«I will always return»

Personajes de Hajime Isayama.

Summary:
Eren es un titan cambiante que vive en el bosque. El pueblo de Shiganshina le teme, así que proponen otorgarle un sacrificio con la condición de que se marche de las tierras y nunca regrese. Mikasa es una niña del pueblo que es ofrecida como el sacrificio. Cuando es abandonada en el bosque, en lugar de encontrar una bestia abominable, encuentra a un muchacho solitario. Eremika. AU.


#Notasquetodosaman(?):

¡Actualiseishon!


—o—

Aquella mañana Mikasa despertó agitada y sudando, dejando escapar un grito ahogado mientras se incorporaba de golpe sobre su cama observando a su alrededor la habitación a oscuras, el sol a penas infiltrándose por las cortinas de su ventana. Por un instante creyó que se quedaría sin aire, hacía mucho tiempo que no despertaba de esa manera tan vergonzosa después de un mal sueño. Cerró los ojos con fuerza, masajeándolos mientras su cuerpo poco a poco comenzaba a relajarse. Internamente culpó a Eren por ser el culpable de esa pesadilla.

La noche anterior cuando fue a visitarle al bosque, ambos se alejaron lo suficiente de la cabaña e hicieron una fogata. Una fogata en donde Eren le narró una historia —según él, leyenda, mito, o casi realidad— que su padre le contó una vez.

Se llamaba la leyenda de Hitobashira. Según Eren, Hitobashira significaba «pilares humanos». Mikasa de tan solo oír su significado se aterró. La leyenda decía que antiguamente cuando los titanes dominaban el mundo —aunque Mikasa sabía que eso aún seguía siendo así, no como el resto de las personas en Shiganshina— existían inmensas murallas que protegían lo poco que quedaba de la civilización humana.

—Ellos hacían sacrificios —decía Eren, sus ojos esmeralda fuertemente iluminados por el fuego de la fogata—. Los sacrificios eran necesarios para que las construcciones estuvieran siempre protegidas y se volvieran fuertes y estables. Elegían a un pobre desgraciado y lo sellaban, vivo, en los pilares de las murallas. Y si los dioses aprobaban el acto, los edificios duraban muchos años. Aunque mi padre decía que a pesar de la protección de las murallas, éstas siempre estarían habitadas por los fantasmas de las personas atrapadas dentro de las construcciones.

La historia se introdujo profundamente en la mente de Mikasa, aún más cuando Eren decidió finalizar la historia con un tétrico comentario personal.

—Pero tengo mis dudas —había susurrado, pensativo. Por una extraña razón, Mikasa creyó que no le había contado la historia completa—. No creo del todo que los sacrificios fueran humanos. No creo que las murallas hubieran sido construidas a partir de humanos. Yo creo que eran titanes.

Cuando Mikasa le preguntó el por qué de su comentario, Eren simplemente se encogió de hombros con desinterés, sin apartar la vista del fuego.

Y así fue como comenzó todo. El largo recorrido de Mikasa regreso a Shiganshina, tan tiesa como una roca. Al recostarse en su cama y cubrirse con sus mantas, cerrando los ojos para finalmente poder dormir, fue cuando soñó aquello.

Murallas tan grandes que tocaban las nubes, gruesas y resistentes. Y Eren, el mismísimo muchacho transformado en titán, siendo consumido por el cemento de las murallas cubriendo su cuerpo y endureciéndolo como las estatuas que habitaban el templo de Shiganshina. Una larga fila de titanes endurecidos convirtiéndose en estatuas, rodeando aquella gran muralla que Eren le describió a la perfección.

Bajo la quietud de la habitación, Mikasa lo pensó mejor. No podía ser cierto, ¿o sí? ¿De verdad existía una ciudad perdida rodeada de murallas? ¿De verdad había otras personas allí afuera? Erwin nunca mencionaba aquello. Según su criterio y el cuento que el pueblo se había tragado con los años, ellos eran los únicos sobrevivientes de la humanidad después de que los titanes hubieran arrasado con todos hace cien años. Según Erwin, ellos eran los únicos.

Vaya mentira, pensó Mikasa.

Cuando la habitación se vio más iluminada dando paso a una nublada mañana Mikasa abandonó su cama dispuesta a comenzar su día. Salió de su habitación para bajar las escaleras camino hacia la cocina, en donde se alegró de encontrar un papel algo arrugado y desprolijo con las palabras «vuelvo más tarde, compra algo si tienes hambre» sobre la mesa, junto a una pequeña bolsa de monedas. Mikasa sonrió, emocionada de saber que Kenny no estaría molestando por ahí y tendría la casa para sí sola.

Observó el dinero, dubitativa, y su corazón palpitó con ímpetu al ocurrírsele una idea muy buena. La noche anterior, hablando con Eren, entre tantas tonterías intercambiadas logró aprender algo nuevo de él: le gustaba las cosas dulces. Por supuesto, solo en el bosque sin ningún contacto con la tecnología y viviendo a base de carne y frutas que encontraba por ahí, no podía darse el lujo de cocinar algo sabroso que pudiera satisfacer su gula.

Pero ese día sería diferente. Mikasa regresó a su habitación para vestirse —y colocarse su nueva y fiel bufanda roja; el día estaba helado— y tomó el dinero que Kenny le dejó, abandonando la casa camino a algún buen mercado. Estaba decidido: prepararía algún postre muy dulce para llevárselo esa misma noche. Es más, si Kenny no regresaba para las cuatro de la tarde, entonces Mikasa tomaría el riesgo de visitar el bosque esa misma tarde, asegurándose de que nadie notara su ausencia.

La ciudad se encontraba muy activa incluso cuando el día amenazaba una fuerte tormenta. El aroma a una lluvia que todavía no había llegado se impregnó en sus fosas nasales y todavía podía sentir los ojos de los pueblerinos sobre ella, nadie parecía superar el hecho de que la niña había salido con vida del bosque dispuesta a regresar a su hogar.

Pero aquél día nada iba a intimidarla. Luego de recibir un reproche bochornoso por parte de Eren cuando Mikasa le contó lo que Jean y sus amigos le habían hecho —sin mencionar las alentadoras y a la vez graciosas palabras del Sargento Levi—, en donde recalcaba lo idiota que era por dejarse tratar así, Mikasa supo que esos días ya quedarían atrás. Tenía que ser valiente, mucho más fuerte y valiente de lo que había sido hasta ahora, tenía que alzar su rostro con orgullo, tenía que dejar a la niña miedosa atrás.

Mikasa también le había contado a Eren los reproches de Kenny, lo disgustado que se veía al tenerla de regreso y lo horrendo que era soportar su presencia todo el día. Entonces Eren le enseñó a escupir. Mikasa se quedó estupefacta ante tal declaración.

—Te enseñaré a escupir —le había dicho, solemne—. Como lo haría un chico. Si vuelve a molestarte, solo debes escupirle. Eso siempre funciona.

Y así fue. Ambos se subieron sobre la rama de un árbol y desde lo alto Eren le enseñó cómo hacerlo, utilizando al pobre de Armin como blanco, aunque por suerte el zorro esquivó cada uno de sus ataques. Para ser su primera lección, dijo Eren, lo hizo bastante bien. Mikasa sonrió al recordar la escena. Se sentía muy bien tener alguien con quien hablar.

Camino a la panadería —esa que no le pertenecía a la madre de Jean— oyó un fuerte silbido a lo lejos. Mikasa se volteó, sorprendida, y vio en lo alto al Sargento Levi parado sobre uno de los edificios junto a Hanji, seguramente estaban haciendo guardia. La mujer alzó la mano eufóricamente, agitándola de un lado a otro. Mikasa sonrió, saludando a ambos con la mano y recibiendo una cálida sonrisa por parte de Levi. Todos los niños le temían por su estoica actitud, pero a Mikasa cada día le caía mejor.

La muchacha retomó su camino y entró dentro de la panadería donde el señor Bernd la recibió con una amistosa sonrisa. Aquél viejo llevaba el manejo de esa panadería durante años y siempre era un verdadero caballero con Mikasa.

—¡Oh, pero miren quien ha llegado! —anunció, algunas personas de la tienda se voltearon hacia ella, causando su sonrojo. Nadie podía comprender por qué Bernd trataba a alguien como ella.

Mikasa le sonrió con pena, acercándose al mostrador.

—Buenos días, señor Bernd.

Él rió cálidamente, sus arrugas alargando sus ojos.

—Buenos días, pajarito. Me alegra verte por aquí. ¿Qué vienes a comprar?

La niña frunció los labios, observando las delicias sobre la vitrina del mostrador. Pasteles, pan de queso, tortillas de jamón y huevo… sería mucho más fácil comprar algo hecho y entregárselo a Eren, pero a Mikasa le gustaba cocinar y deseaba hacer algo especial para él, algo hecho por sus propias manos. Pastelillos sería algo sencillo, los había cocinado antes. Pastelillos de chocolate y canela, bien, era algo dulce. Seguramente le encantaría.

Mikasa memorizó alguno de los ingredientes principales.

—Tres huevos —pidió, frunciendo el labio—. Harina. Azúcar… oh, no, ya tenemos azúcar. Uhm, chocolate, leche y… creo que nada más.

El viejo asintió, paciente, y comenzó a cargar una bolsa con su pedido. Al entregárselo y luego de que Mikasa pagara la compra, el hombre la detuvo y le entregó dos bonitas flores blancas, frescas y nuevas.

—Ten. Las flores bonitas deben permanecer junto a muchachas bonitas.

Mikasa sonrió, aceptando las flores. Se aseguraría de entregárselas a Eren también. Se despidió de Bernd y fue a comprar limones y canela. Evitó a toda costa pasearse cerca de la posada o el prostíbulo temiendo que Kenny pudiera andar por ahí, no deseaba encontrarse con él. De manera distraída y camino a casa una vez que había comprado todo lo necesario para los pastelillos, encontró de reojo en una tienda de ropa un bonito suéter rojo de lana, colgado junto a un gorro y dos guantes blancos. Eren permanecía completamente solo en el bosque, abrigándose con las pieles de los animales que vivía cazando. Algo de ropa no le vendría mal, ¿cierto? Además, esta temporada de verdad se encontraba helada. No deseaba que Eren pescara un refriado.

Observó de reojo la bolsa de dinero y tanteó la tela, contando las monedas. Tal vez Kenny se molestaría al saber que había gastado dinero en cosas innecesarias, pero… ¿por qué tendría que enterarse? Sonriendo ante su nueva rebeldía, Mikasa se acercó a la tienda y compró el suéter, el gorro y los guantes. Pero no fue hasta que pagó su compra cuando se encontró, algo escondido, un pequeño suéter de bebé. Frunció el ceño, pensativa, y miró a la mujer detrás del mostrador sosteniendo entre sus manos el suave ropaje verde.

—¿Cree que podría quedarle a un gato? —preguntó.

La mujer ladeó el rostro, confundida.

—¿Un gato?

Mikasa asintió.

—Acabo de comprar un gato de éste tamaño —mintió, mostrándole con sus manos—. Y siempre tiene frío. ¿Cree que podría quedarle bien?

La mujer observó el atuendo, encogiéndose de hombros.

—Pues… creo que sí. Aunque deberías cortar un poco las mangas, tal vez no pueda caminar bien con ellas.

Mikasa asintió, sonriendo.

—Bien. Lo compraré.

Cuando pagó y guardó el ropaje en sus bolsas, una ráfaga de emoción recorrió el pecho de Mikasa. A Armin le gustaría su regalo. Pensando en el pobre animalito, también decidió comprar una rama de uvas. Eren le confesó que Armin comía muchas uvas, pero que en ésta temporada era complicado encontrar uvas dentro del bosque. Para su suerte, el mercado de Shiganshina nunca estaba vacío.

Después de haber comprado todo lo necesario, se apartó de la verdulería dispuesta a marchar camino a casa, pero la figura de un niño alto y rubio la hizo detenerse, su respiración cortándose momentáneamente ante la sorpresa. No esperaba verlo, realmente.

Jean yacía frente a ella, serio. Miró de reojo las bolsas que cargaba y volvió a posar su vista en ella.

—¿Podemos hablar? —preguntó.

Mikasa recordó las estrictas palabras que Eren le había dicho la noche anterior.

«¿Por qué demonios debes dejar que te maltraten y, para colmo, bajar la cabeza como si fueras una estúpida? Solo los valientes sobreviven en este mundo. Tienes que luchar. Si no luchas, morirás. Si ganas, sobrevivirás. No puedes ganar si no luchas»

Suspiró. Apretó los puños que sostenían las bolsas y alzó el rostro, firme.

—No me hables en público, Jean —sugirió—. Tus amigos podrían avergonzarse.

La niña se apartó de Jean para marcharse, pero éste la detuvo sosteniéndola por el brazo. Se veía culpable.

—Ah, Mikasa, no hables así —se quejó—. Por favor. ¿Podemos hablar?

Mikasa hizo una mueca, indecisa. Jean había sido su amigo siempre y a pesar de que por momentos se comportaba como un idiota cobarde nunca había dejado de oírla y consolarla cuando su tío la trataba mal. Pero aún así seguía enfadada con él. Mikasa sostuvo con fuerza sus bolsas y le indicó que la siguiera. Lo arrastró hacia un pequeño callejón baldío que olía a basura podrida, sin embargo eso no le importó. Dejó caer las bolsas en el suelo, poniendo cuidado de no colocarlas sobre los charcos de agua que fluían entre las paredes y se cruzó de brazos frente a su amigo, permaneciendo seria.

Intimida. Debes intimidar, pensó.

—¿De qué quieres hablar? —exigió—. ¿De la forma en la que dejaste que tus amigos se burlaran de mi? ¿De cómo te quedaste callado y el Sargento Levi tuvo que intervenir? No quiero hablar de eso. No creo que haya mucho para decir al respecto.

Jean se rascó la cabeza, su rostro completamente arrugado y afligido.

—Mikasa, t-tú sabes que mi madre no desea que rompa mi amistad con Reiner y el resto, ella dice que-

—Sé lo que tu madre piensa de mi —replicó, un ligero dolor punzando su pecho. Mikasa contuvo las ganas de llorar—. Se lo que todos en este pueblo piensan de mi. Pero creí que eras mi amigo. Kenny te detesta, sin embargo jamás he hecho caso a sus quejas. Nunca he dejado de tratarte por eso.

Su amigo suspiró, sus manos temblaban.

—L-Lo sé, y yo-

—Tú siempre te has avergonzado de nuestra amistad —interrumpió Mikasa, molesta—. Intentas no hablarme en público por temor a que tu madre y tus estúpidos amigos nos vean. Si tanto te importa las expectativas de los demás entonces me temo que ya no podremos seguir siendo amigos.

Mikasa recogió sus cosas y se dispuso a abandonar el callejón, pero Jean la detuvo de nuevo. Sus mejillas estaban rojas, luciendo avergonzado. Estaba desesperado por que Mikasa pudiera oírlo.

—E-Espera, Mikasa, yo… —tartamudeó, inseguro—. Y-Yo… yo te quiero…

La niña lo miró de reojo, quieta. Él frunció el ceño, dejó escapar un pesado suspiro y bajo la cabeza, sus manos temblaban ligeramente mientras se aferraban a su brazo, tratando de impedir que se alejara.

No era la primera vez que Jean le susurraba un te quiero. Él era un niño muy expresivo y cariñoso, no solía avergonzarse de tomar su mano de manera distraída o rodear sus hombros con los brazos. No escondía sus sentimientos. Sin embargo, en aquel momento, vio en su mirada una emoción que Mikasa no fue capaz de descifrar. Quiso decir algo, sin saber realmente qué, pero Jean se le adelantó.

—Eres… —dijo, sin mirarla—. Eres mi amiga. Mi mejor amiga. Soy un cobarde, lo sé. Tendría que haber hecho algo… de verdad lo lamento, Mikasa. Hablaré con los chicos, hablaré con mi madre, te lo prometo. No quiero perderte de nuevo.

Aquello dolió. Sabía cuan doloroso había sido para Jean que el pueblo entero decidiera ofrecerla como el sacrificio. Sabía que Jean no soportaría algo así otra vez. Aunque quisiera, no podía ignorar sus súplicas. Mikasa apartó la mano de Jean que sostenía su brazo con delicadeza. No quería ser ruda con él, pero aún seguía dolida por lo sucedido. ¿Quién le aseguraba que Jean realmente hablaría con su madre y amigos? ¿Quién le aseguraba que la historia no volvería a repetirse otra vez? Mikasa no deseaba confiarse otra vez, no deseaba permitir que la utilizaran como a una idiota.

—Yo también te quiero, Jean —murmuró—. Pero esta vez necesito más que palabras para creer en ti.

Mikasa se dio la media vuelta sujetando con fuerza las bolsas y caminó unos pasos para al fin volver a casa. Quería hacerlo lo más pronto posible para preparar de una vez los pastelillos y visitar a Eren antes de que Kenny regresara. No podía esperar hasta la noche para verlo de nuevo. Tragó saliva, algo culpable por la forma en la que se despidió de Jean. De verdad no quería estar enfadada con él, pero era necesario que Jean aprendiera a valorarla como amiga, a valorar su amistad.

Y Mikasa tenía que aprender a valorarse a sí misma.

—Te vi marchar hacia el bosque anoche.

Por un instante Mikasa casi dejó caer las bolsas al suelo. Permaneció de espaldas, rígida como una roca y con sus ojos muy abiertos.

¿Q-Qué?

Se volteó, temerosa, y la mirada fría de Jean le nubló los sentidos. Ya no la observaba con ojos penosos y llorosos, ojos que rogaban una disculpa y deseaban que todo volviera a ser como antes. Su rostro lucía tan cortante como sus palabras, completamente carentes de dulzura. El personaje había cambiado completamente. Mikasa lo observó en silencio, hallándose con las manos en la masa. ¿Qué podría decir para justificarse? Nada. No había absolutamente nada que pudiera inventar para pasar desapercibida.

Pero Jean no parecía dispuesto a esperar que ella dijera nada más. Se acercó a Mikasa a paso lento, sus manos escondidas detrás de los bolsillos de sus pantalones.

¿Por qué? ¿Por qué había sacado ese tema de conversación justo ahora? No era el momento ni el lugar. No cuando hace dos minutos lucía devastado por reconciliarse con ella. Ahora hablaba como si nada de lo anterior hubiera sucedido.

—Tu nueva casa queda muy cerca de la mía. Desde mi terraza puedo ver casi toda la ciudad, especialmente el patio trasero de tu casa. Creo que se te escapó ese pequeño detalle cuando decidiste ir hacia el bosque anoche. ¿Qué hacías ahí?

Mierda.

—J-Jean…

—¿Por qué regresaste? —preguntó. Frunció el ceño, ahora había preocupación en sus ojos—. Ese bosque es peligroso, Mikasa. Además, el titán-

—Tu bien sabes que el titán ha muerto —interrumpió Mikasa, intentando convencerle de lo contrario—. Se lo dije a Erwin Smith. Él se encargó de comunicárselo al pueblo.

—Si había una bestia como esa dentro del bosque, ¿quién más sabe que otra cosa puede haber ahí dentro? Además, tu tío podría enterarse que-

Mikasa dejó las bolsas a un lado y tomó las manos de Jean, suplicante. Éste se sorprendió al notar que temblaban.

—No, Jean, por favor… no le digas nada a mi tío. Por favor…

Él la observó como si estuviera loca.

—Mikasa…

—¡Por favor! —suplicó—. Yo… no puedo decirte más. Simplemente no puedo. Espero que puedas ser un buen amigo y sepas guardar el secreto.

Sin decir nada más, Mikasa recogió sus cosas y se marchó oyendo a Jean gritar su nombre, intentando que regresara. Pero no lo hizo. Mikasa caminó demasiado deprisa hacia su casa y al llegar cerró la puerta fuertemente, como si una sombra estuviera siguiéndola.

¿Cómo era posible que Jean la hubiera visto? Estaba completamente segura que era muy tarde cuando visitó el bosque, y la madre de Jean se aseguraba que su hijo adorado estuviera en su cama desde muy temprano, no le dejaba quedarse despierto hasta tarde. Entonces… ¿cómo? Suspiró, intentando calmarse. Ya se las arreglaría para inventar alguna excusa que pudiera distraer del todo a Jean.

Cuando visitara a Eren se encargaría también de preguntarle si existía otro camino que pudiera llevarla hacia el bosque sin tener que utilizar el sendero común, el que todo el mundo conocía y era visible ante los ojos de Jean.

Intentando alegrarse ahora que Kenny aún no había llegado, se apresuró a preparar los pastelillos; preparó la mezcla con rapidez: harina, huevos, leche y chocolate cortado en trozos. Introdujo la mezcla en el horno para que el pan pudiera cocinarse y fundió chocolate en el fuego para cubrir los pastelillos por encima. Cuando los postres estuvieron listos, Mikasa dejó enfriar un poco los pasteles y les echó algo de canela por encima, dándole el toque final a la receta. Se asomó para oler el aroma, se veía realmente delicioso. Sonrió, Eren se iba a emocionar mucho.

Dejando los pastelillos a un lado, abandonó la cocina para ir a buscar en su habitación una bonita canasta que utilizaba para dejar la ropa sucia. Ésta estaba vacía, así que fue empaquetando poco a poco todo lo que le llevaría a Eren. Bajo su cama encontró unos zapatos negros que hacía tiempo no usaban, le iban algo grandes. Aunque eran de niña, pensó, tal vez le servirían a Eren. Sonrió nuevamente.

Llevó la canasta hacia la cocina y preparó todo: las uvas y el atuendo para Armin, el suéter, el gorro, los guantes y los zapatos para Eren junto con los pastelillos envueltos dentro de una caja de madera. Repasando todo por última vez, supo que ya no hacía falta más nada.

Bien, ya había llegado la hora.

Bajó hacia el sótano en donde Kenny guardaba todas sus herramientas, así como balas y algunas armas de colección, y tomó una cuerda. Volvió hacia la cocina, recogió la canasta y marchó directo a su habitación. Cerró la puerta y colocó nuevamente las almohadas debajo de las frazadas de su cama, intentando recrear a una persona dormida. Abrió las ventanas y ató la cuerda en la manija de la canasta, mientras la deslizaba hacia abajo poco a poco. Una vez que tocó el suelo Mikasa soltó la cuerda y fue ella la siguiente en descender por la ventana, sujetándose con fuerza contra las ramas del árbol.

Cuando llegó al suelo desató la cuerda de la canasta y la tomó en sus brazos para marchar hacia el bosque. Se aseguró de mirar bien hacia atrás, pegándose lo más posible a los arbustos que rodeaban la ciudad entera, intentando pasar desapercibida.

No estaba del todo segura si lo había conseguido, pero respiró tranquila cuando el recorrido terminó y pisó el sendero que poco a poco conocía cada vez más. Lo siguió fielmente, tal y como Eren le había explicado.

Se fue adentrando en el bosque con algo de frío, aunque ese día no nevó, el aire se sentía helado y para su suerte la tormenta todavía no había comenzado. Camino siguiendo el sendero que conocía, pero en ningún instante encontró a Eren. La última vez él la había encontrado a ella, pegándole un susto de muerte sentado en lo alto de un árbol. De todas formas Eren no la esperaba esa tarde, ambos habían quedado de verse por la noche, como era costumbre. Y seguramente la regañaría por aparecerse así de la nada cuando todos podían verla. Era arriesgado abandonar Shiganshina de día. Pero a Mikasa no le importó.

La caminata duró más de lo deseado cuando decidió marchar directamente hacia la cabaña de Eren, estaba cansada de buscarlo sin obtener resultado alguno, tampoco se había topado con Armin.

Suspiró al divisar, escondida entre algunos árboles, la cabaña de Eren. Ya casi. Sus manos se sentían cansadas de sostener la canasta. Caminó con algo de dificultad hacia su destino, esquivando ramas engañosas y piedrecillas que la hacían resbalar. Se asomó por la puerta abierta de la casita y encontró a Eren recostado en su cama, Armin yacía junto a él. El zorro se sobresaltó de verla, abandonó la comodidad junto a su dueño y se acercó a ella para recibirla con mucho nerviosismo. No es que Mikasa se considerara una experta en animales o algo así, pero había tenido un pequeño perro hacía mucho tiempo.

Una vez, su tío se había emborrachado demasiado. Tanto, que tomó su arma y comenzó a disparar al cielo desde su jardín, riendo a carcajadas. Su perro se asustó tanto que corrió hacia ella, temblando, moviendo su cola de un lado a otro produciendo gemidos de dolor, no se veía para nada contento con los sonidos que provocaba su dueño. Aquella era la misma reacción que Armin estaba demostrando en ese momento, aunque de una manera meno perruna y con mucha más gracia.

Eso hizo que Mikasa se preocupara.

Dejó la canasta junto a la mesa de madera que yacía contra la pared y caminó lentamente hacia Eren, éste estaba de espaldas, acostado sin las pieles para cubrirlo del frío. Mantenía una posición fetal que activó los sentidos de Mikasa.

—¿Eren?

Mikasa se agachó para tocar su hombro, pero él no sintió el toque. Armin se acercó a ella, atravesó el cuerpo de Eren y se acercó a su rostro para lamer su frente constantemente. Preocupada, Mikasa volteó un poco el cuerpo de su amigo titán para que quedara boca hacia arriba, y dejó escapar un jadeo al notar que había sangre derramándose de sus fosas nasales, dos hilos largos y rojos que terminaban descaradamente en la comisura de sus labios.

—¡E-Eren!

Llevó la palma de su mano hacia su frente. Estaba muy caliente. Su rostro sudaba y sus manos estaban muy frías. Ahora comprendía la preocupación de Armin.

Definitivamente el muchacho tenía fiebre. Mikasa apartó el cabello de su frente, mojado a causa del sudor. Su toque le hizo abrir los ojos lentamente y con pereza, se veían rojos y húmedos. Sus labios lucían secos. Necesitaba líquido.

—¿M-Mikasa? —preguntó, no muy seguro.

—Eren, ¿qué te pasó? —preguntó, asustada—. Tienes mucha fiebre.

Él suspiró, haciendo una mueca de dolor.

—Y-Yo… después de c-cada transformación… mi cuerpo… ah… —deliró, llevando la mano hacia su brazo—. D-duele…

El corazón de Mikasa latió de prisa. Apresuradamente tomó un pañuelo que yacía tirado por ahí y con él limpió la sangre derramada de su nariz. Tomó algunas frazadas y lo cubrió un poco, aunque sabía que eso no era algo bueno, el calor no bajaba la fiebre.

—Quédate aquí, Eren, no te muevas. Iré al pueblo a buscar algunas medicinas, a-algo, lo que sea…

Él sostuvo su mano antes de que Mikasa pudiera levantarse del suelo.

—N-No… —dijo con dificultad, jadeando—. No regreses, si descubren que t-tú-

—Quédate aquí —repitió—. Volveré enseguida.

Mikasa caminó hacia la mesa y quitó todas las cosas que habían dentro de la canasta, dejándola vacía. Se la llevó consigo y la carrera comenzó. Corrió por el mismo sendero del que había venido con todas sus fuerzas, jadeando a cada paso. Mikasa era algo torpe para correr, pero en aquél momento la suerte pareció estar de su parte y ninguna rama engañosa fue lo suficientemente resistente para hacerla caer.

Decían que el miedo avivaba los sentidos, y Mikasa en aquél momento no podía estar más de acuerdo con eso. Se escabulló detrás de los arbustos que dirigían la ciudad y siguió el camino intentando mantenerse lo más agachada posible. Corrió hacia su casa y entró rápidamente, alegrándose de que Kenny todavía no siguiera por allí. Observó el reloj de cuerda que colgaba en la entrada; solo eran las cinco de la tarde. Aún tenía tiempo.

Corrió hacia la habitación de Kenny y abrió uno de los cajones de su armario para tomar algo de dinero. Se metería en grandes, grandes problemas si Kenny descubría que faltaba dinero por culpa de Mikasa. Él solo le había dado lo poco que yacía sobre la mesa aquella mañana, suficiente para comprar comida de un día. Pero lo había gastado todo en la ropa y las uvas para Armin. Pero intentó no pensar en ello. Ahora lo importante era ayudar a Eren. Lo que sucediera con Kenny… ya encontraría la manera de resolverlo.

Abandonó su casa con su canasta y su dinero, y recorrió las calles hacia Cura de la Arpía, la tienda de alquimia de Devi. Allí encontraría todo lo necesario para ayudar a Eren.

Para su suerte, la tienda se encontraba vacía, pero Devi yacía sentada leyendo un libro de manera distraída. Alzó la mirada, sorprendida de verla allí. Mikasa conocía la tienda demasiado bien. Las pocas veces que había enfermado fue ella misma quien —muerta de fiebre y frío— caminó con torpeza y mareos hacia la tienda, puesto que Kenny no era capaz de mover un dedo para ayudarla. Definitivamente Mikasa era una de sus mejores clientas.

—¡Oh, Mikasa! —Exclamó, enseñando una radiante sonrisa—. Vaya, vaya. No esperaba que la niña que vivió apareciera repentinamente en mi-

Mikasa interrumpió su saludo, desesperada, jadeando después de su acelerado recorrido hacia la tienda.

—T-Tienes que ayudarme yo-

Devi dejó a un lado su libro, incorporándose de su asiento y caminando hacia ella, abandonando su sarcasmo.

—Eh, eh, tranquila. Cálmate —dijo, preocupada. Su corto cabello pelirrojo sujetado hacia atrás—. ¿Qué sucede? ¿Qué tienes?

Mikasa intentó calmarse, encontrando las palabras correctas.

—N-Necesito algo que baje la fiebre. ¿Álamo Temblón, tal vez? El que se come. Me lo vendiste una vez.

Devi asintió y rápidamente caminó hacia uno de sus mostradores para tomar una pequeña cajita de madera, abriéndola y quitando una bolsita de tela repleta de unas hiervas color verde. La observó de reojo, confundida.

—Sí, claro. ¿Tienes fiebre? —preguntó, casual.

Mikasa negó con la cabeza, temblando.

—No, no es para mí, es para… un amigo.

Devi resopló con sarcasmo.

—¿Jean-bo? —se burló—. Lo vi marchar hacia su casa bastante enfadado.

Maldición.

—No, no. O-Otro amigo.

Devi no pareció muy convenida, pero tampoco se vio intrigada en preguntar más. Devi era una hábil comerciante a quien poco le importaba la vida de sus pacientes, solo quería que le pagaran por sus productos los cuales gozaban de una gran calidad.

Dejó el paquete sobre el mostrador.

—Ahí tienes. ¿Algo más?

Mikasa asintió repetidas veces.

—¿Tienes algo que pueda aliviar el dolor? Dolor muscular o algo así.

—Leche de amapola —sugirió Devi, sosteniendo entre sus manos un frasco color blanco—. Pero te aseguro que es costosa.

—No importa el precio —se apresuró a contestar Mikasa—. ¿Puede detener algún tipo de hemorragia? Algo así como un sangrado de nariz…

Devi arqueó las cejas, su rostro lució gracioso por un momento.

—Joder, niña, ¿a quién demonios tienes muriéndose por ahí?

—¡Solo dime si funciona! —exclamó Mikasa, desesperada.

Devi rodó los ojos, dejando la botella sobre la mesa.

—Tal vez. Te recomiendo calentarla primero, su efecto es más concentrado de esa forma.

La niña asintió varias veces.

—B-Bien. Eh, también un poco de Anís.

En silencio Devi preparó todo su pedido, guardándolo dentro de una bolsa de tela. Hizo un nudo y la dejó sobre el mostrador.

—Son cien monedas de oro.

Mikasa apretó los puños, malhumorada, y se dispuso a buscar el dinero en su bolsa. La bolsa que descaradamente le había robado a su tío Kenny.

—Eres una maldita estafadora —replicó, dejándole la propina en la mesada.

Devi sonrió ampliamente.

—Muchas gracias por comprar en Cura de la Arpía. ¡Vuelva pronto!

Mikasa ignoró su falso agradecimiento y colocó todo su pedido dentro de su canasta. Abandonó la tienda a las corridas y compró dos botellones de agua. Habría sido mejor recoger agua del pozo, pero no tenía tiempo para regresar a su casa y buscar una botella vacía para rellenar. Había gastado más dinero, sí, pero la salud de Eren estaba en juego. No podía darse el lujo de retrasarse.

Como pudo, cargando las dos botellas y la canasta repleta de medicinas, Mikasa marchó hacia el bosque nuevamente. Primero caminó hacia su casa con la intención de no levantar sospechas, se aseguraría de tomar el sendero que aparecía en su patio trasero. Pero las cosas se complicaron de sobremanera cuando se encontró a Jean plantado en la puerta de entrada de su casa, cruzado de brazos.

Él la observó con sorpresa, más aún al descubrir la canasta repleta de cosas extrañas, cosas que normalmente alguien de su edad no compraría.

—¿Qué haces con eso? —preguntó una vez que Mikasa se acercó lo suficiente a él.

—No puedo hablar ahora, Jean. Te veré luego —Mikasa intentó abrir la puerta pero Jean se lo impidió.

—Irás al bosque, ¿verdad? —exigió, molesto. Tomó entre sus manos una de las hiervas dentro de la canasta—. ¿Y por qué compraste todas estas cosas? ¿Anís? ¿Para qué quieres Anís? No luces enferma. Y tu tío sigue emborrachándose en la taberna. ¿Qué es lo que-

—¡Jean, por favor, no puedo hablar ahora! —Exclamó Mikasa, desesperada—. Por favor, prometo contártelo después pero ahora no puedo hablar. Te buscaré esta noche en tu casa.

—Mikasa…

—Te lo contaré después, te lo prometo.

Mikasa lo apartó a un lado y abrió la puerta para entrar en su casa. Esperó unos minutos hasta que Jean se marchara y cuando vio que lo hizo, abrió la puerta nuevamente y atravesó el jardín rodeando la casa. La cuerda aún seguía en el suelo y no podía escapar por la ventana otra vez.

Esta vez no corrió con tanta fuerza. Ganas no le faltaban, pero las botellas de agua eran muy pesadas y la canasta también, el peso inconscientemente ralentizaba sus pasos. Recorrió el mismo sendero y al llegar a la cabaña de Eren, Armin volvió a recibirla con el mismo estado de nerviosismo. Aquello significaba que las cosas no cambiaron en lo absoluto.

Mikasa dejó su equipaje a un lado y se arrodilló junto a Eren para comprobar su estado.

—¿Eren? ¿Puedes oírme?

Tocó su frente, aún seguía caliente y el sudor se había multiplicado. Su nariz había vuelto a desprender sangre, y el pobre muchacho estaba temblando.

—P-Padre —dijo, llorisqueando con debilidad. Sus ojos permanecían cerrados como si estuviera soñando—. Padre… lo siento… lo siento

Definitivamente estaba delirando. Seguramente debido a la fiebre.

Vale, bien. Pensó Mikasa. ¿Qué era lo siguiente? Debía apresurarse. Con un suspiro apresurado fue empleando cada uno de los pasos necesarios. Vacío el caldero de agua que había sobre el trípode y lo llenó con la leche de amapola. Encendió el fuego y puso a calentar el líquido.

Abrió el paquete de Álamo y tomó un recipiente de barro vacío que Eren tenía por ahí. Colocó las hierbas sobre el recipiente y desmenuzó la planta con sus dedos para dejar trozos pequeños. Echó unas gotitas de agua de la botella que había comprado y lo revolvió hasta dejar una especie de pasta.

Detrás de ella, Eren seguía delirando.

—Lo siento, lo siento… —sollozaba, su voz demasiado débil—. N-No quería… el sótano… debo…

¿Sótano? ¿De qué estaba hablando?

Mikasa se inclinó hacia él y abrió un poco su boca, introduciendo la mezcla de Álamo.

—Eren, escúchame. Eren… debes masticarlo —susurró, introduciendo la planta en su boca. Sostuvo su mandíbula y la cerró, obligándole a retener la mezcla en su boca—. Déjalo dentro, no lo tragues.

Eren no respondió, mantuvo sus ojos cerrados y su ceño fruncido, soltando quejidos de dolor que la ponían nerviosa, sin embargo no escupió las hiervas. Mikasa tomó otro recipiente y lo llenó de agua, colocó un paño para mojarlo y dejó la tela sobre la frente de Eren, intentando ayudar a bajar su fiebre.

Con algo de dificultad le quitó la camiseta y sobre su pecho colocó el Anís, servía en muchas ocasiones para eliminar cualquier cosa que le impidiera respirar bien. No sabía si también había pescado un resfriado, pero nada estaba de más en ese momento.

Cuando la leche se calentó lo suficiente Mikasa quitó el Álamo de la boca de Eren y lo ayudó a sentarse para que bebiera un poco. Sabía que la leche de amapola podía provocar mucho insomnio, así que no se sorprendió de que se quedara profundamente dormido pocos minutos después de ingerirla. Su nariz había dejado de sangrar, sin embargo Mikasa no dejó de colocar paños húmedos sobre su frente, insistiendo en bajar la fiebre de esa manera.

Abanicó a Eren para provocarle frío y que la fiebre se detuviera más deprisa. Había dejado de delirar y de sudar, aquello era una buena señal. El tiempo pasó y cuando notó que la fiebre había desaparecido, quitó los paños y el Anís de su pecho. Tomó el suéter rojo que le había comprado y con algo de dificultad logró ponérselo. Acomodó el gorro en su cabeza asegurándose de que cubriera sus ojeras y cubrió su cuerpo con las frazadas, ahora sí podía darse el lujo de dormir tranquilo y con calor.

Mikasa suspiró, agotada. Definitivamente había sido un día muy agitado. Observó a Armin y sonrió suavemente. Cogió las uvas y su atuendo, se sentó frente a Eren en ese enredo de pieles al que él llamaba cama y colocó al zorro sobre sus piernas. Sin oponer resistencia, Armin se dejó colocar el atuendo de bebé. Para sorpresa de Mikasa no hizo falta cortar las mangas como había recomendado la vendedora. Las patas de Armin eran lo suficientemente largas para soportarlas.

Mikasa rió. Lucía demasiado tierno y gracioso. Luego de acomodar su ropa, comenzó a darle algunas uvas. Las masticaba con ganas, moviendo su cola. Hipnotizada por el sonido y calor que Armin le proporcionaba al haberse echado dramáticamente sobre sus piernas, Mikasa se quedó dormida.


Despertó horas después, cuando sintió un toque sobre su mejilla. Una punzada suave e insistente. Uno, dos, tres…

—Eh, Mikasa.

Reconoció la voz de Eren, aún sumida en su siesta. Abrió los ojos, sintiéndolos pegajosos, y se sorprendió de encontrar la habitación a oscuras. La única iluminación provenía de la fogata. Se alarmó de sobremanera. ¡¿Ya era de noche?! Sobresaltada, apartó la mirada, encontrándose a Eren a su lado con su dedo alzado.

El corazón de Mikasa se aceleró. Primero, porque estaba bien. Eren estaba bien. Segundo, porque su rostro se encontraba muy cerca del suyo. Pero no parecía molestarle. La niña se sentó, colocando débilmente la palma de su mano en la frente de Eren, incluso si no lucía enfermo tenía que cerciorarse de que así era.

—¿Te sientes mejor?

Eren rió un poco, apartando la mano de Mikasa. La niña se tensó al notar que no la había soltado.

—Sí, estoy bien. Gracias por cuidarme —dijo, solemne—. Suele pasarme después de transformarme. Estoy acostumbrado.

Aquello le dio mucha pena. ¿Cómo podía cuidarse a sí mismo de esa manera? ¿Cómo era posible que no tuviera a nadie quien lo arropara, o lo abrigara cuando tenía fiebre y frío? Mikasa se sintió realmente agradecida de haber visitado el bosque aquella tarde. Quién demonios sabría lo que habría pasado si no lo hacía.

Eren siguió hablando antes de que Mikasa dijera algo más. Soltó su mano para sostener en sus manos el suéter rojo que llevaba puesto. Aún mantenía el gorro en su cabeza.

—¿Tú lo trajiste? —Preguntó, aunque ya sabía la respuesta—. Gracias. No tenías que hacerlo…

Mikasa bostezó.

—Te lo debo. Tú me ayudaste cuando llegué aquí —Mikasa rió un poco al notar chocolate en la comisura de los labios de Eren. Al parecer había encontrado el postre especial—. ¿Probaste los pastelillos?

Él sonrió, emocionado.

—¿Tú los hiciste? —preguntó.

Mikasa asintió. Orgullosa de su trabajo.

—Prepararé algo nuevo para mañana —dijo. Luego frunció un poco el ceño, esta vez más preocupada—. Eren… ¿recuerdas algo de lo que dijiste?

Eren también frunció el ceño, confundido.

—¿De qué hablas?

No lo recordaba.

—Tú… estabas delirando, cuando tenías fiebre. Mencionaste a tu padre. Te disculpabas con él y hablaste de un sótano. ¿No lo recuerdas?

Eren abrió los labios, mirando hacia el vacío con un aspecto realmente miserable. Negó con la cabeza lentamente, depositando su concentración en todas las memorias que no parecía recordar. Aquello era realmente extraño.

—No… no lo recuerdo. ¿Un sótano? ¿De verdad dije eso?

Mikasa asintió. Hizo una pausa, pensando lo que diría, y suspiró. Aquella incógnita llevaba atormentándola durante unos días.

—Eren… ¿por qué nunca quieres ir a Shiganshina? Sé que debes quedarte aquí en el bosque pero… ¿nunca has pensado en ir allí? No has nacido en este bosque. ¿No recuerdas tu casa?

Eren miró sus manos. Mikasa notó que se había puesto los guantes blancos.

—Mi padre vivió en Shiganshina. Eso me dijo él. Pero se marchó de ahí cuando supo lo que Erwin Smith ocultaba. Se largó mucho antes de que yo naciera… nunca estuve en el pueblo.

La niña ladeó el rostro, curiosa.

—Dijiste que no sabes dónde está tu padre. ¿Crees que podría estar en Shiganshina?

Eren negó repetidas veces con la cabeza.

—No, no lo creo. Él… él habría venido por mí de ser así. No me habría dejado aquí solo.

Su comentario palpitó muy dentro de Mikasa. Aquellas palabras no eran buenas, no para él. La niña sostuvo su mano y él se sorprendió, alzando la mirada.

—Ya no estás solo, Eren.

El niño suspiró, sin apartar la vista de Mikasa. ¿Por qué? ¿Por qué aquella niña de nombre extraño era tan buena con él? No lo merecía. Eren era un monstruo. Había matado personas. Era igual que toda esa plaga de bichos horribles que habitaban las lejanías. ¿Por qué Mikasa era tan buena con él?

—Debes irte, Mikasa —sugirió—. Es muy tarde. Lamento que hayas tenido que quedarte para-

—Estoy feliz de haberme quedado —interrumpió ella—. Y muy tranquila de que estés bien otra vez.

Eren se ruborizó un poco, pero adquirió el valor para preguntar.

—Eh, tú… ¿regresarás mañana? No debes hacerlo por la tarde, puedes-

Mikasa sonrió. Una sonrisa tan radiante que hicieron a su corazón detenerse inesperadamente. ¿Qué era aquello? ¿Un… infarto? Su padre decía que los infartos se producían cuando el corazón se detenía. Eren podía jurar que el suyo había dejado de latir por un instante. Pero los infartos producían la muerte. Y, en ese mismo instante, Eren jamás se había sentido tan vivo en toda su vida.

No. Aquello no podía ser un infarto.

—Siempre regresaré.

Sin decir nada más, Mikasa se incorporó y abandonó la cabaña camino a Shiganshina. En cuanto la niña se marchó, su dulce perfume a vainilla y lavanda envolvieron el pequeño espacio que le rodeaba, y su corazón volvió a funcionar de nuevo. Pero esta vez con demasiada rapidez.

No. Aquello era otra cosa.


Mikasa caminó hacia su casa en silencio, una pequeña sonrisa tonta acompañándola durante todo su recorrido. No sabía qué hora era, pero la noche había arrasado Shiganshina y una preciosa luna iluminaba el cielo estrellado. Distraídamente Mikasa sonrió al ver a Onix, la estrella titán —como Eren solía llamarle— brillando junto a la luna.

Vaya, pensó Mikasa. De verdad cada vez está más cerca.

Llegó a su casa en menos tiempo del esperado. Se aseguro de pasar desapercibida, sin embargo esa noche no encontró guardias sobre los tejados, custodiando la ciudad. Al llegar a la puerta de entrada, la abrió con mucho cuidado. Suspiró pesadamente al notar que junto a la entrada yacían los zapatos de Kenny. Obviamente estaba presente esa noche. Mikasa se decepcionó, pero era normal. No podía esperar que Kenny se marchara y no regresara nunca, incluso si deseaba eso más que nada en el mundo.

Cerró la puerta y caminó directo hacia la cocina para servirse un vaso de leche. Tenía mucha sed. Mientras vertía el líquido en el vaso, recordó que había quedado con Jean esa misma noche para hablar con él. Miró la hora de reojo. Eran la una de la madrugada. No podía presentarse a su casa a esas horas de la noche. Además, incluso si lo hacía, ¿qué le diría?

Lo mejor sería quedarse esa noche en su cuarto pensando una buena excusa que inventar para mañana. Mientras pudiera prolongar el misterio sobre Eren y evitar contarle todo a Jean con lujo de detalles, mejor.

Luego de terminar su vaso de leche Mikasa se volteó dispuesta a irse a su habitación, pero dio un respingo del susto cuando vio a Kenny parado detrás de ella. El abrumador aroma a alcohol que desprendía ese hombre incluso si los separaba casi dos metros de distancia era terrible. Y Mikasa supo que eso no era una buena señal.

—K-Kenny…

Kenny, Kenny —repitió él con voz infantil—. Hasta que al fin llegas. ¿En dónde demonios estabas metida?

—En casa de Jean —contestó de inmediato, rígida.

Él resopló, entrecerrando los ojos.

—Jodida mentirosa —reclamó, apuntándola con un dedo—. El imbécil de tu amigo vino aquí a preguntar por ti hace un rato. ¿Así que estabas con él? ¡¿Con quién demonios estabas?! ¡¿Con Levi?! ¡Ahora resulta que te gusta ese enano de mierda! ¿Es apuesto, verdad? Cuéntame, sobrina, ¿folla bien?

Mikasa apretó los puños y se apartó de él, dándole la espalda para marchar a su habitación. Ser ignorado de esa manera lo enfureció. Se volteó, lanzando su sombrero al suelo con furia.

—¡No me des la espalda a mí, mocosa de mierda! ¡Ven aquí, maldita sea! —gritó, acercándose a ella para tomarla del brazo, pero Mikasa logró soltarse—. Tú, asquerosa puta, me has robado dinero, ¿no es así? ¡Mírame y dime la verdad, porque me falta una jodida bolsa de dinero en mi habitación!

Ella no contestó. Sabía, sabía que Kenny se enteraría tarde o temprano. Su silencio fue la respuesta que él necesitaba.

—¿Crees que porque Erwin Smith me dio una fortuna por entregarte como el puto sacrificio del titán puedes hacer lo que te venga en gana y robarme cuánto dinero se te antoje? ¡¿A caso crees que mi dinero es tuyo, maldita mocosa?!

Nuevamente fue ignorado. Mikasa se volteó para marcharse, pero Kenny la retuvo sosteniéndola por los cabellos fuertemente. Mikasa chilló, sorprendida, y el dolor se intensificó cuando Kenny la zarandeó de un lado a otro.

—¡Mocosa estúpida!

—¡Suéltame!

—¡Ya verás cómo te-

Las quejas de Kenny se detuvieron de inmediato cuando, muy inesperadamente, un sorpresivo escupitajo se impactó en su cara. Éste parpadeó, soltando a Mikasa, demasiado confundido. Llevó su mano a su rostro, quitando el exceso de baba y miró a Mikasa como si no pudiera creer que había sido ella, la niña inocente y tímida, quien había encontrado el coraje para hacer algo así. Mikasa lo observó rígida, y el rostro sorpresivo de Kenny se transformó en uno que la niña no tenía el placer de ver hace mucho tiempo.

Desgraciadamente, esperaba no volver a verlo nunca. Pero reapareció.

—¡VOY A MATARTE!

Mikasa se echó a correr por las escaleras rumbo a su habitación. Era absurdo, no había nada allí que pudiera protegerla de él, pero fue un inconsciente acto de defensa. Corrió por los pasillos oyendo los gritos de Kenny por detrás, cuando nuevamente chilló al sentir su mano aferrarse a su corto cabello nuevamente. La estampó con fuerza contra la pared, su frente chocando contra la madera mientras los gritos escandalosos de Kenny aumentaban cada vez más.

Aquella noche, Mikasa se ganó la paliza de su vida.


#Randomfact 1. Leyenda de Hitobashira. De hecho, es real. Cuenta más o menos lo que dijo Eren: Significa 'pilares humanos' y surgió en el Japón de la antigüedad, cuando las personas creían que era necesario hacer sacrificios a los dioses para que las murallas estuvieran protegidas y fuertes. Sellaban a las personas vivas y si los dioses aprobaban el acto, las construcciones duraban muchos años. Pero después había que lidiar con los fantasmas. ¿Les suena a algo? LOL. Este Isayama es todo un loquillo, seguramente se basó en esto para la teoría de que las murallas están hechas de titanes.

#Randomfact 2.
Leche de Amapola:
bebida medicinal de la saga de Canción de Hielo y Fuego, aka Juego de Tronos. No se si será real, mi hermana dijo que sí (?) pero quien sabe.
Álamo Temblón:
Es una planta con compuestos similares a los de una aspirina. Se utiliza para la fiebre y aliviar dolores leves.
Anís: En grandes dosis es tóxica(?) (la choza ya me quiere matar al Eren) pero sirve para eliminar la mucosidad en el sistema respiratorio.

#Randomfact 3. En una entrevista que dio Isayama, le preguntaron qué tipo de comidas le gustaban a Eren, y él respondió que nuestro bebé adoraba las comidas dulces. Me pareció tierno agregar a una Choza cocinando algo sweety para él.


¡Hello Everybody!

AUCH, REALLY, AUCH. Realmente lamento mucho el retraso u_u pero mi Musa fue muy malvada. Finalmente después de horas intentando sangrar mi frente frente al Word, logré escribir algo muy bueno(?). Este capítulo, aunque no lo parezca, es importante. Más que nada por la transición de ciertos personajes. Mikasa, por ejemplo. Más allá de que cuidar de un Eren enfermo haya reforzado más el lazo entre ellos dos, hasta ahora siempre fue una muchacha muy débil y fácil de intimidar. Hoy tuvo el coraje de plantarle cara a Jean y escupirle a su tío (LOL), como ven, Eren no solo está haciendo que sus sentimientos románticos cambien, sino que la está incentivando a rebelarse contra aquellos que la hacen sentir mal. Tal y como pasó en el manga. Eren sacó ese lado guerrero de Mikasa.

También es un capítulo de transición para Jean (aka Mr Friendzone) El que él sepa que Mikasa se escapa por las noches al bosque para quien sabe qué, es algo bastante peligroso, ¿no creen? Esperemos que Jean sea un buen amigo y no diga nada.

De nuevo, ¡MUCHÍSIMAS GRACIAS POR SUS REVIEWS! ¡Ya llegamos a los 60! -llora de felicidad-. De verdad, ustedes son lo máximo. Una de ustedes me dijo que por favor no abandonara el fic, ¡no se preocupen! XD no lo haré. Si actualizo tarde no es ni por falta de tiempo ni nada, sino porque mi musa es una desgraciada. Si tienen alguna idea bonita que quieren que incluya en el fic, háganme la saber, intentaré hacer un hueco para meterla ;) (ESO SONÓ TERRIBLEMENTE PERVERTIDO OKAY)

¡Le dedico este capítulo a Karen (aka Ymir's Freeckles) que hoy cumple 19 añitos! O al menos eso leí por twitter(?) pero da igual. ¡FELIZ CUMPLEAÑOS, DUDE! :')

En fin, gente. Muchas gracias por leer :) ¡espero actualizar pronto con más drama, niños enfermizos al borde de la muerte, maltrato infantil y pedofilia por parte de un soldado sensual y enano! Todo eso y mucho más en I will always return. Peace out!

¡Hasta la próxima!

Mel.