Ya estoy de vuelta. La Semana Santa ya se fue, hasta el año que viene. Excepto en este One-Shot.
Disclaimer: no poseo pokémon ni la canción y nunca los poseeré.
Autor: Lennon/McCartney. Álbum: cara B del sencillo "Paperback Writer". Año: 1966
Grandes nubes grises se deslizaban por el cielo de la tarde, cubriéndolo todo pesadamente como gigantescas láminas de plomo y persiguiendo a los pequeños jirones de azul que conseguían escapar de ellas hasta que los acorralaban y los asfixiaban entre sus filamentos plomizos. Los vientos que las impulsaban soplaban libremente, llevándolas en volandas; y soplaban también a nivel del suelo, alborotando a su albedrío las ropas y los pelos de aquellos que habían decidido salir aquella tarde. Y todos ellos, o al menos la inmensa mayoría, compartían un destino: la iglesia del barrio.
El gentío se agrupaba alrededor de la puerta principal; pero no lo hacía como una turba esperando a que se abriera para entrar en tromba, sino que se colocaba ordenadamente en dos grupos que dejaban un amplio pasillo entre ambos, a ambos lados del pórtico. Murmullos de impaciencia recorrían continuamente a la multitud, que se mezclaban continuamente con comentarios sobre el estado del tiempo y rumores infundados sobre lo que ocurría dentro del templo. Tampoco eran extrañas las quejas sobre el sol que había hecho por la mañana y cómo se había estropeado el tiempo.
Nada extraño. Era un día típico de primavera.
Alrededor de la iglesia, la gente que no había podido conseguir un sitio cerca de ella, o que simplemente no quería estar cerca de una hora de pie sin saber lo que ocurriría, llenaba los bares próximos. Bebían café o chocolate caliente para librarse de aquel desagradable viento que no presagiaba nada bueno, y comían torrijas o pestiños para endulzarse la probable decepción que les esperaba.
Bajo sus pies, los pokémon pájaro se peleaban por las migajas que caían al suelo, llegando a veces al extremo de meterse bajo las sillas para poder cogerlas; solo para salir volando tan pronto como los pies de los humanos hacían algún movimiento.
Todos, menos uno. Un pequeño Fletchinder se negaba a retirarse ante los humanos, en un curioso desafío que a todos pasaba desapercibido. Se movía con rapidez por debajo de las mesas, buscando trozos de comida que hubieran caído de las mesas y picoteándolos antes de que cualquier otro pokémon tuviera la oportunidad de arrebatárselos. De vez en cuando, se detenía y miraba hacia arriba, como si estuviera intentando averiguar cuándo caería más comida desde arriba.
Realmente, él no temía a los humanos. Los consideraba poco más que criaturas que compartían su espacio con él y a los que se podía ocurrir para obtener comida cuando estaba demasiado cansado como para conseguirla él mismo. Las migas de pan duro no se podían comparar con la carne fresca de Pidove, por supuesto; pero por lo menos eran comida.
El desagradable chirrido del metal contra la piedra llamó su atención, y el pokémon pájaro giró su cabeza para ver los pies de los humanos desapareciendo y alejándose a pasos largos. Se acabó la comida.
El Fletchinder sacudió su cabeza con indiferencia, y abrió las alas para salir volando. Con tantos humanos en el bar, no tendría problemas para aguantar hasta la noche; y tal vez hasta la mañana siguiente.
El pokémon pájaro batió sus alas con fuerza, y pronto salió de debajo de la mesa, volando en búsqueda de alguna rama cercana en la que posarse. El viento soplaba con fuerza, y en alguna ocasión una racha excepcionalmente fuerte estuvo a punto de hacerle perder el equilibrio y mandarlo de bruces contra el suelo; pero consiguió maniobrar a tiempo y estabilizar su trayectoria antes de caer.
El Fletchinder odiaba el viento, y no solo porque pudiera derribarlo y tener la capacidad de romperle un ala o una pata; sino también porque lo percibía como unos grilletes inmateriales que le impedían volar libremente por el cielo. Él adoraba la sensación de libertad de que gozaba cuando se deslizaba a toda velocidad por el cielo azul, cortando el aire y cabalgando las corrientes cálidas de la mañana que le permitían elevarse por encima de los tejados de las casas e incluso los puntiagudos pináculos de las torres góticas de la catedral; y las malditas rachas de viento cortaban en seco su libertad de vuelo.
Usando las garras de sus talones para aferrarse, el pokémon pájaro se posó en la rama más alta del árbol más cercano; y una vez allí echó una mirada vigilante a la plaza. Mirara donde mirara, había humanos por todas partes, lo normal en una ciudad grande como aquella. Con la curiosidad que solo el aburrimiento despierta, fue pasando la mirada sobre las sillas de los bares, todavía llenos a rebosar, sobre los niños que jugaban en la calle, por el cielo gris plomizo que amenazaba veladamente con dejar caer la lluvia sobre la ciudad; y finalmente sus ojos se posaron sobre la multitud que esperaba en la puerta de la iglesia, separada en dos grupos por un río de adoquines grises.
Oh, no. No otra vez, pensó mientras apretaba el pico con fuerza y una expresión de odio aparecía en su rostro.
¿Ya había transcurrido un año?
Irritado, el Fletchinder echó de nuevo a volar, pero esta vez en dirección contraria a la iglesia. No comprendía muy bien por qué ocurría; pero sí sabía que, cuando se acumulaba tanta gente en sus puertas, lo que ocurría todos los años al poco tiempo e comenzar la primavera, al poco tiempo comenzaban a sonar unos irritantes pitidos de cornetas y unos insoportables golpes de bombo que le daban ganas de huir de allí para siempre y no volver nunca más.
Pero lo peor era cuando volvían por la noche, pensó mientras inclinaba su cuerpo a la derecha para esquivar una fuerte racha de viento que le venía de frente. Aunque se marchaban tras una media hora, aproximadamente, después volvían a altas horas de la noche con exactamente la misma sinfonía estridente, despertando a los pokémon sin respeto alguno por su descanso.
Pero mientras a los humanos les gustara, y por lo que parecía sería así durante mucho tiempo, no habría manera de librarse de aquel ruido insufrible, concluyó mientras se posaba en las ramas de un álamo que se erguía orgulloso en el centro de una gran plaza a algunas calles de la iglesia.
Dejando escapar un largo suspiro, el pokémon pájaro volvió sus ojos al cielo y a las nubes de lluvia que lo cubrían; y su expresión de malhumorada resignación pasó de repente a una más alegre. A lo mejor si les llovía encima se les fastidiaban los instrumentos. Sería un sueño hecho realidad.
Realmente, como pokémon de tipo fuego, el Fletchinder odiaba la lluvia con todas sus fuerzas. El contacto de las frías gotas de agua sobre su cuerpo era la sensación más desagradable que había tenido la oportunidad de conocer. Se adherían a su piel, enfriándola y robándole el calor que su cuerpo necesitaba para funcionar; y no contentas con eso se negaban a evaporarse y abandonar su cuerpo. Por ello, siempre buscaba refugio en un alero o bajo una cornisa en cuanto las primeras gotas caían cobre sus plumas.
Pero si tenían el poder de callar los inaguantables pitidos de cornetas, por una vez estaba más que dispuesto a aguantar algunas horas de lluvia.
De nuevo, el pokémon pájaro despegó; esta vez en busca de algún lugar en el que refugiarse de la próxima lluvia. Por desgracia, los edificios colindantes terminaban en una azotea en lugar de un tejado; lo que le limitaba mucho los posibles refugios a encontrar. Por un momento, se planteó colocarse debajo de las mesas de un bar; pero enseguida la desechó. Seguro que algún humano le acababa pateando sin querer.
Sobrevolando ahora la multitud que seguía agolpada a las puertas de la iglesia, y que ahora parecía algo menor que antes, el Fletchinder escaneó los alrededores; y pronto sus rasgos formaron una expresión de malhumorada resignación cuando se percató de que el único lugar cubierto estaba bajo las campanas de la iglesia. Desde luego, era el mejor lugar posible: debajo de las campanas y al lado de los pesados de las cornetas.
Sería un milagro si no se quedaba completamente sordo.
Sin embargo, y a pesar de su odio por aquella clase de ruidos, el pokémon pájaro puso rumbo a la torre de la iglesia para aterrizar justo debajo de la campana principal. A fin de cuentas, era preferible soportar unas cuantas campanadas y quedar seco que no aguantarlas y mojarse todo el cuerpo; se dijo al mismo tiempo que sus patas tocaban el suelo de mortero del campanario.
Fuera, las grandes nubes grises ya habían acabado con la resistencia que les oponían los escasos jirones de cielo azul, espoleadas por las fuertes rachas de viento que soplaban a ras de suelo y en las alturas. Y, como si aquella fuera alguna clase de señal convenida; apenas el último hueco celeste se cerró, las primeras gotas comenzaron a desprenderse de las nubes. Las gotas de lluvia golpearon el suelo sin piedad, mojando el suelo de hormigón y a las personas que esperaban en la puerta de la iglesia. Inmediatamente, fue recibida con la apertura de múltiples paraguas y un gruñido colectivo que sonaba con una mezcla de decepción, resignación, y algunos gritos de rabia.
Protegido de la lluvia bajo la campana mayor del campanario, el Fletchinder no pudo evitar dejar escapar un suspiro de alivio cuando vio las primeras gortas sobre el áspero suelo de la torre. Se había salvado por los pelos. Unos segundos más a la intemperie, y habría acabado calado hasta los huesos.
Claro que ahora estaba obligado a quedarse en el campanario hasta que dejara de llover. Y podían ser varias horas.
Y, apenas un minuto después, el Fletchinder ya estaba completamente aburrido. No soportaba más tener que estar quieto en el campanario, y ya había dado unas cuantas vueltas. Quería, no, necesitaba que escampara; para poder volar libre sobre la ciudad. Necesitaba batir sus alas sobre las corrientes y sentirse libre.
Pero, hasta que no cesara la lluvia, no habría nada que hacer.
Dejando escapar un bufido de frustración, el pokémon pájaro decidió dar una nueva vuelta por el campanario. No solucionaba en absoluto su problema de aburrimiento, pero era mejor que quedarse en pie.
Sin embargo, aquella vuelta no fue tan corta y anodina como lo habían sido las seis anteriores. Un poco después de haber recorrido las dos primeras paredes de la torre rectangular, había encontrado un pequeño hueco en uno de los sillares de piedra del campanario, que se le había pasado por alto hasta entonces.
Cautelosamente, el Fletchinder se acercó a él, su impaciencia y frustración sustituidas por la curiosidad; y metió su cabeza en él. Era del tamaño justo como para que cupiera, tal vez un poco mayor; y al fondo se veía el resplandor de una vela.
El Fletchinder lo pensó durante un segundo, y después se lanzó por el agujero, llevado por la curiosidad y el aburrimiento. Llevara a donde llevara, no podía ser peor que aguantar horas bajo una campana de bronce hasta que escampara.
La caída fue corta, y sin incidentes de ninguna clase. El agujero era lo suficientemente ancho como para que el pokémon pájaro pudiera abrir sus alas para amortiguar su descenso, pero no como para que pudiera batirlas, obligándolo a planear buscando el débil resplandor de luz que señalaba el final del agujero.
Unos segundos después, cuando por fin hubo cruzado la otra boca del túnel la repentina claridad le obligó a cerrar los ojos, volando a ciegas durante unos segundos, hasta que por fin la luz dejó de hacerle daño y pudo ver hacia dónde se dirigía. Así, pudo aterrizar sin problemas sobre una ancha viga de madera que sobresalía del techo y unía los dos lados de la sala en que se encontraba, cruzando el aire de una pared a otra.
Una vez se hubo asegurado de que estaba firmemente asentado sobre la rugosa superficie de madera de roble, el pokémon pájaro echó una mirada a su alrededor para comprobar dónde estaba exactamente. Y ,a medida que sus ojos recorrían lel interior de la estancia, se iban abriendo más y más, cada vez más asombrado y sorprendido.
Se encontraba en la nave principal de la iglesia, sobre una de las vigas de madera que se encargaban de mantener el techo en su lugar, a unos quince metros sobre el suelo de baldosas. Frente a él se encontraba un enorme rosetón gótico, compuesto por cientos de pequeñas piezas de vidrio de brillantes colores y en que representaban escenas del Evangelio. Las paredes laterales estaban decoradas con estatuas de santos, algunas de las cuales disfrutaban de capilla propia; y a su espalda se extendía el retablo del altar mayor, una obra de arte de estilo barroco en madera dorada, delicadamente tallada hasta formar complicadas virutas y florituras; y que presidía un crucificado tallado por uno de los imagineros más importantes de su época.
El Fletchinder parpadeó, asombrado. Así que esto era el interior de la iglesia… Desde luego, aunque el ruido que hacía la banda que se agolpaba a sus puertas todos los años fuera insoportable, no se podía negar que por dentro era una auténtica obra de arte.
Un murmullo bajo sus pies llamó su atención, y cuando bajó la vista, vio que a sus pies se extendía una muchedumbre, alrededor de dos imágenes montadas sobre una plataforma; y cuyo significado no pudo averiguar. Todos iban vestidos de la misma manera, con túnicas moradas y antifaces blancos; un aspecto que al pokémon le pareció extraño y gracioso a partes iguales. La mayoría portaba un cirio; a excepción de algunos, que llevaban una cruz de madera sobre su hombro. Ante ellos, había otro humano, vestido de la misma forma, pero con una vara dorada en su mano en lugar de un cirio; de pie delante de un micrófono.
Ese es su jefe, pensó el Fletchinder al ver que todos tenían la mirada fija en él y guardaban un silencio lleno de nervios y ansiedad, esperando sin duda las palabras que marcarían el destino de un año entero de espera e ilusión.
El humano miró varias veces a los lados, girando la cabeza hacia la izquierda y hacia la derecha con movimientos amplios y lentos; y solo entonces se inclinó sobre el micrófono y pronunció unas palabras que el Fletchinder no llegó a oír. Sin embargo, la reacción de los humanos a ella fue inmediata. La mayoría de ellos se lamentaban audiblemente, otros hacían amplios gestos de resignación mientras intentaban contener las lágrimas. Algunos habían desistido ya, y lloraban a lágrima viva por el año perdido y las ilusiones que la lluvia que caía acababa de hacer añicos.
Desde su puesto privilegiado, el Fletchinder simplemente se limitó contemplar la escena; sin atreverse a hacer nada por temor a molestar a los humanos. No le importaban demasiado, pero el hecho de que la lluvia les fastidiara, aunque solo fuera porque no podrían tocar esa música tan molesta, hacía que sintiera algo de compasión hacia ellos. Le hacía sentir que, a fin de cuentas, los humanos y él no eran tan diferentes.
Al fin, tras unos minutos, los humanos comenzaron a salir de la iglesia por una pequeña puerta escondida entre dos pilares de una nave lateral. El Fletchinder comprendió que no había nada que hacer allí, y también decidió marcharse. Dio un pequeño salto desde la viga, y batió las alas con fuerza en dirección a la boca del agujero por la que había salido.
Tal vez pronto dejara de llover.
Y hasta aquí este. Si es que la lluvia destroza la Semana Santa... Aunque este año no tengo de qué quejarme.
Sé que es más tiempo de Feria que de Semana Santa, así que si queréis podéis pasaros por el capítulo 10, I'm Happy Just to Dance with You, que va de Feria.
¡Nos vemos en el próximo One-Shot!
