«I will always return»
Personajes de Hajime Isayama.
Summary:
Eren es un titan cambiante que vive en el bosque. El pueblo de Shiganshina le teme, así que proponen otorgarle un sacrificio con la condición de que se marche de las tierras y nunca regrese. Mikasa es una niña del pueblo que es ofrecida como el sacrificio. Cuando es abandonada en el bosque, en lugar de encontrar una bestia abominable, encuentra a un muchacho solitario. Eremika. AU.
#Notasquetodosaman(?):
¡Actualiseishon!
—o—
Levi podía sentir el vertiginoso latir del corazón de la niña, inmóvil contra su pecho, su cabello bailoteando al compás de sus pisadas agitándose de un lado a otro con una gracia indescriptible. También podía oír los quejidos de Mike intentando alcanzar su acelerado paso, interviniendo con palabrotas poco refinadas con la intención de que regresara al bosque y dejara a la niña de regreso. Por supuesto que Levi en ningún instante decidió detenerse.
Hanji caminaba a su lado inspeccionando débilmente a la pobre niña desmayada, intentando encontrar alguna herida de gravedad en su cabeza, algún motivo que justificara el abandono y la manera en que la habían hallado, completamente desplomada en la tierra.
Las antorchas de Shiganshina alumbraron el rostro de Levi mientras fue entrando hacia la ciudad como quien ingresa a los terrenos de un temible oso, completamente consciente que será una fácil carnada, pero sin temor alguno. Hacía mucho tiempo que Levi dejó su temor atrás.
La multitud que esperaba el regreso de los héroes dio chillidos ahogados al ver regresar al soldado —para ellos, cazador— más fuerte de la humanidad, cargando con la carnada que traería victoria a la población y los libraría del temible titán que habitaba el bosque.
Levi no se detuvo en ningún instante. Junto a Hanji se adentraron entre la muchedumbre, viéndose éstos obligados a apartarse para dejarle pasar. Erwin se hizo presente entre el gentío, tal vez creyendo que los quejidos de los aldeanos apuntaban hacia alguien herido, pero no fue eso lo que sus ojos encontraron.
La mirada de Erwin Smith viajó hacia el paquete que Levi cargaba entre sus brazos con cuidado y firmeza, más sorprendido que toda la multitud que los rodeaba.
—L-Levi, qué…
—Hazte a un lado, Erwin —pidió Levi. No, más bien lo ordenó, invirtiendo los papeles por una milésima de segundo—. Hanji, trae a Petra, que prepare la habitación del cuartel.
Hanji ni siquiera volteó para pedir la aprobación de Erwin, hizo lo que Levi ordenó como si se tratara del mismísimo líder del pueblo y desapareció entre la multitud con un estupefacto Mike a sus espaldas.
Zacklay apareció detrás de Erwin, furioso.
—Maldito mocoso desgraciado —se quejó—. ¡Qué demonios has hech-
Levi ni siquiera le dejó terminar de hablar, siguió caminando hacia su destino dejando a Zacklay absolutamente estupefacto ante tal falta de respeto. Petra se hizo ver a lo lejos, alzando los brazos en señal de que todo estaba listo. Pero aún faltaba lo mejor, Levi no podía dejar a la niña dentro de la habitación sin probar el postre final.
De reojo y no muy lejos de él, Kenny el Destripador se abrió paso entre la multitud, quitándose ese estúpido sombrero mientras el sudor de su frente dejaba en evidencia cuan sorprendido estaba ante lo que tenía frente a él. Erwin y Zacklay se acercaron a él, temiendo que su reacción fuera algo precipitada, pero Kenny no hizo nada más que observar, absorto, el cuerpo de su sobrina en brazos de Levi.
—¿Mikasa? —la voz de un niño se hizo oír a sus espaldas—. ¡M-mikasa! ¡Mamá, es Mikasa!
Era Jean, el hijo del panadero de la ciudad.
—¡No, déjame, quiero ir! ¡Suéltame! ¡Mikasa!
Dejando la multitud atrás, Levi ingresó al cuartel principal acompañado de Hanji y Petra, caminando a su lado por los pasillos con demasiada urgencia. Ninguno de los tres dijo palabra alguna, pero Levi bajó la mirada y observó a Mikasa completamente desmayada, o dormida, o lo que fuera.
Cuando Petra le indicó la habitación que había preparado para la niña, Hanji abrió las cobijas de la cama y acomodó los almohadones, entonces Levi recostó a Mikasa sobre el colchón con mucho cuidado. Su piel se sentía fría ante el contacto así que la cubrió con las mantas, sintiéndose completamente extraño al efectuar dicho gesto. Miró a sus compañeras con cansancio y se sentó en una silla frente a la niña, Petra descansó suavemente su mano en el hombro de Levi, reconfortando a su compañero.
—¿Ahora qué? —preguntó.
Aquella era una gran pregunta. ¿Ahora qué? ¿Qué sucedería después? ¿Erwin se desquitaría con él, abandonándolo en el bosque y convirtiéndolo en la nueva carnada del titán? En aquel momento ese tipo de preguntas no tenían ningún efecto en él. El futuro sería lo que debiera ser, pasara lo que tuviera que pasar. Suspiró, observando a Mikasa dormir tranquilamente, su pecho subiendo y bajando con lentitud.
—Mira lo que me haces hacer —le murmuró, incluso si ella no podía oírle—. Demonios…
Pero Levi no podía estar más equivocado. Mikasa había oído cada una de sus palabras.
«Mira lo que me haces hacer, demonios»
Fue lo último que oyó antes de quedarse dormida. Ese no era su plan inicial. Desde el principio se había desvanecido contra la maleza del bosque con la intención de que los soldados pudieran hallarla así, casi muerta, y no tuvieran más remedio que traerla de regreso a Shiganshina. Durante su recorrido en brazos de su salvador, el Sargento Levi, Mikasa mantuvo sus ojos cerrados, el vaivén de su héroe arrullándola como a una niña pequeña provocando en su cuerpo un sueño inminente.
Aún seguía medio despierta cuando sintió sus brazos depositarla sobre un cómodo colchón. Entonces Mikasa se abandonó a sí misma, dejándose llevar por el cansancio que controlaba su cuerpo y dejando en manos del destino el futuro mañana, la opinión de Erwin Smith sobre su regreso y la mirada gélida que su tío Kenny le dedicaría al verla de nuevo.
Sucumbió ante la oscuridad, susurrando en su mente un delicado «lo siento» al Sargento Levi.
«Siento que estés en problemas por mi culpa»
Algo dentro de su cabeza le dijo que debía despertar. «Ya abre los ojos, debes despertar…» Mikasa luchó contra ese impulso, pero fue imposible. «Despierta, despierta…»
Su cuerpo se sentía bien a pesar del aroma a bosque y barro que desprendía su piel. No recordaba haberse lastimado o algo por el estilo, su cabeza tampoco dolía, no había ninguna razón por la cual deseara mantener los ojos cerrados por más tiempo y dormir un poco más. Sin embargo sabía que debía regresar a la realidad, abandonar su cálido sueño profundo y regresar a Shiganshina. No había olvidado la promesa que le hizo a Eren, prometió regresar y no podía hacerlo si aún seguía dormida.
Poco a poco despegó sus párpados, sintiéndolos pegajosos y pesados. ¿Cuánto tiempo había dormido? Suspiró, humedeciendo sus labios secos con la punta de su lengua y se encontró a sí misma dentro de una pequeña habitación de paredes de ladrillo. Frunció el ceño, recordando que estaba dentro del Cuartel, o al menos era allí donde el Sargento Levi tenía la intención de llevarla.
Se sobresaltó al ver la curiosa mirada de una mujer detrás de unos grandes lentes. Era Hanji Zoe, una de las… ¿cazadoras? No sabía exactamente cuál era el rol de Hanji dentro de los cazadores… pero ésta la observaba con mucha satisfacción, feliz de saber que no estaba muerta o algo por el estilo.
—¡Oh, ya despertaste! —exclamó, con más euforia de la debida—. Qué bueno.
Mikasa parpadeó, algo confundida, y se sentó con lentitud sobre la cama. Se sorprendió de encontrar al Sargento Levi recargado junto a la puerta, observándola de brazos cruzados. ¿Por qué la había salvado? Él era la mano derecha de Erwin Smith, ¿por qué había osado a desafiar a su superior solo por alguien como ella? Había arriesgado demasiado.
—¿Estás bien? —preguntó Hanji, dejando descansar su mano sobre su hombro.
Mikasa asintió sin decir nada más, y el Sargento dejó escapar un profundo suspiro.
—Iré por Erwin.
Dicho aquello, abrió la puerta y el sonido de sus pisadas se desvaneció entre los pasillos. Miró a su alrededor. Aún seguía con sus mismas ropas, la bufanda de Eren fuertemente anclada alrededor de su cuello. Su cabello se sentía duro y áspero, tampoco olía muy bien.
Podía sentir la mirada de Hanji sobre su rostro, inquietándola. Aquella mujer era realmente extraña y casi todos los niños de Shiganshina le temían. Uno de los amigos de Jean, Connie, aquél niño que a Mikasa le caía demasiado mal, decía que por las noches Hanji abandonaba sus lentes en su recámara y visitaba las casas de los niños para capturarlos, cocinarlos y comerlos. Aquella historia le parecía terriblemente absurda, pero sus tripas no dejaron de revolverse al notar la persistente mirada de la mujer sobre ella.
Mikasa la miró de reojo, y Hanji se acercó un poco a ella en un gesto confidencial.
—Y… dime… —empezó, sus mejillas enrojecieron y encaró las cejas, muerta de curiosidad—. ¿Has visto al titán? ¿Cómo es? ¿Tiene aparatos reproductivos? ¿Qué tan grande es su-
La niña agradeció inmensamente que el Sargento Levi hubiera decidido llegar en el momento exacto, interrumpiendo lo que sería una vergonzosa conversación de la cual se arrepentiría toda su vida. Erwin y Zacklay le seguían por detrás, y Mikasa apretó los puños, tensa.
¿Qué pasaría ahora? Su vida yacía en manos de esos dos hombres.
Cerraron la puerta y Levi se recargó contra la pared, la misma posición que mantenía adoptada horas antes. Zacklay se colocó junto a Hanji y Erwin decidió sentarse al borde de la cama, frente a Mikasa. La niña se acurrucó las piernas junto a su pecho. Aquel momento sería decisivo, la curiosidad se veía reflejada en sus miradas y preguntarían, demasiado. Pero Mikasa tenía memorizada a la perfección la mentira que cruzaría por sus labios.
Internamente le agradeció a Kenny. Si no fuera por él, Mikasa jamás habría logrado aprender a mentir tan bien.
—¿Cómo estás, Mikasa? —preguntó Erwin, en un tono suave y melodioso.
Mikasa evitó hacer contacto visual con él, asintiendo despacio, mirando sus manos manchadas con barro seco.
—Sé que esto es complicado —susurró el comandante—. Pero-
Zacklay interrumpió su discurso con un gruñido áspero.
—Ah, maldita sea, Erwin, ve al puto grano —replicó, y miró a Mikasa de una forma mucho más dura—. Habla ya. ¿Has visto al titán? ¿Por qué no aceptó el sacrificio? Hemos visto la explosión, así que ni se te ocurra mentir porque juro que…
—Eh —advirtió Levi, hablando por primera vez—. Cuida tu asquerosa boca, viejo apestoso…
Cuando Zacklay se volteó para poner a Levi en su lugar, Mikasa habló.
—Sí, vi al titán —murmuró, captando la atención de todos—. Lo encontré al segundo día. Intenté esconderme p-pero… él murió —miró a Levi de reojo—. Te oí en el bosque… seguramente encontraste sus huesos, se evaporaban, no sé por qué…
Levi frunció el ceño lentamente.
—Habían dos cuerpos humanos allí…
Mikasa apartó la mirada y asintió.
—Aparecieron poco antes de encontrar al titán. Creo que eran cazadores, o no lo sé… intentaron atacarme pero el titán apareció. Uno de ellos… le hirió, n-no vi como… pero el titán los mató y después de eso cayó. Vi un rayo, una especie de… explosión, y él murió.
Un silencio sepulcral invadió la pequeña habitación del cuartel. Cada uno de ellos demasiado aborto en sus pensamientos, mientras Mikasa deseaba en lo profundo de su interior que su testimonio fuera lo suficientemente creíble para que la dejaran en paz.
Erwin alzó la mirada hacia Levi. Al parecer el antiguo enfrentamiento que tuvieron no importaba en ese entonces.
—¿Es verdad lo que dice, Levi? —preguntó—. Lo de los huesos…
Levi asintió.
—Sí. Para cuando llegamos ya eran casi cenizas.
Hanji suspiró, sosteniendo su mentón.
—Mmmh… curioso. Hemos visto los huesos disecados muchas veces, pero jamás un rayo antes de que eso suceda. Los reportes indicaban que el titán poseía inteligencia. Mikasa, ¿el titán formuló alguna palabra cuando te vio por primera vez?
Por su comentario, Mikasa supo que Hanji se refería al resto de los titanes, esos que había visto más allá del Bosque de los Árboles Gigantes. Los cuales, según Eren, Shiganshina mantenía en secreto. Sin embargo nadie protestó ante el comentario de la cazadora, ni intentaron suplicarle que cuidara sus palabras. A este punto nada importaba.
La niña negó repetidas veces con la cabeza.
—No. Solo rugió muy fuerte.
Erwin suspiró.
—Quiero que envíes soldados al bosque para verificar que el titán realmente está muerto —dijo, mirando a Levi.
Éste asintió en silencio, pero no le miró a los ojos.
Erwin volteó la mirada hacia Mikasa.
—Lamento por lo que has tenido que pasar —dijo. Mikasa deseó encarar las cejas. ¿Cómo podía disculparse cuando había sido él mismo quien la había enviado a ese bosque sin piedad alguna? Levi resopló ante su comentario—. Ahora que el titán está muerto, podemos decir que la ciudad se encuentra a salvo. No debes tener miedo, podrás quedarte y toda esta situación quedará en el pasado. Tómalo como una especie de… pesadilla que ya ha terminado. Tu tío Kenny está esperándote en el cuartel. Iremos a informarle que estás lista para marchar a casa.
No, no, no.
No Kenny.
Erwin se marchó junto a Zacklay y Hanji, sin embargo Levi permaneció en la habitación. Éste se vio más relajado después de que el resto se marchó. Caminó hacia la cama y se sentó en la punta, cansado y serio. Cubrió su rostro con las manos, masajeándolo continuamente. Mikasa sintió pena por él. Lo observó con cuidado, era la primera vez que lo tenía tan cerca. Jamás había entablado conversación con él, solo sabía que se llevaba demasiado mal con su tío Kenny y éste nunca dejaba de soltar pestes contra el Sargento, tachándolo de un mocoso insolente y un enano insoportable.
Mikasa ignoraba sus comentarios. Levi jamás se había comportado mal con ella o con Jean, la mayoría de las veces les ignoraba y solo se lo veía patrullando por los tejados de las viviendas. Todos lo admiraban y ponían sus vidas en sus manos, confiando en que Levi siempre los mantendría a salvo.
La niña tragó saliva sonoramente.
—Lo siento —susurró, logrando que Levi abandonara sus masajes para voltear a verla sin comprender a qué se refería. Lució sorprendido de oírla hablar—. Me ayudaste. De seguro eso te metió en problemas con Erwin. Lo siento…
—No te disculpes, niña —replicó—. No has hecho nada malo. En tal caso el que debería disculparse soy yo. Tendría que haber hecho más que solo chillar como una perra para que no te dejaran en el bosque.
Mikasa no pudo evitar soltar una pequeña risita ante su «chillar como una perra». El Sargento Levi poseía la fama de tener una boca demasiado sucia, pero aquella era la primera vez que Mikasa lo comprobaba personalmente.
La sonrisa de su boca se desvaneció cuando la puerta se abrió de golpe, era Hanji.
—Kenny está aquí —anunció.
Los puños de la niña se paralizaron y su corazón latió demasiado deprisa. Sin pensarlo siquiera, dirigió su mirada hacia la de Levi, algo inquieta. Como si deseara pedirle ayuda o buscar su protección, aunque esa no había ido la intención de la niña. La pena tomó posesión del Sargento y con un lamentable suspiro, se incorporó y le tendió la mano, dispuesto a ayudarla a salir de la cama.
Temblorosa, Mikasa se aferró a ella, su piel sudaba. Cruzaron la puerta hacia el pasillo y al final de éste yacía su tío, se veía inquieto y parecía estar discutiendo con Zacklay. Se detuvo cuando la observó llegar, sorprendido de verla allí frente a él.
Volvió a alzar la mirada hacia Levi, como preguntándose si ya era la hora de avanzar hacia su tío, de marchare con él. Hanji le entregó al Sargento una chaqueta negra y éste la colocó gentilmente sobre los hombros de Mikasa. La niña se sorprendió ante tal gesto. Lo había visto numerosas veces especialmente en la madre de Jean. Cada vez que él solía abandonar su casa para dar un paseo con su amiga su mamá colocaba sobre sus hombros un abrigo en un gesto cariñoso, protector y reconfortante.
Mikasa jamás había recibido un gesto como ese de nadie.
Sin saber qué decir o hacer, Mikasa dispuso avanzar hacia Kenny. Cuando llegó hacia él, éste se agachó y le proporcionó un desesperado abrazo.
—Oh, Mikasa… —sollozó, acariciando su cabello constantemente—. Mi pequeña… ¿estás bien? Maldita sea, mira como te ves. No te preocupes, estarás bien ahora. Gracias al cielo que estás viva, hija. Tú sí que eres un Ackerman. Ackerman hasta los huesos, fuerte como un roble. Ven, vamos a casa.
La niña se mantuvo rígida durante todo el abrazo, preguntándose si estaba ebrio o loco. Pero no había aroma a alcohol, así que no podía ser la bebida. Al separarse de ella la sostuvo por la mano, se despidió de Zacklay con una fría mueca y caminaron hacia la salida.
Mikasa se volteó ligeramente mientras Kenny la arrastraba hacia la ciudad, dedicándole una última mirada al Sargento Levi quien no había despegado sus ojos de ella en ningún momento.
Cuando la niña abandonó el cuartel Levi suspiró de manera melancólica. ¿Por qué demonios se sentía de aquella manera?
—Joder —masculló, Hanji mirándolo con curiosidad a su lado—. Pobre chiquilla.
Mikasa se sorprendió de hallar un lujoso carruaje frente a la puerta del cuartel. Según su tío, Erwin les había prestado el servicio para que pudiera llegar a su nueva casa sana y salva. Sí, nueva casa. Por alguna extraña razón durante los pocos días en los que Mikasa se hallaba ausente Kenny consiguió muchísimo dinero y compró aquella casa que tanto había deseado durante años. Mikasa se preguntó si aquello era una especie de broma pesada o algo por el estilo, pero Kenny insistió en que la casa era nueva, grande y hermosa.
Durante todo el viaje se mantuvieron en silencio, Kenny mantenía los puños apretados observando el paisaje sobre la ventanilla del carruaje y Mikasa se aferraba a su bufanda roja. Aún tenía el aroma de Eren. Ese pensamiento le hizo suspirar.
Al abandonar el carruaje, Mikasa miró asombrada su nueva casa. Incluso si no deseaba regresar a vivir con su tío esa inmensa vivienda prometía otorgarle días más amenos de ahora en adelante. La antigua casa en la que vivían era demasiado pequeña y pobre, Mikasa no tenía espacio para ella misma y constantemente tenía que compartir todo con su tío. Ahora sería diferente, ella podría ignorarlo las veces que deseara y probablemente no lo vería durante todo el día, conociendo a su tío y su afición por sus tardes en la taberna.
Al entrar a la casa, Mikasa alzó las cejas con sorpresa. Era mucho más bonita de lo que parecía desde afuera. Una hermosa chimenea decoraba el salón principal, rodeada de sofás verde esmeralda y una alfombra tan roja como la sangre. Las escaleras hacia los pisos de arriba parecían eternas y la iluminación era abundante.
—Ve a bañarte, estás mugrienta —se quejó él.
Por un momento todo minúsculo atisbo de esperanza ante ese falso abrazo que le había dado al verla llegar desaparecieron como agua evaporada. Su tono hostil y brusco regresó a su voz, y Mikasa supo que todo había sido una actuación. Suspiró, sabía que sería de esa manera. Con Kenny siempre era de esa manera.
Sin responder nada en concreto, sola, Mikasa subió las escaleras hacia el piso de arriba suponiendo que el baño se hallaba allí. Encontró su propia habitación por casualidad, lo supo porque varias de sus antiguas pertenencias estaban allí, como su cama y su espejo de mesa. Sobre la cama yacía una pequeña bolsa con algo de ropa, demasiado escasa para su gusto, pero ya se las arreglaría para pedirle a Kenny que le comprara más.
Eligió lo que usaría aquella tarde y se dirigió hacia el baño. Reunió todo el agua caliente que pudo y vertió los baldes sobre bañera de madera. Se desnudó, dejando su bufanda apilada a un costado para asegurarse que no se mojara, y entró al agua.
No estaba demasiado caliente, pero en aquel momento poco le importaba esos detalles. Mojó su cabello y pegó sus rodillas contra su pecho, abrazándose poco a poco.
No planeaba llorar, pero lo hizo. Las lágrimas descendieron sobre sus mejillas y Mikasa no estaba del todo segura por qué. Tal vez por la falsa bienvenida de su tío, saber que su presencia solo era una molesta para él y ni en un millón de años se alegraría de su regreso. Tal vez lloró por la manera en la que Levi colocó sobre sus hombros esa chaqueta negra, atribuyéndole un acto de cariño o simpatía que nadie jamás había manifestado ella hasta ahora.
Lloró por unos padres muertos a los que jamás había visto ni siquiera en una fotografía, un cuadro, una carta… lloró por su eterna soledad, y el futuro incierto que le amenazaba en manos de Kenny.
Cuando el agua se congeló lo suficiente para hacerla tiritar, Mikasa abandonó la bañera y se vistió con su ropa. Al marchar hacia la cocina, vio a su tío dejando un plato de abundante comida sobre la mesa. Pollo asado con patatas y arroz. A Mikasa se le hizo agua la boca.
La cocina era grande y acogedora. Para su sorpresa estaba muy limpia, considerando lo desordenado que era su tío.
—Come —dijo, firme, y esperó a que Mikasa se acercara hacia la mesa donde la silla reclamaba por ser utilizada.
Cuando Mikasa se sentó y empezó a comer, muerta de hambre, Kenny se sirvió algo de whiskey en un vaso. Le entregó un vaso de jugo a su sobrina y se sentó frente a ella, observándola como quien mantiene en la mira a su enemigo esperando su próximo ataque.
La niña evitó mirarle constantemente, se concentró en su plato y masticó cada trozo de pollo despacio, intentando no atragantarse a causa del hambre que tenía. Un pequeño impulso recorrió sus venas y miró la cocina de reojo, con la boca llena.
—La cocina se ve muy ordenada —murmuró suavemente, luego miró a su tío—. ¿Tú la limpias?
Kenny apretó la mandíbula, sosteniendo con firmeza su vaso de whiskey. Rió muy agriamente.
—Estás disfrutando esto, ¿verdad? —Su pregunta fue absolutamente retórica—. Sí, seguro que lo haces. Debes sentirte tranquila ahora que tienes a Levi de tu parte, ¿no es así? Ahora que te veo bien, ambos se parecen mucho. Son igual de… idealistas, románticos, sensibles… hasta poseen los mismos ojos. Curioso… ¿verdad?
Mikasa apretó los puños con fuerza, sintiendo en sus párpados una inevitable acumulación de lágrimas.
—Yo- —empezó, pero Kenny interrumpió su débil protesta.
—Ya cierra la boca —se quejó, incorporándose de la silla para regresar el vaso a la mesada—. Si tu mera presencia me irrita, oírte hablar es aún peor. Eres como una peste de la cual no me puedo deshacer, no importa cuán lejos me largue siempre estas detrás de mi trasero siguiéndome cual perro moribundo.
Con una rebelde y escurridiza lágrima escapándose de sus ojos, Mikasa deseó largarse al bosque otra vez, regresar a la cabaña rodeada de flores jazmín y probar las fresas que Eren recogía todas las mañanas.
Kenny suspiró pesadamente, cansado.
—Iré a comprar unas cosas, regreso al rato. Para cuando vuelva espero que sigas aquí.
Su tío tomó su sombrero colgado en la silla y se lo puso, dirigiéndose hacia la puerta y cerrándola con brusquedad al abandonar la casa. Mikasa apretó los puños, llorando en silencio, y abandonó la cocina y su plato a medio terminar para ir a su habitación. Incluso si la casa era demasiado grande y ahora estaba sola, dentro de su cuarto sabía que se sentiría más cómoda.
Al llegar se dejó caer sobre la cama y tomó en sus manos la bufanda de Eren. La acercó a su rostro, oliendo su fuerte perfume, y decidió colocársela alrededor del cuello. Aún era mediodía pero aún así Mikasa no podía esperar a que llegara la noche. El momento en donde abandonaría su nuevo hogar para visitar a Eren en el bosque.
Sabía que sería arriesgado, pero Mikasa estaba decidida a correr el peligro solo por verle una vez más. Sonrió un poco al pensar en él, sintiendo palpitar su corazón con furia. Pero su sonrisa se borró cuando oyó un ruido cerca de su ventana.
Se incorporó, asustada. ¿Qué había sido eso? Miró de reojo la ventana, sin atreverse a acercarse.
—Ah… —alguien exclamó—. Mi… ¡Mikasa! ¡Eh, Mikasa!
La niña abrió los ojos con sorpresa.
—¿Jean?
Salió de su cama, descalza y correteando hacia la ventana. Abrió cada vidrio a un lado para encontrar a su mejor amigo intentando trepar el árbol que decoraba su nuevo jardín, casi llegando a la rama principal que conectaba con su ventana. Ella le miró asombrada pero sumamente feliz. No había tenido oportunidad de verlo desde que llegó.
—¡Jean, vas a caerte!
Él hizo un quejido.
—E-Estoy bien. Acabo de ver que tu tío se marcho. ¡Venga, vámonos!
Mikasa hizo una mueca. Se metería en un gran lío si se escapaba de su casa por un rato y Kenny llegaba para encontrarse con que ella no estaba ahí. Pero Mikasa de verdad quería estar con Jean, aunque fuera solo unas pocas horas. Soltando un suspiro de resignación ante las locuras que su mejor amigo le obligaba a hacer, Jean descendió del árbol con cuidado y Mikasa abandonó su ventana para sostenerse de la rama, deslizándose por el tronco hacia abajo mientras Jean le daba una mano.
Tocó tierra firme con tranquilidad, agradeciéndole a Eren por haberla obligado a trepar ese inmenso árbol del bosque con la intención de ver a los titanes. Ahora se podía decir que era una escaladora de árboles profesional.
Jean y Mikasa se miraron durante un segundo, sin saber qué decir, pero Jean rompió el silencio acercándose a ella para abrazarla fuertemente. Mikasa correspondió el gesto cálidamente, Jean siempre se había comportado de una manera muy expresiva con ella.
—Te extrañé mucho —susurró cerca de su oído, su voz lucía temblorosa. ¿Estaba llorando? — Creí que morirías…
Mikasa lo apartó para encontrar una lágrima deslizándose sobre su mejilla. La apartó con sus dedos y él sonrió levemente. Tomó su mano con firmeza y comenzaron a caminar por los alrededores de la ciudad. La situación habría sido demasiado incómoda si Jean no estuviera acompañándola. Cada persona del pueblo la observaba susurrando por lo bajo a sus espaldas. Aunque Mikasa no podía escuchar con exactitud lo que decían, las palabras sacrificio y titán eran repetidas con frecuencia, incomodándola.
Intentó ignorar el hecho de que era el maldito centro de atención de la ciudad y continuó caminando junto a Jean, hablando mucho y nada a la vez. Él le preguntó si había visto al titán, como demonios había logrado sobrevivir dos días enteros dentro de ese espantoso bosque. Mikasa se las ingenió para crear una falsa historia sobre lo sucedido, poniendo cuidado en sus palabras para no hablar demás y mucho menos mencionar a Eren. Se sintió mal por mentirle a su mejor amigo, pero la seguridad de Eren era más importante ahora.
Juntos cruzaron los puestos de los mercados, disfrutando de la compañía y del buen aroma a carne asada que se mezclaba con el aire y el murmullo de la gente. Atravesaron el puente de l ciudad y llegaron hacia el pequeño cementerio frente a la catedral, un lugar frío y bonito a pesar de la tétrica ambientación producto de las tumbas, marchitas y repletas de polvo.
—¿Sabe tu mamá que estás aquí conmigo? —preguntó Mikasa, tomando asiento sobre uno de los barriles abandonados.
Jean se sentó a su lado, suspirando.
—No. Cree que fui a comprar leche.
La niña calló. Comprendía la situación de Jean y lo difícil que podía ser su madre a veces, pero muy dentro en su pecho le molestaba que Jean nunca dijera la verdad frente a ella, como si temiera o se avergonzara de que la gente supiera que Mikasa era su amiga.
Pero Mikasa no dijo nada al respecto.
—¿Intimando con la miserable de Mikasa otra vez, Jean-boo?
Mikasa se tensó y cerró los ojos. Y no tenía nada que ver con aquellas horribles palabras —miserable, esclava Ackerman, la bastarda de Kenny— que acababa de pronunciar Reiner Braun, uno de los tantos amigos de Jean. Tenía que ver con que de todos sus amigos —¿todos? Que va, Jean era el único amigo que poseía— Jean es quien ella consideraba el mejor. Por el que se ha jugado el tipo más de una vez. Tenía bastante que ver con el hecho de que su amigo no fue ni siquiera capaz de pasarle el brazo por los hombros para reconfortarla.
¿A caso le avergonzaría hacerlo?
Annie, otra de las amigas de Jean y a quien Mikasa no soportaba, se echó a reír junto a Bertholdt.
—Debe saber a mierda para que el titán no haya deseado comerla. Incluso prefirió morir antes que hacerlo —se burló.
Otro golpe. Y Mikasa cerró los ojos de nuevo. Podría defenderse, por supuesto, pero duele demasiado esta vez. Y cada segundo que pasaba en donde Jean continuaba callado, dolía un poco más.
—No deberías juntarte con ella, Jean-boo —decía Reiner, altanero—. Los sirvientes no son buena compañía.
Annie volvió a reír.
—Aunque en el fondo admiro tu valentía, Jean —dijo—. A mí me da asco incluso mirarla.
Un sonido metálico y seco hizo a Mikasa abrir los ojos, sobresaltada. Lo amigos de Jean también parecieron asombrarse, especialmente cuando desde los tejados aterrizó hacia el suelo el mismísimo Sargento Levi, equipado con su Equipo de Maniobras. El hombre le echó un vistazo a Mikasa y luego a Annie, la niña sintiéndose intimidada por su terrible mirada.
—¡Por fin estamos de acuerdo en algo, Leonhardt! —Mikasa respiró con dificultad y el corazón le dió un gran vuelco cuando reconoció la voz de Levi que se acercaba a grandes zancadas hacia ellos, una mirada nada afable a pesar de su tono—. A mí también me da asco mirarla, fíjate —dice, pero no la señaló a Mikasa—. ¿No es completamente asquerosa, esa nariz?
Annie enrojeció violentamente, llevando con delicadeza la punta de sus dedos a su nariz. Levi pareció contento consigo mismo.
—Mi padre te-
Levi interrumpió a la niña antes de que pudiera terminar su oración.
—Tu padre es un cobarde de mierda que sirve solo para follar con las putas del prostíbulo mientras la imbécil de tu madre es una fanática religiosa que vive preguntándole a los dioses como pudo concebir una hija con una nariz tan grande y horrible.
Bertholdt apretó los puños y susurró un efímero «vámonos». Pero se detuvo cuando observó que Jean no le seguía. Lo miró de nuevo, esta vez furioso.
—He dicho vámonos, Jean —le ordenó, esperando que siguiera al trío.
Jean vaciló, de reojo miró a Mikasa y bajó la mirada en un acto avergonzado. Se incorporó de su asiento y siguió a sus tres amigos para perderse entre los callejones de Shiganshina. Pudo oír a Reiner replicar un –mi padre se enterará de esto-. Pero no le importaban las amenazas de Reiner o las burlas de Annie. Durante todo el rato Jean permaneció callado, incapaz de abrir la boca para defenderla. Mikasa se sintió muy molesta por ello.
—Ah, que mocosos insoportables —replicó Levi para sí mismo, miró a Mikasa—. Eh, ¿estás bien?
La niña asintió sin mirarle a los ojos, concentrando su mirada en sus manos que apretaban sus dedos una y otra vez, intentando contener las ganas de llorar. Sintió el peso de Levi junto a ella, sentándose en el lugar en el que Jean se encontraba anteriormente. Lo vio sacar una pequeña botella del bolsillo de su chaqueta y la miró de reojo.
—¿Quieres? —le ofreció.
Mikasa estaba absolutamente segura que eso contenía alcohol. Con la respiración cortada le miró, confundida. Levi rió un poco. Era la primera vez que lo oía reír.
—Anda, que estoy bromeando —repuso, dándole un sorbo a su bebida—. Aún sigo siendo un adulto responsable.
Vaya, pensó Mikasa. El Sargento Levi parecía tener sentido del humor. La niña regresó la mirada a sus manos, preguntándose demasiadas cosas que le abrumaban. El canto difuso de los sacerdotes del templo se oía a lo lejos mientras la brisa agitaba su oscuro cabello. Luego de unos minutos de silencio, sin pensarlo siquiera, Mikasa habló.
—Creí que era mi amigo —susurró, bajito.
Levi resopló sonoramente.
—¿Amigo? Es una nenaza, he visto a su madre echarle perfume hasta por el trasero porque «quiere que su Jean-boo esté presentable» al carajo con eso —replicó, algo malhumorado—. A ese mocoso le hace falta una figura paterna que le enseñe a mear sobre una vereda y a eructar después de una buena cerveza.
Incluso si no estaba hablando demasiado bien de su mejor amigo, Mikasa rió ante las ocurrencias del Sargento. Éste la miró desde lo alto, una pequeña sonrisa dibujada en sus labios, orgulloso de sí mismo al lograr su cometido.
—¿De qué ríes? Solo digo la verdad —contestó, suspirando pesadamente—. Pero dejando a Jean-bobo de lado… que te importe una mierda lo que digan de ti. Sabes, cuando era pequeño se burlaban de mi por ser pequeño. Todos mis amigos eran mucho más altos que yo. Solían llamarme El Gnomo.
Mikasa alzó la mirada, curiosa ante la sinceridad del Sargento.
—¿El Gnomo?
Levi asintió.
—Ridículo, ¿verdad? Así que, para probar mi fuerza, decidimos hacer una apuesta. Íbamos a robar unos trozos de pan en la panadería cerca de la plaza. Ellos decían que mis piernas eran tan cortas que no podría correr lo suficiente para escapar del panadero y me atraparían. Así que hicimos la prueba. Ellos tenían piernas largas, eran altos, confiaban en que saldrían ilesos de esa travesura. Pero eran tan altos que el panadero los descubrió, sus cabezas asomándose por encima de los mostradores. Corrieron rápido, sí, pero los atraparon porque habían visto sus caras. En cambio yo…
Mikasa lo observo muy atenta, dispuesta a escuchar el resto de la historia.
—Era tan enano que me escabullí por el mostrador, mi cabeza ni siquiera llegaba hasta la cima. Robé el pan y ni siquiera los clientes alcanzaron a verme. Ni siquiera fue necesario correr porque nadie me había notado. Así que me planteé frente a mis amigos con el pan en mi mano y sonreí. ¿Y sabes que les dije?
Él hizo una pausa, manteniendo el suspenso. Mikasa negó con la cabeza, incitándole a hablar. Levi se cruzó de brazos con altanería, sonriendo suavemente ante su recuerdo de la infancia.
—Les dije que podían meterse el pan en el trasero y que estaba orgulloso de ser un Gnomo, de esa forma sería lo suficientemente bajito para llegar a estrellarles los testículos de una patada.
Sin poder creer del todo lo que oía, Mikasa se echó a reír incontrolablemente. No estaba del todo segura si eso era algo bueno o malo, pero la historia le había parecido extremadamente graciosa especialmente por la forma en la que el Sargento la había contado. La niña tampoco sabía si esa historia era verídica o no, pero aquél relato la había hecho sentirse mucho mejor.
Él continuó, esta vez dejando el humor de lado.
—Eres fuerte, Mikasa. Y eso les molesta. Nadie sobrevive dos días dentro de ese bosque con un titán al acecho. Pero tú lo hiciste.
Mikasa frunció el ceño con tristeza.
—Me gustaría ser más fuerte que eso. Me gustaría…
Ni siquiera pudo terminar de hablar cuando unos fuertes pasos contra el suelo interrumpieron su discurso. Kenny Ackerman yacía de pie frente a ellos, habiendo llegado del mismo callejón por el que Jean y sus amigos se habían marchado.
—Vaya, ¿por qué no me sorprende esto? —preguntó, acercándose hacia ellos a paso lento. Miró a Mikasa—. Te dije que te quedaras en la maldita casa.
Levi lo miró de mala gana.
—Ella puede ir a donde se le dé la gana.
—Ella irá a donde yo diga porque es mi maldita sobrina y gracias a mi tiene techo y comida. Joder, Levi, mete tu trasero en tus propios asuntos —replicó Kenny. Se acercó a Mikasa y la tomó bruscamente del brazo para apartarla de su asiento—. Vámonos. Ya.
Mikasa no opuso resistencia y con un suspiro se dejó arrastrar por su tío, quien bruscamente enterraba sus uñas en su piel por encima de su abrigo. Se volteó ligeramente para despedirse del Sargento con un débil saludo de mano, era lo menos que se merecía después de haber gastado su valioso tiempo en alguien como ella. Le agradaba el Sargento.
Levi le respondió de la misma forma a pesar de su rostro enfadado por culpa de Kenny, sin embargo al posar su vista en ella sus ojos se suavizaron.
En silencio Mikasa y Kenny transitaron la ciudad camino a casa. Al llegar, Kenny la dejó en la sala y fue a servirse whiskey en su preciado vaso. Sabiendo cómo se pondrían las cosas, Mikasa le dejó solo y se marchó a su habitación, a la espera de que la noche arrasara Shiganshina y llegara la hora de visitar a Eren.
Se recostó en su cama, cansada, y se quedó dormida. Despertó horas después cuando su habitación era oscuridad pura. Se incorporó con rapidez, su corazón latiendo deprisa temiendo que fuera demasiado tarde y Eren estuviera esperándola durante horas.
Cogió un abrigo y se puso sus botas. Lentamente abandonó su habitación y bajó las escaleras con cuidado para comprobar si Kenny estaba allí. Los candelabros seguían encendidos pero su tío yacía dormido en el sofá con dos botellas de whiskey vacías a su lado.
Mikasa regresó a su habitación y con cuidado cerró la puerta. Acomodó sus almohadas debajo de las mantas de su cama para dar la sensación de que había un cuerpo ahí tendido, y abrió la ventana para escapar trepando por el árbol. Se aferró a su bufanda roja y caminó hacia el bosque. La ciudad estaba vacía exceptuando el prostíbulo y las tabernas.
Algunos soldados caminaban de un lado a otro por los tejados, patrullando la ciudad, pero no fue complicado para Mikasa pasar desapercibida. Ella también era bajita. Sonrió al pensar en eso, la situación le recordaba en demasía a la historia que Levi le había contado.
Cuando se alejó lo suficiente de la ciudad para hallarse a los pies del bosque, Mikasa hizo a un lado las ramas engañosas y entró dentro de aquella penumbra eterna. Se lamentó no haber llevado una vela consigo para ver, pero era mejor así. No quería incendiar el Bosque de los Árboles Gigantes.
Caminó cruzada de brazos por el frío lentamente, siguiendo el sendero que Eren le había mostrado para poder llegar hacia su cabaña. Aunque no estaba segura si caminaba por el lugar correcto, todo se hallaba muy oscuro.
La niña se sorprendió al oír un ruido desde arriba. Alzó la mirada, rígida, y un par de ojos verdes que ardían y brillaban bajo la oscuridad del bosque la observaron fijamente. Incluso a pesar de lo tétrico de la escena, Mikasa suspiró tranquila.
—Llegas tarde —replicó Eren sentado en lo alto de un árbol.
Mikasa sonrió.
¡Hello Everybody!
Al fin terminé el capítulo. Creo que es el más largo que escribí hasta ahora en el fic.
Ah, ¿qué puedo decir? Me gustó mucho. Se que no hubo mucha acción y casi nada de interacción entre Eren y Mikasa, pero quería profundizar un poco más su relación con Levi, la cual se va desarroyando poco a poco (¿a que Levi no es un amor?), como son las cosas con su tío e incluso con Jean, su mejor amigo. asi todo el fic está narrado por Mikasa y algunas partes de Levi, pero estoy segura que en algún momento pondré algo de Eren, lo que sucede es que el mocoso es tan misterioso que debo meter suspenso XDDDD. En fin, ¡gracias GRACIAS a todos por sus reviews! Me hacen muy feliz :)
¡Hasta la próxima!
—Mel.
