A pesar de que la alarma había sonado a la hora programada, y que Yuuji se había empeñado en hacerme desayunar con él antes de marcharse a trabajar, esa mañana no me sentía con ánimos de asistir a clase.

Ya sabéis el dicho; la vida es corta y sólo se vive una vez... Por lo que yo hoy pensaba tomármelo al pie de la letra.

Me volví a desperezar y con un gran bostezo decidí dar un paseo.

Acabé deambulando por una de las avenidas comerciales y no pude evitar entrar en una de las tiendas, al ver que tenían unos calcetines altos, en los que la parte de arriba tenían cabeza de gatito, y por detrás la colita.

Entré y fui directamente a por el artículo en cuestión, que gracias a los dioses entraba dentro de mi escaso presupuesto. Y, en cuanto los tuve en mi poder, cambie los del uniforme por mi adorable adquisición.

Sin saber muy bien en que más ocupar mi tiempo, seguí deambulando sin rumbo fijo. Ojeando de vez en cuando escaparates, aunque me encontraba totalmente abstraída en mis pensamientos.

Crucé una calle y torcí a la derecha, donde me topé de bruces con una amplia tienda de instrumentos musicales.

Mi corazón se encogió dentro de mi pecho, amenazado por la repentina angustia que sin comprender, sentía. La ansiedad y el temor comenzaron a arrastrarme como olas en un mar tormentoso. Y yo, desesperada, intentaba luchar con todas mis fuerzas a contra corriente, una corriente que se empeñaba en dificultarme la respiración.

Me sentía a punto de hiperventilar...

Trastabillé, y tuve que apoyarme en el muro cercano a mi, donde luché con todas mis fuerzas para concentrarme en respirar.

"¡¿Estás bien?!"

Ante mi campo de visión, apareció el rostro preocupado de una mujer.

La cual, amablemente y con sumo cuidado, me ayudó a incorporarme. Sin embargo, en el mismo instante en el que nuestras miradas se cruzaron, me observó perpleja. Parecía incapaz de apartar la mirada de mi pálido y sudoroso rostro.

"Ryu..¿Ryuko?" Sopesó desconcertada, en voz alta.

Y esa palabra, esa simple palabra, fue todo lo necesario para que mi cuerpo se pusiera en marcha de nuevo.

Pues salí huyendo de allí, como si la peor de las maldiciones estuviera a punto de perseguirme...

Después de todo, ningún desconocido me había llamado jamás por el nombre de mi difunta madre...

Desconcertada como me encontraba, había recorrido sin saberlo todo el camino hacia Teiko, con mi mente en blanco por el shock.

Las clases seguían su curso, pero a mi no podía importarme menos. Corrí por el pasillo y una vez llegué a mi destino, cerré la puerta lo más rápido que pude.

Me apoyé contra ella exhausta, y comencé a deslizarme hasta terminar sentada en el frío suelo.

Sin embargo, reuniendo las pocas fuerzas que parecía albergar mi cuerpo, me puse en pie una vez más. Y me dirigí hacia el centro de la sala, para poco después deslizarme bajo el gran piano.

Donde lleve mis rodillas hacia mi pecho, a la vez que alzaba mis temblorosas manos para contemplarlas.

Tras unos segundos de observar como los temblores no dejaban de ir a más, hundí mi rostro en ellas y comencé a llorar...

No era capaz de comprender, todo el dolor que parecía acompañar a todas y cada una de las pegajosas lágrimas que rodaban por mis mejillas.

Sin embargo, mi subconsciente vagó por aquellos recuerdos que no dejaban de reproducírse con claridad en una parte muy profunda de mi mente.

Recuerdos, en los que una versión más pequeña de mi misma, yacía escondida bajo un gran piano, similar al que estaba usando de cobijo en ese mismo instante.

Desde donde observaba como dos personas parecían sumamente felices, sumergidas en la intrincada melodía que, plagada de mil y un sentimientos distintos, se entremezclaban como pétalos de cerezo que antes de caer arrastrados por el viento, ejecutan una danza movidas por unas manos invisibles, a un compás que sólo el viento puede dictar.

Una fina y exquisita danza, que yo no lograba descifrar...

De repente, la música cesó, y el rostro de un Yuuji más joven, apareció por debajo del piano. Sus brazos extendidos hacia mi, y una enorme sonrisa adornando su rostro.

Una sonrisa tan sincera y plagada de felicidad como nunca le había visto hacer antes...

Y sin pensarlo dos veces, mi pequeña yo se dirigió directa a sus brazos. Igual de sonriente y juguetona.

Yuuji se incorporó y se sentó de nuevo en la butaca frente al gran piano. Depositándome entre él y la mujer.

Mi pequeño yo, paseó sus manitas por las brillantes teclas, para poco después sonreír de forma traviesa a la mujer a su lado, cuya cara veía borrosa...

Mi cerebro, ante ésto se empeñó en descifrar el secreto de aquel extraño y supuesto recuerdo, que había sido desencadenado por el incidente de hoy.

Y entre los sollozos de mi yo actual, la cara de la mujer fue cobrando nitidez, hasta que la pequeña versión de mi, miraba completamente fascinada a la mujer cuyo rostro me resultaba terriblemente familiar... El rostro de quien se suponía que era mi fallecida madre, Ryuko...

Y en ese momento, mi frágil cuerpo no pudo soportarlo más... Mi visión comenzó a oscurecerse, como si pinceladas de sombras me atacasen, y así acabé sumida en la inconsciencia.

Para cuando desperté, observé desconcertada y algo débil a mi alrededor. Y un par de írises, se desplazaron del libro sobre el que estaban posados hacia mi.

"Ku-Kuro...Kuroko-kun" conseguí articular tras varios esfuerzos.

"Kiriya-san al fin despiertas" comentó con tono de preocupación, al mismo tiempo que me tendía una botella de agua.

La cual me bebí prácticamente de golpe.

"Kiriya-san, ¿como te encuentras? ¿recuerdas algo de lo que te pasó?" Me preguntó el médico del colegio.

Intenté procesar desconcertada sus preguntas... ¿como estoy? Yo...¿estoy bien? N-no... no lo sé...

Recordar... ¿ qu-que me pasó?

Yo...y-yo... no soy capaz de recordar...

Me revolví inquieta, y comencé a sollozar. Era incapaz de recordar nada y tampoco era capaz de comprender el por qué.

"Verás, éste chico te encontró en la vieja aula del antiguo club de música. Estabas hecha un ovillo bajo el gran piano, inconsciente y..." Suspiró antes de proseguir, ya que no sabía muy bien como exponer lo que venía a continuación...

" Kiriya-san, tenías las manos llenas de sangre, y tu cara estaba cubierta de arañazos y pequeñas heridas..." Comentó el doctor en un intento de hacerme recordar.

La expresión de Kuroko se volvió turbia, al rememorar la escena con la que se había encontrado nada más entrar en la clase.

Y yo, desconcertada como me encontraba, posé mi mirada suplicante sobre Kuroko. Que me observaba preocupado.

Me sentía completamente aterrada...

Alargué uno de mis temblorosos brazos y extendí la palma de mi mano, todavía podían apreciarse restos de sangre seca entre mis uñas..

El doctor, al percatarse de que era lo que quería, me acercó el espejo que descansaba sobre el envejecido aparador. Para poco después entregarmelo, dubitativo.

Necesitaba saber que demonios me había ocurrido en el transcurso de aquellas horas, que parecían lagunas vacías en mi mente.

Pero antes de eso, necesitaba comprobar con mis propios ojos, el resultado de la maldición de los recuerdos que, sin ser plenamente consciente de ello, me tenían prisionera...