«I will always return»

Personajes de Hajime Isayama.

Summary:
Eren es un titan cambiante que vive en el bosque. El pueblo de Shiganshina le teme, así que proponen otorgarle un sacrificio con la condición de que se marche de las tierras y nunca regrese. Mikasa es una niña del pueblo que es ofrecida como el sacrificio. Cuando es abandonada en el bosque, en lugar de encontrar una bestia abominable, encuentra a un muchacho solitario. Eremika. AU.


#Notasquetodosaman(?):

¡Actualización!

Planeaba subir el capítulo el sábado, pero desgraciadamente pasé el fin de semana sin internet y no pude hacerlo. En fin, aquí está, ¡disfruten!


—o—

—Estoy pensando hacer algo descabellado.

La voz de Levi sonó desigual bajo el murmullo de la ciudad aquella tarde. Shiganshina siempre se había caracterizado por ser un pueblo activo, la ciudad nunca dormía y la holgazanería no era propia de sus habitantes, quienes se despertaban muy temprano en la madrugada para abrir las puertas de sus negocios, dispuestos a ganarse el pan de cada día con el sudor de sus frentes.

Levi no era un holgazán, pero aquel día amaneció tarde. Durante toda la noche le fue imposible pegar un ojo, reviviendo constantemente en su mente el acontecimiento que había hecho al pueblo susurrar más de lo debido.

El nombre de Mikasa Ackerman fue mencionado hasta el cansancio. Algunos se referían a ella como la carnada perfecta para que la humanidad pudiera sobrevivir, otros lamentaban la tragedia y se preguntaban si aún seguía viva. Aquel pensamiento atormentaba a Levi sin saber del todo porqué. La chiquilla no era nada suyo, ¿porqué se veía a sí mismo más preocupado que el resto?

Hanji alzó la mirada, confundida, mientras se acomodaba los lentes. Su cola de caballo lucía desarreglada y despeinada, pero a ella no parecía importarle.

—¿De qué hablas?

Levi se dejó caer sobre uno de los barriles de la ciudad, en aquel momento la suciedad de ese objeto era lo último que le preocupaba. Miró a Hanji desde lo bajó, dubitativo.

—¿Tú qué piensas sobre lo que sucedió ayer? ¿Estás de acuerdo con las órdenes de Erwin? —preguntó, deseando que su compañera estuviera de acuerdo con él. De toda la bola de imbéciles con las que Levi tenía que trabajar, Hanji era la única persona medianamente normal y con algo de sano juicio.

Ella resopló escandalosamente, agitando su mano.

—Tú ya conoces mi opinión, Levi —contestó, muy decepcionada—. Ese titán habría sido una gran oportunidad para llevar a cabo mis investigaciones. Por alguna extraña razón, jamás ha invadido Shiganshina. Tal vez está asustado, la raza humana puede ser muy intimidante si Erwin Smith es quien la respalda. Es una pena que nadie pueda ver eso. Erwin cree que la fuerza bruta es la solución, ¿pero qué hay de nuestras mentes? ¿Del conocimiento que nuestros cerebros albergan? ¡Ah, por las barbas de Zacklay! Que injusticia tan grande…

Levi guardó silencio durante un rato.

La gran mayoría de los titanes aún seguían allí afuera, respirando, caminando y buscando carne humana. Por supuesto, las personas del pueblo no lo sabían. Erwin Smith había ideado un magnífico plan para hacerles creer que durante años los titanes abandonaron las tierras y supo que el sacrificio de esa niña era otro impulso para que la gente de Shiganshina siguiera confiando en sus mentiras.

Para el resto del mundo Levi solo era un simple cazador. Y aunque en parte eso era cierto, no lo era del todo. Sus expediciones secretas a las afueras de Shiganshina para buscar signos de otra civilización que viviera enjaulada como ellos eran constantes. Había cortado la nuca de los titanes con su propia espada, había visto morir a muchos de sus compañeros con demasiada frecuencia para su gusto, pero aún así los titanes no se acercaban a Shiganshina.

Abandonaban las tierras como si algo dentro de la ciudad les ordenara marcharse de inmediato. Hanji siempre se había visto particularmente interesada en ese peculiar comportamiento. Los titanes no mostraban piedad a la hora de masacrar a los seres humanos pero no se atrevían a cruzar la línea que dividía las tierras salvajes, como les decía Erwin, de las tierras de la civilización. ¿A caso el titán del bosque se comportaba bajo las mismas leyes?

—Planeo ir por la niña —dijo, rompiendo el silencio.

El chillido sordo de Hanji le hizo hacer una mueca de fastidio.

—¡¿De verdad?! P-Pero… Levi, tal vez la niña ya esté…

—Lo sé —interrumpió, malhumorado—. ¿Crees que soy imbécil, cuatro-ojos apestoso? Posiblemente esté muerta, pero no pierdo nada con averiguarlo. Suena estúpido, lo sé, la mocosa no es nada mío, sin embargo me siento perturbado por la idea de imaginarla sola en ese maldito bosque siendo devorada por el titán… todavía no comprendo cómo Erwin pudo permitir algo así. Lo creía un mejor hombre.

—Todos son buenos hombres hasta que llega la hora de la verdad —susurró Hanji, soltando una de sus habituales frases inspiradoras—. Pero, ¿cuándo irás?

—No lo sé, tal vez en unos días. Si me marcho ahora Erwin sospechará. El viernes toca cacería, ¿cierto? Será una buena oportunidad para aprovechar.

—¿Puedo ir contigo?

Levi alzó la mirada y se encontró con un par de inmensos ojos marrones observándolo con una súplica despedazadora. La obsesión de Hanji Zoe por los titanes era enfermiza y si su compañero estaba a punto de adentrarse a un terreno desconocido donde esa bestia regía como máxima autoridad, Hanji no desaprovecharía la oportunidad de ir con él. Mientras el silencio se prolongaba Levi supo que si no respondía de inmediato Hanji se arrodillaría frente a él y provocaría un escándalo digno de hacerle sufrir vergüenza ajena.

Suspiró pesadamente. Al fin y al cabo, Hanji era muy buena utilizando el Equipo de Maniobras. ¿Qué podría salir mal?

—Mientras no te pongas a chillar como una desquiciada en cuanto lo veas… —concluyó Levi, dando a entender su aprobación. Él se incorporó, caminando por la calle.

Pudo sentir los pasos eufóricos de Hanji detrás de él.

—¡Wohoo!


Eren, Eren, Eren…

Le gustaba como sonaba el nombre en su cabeza. Era cortito, fácil de recordar. Pero eso no cambiaba el hecho de que estaba viva. Cuando intencionalmente se había dejado caer contra la húmeda nieve con la intención de no despertar.

Aún tenía frío. ¿Qué se suponía que iba a hacer? El niño, Eren, se dio la media vuelta como si su presencia fuera insignificante. Comenzó a caminar, decidido, recogiendo ciertas cosas del suelo y guardándolas en los bolsillos de su abrigo.

—¿Por qué me ayudaste? —preguntó con un hilo de voz, sin saber que otra cosa decir.

Eren no se volteó, se agachó frente a un árbol y comenzó a arrancar pequeñas bolitas blancas de una planta. Eran hongos.

—Te veías medio muerta ahí afuera, y me asusté —respondió, pero por el tono de su voz Mikasa supo que mentía.

Se consideraba a sí misma una persona que podía identificar fácilmente las mentiras ajenas. Su tío Kenny decía muchas, sobre todo cuando estaba ebrio. Conocía el tono de voz exacto que las personas empleaban a la hora de mentir. Sin embargo, no dijo nada al respecto.

—Puedes quedarte con el abrigo —sugirió Eren—. No lo necesito. Tu padre debe ser cazador, ¿verdad? Te has perdido. Sigue ese sendero de allí y regresarás a Shiganshina.

Eren se incorporó y señaló a lo lejos, aunque Mikasa ni siquiera se molestó en observar sus indicaciones. ¿A caso él no era el hijo de algún cazador? ¿Por qué se encontraba en el bosque, luciendo tan tranquilo, cuando el titán podía aparecer en cualquier instante?

El niño siguió caminando mientras recogía ramas del suelo, alejándose de ella. Mikasa caminó detrás de él, no sabiendo del todo por qué le seguía. El niño abandonó las ramas y trepó sobre un árbol para coger una manzana, guardándola en lo profundo de su abrigo. Por la posición en la que estaba Mikasa creyó que caería.

—Te vas a caer —susurró de manera inconsciente.

Eren resopló.

—No me voy a caer —replicó—. No soy un niño.

Cayó del árbol con gracilidad, aterrizando sus pies al suelo rápidamente. Volvió a tomar las ramas entre sus manos y dispuso a continuar su camino, mientras una insegura Mikasa le seguía por detrás. Después de andar unos pocos pasos, Eren pareció notar su segunda sombra. Se volteó, irritado.

—¿Por qué estás siguiéndome? Ya te he dicho el camino, tu padre debe estar preocupado así que será mejor que te vayas.

Continuando con su camino, Mikasa le impidió marcharse.

—¡Espera! —gritó, siguiéndole y enredándose los pies entre la maleza—. Yo… no soy hija de ningún cazador. No tengo a nadie… estoy sola aquí.

Eren se detuvo de espaldas, quieto como una roca. Poco a poco se volteó, su rostro indiferente lentamente se convirtió en uno feroz, incrédulo, amenazante. Por alguna razón su comentario no le agradó del todo.

—¿Sola, dices? —repitió—. ¿Qué estás haciendo aquí?

Esa era la misma pregunta que Mikasa se hacía a sí misma.

—¿Por qué estás tú aquí? —preguntó con un hilo de voz.

El niño resopló sorprendido y arrojó las ramas con fuerza sobre el suelo. Camino hacia Mikasa muy lentamente, causando que la niña retrocediera.

—Aquí las preguntas las haré yo —demandó, serio—. Así que no eres la hija de ningún cazador… ¿entonces qué haces aquí? ¿Eres de Shiganshina? ¿Acaso ellos te ordenaron que me-

El niño se detuvo, comprendiendo que había hablado de más. Sin embargo Mikasa no percibió del todo sus palabras. Su corazón latía deprisa.

—N-No estoy aquí para hacerte daño —tartamudeó, temblando—. Si eso es lo que crees…

—Más te vale —amenazó Eren—. Porque mi bestia asesina podría despedazarte si intentas hacer algo extraño.

Mikasa se tropezó con las ramas de un árbol y cayó de culo al suelo, Eren la observaba enfadado desde lo alto.

—¿T-Tu bestia a-asesina…?

¡Armin! —gritó Eren, sin apartar los ojos de ella en ningún momento.

Mikasa contó hasta tres, confundida, y de entre los arbustos a lo lejos apareció un pequeño zorro. Mikasa jamás había visto a uno con vida. Los cazadores de Shiganshina los atrapaban para utilizar sus pieles y venderlas a precios muy elevados. Pero ver a uno de verdad fue como un sueño. Era precioso, su pelaje tan llamativo como su nariz, negra y puntiaguda, olfateando todo a su alrededor.

La niña no pudo evitar soltar una risita tímida al verlo.

—¿Esa es tu bestia asesina?

Eren frunció el ceño, convirtiendo sus manos en puños.

—¡No te burles! —gritó—. Armin puede ser muy feroz cuando se lo propone.

Armin se acercó a ella con curiosidad, tal vez demasiado impresionado de recibir una invitada en su bosque. Ella estiró su mano y Armin la olfateó, acercándose cada vez más. Era el animal más inofensivo que había visto en toda su vida. Mikasa rió de tan solo pensar que Eren lo creía una bestia asesina.

Ella miró a Eren y él pareció decepcionado de su compañero. Soltó un suspiro resignado.

—No está atacándote solo porque yo se lo ordeno.

—Es muy lindo —susurró Mikasa, enterrando sus dedos en el pelaje de Armin alrededor de su cuello. El zorro se arqueó ante el contacto, cerrando los ojos. Le gustaba.

Poco a poco abandonó su fantasía —la alegría de poder ver a un zorro y tocarlo con sus manos—para recordar la razón por la que estaba en el Bosque de los Árboles Gigantes. Cautelosamente soltó al zorro y miró a Eren, en ningún instante el niño había apartado los ojos de su rostro.

—¿Vives aquí? —preguntó con timidez.

Eren aún no se sentía en confianza junto a ella, sin embargo asintió.

—Pero tú no —adivinó, frunciendo el ceño—. No deberías estar aquí. Será mejor que te largues por donde viniste.

Eren se volteó y con un silbido Armin le siguió. Mikasa se levantó de inmediato y correteó tras él para intentar alcanzarle. Sus pies dolían.

—¡No puedo regresar! —gritó, y tropezó cayendo de rodillas al suelo. Nuevamente las heridas en su piel ardieron con fuerza—. No puedo… ellos… ellos me dejaron aquí…

Eren se detuvo.

—¿Ellos? —preguntó, no muy seguro.

Mikasa escupió todo lo que sabía. De todas formas, ¿Qué sucedería? Ya estaba condenada a muerte tan solo por estar dentro del bosque.

—Me ofrecieron como sacrificio para el titán… quieren que él se marche para siempre… me dejaron aquí. Mi tío… él me dejó aquí. No puedo regresar.

El niño se volteó de inmediato, su rostro completamente perplejo.

—¿El titán? —susurró, más para sí mismo que para Mikasa. Lucía demasiado nervioso, aquello le preocupó.

—¿Lo has visto? —preguntó, temerosa. Si el niño se suponía vivía dentro del bosque, ¿cómo era posible que aún el titán no lo hubiera encontrado? Tal vez se mantenía oculto dentro de alguna cueva, pero aún así…

Eren alzó el rostro encarando una ceja. Se cruzó de brazos, encogiéndose de hombros.

—Sí, lo he visto. Es temible, sus dientes son puntiagudos y largos, podrían despedazar una roca de una sola mordida. Así que será mejor que te largues antes de que aparezca y decida comerte.

Sin decir una palabra más, el niño se dio la media vuelta y comenzó a caminar para alejarse de ella. Su corazón latía deprisa y soltó demasiados suspiros para intentar calmarse. Aquello no estaba bien, esa niña no debía estar en el bosque, era peligroso. Demasiado peligroso.

Se detuvo cuando notó que Armin no le seguía como siempre. Curioso, se volteó y lo encontró sentado a pocos pasos de él observando a Mikasa que seguía sentada en el suelo con la cabeza gacha, probablemente pensando qué demonios haría con su vida ahora.

Entonces Eren lo sintió, aquella cosa asquerosa llamada culpa. Gruñó por lo bajo, molesto de que alguien decidiera interrumpir su pacífica y solitaria vida. Caminó hacia Mikasa y la tomó del brazo para ayudarla a incorporarse con algo de brusquedad.

—Vamos, camina —ordenó, y la arrastró por el bosque con demasiada prisa, logrando que la niña se tambaleara. Armin los siguió animado, al parecer se alegraba de que Eren decidiera traerla consigo.

—¿A dónde vamos? —preguntó Mikasa, no muy segura.

Pero Eren no respondió. La caminata no fue demasiado larga pero para Mikasa duró una eternidad por el simple hecho de sentir sus pies quebrarse a cada paso. Sus rodillas también dolían y aún tenía frío. Y hambre. Mucha hambre.

Poco a poco el agarre de Eren fue disminuyendo su rudeza y ahora simplemente la sostenía por la muñeca con suavidad, no tironeaba con fuerza y solo la guiaba. Sin siquiera comprenderlo del todo, Mikasa se dejó llevar.

Después de unos pocos minutos Mikasa divisó a lo lejos una cabaña. Se veía algo rota y parte del techo no estaba, seguramente llevaba allí en el bosque mucho tiempo, la humedad y la lluvia habían logrado que se deteriorara, era muy pequeña pero lucía acogedora.

Cuando llegaron, Eren la empujó suavemente para obligarla a entrar. Con cuidado Mikasa pisó la fina madera del suelo atravesando una puerta inexistente y entrando en la cabaña. Incluso si en un extremo del techo el sol ingresaba con fuerza, era bonita y estaba repleta de cosas extrañas.

En el centro había una pequeña fogata con un caldero encima, el agua dentro del recipiente estaba hirviendo. Junto a un extremo de las ventanas el suelo habían mantas y pieles de animales que no conocía, seguramente era la cama de Eren. Sobre la pared en donde se situaba una vieja mesa de madera había infinidad de insectos muertos estampados. Mariposas, grillos, mantis, ciempiés y hasta escarabajos. Ella sonrió un poquito, aquél niño era muy extraño.

Sobre la mesa había recipientes con muchas piedrecillas de colores, hojas grandes y pequeñas, sal, uvas y una jarra con agua.

Armin correteó hacia la cama de Eren y se acurrucó junto a las mantas, moviendo su cola de un lado a otro. Eren entró a su casita unos minutos después con una canasta repleta de manzanas. Le entregó una y él se sentó en el suelo junto a la fogata. Mikasa lo imitó.

Mordió la manzana con firmeza y suspiró al sentir su dulce sabor impregnarse en su lengua, masticó con ganas, tenía demasiado hambre pero la mirada de Eren sobre la suya le producía nervios.

Tragó con suavidad.

—¿Estás solo? —preguntó—. ¿Dónde están tus padres?

Eren apartó lentamente su mirada hacia las llamaradas de la fogata, sus ojos brillaban como dos grandes esmeraldas.

—Mi madre murió hace mucho tiempo. Y mi padre… —vaciló, no muy seguro de sí mismo—… mi padre… no sé donde está. Hace años que no lo veo. ¿Los tuyos?

—Murieron cuando era un bebé. Mi tío Kenny me crió desde entonces —murmuró, sintiendo ganas de llorar de tan solo pensar que él fuera el responsable de su estadía en el bosque, sola.

—¿Él te dejó aquí? —preguntó Eren.

Mikasa asintió tristemente. Jamás había querido a su tío y el desagrado entre ambos era mutuo, pero nunca creyó que Kenny la vendería de esa manera como si fuera un simple trozo de carne. Muy en el fondo albergaba la esperanza de que él quisiera conservarla al menos solo como una sirvienta. Pero era mucho menos que eso.

—Sí —afirmó. Mikasa alzó la vista y encontró, rodeando el cuello de Eren, una llave dorada. La curiosidad invadió sus sentidos—. ¿Para qué es esa llave?

Eren parpadeó, sorprendido de su pregunta. De manera ausente tocó el objeto metálico que colgaba de su cuello.

—Mi padre me la dio antes de… irse. La he conservado desde entonces.

—¿Qué abre?

Eren posó su vista en los ojos de Mikasa. A la niña se le estrujó el corazón al comprobar que en su mirada solo había desesperación, incertidumbre y resignación.

—No lo sé —admitió.


—Aquí tienes tu paga.

Kenny Ackerman observó con recelo la bolsa de monedas que Erwin Smith dejó sobre la mesa. Detrás de él, Zacklay lucía impaciente como si deseara terminar con aquél espectáculo lo más rápido posible. Kenny tomó la bolsa entre sus manos y la abrió, cerciorándose que la cantidad de monedas prometidas estaban tal cual él las deseaba, listas para ser usadas.

Por suerte, Erwin Smith siempre cumplía su palabra y si prometió entregarle mil monedas de oro por haber contribuido al bien de la humanidad —o eso decía él—, era un hecho que esa fortuna sería suya.

—Muy bien —dijo Kenny, satisfecho con sus nuevos ahorros. Guardó la bolsa y miró a ambos hombres dentro de la oficina de Erwin dentro de la torre principal de la ciudad—. Pero esto no es suficiente para mí.

Zacklay avanzó hacia Erwin furioso.

—Maldita sea, Kenny, ¿qué más quieres? Te hemos dado lo que nos pediste.

El Destripador miró a Zacklay.

—Sí, y te he dicho que no es suficiente. Quiero que vayan a ese maldito bosque y comprueben que mi sobrina está muerta.

Erwin suspiró profundamente.

—Kenny —habló, tan sereno como siempre—. Es un hecho que la chiquilla está muerta. Ninguna niña de su edad sobreviviría una noche en el Bosque de los Árboles Gigantes, menos aún con un titán rondando por esas tierras. Además, no arriesgaré a mis hombres en vano. El viernes entrante enviaré cazadores para recolectar comida y les diré que echen un vistazo, de esa forma estarás más tranquilo. Es mi última palabra. Ahora vete y cómprate esa casa tan bonita que deseabas. Aún sigue en venta.

Kenny resopló malhumorado y abandonó la torre con su dinero. Definitivamente compraría esa casa, había permanecido bajo su vista durante mucho tiempo y ahora que poseía el dinero necesario para obtenerla no desaprovecharía la oportunidad. Suspiró, sonriente, emocionado por sus recientes logros cuando una voz fría como el hielo interrumpió su calma al abandonar la torre y pisar la tierra seca de la ciudad.

—¿Disfrutando de tu recompensa?

Kenny se detuvo ante la voz de Levi detrás de él. Se volteó lentamente y lo encontró recargado junto a la pared de la puerta de entrada a la torre, cruzado de brazos. Sus ojos grises resplandecían bajo la luz de la luna, concediéndole una mirada feroz.

Pero Kenny no le tenía miedo a ese enano maldito.

—¿Hace cuanto tiempo que no follas, Levi? —preguntó, curioso y cansado—. Hazlo, hijo. Ve a la taberna, encuentra alguna puta que esté interesada en ti y disfruta de los placeres de la vida que demasiado amargado te vez. Te saldrán arrugas.

Kenny se volteó para marcharse pero la risa gélida de Levi le hizo detener. Levi no era una persona que riera con facilidad.

—Sigue bromeando, Destripador. Gasta tu dinero en putas, alcohol y una casa bonita. Sigue manipulando al imbécil de Erwin a tu antojo, haciéndole creer que quieres lo mejor para la humanidad. Puedes engañarlo a él, pero no a mí.

—¿Qué se supone que significa eso? —replicó Kenny, malhumorado.

—Qué desde ahora en adelante empieces a cuidar tu espalda —amenazó—. Con veintiocho años de edad aún no se me olvida que tú fuiste el responsable de la muerte de mi padre.

Dicho eso, Levi caminó para alejarse de él no deseando prolongar más la escena, pero Kenny continuó con lo que había empezado.

—¿Vas a matarme, Levi? —bromeó, riendo a carcajadas—. ¿A caso te olvidas quien fue el que te enseñó todo lo que sabes ahora? Pero todo este dramatismo se debe a Mikasa, ¿verdad? Sí, es por ella. No me sorprendería.

Levi se volteó, confundido.

—¿Qué es lo que no te sorprende?

Pero Kenny no respondió. En lugar de eso le sonrió ampliamente, decidido a no hablar de más y pasó a su lado para darle unas suaves palmadas en el hombro. Regresó por el lugar del que había llegado lentamente, silbando una canción durante su viaje.

Bajo la luz de la luna Levi apretó los puños con firmeza.


Durante el resto del día Mikasa y Eren aprovecharon el tiempo para conversar. Encerrados dentro del calor de la cabaña, Eren cambió las vendas de sus rodillas por unas nuevas, colocando una extraña mezcla de barro y hiervas que disminuyeron muchísimo el ardor.

Le mostró algunos trucos que le había enseñado hacer a Armin y Mikasa aplaudía con emoción cada vez que su pequeña mascota respondía a cada una de sus órdenes.

Mikasa le comentó sobre Kenny y la forma horrible en que la trataba, cómo su papel de sirvienta dentro de su hogar le había arrebatado la libertad. Con irritación, Eren le dijo que era una completa idiota por haber permitido esa clase de maltrato durante tanto tiempo. Cualquier comentario dirigido hacia la injusticia lo enfadaban de sobremanera, mientras afirmaba que la libertad era un derecho humano completamente arrebatado y con sorpresa, Mikasa pensó que podría ser un buen líder para Shiganshina.

Curiosamente le preguntó la razón por la cual no vivía en el pueblo, pero Eren se limitó a responder un sosegado no creo que sea buena idea vivir allí.

Comieron casi todas las fresas que Eren tenía guardadas y al caer la noche ambos se recostaron frente a la cabaña a observar las estrellas. A pesar de que los árboles gigantes cubrían casi todo el cielo, sobre la cabaña de Eren sus ramas liberaban un acogedor espacio que permitía una vista exquisita del cielo.

Mikasa jamás se había tomado el tiempo necesario para observar lo que había allí arriba, tan sumergida en la miseria que la atormentaba día tras día en casa de su tío. Pero le agradaba poder hacerlo junto a ese extraño y temperamental niño.

Ninguno de los dos insinuó nada, pero supo que él le dejaría pasar la noche allí. Su trato poco a poco se había aplacado, dejando atrás la brusquedad y malhumor para responder con suavidad a sus preguntas y sonreírle tímidamente.

En ningún momento Eren mencionó algo sobre el titán y al pasar el día, Mikasa llegó a pensar que tal vez el titán no existía. Tal vez solo era un absurdo cuento que se había hecho popular en Shiganshina por alguna extraña razón. No estaba segura de eso, pero de ser así, Mikasa se sentía muchísimo más tranquila.

Eren alzó la mano hacia el cielo, señalando algo

—Allí —dijo, animado—. Esa estrella pequeña junto a la luna… se llama Onix, la estrella titán. ¿Absurdo, verdad? Ser titánica cuando en realidad es demasiado pequeña. La leyenda dice que cuando Onix se aproxime a la luna lo suficiente para tocarse mutuamente, Onix estallará y todos los titanes de la tierra desaparecerán. No sé si será cierto, pero cada vez que veo a Onix me da la sensación de sentirla más y más cerca de la luna conforme pasa el tiempo.

—Es muy bonita —susurró Mikasa.

Pero Eren continuó hablando. Su voz deteriorándose cada vez más, la melancolía usurpando sus cuerdas vocales.

—Mi… —empezó, dudoso—. Mi padre decía que cuando morimos nos transformamos en estrellas. Viajamos a través del tiempo y nuestros cuerpos quedan atrapados en el cielo como insectos en una telaraña. Desde allí lo observamos todo, fieles espectadores del mundo de los mortales. Cada vez que alguien muere nace una estrella allí arriba. La más brillante es la más nueva.

Aquella era una historia muy esperanzadora.

—Me pregunto si mis padres son estrellas también —preguntó Mikasa embellecida por la privilegiada vista. Miró a Eren de reojo, quien todavía observaba las estrellas—. ¿Tú qué piensas? ¿Las estrellas son personas para ti?

Eren dejó escapar un suave suspiro, sin saber qué responder.

—Eso espero —murmuró mientras acariciaba distraídamente el pelaje de Armin, quien dormía plácidamente sobre su pecho.

Poco a poco Mikasa fue cerrando sus ojos y cayó en un profundo sueño. Cuando Eren se volteó para retomar la conversación, la encontró completamente dormida. Secretamente pensó que aquello era absurdo. Durante mucho tiempo se había obligado a sí mismo tener contacto con otras personas, crear lazos que luego serían difíciles de romper.

Armin era todo lo que necesitaba y su mejor amigo en el mundo entero. ¿Para qué quería humanos en su vida? Las pocas personas que había conocido estaban muertas o le habían abandonado, como su padre.

Pero en ese efímero instante de verdad deseó que Mikasa no se marchara. No recordaba haberse divertido tanto con anterioridad, poder hablar con alguien que lo escucharía y respondería a diferencia de Armin que solo le observaba en silencio todo el tiempo, abrumándole la mayoría de las veces.

Por primera vez en mucho tiempo, ese día, Eren no se sintió tan solo.

Cubrió a su nueva amiga con las mantas de lobo y quitó un mechón de cabello que caía incómodamente sobre sus ojos. Suspiró.

—Buenas noches… Mikasa.


Aquella mañana Mikasa despertó demasiado temprano por orden de Eren. Éste lucía muy emocionado por enseñarle el amanecer. Decía que cerca de las colinas al final del bosque la vista era estupenda, así que desayunaron una manzana en el camino y Eren cargó a Mikasa sobre su espalda para que no caminara demasiado mientras Armin correteaba cerca de ellos por los alrededores, siguiéndoles el paso.

Subieron a un árbol para ver mejor y se quedaron allí un buen rato, aferrados a las fuertes ramas mientras el sol se hacía ver desde lo lejos con todo su esplendor, haciendo a Mikasa sonreír.

—Te vas a caer —decía Mikasa, observando a Eren colgando de cabeza aferrando sus piernas a una rama.

—No me voy a caer —Eren repitió las mismas palabras del principio, molesto—. ¡No soy un niñ… ah!

Dicho y hecho, Eren impactó contra el suelo con fuerza. Armin se acercó a él, preocupado, y Mikasa soltó una risa. Poco a poco la compañía había dejado de sentirse extraña y el tener a Eren cerca suyo se convirtió en algo tan normal como respirar, como si hubiera sido parte de su vida desde hace mucho tiempo.

Camino a la cabaña comieron más manzanas a modo de desayuno y Mikasa le habló de Jean, su mejor amigo. Con tristeza se preguntó que estaría haciendo ahora, tal vez creía que estaba muerta, hecha pedazos dentro de la boca del titán. Seguramente su madre se sentía alegrada de saber que Jean ya no seguiría frecuentando a la sobrina de Kenny Ackerman todas las mañanas frente a la panadería.

—Deberíamos jugar —anunció Mikasa, recolectando piedrecillas del suelo y guardándolas en su abrigo.

—¿Jugar? —preguntó Eren, como si aquello fuera absurdo.

Mikasa asintió.

—Juguemos al pilla pilla —pidió, deteniéndose frente a él—. Listos, preparados… ¡ya!

La niña tocó el hombro de Eren con rapidez y se echó a correr patéticamente alrededor de los árboles, esperando que Eren la siguiera. Pero él se quedó allí parado, sin hacer nada, preguntándose qué demonios era todo aquello. El único que había comprendido el juego fue Armin quien desde un primer instante siguió a Mikasa.

Ella se acercó a Eren, agitada.

—¡Vamos, atrápame! —gritó, sonriendo. Al ver que el niño no sonreía, Mikasa continuó—. ¿No sabes jugar? Tú corres, yo te toco. ¿Sí?

No muy seguro, Eren se alejó de Mikasa con la intención de correr. Aquél juego le parecía absurdo, ¿Cuál era el punto de perseguir a alguien de esa manera? Pero en cuanto Mikasa correteó tras Eren y en su estómago sintió una adrenalina incontrolable, una sonrisa gigante se curvó en sus labios.

A la velocidad de la luz Mikasa persiguió a Eren por todo el bosque. Eren era muy rápido y esquivaba las ramas maliciosas con saltos extraordinarios que sorprendían a Mikasa. Armin se interponía entre ellos, jadeando mientras intentaba seguir el paso a Eren.

Poco a poco un sinfín de risas infantiles llenaron el Bosque de los Árboles Gigantes, gritos de júbilo y las burlas de Eren hacia Mikasa chillando que jamás podría alcanzarlo. Hacía mucho tiempo que Mikasa no jugaba al pilla pilla con nadie, Jean odiaba ese juego porque siempre se tropezaba y su madre no quería que su bebé consentido se lastimara de esa manera.

Mikasa marchó ocultándose de Eren y por un instante creyó perderlo de vista, lo había visto correr hacia unos arbustos. Mikasa atravesó un fuerte tronco caído con un pequeño salto y de repente chocó contra algo duro y resistente.

Cayó al suelo entre risas, alzando la vista esperando encontrarse con Eren y poder proclamarse vencedora del juego. Pero quien yacía frente a ella no era Eren. Era un hombre mucho más alto, con barba y un abrigo verde. La sonrisa de Mikasa se borró, paralizándose en su sitio.

¿Un cazador? No… no lucía como uno.

—¡Eh, Alger, mira lo que he encontrado! —gritó el hombre, demostrando una sonrisa maliciosa y unos dientes muy amarillos—. ¿Cuánto crees que nos darán por ella?

Otro hombre más joven se asomó desde atrás observando a Mikasa con una sonrisa pecaminosa.

—No lo sé. ¿Pero qué tal si nos divertimos con ella primero? —sugirió.

En cuanto Mikasa escuchó esas horribles palabras supo que debía correr de inmediato. Se incorporó con fuerza y corrió por el mismo lugar de donde había venido. Aquel par de hombres reía a carcajadas, mientras Mikasa podía oír sus pasos entremezclarse con el sonido de las hojas secas en el suelo. La estaban siguiendo y las piernas de Mikasa comenzaron a flaquear, producto del miedo y de las espantosas cosas que sabía que le harían si lograban capturarla.

No, no podía dejar que la atraparan.

Buscó con la mirada a Eren, pero no lo hallaba por ningún lado.

—¡Eren! —chillo.

¿La había abandonado?

—¡Ven aquí, preciosa! ¡No te haremos daño!

La niña tropezó con algunos obstáculos insignificantes pero nada fue lo suficientemente afanoso para lograr que se detuviera. Ni siquiera sabía hacia donde se dirigía, no conocía los caminos secretos del bosque y a cada paso que daba su mente se nublaba un poco más. Corría hacia la nada misma.

—¡Eh, por aquí, idiotas!

La voz de Eren resonó impenetrable dentro del bosque. Mikasa se volteó, sabiendo que sería demasiado arriesgado. Eren yacía parado sobre una roca al otro lado del bosque y lanzaba piedras constantes hacia sus atacantes. Uno de ellos corrió tras Eren, quien de inmediato abandonó el pilar sobre el que estaba parado para correr hacia el otro lado, intentando distraerlo.

Pero el hombre más joven se encargó de Mikasa. Volvió a correr tras ella y esta vez Mikasa no logró reanimar el paso. Cayó de boca al suelo cuando sus pies se enredaron entre la maleza y sintió las manos de su atacante sobre su espalda, presionándola sobre el césped.

—Quédate muy quieta —amenazó.

La tomó por los cabellos con fuerza y le cubrió la boca con la mano, incorporándola rápidamente. Al otro lado del bosque el viejo cargaba a Eren entre sus brazos con demasiada dificultad, quien pataleaba soltando alaridos histéricos.

—¡Suéltame, cerdo! ¡Te mataré!

Al dejarlo en el suelo golpeó su rostro y Eren cayó.

—¿Qué haremos con el niño? —preguntó el hombre que sostenía a Mikasa. Lentamente se acercó a su oído—. ¿Qué quieres que hagamos con tu amigo, preciosa?

Armándose de valor, Mikasa mordió uno de los dedos que por accidente se habían infiltrado en su boca. Lo hizo con demasiada fuerza, sintiendo un líquido caliente impregnar su lengua. El muchacho la soltó, furioso, y la tomó con firmeza del mentón.

El viejo sostuvo a Eren por los cabellos y sacó una daga de su cinturón, apuntando a su cuello.

—Tú te lo has buscado, zorra —amenazó—. A la cuenta de tres tu amiguito dejará de existir.

Uno… dos…

Eren la observó con pena.

—Lo siento —susurró, demasiado bajito.

Llevó su mano a su boca y antes de que Mikasa pudiera reaccionar, un fuerte estruendo le hizo chillar, ensordeciendo sus oídos por unos momentos. Una ráfaga caliente la empujó hacia la nada misma, elevándola a ella y a su atacante por los aires. Mikasa impactó contra un árbol cuando vio un relámpago caer del cielo hacia el lugar en el que Eren se encontraba… ¿o el relámpago había emergido de la tierra? No estaba del todo segura, pero cuando sus oídos percibieron el sonido otra vez y abrió sus ojos, adormecida, se quedó sin aire ante lo que tenía frente a sus ojos.

Un titán de casi quince metros de altura rugió con todas sus fuerzas quieto frente a ella, mientras un humo resplandecía de su piel frenéticamente. Su rugido hizo que los pájaros del bosque elevaran su vuelo, temerosos al igual que los matones que no parecían asimilar del todo lo que tenían frente a sus ojos.

Y Mikasa tampoco.


¡Hello Everybody!

Antes que nada quería agradecerles a TODOS por sus hermosos reviews. Empecé el fanfic con mucho escepticismo, se trataba de mi regreso a los longfics y además no estaba segura si a la gente le iba a gustar la idea, pero veo que la historia fue muy bien recibida y no tengo palabras para agradecerles :) de verdad, ¡gracias!

Bueno, ahora enfocándonos en el capítulo. Lo reescribí como mil veces y así quedó. No se si estará bien o no, pero estoy conforme y eso es lo que importa. La idea de incluir a Armin como un pequeño zorro apareció porque no deseaba que Eren viviera completamente solo en el bosque, pero tampoco deseaba que tuviera ningún contacto cercano con humanos. Pensé que tal vez podría tener una mascota del bosque, alguien con quien él se hubiera encariñado, y Armin el Zorro Feroz llegó a mi mente xD

Los zorros son reconocidos como uno de los animales más inteligentes y astutos del mundo, creo que encajaba a la perfección con la personalidad de Armin. Es un detalle muy bonito que me gustó incluir :)

Como ven, muchas cosas de la historia original permanecen. Como la desaparición de Grisha, la llave, la relación de Kenny y Levi... no quería alejarme de todo eso.

En fin, espero poder actualizar pronto, mi musa está en muy buen estado XD

¡Gracias a todos por sus reviews!

¡Hasta la próxima!

Mel.