Buenas de nuevo. Aquí traigo el nuevo capítulo. Esta vez, con uno de los pokémon más queridos por los fans de protagonista.
Disclaimer: como todos los que leen esto, no poseo pokémon. Solo los de mi equipo y las cajas del PC.
Autor: Lennon/McCartney. Álbum: Beatles For Sale. Año:1964
Frío.
Oscuridad.
Son todo lo que conozco.
Soy un prisionero de los humanos. Es lo que he sido durante toda mi vida.
Congelado en un tanque de estasis, mantenido en un perpetuo estado de animación suspendida; incapaz del más mínimo movimiento.
Porque me temen.
Los veo todos los días, cuando vienen a comprobar mi estado. Son dos humanos; machos, supongo. Sus pieles son largas y blancas, pero solo alrededor de su cuerpo. En su cabeza, son de un color rosado; y en su abdomen, negras con una extraña forma de color rojo en su centro. Miran algo que llaman mis constantes vitales en un lateral de mi gélida prisión de metacrilato; y después hacen rayas en un objeto blanco al que llaman folio.
A veces, aprovechan para conversar. Ellos no lo saben, pero yo los oigo.
Oigo sus voces asustadas; y las risas nerviosas con que tratan de enmascarar su miedo. Oigo los chistes y las bromas que se gastan entre ellos. Y muchas veces, tienen que ver con mi liberación.
Y por ello, sé que la temen. Temen que un día sea capaz de romper los glaciales grilletes que me ligan a ellos y vengarme por los muchos años de solitario confinamiento a los que me han forzado. Temen el día en que ocurra.
Porque están seguros de que ocurrirá.
También sé muchas más cosas gracias a ellos.
Sé que soy un pokémon, no un humano como ellos. Sé que soy algo que ellos llaman "de tipo psíquico". Sé también mi nombre: Mewtwo.
Pero también sé que no soy más que un experimento. Un pokémon clonado a partir de otro al que llaman Mew.
El pokémon más poderoso del mundo, dicen sus labios. Una máquina de combatir perfecta. Para eso fue creado.
El pokémon más poderoso del mundo… Un título en manos de alguien que ni siquiera debería existir; que es una aberración en sí mismo, un horrendo crimen contra la naturaleza sin perdón posible.
Pero sus voces no son todo lo que oigo.
De vez en cuando, los agudos gritos de dolor de algún pokémon se filtran por entre los muros plásticos de mi gélida prisión. Y cuando eso ocurre, mis ojos tratan de expulsar lágrimas que el líquido de estasis congela antes siquiera de que hayan podido salir de mi cuerpo.
Porque, aunque tratan de ocultarlo detrás de gruesas paredes y débiles luces coloreadas de un frío verde, nada puede cubrir para siempre los horrores que los humanos producen en el secreto de sus estancias. Horrores tan terribles y abominaciones tan retorcidas que solo seres tan corrompidos y acostumbrados a ellos como los humanos podrían soportar durante más de cinco segundos seguidos.
Miles de pokémon viven conmigo, en una existencia de dolor y sufrimiento, tortura y miseria. Encerrados en minúsculas jaulas donde carecen del sustento suficiente, sometidos a terribles experimentos, viviendo una existencia miserable donde cada día es una nueva tortura y la muerte un regalo que nadie duda en aceptar. Sus gritos de dolor y los gemidos de su agonía resuenan por todo el complejo que los humanos han construido para albergarlos; pero nadie, nunca, les atención.
¿Por qué deberían hacerlo? Para los humanos, ellos no son más que materia prima con la que llevar a cabo sus horribles experimentos.
Conozco algunos. Los he visto con mis propios ojos, cuando olvidaban cerrar la puerta de la habitación en la que moro y la luz que se filtraba por la abertura revelaba a mis ojos las imágenes más horribles que un pokémon puede contemplar. Horrores de tal magnitud que hacen que desee cerrar los ojos con fuerza y tratar de olvidarlos; pero que mis músculos congelados me obligan a ver sin que pueda hacer nada por evitarlos.
Desde todos los puntos que mi visión abarca, veía horror y desolación. Pokémon ensangrentados y atacándose con furia, obligados a pelear hasta la muerte. Pokémon escuálidos, a los que se les negaba el alimento por no ser tan fuertes como deberían hasta que morían de hambre. Pokémon agonizantes, horriblemente deformados y mutilados por las brutales heridas que sufren en los sangrientos combates o por las sustancias que les inyectan. Pokémon con los que experimentan incluso antes de que tengan la oportunidad de nacer, jugando con sus genes a un macabro juego que consiste en convertirlos en máquinas de luchar sin sentimientos; y en el que los perdedores no tardan en ser eliminados sin piedad, antes siquiera de que puedan haber nacido.
Y, cada vez que lo veo o lo recuerdo, instintos asesinos poseen mi cuerpo. La adrenalina y la ira suben por mi columna vertebral mientras mi cerebro se llena de pensamientos y fantasías en los que los muros de mi prisión vuelan impulsados por mis poderes psíquicos; y que siguen con todos los humanos masacrados sin piedad, igual que ellos con los pokémon. Sus cadáveres, reducidos a sangrientos pedacitos, adornan el suelo y las mesas; y su sangre gotea hasta cubrir el suelo de una fina capa escarlata sobre la que los pokémon del laboratorio celebran su recobrada libertad.
Pero la fuerza del frío con que me contienen es demasiado fuerte. Ella es la única que impide que mis fantasías dejen de serlo y se transformen en una realidad.
Y, sin embargo, sé que algún día me liberaré. Ocurrirá. Debe ocurrir. El pokémon más fuerte del mundo no fue creado para pasar sus días congelado en un tanque de estasis. Algún día me sacarán. Algún día cometerán un error. Y cuando llegue ese día, los científicos desearán no haber nacido.
Pero mientras me mantengo a la espera, los humanos siguen con sus experimentos, ajenos a la rabia que se acumula en mi mente. Lo que hacen; no, lo que cometen en el laboratorio, son crímenes abyectos y retorcidos contra la naturaleza, movidos únicamente por su codicia y su soberbia. Someten pokémon inocentes a los más terribles dolores solamente para satisfacer sus deseos de tener los pokémon más poderosos, o los que mejor les ayuden en sus retorcidos planes; y destruyen sin piedad a aquellos que no les sirven de nada.
Ellos se sienten muy superiores cuando crean sus horrores en nombre del dinero. Se creen invulnerables en las profundidades de su laboratorio secreto; pero han olvidado lo más esencial: que todos sus actos tienen consecuencias. Lo que hacen aquí, oculto de la vista de todos, se volverá algún día en su contra. Un día, el árbol que ha crecido de sus semillas de horror y que han regado ininterrumpidamente con ríos de sangre y violencia dará frutos; y cuando lo haga comprenderán al fin lo necios que han sido. Ese día, desearán profundamente no haber cometido sus crímenes contra natura. Desearán volver al pasado y arreglar sus errores. Pero entonces, ya será demasiado tarde.
Y, mientras tanto, yo, prisionero en mi tanque de estasis, espero impaciente a que llegue el día en que pueda ver el reflejo de mi figura en sus ojos aterrados antes de que ponga fin a sus miserables vidas. El día en que por fin pueda desatar mi venganza contra aquellos que me crearon.
El día en que los humanos sentirán pavor del nombre de Mewtwo.
Y hasta aquí este. El más corto de todos, por cierto.
Probablemente vuelva justo después de Semana Santa. Si vivís en un sitio en el que salgan procesiones, espero que tengáis suerte con el tiempo. Que será el tema del siguiente, por cierto...
¡Hasta el próximo One-Shot!
