He vuelto a la vida. Los exámenes terminaron, y mi creatividad pudo volver a fluir. Y el resultado es un nuevo One-Shot; en este caso Norwegian Wood. Espero que os guste.
Un dato rápido: es la primera canción de la música occidental que utilizó el sitar. Lo tocaba George Harrison.
Disclaimer: No soy de Nintendo, ni de Game Freak, ni de Sony. Luego, no poseo los derechos, que pertenecen a estas compañías.
Autor: Lennon/McCartney. Año: 1965. Álbum: Rubber Soul
El viento soplaba suavemente bajo mis alas, llevádome a caballo sobre las corrientes bajo la cálida luz del sol de abril. Todo eran buenos signos; alegría y buen humor. El sol brillaba en el límpido cielo azul salpicado de pequeñas nubes de algodón, y su calor me llenaba de vitalidad. Bajo mis alas rojas se extendían los vastos bosques nevados de Noruega, kilómetros y kilómetros de coníferas cubiertas por el manto blanco del invierno en el que el sol de la primavera ya había abierto algunos agujeros de color verde esmeralda.
Mi querido bosque, tal y como estaba cuando lo dejé a principios de otoño para unirme a la migración anual de los Talonflame. Estaba tal y como lo recordaba. Los árboles cubiertos de nieve, los pokémon pájaro trinando, los Ursaring buscando comida afanosamente bajo los pinos… Tan solo había cambiado respecto al otoño, y era que ahora muchos de los pokémon iban acompañados por crías que habían nacido durante el invierno o a comienzos de la primavera.
Silbando despreocupadamente una alegre melodía de cortejo, incliné mi cuerpo a la derecha para descender sobre el bosque, separándome del grueso de la bandada. Pude ver por el rabillo del ojo cómo otros cuatro o cinco Talonflame más me seguían, mientras el grueso de la bandada seguía hacia el norte, hacia las tierras donde el sol no se pone en verano. El viento acariciaba mis plumas a medida que descendía, y sonreí de puro placer.
Por fin, tras seis largos meses al abrigo del frío en las cálidas tierras del sur, volvía a mi hogar. Por fin, podría volver a verla.
Sonreí con orgullo al mismo tiempo que mi cuerpo cruzaba la barrera de los árboles, y disminuí repentinamente mi velocidad para evitar que se desprendieran ascuas de mis alas que podrían provocar un incendio. Seguro que me había esperado, pensé mientras ponía rumbo al este, hacia el riachuelo de montaña que cruaba nuestro bosque y que este año aún no se había deshelado.
El corazón me latía con fuerza mientras sobrevolaba el suelo nevado en dirección a nuestro lugar especial: una enorme piedra de color marrón cubierta de runas humanas situada sobre un montículo y de cara al río. Allí fue donde la vi por primera vez, y donde la besé por primera vez en un precioso atardecer de verano. Y sobre ella me prometió esperarme hasta que volviera de mi migración, con ojos cubiertos de lágrimas por los largos meses que pasaríamos sin vernos.
Pronto, pude divisar nuestra piedra desde la distancia, apenas una pequeña mancha marrón en la cima de una colina nevada que el calor del sol había logrado derretir en algunos puntos, abriendo pequeños lunares verdes en su superficie. Todavía no podía ver a mi querida Unfezant, pero no me inquieté en absoluto. A la distancia a la que estaba, ni siquiera un Luxray hubiera sido capaz de distinguirla de la piedra.
A medida que me acercaba, se hizo cada vez más evidente que ella no estaba allí. Sin embargo, aquello no me intranquilizó en absoluto. Esperaba algo como aquello. No iba a pasarse aquí subida toda la vida; y menos sin saber exactamente qué día volvería. Estaba seguro de que estaba en el bosque, esperando mi regreso; y de que se alegraría de verme.
Dejando escapar un suspiro, me posé en la piedra rúnica; y en cuanto mis patas tocaron la dura roca sentí como si un enorme peso cayera sobre mi cuerpo. Todo el cansancio que había acumulado durante el viaje y que hasta ahora había logrado ignorar volvía ahora a mi cuerpo. Todos los músculos de mi cuerpo, sobre todo los de las alas, y todas las articulaciones me dolían. No tenía fuerzas ni para abrir los párpados. Probablemente habría dejado escapar una sonrisa si hubiera podido mover algún músculo.
Con resignación, me decidí a dormir. El agotamiento que sentía era completamente normal. Cualquiera estaría agotado después de volar quince horas diarias durante un mes y medio. Cuando despertara, podría verla; pero ahora nada ni nadie podría conseguir que me moviera.
El sonido de mis alas bajo el sol del atardecer era el único ruido que podía oírse en el bosque; y ello me llenaba de intranquilidad. Era una situación tan tensa, tan antinatural… Normalmente el atardecer era uno de los períodos más ajetreados del bosque, en el que se mezclaban los pokémon diurnos que volvían a sus madrigueras a descansar y los pokémon nocturnos que ahora despertaban y salían en busca de comida. Los ruidos de su actividad frenética se unían a los cantos de los pokémon pájaro en un ruido de fondo discordante, pero al mismo tiempo extrañamente agradable al oído, porque probaba que la vida no había desaparecido del bosque. Pero hoy no había nada de eso. Ni un ruido, ni un pokémon, salvo yo y mis aleteos.
Y eso me aterraba. ¿Y si le había ocurrido algo? ¿Y si había ocurrido alguna catástrofe en el bosque? No; eso no tenía ningún sentido. Yo estaba llegando ya al corazón del bosque; me hubiera dado cuenta. ¿Pero entonces qué…?
Todos mis pensamientos se esfumaron de golpe cuando una Unfezant cruzó la parte superior de mi campo de visión. Una oleada de alivio recorrió mi cuerpo, y mi corazón latió con fuerza. Mis ojos la siguieron hasta que se posó en la rama de un árbol; y acto seguido flexioné las alas y comencé a aletear con fuerza. Ahí estaba. Mi pecho se desbordaba de alegría, y por un momento me sentí orgulloso de ella. Me quería de verdad. Había logrado aguantar los largos meses de separación que la migración anual de los Talonflame nos imponía. Me había esperado.
No me había esperado.
La incredulidad se abrió paso a marchas agigantadas en mi pecho al tiempo que una aguda espina traspasaba mi corazón. Ese… ¿Qué hacía ese Fearow ahí sobre la rama, besando a mi Unfezant? Ella era mía, no suya. Tal vez él la estaba forzando a besarla. No era infrecuente. Había oído algunas historias de Fearows que amenazaban a las hembras de muerte hasta que ellas les daban lo que querían.
Pero entonces ambos se separaron; y enseguida supe que aquello no había sido más que una invención de mi cerebro. La expresión de mi Unfezant era demasiado relajada y tranquila, e incluso me atrevería a decir satisfecha, como para haberlo besado por la fuerza.
Una punzada de dolor asaltó mi maltrecho corazón, y enseguida se transmutó en rabia. ¿Por qué? ¿Por qué me había hecho esto? Yo la quería. ¿Por qué me había engañado con otro aprovechándose de la distancia? Yo nunca la había tratado mal. Siempre la había querido.
Yo nunca la habría engañado con otra. ¿Por qué ella a mí sí?
De repente, los dos pokémon despegaron de la rama en que se habían posado, y se sumergieron ala con ala en la espesura. Apreté con fuerza las dos partes de mi pico entre sí, y eché a volar detrás de ellos. La rabia contenida en mi cerebro me decía que desatara mi venganza contra ellos, pero logré contenerla y me decidí a esperar.
Unos segundos después, despegué tras ellos.
Nuestro vuelo fue corto, y sin incidentes. Los dos pokémon pájaro se limitaban a volar en dirección a un destino desconocido, usando un camino a través de los árboles que yo conocía muy bien. Había volado a través de él miles de veces; como Fletchling, como Fletchinder, como Talonflame, con ella y sin ella. De vez en cuando, los dos pokémon cruzaban sus caminos en un tirabuzón, y cuando lo hacía podía sentir un nudo de rabia atándose dentro de mi pecho. Eso era lo que ella y yo solíamos hacer cuando volábamos juntos.
Los dos giraron a la derecha tras pasar un viejo pino muerto, tan viejo que de él solo quedaba el tronco, horadado en su interior por larvas de pokémon bicho que se alimentaban de su madera. Mi corazón latió con fuerza, y una punzada de dolor e incredulidad recorrió mi pecho. Si no me equivocaba, ya sabía a dónde se dirigían. Y por eso me dolía tanto.
Apenas un minuto después, mis peores temores se confirmaron cuando vi a mi Unfezant posada en una rama de un abeto junto al Fearow con que me engañaba. Mis ojos se abrieron, y un cuchillo hecho de dolor y rabia se clavó en lo más profundo de mi pecho.
Delante de mis ojos se desarrollaba una escena que solo podía creer porque la estaba viendo delante de mí. La pokémon a la que yo quería se besaba con otro, con el que me había engañado durante los meses de invierno, sentada sobre las ramas del mismo árbol en cuyo interior habíamos vivido hasta que el frío del otoño me habían obligado a abandonarlo. No solo me había robado a mi hembra, sino que también me había robado mi hogar.
Los dos pokémon pájaro cruzaron una mirada, y acto seguido se descolgaron de la rama y volaron hasta la abertura abierta en su tronco. En pocos segundos habían desaparecido en su interior, mientras yo era incapaz de hacer otra cosa que mirar; hasta que finalmente la rabia que sentía se transmutó en un deseo de venganza que me poseyó por completo.
Atrapado por completo en su vórtice destructivo, tomé en mi pico un buen montón de pinaza y la subí hasta un nudo entre dos ramas, donde su confluencia formaba un hueco natural. Una vez allí, abrí mi pico para depositarla cuidadosamente, y pude oír los leves crujidos de las agujas de pino secas al romperse contra la dura corteza. Una malévola sonrisa apareció en mi rostro, y pasé mis alas con rapidez sobre el montón de pinaza seca.
Un leve crepitar llegó a mis oídos, y despegué de la rama antes de que el calor y las llamas tocaran mi cuerpo. Sentía una especie de macabra satisfacción, la plenitud de la venganza realizada rellenando el hueco que la traición de mi Unfezant había dejado en mi pecho. Qué sorpresa se llevarían cuando se encontraran cercados por el humo y el fuego, perdidos e incapaces de escapar de su ardiente prisión de madera noruega.
Riendo maniáticamente, seguí volando en busca de un lugar donde dormir. Y cuando lo encontrara, tal vez podría avisar a la colonia de Vaporeon que vivía en el río para que apagaran el incendio, si es que no se habían percatado ya.
A fin de cuentas, lo único que pretendía era castigar a mi Unfezant por su traición. Por muy furioso que estuviera, nunca destruiría mi querido bosque noruego.
Por favor, absteneos de hacer esto en casa.
En la canción original, el narrador se quedaba a dormir en casa de una chica, ella se va y él le quema la casa como venganza. Por eso aquí el Talonflame le quema el árbol. Pero, eso sí, recordad que en el mundo real la piromanía es delito y que tampoco es buena idea ir incendiando las casas de las que os dejaron. En fin...
¡Nos vemos en el próximo One-Shot!
