¡Estoy de vuelta!
Sí, he tenido que ausentarme por los exámenes de final de curo. Pero ahora tengo el verano libre, lo que significa más One-Shots!
Hoy, diez de julio, se cumplen cincuenta años del lanzamiento del LP "A Hard Day's Night", la banda sonora de la película homónima. Os traigo la historia correspondiente al tema que cierra el disco, I'll Be Back.
¿Alguien ha pensado en Terminator al ver el título?
Disclaimer: Solo poseo lo escrito, no los personajes.
Autor: Lennon/McCartney. Año: 1964. Álbum: A Hard Day's Night. No apareció en la película.
— ¡Budew, absorber!
Profiriendo un agudo gruñido, que supuse más para darse ánimos que para intimidar a su rival, mi pokémon se levantó del suelo, haciendo gestos de dolor cuando alguno de los muchos rasguños que había acumulado durante el combate rozaban el suelo del lugar en el que disputábamos el combate. En su rostro había una expresión de determinación absoluta; y en el lugar en el que se juntaban las dos ramas que nacían de su cabeza brillaba una pequeña bola de intensa energía roja.
Al otro lado del campo, mi rival ordenó atacar a su pokémon, un Geodude bastante grande y de aspecto hosco, y cuyo cuerpo estaba surcado por marcas de este combate y combtes anteriores. El pokémon se lanzó sobre el mío; y yo me permití una sonrisa de victoria. Acababa de firmar su propia derrota.
— ¡Vamos, Budew! ¡Sé que tú puedes! —grité para darle ánimos, no porque lo necesitara realmente. Sabía de sobra que iba a ganar este asalto.
Mi pokémon respondió a mis gritos de aliento con un animado gruñido, y esperó con una sonrisa repleta de confianza a que su enemigo se acercara para lanzar su ataque. Podía parecer arriesgado, pero no había ningún riesgo en hacerlo: habíamos entrenado este ataque muchas veces con los pokémon de las rutas cercanas a mi ciudad; casi todos Geodude como este al que nos enfrentábamos. Sabía manejarlo a la perfección. No había error posible.
— Bu… ¡Dew! —gruñó con esfuerzo el pequeño pokémon, y tan pronto como acabó de pronunciar su nombre un fino rayo del mismo color que la esfera de energía que flotaba sobre su cabeza brotó de esta, cortando el aire hasta que envolvió al Geodude enemigo con su brillante luz roja.
Tan pronto como el rayo de luz golpeó al pokémon de tipo roca, este detuvo en seco su trayectoria; y no pude contener una exclamación de victoria mientras oía al Geodude gritar de dolor y veía cómo se curaban algunos de los rasguños que cubrían el cuerpo de mi pequeño pokémon.
Cuando finalmente el pokémon de tipo roca cayó al duelo, inconsciente y con una expresión de dolor en su rostro, salí corriendo hacia el centro del campo y abracé a mi Budew para felicitarle por su victoria. Se acabó todo. Había ganado. Mi pequeño e inexperto Budew había conseguido derrotar a un Geodude mil veces más fuerte y entrenado que él.
— Lo hemos conseguido, pequeñín —susurré, alborozado, en su oído; mientras él demostraba su alegría con una serie de cortos y agudos grititos. Por encima de ellos, pude oír con claridad el ruido de una poké ball al devolver un pokémon a su interior.
— Geodude no puede continuar. Budew gana —dijo el juez del combate, un hombre alto y de unos cuarenta años, en tono neutro. Levanté la cabeza para verlo, y no pude evitar sentir algo de orgullo al ver la bandera verde levantada y apuntando hacia mi lado del campo—. Se ruega al aspirante que vuelva a su asu zona técnica.
Al oír aquello, enrojecí violentamente, me separé de mi pokémon, y, murmurando unas azoradas palabras de disculpa, corrí hacia el rectángulo dibujado en la arena un poco más allá de donde estaba trazado el límite del campo. Y, cuando llegué, me di la vuelta y le dediqué a mi Budew una mirada cargada de confianza.
Pero el combate todavía no había acabado. A mi rival, el líder del gimnasio de Ciudad Pirita, aún le quedaba un último pokémon. Pero yo estaba seguro de que podría ganarle. Mi Budew acababa de derrotar a su Geodude, la primera vez que lo conseguía. Si había podido con él, podría con cualquiera.
Bueno, a menos que su siguiente pokémon fuera un Golem o un Rhyperior. Pero estaba seguro de que, incluso si lo tenía, no se atrevería a sacarlo. La Liga Pokémon era muy estricta en lo que se refería a los combates por medallas de gimnasio, y una de sus normas era que los líderes estaban obligados a sacar los pokémon que más se ajustaran al nivel de sus contrincantes.
Y por eso, estaba seguro de que me enfrentaría a un pokémon al que podría ganarle. Tal vez fuera otro Geodude, aunque lo dudaba. Un Onix, o incluso algún pokémon más exótico como un Aron o un Nosepass eran mucho más probables.
La mano del líder del gimnasio cortó el aire hasta su cinturón, y al instante abandoné mis cábalas para centrarme en el combate. Su mano se cerró en torno a una pokéball, y pude sentir mi corazón latiendo con fuerza mientras esta crecía hasta alcanzar su tamaño normal y su brazo se preparaba para lanzarla.
— ¡Adelante, Cranidos!
Inmediatamente, toda la confianza y seguridad que me habían dado la victoria se disiparon, antes incluso de que el pokémon saliera del interior de la poké ball. ¿Cranidos? ¿Qué clase de pokémon era ese? No lo había oído en mi vida. Tragué saliva, y traté de reunir toda la confianza que pude. Por lo menos, tenía que ser un pokémon de tipo roca. Eso era seguro; así que al menos tendría ventaja de tipo.
De repente, el sonido de una poké ball al abrirse me sacó de mis pensamientos; y al volver la vista al campo de batalla pude ver una pequeña figura bípeda envuelta en una brillante luz roja, como la del ataque de mi Budew, y en cuanto esta se disipó por fin por fin pude ver al famoso Cranidos.
A primera vista, lo cierto era que no parecía gran cosa. Era un pokémon pequeño y con aspecto de dinosaurio, cuyo rasgo más distintivo era su enorme cabeza con forma de huevo y cuya parte superior, de un intenso color azul, estaba rodeada de grandes espinas blancas en su parte posterior. Su lomo, su cola y la parte posterior de sus patas traseras también eran azules, mientras que el resto de su cuerpo era gris.
El pequeño pokémon echó una mirada circular al campo, hinchó su pecho con seguridad, y después pronunció su nombre en un rugido cargado de fuerza y confianza en sí mismo. Mi Budew, por el contrario, se echó a temblar y me miró, evidentemente asustado.
Y en ese momento, supe que había perdido.
Sin embargo, traté de sobreponerme a aquellos pensamientos derrotistas, aunque solo fuera por mi pokémon. Él estaba asustado, y como su entrenador era mi deber darle seguridad en sí mismo. Y, si ocurría un milagro, tal vez incluso ganara.
—¡Cranidos, golpe cabeza! —ordenó mi rival, y al instante su pokémon, tras proferir un grito de victoria, se lanzó contra el mío.
Al verlo venir corriendo hacia él, mi Budew emitió un chillido de terror, y yo me puse a temblar. Como se dejara dominar por sus nervios, estaría irremisiblemente perdido. Tenía que hacer algo. Tenía que intentarlo; e hice lo único que pude pensar en aquel momento: ordenarle un ataque.
— ¡Budew, absorber!
Pero apenas un segundo después, me encontré apretando el puño con rabia al mismo tiempo que le daba una furiosa patada al suelo. Mi pokémon no reaccionaba. Se había quedado clavado en el suelo, hiperventilando mientras miraba aterrorizado a su rival, que cargaba contra él a toda velocidad. El miedo le había ganado la partida; y, si no lo remediaba, habría perdido el combate.
— ¡Budew, usa absorber! ¡Tú puedes! —grité, tratando de sonar convencido de lo que decía—. ¡Vamos, usa absorber, Budew!
Y, entonces, ocurrió lo inesperado. Mis gritos y órdenes desesperadas surtieron efecto, y mi pokémon consiguió liberarse de las cadenas del miedo. Una esfera roja apareció en lo más alto de su cuerpo, y en menos de dos segundos su ataque había alcanzado a su rival y lo había envuelto en su luz.
Incrédulo y rebosante de alegría, extendí los brazos en un gesto de victoria…
Hasta que me di cuenta de que en ese momento el Cranidos estaba a menos de medio metro de distancia de mi pokémon.
Enrabietado, di un fuerte pisotón en la tierra antes de derrumbarme sobre el suelo; y me tapé los ojos con las manos para no ver cómo mi pokémon volaba por los aires debido a la fuerza con la que el Cranidos lo había golpeado.
Y, cuando escuché el golpe de mi Budew contra el suelo y su agudo grito de dolor, no me avergüenza decir que tuve que luchar muy duro para contener las lágrimas.
Esta no era la primera vez que perdía contra el líder del gimnasio. Era la cuarta o la quinta, pero también es cierto que, de todos los combates, este era en el que me había quedado más cerca de derrotarlo. Casi lo había conseguido. Había derrotado a uno e uss dos pokémon. No me podía creer que esta vez, que lo tenía casi hecho, hubiera terminado perdiendo el combate.
— ¡Budew no puede continuar! ¡Cranidos gana! ¡El ganador es el líder Roco de Ciudad Pirita!
Tampoco hacía falta que lo dijera, maldita sea.
Todavía fastidiado por la derrota, me puse en pie, le di un nuevo pisotón al suelo y avancé arrastrando los pies hasta el lugar donde había caído mi Budew, que por suerte era muy cerca de donde estaba. Me incliné ante él, y tras comprobar que estaba inconsciente coloqué mi mano con suavidad sobre la palte más alta de su cuerpo.
Dejando escapar un suspiro, cogí la pokéball de mi cinturón y devolví a mi pokémon a su interior, con una sonrisa de orgullo en mi rostro. Realmente, para ser su primer combate de gimnasio, lo había hecho realmente bien, a pesar de la derrota. Y más teniendo en cuenta que apenas habíamos tenido unos pocos días para entrenar antes del combate.
Definitivamente, cuando llegáramos a casa le daróia un buen descanso y una buena recompensa por su combate.
Sacudiendo la cabeza, devolví la poké ball a mi cinturón y me llevé la mano derecha a la rodilla para ponerme en pie, y cuando por fin estuve erguido me encontré con el líder del Gimnbasio enfrente de mí. Lucía una sonrisa cordial en su rostro, y tenóia la mano derecha extendida, esperando a que yo le diera la mía.
— Buen combate —me dijo, sonriente.
Lo cierto era que lo único que quería hacer en aquel momento era mandarlo a paseo y volver a mi casa; pero me aguanté y me forcé a sonreír y darle la mano.
— Gracias —respondí secamente, y me di la vuelta para salir del gimnasio.
— ¿Sabes? Después de ver este combate, estoy seguro de que, con un poco más de entrenamiento, no tendrías ningún problema en ganar esta medalla.
Ya estaba a punto de llegar a la puerta del gimnasio; pero aquellas palabras hicieron que me detuviera en seco. Él, el líder, opensaba que había hacho un buen combate… De repente, sonreí. Había derrotado a uno de sus pokémon, algo que nunca antes había logrado.
Con aquella sonrisa todavía en los labios, me giré y la di la mano. Que él pensara que podía ganar la medalla era justo lo que necesitaba después de perder por quinta vez seguida contra él para no caer en la desesperación.
Por un momento, Roco pareció algo sorprendido, pero enseguida me devolvió tanto la sonrisa como el gesto. Entonces, lo miré a los ojos, entorné los míos, le aunté a la cara con un dedo y dije la misma frase que pronunciaba tras cada derrota:
— Volveré.
Por supuesto, cumplí mi promesa. Y cuando lo hice, estaba mucho mejor preparado que en la ocasión anterior. Había dedicado muchas horas a entrenar con mi Budew, había logrado que aprendiera nuevos movimientos que nos ayudarían a lograr la victoria. Incluso hice una adición a mi equipo, un Buizel que un familiar de Ciudad Vetusta me había intercambiado por un Geodude que había capturado en la mina de carbón de Ciudad Pirita.
Y sin embargo, volví a perder el combate. Me deshice del Geodude del líder con mucha facilidad; pero en cuanto su Cranidos salió al campo, apenas necesitó dos minutos y cinco ataques para acabar con los dos pokémon de mi equipo. Y cuando los hubo derrotado, se quedó en mitad del campo, con la cabeza bien alta, el pecho henchido de orgullo, y soltando fuertes rugidos de victoria.
Roco enrojeció y quiso devolver al pokémon a su poké ball para que no siguiera humillándome, pero yo le hice un gesto para indicarle que no hacía falta. Que lo disfrutara. Un día él acabaría derrotado en el suelo, y yo tendría la medalla.
Sntes de salir, volví a estrechar la mano de Roco mientras pronunciaba una vez más la promesa que hacía antes de salir del gimnasio:
— Volveré.
No sabría decir cuántas veces había hecho la mima promesa en mi vida. Prometía volver siempre que perdía el combate contra Roco, y bastaba saber que, desde la primera promesa, habían transcurrido ocho años. Ocho años, en los que habíamos combatido una media de veinte veces al año. O sea, unas ciento sesenta derrotas, con sus correspondientes ciento sesenta promesas de volver a por mi revancha. Y todo lo que había conseguido era una racha de ciento sesenta derrotas consecutivas (lo que debía ser alguna especie de récord, aunque si lo era, no quería saberlo); sin poder lograr la tan ansiada victoria y la medalla de gimnasio.
Hasta hoy.
Porque hoy, ocho años después del primer combate, sería el día en que consiguiera mi tan ansiada medalla de gimnasio.
No quedaba otra alternativa. Mi Floatzel había derrotado a su Golem, y había presentado batalla contra su Rampardos antes de que uno de sus temibles ataques testarazo lo derrotara. Ahora, con un Roserade en perfecto estado contra un Rampardos herido y agotado, tendría que ser un auténtico inútil para perder el combate.
Y hacía años que había dejado de serlo.
Con la emoción salvaje de la victoria recorriendo mi cuerpo, apunté al doloso de roca situado enfrente de mi pokémon y di la orden definitiva, si bien la emoción y los nervios hicieron que esta se me atragantara y tuviera que repetirla para que mi Roserade pudiera oírla:
— ¡Roserade, energibola!
Al recibir la orden, mi pokémon juntó sus brazos hasta que los pétalos de sus flores se tocaron; y entre ellos comenzó a formarse una brillante esfera de energía de color azul oscuro, con algunos tintes verdosos casi imperceptibles. Roco trató de impedir que lanzara aquel ataque, e incluso ordenó a su pokémon que usara testarazo contra el mío, pero para el Rampardos ya era demasiado tarde.
Tan pronto como agachó la cabeza, antes siquiera de que pudiera cargar, mi pokémon disparó la energibola, y el poderoso pokémon de tipo roca recibió el impacto en la parte más alta de la cabeza.
Durante unos interminables segundos, el Rampardos de Roco estuvo en pie, jadeando, hasta que al final cayó al suelo, derrotado.
Los segundos que transcurrieron hasta que el juez me concedió la victoria fueron los más largos de mi vida. Estaba allí, en mi área, jadeando y sin poder creerme lo ocurrido. Había ganado. Había ganado. Ocho años y más de ciento cincuenta combates después, ´había conseguido derrotar a Roco.
Y, cuando al fin el juez levantó el banderín que apuntaba a mi Roserade y pronunció mi nombre junto a la palabra "vencedor", la alegría se desbordó. En menos de un segundo, estaba corriendo hacia mi pokémon con la intención de abrazarlo, pero sus espinas venenosas hicieron que limitara mis gestos de cariño a acariciarle los pétalos de la cabeza. Por su parte, él sonrió y lanzó un chorro de pétalos al aire, que pronto cubrieron la arena del gimnasio.
Cuando cesamos las celebraciones por la medalla, descubrí que Roco estaba enfrente de mí, esperando a entregarme la medalla del Gimnasio. Lo miré con los ojos muy abiertos, y él sonrió. Aún no podía creerme que aquello fuera cierto; e incluso me pellizqué para comprobar que no era un sueño.
— Toma —dijo, alargando la mano para entregármela—. Es tuya. Te la has ganado.
Con mucho cuidado, como si pudiera romperse con solo mirarla, alargué la mano y cogí la medalla de gimnasio que Roco me ofrecía. Era tan preciosa… Tan dulce conseguirla, después de ocho años de derrotas…
Repentinamente poseído por la alegría, levanté los brazos al cielo y solté un potente grito de júbilo que mi pokémon se encargó de corear; y después, a falta de un sitio mejor, me guardé la medalla en el bolsillo. Cuando llegara a casa, iba a enmarcarla y a colgarla en un lugar bien visible. Después de todo lo que me había costado ganarla…
— Enhorabuena —me felicitó Roco, y me dio la mano efusivamente—. ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Irás a por la Medalla Bosque de Ciudad Vetusta?
Inconscientemente, solté una carcajada que resonó en todo el gimnasio, tan fuerte que Roco me miró con extrañeza. Conseguir la Medalla Bosque. Ay, qué bueno…
— Ni de broma —respondí al instante—. Me ha costado ocho años ganar esta con ventaja de tipo; así que estando en desventaja ya ni te digo. Podría tirarme toda la vida luchando contra Gardenia y no ganarla nunca.
Roco sonrió, divertido; y poco después se echó a reír a carcajadas. Su risa era tan contagiosa que a los pocos segundos los tres estábamos carcajeándonos, tan fuerte que nos dolía la barriga y se nos habían saltado las lágrimas.
— Pero ahora en serio —dijo Roco una vez que nos hubimos calmado, secándose las lágrimas con el dorso de la mano—. Llevo ocho años concediéndote revanchas. ¿Qué tal si ahora tú me concedes una para dentro de dos semanas?
Inmediatamente, sonreí ante aquella idea al tiempo que me llenaba de orgullo. Yo, dándole la revancha a un líder de gimnasio. Inmediatamente, supe lo que tenía que hacer; y sin ningún atisbo de duda pronuncié la misma promesa que había hecho en tantas ocasiones a lo largo de aquellos ocho años.
— Volveré.
Bueno, espero que os haya gustado. ¡Nos vemos en el próximo One-Shot!
