de riego; y enseguida comenzó a buscar en el albero del camino alguna pista que pudiera conducirle a la Vulpix. Por suerte para él, el camino no solía ser muy transitado y casi nadie lo utilizaba por las noches, lo que unido a que no había llovido en una semana hacía relativamente fácil localizar en la tierra rastros o huellas.

— ¿Ha aparecido algo? —le preguntó la Ninetales, apareciendo a su lado sin previo aviso, con su pareja detrás de ella.

El pokémon eléctrico inspiró profundamente, y, apuntando a unas huellas muy parecidas a las que había visto en la granja, bajo la sábana de cuerdas, preguntó ásperamente:

— ¿Son esas sus huellas?

La pokémon bajó los ojos al suelo para verlas mejor, y, después de escudriñar a conciencia las pisadas, pasando varias veces las patas delanteras por encima, y levantó la cabeza para sentenciar:

— Sí, son suyas. Tienen la cicatriz que se hizo cuando se cortó la pata al pisar una piedra afilada a los nueve meses.

Mahne asintió con la cabeza, y miró en la dirección que marcaba la larga hilera de huellas. Después, pronunció una sola frase antes de seguirlas tan rápido como los músculos de sus patas traseras le permitían:

— A por ella.

Con la mirada fija en el horizonte, el Manectric corría a lo largo del camino. Los escasos pokémon que encontraba a su paso lo miraban entre extrañados y estupefactos, preguntándose cuáles eran sus razones para correr y si tal vez lo perseguía la policía, lo cual pensaban confirmado cuando se encontraban con el Absol y la Ninetales que lo seguían a medio minuto de distancia. Pero lo que ellos pensaran no le importaba en absoluto. Su cerebro solamente registraba un único pensamiento, y este era su victoria. Ya la tenía asegurada; y tan solo necesitaba alargar la pata para reclamarla. Yia no tenía escapatoria posible. No pasaría mucho tiempo hasta que pudiera llevarla a rastras a su casa para emparejarse con ella y castigarla como es debido por burlarse de él e intentar escapársele.

Sin embargo, si hubiera estado atento al rastro en lugar de regodearse en sus ensoñaciones de triunfo, se habría percatado de que las huellas que seguía desaparecían justo antes de cruzar un pequeño puente para reaparecer dos kilómetros más lejos en dirección contraria.


Bueno, hasta aquí el capítulo de hoy. El próximo ya lleva tres cuartas partes, así que espero poder colgarlo en quince días o así; aunque podría retrasarse por exámenes.

Espero que os haya gustado, y volver a veros en el próximo capítulo.