Disculpas por la tardanza en publicar. Vida real. Es lo que tiene.

Disclaimer: No poseo pokémon, solo la historia.


Autor: Lennon/McCartney. álbum: Yellow Submarine. Año: 1969


— ¡Maldita sea, ¿se puede sabes dónde se ha metido ese maldito pajarraco de los…?!

Un leve golpe en mi hombro izquierdo fue suficiente para callar mi exabrupto. Furiosa, miré a mi izquierda para ver quién había sido, y me encontré de lleno con mi hermano Lichrig, que me miraba con cara de sorpresa y ojos muy abiertos.

— Cálmate, hermanita — me dijo, mirándome a los ojos. Intentaba sonar tranquilo, pero yo sabía debajo de su aparente tranquilidad latían los nervios y una pizca de miedo—. Estás muy tensa. Deberías…

— ¡¿Qué tensa ni qué ocho cuartos?! —grité yo, desembarazándome bruscamente de su contacto y lanzándole una mirada furiosa—. ¡Lo que estoy es amargada porque ese maldito Murkrow no aparece! ¡Tiene información vital para nosotros, y no aparece! —Apreté los dientes con furia, y convertí la rama de mi frente en un lazo vegetal de horca—. Como el muy golfo se esté liando otra vez con una pajarraca, de verdad que…

— Frena la lengua, guapa, que ya estoy aquí —repuso una voz aguda justo encima de mí.

Inmediatamente, todos alzamos la mirada, y vimos cómo una silueta negra se deslizaba velozmente por el aire hasta posarse en una rama baja de un árbol. Permaneció allí durante unos segundos, sin moverse; y después empezó a darse la vuelta con parsimonia.

—¡¿Pero quieres decirnos las noticias de una vez, pedazo de…?! —le grité.

Estaba impaciente. Impaciente y angustiada. Las noticias que Hexehut traía decidirían nuestro futuro. El de los seis pokémon que estábamos reunidos allí, y el de todo el bosque.

Y a él, que sabía perfectamente que yo me ponía así cuando me asaltaban los nervios, le encantaba molestarme, al muy…

— Las tengo malas y algo que se parece a buenas. ¿Con cuáles empiezo?

Y al instante, un tensísimo silencio se instaló entre los seis. Podía sentir perfectamente la mezcla de derrotismo y resignación que emanaban. Instintivamente, apreté los dientes con fuerza. No podía permitir que eso ocurriera. Debíamos agotar todas las posibilidades antes de rendirnos; y todavía teníamos una.

—Las malas. Empezar por las buenas es demasiado mainstream —dijo una aguda voz a mi derecha, y tuve que recurrir a todas mis fuerzas para no golpearme la frente con la pata.

Mi hermana mayor, Wasseri, vivía con un humano desde hacía años. Bueno, vivir no era la palabra exacta. Era más bien una especie de somos-amigos-pasamos-tiempo-juntos-pero-no-me-ha-capturado-así-que-no-soy-su-pokémon. Solía dejarse caer por su casa, una granja situada a una media hora de camino del bosque, y podía desaparecer durante días. Y no sé qué clase de ideas comenzó a meterle en la cabeza ese idiota, porque desde un tiempo a esta parte solo se la veía hacer cosas raras y se la oía renegar de o que todos hacían, porque eran "demasiado mainstream". Lo que sea que significara eso. Lo único normal que se permitía era nadar en el río, porque lo adoraba desde pequeña y porque como Vaporeon no podía ignorar su naturaleza acuática.

A mí no había cosa que me molestara más que verla así, porque me parecía una solemne tontería dejar de hacer lo que te gustaba solo porque era algo que todo el mundo hacía. Pero era mi hermana, y la quería a pesar de ello y de sus rarezas.

— La mala es que las obras empiezan mañana al amanecer —dijo Hexehut, con los ojos ensombrecidos.

Su madre.

Inmediatamente, sentí como si un Hitmonchan me hubiera golpeado en la barriga con uno de sus puñetazos. Me costaba respirar, y permanecí con la mirada clavada en el suelo durante unos segundos. ¿Cómo que mañana? ¿No habían hablado de semanas la última vez que Hexehut les había espiado? ¿Cómo era posible?

Por el rabillo del ojo, pude ver las expresiones de preocupación y derrota que habían aparecido en los rostros de mis compañeros. Y no era para menos, porque lo que nos jugábamos era nuestro hogar.

Hacía algunos meses, un humano había aparecido en las lindes del bosque, y junto a él cientos de humanos, ruidosos y estúpidos, y decenas de máquinas enormes y amarillas que desprendían un humo negro terrible y venenoso y cuyo ruido asustaba a todo el bosque. Durante un tiempo, le habíamos mirado con una mezcla de miedo y curiosidad, preguntándonos que hacía allí, pero sin atrevernos nunca a salir del bosque para mirarlo a la cara.

Poco después, en uno de sus vuelos, Hexehut había oído por casualidad que planeaban talar el bosque para convertirlo en una urbanización de lujo.

La reacción de los pokémon del bosque no se hizo esperar. La mayoría huyeron, convencidos de que nuestro hogar estaba condenado a desaparecer; otros decidieron quedarse con la seguridad de que aquel proyecto del humano nunca se llevaría a cabo.

Y nosotros seis habíamos decidido oponernos. Pasar a la lucha para defender nuestro hogar. Destruir sus máquinas, sus materiales, su equipamiento. Impedir que pudieran comenzar el trabajo que pretendían.

Pero, evidentemente, nuestros esfuerzos no habían sido suficientes; y ahora nuestro hogar estaba a apenas unas horas de ser destruido.

— ¿Y cuáles son las buenas? —pregunté con voz alta y clara, ocultando la sensación de fracaso que corroía mi pecho para inyectar confianza al resto.

El pico de Hexehut se curvó en una sonrisa triste; y en ese momento supe que nuestra situación era mucho peor de lo que pensaba.

— Las que se parecen a buenas —dijo, enfatizando mucho el "se parecen"— son que un grupo parlamentario o no sé qué chorrada humana quiere convertir el bosque en una zona protegida. No podrían talar el bosque.

Por un momento, el ánimo volvió a nosotros; e incluso pude ver algunos atisbos de sonrisa. Pero yo no estaba tan alegre. La obra empezaba mañana al amanecer; unas pocas horas. ¿Sería ese tiempo suficiente para…?

— Pero eso no se aprobaría hasta dentro de unos meses.

Su padre.

El opresivo silencio que cayó sobre nosotros decía mucho más que cualquier palabra que pudiéramos haber cruzado. La sensación de fracaso oprimía mi pecho y me costaba respirar; como si un Arbok invisible se hubiera enroscado alrededor de mi cuerpo y sus anillos me apretaran con toda su fuerza para acabar conmigo.

Todo se había acabado. El bosque estaba condenado. Todos nuestros esfuerzos para salvarlo, los riesgos que habíamos corrido, las misiones de destrucción en las que nos habíamos embarcado, no habían servido de nada.

Quería llorar de raia y frustración. Quería salir ahí fuera, destruir todas las máquinas y matar con mis propias patas al humano que iba a arrebatarnos nuestro hogar. Pero no podía hacer nada más que estar allí de pie, apretando los dientes y tragándome mi ira.

Odiaba sentirme tan impotente.

— Se acabó —musité en un tono que quería que fuera solemne, como correspondía a aquel momento, pero que solo reflejaba la rabia que sentía—. Se acabó todo. Tenemos que evacuar el bosque.

Algo se posó sobre mi hombro, y al darme la vuelta vi que era la pata de mi hermano Lichrig. Su rostro reflejaba la más profunda de las decepciones y una resignación solo conseguía recordarme que habíamos fracasado; y sus anillos de luz estaban casi apagados, aunque todavía emitían una débil luz amarilla.

— Hermanita, no te culpes por esto — comenzó, mirándome a los ojos—. Hemos hecho lo que hemos podido. Nosotros…

— ¡No me vengas ahora con eso! —chillé, y le propiné un manotazo en su pata para sacármela de encima. —. ¡Si de verdad hubiéramos hecho todo lo que hemos podido, ahora mismo los humanos estarían en otra parte, y el bosque no estaría a punto de desaparecer!

— Pero Blattola —dijo la voz de Hexehut a lo lejos, y menos de un segundo después escuché el batir de sus alas—, ya no podemos hacer nada más. Solo somos un grupo de pokémon. ¿Cómo vamos a destruir todas esas máquinas de construcción?

Tenían razón, maldita sea. Ya no había nada que hacer. Pero no quería admitirlo. No quería admitir mi fracaso. Sorbí con fuerza, y negué con la cabeza. No podía fallar ahora. No podía fallarle a mi madre. No podía fallarle a mi abuela. No podía fallarle a todas las pokémon que me precedieron como protectoras del bosque.

Pero era lo que iba a ocurrir, si no sucedía un milagro.

— Tenemos que avisar a todos los pokémon para que huyan antes del amanecer —dijo Wasseri, y una o dos veces la apoyaron—. Tienen que estar fuera del bosque antes de que las máquinas entren en él.

Lentamente, asentí con la cabeza. No podíamos consentir que decenas de pokémon inocentes mutireran por nuestro fracaso.

Y además, me daría algo que hacer mientras pensaba en una manera de salvar el bosque.

— Pongo rumbo al sector norte —dijo Baumstamm. Su voz sonaba rasposa y tranquila, pero tenía un leve tono tenebroso que revelaba la ira y la congoja que sentía por no poder salvar a los árboles del bosque.

Levanté la cabeza para mirar a su fantasmagórico ojo rojo, y le di mi aprobación con un amago de sonrisa que no pasó de eso.

Baumstamm levantó su rama derecha y se la llevó a la frente, componiendo un saludo militar. Las hojas de su brazos crujieron al moverse, un crujido que sonó casi como un fantsmagórico lamento.

Sus compañeros los árboles… Ellos eran todo en lo que pensaba Baumstamm. Como el Trevenant que era, se sentía mucho más unido a los árboles del bosque que al resto de los pokémon. Nunca llegamos a tener muy claro si se unió a nosotros para defender nuestro hogar, o solamente las plantas del mismo.

Claro que, de los seis, él era con mucho el más efectivo de todos. Su forma fantasmagórica, sus luces brillantes en medio de la oscuridad, los terroríficos ruidos de hojas secas y ramas crujiéndose y los gemidos lastimeros que emitía en el silencio de la noche, todo ello infundía un terror extraordinario a los humanos que trabajaban en la obra; quienes creían que el bosque estaba encantado y que su maldición les perseguiría durante el resto de sus vidas. Muchos se despidieron porque no podían soportar el pánico que Baumstamm les producía, y a su jefe les llevó tres meses reemplazarlos.

Sembrar el pánico en las filas enemigas; una táctica antigua, pero que no había perdido un solo ápice de su efectividad. Y mi favorita.

Sin embargo, Baumstamm apenas había dado unos pasos cuando un potente grito hizo saltar en pedazos el pesado silencio que nos rodeaba.

— ¡Espera!

Fue tan inesperado, tan esperanzador, aunque solo fuera porque retrasaría un poco más nuestra derrota, que todos nos quedamos paralizados por aquella exclamación.

— Todavía hay una posibilidad de salvar el bosque.

No. No podía ser.

¿Lo había oído bien?

— Tenemos una última oportunidad de parar las obras.

Sin poder creerme todavía lo que oía, eché una mirada a mi alrededor. La boca y los ojos de Wasseri estaban tan abiertos como la boca de un Exploud; Lichrig mantenía una expresión neutra, pero la fuerza con que brillaban sus anillos traicionaba su entusisasmo; y Baumstamm lucía una enorme sonrisa de esperanza en su feo rostro. No podía ver a Hexehut, pero estaba segura de que compartía nuestra recién recobrada alegría.

Y yo nunca me había sentido tan viva por dentro.

— Vamos, Schwiane —dije mientras me daba la vuelta para mirar al Mightyena, el último de los seis defensores del bosque—. Dinos cuál es para que podamos darle en toda la boca a ese malnacido miserable.

Pero Schwiane no habló. Solo recibí el silencio como respuesta. Preocupada, lo miré a la cara para descifrar lo que sentía; y descubrí en ella una expresión de profunda duda, como si estuviera dando vueltas en su mente a un terrible dilema. Sus ojos negros rehuían el contacto con los míos, como si se arrepintiera de lo que acababa de decir.

— ¿Qué ocurre, Schwiane? — preguntó Wasseri. Su voz sonaba preocupada, pero no sabría decir si se preocupaba por su compañero o porque al final decidiera no revelarnos aquella información.

Schwiane abrió y cerró la boca varias veces, pero ninguna palabra salió de ella. Después, volvió la mirada hacia las copas de los árboles, y se rascó la planta de su pata delantera izquierda.

— ¡Schwiane, deja de hacerte el tonto y dinos ahora mismo cómo podemos salvar el bosque! —le exigí con impaciencia, y di un fuerte pisotón sobre el suelo de tierra para recalcarlo—. ¡Es una orden!

Mis pupilas se clavaron con fuerza en las suyas, pero en lugar de amedrentarse, el maldito decidió desafiarme, sosteniéndome la mirada.

— ¿Me estás desafiando, Schwiane? —siseé en el tono más amenazador que pude, y acerqué nuestros rostros hasta que estuvieron a apenas un pelo de distancia—. ¿Te atreves a desafiar mi autoridad?

De repente, sus labios se movieron, y su boca se abrió para dejar escapar un largo suspiro.

— Veo que estás dispuesta a saberlo —dijo, sacudiendo la cabeza.

Una punzada de incomodidad penetró en mi pecho. ¿Qué quería decir con aquello? ¿Tan terrible era lo que debía decir?

Por un momento, dudé sobre si de verdad quería saberlo. Pero ya había llegado demasiado lejos como para volverme atrás. Y había jurado defender al bosque aun a costa de mi propia vida.

Las pisadas de mis compañeros y el batir de alas de Hexehut llegaron a mis oídos, cada vez con más labios se curvaron en una sonrisa llena de seguridad en mí misma.

Todos íbamos a averiguar la verdad al mismo tiempo.

— Vamos, Schwiane —dije soniente al mismo tiempo que los otros cuatro se sentaban a nuestro alrededor—. Dinos qué podemos hacer para salvar el bosque. Estamos impaientes por oírlo.

Schwiane echó una mirada circular a nuestro alrededor, escrutándonos para asegurarse de que estábamos preparados para oírlo. Y finalmente, tras unos interminables segundos de espera, su boca se abrió para decir:

— El permiso para comenzar las obras es personal e intransferible.

¿El terrible secreto era esa porquería?

— ¡¿Eso?! —exclamé, y di un fuerte pisotón en la tierra. ¿Para eso había armado tanto teatro? ¿Para decirme algo del permiso de obras? ¿Cómo pretendía que eso pudiera ayudarnos a salvar el bosque?—. ¡¿Eso?! ¡¿Tú eres…?!

Schwiane me tapó la boca con una pata, lo que jo hizo sino enfurecerme más. Encima de inútil, intentaba escaparse de la bronca que se había ganado. Maldito inútil de…

— Blattola, espera un momento —dijo en tono conciliador, mirándome directamente a los ojos—. Parece una tontería, pero es la clave de la supervivencia del bosque.

Un sonido seco resonó por el aire cuando golpeé su pata con todas mis fuerzas. Los rasgos de Schwiane se curvaron en un gesto de dolor, pero mantuvo su pata sobre mi boca.

— Si el humano no está, las obras no podrán comenzar.

Genial. Eso no resolvía nada. El humano dormía en una guarida metálica sobre ruedas, a unos veinte metros de los primeros árboles del bosque. ¿Cómo pretendía que lo hiciéramos huir de allí antes del amanecer?

Escuché tragar saliva a Schwiane, y cuando volvió a hablar lo hizo en un tono mucho más sombrío, tan siniestro que se me pusieron los pelos de punta:

— Nuestra última oportunidad de salvar el bosque es quitarlo de en medio antes de que salga el sol.

Tan pronto como lo oí, mis ojos se abrieron y mi mandíbula quedó colgando. No podía haber dicho eso. Schwiane, el pacífico, el comedido, el que solo acudía a la violencia si no le quedaba más remedio. Él no podía haber sugerido lo que había oído.

Y entonces, lo comprendí. Por eso se negaba a decirlo. Por eso quería saber si estábamos preparados. Porque la única manera posible de evitar la destrucción definitiva de nuestro hogar nos situaba ante una alternativa terrible.

O moría el humano, o moría el bosque.

— No… No puede… —Cerré los ojos por un momento, y una expresión de rabia apareció en mi rostro. Quería salvar mi bosque, sí, pero no a este precio—. Schwiane, ¿estás seguro de que no hay otra manera?

— Sí. Tiene que haber otra manera de solucionarlo —me apoyó Wasseri. Su voz sonaba asustada. Y era normal, porque le aterrorizaban la sangre y la muerte—. Matarlo sería…

— Como digas "demasiado mainstream" vas detrás de él —la advertí entre dientes, lanzándole una mirada asesina.

Schwiane sonrió, divertido; y Wasseri retrocedió un paso, intimidada. Odiaba tener que amenazar a mi propia hermana de esta manera, pero ya estaba harta de aguantar su "demasiado mainstream". Y encima seguía sin saber a qué se refería.

— Iba a decir que sería una brutalidad —intentó protestar, haciéndose la enojada; y la sonrisa de Schwiane se hizo más amplia—. No iba a decir eso.

Sí, claro. Y yo era la amante de Virizion.

Sacudiendo la cabeza, volví la vista hacia el Mightyena, y cuando nuestros ojos se encontraron, inquirí con firmeza:

— No hay ningún otro modo.

Schwiane frunció el ceño, y negó con fuerza.

— No. Esta es nuestra última baza.

Todos los músculos de mi pecho se tensaron de golpe. No había otra. El humano o el bosque; uno de los dos debía morir en las próximas veinticuatro horas. No había espacio suficiente en el mundo para los dos.

— Por eso no quería decirlo —murmuró, girando la cabeza mirando al suelo—. No quiero matarlo. —Volvió la mirada hacia nosotros, y el corazón se me encogió al ver la tristeza reflejada en su rostro—. Pero estamos en una situación límite. Si no acabamos con él, mañana morirán cientos de árboles y pokémon inocentes. —Sacudió la cabeza, y dijo—: Ojalá me equivocara, pero no tenemos otra salida. Tenemos que matarlo. Por el bosque. Por los cientos de inocentes que morirán si él no lo hace.

A nuestro alrededor, se hizo el silencio. Los cinco intercambiamos unas cuantas miradas de incredulidad, sobrepasados por el giro que había dado la situación en apenas cinco minutos. Habíamos pasado de pokémon derrotados, a pokémon que podían salir vencedores… Pero solo si mataban a un humano.

Apreté los dientes con fuerza, y lancé un potente resoplido. Las dos alternativas que se nos presentaban eran igualmente terribles. Llevar a la muerte a un humano para salvar el bosque, o salvarle la vida a él a cambio de condenar nuestro hogar.

¿Qué debíamos hacer?

Salvar el bosque siempre había sido nuestra prioridad, pero si teníamos que pagar aquel precio a cambio…

— Yo estoy dispuesto a hacerlo —declaró de repente la voz rasposa de Baumstamm.

Al instante, todos lo asaltamos con miradas interrogantes. ¿Cómo había podido tomar aquella decisión tan a la ligera? ¿Acaso no le importaba el hecho de que teníamos que acabar con una vida? ¿Tan frío e insensible era nuestro compañero?

— Si lo matamos, solo muere uno. Si lo dejamos vivir, cientos de pokémon y árboles perderán la vida. —Caminó a grandes pasos hasta que estuvo al lado de Schwiane, y se cruzó de brazos. Sus ramas crujieron enérgicamente al hacerlo—. Yo estoy con él —declaró—. Estoy dispuesto a matarlo. Es mejor que muera uno solo que cien.

Mis ojos recorrieron su cuerpo de arriba abajo, la postura de determinación y la expresión de total seguridad que adornaba su rostro. Lo haría. Sabía que lo haría. Baumstamm haría lo que fuera por salvar a los árboles.

Y su lógica era impecable.

Un fuerte batir de alas llenó el silencio de la noche, y menos de un segundo después desapareció como había llegado.

— Yo también voy —dojo Hexehut, que se había posado en una de las dos nudosas ramas que salían de la cabeza de Baumstamm—. Chicos, siempre dijimos que nada de matar, pero si tengo que elegir entre una muerte y más de cien, me quedo con una. ¿No opináis igual?

Se suponía que nos lo decía a mis dos hermanos y a mí, pero sus ojos solo apuntaban hacia mi posición. Se dirigía a mí. A la líder. Porque mi decisión era la que contaba. Si yo aceptaba, aquello nunca pasaría de ser un mero plan.

Maldito pajarraco manipulador.

Pero nosotros tres nunca aceptaríamos aquella idea. Estaba segura de que ninguno de nosotros tres estaría dispuesto a...

— Estoy con ellos —dijo finalmente Lichrig, rompiendo el tensísimo silencio lleno de esperas que se había instalado entre nosotros. Cuando llegó al lado de los otros tres, se tumbó sobre la hierba, con sus anillos casi apagados, y levantó la cabeza para mirarme—. Sabes que es lo que mamá hubiera querido. —Una lágrima asomó en sus ojos rojos—. Salvar el bosque a toda costa.

Sentí cómo la sangre me hervía en las venas. Pero ¿cómo se atrevía a…?

— ¡Sí, pero no así, Lichrig! —rugí yo, fuera de mí—. ¡Ella nunca hubiera aceptado algo semejante, y lo sabes! ¡Sabes muy bien que ella odiaba la violencia!

— ¡Sí, ¿y de qué le sirvió eso cuando aquel grupo de Houndoom nos atacó?! —replicó él, con la voz casi rota. Una lágrima apareció en su ojo, que brillaba y desperdigaba en todas direcciones la escasa luz que brillaba en sus anillos. Por detrás de él, Wasseri sollozaba—. Intentó mediar en vez de atacarlos, ¡y la mataron!

Sollozó, y menos de un segundo después yo hice lo mismo. Sabía que todavía se sentía culpable por lo que había ocurrido. Él había traído a los Houndoom al bosque, ofreciéndoles descansar y recuperar fuerzas antes de proseguir su camino a las montañas. Pero, en su lugar, decidieron adueñarse del bosque; desatando la batalla en la que ellos y nuestra madre habían perdido la vida.

— La mataron, Blattola. Su pacifismo no le sirvió de nada —repitió con voz llorosa. Levanté la mirada, y vi que ahora su hocico estaba surcado de lágrimas—. ¿Entiendes lo que digo? Sé que mamá no hubiera apoyado matar al humano, pero no nos queda otra. Estamos desesperados. Y los momentos desesperados exigen medidas desesperadas.

Lentamente, sacudí la cabeza y tragué saliva, solo para descubrir un nudo enorme en mi garganta. No sabía qué hacer. Por una parte, Lichrig tenía razón. Matar al humano era nuestra única opción para evitar la destrucción de nuestro hogar. Pero, por otra, las lecciones de mi madre seguían presentes en mi corazón. Decir no a la violencia, evitar las peleas, respetar todas las vidas, incluso las de los seres más repulsivos… Todas ellas daban vueltas en mi mente, junto con otros pensamientos más terribles en los que acabábamos con la vida del humano.

No sabía qué hacer. No sabía si seguir las enseñanzas de mi madre, o ignorarlas en favor de salvarlos a todos.

Sentí una lágrima naciendo en mi ojo, pero la limpié con mi pata antes de que los otros cinco pudieran darse cuenta de ello.

— Yo creo —susurró Wasseri, todavía detrás de mí, con una voz llena de dudas y remordimientos. Ella tampoco sabía qué decisión debía tomar, pero su tono revelaba que estaba a punto de decantarse por asesinar al humano— que en este caso mamá nos perdonaría que lo matáramos.

Ante mi rostro, Wasseri recorrió el espacio que la separaba de los otros cuatro con pasos cortos y nerviosos. Atónita, los miré de arriba abajo. Los cinco. Los cinco habían decidido acabar con el humano.

Todos esos malditos me habían traicionado y se habían pasado al bando de Schwiane, los muy…

— ¡¿Cómo podéis esta de acuerdo en matarlo?! —rugí iracunda; pero no tanto por lo que pretendían hacer como porque me hubieran dejado de lado. Habíamos pasado varios meses juntos tratando de salvar nuestro hogar. ¿Tan poco leales eran como para pasar de mí en cuanto aparecía una opción más seductora?—. ¡Da igual lo que esté intentando hacer, está tan vivo como nosotros y no tenemos ningún derecho a arrebatarle la vida!

Los cinco intercambiaron unas miradas cargadas de tristeza, y una sonrisa triste apareció en el rostro de Schwiane. Y al instante los pelos se me pusieron de punta.

— No hay otra opción, Blattola —dio la voz de Lichrig. Sonaba suave y melosa, el mismo tono que tan buenos resultados le daba cuando intentaba ligar con alguna hembra, aunque su expresión indicaba que sentía exactamente lo contrario. Pero lo que intentaba sí ra lo mismo: conseguir que una hembra hiciera lo que quería—. Es él o nosotros. Una vida, o cientos. —Levantó su pata delantera derecha y dio un fuerte pisotón en la tierra al tiempo que en su rostro aparecía un gesto de rabia—.¿No dices que no tenemos derecho a quitarle la vida? ¡Pues él tampoco lo tiene a quitarnos la nuestra!

Y tenía razón, maldita sea, pensé mientras apretaba los dientes. Él tampoco tenía derecho a acabar con nosotros, pero eso le daba igual. Iba a pasar por encima de nuestro derecho a vivir y a arrasar nuestro hogar para construir lo que fuera que fuese su dichosa "urbanización". Cientos de pokémon inocentes iban a morir en apenas unas horas por culpa de aquel humano. Pero aun así…

¿Qué haría mamá? ¿Le perdonaría la vida, convencida como estaba de que la violencia no era la solución? ¿O admitiría sacrificar aquella vida para salvar muchas más?

Una lágrima bajó rodando por mi mejilla, mientras las dudas recorrían mi cerebro en senderos largos y retorcidos, como Durant buscando caza fuera del hormiguero, torturándome un poco más a cada segundo. Todo dependía de mí. Mi futuro, el futuro del humano, el futuro del bosque.

Nuestro futuro.

Apreté los dientes con fuerza para intentar soportarlo, pero descubrí con desesperación que no servía para nada. Tenía que tomar una decisión, y rápido. Ese era el único remedio.

Por un momento, traté de imaginar qué ocurriría si lo dejábamos vivir. Y, casi al instante, solté un agudo grito de pánico.

— ¡Blattola! —gritó Wasseri, alarmada, y echó a correr hacia mí; pero la detuve levantando una pata.

Había gritado porque había visto la desolación.

En la imagen que había visto en mi cerebro, el bosque ya no existía. Había sido sustituido por una fea ciudad repleta de altos edificios grises de hormigón, como los que se podían ver desde las copas de los árboles más altos del bosque; y estaba llena de humanos, contaminación y suciedad. No había árboles, ni naturaleza. El aire puro había sido destruido y contaminado por miles de humos. Las aguas estaban envenenadas.

Era la destrucción. Dejar vivir al humano equivalía a destruirnos a todos.

Y aquella visión, aquella pavorosa visión de lo que nos esperaba si no lo matábamos, terminó de convencerme.

No tardé ni diez segundos en atravesar la distancia que me separaba de los otros cinco, que me recibieron con sonrisas genuinas y silenciosas aclamaciones.

— Vamos a matarlo —dije autoritariamente, haciendo a la vez un gesto con las patas delanteras para silenciarlos—. Por el bosque. Por nuestras vidas y nuestro futuro.

Baumstamm hizo un gesto de victoria, y Schwiane se levantó del suelo con una amplia sonrisa en sus labios.

— ¿Cómo te has convencido, Blattola? —preguntó Hexehut desde la rama de Baumstamm en la que estaba posado—. ¿Ha sido la fuerza de nuestros magníficos argumentos?

Pajarraco engreído de…

— No —respondí yo, y volví la mirada hacia el suelo por un segundo. A pesar de mi convicción, todavía me costaba asimilar que iba a echar por la borda las enseñanzas de mi madre y a arrebatar una vida—. He intentado imaginarme el futuro que nos aguardaba si vivía, y no era nada bueno.

Los cinco me miraron durante un instante, y Wasseri preguntó inocentemente:

— ¿Qué has visto, hermanita?

La miré de arriba abajo antes de responder. Recordar lo que había visto, aunque solo fuera fruto de mi imaginación, seguía poniéndome los pelos de punta.

— La desolación —dije finalmente.

Oí a los otros cinco tragar saliva, pero ninguno se atrevió a decirme nada ni a seguir preguntando. Los escruté con la mirada, intentando averiguar en qué pensaban. Seguramente suponían que había visto algo tan horrible que les daba miedo verlo.

Volví la mirada al cielo, pero solo vi pequeños parches de cielo azabache entre las gruesas copas de los árboles del bosque. Los mismos árboles que íbamos a salvar matando al humano.

— ¿Estamos todos dispuestos? —pregunté autoritariamente al tiempo que fulminaba a los otros cinco con la mirada. Ya sabía la respuesta; aquello era puramente protocolo—. Si alguien se lo ha pensado mejor, que se vaya ahora. Si no, sigue hasta el final.

No hubo ningún movimiento. Sonreí.

— Está decidido —dije—. Estamos todos juntos en esto. Nuestra misión es acabar con el jefe de las obras. Si lo conseguimos, estas se retrasarán el tiempo suficiente como para que lo que dijo Hexehut se lleve a cabo y estemos a salvo para siempre. Si tenemos éxito salvamos el bosque. Si no —dije con voz grave para enfatizarlo, a pesar de que sabía que todos lo sabían de sobras. Me gustaba seguir el protocolo—, estamos condenados.

— Corta el rollo, Blattola —dijo Hexehut con voz cansada e impaciente por entrar en acción—. Ya lo sabemos, lo dije yo hace un rato.

Pajarraco insolente…

— Estamos todos de acuerdo —declaré con firmeza al tiempo que los miraba de uno en uno, clavando la mirada en sus rostros hasta llegar a lo más prifundo de su corazón, escrutándolos intensamente para comprobar su lealtad y asegurarme de que no desertarían—. Vamos a matarlo para salvar el bosque. ¿Estamos juntos en esto?

Un fuerte grito afirmativo me dio su respuesta.

Volví la mirada al cielo nocturno, pero enseguida la bajé. Las escasas estrellas me recordaban a mi madre, a la que le encantaba la belleza del cielo estrellado. Y de repente, a pesar de mi seguridad, tuve ganas de llorar.

Por mucho que me repitiera que era una emergencia, no podía evitar pensar que estaba rompiendo sus enseñanzas. Estaba desechando los principios que ella me inculcó. No podía evitar sentir que estaba traicionando a mi madre.

— Lo siento, mamá —susurré antes de ponerme en marcha, y volví la cabeza hacia atrás para que nadie pudiera ver las lágrimas que asomaban a mis ojos—. Sabes que no quería hacer esto. Ninguno quería hacer esto. Pero es una emergencia. No nos queda otra. —Inspiré con fuerza, y añadí tras unos segundos de silencio—: Nos entiendes, ¿verdad?

Durante unos segundos, el silencio y la oscuridad del bosque fueron la única respuesta que obtuve. Bajé la cabeza, avergonzada de mí misma, y me puse en marcha. ¿Cómo podría aceptarlo jamás? Ella había muerto para protegernos, abominando hasta el final de la violencia. Y ahora, nosotros, sus tres hijos, íbamos a matar a un humano, a cometer el acto de violencia suprema, despreciando lo que ella había hecho por nosotros como si no fuera más que basura.

Las primeras lágrimas empezaron a caer de mi rostro, y con cada paso que daba el dolor y el plomo en mi corazón crecían. Pero me forcé a seguir adelante. Aunque el corazón se me desgarraba a cada paso, me forcé a seguir caminando, a llegar a donde estaba el humano para darle muerte.

Y mientras caminaba sobre la blanda hierba y la dura tierra del bosque en nuestro camino hacia el asesinato, y a pesar de la importancia de nuestra misión, solo había una frase en mi mente; una sola frase que absorbía obsesivamente todos mis pensamientos:

Lo siento.


Y hasta aquí este capítulo. Me gustaría aprovechar para hacer una dedicatoria especial a Satoru Iwata, presidente de Nintendo, que falleció recientemente. Muchas gracias por los juegos y las horas de diversión, señor Iwata.