«I will always return»
Personajes de Hajime Isayama.
Summary:
Eren es un titan cambiante que vive en el bosque. El pueblo de Shiganshina le teme, así que proponen otorgarle un sacrificio con la condición de que se marche de las tierras y nunca regrese. Mikasa es una niña del pueblo que es ofrecida como el sacrificio. Cuando es abandonada en el bosque, en lugar de encontrar una bestia abominable, encuentra a un muchacho solitario. Eremika. AU.
#Notasquetodosaman(?):
Sorry por la tardanza x_x
—o—
El instante en que ese par de ojos marrones permanecieron estáticos observando con asombro la sangre impregnada por todo el cuerpo de Mikasa se sintió como una eternidad. La soldado y la niña insistieron patéticamente en observarse la una a la otra en completo silencio, ninguna dispuesta a abandonar la tétrica escena y avanzar hacia la cuestión en sí: ¿qué hacía Mikasa Ackerman llorando frente a su casa con su rostro y atuendo bañados en sangre? Petra Ral se había visto implicada en numerosas situaciones semejantes desde que finalizó su tedioso entrenamiento para convertirse en soldado de Shiganshina, o mejor dicho, cazadora. Y aunque la ciudad se caracterizaba por su pacífica tranquilidad, nunca estaban de más los asesinatos anuales a mano de psicópatas o esposas celosas de sus maridos.
Pero jamás había visto algo como esto. No era la sangre en sí lo que la abrumaba, sino la terrible inocencia perdida puesta sobre los hombros de Mikasa Ackerman. Petra conocía a cada niño de la ciudad, todos viviendo felizmente bajo la protección de sus padres, rodeados por el amor de sus familias. Mikasa jamás había experimentado ese tipo de cuidados y aunque Petra tampoco poseía ningún tipo de lazo familiar con esa chiquilla, ahora comprendía un poco mejor el amargo sentimiento que Levi llevaba experimentando durante semanas con respecto a Mikasa.
—M-Mikasa… por todos los Dioses… —masculló al fin, abandonando su estado de shock. Intentó acercarse a ella pero la niña retrocedió, sus manos temblando mientras infinidad de lágrimas se escapaban de sus ojos—. T-Tranquila, tranquila…
Mikasa negó con la cabeza frenéticamente, cubriendo su boca con las manos.
—¡No fue mi culpa! —chilló, histérica—. ¡Y-Yo no quería, no fue mi c-culpa, él me atacó, yo no quería!
¿De qué estaba hablando? Petra temió lo peor. Se acercó a Mikasa y la sostuvo por los hombros con firmeza obligando así a la niña a mirarla a los ojos. El pánico en la mirada de Mikasa provocó en Petra una oleada de estremecimientos constantes. Había conocido el sufrimiento en los ojos de muchos de sus compañeros a la hora de enfrentarse a los titanes, era espantoso tener que contemplar la misma expresión en la mirada de una niña de trece años.
—Mikasa… —dijo—. Tranquila, por favor. Necesito que me digas qué sucedió. ¿Quién te hizo esto?
La niña permaneció en silencio, agachando la cabeza sin detener su llanto. Entonces Petra advirtió que no necesitaba ningún tipo de respuesta para saberlo. ¿Qué otra cosa podía ser? Petra tomó aliento y sostuvo su mentón para que Mikasa pudiera mirarla a los ojos nuevamente. Sin darse cuenta, notó que ella también estaba temblando.
—Mikasa —repitió la pelirroja, su voz levemente distorsionada por el nerviosismo—. ¿Fue…? ¿Fue él?
¿Quién más si no?
El silencio de Mikasa fue suficiente para que Petra comprendiera la situación en su totalidad. Sin intención de espantar a la niña, la tomó de la mano y juntas caminaron hacia la puerta de entrada a la casa.
—¿H-Hay alguien? —preguntó de manera patética. ¿Qué otra persona podría haber allí dentro? Solo eran Mikasa y Kenny.
Mikasa negó con la cabeza. Petra suspiró al sentir la mano de la niña aferrarse con fuerza a la suya.
—E-Está cerrada c-con llave…
Para Petra eso no fue problema. En contra de su voluntad apartó su mano de la de Mikasa para rebuscar entre el pliegue de sus botas dos ganzúas que siempre cargaba consigo. Se consideraba a sí misma una experta en utilizarlas y muchos de sus compañeros halagaban su talento a la hora de abrir puertas cerradas. No le tomó mucho tiempo en abrir la cerradura oyendo un tenue click por parte de sus ganzúas, indicándole que el trabajo ya estaba hecho. Abrió la puerta y arrastró a Mikasa dentro de la casa, los candelabros estaban encendidos al igual que el fuego de la chimenea. Sin preocuparle la sangre fresca sobre la ropa de Mikasa, Petra la obligó a sentarse sobre uno de los sofás y ella se situó a su lado. Incluso si deseaba reconfortarla, primero tenía que averiguar lo que había sucedido.
Y así lo hizo.
Logró calmar a Mikasa luego de unos pocos minutos y la niña habló con la voz temblorosa y su mirada perdida entre las llamas de la fogata. Dijo que Kenny quiso golpearla de nuevo, pero que ella escapó hacia el bosque para librarse de él y Kenny la alcanzó. Entonces Mikasa le arrojó una piedra en la cabeza para defenderse matándolo en el acto. Durante todo su relato Petra realmente intentó contener las lágrimas, pero no pudo. ¿Cómo era posible para un ser humano tener la necesidad de desquitarse con una niña como Mikasa? A veces se preguntaba si los titanes no eran más que algún tipo de castigo divino por la crueldad de la humanidad, si ese era el precio que tenían que pagar por la infinidad de pecados que venían arrastrando durante tanto tiempo.
Cuando Mikasa dejó de llorar, Petra decidió que era el momento oportuno para ir en busca de Levi. No solo porque merecía saber lo que había pasado, sino porque realmente necesitaba ayuda. El cuerpo de Kenny Ackerman estaba pudriéndose poco a poco en el Bosque de los Árboles Gigantes, no podían simplemente dejarle allí tirado. Tenían que hacer algo.
Mikasa deseó protestar cuando Petra le avisó que iría por él, pero se rindió. ¿Cuál era el punto de protestar? Nada iba a cambiar lo sucedido. No podía evitar involucrar en esto a aquellas personas que tan bien se portaron con ella. Eren fue parte de ello. Petra ya lo era y Levi pronto lo sería también. Era inútil creer que podría manejar la situación por su propia cuenta, solo tenía trece años. Pero desgraciadamente había tenido que aprender a madurar mucho antes que eso.
Petra dejó a Mikasa sola en la casa por unos minutos mientras marchaba en busca de Levi. Aunque era tarde sabía que lo encontraría despierto, Levi sufría ciertos inconvenientes para dormir bien y desvelarse por las madrugadas era una de sus tantas manías extrañas como su afán por la higiene. Lo encontró más rápido de lo que había creído, abandonaba la taberna junto a un receloso Nile, al parecer habían tenido algún tipo de disgusto pero Nile dejó las calles de la taberna en cuanto la vio y Levi lució sorprendido de encontrarla allí, especialmente por la inquietud en su mirada.
Apartándolo un poco de la muchedumbre, Petra lo arrastró hacia el rincón más solitario de la calle para comentarle brevemente la situación. La estupefacción en su rostro no tenía nombre alguno, especialmente al mencionarle que Mikasa había asesinado a su propio tío con una piedra. No insistió con preguntas absurdas, ambos se dirigieron de inmediato hacia la casa y Petra no supo afirmar si era Levi quien se veía aún más nervioso que la niña, especialmente cuando aterrizaron frente a la puerta.
Petra fue la primera en entrar, de alguna manera intentando sobrellevar la situación lo mejor posible y tratando de infundirle algo de seguridad a Levi, quien caminaba detrás de ella con el rostro tan pálido como la nieve. Ambos se acercaron a Mikasa que permanecía en la misma posición de antes, sentada en el sofá con la mirada perdida y el ceño afligido. Petra tomó asiento a su lado en el sofá, frotando su espalda con cariño. Levi se inclinó frente a ella ambos quedando prácticamente bajo la misma altura.
—Ya le conté todo —susurró.
Mikasa se sobó la nariz, evitando vergonzosamente todo tipo de contacto visual con el Sargento Levi. Tenerlo frente a ella, en su propia casa, después de semejante atrocidad… era intimidante enfrentar una situación como esa. Incluso si su relación con Kenny no era la mejor, Mikasa había oído que ambos fueron muy cercanos en el pasado, tan cercanos como padre e hijo. Su tío jamás deseó indagar en el tema cada vez que Mikasa mencionaba aquello. Se preguntó si Levi estaría molesto con ella.
Petra advirtió el temblor de la niña, así que se apartó de ambos para recoger algunas mantas en la habitación de Mikasa. Le dedicó una mirada a Levi antes de dejarlos solos por un momento, otorgándole algo de privacidad con aquella muchacha con la que Levi sentía una particular conexión.
—Eh —dijo él, llamando la atención de la niña—. Mikasa…
Lentamente Mikasa agachó la cabeza, un suave sollozo escapando de su garganta mientras se llevaba las manos a los ojos para limpiar las lágrimas.
—L-Lo siento m-mucho —se disculpó, su voz temblando estrepitosamente—. Él y t-tú… se que ustedes… él…
Ni siquiera pudo completar la oración. En parte, porque la niña no encontraba la fuerza necesaria para continuar; y porque el Sargento Levi no dudó ni siquiera un segundo en inclinarse hacia ella y envolverla en un fuerte abrazo, poco importándole la mugre y sangre desparramada por todo su cuerpo. Mikasa no pensó que haría algo así, pero no protestó. Lo que más necesitaba en un momento como ese era un abrazo.
—No, Mikasa, no te disculpes —susurró Levi, sintiendo un extraño revoltijo en lo más profundo de su estómago—. Nada de esto es tu culpa. En momentos como ese… solo se trata de escoger lo que es mejor para uno, para todos.
Mikasa se apartó del Sargento con cuidado, confundida, pero muy atenta a su discurso. Había oído entre los soldados que el Sargento Levi era muy bueno con las palabras y deseaba oír lo que tenía para decir al respecto. Al fin de cuentas, lo único que Mikasa necesitaba era un poco de orientación.
—¿Dices que… no debo arrepentirme de lo que hice? —preguntó, no muy segura.
Levi sostuvo su mano, dejando escapar un suspiro.
—Sin importar cuál sea la elección más sabia; hasta alcanzar los resultados nadie sabrá con certeza si debió tomarla o no. Es mejor si escoges la opción por ti mismo, así no te lamentarás después. Puedes confiar en tus habilidades, o en las personas que te rodean, pero absolutamente nadie conoce el resultado. Hiciste lo que tenías que hacer para sobrevivir. Este es un mundo cruel, Mikasa, y solo los fuertes sobreviven. Y en cuanto a Kenny… —murmuró, apartando la mirada de la niña— hace muchos años que él y yo cortamos lazos, tengo mis razones para eso. Se cavó su propia tumba, él mismo buscó este final. Merecemos lo que nos ganamos. Así que no debes sentirte mal por ello.
Mikasa lo miró asombrada. Que el Sargento le dijera que no debía manifestar remordimientos al respecto la sorprendieron de sobremanera. No se había detenido a pensar como sería ahora su vida sin Kenny, qué es lo que haría sin tenerle a su alrededor todos los días. Se sentía demasiado mal al creer que eso era algo bueno, ya no tendría que lidiar con golpes, borracheras, gritos y peleas. Ahora sería libre. ¿Pero a costo de qué? Hizo algo que jamás creyó capaz de hacer: matar, quitar una vida, fuera inocente o no. Pero si no lo hubiera hecho, si el destino no se hubiera puesto de su parte para encontrar esa roca como arma de defensa… Mikasa estaría muerta, y su tío se alegraría por ello. Él deseaba deshacerse de ella.
Levi tenía razón. Era un mundo cruel. Solo los más fuertes se daban el lujo de sobrevivir, de continuar hacia adelante. Mikasa había demostrado su fuerza ese día, había demostrado el derecho de continuar viviendo incluso si otros no lo creían así. Pero aún así…
La voz de su tío interrumpió sus amargos pensamientos con una frase de la cual Mikasa no se había percatado hasta ahora. Le sorprendió la manera en que la situación dio un giro inesperado, abandonando la tristeza por un sentimiento mucho más extraño: la incertidumbre.
"Grita todo lo que desees, tu precioso Levi no va a escucharte. Una lástima, el pobre está a punto de perder a otro miembro de su familia… otra vez."
La niña alzó la mirada, confundida. Levi la observó de la misma manera, sin comprender del todo su repentina reacción. ¿Se había molestado ante lo que dijo?
—Tú… —comenzó, no muy segura—. ¿Tienes… algún familiar?
Levi frunció el ceño, no muy seguro a qué se refería con esa pregunta. Abrió los labios para responder, pero Petra interrumpió la escena llegando a la sala con varias mantas entre sus brazos. Levi calló al igual que Mikasa.
Petra se sentó junto a Mikasa y colocó una manta sobre su espalda. Mikasa agradeció el gesto, hacía mucho frío. Se preguntó qué sucedería ahora con Kenny, aún seguía tendido entre los arbustos del bosque. ¿Qué sucedería con ella si…?
—Erwin —habló Mikasa, percatándose de un detalle que había pasado por alto hasta ahora. Abrió los ojos, alarmada, mientras observaba a Levi—. Si él…
Levi interrumpió su preocupación de inmediato.
—Tú no te preocupes por nada de eso ahora —advirtió, decidido—. Nosotros nos encargaremos. A ti no te pasará nada malo, te lo prometo.
—Sí, Mikasa —acordó Petra, acariciando su cabello suavemente—. Nosotros nos encargaremos. Ven, será mejor que tomes un baño caliente.
Petra la arrastró hacia el baño y Levi marchó en busca de Hanji para comentarle la situación, si se suponía que debían hacer algo con respecto al cuerpo de Kenny era mejor que ella estuviera bien informada.
Durante su baño, Petra la ayudó a desvestirse y Mikasa se adentró profundamente en la bañera de agua caliente. La sangre se despegaba de su piel tiñendo el agua de un intenso color carmesí, ni siquiera podía ver su propio reflejo. Petra mojaba su cabello con una jarra mientras la niña se abrazaba las piernas con ímpetu, las lágrimas descendiendo por sus mejillas como una lluvia salada. Incluso si Levi tenía razón y esta vida se regía por decisiones y elecciones, eso no quitaba que Mikasa se sintiera mal por lo que había hecho. Una parte de su interior se alegraba de que todo hubiera terminado, ¿Cuántas veces había soñado con un mundo en donde su tío no existiera? Un mundo en donde ella pudiera ser libre sin tener que rendirle cuentas a nadie; ser como Eren, libre de escoger sus propias decisiones.
Aquél día había llegado, sí, a un costo muy elevado, pero llegó, y Mikasa sabía que no podía vivir con ese remordimiento sobre sus hombros. Tenía que enfrentar la situación y salir adelante por sí misma. Devi le había prometido un empleo seguro en su tienda, y su tío aún tenía bastante dinero guardado, Mikasa no parecía preocuparse por ese tipo de cuestiones. Su dilema era saber si podría dormir con la conciencia tranquila de ahora en adelante.
Cuando su baño terminó, Petra secó y peinó su cabello, entregándole un pijama abrigado para que se vistiera. Luego de eso la llevó hasta su cama y la cubrió con todas las mantas posibles. Era la primera vez que alguien hacía eso con ella, era un gesto muy propio de una madre. A Mikasa se le estrujó el corazón profundamente.
—Duerme tranquila, Levi y yo nos quedaremos aquí por esta noche —susurró.
Mikasa asintió, sin saber que otra cosa hacer, y Petra abandonó la habitación dejando la puerta entreabierta para otorgarle algo de luz. La niña se durmió más pronto de lo que había imaginado.
Petra caminó hacia la sala para encontrarse a Levi hablando con Hanji en voz baja. Se quedaron dentro de la casa durante unos minutos más, debatiendo seriamente lo que harían y qué dirían frente a Erwin, no podían ocultarle una muerte como esa pero mucho menos culpar a Mikasa por ello. Debían ser astutos. Zacklay conocía la rivalidad entre Levi y Kenny y no tardaría en culparlo por aquella masacre.
Los tres abandonaron la casa de Mikasa en silencio y marcharon hacia el bosque con cautela, ocultándose de los soldados que patrullaban los techos de Shiganshina. Llevaron una lámpara con ellos y recorrieron el bosque en completo silencio, aunque Petra pudo notar la excesiva palidez en el rostro de Levi a pesar de la oscuridad que los rodeaba. Hanji fue la primera en advertir ver algo dentro de esa penumbra sin límites. Un zapato negro sobresalía dentro de los arbustos.
Dubitativos, caminaron hacia el hallazgo y el trío dejó escapar un jadeo ahogado al comprobar que allí no había ningún cuerpo, solo un zapato perteneciente a Kenny. Se miraron con curiosidad, temerosos a la vez. ¿Dónde estaba el cuerpo? ¿A caso Mikasa había mentido sobre ello? No, no podía ser una mentira… la niña estaba repleta de sangre y golpes, su historia resultaba demasiado creíble ante sus oídos, no podía ser una farsa.
Luego de unos minutos allí frente a los arbustos, decidieron que sería mejor dejar las cosas como estaban. ¿Cuál era el punto de volver a interrogar a Mikasa y preocuparla con ese tipo de cosas? Tal vez algún oso de las montañas había encontrado su cuerpo para llevárselo, o lobos… o quién sabe qué.
Sin embargo, Levi sospechaba, aunque no sabía qué exactamente. Kenny estaba muerto, eso era algo definitivo… ¿pero y su cuerpo? ¿Dónde estaba?
Lo que ignoraba era que dentro del mismo bosque, a pocos metros de ellos, un niño yacía oculto detrás de unos arbustos, sus ojos color esmeralda observando la escena con mucha atención. El cuerpo de Kenny ya no estaba y él había sido el responsable de eso. Alejándose de la aldea para que nadie notara el estallido de su transformación, Eren cargó a Kenny y se lo dio de carnada al resto de titanes que habitaban en las lejanías, era la mejor forma de deshacerse de un cuerpo. Incluso a regañadientes Eren tenía que admitir que los titanes al menos servían para algo.
Los soldados se marcharon del bosque y regresaron a la casa de Mikasa. Hanji se despidió de ellos y Levi permaneció dentro de la sala junto a Petra, ambos bebiendo un té frente a la fogata de la chimenea, cuidando desde la distancia los sueños de Mikasa. Acordaron esperar hasta la mañana siguiente para informarle al resto de la ciudad lo sucedido y así fue. Cuando la hora de la guardia llegó, Petra le informó a Erwin que durante su cacería por el bosque hallaron un zapato ensangrentado que Mikasa identificó como el de su tío Kenny. La noticia tomó por sorpresa a Smith quien no se esperaba la muerte del Destripador tan repentinamente. El líder del pueblo visitó la residencia Ackerman personalmente para entregarle el pésame a la pobre niña, solidarizándose con ella e informándole que no sería necesario pagar una renta por la casa comprada, que ésta sería suya por herencia y que contaba con su apoyo para cualquier cosa que necesitara.
Levi no se tragó sus absurdas palabras, pero no dijo nada al respecto. A Erwin le convenía tener a Mikasa de su parte después de todo lo que había pasado y eso él lo sabía muy bien.
Según lo acordado, Mikasa seguiría viviendo en su antigua casa por su propia cuenta, Levi se había ofrecido a ayudarla de alguna manera más personal pero ella se negó con dulzura diciendo que Devi le había ofrecido trabajo y eso sería suficiente para ella. De alguna manera Levi se sintió tranquilo por ello. Sabía que Mikasa era una niña muy independiente que sabría manejárselas por cuenta propia. De todas maneras, Levi seguiría al pendiente de ella. No por obligación, sino por deseo propio. Le había cogido un profundo cariño durante todo lo sucedido, ambos compartían demasiadas cosas en común. A veces ese simple hecho le aterraba.
De alguna manera y a pesar de todo, Levi había saldado su cuenta indirectamente. Kenny Ackerman finalmente había pagado por lo que le hizo a su padre.
Ahora Levi podía respirar en paz.
Dos años después…
Aquella tarde la cálida brisa de una recién llegada primavera envolvió la ciudad de Shiganshina. Ese día los pájaros cantaron con más entusiasmo del establecido y los ríos de la ciudad se colmaron de niños dispuestos a pescar peces imaginarios, el verano estaba cerca y podía sentirse su aroma en el aire, un aroma que Mikasa ansiaba con ferviente impaciencia. Era su estación favorita del año y como la ciudad de Shiganshina se situaba en un sector lo suficientemente apropiado para vestir las cuatro estaciones anuales, Mikasa podía disfrutar cada una de ellas en su totalidad.
Suspiró, algo acalorada, mientras guardaba unos paquetes de hojas de menta dentro de una caja de madera colocándolos sobre el mostrador de la tienda. Aquella tarde el trabajo había sido escaso. La primavera y los veranos no eran buenas épocas para Cura de la Arpía. Los ciudadanos conservaban su buena salud debido al cálido clima y nadie requería de algún tipo de medicina para calmar resfriados o curar la fiebre intensa producto de una fría noche de invierno. De todas formas, los interesados en la alquimia siempre se paseaban por la tienda con la intención de comprar ciertas cosillas necesarias para sus brebajes, pero la clientela había disminuido un poco. Para colmo, nadie era lo suficientemente alérgico en Shiganshina —o eso parecía— como para visitar a Devi y solicitar sus atenciones curativas. Por esa misma razón, aquella tarde se tornó algo aburrida para Mikasa, recargada junto al mostrador mientras bebía una botella de agua esperando que las horas pasaran rápido para marchar hacia el bosque junto a Eren.
Las primaveras dentro de El bosque de los Árboles Gigantes eran todo un espectáculo. La noche anterior Eren la llevó casi al límite del bosque, muy cerca de las lejanías, para enseñarle la inefable danza de las luciérnagas bajo el anochecer, iluminando muy orgullosas el bosque como estrellas caídas del cielo flotando sobre el aire. Mikasa había visto luciérnagas antes, especialmente en verano y bajo el árbol de su jardín pero no tantas como esas. Aquél bosque era una verdadera travesía.
Las flores habían emergido de la tierra con impaciencia y la cabaña de Eren se veía rodeada por un aroma suave y delicado, fuerte y empalagoso a la vez. El joven de dieciséis años se veía muy emocionado porque durante ésta época del año el bosque le proveía de las frutas y verduras necesarias para subsistir. Incluso si Mikasa se encargaba diariamente de llevarle toneladas y toneladas de comida —sus constantes transformaciones le obligaban a reponer fuerzas con un apetito insaciable—, a Eren le agradaba comer frutas. Era como un muchacho salvaje.
Mikasa parpadeó cuando, alejándose por un momento de sus absurdos pensamientos, divisó no muy lejos de la entrada a la tienda a una pareja besarse intensamente junto a una carreta repleta de verduras. Mikasa ladeó el rostro, curiosa, y observó con detenimiento la manera en que ambos unían sus labios, rozándolos entre sí una y otra vez. El hombre sostenía la nuca de la mujer con sus manos, amoldando su boca contra la suya y sus ojos permanecían fuertemente cerrados. Ella, en cambio, acariciaba su cabello, entrecerrando sus largos dedos entre su rubia melena.
Mikasa suspiró, algo ruborizada. Durante largos días se había preguntado lo mismo una y otra vez: ¿Cómo se sentía besar a alguien? Había cumplido quince años hacía un par de meses y Petra le advirtió que esa era una edad muy especial en la vida de una mujer. Era la edad en donde comenzabas a experimentar la existencia en todo su esplendor. Mikasa al principio no comprendió del todo su indirecta, pero cuando el tiempo pasó y se halló a sí misma pensando en ese tipo de cosas —besar a alguien, tener un novio, besar a alguien, continuar besando a alguien— pudo entender mejor la indirecta de Petra.
Alzó su mano hacia su boca, depositando sus labios sobre la palma de ésta y torpemente comenzó a imitar los movimientos que esa pareja empleaba con maestría a pocos metros de ella. Mirándose al espejo que se situaba junto a ella se dio cuenta de que lucía ridícula, aunque no se sentía tan mal.
Puso final a su absurdo trabajo cuando Devi entró por la puerta repleta de cajas y bolsas de tela. La mujer jadeó, cansada, y dejó todo su cargamento en el suelo junto a una silla, masajeándose la cintura con remordimiento.
—¿Ha venido alguien? —preguntó, esperanzada.
Mikasa negó con la cabeza repetidas veces, su mentón descansando ligeramente sobre su mano.
—Ni una mosca.
Devi gimió de irritación agitando su mano con torpeza por la mala suerte que llevaba corriendo su pobre tienda de alquimia. Mikasa siguió observando disimuladamente a la pareja que poco a poco decidía separarse después de tan larga sesión. Sin pensarlo siquiera, preguntó lo primero que le vino a la mente.
—Devi… —comenzó, frunciendo levemente el ceño—. ¿Alguna vez… has besado a alguien?
La mujer soltó una risita mientras abría las cajas que colocó sobre el suelo. En su mirada había una pícara chispa.
—¿Por qué lo preguntas? —dijo—. ¿Quieres besar a alguien en especial?
Mikasa se ruborizó violentamente, apartándose del mostrador como si la hubieran encontrado con las manos en la masa.
—¡N-No! —tartamudeó, nerviosa—. S-Solo es curiosidad…
Devi se echó a reír.
—Curiosidad, sí, claro —se burló—. Pero si de verdad estás pensando besar a alguien, deberías probar con Jean. Ese pobre muchacho muere por un beso tuyo.
Mikasa rodó los ojos mientras guardaba cosas inútiles dentro de cajas simplemente para mantenerse ocupada y evitar el bochorno.
—No sé porqué insistes con lo mismo. Jean es solo mi amigo.
Durante un tiempo Devi había comenzado a nombrar un detalle que Mikasa, por el momento, pasaba por alto. Insistía en que Jean Kirschtein estaba enamorado de ella y la joven no podía hacer otra cosa más que reírse de ello. ¿Jean, enamorado de ella? Pero vaya tontería. Ambos eran amigos desde la infancia, era como un hermano o un primo bonito al que podía contarle sus problemas y jugar.
Por supuesto, ya no eran niños, pero la amistad seguía siendo tan buena como antes, y aunque Jean aún mantenía una relación cercana con Reiner y el resto de sus amigos, éstos no habían vuelto a molestarla desde que Levi se entrometió años atrás para defenderla. Su odiosa madre también había aceptado a regañadientes el hecho de que ambos seguirían siendo amigos a pesar de las oposiciones ajenas y eso otorgó más libertad a Jean a la hora de elegir sus amistades.
Mikasa suspiró, recogiendo su bolsa de tela y aferrándola sobre su hombro.
—Hablando de Jean, quedé de verlo en la plaza principal. Te veo mañana —dijo en modo de despedida, caminando hacia la puerta.
—¡Eh, espera, ayúdame con las cajas!
Con una risita traviesa Mikasa abandonó la tienda dejando a una muy irritable Devi detrás de ella. Teóricamente su turno de trabajo ya había terminado, pero por simple aburrimiento a veces solía quedarse más horas de las establecidas hablando con aquella mujer y recibiendo algunos consejos femeninos que siempre eran bien recibidos.
La ciudad se encontraba más llena que de costumbre, Mikasa no supo porqué, pero ya no le molestaba como antes. Las personas no continuaban mirándola con lástima como cuando era niña, se habían acostumbrado a su presencia en las calles y al hecho de que ya no era la sobrina de El Destripador. Ahora simplemente era Mikasa Ackerman, y la pobre muchacha se alegraba de vivir por su propia cuenta, bajo sus propias reglas. Ya no era la sombra de alguien más. Ahora podía ser ella misma.
Mikasa se detuvo, curiosa, cuando a lo lejos halló a un grupo abundante de gente reunida de forma apretujada junto a la fuente de la plaza principal. Podía oír alaridos a lo lejos, ¿a caso habían atrapado a algún ladrón? Caminó hacia la multitud con cautela, abriéndose paso entre la muchedumbre cuando vio a un hombre muy delgado tirado en el suelo, de aspecto demacrado. Lucía como si no hubiera dormido durante años.
—¡Yo las vi en mi sueño, las vi! —gritó, histérico—. ¡Las murallas, las tres murallas! ¡Gloriosas sobre un campo, tan altas que tocaban las estrellas!
—¡Ya cállate, maldito desquiciado! —gritó alguien a lo lejos.
—¡Ellos vendrán, nos devorarán a todos! No podemos escapar… ¡las murallas nunca serán lo suficientemente resistentes! La humanidad… está perdida… ¡el apocalipsis se acerca, se acerca!
Su discurso terminó cuando uno de los soldados apareció cargando un rifle y golpeó la cabeza del hombre con mucha fuerza, éste cayó desplomado sobre el suelo. Con ayuda de Mike lo cargaron y se lo llevaron hacia el calabozo, o eso es lo que Mikasa suponía. Aquel acto le enfadó demasiado. Después de haber descubierto a mano de Eren que los titanes aún existían alrededor del mundo entero, era cada vez más consciente de que Erwin Smith se encargaría de masacrar a todo aquel que proclamara lo contrario, todo aquél que deseara desafiar la pacífica e imaginaria vida que él había creado sobre el pueblo entero.
Mikasa desconocía si el pueblo conocía la leyenda de las murallas tanto como Eren, con cada lujo de detalles, pero ese hombre al parecer sí, y los soldados lo habían atrapado por eso. Mikasa se preguntó que harían con ella si descubrían que frecuentaba el bosque para visitar a un joven que se transformaba en titán constantemente.
Una mano sobre su hombro hizo a Mikasa olvidar por un instante sus preocupaciones. Se volteó algo sobresaltada, pero un sonriente Jean cargando bolsas que olían demasiado bien —seguramente era comida de la panadería de su madre— la hicieron devolver la sonrisa.
Ambos se alejaron de la muchedumbre que poco a poco comenzaba a desintegrarse y se sentaron sobre la fuente de agua a comer el pan crujiente y caliente que había traído su mejor amigo. Al principio se quedaron en completo silencio, ambos demasiado ocupados en ingerir comida que hablar sobre tonterías de las que ya habría tiempo. Jean mencionó ligeramente al hombre que los soldados se habían llevado y Mikasa expresó su desconcierto ante ello, pero luego de eso, simplemente ocupó unos pocos minutos para observarlo.
¿Por qué Devi insistía con que Jean estaba enamorado de ella? ¿Cómo era posible poder identificar algo como eso? ¿Había algún tipo de táctica o señal que Mikasa estaba pasando por alto? Jean solía sonrojarse junto a ella pero Mikasa lo había visto hacerlo con muchas otras muchachas de la ciudad. Eso no podía significar que él tenía sentimientos hacia ella.
Era un muchacho guapo, muy guapo. Había abandonado esa inocencia infantil —cabello muy corto, cachetes regordetes, manos pequeñas— para dar paso a un muchacho alto, desgarbado, su mandíbula fuertemente delineada y un peinado algo rapado que su madre no aprobaba en lo absoluto. Pero le extrañaba que con dicha facha aún no hubiera conseguido una novia o verle interesado en alguien más. Mikasa había oído que Annie estaba enamorada de él, pero…
—Jean —dijo, entre curiosa y dubitativa—. ¿No hay ninguna chica del pueblo que te guste?
Mikasa supo que si aún estuvieran comiendo del pan, Jean se habría ahogado con él. La miró con sorpresa, sus mejillas tiñéndose de un irreprochable color carmesí.
—¿P-Por qué preguntas eso? —Inquirió, no muy seguro—. ¿A-A ti te gusta alguien?
Mikasa enrojeció, apartando la mirada casi de inmediato. Se encogió de hombros, sin saber qué expresión demostrar.
—P-Pues… no.
Jean carraspeó, alzando el rostro como un felino y se encogió de hombros, Mikasa pudo notar más seguridad en su expresión corporal.
—Yo… me estoy reservando para alguien más —respondió, casual. Luego resopló con algo de malicia—. Qué, ¿a caso te sientes atraída por el chico titán? Últimamente has visitado ese estúpido bosque más de lo usual…
Aquél comentario causó que Mikasa apretara los dientes con irritación. Poco después de que su tío Kenny… falleciera, Jean la atrapó con las manos en la masa una noche caminando hacia el bosque con una canasta repleta de ropa y comida para Eren. Aquella vez Mikasa no pudo escapar ni mentir otra vez. Lo buscó al día siguiente y le confesó casi todo. Por supuesto, Jean no estuvo de acuerdo. Decía que era peligroso tratar a alguien como Eren, ¿qué sucedería si no podía controlarse? ¿Si se transformaba y terminaba hiriéndola?
Mikasa había pensado en ello muchas veces, pero no temía las consecuencias. Eren nunca le haría daño incluso si otra parte de él le obligaba a hacerlo. Mikasa le hizo jurar a Jean que nunca diría nada a nadie, ni siquiera a Levi o al resto de los soldados de los cuales su madre era tan amiga. Él a regañadientes aceptó la condición, sin embargo jamás había aprobado su amistad con el chico titán, como solía llamarle.
—Su nombre es Eren —corrigió Mikasa, molesta—. Y es mi amigo.
Jean rodó los ojos. Se veía sumamente irritado.
—Yo he sido tu amigo por mucho más tiempo —protestó, despeinándose el cabello—. ¿Nunca me lo vas a presentar?
Ella suspiró.
—Ya te dije que no puedo mostrárselo a nadie… sería peligroso.
Mikasa se quedó en silencio cuando la mirada de Jean se posó sobre ella, repleta de curiosidad. La muchacha encaró una ceja, confundida, sin entender del todo por qué la observaba de aquella manera, como si intentara descifrar una palabra extraña dentro de algún libro. Pudo contemplar cierto aire burlón en sus ojos.
—¿Qué sucede? —preguntó.
Jean sonrió aún más, echándose a reír con ganas. Sus ojos eran amables, pero sus palabras no lo eran.
—Sabes, estoy comenzando a dudar de que ese amigo tuyo sea real.
Aquello molestó a Mikasa. ¿A caso la estaba llamando mentirosa?
—¿De qué hablas?
Él se encogió de hombros con arrogancia.
—Nunca me lo quieres presentar, y toda esa cháchara de la protección del pueblo suena más a una historia de fantasía que a algo real. Creo que estás celosa de que últimamente haya pasado más tiempo con Sasha, entonces inventaste la excusa de tu amigo imaginario para recordarme que mi mejor amiga eres tú. Aunque eso ya lo sé, no es necesario que hagas todas estas cos-
Mikasa frunció el ceño, entre molesta y sorprendida. Lo interrumpió acercándose hacia él para golpearlo suavemente en la cabeza con su puño. Jean se sobresaltó, molesto, y ella resopló con ganas.
—¿Te has golpeado la cabeza? Estás actuando extraño hoy —se quejó—. Eren es real, pero no voy a poner en riesgo su vida solo para mostrártelo como si fuera un juguete.
Su amigo resopló.
—Ya. Me quieres presentar a un titán, ¿y el que corre peligro es él? ¿Qué hay de mí? Podría comerme o algo así…
Mikasa puso los ojos en blanco y se incorporó con molestia, recogió su bolso y se despidió de Jean con una mirada aburrida y desinteresada, aquella charla había cambiado el panorama de la amistad para pisar un terreno de discusiones en el que Mikasa no deseaba entrar. Últimamente discutían demasiado.
—Te veo luego, Jean —dijo sin más.
Mikasa marchó directamente hacia el bosque sin pasar por su casa primero. Durante su cuidadoso recorrido advirtió que el cielo se había nublado, ¿iba a llover? Podía sentir la humedad en el aire, no era muy común que lloviera en primavera pero Shiganshina era una ciudad con un clima muy variado.
Se escabulló por los arbustos y se adentró en el bosque con maestría, ahora podía decir que conocía el terreno a la perfección, caminar por los senderos de ese bosque se había convertido en algo tan normal como respirar, conocía sus caminos tanto como conocía las calles de Shiganshina, cada una de sus tiendas y el nombre de cada ciudadano memorizados en su mente a la perfección.
Al adentrarse lo suficiente dentro del lugar, divisó a Eren a lo lejos recogiendo manzanas de un árbol, a espaldas de ella. Mikasa sonrió, dispuesta a asustarlo. Caminó con cautela hacia él intentando no hacer ruido con la maleza que se interponía entre sus pies, cuando estuvo lo suficientemente cerca tocó su espalda con ambas manos dejando escapar un sonoro boo.
Eren dio un exagerado respingo asustando a Armin que yacía sentado entre sus pies. Mikasa no pudo evitar reír ante su patética reacción, Eren podía ser muy cobarde en ese tipo de situaciones incluso si se veía a sí mismo como la persona más valiente de la tierra. Mikasa continuó riendo mientras Eren se volteaba, enfadado al saber que había sido ella.
—¿Por qué siempre haces lo mismo? —se quejó, ofendido, mientras recogía la canasta de manzanas que se cayeron a causa de su sobresalto.
Mikasa sonrió, satisfecha consigo misma.
—Es divertido —respondió, y cargó a Armin entre sus brazos—. ¿Qué haces?
Eren resopló, un ligero malhumor cruzando su mirada.
—¿Tú qué crees? Recojo manzanas —repuso, como si fuera lo más obvio del mundo—. De todas formas, ¿qué haces aquí tan temprano? Creí que vendrías por la noche.
Armin cerró los ojos repleto de placer mientras Mikasa rascaba suavemente sus orejas.
—Salí temprano de la tienda, no había mucho por hacer. La ciudad está demasiado tranquila.
Eren bufó, terminando de recoger las manzanas restantes.
—Ni tanto —dijo, sombrío—. Los titanes han estado inquietos últimamente. No sé porqué. He tenido que transformarme más de dos veces en esta semana…
Mikasa se tensó. Sabía lo difícil que era para Eren soportar los períodos que conllevaban una transformación, y aunque no se había vuelto a sentir tan mal como aquella vez en donde tuvo que cuidar de él, había manifestado ciertos sangrados nasales y Mikasa temía por su salud, especialmente si se había transformado más de dos veces en un período de tan cortos días. Temía que volviera a enfermar, y esta vez de una peor manera.
—¿De verdad? —Preguntó, sorprendida y temerosa a la vez—. ¿E-Estás bien?
Antes de que Eren pudiera responder algo, un fuerte relámpago se oyó a lo lejos en el cielo. Ambos alzaron la mirada y una primera gota de agua dio paso a una intensa lluvia que emergió casi de repente. Incluso si el cielo se veía nublado no creía que llovería tan pronto. Eren tomó a Mikasa de la mano y la jaló por un estrecho sendero hacia unos montículos de piedra lo suficientemente altos y ocultos bajo ramas para evitar que ambos se mojaran. Se sentaron sobre ellos y la lluvia cayó a su alrededor como nieve congelada, Mikasa agradeció que los árboles del bosque fueran lo suficientemente altos y grandes como para protegerlos de la llovizna.
Luego de unos minutos en donde la lluvia no cesó, Armin se situó junto a ellos y aprovecharon para comer las manzanas que Eren había traído consigo. Solo quedaban unas pocas, el resto se habían caído cuando comenzó a llover y a Eren no pareció molestarle dejarlas allí tiradas. Ninguno de los dos dijo nada y comieron en silencio, pero sin notarlo siquiera, Mikasa lo observó de reojo durante pocos minutos.
Su firme y definida mandíbula masticaban casi con aburrimiento los trozos de manzana, sus labios levemente mojados por el agua y la fruta. Su cabello también había alcanzado a humedecerse, sus largos y marrones mechones pegándose a su piel morena como sudor.
Era muy guapo y ya no era un niño. Se había vuelto muy alto, incluso más que ella. Mikasa también había notado lo bonita que era ahora, al menos eso decía Petra. Era una señorita, esas eran sus palabras exactas. Su cabello había crecido un poco pero había vuelto a cortarlo cuando Eren le dijo que lo prefería corto, dos días después Mikasa había cogido las tijeras para hacerse un desastre en el cabello, un desastre que Petra se ofreció a corregir entre risas.
¿A caso Eren también notaba ese tipo de cosas en ella? El grosor de sus labios, su altura… ella lo hacía con respecto a él. Su voz había adquirido un tono ronco y masculino, para nada cercano a aquella voz aguda e infantil que oyó al conocerlo por primera vez. Al igual que Jean, se había convertido en un hombre. Eso quería decir que no era tan dramático pensar en él de una manera diferente, ¿o si?
¿A caso te sientes atraída por el chico titán?
Su corazón latió de prisa de tan solo pensar en lo que Jean le había dicho horas antes. Y no fue hasta ese pequeño momento en donde notó que compartían la misma manzana; se la iban pasando e iban dando mordiscos por turnos, lo cual, si nunca has besado a nadie, es casi como besarse. Aquél pensamiento la hicieron ruborizar de sobremanera. Entonces lo dijo. Lo hizo.
—¿Alguna vez… —comenzó, sin mirarlo—… has besado a alguien?
Oyó a Eren tragar muy fuertemente el trozo de manzana que llevaba masticando en su boca, Mikasa lo miró alarmado creyendo que se había atragantado, pero no. Parpadeó varias veces, sus mejillas tiñéndose de rojo y Mikasa no pudo evitar sonreír un poco ante eso. Se veía muy tierno.
—¿B-Besado? —tartamudeó, mirándola de reojo con temor, como si fuera un monstruo gigantesco a punto de comérselo vivo.
Pero Mikasa se armó de valor para asentir con total despreocupación. ¿Cuál era el punto de mostrar timidez? Durante un tiempo Mikasa se preguntó cómo sería besar a alguien por primera vez. Y ahora Jean le había implantado un gran saco de dudas en su interior. Eren estaba a su lado, mirándola con algo de sorpresa, y Mikasa debería haber sabido que ese era el momento perfecto para algo así. Durante dos años se había convertido en su hogar, en la única familia a quien ella realmente valoraba después de la muerte de su tío. Fue Eren quien colocó esa bufanda roja alrededor de su cuello, infundiéndole un calor que jamás había sentido con nadie.
Fue él quien con tan solo trece años hizo a su corazón latir de tan solo decirle cuan bonita era. Si Mikasa debía imaginar su primer beso con alguien, no podía visualizar a nadie que no fuera Eren, con nadie más se atrevía a hacer algo como eso. Se acomodó sobre su roca para quedar cara a cara frente a él, rogando a los Dioses por no llevar consigo un pésimo aliento.
—Quiero saber cómo se siente besar a alguien —dijo, decidida.
Eren volvió a parpadear, más sonrojado que nunca, pero no pareció atreverse a protestar o romper el contacto visual. Mikasa tomó un profundo suspiro y comprendió que Eren había captado la sutil indirecta. Armin pareció notar cierto cambio en el ambiente porque despertó de su siesta y alzó la mirada hacia ellos dos, curioso. Era ahora o nunca, pensó Mikasa. Ambos se encontraban lo suficientemente cerca para que Mikasa no tuviera que ingeniárselas mucho a la hora de acercar su rostro al de él. Y lo hizo.
Poco a poco fue inclinando su rostro con lentitud, nerviosa y ansiosa a la vez. Confundido, Eren hizo lo primero que le vino en mente: cerró los ojos y frunció los labios, esperando el beso que se suponía iba a llegar. Mikasa se detuvo frente a él y tuvo que contener la risa, su expresión era muy graciosa. No pudo aguantar y dejó escapar una carcajada. Enfadado y avergonzado, Eren abrió los ojos, muy molesto.
—¡D-De qué te ríes! —se quejó.
Mikasa rió más fuerte ante su fastidio. Cubrió su boca con las manos, intentando controlarse. Eren lucía muy ofendido, la ignoró y tomó otra manzana con rapidez.
—Eres una estúpida —masculló, y mordió la manzana con fuerza.
Mikasa volvió a reír, ruborizada, y cuando Eren terminó de masticar y tragar el trozo de manzana ella lo sorprendió tomando ligeramente su mentón con la punta de sus dedos, girando su rostro hacia ella. Sin siquiera darle tiempo a reaccionar, Mikasa presionó débilmente sus labios contra los de Eren, éste abrió sus ojos con sorpresa, observando a Mikasa presionar sus labios contra los suyos mientras mantenía sus ojos cerrados.
Él parpadeó, quieto como una roca mientras la manzana que cargaba en su mano se deslizaba hacia el suelo con torpeza. Mikasa terminó el beso al instante, abriendo sus ojos poco a poco con algo de torpeza. No había sido para nada un beso como el que ella había visto esa mañana, apasionado y repleto de… bueno, repleto de otras cosas que Mikasa no se había animado a hacer aún.
Ambos permanecieron quietos durante pocos segundos, tal vez demasiado conmocionados y aturdidos por lo que acababa de pasar. Ni en un millón de años Eren creería que Mikasa lo besaría; es más, ni siquiera se había tomado el tiempo suficiente para pensar en ese tipo de cosas, novias, besos y demás. Su prioridad siempre había sido la soledad y proteger al pueblo, esperando como un imbécil el regreso de un padre que no veía hacía años. Pero en ese momento cuando su corazón sufrió un infarto definitivo al sentir los labios de Mikasa sobre los suyos, olvidó por un instante su condición de titán, su poder, la amenaza que regía en las lejanías… todo.
Sin saber qué hacía exactamente y después de permanecer casi un minuto con la mirada fija en los labios de Mikasa, fue él quien se inclinó esta vez hacia ella tomándola por sorpresa. Presionó sus labios contra los suyos, esta vez con más firmeza. Mikasa dio pie a que la acción continuara separando levemente sus labios, profundizando un poco más el contacto. Se sentía bien, muy bien. Sus labios eran esponjosos y contenían el dulce sabor de la manzana que había comido minutos atrás haciendo el beso aún más agradable. Su cálido aliento la envolvió por completo y el frenético latido de su corazón le indicó que si continuaba de esa manera, éste se saldría de su pecho sin ningún tipo de consideración.
Sí, sí, sí. No le importaba en lo absoluto. Había descubierto un pasatiempo demasiado bonito como para preocuparse por algo más, todos sus órganos podían desintegrarse las veces que fueran necesarias si eso significaba obtener un beso de Eren. Le gustaba.
Él le gustaba.
Mucho.
Ambos se vieron forzados a separarse con un respingo al oír, no muy lejos de ellos, unas firmes y sonoras pisadas que hicieron a los árboles agitarse con furia. Mikasa se asustó, jadeando ante la repentina interrupción y Eren abrió los ojos con sorpresa, comprendiendo la situación mucho más rápido que ella. Se incorporó de las rocas a la velocidad de un rayo y tomó a Mikasa de la mano para ayudarla a incorporarse también. Mikasa observó sorprendida la forma en la que Armin también pareció comprender la situación, éste se adentró entre los arbustos del bosque y huyó lejos, muy lejos.
—Un titán, cómo demonios… —masculló él, alarmado. Miró a Mikasa y la empujó ligeramente por el sendero por el cual había llegado—. ¡Vete!
¿Un titán? ¿A caso un titán se había adentrado en el bosque? ¿Cómo era eso posible, si Eren podía mantenerlos alejados con su poder? Temió lo peor.
—¡Pero-
—¡Vete! —gritó él, alarmado—. ¡Cuando esos capullos oigan el relámpago vendrán, no deben verte! ¡No regreses hasta mañana!
Dicho esto, Eren corrió hacia el lugar en donde las pisadas se hacían cada vez más constantes. Desesperada, Mikasa se volteó y echó a correr hacia la ciudad nuevamente. Sus pies atravesaron la maleza con una agilidad que no creyó posible en un momento como ese. A sus espaldas oyó el ensordecedor sonido del trueno provocado por la transformación de Eren y Mikasa temió lo peor. La mayoría de las veces decidía transformarse durante un período de lluvias muy intensas, alejándose lo más posible de la ciudad y prácticamente pisando el terreno de las lejanías. De esa manera, si alguien alcanzaba a oír el impacto, podrían confundirlo con un simple relámpago producto de una tormenta. Pero incluso si en aquél momento la lluvia no se había detenido —aunque su intensidad bajó considerablemente— ambos se hallaban muy cerca de la ciudad, los árboles que rodeaban la ciudad no eran tan altos como los del resto del inmenso bosque y eso dificultaba mucho las cosas, seguramente los soldados notaron el acontecimiento y eso sería realmente malo, no solo para Eren, sino para ella misma.
Se suponía que el titán del bosque había muerto, eso era lo que le había dicho a Erwin Smith. ¿Qué sucedería si descubrían lo contrario? Mikasa se apresuró hacia Shiganshina porque sabía cuan rápidos podían ser los soldados, a este punto ya debían de estar abandonando sus puestos para adentrarse en el bosque. Mikasa abandonó el boscaje que la rodeaba y se escabulló por dificultad entre los arbustos, ya no era tan pequeña y bajita como para pasar desapercibida tan fácilmente.
Llegó hasta su casa empapada y con lágrimas en los ojos, observando a lo lejos una fila de guerreros liderados por Levi corriendo desesperados hacia el bosque, se alegró de que no la hubieran encontrado. ¿Pero y Eren? ¿Qué pasaría con él? ¿Qué sucedía si lo hallaban y… lo mataban? No, él no podía morir. No después de haberla besado de esa manera.
Mikasa recargó su espalda contra la puerta cerrada de su casa una vez que estuvo dentro de ella, refugiada bajo el techo de su hogar. Con la mirada perdida en una chimenea apagada tocó sus labios suavemente con la punta de sus dedos, cerrando los ojos al recordar la hermosa sensación que experimentó minutos antes. No. Eren no podía morir así como así.
Caminó hasta su habitación y con manos temblorosas se quitó la ropa mojada para reemplazarla por otra abrigada y seca, incluso si la lluvia no había calmado el intenso calor de hacía pocas horas, Mikasa sentía frío sin motivo alguno. Se secó el cabello con una toalla y se sentó junto a su ventana, observando el Bosque de los Árboles Gigantes a lo lejos, inmenso y oscuro como una penumbra sin nombre.
No se oía nada. Ni pisadas, rugidos o cosas que pudieran alertarla. Si bien Eren le había dicho que no regresara hasta el día siguiente, Mikasa supo que ignoraría esa estúpida advertencia a toda costa. No podría dormir tranquila sabiendo que Levi y el resto de los soldados estaban allí dentro en el mismo lugar que Eren habitaba día a día. Así que cuando los vio regresar, cansados, y la noche arrasó la ciudad Mikasa trepó por el árbol de su ventana para caer al jardín y caminar nuevamente hacia el bosque. Sabía que no era una buena idea, era peligroso, pero en aquél momento absolutamente nada le importaba. Solo Eren.
Caminó entre los senderos con temor, observando todo a su alrededor cautelosamente y recordó muy vagamente la primera vez que llegó aquí, sola y temblorosa, tal y como lo estaba ahora. Pero muchas cosas habían cambiado desde entonces. Ese bosque ya no le era indiferente como antaño, ahora había alguien allí a quien ella adoraba y protegería sin importar las consecuencias.
Mikasa marchó hacia la casa de Eren y suspiró tranquila al observar una vela encendida dentro de la cabaña, iluminando todo a su alrededor. Entró con cuidado por la puerta, temerosa y ansiosa a la vez. Lo encontró sentado sobre su cama con la mirada perdida sobre la pared; para su sorpresa, Armin no se encontraba con él. Eren no parecía consciente de su llegada.
—Eren… —llamó, despacito.
Con movimientos lentos y torpes Eren giró su rostro hacia ella. Hasta ese simple momento Mikasa no se dio cuenta de que lloraba. Contuvo el aliento, paralizada, mientras de los ojos de Eren caían lentas y tortuosas lágrimas, éstos estaban hinchados y sus ojeras eran muy pronunciadas, como su hubiera permanecido en ese estado durante horas. De un impulso Mikasa atravesó la habitación hasta llegar a Eren y sentarse frente a él, su corazón latiendo exageradamente.
—Eren —dijo de nuevo, muerta de miedo, mientras tomaba su rostro entre sus manos para obligarle a mirarla. Limpió sus lágrimas estancadas en sus mejillas—. Eren, q-qué sucede…
Sus ojos la vieron con una desesperanza inmensa. Mikasa nunca lo había visto así, era como estar frente a otra persona. Eren siempre había sido fuerte, un muchacho repleto de seguridad. Ahora lucía débil y desamparado, e incluso cuando sus ojos verdes se posaron sobre los de ella Mikasa advirtió que se encontraba muy lejos de la cabaña o de su propia presencia. Estaba allí, y al mismo tiempo no lo estaba. Mikasa deseó llorar también.
—Lo recordé todo —murmuró él, sus labios temblando mientras cada una de sus palabras se desprendían de su boca—. Todo…
Mikasa sintió su piel erizarse.
—Eren…
Entonces él se largó a llorar como un bebé, sin detenerse en ningún momento.
—Y-Yo lo maté… —deliró, agachando la cabeza y ocultando su rostro entre las palmas de sus manos—. Yo maté a mi p-padre…
¿Qué?
¡Hello Everybody!
Omg. De verdad siento mucho la tardanza x_x
Hasta ahora fue el capítulo que más me costó escribir y eso que no sucedió nada muy impactante o complicado de relatar, al menos hasta la parte final. No es un capítulo así como que, el más interesante de la historia (?) pero sirve de transición, es un capítulo muy MEH, pero necesario al fin y al cabo. Ya el próximo será más detallado y dramático, bien a mi estilo.
Como ven, han pasado dos añitos y estos dos ya han crecido un poco. Para ser honesta desde un principio no planeaba que crecieran, tenía pensado dejarlos como niños hasta el final, pero después de ver que muchas de ustedes realmente querían verlos crecer un poco para que la relación pudiera tomar un camino más serio y no tan inocente, me convencieron (?) y pos YOLO.
¡Ya prácticamente hemos llegado a los 100 REVIEWS! Woah, de verdad no puedo creerlo. El fandom de SnK suele ser muy complicado en estos días, los pocos fanfics que están repletos de reviews y popularidad abundan dentro de la sección yaoi con puros Ereri y cosas raras por ahí(?), es complicado encontrar un Eremika bien escrito con bastante popularidad, especialmente si no es un fic que contenga lemon o algo por el estilo. Todavía me sorprende la cantidad de gente a la que le gusta esta historia, considerando que la relación entre Eren y Mikasa es muy inocente. DE VERDAD, ¡GRACIAS! Ustedes son las mejores.
Y pues, para las que buscan un poco más de drama y romance, les comento que estoy planeando (o en modo de investigación) hacer otro long-fic de Eremika, mucho más adulto y con bastante romance/drama. No puedo contarles mucho por ahora, pero les voy a dar una pequeña pista: Mikasa será una Geisha ;) ¡espero poder contar con su apoyo también!
En fin, señoritas. Muchísimas gracias por leer. Espero poder actualizar más pronto el próximo capítulo.
Y POR CIERTO: ¿Tienen ganas de leer algún delicioso smut de Eremika? Dense una vuelta por el fic de MadameVacaNegra-San (aka mi waifu pervertida) 'Sexual Desires', van a orgasmear un buen rato (?).
¡Hasta la próxima!
—Mel.
