Buenas. Ya estoy aquí otra vez con el nuevo capítulo. Quería sacarlo antes, pero se me metieron exámenes en el camino. Lo de siempre, vamos...
Por cierto, la temporada de exámenes comienza a mitad de enero, así que no habrá nuevo capítulo hasta mitad de febrero, como mínimo.
Disclaimer: No poseo pokémon.
La historia detrás de esta canción es ciertamente curiosa: viene de un cartel de circo del siglo XIX que John Lennon compró en una tienda de antigüedades. De hecho, la mayor parte de la letra viene del propio cartel; y los nombres que se mencionan son de artistas reales del siglo XIX (excepto el caballo Henry).
Autor: Lennon/McCartney. Año: 1967. Álbum: Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band.
— Mamá, ¿cuándo llega papá? —pregunté por decimoquinta vez aquella noche, acurrucándome contra su cálido y suave vientre.
Por toda respuesta, mi madre se limitó a emitir un suspiro cansado y a apretarme contra ella con sus nueve colas.
— Dentro de nada, hija mía —repitió ella por decimoquinta vez, y después me miró con una sonrisa tranquilizadora en su rostro—. No te preocupes. Él sabe cómo cazar de noche. No le va a pasar nada.
Fruncí el ceño al mismo tiempo que usaba mis patas para darme la vuelta y quedar de cara a mi madre, y emití un sonido parecido a un gruñido desde mis fosas nasales. Ya sabía que papá volvería; no era una niña pequeña asustada porque su padre está fuera de la madriguera. Simplemente tenía hambre, y quería que mi padre volviera porque sabía que traería algo de comer.
Sin nada mejor que hacer (podría haber estado dando vueltas por la madriguera, pero eso solamente me hubiera impacientado más), me quedé tumbada sobre el frío suelo de tierra algo húmedo por las últimas lluvias, esperando la vuelta de mi padre con los ojos cerrados; y al fin tras unos minutos mi paciencia tuvo su recompensa: mi nariz captó al fin el inconfundible olor de mi padre.
A la velocidad del rayo, me di la vuelta impulsándome contra el suelo y eché a correr hacia el estrecho pasillo de entrada de la madriguera, impulsada por el hambre y la curiosidad. Detrás de mí, mi madre me gritó algo acerca de tener cuidado, pero la ignoré y seguí corriendo. Podía defenderme sola; ellos me habían enseñado a luchar durante el verano, y les había demostrado que no tenía ningún problema para ganar si me enfrentaba a un pokémon de mi edad y cuyo tipo fuera débil frente al mío.
Finalmente, mis ojos vieron las hojas de los arbustos tras los cuales estaba la entrada a mi madriguera, y me senté allí, moviendo las colas con impaciencia. Sabía que mi padre estaba cerca, porque su olor llegaba a mis fosas nasales con mucha fuerza. Junto a él, podía captar también el inconfundible aroma metálico de la sangre. Instintivamente, la saliva comenzó a fluir hacia mi boca. ¿Qué nos traería? ¿Un Lopunny? ¿Un Raticate? Se me hacía la boca agua sólo de imaginar su sabor y su textura.
De improviso, las hojas de los arbustos comenzaron a moverse, emitiendo un sonido amortiguado al chocar las ramas unas con otras; y el corazón se me aceleró. Ahí estaba. Tenía que ser él. No había otra posibilidad. Aunque sólo fuera porque su olor era cada vez más fuerte.
Entonces, vi una forma blanca saliendo de entre las hojas verdes, y sin pensármelos dos veces corrí hacia ella para abrazarla. Oí un golpe amortiguado contra el suelo, y justo después sentí el contacto de una pata peluda alrededor de mi cuerpo. Sonriendo, acaricié otra pata con mi hocico, y él me apretó contra su cuerpo con más fuerza.
— ¡Hola, papá! —exclamé excitadamente, separándome de su abrazo para ponerme enfrente de él—. ¿Cómo estás? ¿Qué tal te ha ido? ¿Qué has traído?
A modo de respuesta, mi padre sonrió con picardía mientras cogía a su presa de entre sus piernas, tapándola con sus colas para que yo no pudiera verla, y después me empujó suavemente con el morro hacia el interior de mi madriguera. Algo molesta, pero sin otra posibilidad, emprendí el camino de vuelta con mi padre detrás, dándome la vuelta cada pocos segundos para intentar ver un poquito de la cena, aunque solo fuera el color de su pelaje. Pero, sin embargo, mi padre lo tenía tan bien escondido que no pude ver ni siquiera un solo pelo. Y eso tenía que querer decir algo. Seguro que había traído algo delicioso y quería esperar hasta estar en casa para darnos la sorpresa.
Seguida por él, entramos en la sala principal de la madriguera. Al verme, mi madre levantó la cabeza, y cuando vio a mi padre detrás de mí mis labios se curvaron en una cálida sonrisa.
— Hola, cariño —dijo, levantándose y caminando hasta el centro de la madriguera, donde la esperaba mi padre; y cuando llegó a su altura lo besó en los labios. Algo turbada, aparté la mirada, sonrojada. No sabía por qué, pero siempre me había dado vergüenza ver a mis padres besándose—. ¿Qué tal la noche?
— Mal. —replicó él con sinceridad, emitiendo un suspiro. Al instante, mis orejas se aplastaron contra mi pelaje, y comencé a temer por mi cena. ¿Qué habría traído para que le hubiera ido mal?—. Hoy hay luna llena, y así es más fácil que me vean.
— Pero has conseguido cazar algo, ¿no? —inquirió mi madre, en tono de preocupación. Ayer y anteayer papá no había tenido suerte, y habíamos tenido que acostarnos sin cenar.
— Sí, pero… —fue a replicar él, pero entonces calló y dio un paso atrás para revelar lo que ocultaba entre sus patas delanteras. Con una mezcla de curiosidad y hambre, las dos nos acercamos a su presa, sólo para descubrir que se trataba de un Buneary, y además pequeño.
— Siento traer esto —se disculpó él, mirando fijamente el cuerpo del Buneary—. Pero es lo único que he podido cazar.
En completo silencio, mi madre avanzó hacia él, y cuando estuvo a su lado puso una pata sobre nuestra cena. Cuidadosamente, tomó una oreja entre sus dientes y la arrancó de un solo bocado. La sangre comenzó a brotar de la herida, y yo emití un chillido de emoción al verla caer al suelo en forma de un delgado hilo rojo. Por fin íbamos a cenar algo.
—Toma, hija —dijo, poniéndomela delante de mi hocico. Instintivamente, la olfateé durante un segundo, y enseguida la metí en mi boca con un solo movimiento. Sabía dulce, con el característico regusto metálico de la sangre fresca; y al morderla se escapaba de entre mis dientes. Era casi como un desafío, y eso era lo que más me gustaba de ella—. ¿Qué le vamos a hacer? —Arrancó la otra oreja para dársela a mi padre, y después comenzó a comer de su brazo derecho—. Es casi imposible cazar con luna llena.
Después de aquella frase, se hizo el silencio en el interior de nuestro hogar, roto solo por el ruido que hacíamos al masticar y tragar la comida, que terminamos en menos de cinco minutos. Mi madre y yo dimos buena cuenta de las extremidades y casi toda la carne del exterior, mientras que mi padre se comió las vísceras, que yo consideraba repulsivas. Algo extraño para una pokémon carnívora; pero así era yo.
Apenas unos minutos después, el Buneary ya había desaparecido entre nuestras mandíbulas, y los tres estábamos tumbados en el suelo, haciendo la digestión. Lentamente, apoyé la cabeza sobre el cuerpo de mi padre, y él se giró para sonreírme con calidez. Con cuidado, alargué el cuello para besarle en la mejilla, y le sonreí.
— Gracias por la cena —susurré.
— No hay de qué, hija —respondió él, lamiéndome la cara. Reí un poco por las cosquillas que me hacía con su lengua, y volví a besarle.
De nuevo, volvió a reinar el silencio. Tumbada boca arriba sobre mi espalda, volví la mirada al techo, y comencé a seguir las líneas que la tierra dibujaba en él con la mirada mientras escuchaba la rítmica respiración de mi madre. Si no me equivocaba, estaba dormida. Y lo cierto es que yo también debería estar durmiendo. Mañana iban a enseñarme a cazar, y podía estar segura de que iba a ser un día largo y agotador.
Moviéndome cuidadosamente para no despertarla, me giré para colocarme de cara al pelaje de mi madre, y la abracé. Bostecé, y cerré los ojos, intentando dormir. Lo necesitaría para el largo día que me esperaba.
Justo entonces, un estampido seco, como el de una explosión, cortó el aire. Asustada, me di la vuelta y comencé a sacudir a mi padre para que se despertara.
— ¿Hm? ¿Qué pasa, hija? — me preguntó él, somnoliento.
— ¿Has oído eso?
Sacudiendo la cabeza, mi padre se levantó del suelo y estiró un poco las patas antes de responder:
— Sólo son humanos que han venido a cazar al bosque. Duerme tranquila. No tienes de qué preocuparte.
— ¿Pero no es la época de veda? —preguntó mi madre, girando la cabeza para quedar frente a nosotros.
— Sólo del Buneary. Estarán cazando Ducklett o Stantler. —Volvió a tumbarse y comenzó a pasar sus colas sobre mi pelaje—. Anda, vuelve a dormir.
Algo más tranquilizada por sus palabras, cerré otra vez los ojos, respirando hondo para calmarme y poder dormir tranquila. Sin embargo, apenas lo había conseguido cuando el sonido volvió a repetirse, y esta vez acompañado de un prolongado aullido de dolor.
— Oh, no —murmuró mi padre en tono de preocupación. Sorprendida, levanté la cabeza, y vi que una expresión de profunda inquietud cruzaba su rostro.
— Cariño, ¿ese era…? — preguntó mi madre, también preocupada.
— Sí. Era un Ninetales —murmuró, y después miró al suelo.
— Papá, ¿qué está pasando? —pregunté, asustada.
Después de un larguísimo segundo de silencio, mi padre levantó los ojos del suelo y me miró. Entonces, comprendí que él también estaba asustado.
— Furtivos —escupió finalmente.
Durane un segundo, lo miré sin comprender muy bien lo que quería decir. Él debió darse cuenta de mi ignorancia, porque enseguida me explicó:
— Humanos que cazan especies prohibidas. —Su rostro se ensombreció de repente—. Son muy peligrosos, porque pueden cazarte a distancia con sus armas, y además cazan Ninetales.
Espantada, miré alternativamente a mi padre y a mi madre, incapaz de articular una sola palabra. Mi cerebro no podía concebir el hecho de que un humano pudiera arrebatarme a mis padres en un instante, a ellos, dos orgullosos cazadores a los que temían todas sus presas. Mi madre debió notar mi miedo, porque me dio una palmadita en la cabeza con la palma de su pata y me dijo en tono tranquilizador:
— No te preocupes, hija. Ya tienen a una presa, y enseguida se irán.
Justo entonces, como si hubiera estado esperando a que mi madre hubiera pronunciado esa frase, volvieron a oírse los mismos aullidos de dolor; pero esta vez mucho más débiles y espaciados entre sí, como si le estuvieran golpeando cada pocos segundos.
— No —respondió mi padre, negando con la cabeza—. Ese se ha escapado y ahora lo están curando en su madriguera. Me juego la cabeza a que siguen buscando una presa.
— Pe-pero no vendrán aquí, ¿no? —le pregunté yo, aterrada y a punto de echarme a llorar.
Mi madre me envolvió con sus cálidas colas, y, después de acercarme a ella hasta que mi espalda estuvo en contacto con mi barriga, comenzó a acariciarme con sus patas para calmarme. Y funcionó: su calor y su cercanía redujeron mis ganas de llorar hasta que no fueron más que un minúsculo nudo en mi garganta que eliminé tragando saliva.
— No te preocupes —susurró en mi oído, estrechándome fuertemente entre sus colas con cuidado de no hacerme daño— No podrán encontrar la entrada. Tu padre fue muy listo y la tapó con arbustos para que nadie pudiera encontrarlos.
Al otro lado de la habitación, mi padre sonrió, y añadió:
— Y además, aunque la encontraran, hay otro túnel que va a dar al río. No nos cogerán aunque quieran.
Algo más relajada por sus palabras, apoyé mi costado sobre la tierra y bajé la cabeza hasta que tocó el suelo, todo ello sin liberarme del abrazo de mi madre. Suspiré con fuerza, y cerré los ojos, girándome hasta que mi nariz apuntó directamente a la entrada de la madriguera. Así, si alguien entrara, sería la primera en enterarme y podría avisar a mis padres para huir.
A los pocos minutos, todos menos yo estábamos dormidos. Lo intentaba, pero daba igual lo que hiciera, no podía. Todavía tenía miedo, y sabía que los furtivos seguían allí, porque habían vuelto a sonar explosiones y gritos de dolor, el último apenas un minuto antes. Frustrada, me di la vuelta para quedar de cara a mi madre, e intenté relajarme respirando honda y calmadamente, al mismo ritmo que respiraban mis padres.
Y entonces lo oí. Ahí, justo en la entrada de mi casa, el ruido entrecortado de las hojas de los arbustos chocando unas con otras. Aterrada, me abalancé sobre mi padre y comencé a sacudirlo frenéticamente para despertarlo sin apartar los ojos ni una fracción de segundo de la boca del túnel.
— ¡Papá! —grité en cuanto vi que sus ojos se abrían—. ¡Hay algo en la entrada!
Bostezando enérgicamente, mi padre sacudió la cabeza y volvió la mirada en mi dirección. Al mismo tiempo, el sonido volvió a repetirse con algo más de fuerza, haciendo que me acurrucara junto a mi padre.
— Sólo es el viento, hija. Anda, vuelve a dormirte — dijo, con el cansancio reflejado en su voz. Sin embargo, yo lo miré poniendo mi mejor cara de cachorrito abandonado; y eso, junto al hecho de que el ruido volvió a sonar, finalmente le forzaron a levantarse e ir a ver que ocurría.
A paso lento, y bostezando cada pocos segundos, mi padre se acercó a la boca del túnel mientras mis nervios aumentaban a cada paso que daba. Suspirando, bajó la cabeza para mirar, y mientras lo hacía mi estómago dio un tirabuzón.
Entonces, como un rayo, se dio la vuelta, me cogió del cuello entre sus mandíbulas y corrió a donde estaba mi madre, sacudiéndola como había hecho yo apenas un minuto antes con él.
— ¿Cariño, qué pasa? —preguntó ella, alarmada como yo. No entendía muy bien lo que pasaba, pero sabía que mi padre solamente me llevaba así cuando había que huir.
Sin perder tiempo, mi padre le hizo un gesto con las colas para que lo siguiese y le dijo algo que se convirtió en un gruñido informe al estar mi piel entre sus dientes, y echó a correr hacia la pared del fondo a la máxima velocidad que le permitían sus piernas. Asustada, chillé y cerré los ojos al ver que íbamos a chocar contra ella, pero en el último momento mi padre rodó por el suelo y entramos en algo que debía ser el túnel de salida que había descrito antes, porque sentía la tierra del techo rozando el pelaje de mi flequillo.
— ¡Papá! ¿Adónde vamos? —exclamé yo, con la adrenalina corriendo por mis venas debido a su alocada carrera. Una piedra pasó silbando por encima de mi cabeza, y la agaché, asustada.
— ¡Silencio! —me ordenó mi madre en un susurro; y yo la obedecí, intimidada. Después, se volvió hacia mi padre, y entre dos jadeos, le preguntó—: Son humanos. ¿Cómo nos han encontrado?
Inmediatamente, sentí un pozo frío en mi estómago al tiempo que el miedo y la desesperación se adueñaban de mí y las lágrimas se deslizaban por mi mejilla. Había ocurrido. Estaba ocurriendo. Querían cazarnos.
— No te preocupes, hija —susurró mi madre, intentando transmitirme seguridad; pero en su voz había mucha menos de lo que aparentaba. A lo lejos, podía ver la salida del túnel, un pequeño círculo azul oscuro entre la oscuridad, y eso me hizo pensar que tal vez hubiera una remota posibilidad de lograrlo—. Vamos a salir de esta. Confía en nosotros.
Poco tiempo después, cruzamos en el más absoluto de los silencios la segunda boca del túnel, y enseguida nos encontramos frente al ancho río que cruzaba el bosque, tal como mi padre había afirmado. Girando la cabeza lentamente, lo observé en silencio con una mezcla de ansiedad e intriga mientras nos acercábamos cada vez más a la orilla. ¿Qué tenía planeado mi padre para dar esquinazo a nuestros perseguidores?
Entonces, sin previo aviso, los dos comenzaron a correr hacia el agua a la mayor velocidad que les permitían sus piernas. Asustada, emití un chillido que enseguida mi madre se encargó de silenciar metiéndome una cola en la boca.
— ¡Silencio, o sabrán dónde estamos! —susurró, intimidante y mirándome fijamente a los ojos. Asustada, contuve la respiración sin poder apartar la mirada durante un segundo; y después, su expresión de relajó y dijo—: Vamos a saltar para que nos pierdan el rastro. —Guardó silencio, y esperó a que estuviéramos en la orilla para continuar—: Todo saldrá bien. Confía en nosotros y sé valiente, hija mía.
Justo después de que terminara de pronunciar esa frase, sentí un violento tirón de mi cuello, y acto seguido comenzamos a elevarnos, impulsados por las poderosas patas traseras de mi padre. Mi corazón latía con fuerza mientras cortábamos el aire con el viento soplando a nuestro alrededor, jugando con nuestro pelaje hasta enredarlo. Ansiosa, miré a mi derecha, y allí estaba mi madre. Se dio cuenta de que la miraba, y giró la cabeza para dedicarme una amplia sonrisa.
Y entonces, caímos al agua con una gran salpicadura.
Instintivamente, comencé a patalear al sentir el contracto del frío líquido con mi pelaje, intentando salir de él tan pronto como pudiera. No sabía nadar, nunca me habían enseñado; pero eso no me importaba en aquel momento. Tenía frío, estaba empapada y además era una pokémon de tipo fuego. Todos mis instintos me urgían a salir y secarme antes de que me enfriara y me diera una hipotermia. Pero, por suerte, mi padre se encargó de eso, y enseguida sacó su cuerpo del agua lo justo como para que sólo mis patas posteriores permanecieran sumergidas.
— ¡Vamos! —nos apremió mi madre, comenzando a dar brazadas en dirección a la orilla opuesta, mientras las gotas de agua caían al río desde los flecos empapados de su pelaje.
Obedeciendo su orden, mi padre empezó a mover las patas en el agua, intentando al mismo tiempo que yo no me cayera de su boca. Sin embargo, por mucho que lo intentaba, aquello no era tan fácil. El agua que había entrado en su boca durante la caída hacía que sus dientes resbalaran sobre mi pelaje, y cada vez que descendía un centímetro la bola de nervios que tenía en mi estómago aumentaba de tamaño. Él también se dio cuenta, y comenzó a bracear a mayor velocidad, intentando salir del agua antes de que yo cayera a ella. Por suerte, me escurría muy lentamente de su boca, lo suficiente como para que cuando llegamos a la otra orilla apenas hubiera bajado unos cinco centímetros. Pero, aunque eso pareciera poco, era perfectamente suficiente como para que sintiera un fuerte dolor en mi cuello, justo donde sus dientes tiraban de mi carne.
Por fin, aproximadamente un minuto después de haberse lanzado al agua, mi padre encontró tierra bajo sus patas en lugar de más agua. Sus dientes se movieron sobre mi cuello, y supe que estaba sonriendo.
Con energías renovadas, echaron de nuevo a correr, chapoteando con fuerza hasta que ganaron la orilla y silenciosamente sobre el suelo después. No lo expresábamos con palabras, pero lo cierto es que había un aura de orgullo a nuestro alrededor. Habíamos conseguido escapar de nuestros perseguidores, poniendo un río de por medio para impedir que pudieran seguirnos por el olor. Seguiríamos vivos una noche más. Por la mañana estaríamos de vuelta en nuestra madriguera, y sería como si esto nunca hubiera ocurrido.
Entonces, el seco estampido de antes volvió a repetirse; y sin previo aviso me encontré rodando por el suelo, arrancada de la boca de mi padre como si un Alakazam me hubiera sacado de ella con sus poderes psíquicos.
— ¡Nateyl!— chilló mi madre, parándose en seco y dando media vuelta para volver junto a mi padre.
Alarmada por la angustia del chillido de mi madre, me puse en pie tan pronto como dejé de rodar y me giré en redondo para seguir a mi madre. Sin embargo, tan pronto como lo hice, mi corazón se rompió y las lágrimas llenaron mis ojos.
— ¡Papá, no!
Mi padre estaba tumbado sobre el suelo de tierra, mirándonos con ojos en los que se leían el miedo y la resignación. Un delgado hilo de sangre bajaba por su costado desde una herida abierta en su espalda, tiñendo la piel de rojo a su paso hasta donde caía al suelo. Lo miré con lágrimas en los ojos y un nudo en la garganta, y el pelaje alrededor de los suyos comenzó a empaparse.
— Naina, Kitsia… —musitó él dificultosamente, con los ojos fijos en nosotros y mirándonos con toda la intensidad de que era capaz. Su pecho, en lugar de subir y bajar rítmicamente como lo había hacho siempre, lo hacía arrítmicamente, a espasmos—. Dejadme aquí… — Se levantó trabajosamente sobre sus patas delanteras, y, haciendo un gesto con la derecha, gritó—: ¡Marchaos! ¡Salvaos vosotras!
Inmediatamente, el doloroso nudo de mi garganta se apretó al mismo tiempo que el caudal de mis lágrimas aumentaba; y negué lentamente con la cabeza. No podía hacerlo. Era mi padre. No podía dejarlo allí tirado. Lentamente, comencé a caminar en dirección a él. Me daba igual lo que dijera. Iba a sacarlo de allí y lo iba a llevar conmigo hasta un lugar en el que estuviéramos a salvo de los furtivos.
— ¡Atrás! —rugió, con tanta fuerza que di un salto atrás, sobresaltada. Inmediatamente, sus facciones se relajaron con las lágrimas que intentaba contener; y justo cuando iba a correr hacia él para consolarlo sentí un tirón de mi cuello que rápidamente lo sacó de mi vista. Era mi madre. Me revolví violentamente en mi boca, intentando liberarme para verlo por última vez, pero no obtuve ningún resultado. Me tenía bien agarrada entre sus mandíbulas.
— Adiós — le oí murmurar, con la voz rota de dolor y respirando quebradamente.
Tan pronto como sus palabras llegaron a los oídos, sentí algo parecido a un cuchillo clavándose en lo más profundo de mi corazón. Con el corazón roto en dos, comencé a derramar lágrimas mientras mi madre atravesaba velozmente el bosque. Otro disparo sonó en la lejanía, y el cuchillo se clavó aún más, elevando mi dolor hasta límites insospechados al tiempo que me hacía llorar lágrimas que no sabía que tenía. Estaba muerto. Mi padre estaba muerto. Los humanos lo habían matado. Un Ninetales tan bueno, tan cariñoso, tan buen cazador y tan buen padre… ¿Por qué? ¿Por qué tenían que matarlo? Nunca le había hecho nada a nadie.
Algo húmedo cayó sobre mi frente, y enseguida supe que mi madre también lloraba por él.
Acompañadas solo por el débil y rítmico sonido de nuestros pasos y nuestro llanto, seguimos corriendo por el bosque, sin saber muy bien adónde íbamos; aunque lo cierto era que no nos importaba en absoluto. Lo único que podía sentir a través de mis lágrimas era el asfixiante dolor que asaltaba mi pecho y oprimía mi corazón. Mi padre se había ido para siempre; y ya nunca volvería a verlo.
Finalmente, mi madre decidió detenerse; si bien no me di cuenta hasta que abrió su boca y me dejó caer sobre el duro suelo. Inmediatamente, la gravedad hizo su trabajo y caí a tierra, aunque afortunadamente pude caer sobre mis cuatro patas y quedar en pie. Hice una mueca de dolor al sentir el impacto, y enseguida subí la cabeza para ver dónde estábamos.
— Mamá, ¿dónde estamos? —pregunté en voz baja al darme cuenta de que no era capaz de reconocer los árboles ni el terreno que conformaban aquella parte del bosque.
En lugar de responder inmediatamente, mi madre comenzó a caminar por los alrededores, olisqueando la tierra y golpeándola con su pata de vez en cuando; y mientras tanto yo la miraba, intrigada y sin saber qué se proponía. Finalmente, se detuvo entre las raíces de un enorme árbol, que en la oscuridad aparentaba ser aún más alto de lo que era y que no estaba demasiado lejos de mi posición; y, girando la cabeza hacia mí, musitó con voz ausente:
— No lo sé, hija mía. —Negó lentamente con la cabeza, y repitió con el mismo tono de voz—: No lo sé.
Durante unos segundos, en los que yo aproveché para acercarme a ella y abrazarme a su pata derecha, ella se dedicó a mirar a las estrellas; y podía oír los sollozos que intentaba ahogar mientras lo hacía. Entonces, me besó en lo más alto del rizo dorado que adornaba mi cabeza, y comenzó a cavar en la tierra con sus patas delanteras. Nada más verla, me di cuenta al fin de lo que estaba haciendo: estaba cavando una madriguera nueva.
— Mamá —pregunté en tono lastimero, golpeando su barriga con mi pata para que me prestara atención—, ¿nos vamos a quedar aquí para siempre?
Ella volvió la cabeza para verme, pero sin interrumpir su trabajo; y yo la miré intentando darle toda la pena que podía. Había vivido toda mi vida en nuestra madriguera antigua con mis padres, y no sabía si alguna vez podría acostumbrarme a vivir solo con mi madre en un agujero excavado la noche más triste de mi vida.
— No, hija —replicó, aumentando la velocidad con que cavaba en la tierra, y de repente se paró para abrazarme. Sorprendida, estreché mi cuerpo contra el suyo, buscando su calor y su cariño; y de nuevo volví a sentir algunas gotas mojando mi cabeza—. Solo… esta noche… solo… hasta mañana…
Abrazándonos con toda la fuerza que podíamos, las dos lloramos con fuerza los acontecimientos de la noche, en busca de un poco de consuelo mientras sentíamos las cálidas lágrimas bajando unidas por nuestro pelaje, empapándolo allí por donde pasaban. Unos segundos después, nos separamos; y la miré a través del velo de mis lágrimas. Su rostro estaba contraído con fuerza en un gesto de dolor, pero al posar la mirada sobre mí se forzó a borrarlo, intentando mostrarse fuerte para darme ánimos con que superar nuestra tragedia. Sintiendo cómo mi corazón se rompía, di un paso adelante para fundirme en un abrazo con ella.
Y en ese momento, una nueva explosión hizo saltar el silencio de la noche.
Asustada, me abracé a mi madre; pero tan pronto como mis patas la tocaron perdí el equilibrio y las dos caímos al suelo, revolcándonos por la tierra. Confundida, di un par de vueltas sobre mi costado y me puse en pie. Había algo muy raro en todo aquello. Yo nunca habría tenido fuerza suficiente para derribarla.
Entonces, un débil gemido de dolor llegó a mis oídos; y, por segunda vez aquella noche, mi corazón se rompió y mis ojos se llenaron de lágrimas.
— ¡Mamá! —grité, abalanzándome sobre su cuerpo tendido sobre el suelo en toda su longitud. No podía ser. Aquello no podía ser. Ya había perdido a mi padre. ¿Por qué tenían que quitarme también a mi madre? Presa del pánico y llorando a lágrima viva, me abracé a su espalda, y enseguida sentí un líquido caliente que mojaba mi pelaje y se deslizaba lentamente por él. Cuando me separé de ella, vi que era su sangre.
— Ki… Kitsia… —musitó débilmente. Mis ojos llorosos eran incapaces de separarse del chorro de sangre que brotaba de una herida en su espalda.
— ¡Mamá! —chillé yo, abrazándome a ella mientras el mismo dolor que había atravesado mi pecho cuando perdí a mi padre volvía a cruzarlo, oprimiendo mi corazón y mis pulmones hasta el punto de que por más que me esforzaba en inspirar no conseguía tomar aire.
Trabajosamente, mi madre se levantó sobre sus patas traseras, tal como mi padre lo había hecho antes; cortando el contacto conmigo en el proceso. Me buscó con la mirada; y cuando me encontró me miró directamente a los ojos, con tal intensidad que no fui capaz de apartar la mirada.
— Corre — me ordenó autoritariamente; y yo retrocedí, intimidada. No podía dejarla allí. Era mi madre. Ya había perdido a mi padre; y si ahora la perdía también a ella ya no me quedaría nadie en el mundo a quien recurrir.
— Corre —repitió ella, haciéndome un gesto con su pata para que me alejara de allí—. Si te encuentran, te matarán como a tu padre y a mí. — Apretó los dientes con fuerza mientras su rostro se contraía en un gesto de dolor y sus ojos se llenaban de lágrimas; y acto seguido rugió con todas sus fuerzas—: ¡Huye! ¡Corre por tu vida! ¡Hazlo por mí! ¡Hazlo por tu padre! —Contuvo un grito de dolor, transformándolo en un simple respingo; y unió todas las fuerzas que pudo reunir en un único pero potente rugido—: ¡No seas estúpida y huye por tu vida, Kitsia!
No sabría decir qué fuerza misteriosa me poseyó en aquel instante, pero lo cierto es que cuando me di cuenta estaba corriendo por el bosque, alejándome de aquel lugar tan rápido como pe permitían mis patas. Todo a mi alrededor estaba borroso, como si lo estuviera viendo desde debajo del agua; y al poco tiempo me di cuenta de que eran mis propias lágrimas. Inmediatamente, sentí un sabor amargo en mi boca. No podía evitar la idea de que le estaba fallando a mi madre al dejarla allí, abandonada; pero al mismo tiempo su última orden era la que me daba fuerzas para seguir adelante. Su último deseo era que yo salvara la vida; y tenía que cumplirlo. Por ella. Por papá. Para que sus muertes no hubieran sido en vano.
Espoleada por su recuerdo, seguí corriendo, aunque ni siquiera sabía dónde estaba, y mucho menos a dónde me llevaban mis patas. Mi cerebro, completamente dominado por el instinto de supervivencia, solamente registraba el pensamiento de alejarme lo antes posible de allí. Y aquello era lo que hacía, a pesar del agotamiento. Corría, y seguía corriendo. Mis patas me pesaban como el plomo, y los pulmones me ardían, pero seguía corriendo para salvar mi vida.
De repente, entré en unos matorrales. Las ramas azotaban mi cuerpo y las espinas se clavaban en él, abriendo minúsculas pero dolorosas heridas en mi carne, pero seguía corriendo para salvar mi vida. Entonces, las mismas ramas se enrollaron alrededor de mi vientre, y comenzaron a zarandearlo de un lado a otro, impidiéndome avanzar. Aterrada, comencé a retorcerme para escapar de ellas al mismo tiempo que lanzaba chillidos de pánico, pues estaba segura de que era una estratagema de los furtivos para cazarme y hacerme correr el destino de mi familia. Pero mi cuerpo, agotado por la alocada carrera que había emprendido, carecía ya de fuerzas para oponerse a ellas, que además me sacudían con cada vez más fuerza.
Entonces, decidí que no me iría sin luchar. Ellos me habían quitado a mis padres, que además se habían sacrificado por mí. Les debía al menos el intento. Así, sacando fuerzas de donde no sabía que las tenía, me revolví una última vez mientras un potente chorro de fuego salía de mis fauces, buscando las ramas que me retenían para carbonizarlas en mis llamas. Como si sintieran mi ataque, me sacudieron una última vez, y esta vez con más fuerza y de un modo más errático. Instintivamente, supe que había conseguido herirlas, y una sonrisa confiada asomó a mis labios.
Y entonces, me desperté.
Aliviada, sacudí la cabeza, y me mordí la cara interna de las mejillas para comprobar que aquello no había sido nada más que una horrible pesadilla; e inmediatamente dejé escapar un prolongado suspiro de alivio. Una pesadilla. Nada más que una pesadilla. Aún algo acongojada por el destino de mis padres, tragué saliva mientras su recuerdo volvía a mi mente, y una última lágrima se deslizó por mi mejilla.
Cuidadosamente, alargué una pata y me limpié con ella las lágrimas que había llorado durante la noche, y una vez mis ojos estuvieron limpios eché una mirada a mi alrededor. Enseguida, me encontré de bruces con una ventana cerrada a través de la cual la luz del día iluminaba el interior del cuarto; y entonces caí en la cuenta de que las ramas que me zarandeaban en mi sueño era alguien sacudiéndome para que me despertara. Bueno, ya solo podía esperar que no hubiera escupido fuego o que al menos no le hubiera acertado a nadie.
— Ya estás despierta, ¿eh? — dijo una voz encima de mí, y acto seguido una mano comenzó a acariciarme la frente. Era un gesto extremadamente habitual, pero después de la noche tan inquieta que había tenido me pareció tan reconfortante que enseguida me encontré entre sus piernas, abrazándome a ellas y lamiendo las perneras de sus pantalones.
— Qué cariñosa estás hoy, ¿eh? — dijo, inclinándose encima de mí, y yo comencé a darle lametazos cariñosos en la cara.
El que me hablaba de aquella manera era Pablo, el humano que me había encontrado tumbada sobre la hierba a la mañana siguiente de haber perdido a mis padres, desmayada de puro agotamiento; y me había llevado al centro de acogida de pokémon que tenía a las afueras de una ciudad. Al principio le temía bastante, pues, al igual que los asesinos de mis padres, era humano; pero al poco tiempo comenzó a demostrarme que él no era como los demás. No sólo no parecía tener intención alguna de acabar conmigo, lo cual ya me resultaba bastante extraño; sino que además se preocupaba por mí. Estaba a mi lado aquellos primeros días en los que no conocía a nadie y me sentía sola, me dejaba dormir con él las noches en las que las pesadillas en las que volvía a vivir su muerte no me permitían conciliar el sueño, e incluso me llevó al centro pokémon cuando me quedé jugando en la lluvia a pesar de sus advertencias y cogí una gripe que me obligó a guardar cama dos semanas.
No es de extrañar, pues, que poco a poco me fuera abriendo y decidiera confiar más en él; hasta el punto de que ahora probablemente fuera el ser en quien más confiaba. Tal vez fuera un poco irónico que fuera un humano; pero también era cierto que él era el único de su especie a quien concedía el honor de disfrutar de mi confianza. Para mí, él era bueno, y el resto de la humanidad un montón de asesinos de pokémon en potencia.
— Buenos días, Kitsia —dijo una aguda voz a mi derecha, y enseguida me tiré al suelo y giré sobre mí misma para cogerlo y estrecharlo entre mis brazos.
El que había hablado era Blauluchs, un cachorro de Shinx que había llegado al centro el invierno pasado, casi un año después de que yo lo hiciera. Al principio era muy reservado, y se negaba a responder cuando nosotros le preguntábamos de dónde venía y porqué había acabado allí, mirándonos fijamente en el más absoluto de los silencios hasta que dejábamos morir la pregunta. De hecho, solo pudimos sacarle su nombre a pesar de todos nuestros esfuerzos por conseguir que se abriera a nosotros; lo que lentamente hizo que muchos lo consideraran como un asocial y renunciaran definitivamente a entablar contacto con él. Yo me encontraba entre ellos, y de hecho fui una de las primeras en cansarme de su perpetuo mutismo; hasta que una noche en la que hacía más frío de lo normal me despertó de madrugada para pedirme que le dejara dormir a mi lado, porque estaba tiritando en su jaula. Yo se lo permití, y a partir de entonces se abrió a mí como una baya Grana madura. Tal vez me viera como una especie de hermana mayor, o algo así, no lo sé; pero lo cierto era que desde entonces comenzó a confiar más en nosotros; y, lo que era más importante, a hablarnos. No era demasiado, pero al menos era un avance; aunque, eso sí, seguía manteniendo en secreto el hecho que lo había traído hasta nosotros. Se contaban muchos rumores al respecto, pero de alguna manera sabíamos que ninguno de ellos era cierto.
— Buenos días —le dije, pasando mis patas por su pelaje; momento que Pablo aprovechó para salir a prepararnos el desayuno—. ¿Qué tal estás, pequeñín?
— Bien —respondió, inclinando levemente la cabeza—. ¿Y tú?
— Bien.
— Tenías una pesadilla —indicó él.
Inmediatamente, volví la vista hacia él mientras la sangre escalaba para teñir mis mejillas. Las pesadillas eran algo bastante normal en el albergue, porque la mayoría de nosotros habíamos acabado allí después de algún evento traumático; pero aun así, y a pesar de haber oído muchos pokémon sufriéndolas, todavía me daba vergüenza que alguien me escuchara llorar por mis padres. Sabía muy bien que no debería avergonzarme de ellos ni de llorar por su muerte, pero así era.
— Sí… —murmuré yo, sacudiendo la cabeza para intentar olvidarla, y después lo miré a los ojos—. ¿Te he despertado?
— No —respondió, y se sentó en el suelo—. Cuando me desperté, estabas llorando mientras dormías.
Más calmada, dejé escapar un suspiro de alivio. No sería la primera vez que mis sueños interrumpían su descanso nocturno. De hecho, hubo una vez en que mis sollozos fueron tan fuertes que llegué a despertar a Pablo, a pesar de que dormía en una habitación separada, a veinte metros de nosotros.
— No te preocupes —dijo, y dio un paso hacia mí—. Es normal. A mí también me pasa de vez en cuando.
Durante un segundo, lo miré fijamente; y después puse mi pata alrededor de su cuello y lo acerqué a mí. Bueno, supongo que eso daba algo de credibilidad a los que decían que le había ocurrido algo horrible antes de venir. Él por su parte, se limitó a sonreír, y después echó una mirada a donde Pablo preparaba nuestro desayuno.
— ¿Vamos a desayunar? —saltó de improviso, mirándome con ojos de cachorrito—. Tengo hambre.
Levanté una pata y le acaricié la cabeza con ella; y una sonrisa asomó a mis labios.
— Vamos.
La sala del desayuno, como los pokémon del albergue la conocíamos, no era una sala propiamente dicha, sino que era simplemente el hueco central que dejaban las jaulas en que dormíamos al colocarse contra la pared del patio de la casa de Pablo, lo suficientemente amplio como para albergarnos a todos sin problemas de espacio. En su centro se apilaban nuestros comederos, con nuestros nombres grabados en ellos para que él no se confundiera, y que ahora estaban completamente llenos con la comida pokémon de lata que Pablo siempre compraba y que no entusiasmaba a nadie. Por suerte, a veces nos conseguía comidas especiales que reemplazaban al insípido pienso marrón que nos presentaba en cada comida y que hacían las delicias de todos.
Como todas las mañanas, Blauluchs corrió directo hacia su cuenco y comenzó a comer con avidez de él. No le gustaba demasiado, o eso me había dicho, pero siempre se despertaba con hambre; la suficiente, según parecía, como para dejar su plato limpio como una patena. Por mi parte, yo fui algo más lentamente, paseando entre la multitud y saludando a aquellos a quienes veía, e incluso deteniéndome un poco para charlar con Pandora, una Growlithe a la que su familia había abandonado con nosotros porque le había mordido a su hijo pequeño. Eso sí, ella aducía en su defensa que él llevaba unas tijeras en la mano y quería cortarle la cola.
— Y entonces yo le dije, estás loco si piensas que voy a salir contigo después de portarte como un imbécil —dijo una voz a mi derecha.
Inmediatamente, supe a quién correspondía aquella voz, y doblé el cuello haciendo un gesto de superioridad. La que había hablado era Siefe, una Sneasel que había llegado el verano pasado pidiendo refugio de las continuas violaciones que sufría de su padre. Al principio la integramos muy rápidamente, y todo el mundo trataba de ayudarla a superar muchos meses de abusos. Sorprendentemente, ella confió en nosotros, y unos pocos meses después se podría decir que se había recuperado. Pero, por supuesto, aún no lo había conseguido del todo, y seguía sin ser capaz de quedarse a solas con un macho; y mucho menos de que él se acercara demasiado a ella o intentara tocarla. Alguien, no recuerdo quién, intentó abrazarla una vez; y ella reaccionó chillando histéricamente y arañándolo con sus garras sin parar hasta que entre tres consiguieron separarla del desdichado, que acabó en el centro pokémon con cortes bastante profundos en su rostro.
En cuanto a mí, la verdad es que me caía mal. Muy mal. Habíamos colisionado justo después de su llegada, apenas unos días después de conocernos, y desde entonces nos habíamos convertido en enemigas. Esto, por supuesto, no tenía nada que ver con su pasado, ni con el mío, ni con nada que nos hubiéramos hecho; sino en el simple hecho de que ella afirmaba que ella era la pokémon más guapa de todo el albergue, y esa era yo. Ella no podía serlo. No con su pelaje negro noche y esa horrible cicatriz que le cruzaba el rostro en diagonal desde su ojo derecho hasta la barbilla en el lado izquierdo, que parecía que tenía una rama metida debajo de la piel. No como yo, que tenía una cara y un pelaje perfectos y bien brillantes, sin ninguna herida ni cicatriz que me volviera fea como ella.
— ¿Y qué te dijo él? — preguntó una Teddiursa que estaba a su lado, seguramente su amiga. Ella no me caía mal, pero el hecho de que fuera amiga de Siefe le restaba bastantes puntos.
— Que ahí me quedaba. ¿Tú te puedes creer, me dice que me quiere, y ahora me dice que si no me quito la pluma no? Soy una Sneasel; nuestra pluma es nuestro orgullo. Y además, me hace mucho más guapa.
— Por eso no puedes permitirte quitártela —dije yo, en tono de manifiesta superioridad—. Sin ella, sólo puedes esperar una oportunidad de alguien tan desesperado como lo estarías tú.
Por el rabillo del ojo, pude ver cómo Siefe fruncía el ceño; y doblé los labios para formar una sonrisa de triunfo. Kitsia uno, Siefe cero.
— Bueno, por lo menos yo tengo pretendientes y no tengo que aprovecharme de un pokémon chico —respondió ella sin dudarlo, y su amiga rio.
Apreté los dientes con rabia. Uno a uno. Había aprendido rápido. Efectos secundarios de escuchar los golpes bajos de la mejor, supongo.
— Se cree el ladrón que todos son de su condición —se la devolví sin pérdida de tiempo. Dos a uno. Bueno, tal vez uno y medio—. Y Blauluchs sólo duerme conmigo cuando el frío no le deja dormir.
— Ya, claro —replicó en tono de burla y con cara de sorna—. Por supuesto. —Sonrió con suficiencia y añadió—: Pero yo tengo machos, y tú ninguno.
Teóricamente, debería haberme sentido herida por aquel comentario, aunque solo fuera porque era cierto. A pesar de mi belleza e inteligencia y del hecho de que era el mejor partido de todo el albergue, ningún macho se había interesado jamás por mí; aunque sabía que era porque sabían de antemano que yo no me rebajaría a elegir a uno de ellos. Sin embargo, en lugar de responderle decidí dejar que su insulto resbalara por mi pelaje dorado, porque detrás de sus palabras encerraba un significado más profundo: estaba a punto de quedarse sin respuestas. Un poquito más, y podría proclamarme vencedora.
— Desde luego que sí, Siefe —respondí, y enseñé todos mis dientes en una sonrisa llena de malas intenciones—. Sobre todo tu padre. Ese sí que te quería.
Inmediatamente, Siefe retrocedió unos pasos, llevándose las manos al pecho al mismo tiempo que respiraba audible y arrítmicamente, como si acabara de recibir un puñetazo en la barriga; al mismo tiempo que sus ojos cubiertos de líquido buscaban el suelo con el terror y la angustia reflejados en ellos. Instintivamente, supe que la había obligado a revivir sus traumas; y curvé los labios en una última sonrisa de superioridad y triunfo.
Diana.
— Pero bueno, ¿tú qué te has creído? —gritó la Teddiursa, avanzando hacia mí con evidente intención de atacarme, y cargué un Lanzallamas para defenderme. Sin embargo, tan pronto como dio el primer paso Siefe la contuvo alzando un brazo.
No pude evitar sonreír. Había conseguido forzar su rendoción completa. Ganadora: yo.
Entonces, lenta y tambaleante, Siefe comenzó a caminar hacia mí. Asustada, retrocedí un paso, y después puse una expresión desafiante para que no se diera cuenta de qe le tenía miedo. Su respiración, a pulsos rápidos y cortos y a medio camino de convertirse en sollozos, me indicaba que probablemente estuviera furiosa; y entonces decidí que tal vez decirle eso no hubiera sido buena idea. Pero, sin embargo, no me moví ni un milímetro de donde estaba. No iba a darle el placer de reconocer que estaba asustada.
De repente, sentí el contacto de una mano fría bajo mi barbilla, y me encontré de bruces con su rostro a apenas unos centímetros del mío, tan cerca que podía sentir cómo el aire que salía de sus fosas nasales jugaba con los pelos de mi hocico. Intentando aparentar que no le tenía miedo, la miré a los ojos, desafiante; pero la intensidad de su mirada y la mezcla de terror y dolor que en ella se reflejaban me obligaron a apartarla. Ella se dio cuenta, y me forzó a mantenérsela elevando mi cabeza con su mano.
— Te crees la mejor ¿verdad? —siseó, con un tono de amenaza tal que un poderoso escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Intenté liberarme de su mano, pero ella me lo impidió y continuó hablando—: Te piensas que eres muy guapa y muy lista y que los machos no se acercan a ti para que no les rechaces, pero la verdad es que todos te desprecian porque eres una soberbia y una prepotente; y te crees con derecho a restregarme por la cara que mi padre abusara de mí, pero ¿sabes qué? —Dio un rápido tirón de mi garganta, y la acercó a mí hasta que nuestras narices estuvieron en contacto—. Que por lo menos yo tengo padres, y no un par de abrigos de piel comidos por los Mothim.
Inmediatamente, pude sentir cómo la furia me consumía y hacía arder la llama interior de mi ira. Acababa de cruzar la línea. Podía meterse conmigo e insultarme todo lo que deseara, pero cuando insultaba a mis padres no podía dejarla sin castigo. Sin previo aviso, y profiriendo un rugido furioso, me abalancé sobre ella y le disparé un lanzallamas a bocajarro.
Inmediatamente, Siefe emitió un grito de dolor al sentir mis ardientes llamas sobre su pecho, e intentó defenderse de ellas alzando las manos; momento en que aproveché para clavarle mis dientes en ellos. Ella volvió a gritar, y yo sonreí mientras preparaba un nuevo ataque de fuego en mi boca. Ya era hora de demostrarle de una vez por todas cuál de las dos mandaba en el albergue.
Con una excitación salvaje corriendo por mis venas, abrí la boca para desatar un furioso torrente de llamas sobre ella; y justo en ese preciso instante sentí un fuerte golpe en mi barbilla que me derribó de encima de la Sneasel y me hizo dar unas cuantas vueltas sobre mí misma hasta que choqué contra una pared. Aturdida, disipé el ataque que había cargado y sacudí la cabeza para intentar comprender qué había ocurrido, pero antes de que pudiera girarla una enorme mole negra invadió mi campo visual. Era Siefe; y su rostro se contrajo en una mueca feroz cuando su brazo dibujó un amplio arco en el aire buscando mi rostro y que apenas conseguí esquivar por un milímetros; tan cerca de mi piel que pude sentir cómo sus garras cortaban en seco algunos de los pelos dorados de mi hocico.
Incapaz de hacer nada para parar el vendaval de golpes furiosos en que se había convertido la Sneasel, emití una serie de agudos chillidos de terror para intentar llamar la atención de Pablo mientras esquivaba como podía los golpes de Siefe, que me mantenía arrinconada contra la pared con ansia asesina, a juzgar por la ansiedad y la insistencia con que sus garras buscaban mi cara y mi cuello, de los nunca se alejaban menos de un centímetro Aterrada, intenté morder su brazo para ver si así conseguía aunque solo fueran unos pocos segundos de asueto en los que intentar escapar de ella, pero cuando lo intenté mis dientes solo aferraron el aire. Justo entonces, me cogió del cuello y bajó su rostro hasta que estuvo enfrente del mío. En él, se reflejaba una expresión de superioridad y victoria que remataba una amplia sonrisa de oreja a oreja y en la exhibía sus afilados dientes. Aterrada, tragué saliva con dificultad y chillé de nuevo. Aquello no podía ser bueno. No con la cara de maniática que acababa de poner.
— Te crees tan perfecta… — siseó con voz fría en mi oído, con un deleite tal que un escalofrío recorrió toda mi espalda. Sacudí todo mi cuerpo para intentar liberarme, pero ella me lo impidió aumentando la presión sobre mi garganta; y después trazó el contorno de mi hocico con la afilada punta de su garra—. ¿Qué tal si te doy una gran lección de humildad?
Lentamente y disfrutando de su superioridad, elevó su brazo derecho; y cuando no pudo más lo bajó de golpe, buscando mi hocico. Incapaz de escapar, chillé e intenté cubrirme el rostro con mis patas delanteras; y cerré los ojos, esperando lo peor.
Y de repente, la mano que me sujetaba contra la pared y la presión sobre mi cuello desaparecieron. Todavía algo asustada, abrí los ojos; y cuando lo hice me encontré con que Pablo tenía a Siefe cogida de la nuca, la cual dejaba escapar algunos leves gruñidos de dolor e incomodidad. Divertida, sonreí y reí un poco, pero sólo para correr su misma suerte acto seguido.
— Vosotras dos —dijo Pablo en tono serio y poniendo un dedo acusador delante de nuestros hocicos, mientras colgábamos de sus dedos por la piel del cuello—. Estoy harto de vuestras peleas.
— ¡Ha sido ella! —exclamé, señalándola con mi pata— ¡Está loca! ¡Ha intentado matarme!
— Lo que me faltaba por oír —replicó Siefe, haciendo un gesto despectivo con su brazo derecho.
Pablo nos miró alternativamente a las dos, seguramente tratando de comprender lo que decíamos; pero, como era un humano, no lo consiguió y decidió dejarnos en el suelo.
— Me da igual lo que digáis. Las dos estáis castigadas —dijo finalmente. Después, dejó escapar un largo suspiro y se puso en cuclillas, colocando sus ojos al nivel de los nuestros—. Mirad, chicas, hoy tengo una visita muy importante y tengo que dar muy buena impresión. Sólo necesito que no os peleéis hasta que se vaya. ¿Podréis hacerlo?
Siefe y yo nos miramos durante una fracción de segundo, y después asentimos al unísono. Por Pablo, haríamos lo que fuera; incluso besar a Siefe si él lo quería. A fin de cuentas, él nos había aceptado sin reservas cuando habíamos llegado a él sin nadie más en el mundo.
— ¿Tregua por hoy? —murmuró ella, alargando su pata hacia mí.
Durante un segundo, la miré con desconfianza, como si fuera a traicionarme y apuñalarme por la espalda en cuanto me diera la vuelta. Pero enseguida me acordé de y del interés que tenía en que no nos peleáramos, y, con alguna resistencia, alargué reaciamente la pata para estrechar su mano.
— Por hoy —repetí, mirándola fijamente a los ojos para que lo tuviera claro— y hasta que la visita se vaya.
Siefe me miró a los ojos durante un momento, y esbozó una sonrisa antes de alejarse en dirección a su desayuno.
— Me parece bien, so soberbia —dijo mientras se alejaba.
Por un momento me planteé responderle, pero la tregua ya había entrado en efecto y sólo habría conseguido alargar mi castigo; así que opté por ignorarla vilmente e ir yo también a desayunar. A fin de cuentas, el estómago me rugía de hambre, así que caminé sin hacer ruido hasta mi comedero y comencé a comer de él con bocados pequeños y a tragarlos rápido para intentar evitar su sabor.
— Has sido tú —me dijo Blauluchs entre dos bocados.
— ¿Cómo?
— Has sido tú la que la ha atacado —dijo, dando un paso atrás—. Y después le has dicho a Pablo que Siefe estaba loca.
Me quedé inmóvil durante un segundo, mirando fijamente el reflejo de la ventana en el fondo metálico de mi plato. Tenía razón, eso no lo podía negar. Tragué audiblemente la poca comida que quedaba en mi boca, y alargué una pata para acariciarle la cabeza.
— La he atacado porque ella se había metido con mis padres —respondí, sin ninguna emoción en la voz.
— Pero tú también te habías metido con los suyos —replicó él, y su voz sonaba temerosa, como si tuviera miedo de que lo atacara por lo que estaba diciendo. Sin embargo, lo que hice fue envolverlo con mis colas y abrazarlo.
— Ya lo entenderás cuando seas mayor —dije al mismo tiempo que pasaba una cola por su espalda, y justo después me tragué el último bocado de mi desayuno.
Por el modo en que lo sentía moverse, podía decir que no estaba demasiado conforme con mi respuesta. Probablemente podría haberle respondido, pero lo cierto era que no tenía ganas de seguir aquella conversación. Blauluchs tenía una incómoda parte de razón en lo que decía, y no quería iniciar una discusión sobre Siefe y yo que más que probablemente no podría ganar.
— ¿Salimos fuera? —le sugerí. Si lo conocía bien, y lo hacía después de medio año juntos, jugar con él era la mejor manera de que se olvidara de esta conversación y no volviera a sacarla nunca.
Su rostro se iluminó de repente, y una amplia sonrisa apareció en él.
— ¡Vale! —exclamó excitadamente, antes de echar a correr en dirección a la puerta exterior.
Sonriendo, le seguí caminando, y cerré la puerta tras de mí. Ya no quedaba nadie dentro, así qie no tenía que preocuparme por dejar encerrado a nadie. Y tal vez podría hablar un rato con Pandora mientras Blauluchs jugaba a fingir combates con los pequeños. Esa Growlithe necesitaba urgentemente unos cuantos consejos sobre cómo cuidar correctamente su pelaje.
Tan pronto como di unos pasos hacia la roca en la que los mayores solíamos reunirnos para hablar y entrenar movimientos de combate de vez en cuando (yo no, por supuesto. No estaba dispuesta a participar en algo tan brutal, y mucho menos a ensuciarme el pelaje o arriesgarme a que un ataque me destrozara el trabajo en el que había invertido tantísimas horas), un repentino soplo de aire frío me azotó el cuerpo, haciendo que un escalofrío me recirriera de arriba abajo y se me pusiera piel de Combusken. Debería estar acostumbrada, sobre todo después de haber vivido en esta zona toda mi vida, pero lo cierto es que seguía odiando el clima, horriblemente frío en invierno y demasiado fresco en verano, sin contar los muchísimos días de lluvia a lo largo del año. Como pokémon de fuego, yo necesitaba calor y sequedad para sentirme cómoda.
Apretando los dientes, sacudí todo mi cuerpo unas cuantas veces veces para entrar en calor, y corrí hacia una zona iluminada por el sol. Pero una vez llegué a ella y me senté en el suelo, comprobé que no había nadie en todo el jardín; lo cual era sumamente extraño. Normalmente, a esta hora el jardín era un hervidero de conversación, chillidos que los pokémon pequeños proferían durante sus juegos y ruidos procedentes de los simulacros de combate; pero ahora un silencio absoluto se cernía sobre él. Daba la impresión de que había ocurrido una catástrofe que había acabado con todos los que estuvieran fuera, y por un momento pensé que aquello parecía una escena de una de las películas de terror que tanto gustaban a Pablo. Pero, por suerte para mí, no lo era; y al doblar la esquina de la casa descubrí que todos los pokémon, menos yo, estaban sentados en la hierba delante de la puerta principal, con pinta de estar esperando algo.
— ¿Qué ocurre, Pandi? —pregunté, sentándome en un pequeño hueco que había conseguido encontrar entre la Growlithe y Blauluchs. No tenía demasiado espacio para moverme, pero el otro sitio libre estaba junto a Siefe, y antes muerta que sentarme a su lado.
Ella negó con la cabeza y la giró en mi dirección para responderme, pero antes de que pudiera hacerlo dos poderosas palmadas en dirección opuesta llamaron nuestra atención. Era Pablo. Pasó la mirada un par de veces sobre todos nosotros, carraspeó y dijo:
— Escuchadme bien, porque esto es importante. —Respiró hondo y continuó—: Hoy voy a recibir la visita del alcalde del pueblo de al lado, que es quien me da casi todo el dinero que necesito para cuidaros. Está en elecciones, así que tiene que dar buena impresión delante de la prensa.
— ¿Elecciones? ¿Prensa? ¿De qué está hablando? —le pregunté a Pandora. Ella había vivido entre humanos, así que tenía que saberlo.
— Son lo que hacen los humanos para escoger a su líder —me respondió ella en un susurro—. Y la prensa… —se detuvo un momento para pensarlo— son humanos que se dedican a contarles a los demás lo que ocurre en el mundo.
— Suena horriblemente aburrido —comenté—. ¿Quién podría querer dedicarse a eso?
— No creas; para ellos es muy importante. Les encanta estar enterados de las noticias, sobre todo de las vidas de los humanos famosos. En mi casa las veían todos los días. —Negó con la cabeza y dijo—: Anda, déjame enterarme de lo que dice.
— Y por eso necesito que os portéis bien durante su visita. Si no, podríamos tener algunos problemas de liquidez. — ¿Problemas de liquidez? ¿Significaría eso que nos cortarían el agua? Pablo pasó la mirada por encima de nosotros, y dijo—: ¿Puedo confiar en vosotros?
Como un sólo pokémon, todos sacudios la cabeza afirmativamente. Yo no tenía ni idea de por qué teníamos que comportarnos bien, ni de nada de lo que había dicho, pero era una petición suya. Teníamos que cumplirla por él.
Entonces, de repente, un gran cacharro humano que nunca había visto antes apareció en la puerta del albergue. Era alto y muy largo, y completamente de color negro, menos dos círculos en la parte de abajo sobre los que parecía moverse. Al principio se movía a gran velocidad, pero poco después comenzó a frenarse hasta que se detuvo con suavidad junto a la puerta del albergue. Picados por la curiosidad y la novedad, todos corrimos a la valla exterior para verlo más de cerca. Entonces, se abrió una puerta en uno de los laterales del extraño artefacto, y de su interior salió un humano alto y de edad avanzada, vestido con unos gruesos pantalones negros como el carbón y un abrigo blanco como la nieve que cubría su torso por completo.
Tan pronto como vi, el miedo me asaltó, y corrí a esconderme detrás de una maceta. Era un humano. Uno de los que se había llevado a mi padre. Aterrada, me enrollé sobre mí misma y cerré los ojos con fuerza, esperando a que alguien viniera para decirme que ya se había ido.
— ¿Kitsia? —dijo la voz de Blauluchs, y unos segundos después sentí sus pequeñas patitas acariciando mi espalda. Dentro de mi ovillo protector, sonreí. Por lo menos, él se preocupaba por mí.
— Tengo miedo, Blauluchs —confesé, temblando de pies a cabeza.
Dejando escapar un suspiro, Blauluichs colocó sus patas alrededor de mi cuello y me abrazó con fuerza.
— No te preocupes, Kitsia. No te va a hacer nada. —Me besó en la mejilla para calmarme, y susurró en mi oído—: Te lo prometo.
Lentamente, mis labios esbozaron una pequeña sonrisa, y levanté la pata para acariciarle la cabeza. Sin embargo, antes de que pudiera hacerlo, sentí un tirón del cuello, y emití un chillido al mismo tiempo que el suelo desaparecía bajo mis patas.
— ¿Y a esta pequeña qué le pasa? —dijo una voz humana sobre mí, y al instante supe que no era la de Pablo. Sonaba grave y profunda; pero también dulce, como si se preocupara por mí. Pero yo sabía que no, de modo que comencé a retorcerme por escapar sin conseguirlo—. ¿Qué te pasa, pequeñina? ¿Tienes miedo del señor Kite?
— Esa es Kitsia —dijo Pablo, lanzándome una mirada asesina para que me estuviera quieta y dejara de revolverme—. Unos cazadores furtivos mataron a sus padres el año pasado, y desde entonces tiene miedo de los humanos.
— Ay, pobrecita mía —murmuró, pasando su mano por mi espalda mientras yo miraba a Pablo con ojos de cachorrito para que me salvara de él. Sin embargo, no hubo suerte, y se dio la vuelta para sostenerme enfrente de un montón de humanos que no sabía de dónde habían salido y sostenían extraños aparatos delante de su cara que despedían breves pero intensos fogonazos de luz.
Poseída por el pánico, cerré los ojos para protegerme de los destellos y traté nuevamente de escapar, pero cada vez que hacía un movimiento en una dirección el humano hacía el necesario para contrarrestar el mío, y el escaso tiempo que le dejaba entre dos intentonas lo aprovechaba para acariciarme por todo el cuerpo, pero sobre todo en la barriga. Tenía que admitir que me gustaba, pero aun así prefería bajar y esconderme de él y del resto de humanos hasta que se hubieran ido.
— Es una pena lo que le ha pasado a esta adorable pequeñina —dijo, sacando mi cabeza de entre sus brazos y poniéndola enfrente de los otros humanos—. Perdió a su padre el año pasado por culpa de unos cazadores furtivos. —Pasó la mano por el rizo dorado de mi cabeza y proclamó con voz potente—: Si salgo elegido presidente, prometo endurecer las penas por furtivismo y por tráfico de pokémon. No está bien que las criaturas más vulnerables sean las que tengan que pagar los efectos de nuestra avaricia. Es profundamente injusto, y nada cambiará hasta que la gente no lo comprenda.
Unos pasos por detrás pude oír como Pablo murmuraba algo de hipócrita y del imbécil este que con la que está cayendo se lo está llevando calentito, y unos segundos después preguntó:
— ¿Y qué ocurre con los abandonos? La mayoría de los pokémon que han llegado aquí eran mascotas a las que sus dueños han abandonado, o pokémon de entrenadores que ya no pueden seguir combatiendo. Es un problema muy grave, y las cifras no hacen más que aumentar año a año. ¿Entra en sus planes solucionarlo, señor Kite?
El humano que me sostenía lo pensó durante un instante, momento en el cual traté de escabullirme, pero él lo notó y me inmovilizó contra su pecho. Entonces, carraspeó un par de veces y respondió:
— Por supuesto que entra, mi joven amigo. Mi equipo de gobierno y yo prometemos trabajar en una nueva legislación que tipifique el abandono de pokémon como delito en lugar de falta grave, así como la puesta en marcha de una serie de campañas de sensibilización sobre el tema en los principales medios nacionales.
— Eso no sirve de nada —replicó Pablo, y alguno de los humanos de los aparatos asintieron y susurraron algo entre sí—. El problema es que la gente sigue viendo a los pokémon como simples objetos de los que te puedes librar, y no es así. Son seres vivos que necesitan cariño y cuidados, no un juguete que puedes tirar cuando te cansas de él. La percepción de la gente no va a cambiar por un par de anuncios ridículos que además nadie verá.
— Es completamente cierto, joven —contestó el señor Kite, que había comenzado a rascarme la cabeza unos segundos antes, al mismo tiempo que yo dejaba escapar un suspiro de satisfacción; aunque no tanta como para conseguir que me olvidara de escaparme de sus brazos—. Sería necesario un cambio importante en las conciencias y las mentalidades del país que, siendo optimistas, tardará muchos años en ocurrir.
— Sin contar, por supuesto, los daños que causan al liberar especies exóticas en nuestros ecosistemas. ¿Tiene alguna propuesta para remediarlo?
— Mentiría si le dijera que la tengo ahora mismo, pero sí le confirmo que es uno de los temas en que nos comprometemos a trabajar. Junto con la mejora de la economía y la bajada de la tasa de desempleo, prometemos trabajar para mejorar la situación en que se hallan los derechos de los pokémon para equipararnos a los países más avanzados en esta materia. Es un hecho profundamente lamentable e incomprensible que un país que se halla entre las veinte economías más potentes del planeta mantenga una legislación que reduzca a los pokémon a la consideración de simples objetos y garantice la impunidad para aquellos que se aprovechan de estos para su propio beneficio.
Antes incluso de que terminara de hablar, los humanos de las cámaras comenzaron a aplaudir, formando un ruido estruendoso que me causó una nueva oleada de pánico, y traté de esconderme de ellos aunque fuera entre los brazos del humano. Aquellos sonidos secos y rápidos despertaban en mi cerebro el recuerdo de las explosiones que me habían arrebatado a mis padres.
— Y sinceramente, creo que somos nosotros, los políticos, los que debemos comenzar por dar ejemplo ante la sociedad de que los pokémon merecen ser tratados con amor y respeto en lugar de violencia y superioridad. —Sus manos me tomaron de los costados, y un agudo chillido de sorpresa y desagrado escapó de mis labios; y me colocó entre sus brazos, como si fuera un bebé y me estuviera acunando—. Por ello, estaría dispuesto a reparar el agravio que nosotros los humanos hemos cometido con su especie al matar a sus padres y dar un hogar a esta pequeña Vulpix huérfana.
Mi primera reacción fue mirarlo con ojos muy abiertos, sorprendida e incrédula. Quería llevarme con él. Quería sacarme del albergue. Dirigí una mirada implorante a Pablo, pero él me respondió encogiéndose de hombros.
— ¿Qué me dices, pequeña? —dijo él, acariciándome la cabeza—. ¿Quieres venirte a vivir con el señor Kite?
¿Qué podía hacer? Yo no quería irme. El albergue era mi casa. Aquí vivían todos mis amigos, y mi pequeño Blauluchs. Fuera de él, no conocía a nadie. Y además, ahí fuera estaban los humanos a los que tanto temía.
Temblando de los nervios, le sostuve la mirada al humano, y negué con la cabeza. No quería irme. No quería abandonar a Pablo y a mis amigos.
— ¿No? —dijo el humano, y en voz pude notar que estaba, sobre todo, sorprendido. Supongo que pensaba que los pokémon del albergue llevábamos una vida tan horrible que aprovecharíamos hasta la más mínima oportunidad que se nos ofreciera de escapar de este infierno; y por eso se sorprendía tanto de que yo no quisiera abandonarlo—. ¿De verdad? Venga, no seas tonta. ¿Dónde estarás mejor, aquí o en mi casa?
Pues, desde luego, aquí. Aquí era donde tenía a mis amigos, a Blauluchs, y a Pablo. Él me había cuidado desde que me encontró desmayada delante del albergue. Quería quedarme aquí, con él, con mis amigos; incluso con Siefe. No quería marcharme de allí. Pablo era el único humano en quien confiaba. No quería abandonarlo para vivir en un lugar desconocido lleno de los humanos a quienes tanto temía.
— ¡No! —grité, intentando escabullirme, pero cada movimiento que yo hacía para escapar era rápidamente contrarrestado por uno suyo. Lo intentaba por todos lados, tratando de aprovechar cada hueco y cada respiro que me dejaba, pero siempre lograba neutralizarme; hasta que se cansó y, tomándome de los costados me sostuvo enfrente de su cara.
Pude ver cómo su ceño se fruncía por un instante, pero enseguida su expresión se relajó y me colocó sobre la palma de su mano derecha, usando la izquierda para acariciarme la barriga. Entonces, puso una sonrisa en su rostro, y, colocándome sobre su hombro, dijo mientras me rascaba la espalda:
— Vamos, pequeña. Te encantará mi casa. A mis hijas les encantan los pokémon monos y adorables como tú. —Bajó su tono de voz hasta un volumen que creyó que nadie excepto él era capaz de oír, y susurró—: Y también los abrigos.
EL mundo pareció detenerse a mi alrededor durante un instante mientras miles de pensamientos atravesaban mi cerebro. Mi mandíbula se descolgó al tiempo que una oleada de terror gélido recorría todo mi cuerpo. Él pensaba que ni siquiera las había oído, pero lo había hecho; y ahora conocía sus intenciones. No quería darme un hogar. Quería criarme para arrancarme la piel y convertirme en un abrigo.
Tenía que escapar de él. Ya no era por no estar sola, sino por salvar mi vida.
Sin pensar en absoluto, mis dientes se cerraron alrededor de su brazo con toda la fuerza que pude reunir. El humano emitió un fuerte grito de dolor y sus brazos se aflojaron, lo que al fin me permitió escurrirme de entre ellos. Caí al suelo sobre mis patas, justo delante de él, y sin pérdida de tiempo corrí hacia donde estaba Pablo, escondiéndome del humano detrás de sus piernas.
— Kitsia, ¿Qué te ocurre? ¿Qué te pasa? ¿Por qué has hecho eso? —dijo Pablo, cogiéndome por los costados y colocándome delante de él. Por su voz pude saber que estaba muy nervioso, pero pude distinguir un leve tinte de preocupación por mí.
— ¡Me quiere matar! ¡Me quiere matar! —chillé yo, completamente histérica; pero pasaron unos segundos antes de que me diera cuenta de que todo lo que él comprendía eran un montón de "Vulpix vul" pegados unos a otros y completamente indistinguibles de los anteriores. Entonces, repetí exactamente lo mismo que antes, pero con gestos; primero señalándolo a él, después a mí, y finalmente haciéndome la muerta en el suelo—. ¡Quiere hacerse un abrigo con mi piel! ¡Haz algo, Pablo!
Pablo no dijo nada, pero abrió mucho los ojos, y después los cerró como si estuviera pensando algo muy intensamente. Colocó dos de sus dedos sobre el puente de su nariz, espiró con fuerza y dio un paso hacia adelante, pero el humano ya se le había adelantado y estaba justo enfrente de nosotros. Asustada, volví a esconderme detrás de Pablo, esperando para ver cómo se desarrollaba aquella conversación.
— Pero bueno, ¿se puede saber qué le pasa a esa maldita pokémon? —exclamó el humano, bastante malhumorado. Detrás de él, dos de los muchos que tenía detrás comenzaron a hacerle señas moviendo los brazos de arriba abajo, pero él no los vio.
Mis ojos se abrieron de golpe al tiempo que apretaba los dientes con rabia. No solo quería hacerme un abrigo, sino que encima se permitía insultarme. Furiosa, cargué un lanzallamas en mis fauces, pero antes de que pudiera lanzarlo Pablo me puso una mano en la espalda y apretó con suavidad para decirme que no lo hiciera.
— Señor Kite —comenzó Pablo, en tono firme—, supongo que recordará que le dije que esta Vulpix temía a los humanos; y no solo no me ha hecho caso y la ha cogido en brazos, sino que además no la ha dejado irse cuando estaba claro que ella no deseaba seguir allí. No es culpa de ella, sino suya por no tenerla en cuenta.
El humano enrojeció de ira, y trató de decirle algo a Pablo; pero anes de que pudiera hacerlo dos de los que lo acompañaban lo cogieron por los hombros y le dijeron algo, muy excitados y haciendo gestos con los brazos. Yo no comprendía qué era lo que querían, pero al cabo de unos segundos el señor Kite parecía más calmado.
— Bueno, bueno, tal vez tengan razón —dijo en tono conciliador, aunque yo no me lo creí ni por un momento. Sabía que era un truco, una estratagema para engañarme y que me fuera con él; pero no iba a aceptar por mucho que me insistiera—. Admito que me he equivocado —pude oír a Pablo intentando disimular una carcajada sin demasiado éxito—; y lo justo es que me disculpe. —Alargó una mano, y, con una amplia sonrisa en su rostro, me preguntó—: ¿Me perdonas, pequeña?
Inmediatamente, negué con toda la fuerza que pude reunir en mi cabeza. ¿Cómo quería que le perdonara? Él quería matarme para convertirme en un abrigo de piel. ¿Qué se creía, que era estúpida o qué? Furiosa, abrí la boca para lanzarle un rugido y unas pequeñas llamas a modo de advertencia.
— ¿Ese abrigo es de piel de Ninetales? —preguntó Pablo de repente, quebrando mi concentración.
— Por supuesto que lo es —replicó él, lleno de orgullo y con una sonrisa de completa superioridad en su rostro, y los dos humanos que lo acompañaban se dieron la vuelta, negando con la cabeza y con una expresión de derrota—. ¿Te gusta, verdad? Pero un pobretón como tú nunca podrá permitirse una de estas monadas.
Pude sentir el horror y el espanto agolpándose en mi pecho por sus palabras. Su abrigo era de Ninetales. Yo era una Vulpix. Mis padres eran dos Ninetales a los que habían asesinado esos malditos furtivos.
Las palabras de Siefe volvían de golpe a mi mente, sonando una y otra vez en mis oídos. "Por lo menos yo tengo padres, no un par de abrigos de piel comidos por los Mothim". Como si tuvieran vida propia, mis ojos subieron hasta quedar mirando a la piel de Ninetales que cubría al humano; incapaces de despegarse de él por mucho que lo intentara y observándolo con una mezcla de terror y espanto mientras una siniestra idea se introducía sibilinamente en mi cerebro; apretándome las entrañas hasta sufrir un dolor insoportable en mi pecho y una opresión en mis pulmones que a duras penas me permitía respirar. No podía ser… No podía ser el suyo…
Pablo y el humano discutían a mi lado, gritándose palabras que mi estado mental bloqueaba antes de que llegaran a mi cerebro. Todos mis sentidos estaban puestos en el abrigo, buscando en él algún signo que me indicara si aquella piel que vestía el humano había podido o no pertenecer a mis padres.
— ¿Comprarlo? — oí decir al humano, la primera palabra que mi cerebro registraba en varios largos minutos; y por el rabillo del ojo vi que se señalaba el abrigo—. Lo cacé yo mismo con mi escopeta cuando intentaba atravesar un río. ¿Qué valor tiene ir a la tienda y comprarlo?
Aquella palabra fulminó de un solo golpe todas mis barreras mentales y se incrustó en el fondo de mi cerebro; y algo se rompió dentro de mi pecho. Había cazado un Ninetales. Podía haber sido uno de mis padres. Miré a Pablo, esperando que dejara caer su furia sobre el señor Kite; pero él se limitaba a estar allí con una sonrisa estampada en su rostro. ¿Qué hacía? ¿Por qué no me defendía?
— ¿Sabe usted que la caza furtiva de Ninetales es ilegal? —dijo, con tono de superioridad y victoria. Los ojos del señor Kite se abrieron, y dio un paso atrás al mismo tiempo que una oleada de furia asesina me poseía. Era un cazador ilegal; y yo sabía perfectamente lo que eso significaba.
El señor Kite era un furtivo.
Emitiendo un rugido de furia, me lancé sobre él, completamente dominada por mis deseos de venganza. No sabía si el abrigo que llevaba pertenecía a mis padres, pero no me importaba en absoluto. Lo único que quería era desatar mi furia contra aquellos que habían asesinado a mis padres; aunque él no lo hubiera hecho personalmente. Era un furtivo, y eso era todo lo que me importaba.
Mis dientes se hundieron en su pierna, y al instante el humano soltó un grito de dolor. El sabor metálico de su sangre llenó mi boca, y justo después recibí una patada en mi estómago que sacó todo el aire de mis pulmones. Rodé unos metros, agarrándome la barriga con las patas delanteras; y tan pronto como paré me puse en pie y volví a la carga. Quería vengarme de él; y no me importaba en absoluto tener que acabar en el centro pokémon si eso significaba que podría desatar mi furia sobre él.
— ¿Qué haces, Kitsia? —me preguntó Blauluchs, en un tono que no supe si definir como alarmado o solo preocupado.
— ¡Es un furtivo! —grité con todas mis fuerzas, sabedora del odio que se profesaba en el albergue a los de su clase, mientras seguía cargando.
Un murmullo se extendió rápidamente entre el resto de los pokémon, y enseguida se convirtió en un griterío cuando se unieron a mí. EL señor Kite abrió mucho los ojos con una expresión de sorpresa, y echó a correr hacia la puerta, atravesando a empellones el grupo de humanos con cámaras que lo seguían. Algunos le lanzamos ataques, pero la suerte le permitió esquivarlos, de modo que siguió corriendo hasta llegar al artefacto en el que había llegado. Abrió una de sus puertas y se metió dentro; y antes de que pudiéramos darle alcance su aparato comenzó a moverse, llevándoselo consigo por el camino negro por el que había venido antes a una velocidad mayor que la que ninguno de nosotros hubiera podido alcanzar. Sin embargo, yo no me rendí, y seguí corriendo sobre la dura superficie de asfalto hasta que su aparato se perdió de vista.
Entonces, toda la rabia y la furia que había sentido se transformaron en impotencia, y comencé a llorar sobre las piedras negras del camino, mojándolas con mis lágrimas. No había podido. No había podido vengar la muerte de mis padres.
Sentí el contacto de una pata sobre mi hombro; una que siempre había estado allí cuando más lo había necesitado, y me di la vuelta para mirar a Blauluchs.
— No llores, Kitsia —dijo, sentándose a mi lado.
— Pero… pero él era… Y no he podido… —sollocé, y enterré la cabeza en su pelaje para llorar. La congoja no permitía que mis palabras salieran de mi boca.
Sus patas delanteras me abrazaron, transmitiéndome la calidez de su amistad. Tragué saliva, y lo abracé con toda la fuerza que pude.
— Cálmate —susurró en mi oído, y pasó una pata por mi espalda—. No llores. Estamos aquí contigo.
Me separé de él para besarlo en la frente, y después lo abracé con más fuerza aún. No me había dado cuenta hasta ahora, pero él tenía razón. Mi pequeño Blauluchs siempre estaría a mi lado, como el resto de pokémon del albergue.
Ellos eran mi nueva familia.
Bueno, otro año que se acaba. Muchas gracias por haberme leído durante este año; y feliz Navidad y próspero año nuevo a todos. Espero veros por aquí el año que viene.
Jeremy Hillary Boob
