«I will always return»

Personajes de Hajime Isayama.

Summary:
Eren es un titan cambiante que vive en el bosque. El pueblo de Shiganshina le teme, así que proponen otorgarle un sacrificio con la condición de que se marche de las tierras y nunca regrese. Mikasa es una niña del pueblo que es ofrecida como el sacrificio. Cuando es abandonada en el bosque, en lugar de encontrar una bestia abominable, encuentra a un muchacho solitario. Eremika. AU.


#Notasquetodosaman(?):

¿Tardé mucho? Lo siento XDDDD ¡disfruten el capítulo!


—o—

—Dime que ves, Levi.

El muchacho de veintisiete años miró de reojo a su compañero, su amigo, Erwin Smith. Éste permanecía a su lado con sus manos descansando en su espalda, sereno como el viento aquella mañana, un viento que no se había dejado sentir y provocaba una sensación de ahogo que le daba una muy mala espina.

Levi no estaba del todo convencido el motivo por el cual Erwin lo había arrastrado hacia la cima de la torre. La vista panorámica desde lo alto era preciosa, enseñando la inmensa ciudad de Shiganshina en todo su esplendor, brillando como oro líquido al ser ligeramente tocada por los rayos del sol. A lo lejos, el Bosque de los Árboles Gigantes permanecía tan oscuro y tenebroso como siempre, un terreno demasiado grande y peligroso que los dividía de las tierras salvajes, donde los titanes regían como máximas autoridades.

Aún recordaba las palabras de su padre —y las de todos los padres de Shiganshina—, cuando aún era un crío, advertirle un severo «nunca cruces hacia el otro lado, nunca atravieses el Bosque de los Árboles Gigantes, allí no hay más que muerte y terror»

Todos los niños de la ciudad tenían prohibido cruzar el bosque por sí solos. Especialmente ahora que esas tierras le pertenecían a un titán. Soltó un bufido. Irónico, ¿verdad? Prohibirle al resto de los niños de la ciudad visitar el bosque para luego escoger una niña ordinaria y enviarla allí contra su voluntad. Pero así era como funcionaban las cosas en Shiganshina. Así era como funcionaban las cosas para Erwin Smith.

—¿Shiganshina? —preguntó, no muy seguro.

A Levi nunca le habían agradado los acertijos.

Erwin asintió lentamente, pensativo.

—Sí —susurró—. Shiganshina. Una ciudad que por generaciones ha quedado bajo nuestro cuidado y protección. Una ciudad poblada por gente noble, trabajadora y honesta. Niños, madres, padres… seres humanos que, como tú y yo, buscan sobrevivir. Eso es lo que hemos estado haciendo durante años… sobrevivir. ¿Crees que es justo? Somos una especie absolutamente superior en todos los aspectos y aún así… míranos. Viviendo con temor, incertidumbre ante un futuro nubloso.

Levi suspiró, cansado de tanta charla sin sentido.

—Erwin, ¿a qué viene todo esto?

Su compañero apartó la mirada de la ciudad por primera vez desde que llegaron a la torre. Sus ojos fríos y firmes se suavizaron por un instante, mirándole fijamente.

—Te digo estas cosas porque te considero mi amigo, Levi, y no deseo que estemos disgustados —nuevamente alzó la mirada al paisaje—. Sé que no estuviste de acuerdo con lo que hice y me duele. Pero las cosas son como son y así deben de quedarse. Para poder superar al enemigo debemos cambiar nuestra forma de pensar. Los titanes andan al acecho, esperando por nosotros. Debemos demostrarles que no somos una raza débil, que estamos dispuestos a luchar y a sacrificar ciertas cosas por el bien de la humanidad. Yo quiero vencer. Mi cuerpo y mente se han cansado de solo sobrevivir. No quiero sobrevivir más, amigo mío, quiero vencer. Y deseo que tú estés a mi lado cuando eso suceda, como siempre ha sido.

Si Erwin creyó que sus palabras iban a conmoverlo estaba realmente equivocado. Hacía años que Levi dejó de sentirse conmovido por sus motivadores discursos sobre la humanidad, el bien común y miles de tonterías más con las cuales no estaba de acuerdo. Apreciaba a Erwin pero poco a poco logró perder todo el respeto que alguna vez le tuvo. Erwin era un hombre extremadamente inteligente y manipulador, en todo Shiganshina no existía nadie que pareciera dispuesto a llevarle la contraria.

Y conocía esa historia muy bien. A Erwin poco le importaba la humanidad y su bienestar. Todo lo que deseaba era la gloria. Gloria y miles de cabezas gachas inclinadas hacia su persona adorándolo como el dios que creía ser.

—Esa niña no tenía la culpa de nada —dijo Levi, sintiendo poco a poco el mal humor apoderarse de sus venas.

Erwin suspiró. Seguramente imaginaba que su amigo diría algo así.

—Nadie tiene la culpa de nada, todos somos inocentes aquí. Ninguno provocó la ira de los dioses sobre nosotros, castigándonos con aquellas bestias. Nadie provocó que el Bosque de los Árboles Gigantes fuera ocupado por un titán, acabando con todos nuestros cazadores. Todos somos inocentes.

Levi miró a Erwin de reojo.

—Es fácil decir eso cuando tú dejas caer tu trasero en el sofá bebiendo whiskey mientras a la mocosa le están arrancando sus extremidades.

—Levi…

—¿Has pensado siquiera en un plan de soporte? ¿Qué sucedería si ese titán no se marcha? ¿Entregarás a otro niño en contra de su voluntad hasta que la ciudad quede desolada? Lo siento, Erwin, pero éste ha sido el plan más estúpido que has ideado. Te creía más inteligente. Pero solo demostraste ser otra maldita marioneta del imbécil de Zacklay.

Levi supo que sus palabras habían tenido un fuerte impacto en Erwin porque éste ni siquiera logró responder. Mantuvo su mirada en aquel habilidoso soldado, apretando la mandíbula tan firmemente que Levi creyó que estallaría. Pero no había culpa en su mirada ni la intención de decir un «lo siento». Su discurso había tenido un impacto en él, sí, pero negativo.

Erwin estaba convencido que lo que había hecho era algo bueno. No iba a alegrarse si otra persona le decía todo lo contrario, llamándole maldita marioneta cuando él se creía a sí mismo la persona más astuta de la raza humana.

Pero con Levi no obtendría palabras dulces y sonrisas de admiración. Y eso Erwin lo sabía muy bien.

Antes que cualquiera de los dos decidiera abrir sus labios para continuar con la conversación —o abandonarla allí mismo—, una explosión ensordecedora se oyó a lo lejos. Ambos se tambalearon, la tierra tembló por un instante y Levi tuvo que sostenerse del pilar más cercano para no caer de boca al suelo. Erwin alzó la mirada, perturbado, prestando atención al exagerado rayo color verde que se hizo lucir a lo lejos dentro del Bosque de los Árboles Gigantes. Multitud de pájaros emprendieron vuelo y un rugido monstruoso hizo eco entre la ciudad.

Erwin y Levi intercambiaron una vertiginosa mirada, ambos leyéndose mutuamente y llegando a una rápida conclusión antes que pudieran decir algo: el titán.

Nadie dentro de la tropa de soldados conocía exactamente el motivo de ese extraño relámpago que emergía de la tierra. Pero sucedía cada vez que el titán del bosque decidía aparecer. Era extraño, especialmente para Hanji, pues los titanes a los que estaban acostumbrados enfrentarse jamás habían hecho algo similar. Simplemente estaban allí constantemente. Pero éste titán era singular, tal vez tenía alguna especie de poder o algo por el estilo.

A las corridas ambos abandonaron la torre de inmediato. Al llegar al centro de la ciudad, multitud de personas se acercaron a Erwin con temor, preguntando desesperados qué demonios había sido eso.

Erwin los ignoró deliberadamente, adoptando su papel de líder para comenzar a dar órdenes aquí y allá. Hanji apareció entre la multitud, emocionada, hasta acercarse a Levi quien con rapidez se colocaba su Equipo de Maniobras, sabía que Erwin los enviaría al bosque cuanto antes.

—¡Levi! —chillo su compañera, aferrada a su brazo como una garrapata—. ¡Déjame ir contigo! ¡Dijiste que podría ir!

Él asintió disimuladamente, no queriendo llamar la atención de Erwin. Él aún no estaba al tanto de los planes que junto a Hanji pensaban emplear. Y en aquel momento necesitaba que Erwin contara con su ayuda. Ésta era la única oportunidad que tenía para verificar si la niña seguía viva.

—¡Todos a sus puestos! —gritó Erwin—. ¡Mike, tu ve con Levi! Hanji, acompáñalos. ¡Nile, prepara refuerzos! Levi, si la situación se vuelve incontrolable, dispara las bengalas. Enviaremos refuerzos cuanto antes.

Levi asintió con rapidez y le hizo señas a sus compañeros para que le siguieran hasta el bosque.

¡Maten a ese sucio titán! ¡La humanidad está en sus manos! ¡Confiamos en ustedes! Eran los alaridos de los ciudadanos, alentándolos a aniquilar a esa bestia asesina.

Patético.


Mikasa jadeó, intentando pensar.

«Debes correr. Debes correr».

Pero sus piernas no parecían querer responder a sus súplicas. Cuando el humo pareció evaporarse del todo, mejorando su visión, Mikasa pudo contemplar a la perfección el enorme titán frente a sus ojos. Alto, demasiado, rugiendo desenfrenadamente para atacar sin piedad a sus agresores. Mikasa se cubrió los oídos con las manos y reaccionó, incorporándose para esconderse detrás del árbol más cercano.

Lo más lógico sería huir. Huir y nunca regresar, pero la curiosidad era algo que no podía evitar. Seguramente eso acabaría matándola.

El titán golpeó con su enorme mano —casi del tamaño de una roca gigante— a uno de los hombres, estrellándolo con fuerza contra el tronco de un árbol. Mikasa estaba absolutamente segura de que ese hombre había muerto al instante.

El siguiente chilló, acobardado, intentando escapar, pero el titán lo pisó como si de una hormiga se tratase, haciendo crujir sus huesos y esparcir chorros de sangre por doquier, tiñendo el césped de un líquido carmesí.

Era la primera vez en toda su corta vida en donde Mikasa veía la muerte frente a sus ojos, tan cruel y despiadada como era. Pero por alguna extraña razón eso no era lo que le preocupaba, su mente se encontraba divagando en otra cosa, algo mucho más importante que la muerte de esos dos hombres.

Eren se había mordido la mano. Con sus propios ojos había visto llevar sus dedos a su boca para enterrar con firmeza sus dientes en su carne. Luego de eso apareció el titán.

¿Podría ser que…? No. No… eso no era real. No podía serlo… ¿o sí?

El titán se detuvo por unos segundos, lentamente se volteó en dirección hacia ella y Mikasa se ocultó un poco más detrás del árbol. No era su intención pasar desapercibida, seguramente el titán ya la había visto, pero de ese modo se sentía más segura.

El titán pareció intentar acercarse a ella. Su cabello era largo y oscuro, y sus ojos tan verdes como los de Eren. Muy en su interior Mikasa lo supo. Lo supo.

La niña se cubrió la boca con las manos al ver que poco a poco el titán pareció perder su conciencia. Cayó al suelo en un estruendo y nuevamente de su piel comenzó a emanar un vapor caliente. ¿Era éste el momento indicado para salir de su escondite?

De la nuca del titán algo pareció sobresalir. Mikasa dio unos pasos, insegura, y una silueta se desprendió de la piel de esa bestia. Era Eren.

Éste parecía muy consciente y gimió de dolor cuando Mikasa observó largos y resistentes trozos de carne pegados a su piel. Con un alarido Eren se lo arrancó, su piel sangraba y se veía rojiza, como si hubiera sido expuesto al sol durante horas.

Cuando logró desprenderse por completo del cuerpo de ese titán, cayó al suelo de rodillas jadeando con sus manos apoyadas sobre el césped. Armin apareció entre los arbustos, trotando hacia su amigo humano —¿o titan? —, lamiendo su piel cuidadosamente, llevándose consigo la sangre.

El inmenso cuerpo que había dejado atrás poco a poco empezó a desintegrarse, convirtiéndose solo en una gran estructura de huesos secos. Mikasa dio unos pasos hacia adelante, algo insegura, mientras Eren seguía en la misma posición. Lucía como si se le dificultara poder respirar apropiadamente. Pero había algo de lo que Mikasa estaba absolutamente convencida: no tenía miedo. No deseaba correr y esconderse como lo habría hecho una persona normal.

Mikasa deseaba quedarse y preguntar. Tenía demasiadas preguntas.

—Eren… —susurró, sin saber qué otra cosa decir.

El muchacho pareció reaccionar a sus palabras. Limpió su rostro con su brazo, dejando un rastro de sangre que poco a poco se evaporaba, y se incorporó con dificultad, lucía cansado. Hurgó entre la tierra y tomó el collar que tenía su llave, seguramente se había desprendido de él cuando… cuando Eren…

Lo colgó nuevamente alrededor de su cuello y la miró por primera vez desde que abandonó el cuerpo del titán.

Antes de que Eren deseara responder algo, incluso si no sabía qué demonios decir, oyeron voces humanas a pocos metros de ellos.

—¡Veo humo desde aquí! ¡De prisa!

El rostro afligido de Eren cambió a una alerta inminente. Sin decir una sola palabra tomó a Mikasa del brazo y junto a Armin se ocultaron detrás de unos grandes arbustos, agachados y cubiertos por las hojas de las ramas.

Eren cubrió la boca de Mikasa con su mano y le hizo una señal para que se quedara en silencio. A través de las hojas Mikasa divisó a un grupo de personas llegar al lugar exacto en donde el cuerpo del titán se desvanecía. El corazón de la niña latió muy deprisa, eran los soldados de Shiganshina. El sargento Levi se hallaba entre ellos. ¿Habían ido a buscarla?

—¿Qué demonios es esto? —preguntó uno de los soldados, Mike, inspeccionando los huesos del titán.

Hanji tocó los cimientos y estos se desvanecieron sobre el suelo, hechos polvo. Inconscientemente Mikasa pisó una rama y ésta se quebró, provocando un sonido que alertó a Levi. Éste se volteó con el ceño fruncido, pero Eren obligó a Mikasa a inclinarse más contra el arbusto esperando camuflarse lo suficiente para que nadie notara su presencia.

—¿Levi? —preguntó Hanji—. ¿Qué sucede?

No muy convencido, Levi negó con la cabeza y regresó la vista a los huesos del titán.

—Nada —murmuró—. Vamos hacia allá, tenemos que seguirle el rastro.

El grupo de soldados poco a poco desapareció entre los árboles y Eren aprovechó la oportunidad para arrastrar a Mikasa por el bosque. Iban en una dirección contraria a la cabaña, Mikasa se preguntó qué sucedería si los soldados la encontraban.

Armin les seguía el paso con rapidez, adelantándose por instantes, parecía saber muy bien hacia donde se dirigía Eren. El muchacho cojeaba, cansado, y respiraba con dificultad. Durante el viaje ninguno de los dos murmuró palabra alguna.

Llegaron a una cueva repleta de mogo y ramas secas que obstruían el paso. Eren las apartó y le hizo señas a Mikasa para que entrara allí. La niña lo hizo de inmediato, comprendiendo que era el lugar más adecuado para esconderse de los cazadores. Armin entró después de ella y Eren les siguió con cuidado. La cueva era oscura y pequeña, pero perfecta para pasar desapercibidos.

Mikasa se sentó en un extremo y Eren frente a ella. De inmediato Armin se recostó sobre sus piernas, lamiendo su mano y reconfortando a su titánico dueño. Parecía ser el único que comprendía lo que estaba sucediendo.

—Simplemente sucedió —habló él de repente, después de unos minutos de silencio. Mikasa no creyó que diría palabra alguna hasta que ella indagara en el tema. Le sorprendió que fuera el primero en hablar—. Un día, cuando era más pequeño, poco tiempo después de que mi padre se marchara. No sé cómo fue, no lo recuerdo, pero sucedió. Por una razón mordí mi mano y… me transformé en esto.

Mikasa permaneció en silencio. ¿Cómo podría ser eso posible? ¿A caso todos podrían hacerlo? Mikasa miró su mano… ¿Qué sucedía si se mordía a sí misma? ¿También lograría transformarse en un titán? Por un instante recordó el temor del pueblo, los quejidos de Erwin al comentar la multitud de asesinatos que el titán del bosque había cometido contra sus cazadores. Aquello le hizo revolver el estómago.

—Ellos te temen —murmuró la niña—. Los cazadores. Dicen que no se han encontrado sus cuerpos, y otros aparecen muertos…

Eren cerró los ojos, apretando los puños fuertemente.

—No lo hago a propósito, yo… —calló, afligido—. Cuando estoy en mi forma de titán a veces no puedo controlarme. Es como si alguien más tomara posesión de mi cuerpo y me obligara a hacer cosas. Ellos llegan en el peor momento y… sucede.

La niña ladeó el rostro.

—¿No puedes evitar… transformarte?

Eren negó con la cabeza repetidas veces.

—Aunque quisiera… debo seguir transformándome. Es la única manera de mantenerlos alejados.

¿Alejados?

Mikasa se tensó, no muy segura de si deseaba conocer la respuesta.

—¿A quiénes? —susurró, temblorosa.

Eren abrió los ojos y la observó, el misterio escondido detrás de sus pupilas verdes que bajo la oscuridad de la cueva resplandecían como esmeraldas. Eren se incorporó y le extendió la mano, temblorosa.

—Te lo mostraré.

Por un instante Mikasa dudó. ¿Y si era una trampa? ¿Y si deseaba comerla como hacía con el resto de los cazadores que ponían un pie en las tierras del bosque? Eren no había dudado en asesinar a los agresores, pero eran agresores… y se lo merecían. Eren no solo se había deshecho de ellos, sino que había luchado por ella. Para defenderla. Si Eren era una bestia abominable, ¿por qué la había salvado en primer lugar?

Mikasa ni siquiera supo lo que hacía, pero tomó su mano con firmeza y pudo ver tranquilidad en los ojos de Eren. Ella confiaba en él, y eso era todo lo que el niño necesitaba.

Abandonaron la cueva dejando a Armin atrás. El sol poco a poco comenzaba a ocultarse detrás de las montañas, pintando el cielo de un suave color anaranjado. Mikasa siempre había amado el atardecer.

Durante el viaje, el cual fue bastante extenso, Eren no dejó ir la mano de Mikasa en ningún momento. La aferraba con fuerza, guiándola por caminos engañosos que él parecía conocer de memoria. Por instantes cojeaba y Mikasa se preguntaba si tal vez necesitaba descansar. Le manifestó su preocupación pero él dijo encontrarse bien, comentando ligeramente que siempre se sentía algo enfermo después de cada transformación, y Mikasa le creyó. Contemplarlo salir del cuello de su propio titán con sangre por su piel y carne pegada en su cuerpo debía de ser algo muy doloroso, y Mikasa comprendía a la perfección lo que era el dolor físico, su tío Kenny se había encargado de enseñárselo durante mucho tiempo.

La niña dejó de respirar cuando el sol se ocultó por completo abriéndole paso a una noche sin luna y Eren se detuvo al final del bosque. Al final. Nadie había llegado tan lejos antes, nadie se atrevía a pisar ni un centímetro de las tierras salvajes ni siquiera en las canciones de taberna. Nadie conocía lo que había más allá del bosque, más allá de Shiganshina, más allá de lo único que habían llegado a conocer.

Mikasa observó a Eren, algo asustada, y él la miró solemne.

—¿Confías en mi? —preguntó.

La niña ni siquiera pensó antes de asentir como una idiota. Eren jaló su mano hasta el árbol más cercano y le dijo que debían trepar. Mikasa no tenía problema con ello, pero Eren lucía muy enfermo y temía que el esfuerzo pudiera hacerle daño, pero Eren insistió en que no importaba, que él estaba bien. En silencio, Mikasa admiró su determinación.

Con dificultad a causa de la oscuridad de la noche —y un cielo sin estrellas para alumbrar su camino— llegaron a la cima del árbol, demasiado alto para el gusto de Mikasa pero con ramas lo suficientemente anchas y resistentes para que pudieran soportar su peso. Eren y Mikasa se sentaron en una de las ramas y Eren señaló hacia adelante. Demasiado concentrada en no mirar hacia abajo y caer, Mikasa no había tomado cuenta lo que se presentaba frente a sus ojos, no muy lejos de donde ellos se encontraban.

A lo lejos el campo seguía, y seguía, y seguía, tan infinito como ella lo había imaginado. Y estaba repleto de titanes.

Por un efímero instante, Mikasa se olvidó de cómo respirar. ¿Titanes? ¿Titanes en las lejanías, en las tierras salvajes? ¿Cómo demonios era eso posible? Creció oyendo y aprendiendo que los titanes habían sido eliminados hacía siglos, y que el titán del bosque era el único que se había hecho ver después de tanto tiempo, la única amenaza para la humanidad, para Shiganshina.

Le sorprendió la variedad de tamaños. Algunos eran incluso más grandes y gordos que Eren, con narices desiguales y cabello claro. Otros eran tan pequeños que lucían como osos. Otros caminaban en cuatro patas, corriendo de aquí hacia allá de una manera tan estremecedora que hicieron a Mikasa jadear. Eran horribles. Absurdas copias y burlas de los mismos humanos, deformes, como experimentos mal hechos.

Uno de ellos, el más alto, abrió su boca y rugió. No era un rugido amenazante como el de los leones o absurdo como el de los gatos. Su gemido se asimilaba al de un oso, tranquilo, lento y pausado. El sonido hizo eco en todo el bosque, un sonido imponente y melodioso. Era lo único agradable que Mikasa pudo observar en ellos. Era como si cantaran, un eco difuso y tenebroso.

—Eren…

El niño suspiró.

—Incluso si no quiero —empezó— debo transformarme constantemente. Hay algo en mí… no sé que es, pero los mantiene alejados del bosque y de Shiganshina. Ellos desean entrar pero en mi forma de titán, cuando les enfrento… se marchan. De alguna extraña manera puedo controlarlos. El efecto no dura demasiado, por eso debo transformarme y usarlo continuamente. Es la única manera de mantenerlos alejados de la aldea.

Ella lo observó asombrada. ¿Él era la razón por la cual los titanes no se habían hecho ver durante tanto tiempo? ¿Eren era la razón por la cual la humanidad creció creyendo que los titanes habían sido derrotados durante siglos?

—P-Pero… ellos e-estaban extin-

—No, Mikasa —le cortó Eren, algo irritado—. Eso es lo que esos cerdos les hicieron creer. Esa es la mentira que yo creía hasta que mi padre me trajo aquí y me enseñó esto. Esto. La realidad, la verdad que por tanto tiempo el imbécil de Erwin Smith les hizo creer. ¿Crees que los hombres que trabajan con él son cazadores de verdad? ¿Crees que solo cruzan el bosque para conseguir alimento? No. Viajan a estúpidas expediciones para buscar algo más, algo de vida humana en otra parte. Los matan con sus espadas pero siguen apareciendo, y apareciendo, y nunca se marchan.

Aquello era demasiado abrumador para Mikasa.

—¿Ellos… son humanos como tú? —preguntó, señalando la multitud incontable de titanes a lo lejos.

Eren negó con la cabeza.

—No. Ellos son… bueno, no sé lo que son exactamente, pero no son como yo. Puedo transformarme en titán cuando lo desee y volver mi cuerpo original cuando así lo quiera. Pero ellos no. Ellos siempre permanecen así.

—Has estado protegiendo a Shiganshina de los titanes… tú…

Una ráfaga de furia atravesó los ojos de Eren.

—Debería ordenarles a estas ratas —dijo, señalando a los titanes con su mentón— que masacren a todos los cerdos del pueblo por lo que te hicieron. Escoria como esa no merece protección de nadie.

Bom, bom, bom.

El frágil corazón de Mikasa palpitó deprisa a causa de sus palabras. La niña apartó la mirada de Eren con algo de vergüenza y observó a los titanes un poco más, demasiado impresionada. ¿Cómo podía la humanidad haber vivido bajo la sombra de la ignorancia por tanto tiempo? ¿Cómo pudo Erwin Smith haberles mentido de esa cruel y vil forma? Las personas tenían derecho a saber la verdad. Se alegró profundamente de que Eren hubiera encontrado la confianza para enseñárselo.

Mikasa tocó su mano ligeramente. Eren, sorprendido, la observó de reojo. No esperaba aquél gesto.

—Lamento que tengas que hacer todo esto —susurró, bajito.

Eren parpadeó varia veces, impresionado. Seguramente era la primera vez que alguien le decía algo así. Mikasa pensó en su padre, lo había abandonado y su madre había muerto. Vivía solo en el bosque, consiguiendo su comida sin ayuda de nadie, teniendo de único amigo a un pequeño zorro que no podía hablar o abrazarlo. Mikasa sintió mucha pena por Eren.

No merecía tanta soledad. No después de lo mucho que había ayudado durante tanto tiempo.

—Deberías regresar a Shiganshina, Mikasa —dijo Eren—. No es bueno que estés aquí, es peligroso. Si debo transformarme… puedo perder el control. Puedo…

Puedo hacerte daño, pensó.

Mikasa deseó protestar. Patalear, chillar y llorar. No quería regresar, no quería volver a Shiganshina nunca, sobre todo si su tío era quien —forzadamente— tendría que hacerse cargo de ella. Pero la niña era diferente ahora, más fuerte, más valiente gracias a ese niño de ojos verdes que la observaba con una mirada de súplica.

Y así como Eren sufría día tras día en la soledad de ese bosque, Mikasa supo que no dejaría que ambos sufrieran de esa manera otra vez. Mikasa ya no se sentía sola y Eren tampoco lo haría jamás. Ella se encargaría de que así fuera.

Asintió suavemente. No sabía qué demonios sucedería si regresaba. ¿La aceptarían con los brazos abiertos? ¿La enviarían de regreso al bosque? No lo sabía, pero estaba totalmente convencida de que jamás revelaría la identidad de ese titán. Sugeriría la excusa de que se marchó, sin ceder a utilizarla como su alimento diario. Mikasa era buena para mentir, vivir con su tío la había convertido en una gran mentirosa, no le preocupaban las excusas.

Le preocupaba Eren.

—Pero regresaré todas las noches a visitarte —confesó, muy seria—. Ni un día más, ni un día menos.

Eren sonrió suavemente, agachando la cabeza.

—Sabía que dirías algo así —suspiró pesadamente—. Será mejor que nos marchemos.

Terminada la conversación y echándole un último vistazo a la manada de titanes a lo lejos, Eren y Mikasa abandonaron el árbol con algo de dificultad. La niña respiró tranquila cuando sus pies tocaron el suelo, más tranquila de haber abandonado ese gigantesco árbol que le hacía estremecer la barriga. A Mikasa nunca le gustaron los lugares muy altos.

La niña se sorprendió al notar que Armin estaba junto al tronco, sentado. Tal vez se cansó de esperar dentro de la cueva y salió a su encuentro, rastreándolos con su bonita nariz negra. Mikasa lo alzó en sus brazos y la criatura dejó escapar una especie de gemido entremezclado con ronroneos, lucía contento de estar en sus brazos.

Poco a poco Mikasa y Eren comenzaron a caminar de regreso. Sabía que Eren estaba guiándola hacía el sendero que llevaba a Shiganshina, la idea de regresar le hicieron estremecer. El cielo dio fuertes sacudidas dejando ver infinidad de relámpagos detrás de las nubes, amenazando una fuerte tormenta. El aire se sentía húmedo, el olor a una lluvia que todavía no había comenzado se impregnó en sus fosas nasales.

Al llegar al punto en donde supo que debían de separarse, Mikasa bajó a Armin dejándolo en el suelo para acariciar su cabeza en modo de despedida.

Se volteó hacia Eren. Éste se agachó y cogió algo de barro con las manos, luego lo pasó por el rostro de Mikasa, su pelo y sus hombros. Ella rió un poco, hacía cosquillas.

—Si te ves normal y bonita nadie creerá que te perdiste en el bosque —murmuró él, despeinando su cabello.

Mikasa olvidó como respirar cuando él pronunció, de forma aburrida y desinteresada, la palabra bonita.

Bonita.

«Piensa que soy bonita»

Aquella frase perduraría dentro de su mente durante largos, largos días… impidiéndole el sueño.

—Eh, ¿me oyes? ¿Sigues ahí? —llamó él, agitando su mano frente a su cara.

La niña parpadeó, abandonando su estúpido transe y asintiendo rápidamente.

—S-Sí…

—Bueno, solo sigue el sendero. Desde aquí se ven las antorchas de la ciudad. Si alguien te encuentra… bueno, ya sabrás que decir.

Mikasa asintió, no muy segura. Un ligero y efímero vaho se desprendió de sus labios cuando ella suspiró, nerviosa de regresar, y Eren pareció notarlo. Lentamente se quitó su bufanda roja y rodeó el cuello de Mikasa con ella.

—Quédatela.

La tela de esa bufanda era la cosa más suave y perfecta que la niña había experimentado contra su piel. Su aroma era abrazador. Podía percibir su fragancia a primavera y otoño, el olor de los jazmines que decoraban la cabaña del niño y el perfume inefable de la madera cortada. La esencia de manzanas verdes… y Eren. Especialmente Eren.

—Vale —murmuró Mikasa, entrecerrando suavemente sus frágiles dedos dentro de su pañuelo carmesí—. Bueno… adiós.

Sin saber que otra cosa decir o hacer, Mikasa se volteó dispuesta a seguir el sendero directo a Shiganshina. Eren tenía razón, las luces de las antorchas podían visualizarse a la perfección desde esa distancia. Pero la cálida voz de Eren la tomó desprevenida, obligándola a voltearse hacia él.

—Regresarás mañana… ¿verdad?

Mikasa pudo percibir cierta inseguridad en su voz, incluso cuando estaba segura que esa no era la intención de su comentario. Eren había permanecido en ese bosque completamente solo durante tanto tiempo… que el haber conocido alguien como ella, alguien que no le juzgaba por sus acciones ni tenía miedo de lo que él era o podía hacer, era agradable y frágil a la vez. Tan frágil que la niña podría macharse y nunca volver, y el niño quedaría solo otra vez.

Ella sonrió un poquito, oculta bajo la tela de su nueva bufanda.

—Siempre regresaré.

Agitando su mano en una leve despedida, Mikasa se volteó para marcharse. La silueta de un muchacho con un pequeño zorro a su lado fue lo último que dejó atrás antes de desaparecer entre la oscuridad del bosque.


—Creo que deberíamos regresar, Levi. Lo hemos buscado por todas partes y no aparece, ese maldito sabe muy bien como ocultar su rastro.

Levi gruñó bajo la oscuridad de la noche. Guardó sus espadas con desinterés, admitiendo en su fuero interno que había sido una absoluta pérdida de tiempo tanto equipamiento para nada. Había anochecido hacía rato y no había señales del titán, solo un montón de huesos que se desintegraron por completo, transformándose en polvo.

Hanji fue quien peor salió parada. El brillo con el que había abandonado la ciudad para adentrarse en el bosque había desaparecido por completo, demostrando su frustración y desconcierto ante otra expedición fallida.

—Erwin se molestará al saber que no hemos encontrado nada —comentó Mike, de regreso a Shiganshina.

—Al demonio con Erwin —protestó Levi.

Su compañero, aquél que lamía la mierda que Erwin Smith cagaba día a día le dedicó una gélida mirada.

—¿Qué has dich-

Un sonido sordo les hizo pegar un salto de asombro. Se voltearon con sus espadas desenvainadas, dispuestos a luchar contra cualquier cosa que se les opusiera en el camino, cuando Hanji chilló de sorpresa alzando su mano hacia adelante.

—¡Mira! ¡Es la niña!

Levi fue el primero en reaccionar. Guardó sus espadas de inmediato y corrió hacia ella. Mikasa yacía tirada en el suelo, inconsciente y mugrienta, repleta de barro y hojas secas incrustadas en el cabello. Sin pensarlo ni siquiera un segundo —y después de comprobar que respiraba y aún seguía con vida— la cargó fácilmente en brazos y transitó el sendero de regreso a la ciudad.

—¿Qué demonios estás haciendo, Levi? —gritó Mike, enfadado—. ¡Déjala allí, el titán podría aparecer en cualquier momento y-

—Hazme un favor, Mike —habló Levi sin detener su caminata. Hanji era la única que lo seguía—. Cierra la maldita boca.

Erwin iba a ponerse furioso. ¿Kenny? Aún más. Levi curvó sus labios en una sonrisa amarga.

Bien.


¡Hello Everybody!

Uff, al fin lo terminé, me costó un poco incluso cuando sabía bien lo que iba a suceder en este capítulo.

Como ven, poco a poco algunos misterios se van resolviendo (?). Esa cosa que Eren tiene la habilidad de hacer sobre el resto de los titanes, claramente, es la famosa coordenada, la cual aparece en el manga y le trajo bastantes problemas a nuestros protagonistas xD

Levi como siempre fiel a sus ideales y dispuesto a hacer lo que cree que es correcto para él, incluso si tiene que pisotear las órdenes de Commander Handsome.

En fin, no hay mucho más que decir excepto ¡GRACIAS! por todos sus reviews. De verdad, los amo a todos, me pone muy feliz que esta loca idea les guste y quieran leer más. Ya saben, si tienen alguna sugerencia, algo que les gustaría ver en la historia pídanla sin miedo :) veré si puedo incluirla en la trama.

¡Hasta la próxima!

Mel.