Disclaimer: solo poseo el argumento, nada más.

Cncuenta años del cuarto LP de los Beatles, "Beatles For Sale" En conmemoración, una inspirada en el segundo tema, "I'm a Loser".


Autor: Lennon/McCartney. Año: 1964. Álbum: Beatles For Sale


— ¡Maldito! —grité, abalanzándome sobre él y ejecutando un tajo vertical con mis dos cuchillas.

Sentí algo agarrando mi hombro izquierdo deteniendo en seco mi movimiento, y antes de que pudiera girar la cabeza, se cerró en torno a él, destrozándolo y arrancándome un pedazo de carne. Un rayo de dolor atravesó mi cuerpo, y no pude evitar soltar un grito.

Casi al instante, quise tragármelo. No podía mostrar debilidad. No ante él.

— ¿Te rindes? —preguntó, con aquel tono engreído y prepotente tan suyo, el mismo que me llenaba de ganas de arrancarle la cabeza y destrozarlo cada vez que lo oía.

Apretando los dientes en un esfuerzo por dominarme, levanté la mirada del suelo hacia su cuerpo mientras me llevaba la cuchilla derecha al hombro herido. Sangraba abundantemente. Estaba agotado. Sentía las piernas débiles. Pero no podía rendirme.

—Jamás, hijo de perra —ladré, respirando con fuerza y apartando la mirada de su cuerpo. Su brillante color rojo me atraía como un imán, me enfurecía más allá de lo furioso que ya estaba. Y tenía que evitar que la ira me poseyera por completo.

Porque lo que me jugaba era la vida.

Y ceder a la rabia en un momento tan delicado era garantía de derrota.

Proferí un grito de furia, y coloqué las cuchillas en una pose de combate. No podía perder. No contra él. Debía ganarle.

— Bueno, ¿qué más da? —dijo con una sonrisa de superioridad. Y de nuevo quise matarlo, cortarle la cabeza con mis cuchillas, borrar de una vez y para siempre aquella maldita expresión de engreimiento de su rostro. Maldito, maldito, maldito—. Será más divertido obligarte a rendirte.

Lo vi abrir y cerrar varias veces sus pinzas sin previo aviso, y apreté los dientes con fuerza. Odiaba aquel sonido. Lo odiaba porque me hacía recordar.

Me hacía recordar todo lo que había ocurrido entre nosotros. Todo lo que nos había llevado a esta situación.

A luchar a muerte por el liderazgo del grupo con el que una vez fue mi mejor amigo.

Un potente grito resonó en mis oídos, y cuando levanté la vista del suelo vi su figura avanzando a toda velocidad hacia mí con las pinzas abiertas de par en par, listas para clavarse en mi carne y acabar el combate.

Estaba claro que iba a necesitar algo más si de verdad quería ganar el combate.

Y por ello, fijé la vista en su cuerpo, en su brillante coraza rojo metálico.

Instantáneamente, sentí una poderosa oleada de rabia consumiéndome. La ira y la furia bulleron en mi interior, abrasando mi pecho y dándole a mis músculos la fuerza que necesitaban. Comencé a batir las alas con fuerza, lancé un poderoso grito de batalla y me lancé contra él.

Nuestras trayectorias se encontraron en el centro del claro. Él fue el primero en golpear, lanzando un potente puñetazo directo a mi pecho. Logré esquivarlo por los pelos, y a continuación proyecté mi cuchilla izquierda hacia delante, buscando su cuello.

— ¡Toma lo que te mereces, maldito hijo de perra! —rugí mientras mi cuchilla cortaba el aire en dirección a su objetivo. Incluso me permití una sonrisa de victoria. No podría sobrevivir a esto.

Pero lo hizo.

Un potente chirrido resonó por el bosque cuando mi cuchilla chocó con la dura piel metálica de mi ex amigo, ahora enemigo. Sus ojos se entrecerraron, y una sonrisa de superioridad apareció en su rostro.

Mis ojos se abrieron, e instintivamente traté de retroceder, pero enseguida descubrí que no podía. Mi cuchilla se había quedado clavada en s piel, y ahora no podía avanzar ni retroceder.

El horror me poseyó, y traté de separarme de él de cualquier manera posible. Acababa de cometer un error garrafal. Acababa de colocarme yo mismo en una posición extremadamente vulnerable. Y si no lo solucionaba, todo se habría acabado.

Y él lo sabía.

—Muchas gracias por el regalo —dijo, con una expresión cruel en su rostro, al mismo tiempo que su pinza se cerraba en torno a mi brazo izquierdo.

No pude reaccionar. No tenía tiempo de reaccionar. No pude retirar el brazo antes de que su tenaza se cerrara en torno a mi extremidad y la destrozara, arrancándola de cuajo del resto de mi cuerpo.

No pude evitar emitir un potente grito de dolor a pesar de la humillación que suponía reconocer debilidad ante mi rival.

— Siempre tan impulsivo —me restregó por la cara mientras yo mantenía la mirada fija en la herida de mi brazo, apretando los dientes con fuerza en un intento de soportar el dolor. Se encogió de hombros, extrajo mi cuchilla de su piel con su pinza y la arrojó lejos, entre los árboles—. Siempre pensé que acabaría trayéndote problemas.

Una vez más, me encontré hirviendo de furia, pero no tuve más remedio que bajar la mirada al suelo, donde ya se había formado un charco azul verdoso con la hemolinfa que goteaba desde la herida en mi brazo.

Él llevaba razón. Siempre actuaba sin pensar. Nunca me paraba a reflexionar sobre las consecuencias de mis actos. Y, como él bien había dicho, eso solo me había traído problemas.

De hecho, si hubiera reflexionado, no estaría luchando a muerte contra un Scizor mucho más fuerte que yo, y no hubiera perdido una cuchilla.

Pero lo hecho, hecho estaba. Ya no había tiempo para lamentaciones. Tenía que ganar el combate. Y tenía que hacerlo rápido, antes de que la hemorragia me debilitara tanto que no pudiera continuar luchando.

De nuevo, apreté los dientes, mientras mi cerebro se daba a la búsqueda de un ataque que pudiera atravesar su dura piel y acabar con su maldita vida antes de que él acabara con la mía. Pero el problema era que no lo había. Todos mis ataques se basaban en cortar con mis cuchillas, y ya había comprobado de sobra que no servían de nada contra él.

En cambio, él podía usar sus tenazas para destrozar mi cuerpo sin ningún esfuerzo, y también conocía varios movimientos de tipo Acero que me harían mucho daño.

De nuevo, lo maldije, a él, a su evolución, y a su tipo Acero.

Y entonces, como medida desesperada, abrí mis alas y empecé a volar sobre el claro en el que luchábamos.

Esperaba que intentara perseguirme para acabar conmigo y ganar el combate. Esperaba poder permanecer fuera de su alcance y no recibir ningún ataque más. Esperaba poder llevarlo al límite de su resistencia antes de que la pérdida de sangre me debilitara hasta perder la consciencia, y entonces rematar el combate en el suelo.

Ante su mirada sorprendida, mi cuerpo se levantó del suelo, y comencé a cabalgar las corrientes de aire que soplaban sobre el claro, planeando sobre ellas en vez de volar para ahorrar energía. Desde el suelo, él me miró con la boca abierta, antes de comenzar a perseguirme. De vez en cuando, saltaba para intentar remontar el vuelo, pero sus patéticas alas no le permitían elevarse.

— ¡Fastídiate, maldito hijo de perra! —le grité a la cara, riéndome como un desquiciado, y giré a la derecha para entrar en una nueva corriente de aire y seguir planeando. El muñón de mi cuchilla seguía sangrando, pero ya era apenas un goteo—. ¡Fastídiate!

— ¡Baja aquí ahora mismo, cobarde! —me gritó él desde el suelo, pero no le obedecí. Nunca le hubiera obedecido. Mantenerme en el aire era mi única oportunidad de derrotarlo y salvar la vida.

Durante unos larguísimos minutos, el combate continuó igual, convertido en una persecución entre un Scizor que no podía volar y un Scyther que no podía bajar para no morir. Desde debajo, podía oír su respiración, cada vez más agitada. Levanté la mirada al cielo, y sonreí.

Se estaba cansando. Estaba cerca de agotarse. Muy pronto, podría bajar y ganarle.

Pero apenas había terminado de pensar aquello, cuando sentí un dolor ardiente en mi espalda. Inmediatamente, mis alas dejaron de sostenerme, y descubrí horrorizado que caía a tierra.

Solo tuve tiempo de cubrirme la cabeza con los brazos antes del impacto.

Mis brazos delanteros chocaron contra el suelo, lanzando una oleada de dolor que recorrió todo mi cuerpo mientras me deslizaba por el suelo de tierra del bosque, hasta que el tronco de un árbol detuvo mi recorrido. Inmediatamente, traté de ponerme en pie, pero antes de que pudiera hacerlo una sombra se cernió sobre mí.

Era la de mi ex amigo.

— Se acabó —dijo con su sonrisa de superioridad; esa sonrisa que yo no soportaba, y que él sabía que yo odiaba. Maldito hijo de perra.

Furioso y estupefacto, lo miré de arriba abajo, apretando los dientes para contener mi ira al tiempo que intentaba comprender qué había ocurrido. ¿Cómo era posible que estuviera volando, y al segundo siguiente hubiera caído a tierra? ¿Y por qué me dolía tanto la espalda?

Y entonces, vi unos pequeños glóbulos amarillos brillando en el interior de su pinza izquierda. No tardé ni dos segundos en comprender lo ocurriso.

Me había derribado usando Hiperrayo.

Instintivamente, volví la mirada a mi espalda; y no pude evitar un gesto de dolor al verla. Mis alas estaban destrozadas, partidas en dos por donde el rayo de energía las había atravesado. Algunas gotas de sangre goteaban desde el filo irregular de los muñones, que enseguida supe que habían quedado completamente inútiles.

Nunca más podría volar.

Aunque probablemente no lo necesitaría.

— No debiste haberme desafiado —dijo, en un tono lleno de soberbia, la misma soberbia que lo había poseído desde que derrotó al anterior jefe y asumió el mando del grupo—. Nunca podrías haberme ganado. —Me miró de arriba abajo, y me espetó, como un escupitajo—: Eres patético.

Inmediatamente, el impulso de matarlo y arrancarle la cabeza volvió a mí. Pero no me levanté e intenté luchar. Quería hacerlo, pero eso solo mke llevaría a una muerte segura. Mi última posibilidad de ganar pasaba por un último asalto desesperado, al que la sorpresa le impidiera responder.

— ¿Seguro que se ha acabado? —dije, intentando parecer lo más seguro de mí mismo posible.

Y, pos un segundo, conseguí romper su serenidad. Sus ojos se abrieron de golpe, y echó su rostro unos centímetros hacia atrás.

Aquel era el momento.

En un movimiento tan rápido como nuestros ataques, encogí las piernas y le pateé en el vientre con toda la fuerza que pude. No era demasiada, pero sí suficiente como para hacerlo retroceder un par de metros, dejándolo desorientado e indefenso.

Ignorando el dolor, me forcé a ponerme en pie, y me lancé tras él. Llegué a su posición en un segundo, y antes de que pudiera reaccionar, comencé a golpearle en todo el cuerpo con la parte plana de mis cuchillas.

No eran golpes demasiado fuertes, pero sí una combinación de ataques rápidos diseñada para que no pudiera defenderse de ellos, para frustrarlo y desesperarlo, para buscar abrir una brecha en su técnica con la que cerrar el combate.

Una técnica de Scyther.

Y, muy pronto, conseguí abrir un hueco en s guardia por el que atacar. Una brecha fatal, que dejaba al descubierto uno de los puntos más débiles de su cuerpo, uno en el que muy probablemente mi cuchilla podría hundirse en su misión de acabar con su vida.

— ¡Muere, hijo de perra! —rugí mientras lanzaba mi cuchilla en dirección al punto débil que había logrado procurarme.

Y, tan pronto como la última palabra hubo abandonado mi boca, me encontré lanzado por el aire, volando hacia atrás, y con un fuerte dolor en mi rostro.

Apenas un segundo después, mi espalda golpeó un grueso árbol, cortando en seco mi vuelo, pero jamás sentí el dolor.

Sin embargo, no tuve tiempo de preocuparme por aquello, porque enseguida vislumbré el cuerpo rojo de mi enemigo corriendo a mi encuentro. Alarmado, traté de levantarme y escapar, pero mis piernas no se movieron ni un milímetro. A pesar de todos mis esfuerzos, no pude conseguir que se movieran.

Y entonces, comprendí que estaba perdido.

Ya no había nada que hacer. Iba a morir.

— Ahora sí —dijo mi ex amigo, colocando su tenaza alrededor de mi cuello. Su tono y su gesto eran de victoria. Cuando la cerrara, todo habría acabado—que he ganado.

Me forcé a poner una sonrisa desafiante en mi rostro, aunque en realidad me moría de rabia por dentro. Había perdido. Había resultado derrotado contra aquel contra quien no podía perder, aquel a quien yo quería matar más que nada en este mundo.

— ¿A qué esperas? —dije, en un intento de forzarle a actuar. Ya que iba a morir, quería al menos que fuera lo más rápido posible—. ¿No te acuerdas de lo de antes?

Él sonrió, y negó con la cabeza.

— Si te mueves, te mato —dijo. Lo oí suspirar, e, inesperadamente, me preguntó—: ¿Por qué lo has hecho?

Y de nuevo, sentí la ira en mi cuerpo. ¿De verdad quería saberlo? ¿De verdad, cuando era él el que me había llevado a hacer esto?

— Porque eres un maldito embustero —le escupí—. ¿Recuerdas cuando éramos pequeños? Solías decirme que siempre estaríamos juntos, pasara lo que pasara. Aunque éramos lo más bajo del clan, siempre estaríamos juntos. Pero me abandonaste.

— Soy el jefe —replicó él en tono neutro, pero enarcando las cejas para darse importancia—. No resulta apropiado que un líder alterne con el último del clan.

Sonreí. Hijo de perra.

— Cuando ascendiste a jefe, me prometiste que me pondrías en no de los primeros puestos. Pero te oplvidaste de mí. Seguí siendo un maldito perdedor, el último del grupo, un paria con el que nadie se relaciona y al que todos desprecian. Y todo porque tú te olvidaste de mí e incumpliste tu promesa.

Él arqueó las cejas, pero no dijo nada.

— Por eso te desafié. Porque quería sacudirme mi puesto de encima. Porque quería vengarme de ti por haberme dejado atascado y olvidado en el fondo.

Él se arrodilló ante mí, y volvió la mirada al cielo. Creí ver una lágrima en su ojo, pero seguramente me equivocara.

— Es cierto —dijo—. Es cierto que te lo prometí. Es cierto que te olvidé. —Sacudió la cabeza. Lo estaba admitiendo. Estaba admitiendo que todo era culpa suya—. Pero ya ¿qué más da? ¿Qué puedo hacer? Eres el perdedor del combate, y no puedo hacer nada por ti. Conoces las reglas.

Por supuesto que las conocía. Sabía perfectamente en qué me estaba metiendo cuando le desafié. Y también sabía que era mejor morir aquí que seguir con mi vida hasta entonces.

Pero no pude evitar sentir algo clavándose en mi pecho cuando oí la palabra perdedor. Me definía tan bien…

Era lo que siempre había sido. Un perdedor en el clan. Un perdedor en nuestra sociedad. Un perdedor en el evento más importante de mi vida.

— Lo siento, viejo amigo —susurró, colocando su fría tenaza sobre la piel de mi cuello—. Intentaré hacerlo rápido.

No pude evitar que una última sonrisa de ironía asomara a mis labios. ¿Él me llamaba amigo? ¿Él, que se había olvidado de mí cuando más lo necesitaba a él y que había incumplido todas las promesas que me hizo?

— Maldito hijo de…


¡Hasta el próximo capítulo!